jueves, septiembre 23, 2021
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El empobrecimiento de la política: el paso a la política como espectáculo

Es cierto que se lleva tiempo hablando de crisis en la política, pero es en los últimos tiempos cuando tenemos la certeza de que la política está en crisis, como hemos podido certificar en las pasadas elecciones madrileñas, apoteosis de un proceso de empobrecimiento que ha tomado cuerpo con toda su intensidad en la campaña electoral vivida y que, con seguridad, tendrá su influencia a partir de ahora.

La importancia que adquiere la cultura política en grupos e individuos está estrechamente relacionada con la capacidad que los ciudadanos tienen de dar valor a elementos capaces de articular cohesión e identidad sobre el futuro, algo que tiene que ser impulsado por quienes van a convertirse en representantes políticos de los intereses de individuos y grupos. A ellos les corresponde hacer de la política un instrumento para la construcción de futuro, gestionando adecuadamente las tensiones y ansiedades de la sociedad, al tiempo que canalizan de manera positiva las contradicciones existentes entre los distintos grupos de interés. De ahí la importancia en los procesos de selección y representación política.

Las elecciones no son, simplemente, el espacio de votación de las distintas opciones políticas, ni siquiera el de la elección de los escenarios de futuro preferidos por los ciudadanos, sino particularmente el momento de selección de los políticos, de las mejores mujeres y hombres sobre los que se delega un poder y se proporcionan unos medios y recursos singulares para que trabajen a favor de la comunidad. De ahí que los partidos tengan una particular responsabilidad en las personas que proponen como representantes. La corrupción y las irregularidades las cometen las personas amparadas en los cargos políticos a los que acceden, pero a los que han llegado con el respaldo de unos partidos que son, a fin de cuentas, quienes ponen en manos de esas personas unas capacidades singulares que deben gestionar de manera exquisita.

Tradicionalmente ha habido dos grandes tendencias a la hora de elegir a sus representantes por parte de los partidos. Por un lado, aquellos con unas cualidades excepcionales capaces de llevar a cabo un excelente trabajo, en base a su formación, su honradez, su cultura y preparación, su experiencia y trayectoria. Sería como elegir a las mejores personas para asegurar que puedan afrontar con éxito sus compromisos. Pero también estaría, en el lado opuesto, la elección de quienes son como los ciudadanos y ciudadanas a quienes se representa, igual a ellos, siendo ese conocimiento que tiene de vivir y compartir lo mismo que sus representados lo que le coloca en mejores condiciones para acceder a la política. Sin embargo, hace tiempo que se tiene la sensación de que la sociedad va por un lado y sus representantes políticos van por otro, hasta el punto de que nos preguntamos con insistencia cómo puede resultar elegido de forma mayoritaria un candidato o candidata con un perfil y unas capacidades tan mediocres.

La respuesta a este progresivo desencuentro tiene, al menos, dos explicaciones que estamos viendo con fuerza en la política de este país. Por un lado, la ruptura de las maquinarias tradicionales de los partidos políticos para llevar a cabo la selección de sus mejores representantes en base a cualidades como su sabiduría, inteligencia y honradez. Y por otro, convertir la política en una simple mercancía de consumo impulsada por los medios de comunicación y las redes sociales, bajo la dirección de publicistas y especialistas en marketing.

Las dinámicas de selección de candidatos y candidatas en los partidos tienen que ver más con la lealtad al líder de turno y con su dedicación al partido, que con la experiencia profesional o sus valores ciudadanos. Si pensamos en muchos de los representantes políticos en activo, son mujeres y hombres que tratan de situarse junto al dirigente de turno triunfador, sin importar su trayectoria, muchos de los cuales solo han trabajado para el partido o en los distintos cargos obtenidos del partido y sus alrededores. Son políticos y políticas profesionales, sin vida laboral y sin muchas otras alternativas en la vida real, que van a tratar de estar ahí, con unos o con otros porque han hecho de la política su medio de vida. Estas dinámicas alejan a entrar en política a otras personas valiosas, que contarán, además, con el rechazo de los burócratas profesionales de los partidos, quienes conocen y usan toda su maquinaria en beneficio propio. Es lo que algunos especialistas denominan como “selección adversa”, que lleva a que los partidos no elijan a los mejores.

Y, en la medida en que en los partidos predominan cada vez más candidatos mediocres, con cualidades menguadas, la política se empobrece a pasos agigantados siendo sustituida por la mercadotecnia, el uso compulsivo de las redes sociales y la ocupación de espacios en los medios de comunicación. Es así como asistimos a la política como entretenimiento, de la mano de personajes sin consistencia alguna que alimentan el espectáculo, conscientes de focalizar con sus disparates y ocurrencias la atención de unos medios de comunicación deseosos de darles espacio para captar audiencias. Ya no hay programas, ni propuestas, ni estrategias, ni futuro, sino simples eslóganes fabricados por los profesionales de la publicidad política.

Es el ocaso de las ideologías, sustituidas por simples ocurrencias que se amplifican en las redes y en los medios, a costa de empobrecer una política que se hace, si cabe, por el contrario, cada vez más necesaria. Frente a ello se abre paso con fuerza la cultura como espectáculo.

La política como espectáculo y la pauperización de la democracia

La sociedad del espectáculo, como variante de la sociedad de consumidores, denota dos contenidos complementarios: por una parte, que el espectáculo es una mercancía estratégica para la acumulación de capital, y por otra, que a través del espectáculo y de lo espectacular regresamos a una representación de la sociedad acorde con los intereses dominantes.

El espectáculo como producto económico se ha extendido a manifestaciones muy distintas que consumimos habitualmente, como sucede con el ocio, el turismo de masas y los eventos deportivos convertidos en la nueva religiosidad posmoderna, en lo que Marx denominó como “opio del pueblo”. Todo ello, a su vez, ha alcanzado una unidad que penetra en todos los ámbitos de la sociedad, mediante la inversión público-privada en las instalaciones deportivas y las grandes competiciones, facilitando la alianza del capital inmobiliario y la acción política en distintos niveles y esferas. La historia reciente de la corrupción tiene miles de páginas en diferentes sumarios en los que aparecen implicados empresarios de la construcción, propietarios de clubs deportivos, políticos corruptos y operaciones inmobiliarias de distinta naturaleza, especialmente en el feliz Levante.

Como representación teatral, está presente en las procesiones religiosas, muy especialmente en la Semana Santa, en los desfiles militares y en las competiciones deportivas; también eventos comerciales como las ferias, las inauguraciones de las catedrales del consumo, los congresos y cualquier fórmula en la que un acontecimiento pueda revestirse de espectáculo, como las entregas de premios si además todo un rey preside la ceremonia. Estas representaciones teatrales reflejan una determinada imagen –ficticia- de la sociedad, a la vez que ocultan una realidad menos amable. Las procesiones ocultan el creciente laicismo, las paradas militares hacen de las armas y la guerra un espectáculo pintoresco, o los eventos deportivos desvían a la ciudadanía de otros muchos problemas importantes. Nada nuevo que los emperadores romanos no hubieran inventado en los espectáculos de sus anfiteatros y coliseos, en los que llegaron al paroxismo con sus naumaquias, el culmen de la tecnología de la época. La sociedad del espectáculo alimenta la ceguera de la que hablaba Saramago y la anomía –esa pérdida de referencias normativas- contribuye al debilitamiento del cuerpo social, a la pérdida de conciencia sobre lo que acontece a nuestro alrededor. Es importante salir a las calles a aclamar a “la roja” pero si hay manifestaciones que exigen derechos, pan, trabajo o libertades las fuerzas de seguridad estarán siempre vigilantes para actuar cuando las reivindicaciones desborden el marco de lo que el gobernante de turno tolera.

La sociedad del espectáculo alcanza también a la política, en particular en la fiesta de la democracia: las elecciones

Naturalmente que la sociedad del espectáculo alcanza también a la política, en particular en ese momento que tanto se enorgullece de concebirse a sí mismo como la fiesta de la democracia: las elecciones. Pero como un síntoma más del deterioro democrático, cada vez más políticos entienden que eso que llamamos democracia empieza y termina en las elecciones, como una concesión generosa que hacen al populacho para poder elegirlos durante cuatro años, ponerles sueldo, chófer, asistentes y depositar unos poderes excepcionales en sus manos. Lo vemos con particular crudeza, especialmente entre la derecha, cuando desde la sociedad surgen pronunciamientos públicos opuestos a sus decisiones y con particular autoritarismo afirman sin inmutarse que únicamente pueden hacer política los representantes políticos, demostrando así tanta ignorancia como soberbia.

 La política como espectáculo es la degradación de la democracia, convertida en objeto de consumo electoral, una mercancía más que ya no se interesa por programas, propuestas o proyectos para la sociedad. Interesa dar espectáculo, captar la atención de los medios de comunicación de masas, abrir telediarios, ocupar las tertulias, ser trending topic en Tweeter. Los votantes son meros consumidores de los productos generados por los especialistas en campañas publicitarias, quienes mediante técnicas de marketing y el uso masivo de redes sociales, tratan de polarizar sus mensajes de consumo, de la misma forma que se hace con otros muchos objetos de consumo diario.

Así, la representación dramática los contendientes se presentan como deportistas de alto nivel, púgiles de un combate, corredores de élite o futbolistas profesionales, paladines de sus respectivos seguidores desde sus correspondientes equipos. Todo ello alcanza el cénit en los debates electorales, donde la iconografía de los diferentes partidos se maneja como si de equipos deportivos competición se tratara. Así, lo importante ya no es lo que dicen, lo que defienden, la sociedad que tienen en la cabeza, las propuestas que formulan, sino quien ganó, quien fue más ocurrente o insultante, quien obtuvo más espectadores en el minuto de oro o quien fue capaz de meter un gol a la escuadra al contendiente.

Y las pasadas elecciones autonómicas madrileñas son fiel reflejo de la degradación democrática a la que se puede llegar cuando la política se convierte en espectáculo. Una construcción publicitaria paciente y programada, pensada para dar la nota permanentemente, para pasar del personaje –la candidata– a la actriz de alfombra roja, que desgrana ante cada photocall la frase precongelada que han preparado los publicistas para que ese día pueda abrir informativos y llenar redes sociales, con sus correspondientes hooligans. Desde la ensoñación de una virgen de Murillo a la Agustina de Aragón, desde la choni airada a la chica directa y desenfadada, desde la camarera que sirve perritos calientes a la puerta de la nave llamada Hospital Zendal hasta patriota que se envuelve en banderas de España para apelar a los votantes más rancios. Todo vale para captar un minuto de atención en los medios, aunque no sepamos qué se quiere hacer en Madrid con sus gentes y con los muchos problemas que tiene.

 Cómo no comprar ese artículo vendido como fresco, moderno y de consumo inmediato frente a los irascibles y ceñudos personajes que la propia dirección del teatro adjudica a sus oponentes, empeñados en explicar cosas complejas sobre problemas ingratos. La política como espectáculo supone, a la vez, dar carta de naturaleza al espectáculo político como mercancía, despojado de cualquier otro valor o capacidad. Para su elaboración se necesitan trabajadores de producción, figurinistas, maquilladores, especialistas en atrezzo, publicistas, decoradores, y vendedores, muchos vendedores. Por ello, los medios de comunicación de masas, con su corte de comentaristas y tertulianos, son parte sustantiva del marketing político y canal imprescindible para la oferta de esta mercancía de consumo político masivo.

La política como espectáculo, esa representación ficticia de la sociedad, oculta la degradación en el ejercicio del poder, reducido a puro objeto de comercio, caricatura artificial para captar la atención de masas. El ansia de espectáculo desnaturaliza la voluntad democrática, pues la representación teatral de la política es la mejor forma de ocultar el ejercicio del poder, tapado con la ocurrencia, la frase provocadora y la imagen sicalíptica. Así fue como Madrid nos proporcionó el bochornoso espectáculo de una candidata cuyo programa electoral estaba en blanco, utilizando una única palabra de la que se apropió y manoseó hasta el vómito, vaciándola de todo significado, como fue la libertad. ¿Qué podrían elegir los madrileños y madrileñas que no estaba al alcance de otros ciudadanos? Algo tan pueril e intranscendente como el horario disponible para tomar cañas, llenar terrazas y emborracharse. La posibilidad de elegir presupone dos condiciones: en primer lugar, la de tener opciones –en este caso el horario–, y otra la de tener medios económicos para elegirlo. Tomar cañas en Madrid se convirtió en una metáfora de lo que pueden hacer los madrileños con dinero. Los que disponen de dinero, de mucho dinero, supieron elegir a quien representa sus intereses. Y esto es lo importante, por debajo de los juegos malabares permanecían los problemas reales que estaban en juego. Es lo que tienen las cañas de cerveza, que cuando se va la espuma solo queda el líquido. Pan y circo, cañas y terrazas como máxima expresión de la política de la derecha madrileña en una de las regiones más ricas e importantes de Europa, sin ninguna otra consideración. ¿Para qué molestarnos en más si de esta forma se pueden ganar unas elecciones? Nadie podrá reprocharnos que incumplimos un programa electoral que no existe, unas promesas que nunca realizamos o unos proyectos inexistentes. La nada como oferta política para tener un cheque en blanco, la ausencia de compromiso alguno con un electorado que solo va a respaldar a una marca, una imagen y un lema. La salud democrática de un país se ve amenazada por la proliferación de magos de la política, pero también por la predisposición al engaño del espectador. Y en este escenario, hay partidos y representantes políticos que han encontrado su camino y anuncian repetirlo en todo el Estado. El triunfo del publifascismo como manera de facilitar el avance de un nuevo autoritarismo político, envuelto en marketing político y campañas publicitarias.

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