martes, diciembre 1, 2020
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Evangelizar desde la conversión personal y colectiva. La reforma estructural de la Iglesia

Éxodo (ener.-febr.) 2014
-Autor: Xabier Pikaza-

El título de este trabajo, que la redacción de Éxodo me ha ofrecido y que acepto muy gustoso, incluye tres temas: (a) Nueva forma de evangelizar; (b) conversión personal y colectiva; (c) reforma estructural de la Iglesia. Cada uno caría materia suficiente para un trabajo extenso. Aquí prefiero ofrecer un desarrollo general, insistiendo en su vinculación interna.

1. NUEVA FORMA DE EVANGELIZAR

Esta formulación podría suponer que ya se sabe lo que es evangelizar, de manera que se trataría sólo de cambiar la forma de hacerlo. Antes se habría evangelizado con métodos quizá menos apropiados, desde una perspectiva muy dogmática o doctrinal, y quizá con demasiado sacramentalismo, sin verdadera catequesis. Ahora debería hacerse de otro modo nuevo. Así piensan muchos, de un lado y de otro del espectro eclesial. Pues bien, sin negar el valor de esa apreciación, yo supongo que la forma de evangelizar se identifica en el fondo con el mismo evangelio, como indicarán de forma introductoria las proposiciones que siguen:

1. Israel, una experiencia de evangelio. La palabra Evangelio deriva del griego eu-angelion, buena noticia, y, propiamente hablando, alude al mensaje del eu-angelos, ángel bueno, enviado favorable de los dioses. En el fondo parece haber una antigua experiencia de los persas, retomada por los griegos, que han venerado a los “ángeles” como enviados, mensajeros, de la acción y presencia de Dios. El euangelos (evangelizador) será, por tanto, un ángel/bueno y su eu-angelion (evangelio) un mensaje/promesa de salvación social (liberación). En esa línea, el 2º Isaías (Is 40-55), quizá el profeta más influyente de Israel, que vivió en torno al 439 a.C., identificaba el evangelio con la buena noticia de la liberación de los judíos cautivos en Egipto, una liberación que viene de Dios, aunque en su desarrollo resulta esencial la colaboración de los vencedores persas.

2. Jesús actualiza el evangelio. Parece que no utilizó el sustantivo “evangelio” (en lenguaje semita besorah), aunque centró su anuncio en la buena nueva del Reino de Dios. Lógicamente, los cristianos de la primera comunidad helenista de Jerusalén, a los dos o tres años de la muerte de Jesús, empezaron a utilizar esa palabra (euangelion) para condensar el sentido de su obra, como hará más tarde Marcos, cuando titule la historia de Jesús como “evangelio” (cf. 1, 1. 14; 35; 10, 29 ; 13, 10 par). Al obrar así, le entendieron bien, pues el mismo Jesús histórico anunciaba y preparaba con su vida la llegada del Reino de Dios, creyendo que Dios mismo le había enviado para proclamar su venida salvadora en una línea parecida a la del Segundo Isaías, diciendo: Se ha cumplido el tiempo de la antigua servidumbre, ha terminado el plazo del dolor y la condena, viene el Reino de Dios. También aquí el evangelio se entendía como noticia y tarea de liberación.

3. Jesús se identifica con el evangelio.

Le mataron porque anunciaba y preparaba la llegada del Reino de Dios, inquietando de esa forma a los representantes del Imperio (Roma) y del Sacerdocio (Jerusalén), que no querían más evangelio que el poder religioso y/o social que ellos tenían, pues a su juicio “la historia había culminado ya”, y no había lugar para “aventuras mesiánicas”. Por defender su buena noticia murió Jesús, y lo hizo de forma tan impactante que sus seguidores creyeron que él mismo (Jesús) era la encarnación de esa buena noticia, y que Dios le había resucitado. Lógicamente, los evangelios escritos conservan palabras en las que Jesús se identifica con el evangelio, así cuando pide a los hombres que cambien de vida (se conviertan) “por mí o por el evangelio” (cf. Mc 10, 28-31). No está a un lado Jesús y al otro el evangelio, sino que el mismo Jesús es el evangelio.

4. La iglesia es una comunidad de evangelio, es decir, la agrupación de aquellos que, creyendo en la palabra de (=que es) Jesús resucitado, pueden compartirla, celebrarla y extenderla como buena nueva de liberación. Los cristianos no se limitaron a proclamar un evangelio con palabras, sino que ellos mismos eran “evangelio”, buena nueva de Dios, impulso, tarea y promesa de liberación. La iglesia que ellos formaban no era una institución al servicio del evangelio, sino que ella misma era evangelio, buena nueva de Dios en la historia. No hay primero evangelio y después comunicación (una forma de evangelizar), sino que la misma manera de comunicarse (esto es, de vivir) los cristianos era la buena noticia de Dios. Lo que pudiéramos llamar “esencia” (Dios) se debe expresar y ratificar en su revelación (Iglesia).

Lo que importa no es, pues, una nueva forma de “decir” el evangelio, nuevas estrategias y tácticas, con guitarras de canto y portales de internet (que no son malos), sino “ser” evangelio, de tal manera que no haya diferencia ni distancia entre aquello que los cristianos dicen y aquello que son, como en Jesús, que es lo que dice, y por eso se le puede llamar “logos”, Palabra. En esa línea, el evangelio (buena nueva del Dios salvador) se identifica con el mismo Jesús, que es Palabra hecha Carne (Jn 1, 14), es decir, que es acción, como insiste el Papa Francisco al afirmar que “la realidad es superior a la idea” (Evangelii Gaudium 231, 233).

2. DESDE LA CONVERSIÓN PERSONAL Y COLECTIVA

El pasaje bíblico más elocuente sobre la conversión y el evangelio es el de Pablo cuando expone su experiencia y defiende la identidad cristiana, en contra de aquellos “judaizantes” que interpretaban el mensaje de Jesús como ley: «Pero cuando Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia quiso revelar en mí a su Hijo, a fin de que yo lo evangelizara entre los gentiles, no pedí consejo ni a la carne ni a la sangre, ni subí a Jerusalén…» (Gal 1, 13-17).

Es el mismo Dios quien le ha “convertido”, confiándole el evangelio de su Hijo para que lo anuncie a todos (no sólo a los judíos), de manera que no hay distancia (¡ninguna ley separadora!) entre el evangelio y la vida de Pablo, que recibe así la tarea de ser signo de Dios: «Por eso, si nuestro evangelio está velado, lo está… para aquellos a quienes el dios de este mundo ha cegado sus mentes infieles, a fin de que no puedan contemplar elresplandor del evangelio de la gloria del Cristo, que es imagen de Dios… Porque el mismo Dios, que dijo ¡surja la luz de las tinieblas!, ha encendido (ha hecho brillar) la luz en nuestros corazones, a fin de que irradiemos el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo»  (2 Cor 4, 3-6).

Hay un “dios del mundo” que ciega los ojos de algunos y les impide contemplar el resplandor del evangelio de Cristo que Pablo lleva en su corazón. Interpretado desde el mensaje/vida de Jesús, ese “dios del mundo” es el capital/mamón (cf. Mt 5, 24). Por eso los que están al servicio de ese capital son incapaces de compartir la luz (evangelio) que brilla en el corazón de Pablo y de aquellos que acogen su experiencia.

El evangelio aparece así como nueva creación. La antigua comenzaba cuando Dios decía “hágase la luz” (cf. Gen 1, 3). Pues bien, la nueva emerge allí donde Dios proclama “que se haga la nueva luz de Cristo”, “que venga como lámpara” (cf. Mc 4, 21) y disipe las tinieblas anteriores, para que los hombres contemplen la buena nueva de Dios, que se identifica con el “pan compartido”, como el mismo Pablo dice del modo más solemne, por dos veces, en el lugar más significativo de su carta a los Gálatas: Gal 2, 5.14.

De esa forma se vincula la experiencia más honda de Dios (¡buena nueva de su vida encarnada en Cristo!) con aquello que puede parecer más “material”, que es comer juntos, (syn-esthiein), es decir, crear comunión de vida y mesa, superando así las divisiones “sacrales” de cierto judaísmo, que exigía que hubiera comidas distintas, y la imposición del paganismo romano, que dividía a los hombres conforme a una escala de poderes, honores y posesiones.

Entendido así, el evangelio se identifica con el mismo Jesús a quien Pablo descubre como principio de unidad, de manera que en él ya “no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, varón ni mujer” (cf. Gal 3, 28), pues todos son uno y así pueden comunicarse en igualdad. Esta es la buena nueva que Marcos ha condensado en la proclamación de Jesús: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1, 5). Creer no es aceptar una teoría (algún tipo de dogma), sino dejarse transformar por el Evangelio que es el mismo Jesús (cf Mc 1, 1).

Éste es el tema clave, este era el reto de los grupos de cristianos en el momento en que Marcos escribe su evangelio (hacia el 70 d.C.), tras la muerte de los grandes líderes (Pedro, Pablo, Santiago), cuando las iglesias corrían el riesgo de escindirse entre un legalismo más propio de los fariseos y un espiritualismo de tipo gnóstico, que interpretaba a Jesús como pura experiencia interior, intimista.

Cuando parecía que la diversidad de visiones del Cristo y de prácticas sociales de las comunidades podía conducir al surgimiento de iglesias totalmente distintas, cuando la caída de Jerusalén, destino y meta del proyecto de Jesús, parecía implicar el derrumbamiento de todo el cristianismo, Marcos supo volver a la raíz y elevarse de nivel, situando en el centro de todos los posibles cristianismos la figura (biografía) humana de Jesús, reinterpretada desde una perspectiva de pascua, como evangelio vivo, personal, pues, a su juicio, en la recta comprensión de la vida y muerte de Cristo se encuentra la respuesta a todos los problemas de la vida. Por eso titula su libro “Evangelio de Jesucristo”. No es un evangelio sobre Jesús, sino la historia y vida del mismo Jesús, que es el evangelio de Dios 1.

El evangelio se identifica así con el mismo Jesús, cuya “historia” compone Marcos (cf. Mc 1, 1), no como narración de algo que ha pasado, sino como experiencia activa de Alguien que está vivo, y que actúa en aquellos que le buscan y le encuentran en “Galilea” (cf. Mc 16, 1-8). Por eso, no se trata de contar el evangelio y de explicarlo a través de palabras o signos separados, sino de ser evangelio, en unión con Jesús. Según eso, la nueva forma de evangelizar (de la que habla el título de este trabajo) es la forma de ser evangelio, de convertirnos a Jesús y de ser “en/con él” (Mc 3, 14). Por eso el evangelio de Marcos no contiene apenas sermones de Jesús, ni sobre Jesús, sino sólo su vida, que es buena nueva para (en) los hombres.

3. REFORMA ESTRUCTURAL DE LA IGLESIA

Significativamente, el subtítulo que me han dado se refiere sólo a la “reforma estructural”. El título hablaba de “conversión personal y colectiva”, y en esa línea podríamos pensar que seguiría el subtítulo. Pero no es así, a los redactores de este número de la revista les interesa ante todo el cambio de estructura (entendido como cambio de ser).

En esa línea, mirado en conjunto, el título parece suponer que la misma “conversión”, que es personal y colectiva, y que está vinculada a la evangelización, exige una reforma estructural, pues las estructuras actuales de la Iglesia van en contra de (o ponen en peligro) la evangelización. He dedicado al tema algunos libros 2, donde el lector interesado encontrará mi pensamiento sobre el tema. Aquí me limito a ofrecer unas observaciones generales, esquemáticas, que podrán servir de orientación para quien quiera seguir pensando en esta línea:

1. Abandonar la catedral. La iglesia moderna ha sido una catedral donde los siglos han ido organizando desde arriba la vida de los fieles, de manera que todos y cada uno tenían su lugar y función en ella. Algunos pensaban que se había alcanzado ya la perfección, de manera que sólo faltaban algunos pequeños retoques para completar la trama del sistema eclesiástico. Pero el Nuevo Testamento (que habla de una iglesia construida sobre la confesión de Pedro, Mt 16, 18), presenta a Jesús como piedra desechada (Mc 12, 10-11), que no sirve para construir un templo como el de Jerusalén o un capitolio como el de Roma. Por otra parte, Jesús había anunciado y preparado el fin del templo, de manera que su iglesia no puede entenderse ya de desde ese fondo, como organización legal clasista, de tipo sagrado (con sacerdotes superiores). Pienso que ha llegado el momento de abandonar esa catedral (que se sitúa en la línea de las instituciones sistémicas del momento actual: economía, administración política), para volver con Jesús al campo concreto de la vida. Buena es la catedral como museo y lección de historia; pero ella no es capaz de actualizar la vida de Jesús (como hizo por ejemplo el evangelio de Marcos).

2. De nuevo en la calle. Frente al templo sagrado de antaño, donde un tipo de Papa judío, el Sumo Sacerdote, regía de un modo unitario la trama de rituales sagrados y el orden de las personas, Jesús puso en marcha un movimiento de vida y convivencia amorosa y liberadora en el mismo bazar multiforme de la vida donde hombres y mujeres de diverso origen pudieron encontrar y encontraron un lugar para compartir experiencias y enriquecerse unos a otros, cambiando y regalando sus dones, de un modo inmediato, sin intermediarios de poder externo. Jesús rompe así el orden legal y jerárquico de la sociedad, para poner en comunión directo a todos, y de un modo especial a los más pobres, sin hacerles pasar bajo el control de los sacerdotes o maestros de la ley.

Los seguidores de Jesús formaban una red de gentes que se iban reuniendo para hablar y convivir, en plazas, mercados y casas, sin intermediarios o representantes de una superioridad sagrada, pues ellos mismos eran “templo” de Dios. Esta vinculación era posible porque, según el mensaje y camino de Jesús, cada uno reconocía la vida de los otros y aportaba la propia, escuchándose todos y descubriendo de esa forma a Dios desde los más pobres.

3. Como en un bazar, la mano del Espíritu. En este contexto, algunos economistas hablan de una «mano invisible», divina, que guía el mercado. Ciertamente, esa imagen resulta ambigua, pues de hecho la mano que guía el mercado del mundo es el interés del capital, pero ella puede emplearse en un ámbito de Iglesia, siempre que se identifique con el Espíritu de Cristo. En esa línea, los creyentes ponen su vida en manos de Jesús y dejan que el Espíritu Santo les inspire, como presencia interna, a través de una serie de contactos múltiples, espontáneos, creadores, entre aquellos que han sido despertados y promovidos por el mensaje y la experiencia del Señor resucitado. En ese contexto no podemos hablar de unos jerarcas más altos (que dirigen y organizan desde fuera el conjunto de las relaciones sociales), sino de intercambios y comunicaciones directas de los creyentes, en medio del mundo, animados por la fe común en Cristo 3.

4. Un espacio de encuentro. La iglesia pertenece al plano de la vida real, que se va expresando y creciendo como espacio de encuentro muy concreto (de pan) y muy algo (de fe compartida), de manera que los hombres y mujeres comparten la vida libremente, en amor siempre inmediato y personal (y no en el interior de un sistema que puede manipularse desde fuera). La vida cristiana no es una catedral ya construida (sin alma en sí), sino una red de conexiones múltiples que se van rehaciendo, recreando, desde sí mismas, de un modo incesante, sin un centro superior, sin una imposición externa, pero con una unidad muy concreta que se va expresando en la red de relaciones del conjunto. La iglesia es “templo de Dios” (cf. Ef 2, 21), pero lo es como experiencia múltiple y viva de hombres y mujeres que se aman y comparten la palabra de la vida, descubriéndose amados por el mismo Dios, que es el Espíritu de Cristo, que ama en ellos y por ellos, en forma de comunión unitaria y múltiple de vida.

5. El sacerdocio de los pobres. Siguiendo con la imagen anterior, debemos salir de la catedral (un armario antiguo, con grandes recuerdos), para redescubrir el evangelio entre los pobres, pues Jesús ofreció su “sacramento” para todos, en la plaza pública, en la calle, sin especialistas religiosos. El Nuevo Testamento no conoce “sacerdotes” ministeriales (de un orden superior), sino hermanos y hermanas creyentes que participan del sacerdocio universal de Cristo, pudiendo asumir las tareas o ministerios de la iglesia, en línea de servicio mutuo, no sólo las que ha organizado una Iglesia posterior (diaconado, presbiterado y obispado), sino ante todo aquellas a las que alude Pablo en 1 Cor 12-14. De un modo consecuente, debemos afirmar que el sacerdocio real es la entrega de la propia vida (Jesús en la Carta a los Hebreos), tal como se expresa en los “testigos/perseguidos” del Apocalipsis y en los exilados y peregrinos pobres de 1 Pedro. La unidad y autoridad cristiana no reside en un poder unificado, ni en una organización central, sino en la comunión multiforme de todos los creyentes, que despliegan, comunican y comparten la palabra y el pan, empezando por los excluidos (pobres y enfermos, impuros y locos…).

6. No hay, según eso, una orden de jerarcas por encima de la Iglesia, anunciando un evangelio “externo”, pues toda la comunidad es evangelio y jerarquía. Las estructuras pueden y deben cambiar, según las circunstancias. Puede haber, como al principio, iglesias más colegiadas (con un grupo de presbíteros dirigentes) y otras más “monárquicas”, con un obispo/supervisor que mantiene la unión y anima la misión en nombre de la comunidad, pero unas y otras deben vivir en comunión interna, y creando redes de comunión y comunicación mutua. De esa forma, sólo superando una visión del poder como potestad o capacidad de imposición de unos sobre otros (de los que tienen sobre los que no tienen, de los que enseñan sobre los que aprenden), podrá surgir la verdadera Iglesia, que es comunión de grupos, comunidad de comunidades, lugar donde nadie será mayor que nadie, ni depositario de poderes que sólo él posee por encima de los otros.

7. Iglesia comunión. La unidad de los creyentes no se logra por mediación de obispos o jerarcas más eficientes, sino por la misma comunión de los cristianos, que se vinculan por la fe en el mismo Cristo, por el amor mutuo y por el servicio a los pobres. Según eso, la autoridad de las llaves de Dios la tienen los pobres y, en su nombre, las iglesias, es decir, las comunidades que quieran escuchar y cultivar el evangelio a través del encuentro concreto de sus miembros, que comparten de un modo inmediato (mano a mano, mesa a mesa, plato a plato) la palabra y el pan, vinculando los dos grandes signos de Cristo, que son el cuidado de los excluidos (crucificados, pobres) y el amor de los enamorados y amigos.

8. Lo más urgente, hoy (2014), no es apresurarse a fijar las instituciones, sino cultivar la libertad del evangelio al servicio de los más pobres. Si nos empeñamos en buscar como locos unas nuevas estructuras dejando sin más las antiguas corremos el riesgo de inventarlas a nuestro gusto, según nuestra medida y no conforme al evangelio. Pues bien, en este momento de cambios, algunos desean la celebración de un nuevo concilio, que diga lo que debe ser la Iglesia, y dentro de ella la estructura de la jerarquía, siguiendo el modelo de los conciliaristas de Constanza (1414-1418), cuando aún estaban unidas las iglesias de oriente y occidente, del norte y del sur de Europa. Pero quizá no es aún momento para convocar un Concilio de ese tipo. Más que una asamblea unitaria, que decida desde arriba lo que son o deben hacer los creyentes, queremos iglesias que exploren y busquen caminos de evangelio, creando así estructuras transitorias, por sí mismas, mientras sirven a los pobres, manteniendo la comunión en la diversidad, sin esperar soluciones exteriores. En ese contexto me parece importante el signo de un “papa”, pero no impuesto ni obligatorio (con poder canónico), sino como referencia de unidad de todos los creyentes.

9. Más allá de lo que hay. Gran utopía. Lo que une a los cristianos no es una serie de “dogmas” propuestos de un modo más o menos helenista (según los concilios), ni unas leyes fijadas en un CIC, ni un CEC mejor que los anteriores, ni unos jerarcas superiores, sino el evangelio de (que es) Cristo, expresado en el amor mutuo y el pan compartido, en un perdón que no se ofrece desde arriba (como efecto de una misericordia clasista), sino desde los mismos pecadores perdonados 4. En ese contexto se sitúa la declaración fundacional de la primera asamblea o Concilio de Jerusalén, donde los representantes de las comunidades (que no eran obispos), discutieron, dialogaron y terminaron poniéndose de acuerdo en lo fundamental, para declarar: “Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hech 15, 28). Los cristianos se descubren impulsados por el Espíritu de Cristo y de esa forma “les parece bien” que las comunidades paulinas (aceptadas por Pedro) puedan abrirse a los gentiles, sin pedirles otra cosa que un mínimo de humanidad (¡que no se olviden de los pobres!, Gal 2), para así poder compartirla.

10. En ese contexto decimos que todos los cristianos son sacerdotes. Por eso, la celebración del misterio de Cristo (=eucaristía) no es un derecho que los obispos o el Papa conceden a los cura sino un elemento esencial (un derecho) de las comunidades. No es la jerarquía la que hace posible la eucaristía, sino al contrario: la eucaristía, celebrada por el conjunto de la comunidad, reunida en nombre de Jesús, hace posible el surgimiento de una comunidad donde los creyentes poseen y comparten dones diferentes (cf. 1 Cor 12-14). Lo primero no es el Papa o los obispos, sino la comunidad que comparte el pan y vino de Jesús, en apertura hacia los pobres. Para que se pueda celebrar esa comida, abriendo la mesa de la comunidad a los que buscan comunión (sea cual fuere su credo), cada iglesia escoge a sus presbíteros y obispos, quienes sólo serán testigos mesiánicos si mantienen la comunión con las iglesias del entorno, en una red de comunicaciones multiformes y concretas 5.

…………………………………..

1 Cf. X. Pikaza, El Evangelio de Marcos, Verbo Divino, Estella 2012, prólogo.

2 Cf. Sistema, libertad, Iglesia, Trotta, Madrid 1999; Monoteísmo y globalización, Verbo Divino, Estella 2003; Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2013.

3 He desarrollado el tema en Historia y futuro del Papa, Trotta, Madrid 2006, evocando un trabajo de E. S. RAYMOND, The Cathedral & the Bazaar. Musings on Linux and Open Source by an Accidental Revolutionary, O’Reilly Media 2001.

4 Así lo supone el mismo Papa Francisco al afirmar que “los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios “son poquísimos”, Evangelii Gaudium 43, con cita de Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q. 107, a. 4.

5 Ésta era la visión de J. Ratzinger en El concepto de iglesia en el pensamiento patrístico, en Obras Completas III, BAC 2014. Texto original en Il Concetto della Chiesa nel Pensiero Patristico, en Varios, I Grandi Temi del Concilio, Paoline, Roma 1965, 154-155.

 

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