jueves, octubre 28, 2021
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En la hora del cuidado de la tierra

“Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro”. Así comienza la Carta de la Tierra, escrita en el año 2000. En ella se nos invita a poner en marcha como especie humana un nuevo comienzo. Ni más ni menos. Las alarmas son ya ensordecedoras. La pandemia no es una desgracia más, sino el fruto de la acción humana que destruye la biodiversidad del planeta provocando el nacimiento de nuevas enfermedades que nos colocan ante el espejo de lo que somos como especie viva: un gigante con pies de barro que lucha por sobrevivir.

La tierra que devastamos y el suicidio necesario

“Nuestro venerable sistema capitalista tiene sus exigencias inexorables: lucrar, explotar, robar, todo dentro de la suprema ley del libre mercado y al aire estimulante de la competencia” [1]Casaldáliga, P., Cuando los días dan que pensar, PPC, Madrid, 2005. Tuve el honor de publicar este libro siendo director de ediciones de PPC. En aquellos meses algún correo y alguna llamada … Continue reading. Esta es una de las muchas referencias de Casaldáliga al sistema depredador capitalista que campa a sus anchas en nombre de una civilización que todo lo conquista: la tierra y sus recursos, los océanos convertidos en basurero, el trabajo productor de precariado y los flujos migratorios que buscan su lugar en el mundo.

La tierra que devastamos y el suicidio necesarioAsí se constituye esa relación dialéctica que Casaldáliga sintetizó con maestría: “hay un Primer Mundo a costa de un Tercer Mundo”, de manera que no hay salida para el Tercer Mundo si no es a costa del suicidio del Primer Mundo como tal. He aquí una invitación inusual y profética: la salida honorable para la humanidad pasa por el suicidio de una parte de ella: la más voraz y depredadora. De una manera más solemne lo expresaba Sánchez Ferlosio: “mientras no cambien los dioses nada ha cambiado”. Y el dios del capitalismo salvaje es muy potente.

Décadas más tarde será el papa Francisco quien ponga nombre al abuso de poder de esta parte de la humanidad. En “Laudato Si” identifica el antropocentrismo como el causante de la desmesura de nuestro modelo de progreso en el que hemos entrado como elefante en cacharrería, modificando las reglas del juego que hasta hace cientos de años organizaba lo vivo.

La autoridad ética de la naturaleza

La tierra, como los mayores, nos precede. Por eso podemos afirmar, con Casaldáliga: “creo en la tierra de todos como la madre primera”. El planeta Tierra cuenta con más de 4.500 millones de años de existencia. Y nuestra especie, Homo sapiens sapiens, apenas lleva 150.000 años sobre este hogar, el planeta Tierra. Somos unos recién nacidos desde el punto de vista de la edad de la Tierra.

Pues bien, nuestra madre Tierra nos recuerda los valores por los que merece la pena sostener nuestra vida en común: respeto, cooperación o responsabilidad, entre otros. Existe una autoridad ética domiciliada en la naturaleza que los seres humanos no hemos sabido captar. Estamos a tiempo.

Existe –por tanto– una ética de la tierra que extiende las fronteras de la comunidad humana para incluir los suelos, las aguas, las plantas y los animales; es decir, incluye la tierra. Y esta tierra no es únicamente ese suelo que pisamos y del que extraemos minerales o petróleo; es una fuente de energía que genera una cadena de vida y de alimentación que no se puede violentar según apetencias particulares desvinculadas de lo común.

Y existe una mística de la tierra según la cual “la tierra es el único camino que nos puede llevar al cielo”, como escribe Casaldáliga. La experiencia cristiana acontece en la verdad real de la tierra que habitamos, donde nos movemos y existimos. Ser custodios de una tierra que no nos pertenece forma parte de nuestro equipaje creyente. Cuidar la tierra y abrirse a Dios serán dos movimientos simultáneos que nos enlazan y empujan.

Cuidado y justicia

Cuidar el planeta nace de esta nueva mirada, de un salto de conciencia espiritual y actitudinal: no soy dueño de la Tierra, formo parte de ella. Leonardo Boff lo expresa de modo muy elocuente: “Tierra y Humanidad formamos una única entidad. Nosotros los humanos somos aquella parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y venera”. “El hombre es tierra que anda”, cantaba Atahualpa Yupanki.

Y, al mismo tiempo, la justicia se hermana con el cuidado promoviendo la necesaria transformación de nuestro mundo.

De lejos,
toda montaña es azul.
De cerca,
Toda persona es humana

En la hora del cuidado de la tierraCasaldáliga nos invita a la contemplación de la tierra y de la persona al mismo tiempo. La belleza de la montaña es tan venerable como la dignidad de todo ser humano. El cuidado de lo bello, de lo noble y de aquello que nos permite vivir está emparentado con la lucha por la dignidad de los desposeídos y de los que no cuentan.

El cambio de milenio alentó la ciudadanía global. La irrupción del grito de la Tierra junto con los antiguos y nuevos gritos de los pobres hace necesaria la creación de una ciudadanía ecosocial que ponga la vida en el centro y sea capaz de armonizar la lucha por la justicia y el cuidado de lo más vulnerable. Ante un sistema que ya no se sostiene el compromiso ecosocial precisa del testimonio doméstico y de la movilización política, reclama gestos concretos y mirada larga.

“Os habéis quedado sin excusas y nos estamos quedando sin tiempo”, nos recuerda Greta Thunberg. La ciudadanía ecosocial se construye desde la urgencia de un tiempo que reclama la audacia como modo de proceder. Una audacia que inspire nuevos modos de construirnos como personas y como comunidad, movilizando redes, recursos y complicidades.

Cuidado de lo vivo y justicia social alimentan ese impulso que nos sostiene y alienta: “El Reino viene si lo forzamos. Es una gracia que se conquista. Una gratuidad militante” [2]IBID., o.c., p. 41. . Forzar el Reino promueve suicidios civilizacionales y abre nuevos espacios de presencia, de cuidados y de luchas personales y colectivas. Estamos a tiempo. El futuro emerge de los escombros. “Por aquí no resulta tan difícil sentir a Dios como “el que viene”. Entre los árboles, con las estrellas, desde los pobres”[3]IBID., o.c., p. 35.. Es momento de forzar el Reino y no perder a Dios en esta hora.

Lo peor no será
perder el tren de la historia
sino perder a Dios
que viaja en ese tren.

Notas

Notas
1 Casaldáliga, P., Cuando los días dan que pensar, PPC, Madrid, 2005. Tuve el honor de publicar este libro siendo director de ediciones de PPC. En aquellos meses algún correo y alguna llamada telefónica con el místico y profeta me dieron aliento y vida. Releo ahora el libro y de él extraigo aprendizajes siempre renovados y desafiantes.
2 IBID., o.c., p. 41.
3 IBID., o.c., p. 35.
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