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GÉNESIS DE LA CRISIS ACTUAL

Éxodo 114 (may.-jun.) 2012
– Autor: Carlos Berzosa –
 
1. UNA VISIÓN GENERAL SOBRE LA CRISIS ECONÓMICA

Desde mediados de 2007 la economía global ha entrado en una crisis económica que afecta a los países desarrollados y a otros muchos subdesarrollados, pero que está teniendo unas menores repercusiones negativas en el grupo de países emergentes. Esta crisis se ha producido en un momento en el que la economía mundial estaba consiguiendo crecimientos elevados por lo que cogió por sorpresa a la mayor parte de los economistas académicos, ministros de economía, instituciones económicas internacionales y empresarios. La ciencia económica oficial ha quedado desconcertada y sin capacidad de dar respuestas a esta situación.

Con anterioridad a producirse este choque financiero, se generó una gran literatura económica, tanto en los medios de comunicación como en los círculos académicos del pensamiento principal, al igual que en los informes que emiten servicios de estudios de todo tipo de instituciones, en los que predominaba una euforia especial por la marcha de la economía mundial y se exaltaba el modelo económico que se estaba imponiendo. Se estaba en lo que Galbraith caracterizó con acierto como la cultura de la satisfacción.

El modelo económico, que tanto se apoyaba desde los grandes órganos de decisión internacionales y desde la academia, se basaba en la creencia ciega de la eficiencia de los mercados y en las grandes ventajas de la globalización. Estos principios se han venido abajo con el desencadenamiento de la crisis, que tiene su epicentro en la economía de Estados Unidos, y desde allí como consecuencia de la globalización, se extiende por todo el mundo, siendo la Unión Europea (UE), dentro del mundo desarrollado, el área más afectada por la crisis.

El euro, como moneda única de gran parte de países de la UE, padece una grave crisis y la posibilidad de su desaparición aumenta día tras día, con lo que esto puede suponer de tragedia para las economías europeas, y fundamentalmente para las clases trabajadoras, y multitud de empresas pequeñas, medias y autónomos. El euro se encuentra al borde del abismo y se ha pasado en el curso de cinco años del optimismo al pesimismo. En estos momentos el proyecto europeo de integración se encuentra en peligro y no se sabe a ciencia cierta qué consecuencias se pueden derivar de lo que suceda con el euro. La crisis actual es una crisis más de las muchas que ha sufrido el capitalismo a lo largo de su historia. La idea que mantenían tantos economistas que los ciclos eran ya cosa del pasado ha quedado rebatida. Ha aparecido esta hecatombe económica con toda su crudeza, lo que deja a muchos damnificados por el camino. Este hecho ha cuestionado los dogmas económicos que hemos sufrido en las últimas décadas. El capitalismo, como se demuestra una vez más, es incapaz de funcionar sin crisis. Sus contradicciones son de tal naturaleza que tras periodos de auge viene la caída.

Las crisis no siempre tienen la misma gravedad y duración, por ello conviene distinguir las recesiones más coyunturales, y que responden a la evolución de ciclos cortos y medios, de las estructurales que son resultado de la existencia de ciclos largos. El siglo XX ha sido testigo de dos grandes crisis de rango estructural: la de los años treinta y la de los setenta. Esta es la primera del siglo XXI que tiene esta naturaleza de carácter estructural.

Ahora bien, si las crisis hay que situarlas en el proceso de acumulación capitalista que, con sus limitaciones, las provocan, resulta fundamental analizar la naturaleza concreta de cada fase capitalista para caracterizar los rasgos fundamentales dentro de una evolución concreta y determinada. No solamente hay que tener en cuenta las leyes teóricas y abstractas que explican la evolución del capital. Desde este punto de vista, la crisis que estamos padeciendo es resultado de un modelo de desarrollo caracterizado por la globalización neoliberal, el fundamentalismo de mercado, la hegemonía de las finanzas, y la creciente desigualdad. Este modelo se va imponiendo desde los años ochenta del pasado siglo y responde a la salida de la crisis que se dio, por parte de las élites dominantes, a la crisis de los setenta. Es ahí en donde se encuentra la génesis de la crisis actual.

2. LAS OTRAS CRISIS

Vivimos en un mundo en crisis, pero que no es solamente económica, sino política, ideológica y de valores. Todo esto lo recoge muy bien Canfora (2003) cuando dice: “la experiencia del siglo que acaba de finalizar podría resumirse en una frase: ganan las oligarquías vinculadas a la riqueza, pierden las ideologías”. Efectivamente el modelo neoliberal que se implanta desde los años ochenta del siglo XX lleva consigo la concentración de riqueza, el aumento de la desigualdad, la pérdida de los derechos de ciudadanía y el deterioro de la democracia. Muchos de los males que se padecen tienen su desarrollo antes de que la economía mundial sufriera esta Gran Recesión.

Desde que se inició la crisis, la miseria de todo ello se ha hecho más evidente, pues se observa a diario cómo los países, y la soberanía popular, se convierten en rehenes de los mercados financieros. El poder económico deja sin contenido la participación ciudadana en el sistema político. La globalización limita y restringe la toma de decisiones a escala de los estados, pero, además, se dictan las políticas económicas a seguir desde el Fondo Monetario Internacional (FMI), y si somos miembros de la UE, junto a este organismo, hay que añadir, el Banco Central Europeo (BCE) y Bruselas.

El modelo de desarrollo basado en los valores del mercado trata de mercantilizar todos nuestros actos, fomenta el individualismo, la competencia entre los ciudadanos, se confunde valor y precio. Se estima fundamentalmente la riqueza como el principal indicador de la valía de las personas. Se difunde una ideología en la que se considera que el triunfo personal es lo importante y que, a su vez, se expresa en renta percibida y riqueza acumulada. La desigualdad no se entiende como algo negativo, sino que es el premio al esfuerzo hecho por las personas para triunfar y encima es un acicate para tratar de subir en la escalera del triunfo.

La adoración al becerro de oro y la difusión de la ideología sustentada en el éxito personal, el cual se mide en función de la riqueza, ha degradado los valores solidarios, a la vez que se ha fomentado el todo vale con tal de ganar dinero y pertenecer al grupo de las oligarquías. Así han aparecido nuevos ricos que lo han logrado basando su enriquecimiento en la especulación, en el aprovechamiento de las burbujas inmobiliarias, bursátiles y financieras. Otros lo han conseguido con estafas, y varios obteniendo trato de favor del sector público.

Se da la paradoja de que gobernantes que presumen de ideología neoliberal y que atacan al Estado como un elemento que distorsiona la eficiencia de los mercados, luego utilizan sus influencias para favorecer los negocios de sus amigos, o miembros del partido. Además, colocan a familiares y amigos en los diferentes puestos que tiene la administración pública. Se da la paradoja de que los que defienden tanto el mercado, sin embargo, usan arbitrariamente su poder para colocación de personas allegadas en el sector al que dicen denostar. Es el uso del poder para beneficio privado y propio mientras se ataca al Estado del bienestar.

La avaricia, la codicia y la ambición de poseer más bienes y dinero han llegado a cotas realmente escandalosas. Todo se mercantiliza, el deporte, el ocio, y todo se convierte en mercancía de consumo. En la organización política tiene lugar la compraventa del voto, el mercadeo político. La democracia queda desvirtuada, y la corrupción afecta también al sistema político, lo que resulta escandaloso.

Este afán por ganar a costa de lo que sea, al igual que conduce a deportistas a doparse, en la actividad económica induce a mal llamados empresarios a hacer trampas, o utilizar el tráfico de influencias para conseguir dinero o poder. Al lado del capitalismo que con tanto acierto analizó Marx, surge un capitalismo de casino al que ya se refirió Keynes, y un capitalismo de amigos, que se reparten un botín resultado de la plusvalía extraída a los trabajadores.

Este amor por las riquezas al que asistimos en este sistema económico en el que vivimos, sin embargo, no es nada nuevo y se pude afirmar, con razón, que se da antes de que el capitalismo hiciera su aparición en escena, y también en otras fases del capitalismo actual.

Así, podemos encontrar en el filósofo Plutarco, que vivió a caballo entre los siglos I y II de nuestra era, analizar este amor con análisis tan lúcidos como el que se puede extraer en este pasaje: “Echa una ojeada a los que se esfuerzan por aumentar su riqueza y tener más. Cuando entre ellos un hombre necesitado y sin recursos haya adquirido un hogar, probablemente se detenga. Se detendrá también si de pronto descubre un tesoro, o si un amigo lo ha ayudado a pagar sus deudas, o a librarse de sus acreedores. Fíjate en cambio en el ricacho que posee más de lo que necesita y todavía quiere más. No existe abundancia de plata ni de oro, ni de caballos ni de bueyes ni de corderos que puedan curar su mal; lo que necesita es purgarse y vaciarse. Porque su dolencia no es carencia y necesidad, sino insaciable deseo y sed de riqueza, debido a un juicio depravado y desconsiderado de las cosas. Mientras ese error, como una enfermedad funesta, no haya sido arrancado de su alma, no cesará de experimentar la necesidad de lo superfluo, es decir, no dejará de desear aquello de lo que no tiene necesidad”.

Por tanto, resulta evidente que no hay nada nuevo bajo el sol, lo novedoso tal vez sea que tantos deseos y sed de riqueza se han desatado en exceso sin control ni regulación, a la vez que se mitifica lo que se hace por este amor insaciable que lleva a la acaparación patrimonial. Hay muchos enfermos, pero lo que está realmente enfermo es este sistema que induce al amor al dinero sin que ello suponga ni mucho menos progreso y desarrollo. En este sentido, el filósofo Glover escribe algo que resulta un tanto decepcionante desde la perspectiva de la evolución de la humanidad: “A comienzos del siglo XX había en Europa mucha gente que aceptaba la autoridad de la moral. Pensaba que había una ley moral y que era evidente la necesidad de obedecerla. Immanuel Kant había hablado de las dos cosas que llenan la mente de admiración y veneración, ‘el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí’. En Cambridge, en 1895, un siglo después de Kant, Lord Acton aún no dudaba: ‘Las opiniones cambian, las costumbres mudan, los credos surgen y caen, pero la ley moral está escrita en las tablillas de la eternidad’. A comienzos del siglo XX, los europeos reflexivos podían también creer en el progreso moral y pensar que el vicio y la barbarie estaban en retroceso. Al final del siglo es difícil confiar en la ley moral o en el progreso moral”.

Esto es lo que sucede, se ha perdido la ley moral que rige los destinos del hombre en este capitalismo globalizado, fundamentalista de mercado, y la pérdida de valores como la cooperación, la solidaridad, la honradez, han quedado marginados por la ideología dominante. No todo el mundo se comporta conforme a estos principios, pero sí las élites dominantes que imponen la ideología suya, pero que lo que enmascara son sus propios intereses, al resto de la sociedad, al tiempo que hacen todo lo posible, a través de los medios de comunicación que dominan, para alienar al resto de los ciudadanos con el fin de que no cuestionen su poder.

Se pretende que existan ciudadanos domados e indiferentes. No siempre lo consiguen y hay muchas gentes que se rebelan contra tanta injusticia, el amor a las riquezas, la degeneración de la vida pública y los enormes privilegios. Gramsci se rebela precisamente contra los indiferentes, y lo hace del siguiente modo: “y entonces parece ser la fatalidad la que lo arrolla todo y a todos, parece que la historia no sea más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que son víctimas todos, quien quería y quien no quería, quien sabía y quien no lo sabía, quien había estado activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría escaparse de las consecuencias, querría dejar claro que él no quería, que él no es el responsable”.

La fatalidad es lo que se predica como si la actividad económica y social se encontrara sujeta a unas leyes que son inmutables. La idea de que no se puede hacer nada es lo que llama a la indiferencia y a la pasividad. La aceptación de la injusticia que tantas gentes padecen es lo que pagamos por nuestra comodidad personal. Como muy bien enfatiza Laski: ”Suele decirse que el individuo es impotente en este ámbito; que arremeter contra el Estado supone cambiar un mal por otro. Pero es necesario negar tal afirmación, ya que supone una exageración del poder que ostentan las autoridades”. Hay muchos ejemplos en la historia que le dan la razón a este gran pensador británico (1883-1950).

En suma, los poderosos cuentan con medios de comunicación para deformar la información, con muchos más instrumentos que los débiles, así como los que se rebelan con el orden establecido y los que quieren acabar con esta crisis de valores y democrática. Pero no cabe duda de que estamos en un mundo corroído por las crisis y las limitaciones sociales y ecológicas que padece el capitalismo.

CONCLUSIÓN

El capitalismo a lo largo de su historia ha conseguido para una parte reducida de la población mundial grandes progresos tecnológicos, materiales y de bienestar. Pero con su evolución en los últimos tiempos está sentando la semilla de su propia destrucción. No se puede crecer indefinidamente en un mundo finito, lo que determina que hay límites naturales a la continua y creciente expansión. Este camino que ha cogido el sistema, y que hemos descrito, conduce al estancamiento, no solo económico sino social, político de valores e ideas.

Gran parte de la población mundial sufre todo tipo de privaciones, hambre, pobreza, persecución, y a esta gran problemática no se le ha dado respuestas. Desde hace tiempo se ha puesto de manifiesto por varios estudiosos que la supremacía del afán de lucro es incompatible con la consecución de una vida plena. El desarrollo puede ser entendido, tal como lo concibe Sen, como un proceso de expansión de las libertades reales que las personas pueden disfrutar. Los países subdesarrollados están lejos de alcanzarlo, y los países avanzados vamos en regresión por los hechos mencionados en este artículo.

La liberalización de los mercados, la globalización, el ataque sistemático al Estado de bienestar va en contra de esa concepción de desarrollo. Nos quieren convertir en un engranaje más de un sistema en el que la explotación y la rapiña están a la orden del día. No hay ley moral, sino la ley que imponen los mercados, que es la del triunfo del dinero y la riqueza por encima de todo. No hay que resignarse a nada de esto y hay que tomar partido, pues volviendo a Gramsci hay que insistir en lo siguiente: “Odio a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que ‘vivir significa tomar partido’. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes”.

Frente a ello hay que crear conciencia para no resignarse, para reaccionar ante tanto atropello, hay que actuar por un orden más humano, justo y sostenible. Se trata, en definitiva, de luchar por defender la propia libertad, la colectiva, los derechos humanos y la dignidad de las personas que no deben ser tratadas solamente como productoras y consumidoras. Hay que erradicar la enfermedad del amor a las riquezas de nuestra sociedad para en definitiva lograr que todos los ciudadanos tengan una vida digna. Hay que recuperar los valores y la ley moral. Por eso es por lo que hay que cuestionar un sistema que ha perdido los valores éticos, que sufre un deterioro democrático, y que vulnera los derechos de ciudadanía, que allí donde existen han costado conseguirlos largo tiempo y bastantes luchas sociales.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS Canfora, L. (2003): Crítica de la retórica democrática. Editorial Crítica, Barcelona.

Glover, J. (2001): Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX. Editorial Cátedra, Madrid.

Gramsci, A. (2011): Odio a los indiferentes. Editorial Ariel, Barcelona.

Laski, H. (2011): Los peligros de la obediencia. Editorial Sequitur, Madrid.

Plutarco (2009): Sobre el amor a las riquezas. Editorial El Barquero, Palma.

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