jueves, octubre 28, 2021
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Entrevista a Leonardo Boff

 Amigo y querido Leonardo BoffAmigo y querido Leonardo Boff: en el mundo se te conoce por tu gran implicación en los temas que afectan a la humanidad. Tu enseñanza, tus escritos, tus viajes, tus conferencias, tu cercanía y asesoramiento al Papa Francisco, toda tu vida son una alerta para salvaguardar la vida y la sostenibilidad de la Madre Tierra, en denuncia contra instituciones, agentes y factores que  siembran invasión, desigualdad, injusticia, sufrimiento, dominación y muerte en el planeta Tierra. 

Nada que no hagan otros ciertamente. Pero, en tu palabra viene resonando sobre todo en este tiempo de pandemia globalizada, algo que tú realzas como extremadamente grave: la posibilidad de no sobrevivir y asistir a la autodestrucción de nuestra especie.

 

¿Podrías destacar el origen de este gravísimo riesgo, de modo que penetre las conciencias y movilice a cambios y acciones pertinentes?              

Me alegra que, contra el olvido, la ignorancia o subestima de una gran mayoría, pongáis en el centro la importancia de este ingente y espantoso riesgo.

No es un cuento o invento ilusorio. No soy pesimista ni pretendo alarmar. Podemos, ciertamente, ir a mejor, construir un mundo más humano, más justo, más veraz y pacífico, pero no, si no cambiamos el pasado que nos condiciona y posee. En el año 2000 la Carta de la Tierra nos hacía esta advertencia: «Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro… La elección es nuestra: o formamos una alianza global para cuidar de la Tierra y cuidarnos unos de otros o nos arriesgamos a nuestra propia destrucción y a la devastación de la diversidad de la vida.»

Exactamente el 23 de septiembre de 2008 la Tierra sobrepasó en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento, necesitamos más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia, lo cual evidencia la imposibilidad de poder resolver las otras crisis: social, alimentaria, energética y climática.

Así que, como lo aseveró Ban Ki-Moon, secretario general de nuestra Casa Tierra, «Por encima de lo urgente –resolver el caos económico–, está lo esencial que es garantizar la vitalidad y la integridad de la Tierra».

¿Tan grave crees que es el riesgo de que la Tierra pueda continuar, pero sin nosotros?        

Hasta el presente, hemos estado preocupados por dos cosas fundamentales: dar con una vacuna eficaz que paralizase la propagación de la covid 19 y asegurar el aislamiento social.

Pero el coronavirus necesita ser encuadrado dentro del contexto en que hizo su irrupción. Este es un virus de la naturaleza, que el Papa Francisco señaló con gran acierto en su encíclica Sobre el cuidado de la Casa Común: «Nunca hemos maltratado y herido a nuestra Casa Común tanto como en los dos últimos siglos» (nº 53).

Este es un virus de la naturaleza que el Papa Francisco señaló con gran acierto en su encíclica Sobre el cuidado de la Casa Común: «Nunca hemos maltratado y herido a nuestra Casa Común tanto como en los dos últimos siglos».

La Casa Común la hemos sometido a un proceso industrial depredador a través sobre todo del capitalismo neoliberal globalizado. Por él ha conocido todo tipo de desequilibrios: producción nuclear, calentamiento global, escasez de agua potable… Todo esto llevó a que el geógrafo estadounidense David Harley afirmara: «COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato y abuso a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado».Palabras estas que coinciden con lo que sostiene la física y filósofa Isabel Stengers: «El coronavirus sería una intrusión de la Tierra Gaia en nuestras sociedades, una respuesta al antropoceno».  

Debiéramos recordar a este respecto, que ya hubo en la historia otras intrusiones. En Europa, entre 1346 y 1353, la peste negra causó la muerte de 1.215 millones de personas. Y la gripe española (1918-1920) causó 50 millones de muertes.

Lo especial de nuestra situación es que, por primera vez, un virus ataca a todo el planeta sin poder detener su global propagación, debido a nuestros continuos desplazamientos y nuestra cultura globalizada.

Tan grave riesgo nos lo vienen advirtiendo grandes sabios del pensamiento: genetistas, juristas y filósofos, historiadores, astrónomos (Albert Jaquart, Norberto Bobbio, Arnol Toynbee, Martin Rees, Eric Hobswan…): el planeta Tierra vive la emergencia de una grave amenaza contra la Vida bajo el modelo social dominante, en el que los hombres en lugar de vivir como hermanos, se comportan como lobos los unos con los otros. Parece como si se hubiera perdido la esperanza de un cambio guiado por la Revolución Democrática y los Derechos humanos.

Si el riesgo de no sobrevivir es tan grande, ¿no crees urgente recabar y expandir al máximo las causas que han generado este modo de vivir –el sistema, el paradigma vigente– para reemplazarlo y alejar tal hecatombe?

Es en lo que me gustaría entrar a fondo, porque nada ocurre al azar, o por fatalismo, ni nada de lo que constituye la estructura de nuestra convivencia individual, social e internacional, proviene del cielo o de factores mágicos, sino que es efecto del ser humano, de su inteligencia y voluntad, de su amor u odio, de unos  intereses y objetivos determinados.

Creo conveniente recalcarlo: el modelo dominante nació, creció y se afianzó por el ser humano, por nosotros, que entendimos y proyectamos equivocadamente nuestra relación con la Madre Tierra. Nos situamos ante ella como dueños y explotadores absolutos y no como parte integrante de la misma.

¿Entonces, si crees que el desastre puede ir a más por falta de esta conciencia unitaria de la humanidad y la Tierra, no deberíamos profundizar y universalizar la enorme importancia de esta conciencia?

Más que evidente. Pero, los grandes medios –nada extraño– tratan de encubrirlo. A este fin, y por obvia razón, quiero subrayar en primer lugar, la profunda unidad existente entre la Humanidad y la Tierra, son una entidad.

Según la tesis básica de la física cuántica, todo está relacionado, intrincado en una red multidireccional. Es un logro de cuantos cultivan una ecología integral.

"Nunca hemos maltratado y herido a nuestra Casa Común tanto como en los dos últimos siglos".El ser humano es un hilo en la trama de la vida. Los humanos –hombre viene de humus, tierra– somos tierra fértil, hijos de la Tierra. La Tierra es como un superorganismo que se autorregula bajo la luz del sol, que produce el nivel esencial para la vida: un 21% de oxígeno, un 79% de hidrógeno, un 3,4% de sal en los mares, y así de otros elementos necesarios para la vida.

Esta Tierra tiene una historia de 4,4 mil millones de años hasta que, en un momento de su evolución, emerge en ella el hombre, humus=tierra que siente, piensa y ama.

Todos, en este sentido, debiéramos vernos como criaturas de la Tierra, más que como pueblos, naciones y razas y evitaríamos tener que verla crucificada en la mitad de sus hijos e hijas que mueren antes de tiempo. Tenemos que bajar a la Tierra de la cruz y resucitarla.

0yéndote, querido Leonardo, de inmediato le asalta a uno esta pregunta: ¿Si tan grave es y se está manifestando la ruptura de esta unidad de la Humanidad con la Tierra, su peligrosidad no estaba en la conciencia anterior por no darse su existencia?

La pregunta da en el clavo. La ruptura no siempre ha existido, por lo menos con la fuerza y universalidad de ahora. Hace apenas cuatro siglos, cuando torpe y desgraciadamente venimos agrediendo, maltratando, destruyendo con nuestra voracidad acumulativa a la Tierra, nuestra Casa común.

Nuestra agresión es tan violenta que hemos inaugurado una nueva era ecológica, denominada antropoceno o, mejor, necroceno, por producir una muerte masiva acelerada. Una muerte que alcanza a la vez a la Tierra y a la Humanidad, como lo demuestran las víctimas de la guerra, el hambre, la sed, la violencia social.

La conciencia de unidad ha existido siempre y ha sido sobre todo la conciencia propia de los pueblos originarios. La Tierra es nuestra madre, por lo que Tierra y Humanidad han de avanzar indisociablemente.

Pero, en estos últimos siglos, con la llegada del espíritu científico, hemos visto la Tierra como una realidad entregada al ser humano para ser dominada y sometida, incluso violentamente, como si fuera un almacén lleno de recursos para acumular y consumir. Crecimos sobre la ilusión de que la Tierra dispone de recursos infinitos y podemos crecer ilimitadamente.

Y entonces, la preocupación fundamental fue cada vez más riqueza, rodeada de un mar de lágrimas: un 20% de los más ricos absorben el 84%, y el 20% de los más pobres deben contentarse con el 16%; una minoría monopoliza los procesos económicos, generando una gran injusticia social.

Según vas explicando, casi se le ponen a uno los pelos de punta, por entender que, tras esta pandemia que nos tiene semiparalizados y angustiados, el virus real, generador de opresión, pobreza, sufrimiento, guerra y muerte es ese proyecto ilimitado de riqueza, acaparado por una minoría.

Superclaro: es el proyecto del capitalismo neoliberal globalizado, que la Madre Tierra no puede soportar más. No queda más alternativa que cambiar de modelo, un modelo nuevo capaz de producir en armonía con los ciclos de la Tierra y vivir con una distribución equitativa de la riqueza, beneficiosa para todos: vivir más con menos.

¿Y tú ves signos que indiquen a las claras que la unidad Tierra-Humanidad no soporta más este proyecto eco y humanocida?

Intentaré poner de relieve esos signos que lo están avisando casi desesperadamente.

El universo, la Tierra y la Vida existen desde hace miles de millones de años cuando ocurrió el big bang. Desde hace 7-8 millones existe el ser humano. Y nosotros –el Homo sapiens / demens actual– existimos hace cien mil años. Todos estamos formados con los mismos elementos físico-químicos.

Pues bien, desde 2002, es un dato científico que la Tierra no sólo tiene vida sobre ella, ella misma está viva. Emerge como “ente vivo”, como un sistema que regula los elementos físico-químicos y ecológicos, como hacen los demás organismos vivos, de tal forma que se mantiene vivo y continúa produciendo una miríada de formas de vida. La llamaron Gaia.

Nosotros, hombres y mujeres, somos Tierra que, en un momento de alta complejidad, comenzó a sentir, pensar y amar y a percibirse a sí misma como parte de un todo mayor. Pero sucedió que olvidando lo que éramos nos dedicamos a saquear y acumular en todos los niveles lo más posible de bienes materiales para el disfrute humano. Con la ciencia y tecnología buscamos este propósito atacando a la Tierra sin saber que nos atacábamos a nosotros mismos.

En realidad, el ataque beneficiaba y estaba dirigido por un pequeño sector muy poderoso y rico que, cegado por su codicia, ha demostrado tal voracidad que la Tierra se siente agotada, hasta el punto de haber sido afectados sus límites infranqueables.

Técnicamente a esta operación se la llama Sobrecarga de la Tierra, por intentar sacar de ella más de lo que puede dar.

Tal Sobrecarga no le permite reponer lo que le quitamos. Y entonces da señales de que está enferma recalentándose, formando huracanes y terremotos, nevadas antes nunca vistas, sequías prolongadas e inundaciones devastadoras. Y, más aún, ha liberado formas de vida microorgánicas: el sars, el ébola, el dengue…y ahora el coronavirus, capaces de diezmar al ser más complejo que ella ha producido: el ser humano, hombre y mujer, sin importarle su nivel social.

La que manda es la Madre Tierra y ha visto que el causante del coronavirus ha sido el ser humano,¿Pero, no crees que, antes de llegar a ese extremo de acabar con la vida, se podría evitar eliminando el coronavirus?

Está por ver si podremos eliminarlo o, a lo más, evitar que se propague. La desestabilización que ha producido es general y ahí sigue su destrucción en la economía, en la política, en la salud, en las costumbres, en la escala de los valores establecidos.

Aquí, la que manda es la Madre Tierra y ha visto que el causante del coronavirus ha sido el ser humano, ahora en rebelión y enfermo, pero al que ya no aguanta más y al que, de no cambiar, se sentiría obligada a tener que acabar eliminándolo.

Con la singularidad de su conciencia, el ser humano es –no hay que olvidarlo– una parte de la Tierra. Ella, de verificarse este riesgo, continuaría girando alrededor del sol, empobrecida, hasta que haga surgir otro ser capaz de sensibilidad, inteligencia y amor. ¿Seguiremos a pesar de todo haciendo más de lo mismo, hiriendo a la Tierra, autohiriéndonos en el afán de enriquecerse de unos pocos cueste lo que cueste?

Entonces, si salimos de una visión equivocada del origen del coronavirus, ¿qué otra visión sugieres y qué otros valores propones abrazar? ¿Si somos el eslabón consciente de la cadena de la vida, si somos parte de la Tierra, cuál es la lección que nos toca aprender?

  1. Primero de todo, acabar con el mito moderno de que somos “el pequeño dios” en la Tierra y podemos disponer de ella a nuestro antojo. En esta dirección hemos caminado con un furor sin precedentes.
  2.  Debemos reconstruir sin demora el pacto natural que teníamos hecho con la Tierra. Si ella nos da todo lo que necesitamos para vivir, nosotros debemos cuidarla, preservar sus bienes y servicios y darle descanso para recuperarse.
  3. Proscribir el armamentismo y la guerra. Es imposible que no nos destruyamos unos a otros si previamente no destruimos nosotros la guerra. Una civilización con derecho a la guerra, es indigna de ese nombre.
  4. Comprometernos a obrar con tal cuidado y solidaridad que la naturaleza no tenga que enviarnos virus aún más letales.
  5. Tomar en serio el calentamiento global, prohibir la desforestación de los bosques y poder conservar de esa manera los hábitats de los millones de virus y bacterias sin que puedan transferirse a los seres humanos.
  6. Cultivar la convicción de que la vida está ligada al misterio de la cosmogénesis y a aquella Energía de Fondo que misteriosa y amorosamente preside todos los procesos cósmicos y es, por lo mismo, inexterminable.

¿Podrías, para acabar, señalar las pautas que, en este caso, más necesitamos para una convivencia universal justa, libre y fraternal?

O cambiamos nuestra relación con la Tierra viva y con la naturaleza o tendremos que contar con virus nuevos y más potentes que podrían aniquilar millones de vidas humanas. Nuestro amor a la Vida, la Sabiduría humana de los pueblos y la necesidad del Cuidado, nunca han sido tan urgentes. Por lo cual:

  • El capitalismo como modo de producción y de expresión política no sirve. Sólo es bueno para los ricos, para el resto es un purgatorio o un infierno y para la naturaleza una guerra sin tregua.
  • El valor supremo es la vida, no la acumulación de bienes materiales. El aparato bélico montado, capaz de destruir varias veces la vida de la Tierra, ha demostrado ser ridículo, frente a un enemigo microscópico invisible que amenaza a toda la humanidad.
  • No tenemos más alternativa que, en palabras de la encíclica papal Sobre el Cuidado de la Casa Común, hacer una conversión ecológica radical. El virus más que una crisis es una exigencia de relación amistosa y cuidadosa con la naturaleza, exigencia que se traduce en dedicar los grandes bienes y servicios del mercado a un mayor cuidado de la naturaleza y a una mayor justicia e igualdad sociales.
  • No hay sino dar el nuevo paso de dominus (dueño) a frater (hermano), salido de una nueva mente y un nuevo corazón nuevo, responsables frente al futuro común.

Suscribo como punto final las palabras de Eric Hobsbawm: «Querer tener un futuro reconocible prolongando el pasado o el presente es un fracaso».

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