martes, diciembre 7, 2021
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Iglesia comunidad

Decíamos, pues, que para Pablo los carismas tienen sentido en el ámbito de la comunidad cristiana local, llamada en su conjunto a ser carismática y profética como creación del Espíri­tu.[1]Este artículo que firma Rufino Velasco está tomado de su obra La Iglesia de Jesús. Proceso histórico de la conciencia eclesial, Verbo Divino 1992, pp. 375-383. Por razón de espacio, hemos … Continue reading

Esto quiere decir que el tema de los carismas nos remite, de una manera peculiar, a la misma cuestión de fondo que atraviesa todas las cuestiones concretas del capítulo segundo de la Lumen Gentium: el cambio histórico conciliar como exigencia en este caso de una reorganización y reestructuración de la Iglesia, tal como corresponde a su condición carismática.

Según el concilio, a todos los creyentes, de cualquier clase que sean, reparte el Espíritu esos «dones» que son los carismas, con los que les vuelve «aptos y prontos» para acciones y proyectos que, en el fondo, se dirigen a una sola meta: «la renovación y más amplia edificación de la Iglesia» (LG 12).

En las actuales circunstancias, la urgencia mayor para poder hablar en serio de Iglesia carismática es comprender bien que lo más importante en la Iglesia es su dinamismo popular, la capaci­dad de inventiva y de creatividad que viene de las bases, desde donde el Espíritu actúa. Pasar de una forma de Iglesia en que sus bases han sido reducidas al silencio, a la pasividad y a la recepti­vidad, a otra forma de Iglesia en que la base llegue a ser verdade­ro sujeto eclesial me parece el primer paso necesario que hay que dar para una re-creación de la Iglesia como creación del Espíritu.

Pero la Lumen Gentium ha dado ya un paso decisivo en esta dirección: la recuperación de las «pequeñas comunidades cris­tianas» (l G 26), de las que ya hablamos. Estas comunidades son, según el concilio, el nuevo pueblo de Dios en su concreción más real, de modo que ha podido verse en esta perspectiva conciliar un giro eclesiológico de la mayor trascendencia: pasar «de la gravitación de la Iglesia local en torno a la Iglesia universal, a la consideración de la Iglesia local como centro de gravitación”.

Es decir, lo que aquí ocurre, nada menos, es que pasa a ocupar un primer plano la comunidad local, «no como distrito administrativo de una organización religiosa llamada Iglesia, sino como la máxima concreción de la Iglesia, su realización suprema»[2]Cfr. E. Lanne, L’Eglise locale et l’Eglise universelle: Instina 43 (1970) 490; K. Rahner, Das neue Bild der Kirche, en Schriften zur Theologie, viii. Einsiedeln 1967, p. 335.

La base eclesial

Hace ya veinte años que K. Rahner predijo lo siguiente: «La Iglesia del futuro será una Iglesia que se construirá desde abajo, por medio de comunidades de base de libre iniciativa y asocia­ción. Hemos de hacer todo lo posible para no impedir este desarrollo, sino más bien promoverlo y encauzarlo correcta­mente»[3]K. Rahner, Cambio estructural de la Iglesia, Cristiandad, Madrid 1974, p. 132..

Posiblemente el acontecimiento mayor que ha desencadena­do el Vaticano II en la Iglesia, contra el que no va a poder el involucionismo imperante, ha sido el cambio profundo que se ha operado en la base eclesial, sin posibilidad de retorno.

Se ha soltado así una dinámica eclesial que está llamada, sin duda, a crear una nueva forma histórica de Iglesia desde las situaciones más diversas que traspasan la Iglesia a nivel mundial. En América Latina, en África y en Asia, en sectores más cons­cientes de la vieja Europa, este despertar de las bases está adquiriendo unas proporciones como pocas veces acaso en la historia de la Iglesia y, a pesar de las circunstancias adversas, se está convirtiendo en una fuerza prácticamente irreversible de transformación de la Iglesia desde abajo.

Naturalmente, todo esto dentro del marco de referencias que a estas comunidades les viene de la totalidad del pueblo de Dios en que nacen, incluida la referencia a quienes presiden la Iglesia, pero sin que esto contradiga para nada la afirmación de que nacen directamente de la experiencia y de la espontaneidad de la fe.

No conozco reconocimiento más explícito de esta esponta­neidad que el que hace Ratzinger en su libro, tristemente célebre por otra parte, Informe sobre la fe. Aunque él se refiere expresa­mente a comunidades y movimientos “conservadores”, me pa­rece de singular interés que se salude como un gran aconteci­miento eclesial de nuestro tiempo «la floración de nuevos movi­mientos que nadie planea ni convoca y surgen de la intrínseca vitalidad de la fe»[4]J. Ratzinger, Informe sobre la fe, 50.. Es decir, surgen de la condición carismá­tica de la Iglesia, del sensus fidei de los creyentes, suscitado y movido directamente por el Espíritu. En este sentido, llega a decir Ratzinger que lo asombroso de todo esto es que «en cierto modo aparecen por generación espontánea».

Se trata, pues, de comunidades y movimientos que «nadie planea ni convoca», que «no son el resultado de planes pastora­les oficiales ni oficiosos», porque, efectivamente, son ante todo convocación del Espíritu, fruto del designio del Espíritu sobre su Iglesia. Y ante acontecimientos de esta índole no cabe sino reconocer con el autor: «Encuentro maravilloso que el Espíritu sea, una vez más, más poderoso que nuestros proyectos y juzgue de manera muy distinta a como nos imaginamos».

Es decir, en esta floración comunitaria brota desde las bases algo nuevo que no encaja sin más en lo ya establecido, sino que es creador de otra forma de Iglesia en que el Espíritu va prepa­rando la Iglesia del futuro. Y, entiéndase bien, «no son tensio­nes propiamente con la Iglesia jerárquica como tal», sino con la mentalidad de ciertos jerarcas que desconfían, por principio, de todo lo nuevo, o de todo lo que no se inserta fácilmente en las formas actuales de las instituciones a través de las oficinas de programación establecidas.

Así que me parece sumamente acertado este consejo: ante el surgir espontáneo de las comunidades de base, «nuestro queha­cer –el quehacer de los ministros de la Iglesia y de los teólogos– es mantenerles abiertas las puertas, disponerles el lugar».

En la medida en que este resurgir comunitario desde abajo vaya adquiriendo consistencia en la Iglesia, se irá descubriendo, al mismo tiempo, que son en verdad «estas comunidades de base quienes sustentan la realidad de la gran Iglesia, y no al revés», y que «la organización eclesial en su conjunto es un servicio a esas comunidades, y no son, por el contrario, las comunidades me­dios para el fin de una burocracia eclesial que pretende defen­derse y propagarse a sí misma» [5]K.Rahner, o.c., pp. 146 y 140-141..

Más importante todavía: en este brotar desde abajo está en germen ese cambio histórico eclesial que será la irrupción de la mujer en la Iglesia, el descubrimiento de su papel insustituible, y de un protagonismo femenino de imprevisibles consecuencias para una configuración distinta de la Iglesia en su totalidad [6]Aunque no podemos desarrollar aquí este tema con la atención que se merece, me parecen muy atinadas y cargadas de futuro estas observaciones: «Sin justificar la ausencia de las mujeres de los … Continue reading.

La base experiencial

Hay una especie de subconsciente multisecular según el cual en la Iglesia, por lo menos en sus realidades básicas, ya no hay nada que inventar. Y menos desde los «simples fieles», cuya misión es obedecer y cumplir. Las comunidades existentes (dió­cesis, parroquias), más bien sociedades anónimas, se han pensa­do fundamentalmente como lugares de reproducción del siste­ma, de repetición de lo establecido. Parecían estar claros de antemano los actos de culto, las prácticas religiosas o pastorales, programados desde arriba, a qué debía dedicarse una comuni­dad cristiana.

Pero si lo que está a la base de las comunidades de base es la experiencia de la fe, suscitada por el Espíritu imprevisible, en el fondo lo que está aconteciendo en su surgimiento es una rein­mersión de los creyentes en las experiencias fundantes de las que nació la Iglesia, y de que re-nace siempre por obra del Espíritu, poniendo en acto energías todavía inéditas de esa realidad des­bordante que es el evangelio de Jesús.

En la Iglesia de finales del siglo xx puede hablarse, en un sentido real, de «eclesiogénesis», y de «reinvención» de la Igle­sia, no en el sentido, evidentemente, de inventar otra Iglesia, pero sí en el sentido de inventar una nueva forma histórica de Iglesia superadora de otras formas históricas que el mismo Vaticano II se propuso superar[7]187 Leonardo Boff, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, Sal Terrae, Santander 1979; véase el texto de J. Sobrino recogido en la nota 38 de esta tercera parte..

La Iglesia no es, sin más, una realidad hecha, cuya naturaleza ya conocemos, y de cuya verdad básica no se puede esperar ninguna novedad. El Espíritu sigue siendo «creador» de su Iglesia, y es justamente su originalidad más profunda la que puede irrumpir siempre novedosamente en la historia, y su verdad originaria la que «se hace» históricamente a impulsos de ese Espíritu que la conduce hacia la verdad completa.

Y allí donde esta brecha se abra, la misma experiencia de la fe llevará a otra consecuencia importante: la necesidad de organi­zar y estructurar la comunidad desde una pluralidad de ministe­rios.

Esta cuestión de los «ministerios» ha seguido en la Iglesia este proceso histórico: al principio fue el plural, luego se pasó al singular, y el problema actual consiste en recuperar el plural. El plural ha respondido siempre a la conciencia de la condición carismática de la Iglesia, y el singular a un largo período históri­co en que se ha perdido esa conciencia y la Iglesia se ha estructu­rado como «sociedad desigual».

El resultado de esta concepción «desigual» de la Iglesia ha sido, como ya vimos, no solo que los ministerios se han reduci­do al solo ministerio clerical, sino sobre todo que han desapare­cido las comunidades cristianas en su sentido tradicional: «La Iglesia no consiste ya en comunidades, sino en territorios feuda­les, hasta el punto de que en el feudalismo los reyes, condes y duques eran los únicos que disponían de los sacerdotes e incluso de los obispos»[8]J. M. Castillo, Ministerios, en Conceptos fundamentales de Pastoral, p. 640..

Pues bien, la fidelidad a esta revalorización conciliar de la índole carismática y profética de la Iglesia exige, por su propia fuerza, una reorganización eclesial cuyo lugar inicial y experi­mental sea este: la formación de «pequeñas comunidades cristia­nas», conscientes de su identidad y de su misión, que, desde la creatividad de su fe, se vayan dando a sí mismas, con todos los reconocimientos que haga falta, los ministerios que necesiten para la realización de la comunidad y para el cumplimiento de su misión.

El lema sería éste: Buscad primero la comunidad, y los ministerios se os darán por añadidura [9]Véase R. Velasco, «Visión histórico-teológica de los ministerios», en La educación cristiana: de la profesionalidad al ministerio. XVIII Jornadas de Pastoral Educativa. San Pio X, Madrid 1987, … Continue reading.

La base social

Pero «base», decíamos, implica también, constitutivamente, base social. Si no perdemos de vista el replanteamiento conciliar de la relación de la Iglesia con el mundo, esto quiere decir, en definitiva, que las comunidades de base se constituyen como tales desde una inmersión profunda en los conflictos sociales de base, y en coordinación con todo grupo o movimiento compro­metido en las luchas populares de liberación.

En mi opinión, si se mantiene esta perspectiva conciliar: comunidades que «participan del don profético de Cristo», hay que privilegiar indudablemente las segundas. Es decir, hay que privilegiar estos dos aspectos de las comunidades de base:

Que todo lo que es la comunidad hacia dentro se entienda y se organice como plataforma de evangelización. La comuni­dad cristiana está, ante todo, al servicio del barrio, al servicio de los más necesitados de su entorno social, no para vivir determi­nadas experiencias, consideradas como cristianas o religiosas en sí mismas, de puertas adentro.

Que tanto lo que se convive dentro como lo que se realiza fuera esté determinado por una previa opción de fondo: la opción por los pobres.

Habrá que partir, más bien, de los pobres como elemento integrante de la realidad de la Iglesia, de modo que fuera de ellos quedaría distorsionada necesariamente su verdadera definición y constitución interna, su verdadera identidad.

Es decir, habrá que partir de la presencia de Cristo en los pobres y de una Iglesia que se constituye como tal desde esa presencia. De tal manera que, lo mismo que no hay posible constitución de la Iglesia sino desde «Cristo pobre», tampoco la hay sino desde la «imagen de Cristo pobre» que son los pobres de la tierra.

En tal caso, no será ya cuestión de hablar de una Iglesia que se dirige a los pobres, que abraza a los afligidos, que llama «dichosos» a los pobres, como estando ella en otra parte. Será cuestión, más bien, de construirse como Iglesia que viene de los pobres, que se cuenta entre los afligidos por la debilidad huma­na, que pueda decir de sí misma: «dichosa yo por ser pobre». Y esto no por razones incidentales, sino, como ha dicho Juan Pablo II, «para poder ser verdaderamente la Iglesia de los po­bres» [10]“La Iglesia está comprometida vivamente con la causa de los pobres, porque la considera como su misión, sus servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la … Continue reading. 

Notas

Notas
1 Este artículo que firma Rufino Velasco está tomado de su obra La Iglesia de Jesús. Proceso histórico de la conciencia eclesial, Verbo Divino 1992, pp. 375-383. Por razón de espacio, hemos suprimido algunos párrafos.
2 Cfr. E. Lanne, L’Eglise locale et l’Eglise universelle: Instina 43 (1970) 490; K. Rahner, Das neue Bild der Kirche, en Schriften zur Theologie, viii. Einsiedeln 1967, p. 335.
3 K. Rahner, Cambio estructural de la Iglesia, Cristiandad, Madrid 1974, p. 132.
4 J. Ratzinger, Informe sobre la fe, 50.
5 K.Rahner, o.c., pp. 146 y 140-141.
6 Aunque no podemos desarrollar aquí este tema con la atención que se merece, me parecen muy atinadas y cargadas de futuro estas observaciones: «Sin justificar la ausencia de las mujeres de los lugares de decisión ni pactar con ello, porque es profundamente injusto, la realidad es que somos el estamento eclesial menos contaminado por este estilo autoritario que dictamina, prohíbe, defiende, amenaza y recela. Quizá “por eso podemos estar más cercanas a un modo de comunicar sin imponer, de hacer nacer, desde abajo, de emplear la persuasión y no el imperativo, y la confianza más que la imposición…” Quizá nuestra capacidad de aguante tenga que ver con nuestra manera de vivenciar el tiempo, de estar familiarizadas con esa ley de periodo largo que rige la gestación y la educación de un hijo, y con los modelos de crecimiento desde abajo: la levadura fermentando la masa lentamente, la semilla germinando por su propio impulso» (Dolores Aleixandre, Mujeres en la hora undécima [Cuadernos de Fe y Secularidad] Sal Terrae, Santander 1990, p. 23).
7 187 Leonardo Boff, Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia, Sal Terrae, Santander 1979; véase el texto de J. Sobrino recogido en la nota 38 de esta tercera parte.
8 J. M. Castillo, Ministerios, en Conceptos fundamentales de Pastoral, p. 640.
9 Véase R. Velasco, «Visión histórico-teológica de los ministerios», en La educación cristiana: de la profesionalidad al ministerio. XVIII Jornadas de Pastoral Educativa. San Pio X, Madrid 1987, pp. 3.64.
10 “La Iglesia está comprometida vivamente con la causa de los pobres, porque la considera como su misión, sus servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres” (Laboremexercens, 8; véanse los nn. 42-43 de la Sollicitudo rei socialis).

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