martes, diciembre 1, 2020
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JESÚS, PROFETA DEL ISLAM

– Autor: Roger Garaudy –
 
Cristianos y musulmanes tienen un mismo Dios. El profeta Mahoma nunca pretendió instaurar una nueva religión, sino reconducir al hombre, a todos los hombres, a la religión fundamental, de la que el sacrificio de Abraham, por su sumisión incondicional a la voluntad de Dios, constituye el modelo ejemplar. La misma palabra “Islam” significa “sumisión a Dios”. En el Corán, que es palabra de Dios para todo musulmán, lo dijo Mahoma en diferentes ocasiones: ¿Quién profesa mejor religión que el que se somete a Dios, el que hace el bien y sigue con sinceridad la religión de Abraham? (4, 124). Dios le dijo a Abraham: Yo haré de ti un guía para todos los hombres (2, 118). O también en (2, 135): Nosotros seguiremos la religión de Abraham… Abraham no era ni judío ni cristiano, sino que estaba totalmente sometido a Dios (3, 60). (Y la palabra “sometido a Dios” es en árabe muslimam, musulmán; lo que no significa resignación (eso sería istislam, sino respuesta a la llamada de Dios, respuesta activa, responsable, libre y creadora).

El sacrifico de Abraham tiene valor ejemplar porque Abraham, por su proceder, aceptando incluso inmolar a su hijo, testimonia la trascendencia y la unidad de Dios, fundamentos de esta religión primordial de Abraham, de Moisés y de Jesús.

Trascendencia, porque supera y relativiza tanto la razón como la moral humana, negándole a la razón y a la moral un valor absoluto. Esta trascendencia de Dios se expresa en el Corán por la fórmula de toda teología negativa: No hay nada semejante a Él (42, 9. Esta afirmación radical de la trascendencia, al rechazar tomar como término de referencia los intereses o las pretensiones de los individuos, de los grupos, de las naciones o de los Estados, relativiza todo poder, todo tener y todo saber. Ahí radica la fuerza motriz, subversiva respecto a toda dominación, de la exclamación suprema de esta fe: Dios es grande.

Unidad (tawhid), porque este monoteísmo riguroso no excluye sólo toda obediencia a un hombre, a una comunidad, sino a cualquiera que cuestione la unicidad de Dios: Si existieran otros dioses, además de Dios, el cielo y la tierra se hundirían en el desorden y el caos (21, 22).

Esta unidad implica la universalidad. La herencia de Abraham no es propiedad de ninguna raza, de ningún pueblo, de ninguna nación. El Corán no solamente no abroga sino que confirma la enseñanza bíblica: la del Antiguo Testamento, donde El Ángel del Eterno dice a Abraham: Todas las naciones serán benditas en tu posteridad, porque tú has obedecido a mi voz (Génesis 22,15-18); la del Evangelio, según la cual se cumple en Jesús la promesa del reino de Dios hecha a Abraham: Ya no hay ni griego ni judío, ni esclavo, ni hombres libres (Gal 3, 28), y la del Corán donde se dice: Dios ha hecho bajar hasta ti (Mahoma) el libro con la verdad, confirmando lo que había antes de ti. Dios hizo descender antes la Torah y el Evangelio como “dirección para los hombres” y ha hecho descender el Corán (3, 2). Dios ha instituido para todos una religión… la que nosotros te revelamos, que nosotros hemos recomendado a Abraham, a Moisés, a Jesús. No hagáis de ellos temas de División (42, 13).

El Evangelio aparece citado -y siempre con elogio- en doce ocasiones en el Corán, que proclama abiertamente: Sobre los pasos de otros profetas hemos enviado a Jesús, hijo de María, para confirmar la Torah que contiene dirección y “luz” (5. 46). Que los que poseen el Evangelio juzguen según lo que Dios ha revelado en él (5. 47). Si las gentes del Libro hubieran observado la Torah y el Evangelio y lo que les fue revelado por parte de su Señor, habrían gozado de las bendiciones del cielo y de los bienes de la tierra” (5, 66). Y dirigiéndose al profeta del Islam, Dios le muestra cómo el sentido de la revelación coránica puede esclarecerse a la luz de las revelaciones bíblicas anteriores: Si tienes dudas de lo que te hemos revelado interroga a los que leían la Escritura revelada antes de ti (10, 94).

Según el Corán la revelación bíblica, como la revelación coránica, da a la vida un sentido, un objetivo, una alegría plena, fuera de la cual no hay más que idolatría, es decir, enfrentamiento entre los fines e intereses parciales de los individuos o de las naciones que sólo contemplan el crecimiento y el poderío por la violencia.

Los falsos profetas de la nada y del absurdo reflejan ese caos como si fuera ineluctable y eterno, y, en lugar de intentar superarlo, enseñan a nuestros jóvenes que la vida no tiene sentido.

Un biólogo, como Jaques Monod, extrapolando ciertas leyes biológicas, que se han revelado como fecundas hipótesis de trabajo, a terrenos ajenos a su especialidad, como los de la historia, los de la política y de la fe, nos quiere hacer creer que la vida en su totalidad no está hecha más que de “necesidad y azar”, sin ninguna trascendencia divina o humana.

Un filósofo como Jean Paul Sartre, promotor del individualismo hasta proclamar que “el infierno son los otros”, define la vida como ”una pasión inútil”.

Un novelista como Camus se hace apóstol del absurdo hasta proponernos este lúgubre ideal: “imaginad un Sísifo feliz”. Es significativo del espíritu de una época el que se le haya atribuido el premio Nobel, sin duda por los servicios prestados al impulso de la muerte.

Michel Foucault nos notifica la muerte del hombre siguiendo las huellas que define al hombre como ante el hombre “una marioneta puesta en escena por las estructuras”. Todo esto son maneras de quitarle al hombre la responsabilidad de su propia historia, excluyendo a la vez el sentido de la vida y de la participación en su propia realización.

La religión fundamental que la revelación coránica viene a confirmar y a preservar descasa, por el contrario, en dos afirmaciones primordiales:

La vida tiene sentido y a la razón del hombre le es posible tener conciencia de ello, conocer «la norma» (fitra) respondiendo a la voluntad de Dios.

El hombre tiene libertad de rehusar. Todos los demás seres de la creación están «sometidos» por igual a la voluntad de Dios. Una piedra en su caída, un árbol en su crecimiento, un animal en sus instintos, e incluso los ángeles no pueden apartarse de la ley de Dios. Por ello, Dios en el Corán los hace inclinarse ante el hombre, porque aunque éste sea capaz de injusticia, de ignorancia y pueda apartarse de la vía recta, sólo se adhiere al designio de Dios por un acto voluntario , responsable y libre.

El Corán evoca la objeción de los Ángeles. Cuando Dios dijo a los ángeles: voy a establecer un vicario en la tierra, estos objetaron: ¿Vas a colocar allí alguien que siembre el desorden y derrame la sangre mientras que nosotros exaltamos tu gloria con nuestras alabanzas y magnificamos tu santidad? En verdad, respondió Dios, yo sé lo que no sabéis vosotros (2,30). Lo que los ángeles no sabían era el precio de la libertad que Dios evoca en otras partes del Corán: Hemos propuesto depositar la fe en los cielos, en la tierra y en las montañas; todos han rehusado asumirla; todos han temblado ante la noticia; sólo el hombre ha aceptado asumirla, pero es injusto e ignorante» (33,72).

Se comprende así que, frente a un mundo del absurdo y del caos, a un mundo del crecimiento ciego y de la ciega voluntad de poderío, frente a un mundo sin finalidad humana que muere por exceso de medios, gracias al poderío nuclear que coloca el equivalente de cuatro toneladas de explosivos sobre la cabeza de cada habitante del globo, el Concilio Vaticano II, rompiendo con una tradición muy larga de calumnias y caricaturas del Islam, haya podido declarar: Aunque los musulmanes no reconozcan a Jesús como hijo de Dios lo veneran como profeta… se aplican de todo corazón al sometimiento a la voluntad de Dios, como a Dios se sometió Abraham al que la fe del Islam gusta entroncarse.

Este reconocimiento, por encima de las divergencias doctrinales de la comunicación de objetivos, si en el mundo cristiano sólo aparece en la segunda mitad del siglo XX, ya existía en el Corán en la primera mitad del siglo VII. El Corán evoca siempre a Jesús y a sus discípulos con respeto y amor: Tú verás que los amigos más cercanos de los musulmanes son los que dicen: somos cristianos (2, 82). Evocando los mensajes y a los profetas que había enviado, Dios dice: Hemos enviado detrás de ellos a nuestros Apóstoles, y hemos enviado a Jesús, hijo de María; le hemos confiado el Evangelio. Hemos puesto en el corazón de los que lo siguieron dulzura y piedad (47, 27).

A los musulmanes que dialogan con judíos y cristianos el Corán les recomienda: No discutáis con las gentes del Libro, judíos, cristianos, mas que de la mejor manera… Decid: Nosotros creemos en lo que se nos ha revelado y en el que nos lo ha revelado. Nuestro Dios y vuestro Dios son el mismo Dios y nosotros le estamos sometidos. (29, 46).

Desde esta perspectiva del Islam, la más ”ecuménica” de las religiones, desde la llamada de Abraham, de la sumisión a la voluntad de Dios a la religión fundamental del respeto y de la integración de las revelaciones anteriores, en concreto de Moisés y de Jesús, intentemos situar en el Corán el lugar de Jesús como profeta del Islam.

El Corán no cuestiona la revelación bíblica, sino solamente las deformaciones que han experimentado en el decurso de los siglos el mensaje del Antiguo y del Nuevo Testamento. Su propósito es por tanto restaurar el mensaje en su pureza: Te hemos revelado el Libro con la verdad para confirmar la Escritura que era anterior, y preservarla de toda alteración (5, 48).

JESÚS EN EL CORÁN

En primer lugar, en lo que respecta al nacimiento de Jesús, es notorio que el Corán lo considere como sobrenatural, mientras que el del profeta Mahoma no presenta ese carácter. Por otro lado, la madre de Jesús, Maria, ocupa en el Corán -que la tiene por virgen- mucho más espacio que en los Evangelios: Los Ángeles dijeron: Oh, Maria, Dios te has escogido y te ha purificado; te ha preferido a todas las mujeres del Universo (3, 42).

El relato de la Anunciación en el Corán es triunfal: Los Ángeles dijeron: Oh, Maria, Dios te anuncia como buena noticia “un Verbo” que emana de él. El será ilustre en este mundo y en el otro y uno de los “íntimos” de Dios. El hablará a los hombres en el nacimiento y en la edad madura, y estará en el número de los “justos. –Señor, dijo ella, ¿cómo tendré un niño si ningún hombre me ha tocado? – Dios crea así lo que quiere, se le respondió, cuando decide una cosa le basta con decir: ¡Sé! y se realiza. Dios le enseñó el libro y la, la Torah y el Evangelio. (3, 45-48).

Más fuerte aún: el nacimiento de Jesús se compara en el Corán con la creación de Adán: Para Dios, Jesús lo mismo que a Adán; Dios lo creó del polvo. Luego le dijo: ¡Sé! y fue” (3, 59). Eso evoca la concepción cristiana de Jesús como una segunda creación del hombre. El gran exegeta musulmán Tabari, en su comentario a este versículo, subraya: Este hecho (el nacimiento de Jesús de una virgen) no es más maravillosos que la creación de Adán sin intervención de padre ni de madre. Jesús es llamado el Mesías once veces en el Corán. En particular se dice: El Mesías, Jesús, hijo de María, es el apóstol de Dios. Es su “ verbo” depositado por Dios en María. Es “el espíritu” que emana de él (4, 171).

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