lunes, mayo 17, 2021
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El cuidado como paradigma emergente

El cuidado constituye la categoría central del nuevo paradigma que trata de emerger en todo el mundo (Leonardo Boff)

El cuidado como paradigma emergenteEn los primeros días de abril del año 2020, cuando la pandemia azotaba día tras día dejando miles de cadáveres por el camino, el cardenal venezolano Baltazar Porras afirmaba: «Si la Iglesia del postcoronavirus vuelve a ser lo de antes, no tiene futuro». Ni la Iglesia, ni la economía que se desploma, ni las empresas, ni las ONGs, ni los centros educativos, ni la política pueden volver a ser lo de antes. Ni la civilización que nos ha conducido hasta este lugar. Solo la esperanza de que podamos dar a la luz un nuevo comienzo como humanidad puede adentrarnos con sabiduría y humildad en el acontecimiento del cambio de paradigma que la realidad nos está demandando.

1. De dónde venimos

Nuestra cultura de usar y tirar con frecuencia gasta las palabras agotando su significado antes de tiempo. Es el caso de la expresión paradigma. Etimológicamente, paradigma es una palabra que significa modelo, patrón, guía. Es el mundo científico el que ha utilizado esta expresión y de ella bebemos. La teoría de las revoluciones científicas de Tomas Kuhn nos indica que un paradigma está constituido por los supuestos teóricos generales, las leyes y las técnicas para su aplicación que adopta una determinada comunidad científica.

Expresado de una manera más directa, un paradigma es un tipo de gafas ubicadas en nuestra mente que nos sirve para ordenar la realidad e instalarnos en ella. Pues bien, durante diez mil años la humanidad ha mirado la realidad con las gafas del progreso, comenzando con la revolución agrícola, los asentamientos en aldeas, primero, y en ciudades, después. El progreso ha estado vinculado con descubrimientos de nuevos mundos, y con la Ilustración europea nace la industrialización, que produce una aceleración de ese progreso de manera vertiginosa. La alianza con la técnica como motor de ese modo de producir, de consumir y de vivir hace el resto.

Este progreso ha devenido en una mayor calidad de vida para una parte de la humanidad, pero con costes muy severos en la explotación del planeta y en la explotación a las poblaciones más débiles. De ahí que el grito de la Tierra y el grito de los pobres constituyan una invitación desesperada para poner en alerta el desorden establecido al que hemos llegado. Porque hemos llegado a topar con los límites de un crecimiento ilimitado y de un progreso que se ha definido a sí mismo como indefinido. Y en eso llegó la covid-19 y nos mandó a parar.

Son muchos los puntos débiles del progreso ilimitado, cuyo resorte principal es el capitalismo desbocado. Yo apunto hacia una consideración antropológico-ética. La escisión permanente en la que hemos vivido como humanidad los últimos 10.000 años de civilización nos observa. El antropocentrismo es la excusa perfecta para separarnos del resto y autoafirmarnos como seres especiales. De ahí que, especialmente en nuestro Occidente, hayamos sufrido una triple escisión:

  • De la persona consigo misma, separando alma y cuerpo, razón y sentimiento, acción y pensamiento. La escisión antropológica elemental nos convierte en individuos dispersos incapaces de asentarnos en nuestro propio quicio, porque el desquiciamiento vital es el nombre del ritmo vital al que se nos invita cada día. Así nos volvimos arrogantes buscadores de éxitos.
  • De cada persona con los demás. Todos repetimos la historia de Caín. Es la desvinculación con el otro lo que provoca todo tipo de violencia. Una desvinculación que se muestra prioritariamente como dominio y como fuerza. Así nos convertimos en guerreros.
  • De la persona con la naturaleza, de la cual nos sentimos dueños y a la cual pareciera que no la debemos nada. Así nos hicimos conquistadores.

El sustrato cultural del que emerge esta triple escisión no es otro que el patriarcado como modo de dominio y configuración de relaciones y estructuras. El diagnóstico está hecho. Este paradigma ya no da más de sí. Está agotado. Ya no puede resolver algunos de los graves problemas que él mismo ha ocasionado. Pensemos que el cambio climático no puede ser corregido desde el mismo paradigma que lo ha creado. Es preciso dar un salto de nivel.

Por otra parte, volver a la normalidad post pandémica sería el mayor de los errores. Es verdad que no tenemos hoja de ruta clara hacia otro escenario alternativo. Por eso, los ajos y las cebollas del Egipto conocido saben a algo frente a la nada de un mañana desconocido. Y, sin embargo, la escucha de lo que nos está sucediendo como civilización nos ha de animar a desvelar las señales de un nuevo modo de reconocernos como especie viva poniendo la vida en el centro de nuestras necesidades, intereses y proyectos.

2. El cuidado que emerge

La crisis del paradigma del progreso no es de ahora; viene anunciada desde antiguo. Mounier escribía en 1936: «asistimos al derrumbamiento de una zona de civilización nacida a finales de la Edad Media, consolidada al mismo tiempo que minada por la era industrial, capitalista en su estructura, liberal en su ideología, burguesa en su época»[1]. Y más adelante reconoce: «participamos en el alumbramiento de una civilización nueva, cuyos datos y creencias están aún confusos y mezclados con las formas desfallecientes de la civilización que se borra»[2]. Lo viejo no termina de morir mientras lo nuevo no termina de nacer.

Al paradigma del progreso no se le derrota; se trata de poner la atención en otra fuente de energía. La Carta de la Tierra (2000)[3] nos anuncia un nuevo comienzo como humanidad sobre el que hemos de tomar decisiones: «La elección es nuestra: formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida».

Este paradigma ya no da más de sí. Está agotado. Ya no puede resolver algunos de los graves problemas que él mismo ha ocasionado.

La lucha por la supervivencia en medio de la pandemia nos ha traído el recordatorio de que existen cuidados esenciales. Que pueden pararse las fábricas y los aviones dejar de volar y los cruceros dejar de transitar los mares, pero el personal sanitario es esencial, como lo son los maestros y las maestras, y quienes limpian las calles y recogen la basura. Hemos redescubierto que somos hijos e hijas del cuidado, que el cuidado nos sostiene como humanidad y sostiene la vida. Hemos descubierto que el cuidado salva vidas, y si ponemos las luces largas como civilización en ruinas, deberemos coincidir con Leonardo Boff en que o cuidamos o pereceremos como especie.

El cuidado es –de nuevo– una palabra manoseada que nos taladra los oídos a todas horas. Ya antes de la pandemia muchas residencias de ancianos y no pocas compañías de seguros han hecho del cuidado un negocio y un elemento de marketing. Con todo, hemos de profundizar.

El cuidado que emergeAl cuidado como nuevo paradigma no accedemos desde la clave del hacer o hacer de otra manera. No basta con eso. Se trata –lo decíamos más arriba– de saltar de nivel, de dar un paso más adentro en la espesura de la vida y más adelante hacia el futuro que emerge, no el que conquistamos. La ética del cuidado se nutre de una adecuada mística del cuidado. La toma de conciencia de los cuidados recibidos, y en definitiva todas aquellas receptividades que nos constituyen son los nutrientes del cuidado que ha de venir.

El cuidado como paradigma se encuentra atravesado por la conciencia de que todo está conectado. Por ello, el vínculo se convierte en el eje vertebrador de un cuidado centrado en la atención y promoción de vida. La vida es un entramado de vínculos que nos sostienen y nutren. La arquitectura de la vida, desde la cadena de ADN hasta la desertificación de nuestros bosques tiene forma de vínculos que se tejen creando mejores o peores condiciones de vida.

Formamos parte de un ecosistema que propicia seguir vivos en virtud de los vínculos visibles e invisibles que nos sostienen. «Cada historia de amor, cada historia de solidaridad, cada historia de resistencia es posible no solo por las acciones que se generan, sino fundamentalmente por los vínculos que lo alimentan»[4]. El vínculo de cada persona consigo misma le hace estar sobre sí misma y ser dueña de sus acciones sacando a la luz su mejor y más valioso potencial; el vínculo hacia los otros nos constituye en fraternidad conscientes de que nos necesitamos los unos a los otros; el vínculo con la naturaleza nos convierte en custodios de ella en la conciencia de que no es solo un legado recibido sino es un préstamo que nos hace las generaciones venideras, como nos recuerda el papa Francisco.

3. El cuidado que pone la vida en el centro

Las luchas del ecofeminismo se encuentran en buena parte del posicionamiento del cuidado como un modo de sostener la vida y ponerla en el centro, y no solo como una tarea más. En no pocas conferencias, aún antes de la pandemia, escuchaba a Yayo Herrero comenzar sus intervenciones con una frase similar a esta: «el modelo económico, político, social y cultural ha declarado la guerra a la vida. Urge recomponer el sistema». La pandemia dio con la clave de esa recomposición.

Recomponer el sistema desde el cuidado precisa sacar el cuidado de la esfera de lo privado, de lo doméstico y del trabajo invisibilizado de tantas mujeres. Con razón hace décadas Carol Gilligan establecía la dicotomía entre la ética de la justicia, organizadora, jerárquica, pública, racional y masculina frente a la ética del cuidado, inductiva, conversacional, horizontal, singular y propia de las mujeres. Una de las tensiones que va resolviendo la praxis del cuidado universalizado es sacar las dicotomías del núcleo de una epistemología y de una praxeología que nos volcaba hacia una convivencia siempre en clave disyuntiva.

La ética del cuidado se nutre de una adecuada mística del cuidado. El cuidado como paradigma se encuentra atravesado por la conciencia de que todo está conectado.

El ecofeminismo se convierte en pedagogía política a través de la cual el cuidado es una forma de luchar por la justicia y la justicia es una forma de hacer referencia a los bienes relacionales que emergen desde el cuidado. Cuidado sin justicia nos encapsula en el mundo de nuestros convivientes próximos; la justicia sin el cuidado nos lanza a lo abstracto perdiendo la proximidad.

Poner la vida en el centro sitúa al cuidado como la manifestación de nuestra interdependencia como seres humanos. Yo soy gracias a ti, como nos recuerdan simultáneamente tanto Lévinas como la filosofía Ubuntu. Y, asimismo, el cuidado es la manifestación de la ecodependencia; la biología, la física, la astronomía y la espiritualidad nos recuerdan que todo está interconectado y que la vida es una característica tan peculiar, anómala y preciosa, apreciada desde el inmenso agujero del universo, que sostener la vida desde el cuidado se convierte en el nuevo imperativo ético de quienes desean que los atentados contra la vida bajo la forma de cambio climático, escasez de agua potable, contaminación de la atmósfera y pérdida de biodiversidad no conduzcan sin remisión al colapso de la especie humana en el planeta Tierra.

4. Transiciones paradigmáticas

Ningún cambio de paradigma es rápido ni mucho menos instantáneo. Al igual que el colapso planetario no es un punto, sino un proceso en el que ya estamos inmersos, como de un modo pedagógico nos enseña Carlos Taibo[5], igualmente el cambio de paradigma acontece en medio de un proceso global en el que también estamos sumergidos.

La ética del cuidado Probablemente tenemos más conciencia de final de etapa que dé comienzo de algo nuevo. El nacimiento de nuevas iniciativas que vislumbren una nueva apuesta de civilización se asienta en un todavía-no que hemos de registrar como ensayos expuestos al aprendizaje. Por eso hemos de apuntalar metas volantes y objetivos viables que vayan haciendo de cuidado el eje y motor de un nuevo modo de enfrentar la vida como humanidad.

Planteo tres transiciones complementarias:

  • Transición económica. Evidentemente el paradigma que se agota está alimentado por un capitalismo que todo lo devora y que deviene en abismal[6]. Desde el cuidado hemos de retomar medidas que frenen la lógica consumista que nos enseñó que más es mejor, cuando realmente con menos tenemos suficiente para vivir. La economía doméstica mediante el consumo responsable debe servir de contención frente a la avalancha insaciable del mercado. El conflicto latente entre capital y vida debe personificarse en la ciudadanía como sujeto económico decente.

Por otra parte, es el momento de que las iniciativas de economía social encuentren su espacio de desarrollo, y especialmente debe darse prioridad a la economía de los cuidados que vela más por el trabajo reproductivo de la vida que por el productivo de bienes y servicios. En este campo hay que hacer un gran esfuerzo de reconocimiento y equidad con tantos trabajos no remunerados o muy mal remunerados vinculados a tareas domésticas y de cuidados de personas vulnerables y dependientes, que recaen sobre las espaldas de mujeres. Si realmente los cuidados esenciales han sido el gran redescubrimiento en tiempo de pandemia, estos deben dignificarse en este nuevo tiempo.

  • Transición política. La política es la gestión de las interdependencias poniendo la mirada en la salvaguarda de lo común, en aquello que es de todos, y por tanto favoreciendo aquellas políticas públicas que garanticen el acceso a los derechos básicos de todas y todos, especialmente de los que están peor situados. La pandemia nos ha enseñado que solo un Estado con unos servicios públicos sólidos está a la altura de las necesidades de un país. Ante cualquier emplazamiento electoral deberíamos preguntarnos qué fuerza política da la vuelta a los presupuestos y coloca a la sanidad, la educación y los servicios sociales como destinatarios preferentes. En este tiempo hemos comprobado, igualmente, la importancia de la investigación científica; una ciencia anclada en una ética que promueva salud y no solo beneficios a las farmacéuticas. En definitiva, en tiempos de metamorfosis global la concepción, arquitectura y desarrollo de los Estados es una cuestión que urge debatir y actualizar. El Estado minimalista neoliberal ha estallado con la pandemia, si bien el recurso al miedo, a la mentira y a la libertad populista hace estragos entre la población desinformada.
  • Transición global. La enfermedad del descuido afecta a la humanidad entera. Nos encontramos navegando en un barco al que estamos reparando sobre la marcha. Y conviene ponerse de acuerdo. Más que nunca la gobernanza mundial que vele por una comunidad global se hace imprescindible. Es necesario identificar lo esencial de lo accesorio y preparar a todas las sociedades en la reconstrucción de redes de cuidado ciudadanas, políticas, económicas, nacionales e internacionales desde la perspectiva de la interdependencia y la ecodependencia que conformamos. Dos medidas complementarias en este sentido son las decisiones que deben tomarse en adelante en las Cumbres de Cambio climático. El tiempo apremia. Y, colateralmente, debe desarrollarse con celeridad una transición energética que sea más que el nominalismo de una cartera ministerial y que realmente sea global. La economía extractivista tiene fecha de caducidad y frenarla hasta eliminarla debe contar ya –igualmente– con fecha mancomunada de cierre.

Si realmente los cuidados esenciales han sido el gran redescubrimiento en tiempo de pandemia, estos deben dignificarse en este nuevo tiempo.

El cuidado emerge desde el futuro que viene, y eso requiere una gimnasia mental y espiritual que nos coloque en estado permanente de adviento (ad-venire), atentos a aquello que viene hacia nosotros desde la cercanía y la modestia. No es conquistar un reto sino dejar venir un sueño posible. Como repite la activista estudiantil Greta Thunberg, «el cambio está llegando, os guste o no».

En este último año hemos asistido a la evidencia de que hay sistemas perversos pregoneros de un realismo de corte neoliberal que desprecian las esperanzas y los anhelos de justicia; y hay personas y colectivos anclados en un realismo utópico que permanecen atentos a los acontecimientos imprevistos, a la interrupción de nuestras vidas y a la irrupción de un nuevo modo de ser y de estar presididos por el cuidado de la vida. Entonces, aquello que es inédito, pero al tiempo resulta viable, es en suma a lo que debemos aspirar para que el cuidado se configure como paradigma de civilización alternativo y transitable.


[1] Mounier, E., Obras Completas (vol 1), Sígueme, Salamanca 1992, p. 586.

[2] ibíd.

[3] Cfr. https://cartadelatierra.org/

[4] Aranguren Gonzalo, L., Es nuestro momento. El paradigma del cuidado como desafío educativo, Fundación SM, Madrid 2020, p. 113.

[5] Cfr. Taibo, C., Colapso, Catarata, Madrid 2016.

[6] Capitalismo abismal es el que está centrado en la destrucción de la vida. Cfr. Sousa de Santos, B., El futuro comienza ahora, Akal, Madrid 2021.

 

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