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EL CRISTIANISMO EN LA FASE PLANETARIA DE LA HUMANIDAD

Éxodo 109 (jun.jul.) 2011
– Autor: Leonardo Boff –
Persectivas esenciales del mensaje cristiano
 
Llegamos a un punto de la historia de la Tierra y de la humanidad en la que todos los pueblos se encuentran, intercambian valores y cosmovisiones y las religiones tienen que abrirse las unas a las otras y establecer un diálogo necesario para la paz religiosa, factor importante para la paz mundial. Es la fase nueva de la historia, de la humanidad y de la misma Tierra, la fase planetaria.

En un contexto como éste nos preguntamos, seriamente, sobre lo esencial del mensaje de Jesús. ¿Cuál fue su propósito fundamental (ipsissima intentio Jesu) y lo que finalmente quiso, cuando pasó entre nosotros hace ya más de dos mil años? Tenemos que centrarnos en lo esencial más allá de las elaboraciones teológicas ya presentes en los evangelios y a lo largo de la historia del cristianismo.

En primer lugar, no hay que entender el cristianismo como un fósil intocable, sino como un arquetipo vivo que, en cada generación, muestra virtualidades nuevas y, en último término, ilimitadas. En ese sentido cabe preguntar: ¿Qué es lo que el mensaje cristiano, en comunión con otros caminos espirituales, aporta de bueno para la humanidad, para la integridad de lo creado, para la preservación del sistema-vida y del sistema-Tierra ahora amenazados por una general y grave crisis ecológica?

Voy a presentar algunas perspectivas que me parecen fundamentales y que tienen que ver con la naturaleza esencial del cristianismo.

1. EL CRISTIANISMO COMO UTOPÍA

Antes que nada el cristianismo ofrece aquello de lo que nadie ni sociedad alguna puede prescindir: una utopía, fundante de un sentido pleno. La utopía cristiana promete que el fin del universo y del ser humano es bueno. No vamos al encuentro de una catástrofe sino de una transfiguración. Por lo tanto, ni la muerte ni la cruz tienen la última palabra sino la vida y la resurrección. Jesús anunció y convocó a la utopía del Reino de Dios que significa una revolución absoluta, haciendo que todas las cosas realicen sus potencialidades intrínsecas y así se expandan y encierren en un sentido absoluto, llamado Dios.

Pero no existe sólo la utopía. Existe también la anti-utopía, o anti-Reino. En realidad de verdad, el Reino se construye en confrontación con el anti- Reino, que son fuerzas que disgregan y desvían al ser humano de su utopía esencial. El anti-Reino se asienta en movimientos históricos y en personas que articulan discriminaciones, odios y mecanismos de muerte. Es en este nivel donde se traba la incansable lucha entre lo sim-bólico y lo diabólico. Frente a este embate, el cristianismo testimonia que lo diabólico, por muy fuerte que se muestre, no consigue prevalecer absolutamente. Lo simbólico no sólo limita la virulencia de lo dia-bólico, sino que se revela capaz de crecer en confrontación con él y vencerlo. La cruz cristiana revela la coexistencia de lo dia-bólico (expresión del odio) con lo simbólico (prueba de amor).

Esta estructura dia-bólica/sim-bólica (caos/cosmos) impregna toda la realidad y el propio cristianismo. En él hay negaciones y contradicciones. La tradición de la teología siempre habló de que la Iglesia es “casta meretrix”, casta porque vive la dimensión del Espíritu y meretriz porque sucumbe, ¡tantas veces!, a la dimensión de la carne.

A pesar de esta contradicción, intrínseca a la realidad, podemos mirar al futuro con jovialidad y sin pavor. La luz tiene más derecho que las tinieblas. El camino está abierto de frente y hasta la cima, y es prometedor.

2. LA REALIZACIÓN DE LA UTOPÍA: LA RESURRECCIÓN DEL CRUCIFICADO

¿En qué se funda el triunfo de esta utopía? Se funda en el hecho de que Dios mismo entró en nuestro proceso evolutivo a través de su encarnación en el judío Jesús de Nazaret. Dios se hizo humano pobre y excluido. A partir de la encarnación, todo es divino pues todo fue asumido por Dios. Lo que Dios asumió también lo eternizó. El universo y la humanidad pertenecen definitivamente a la realidad de Dios. Somos también Dios por participación, dirían los místicos como el maestro Eckhart y San Juan de la Cruz. Por consiguiente, estamos inapelablemente salvados de todos nuestros desvíos y equivocaciones.

¿Cuál es el lugar de verificación de esta utopía? La resurrección del Crucificado. Pero la resurrección no es sinónimo de reanimación de un cadáver, una vuelta a la vida mortal anterior, como ocurrió con Lázaro que al final acabó muriendo nuevamente. Resurrección es una revolución en la evolución: transporta el ser humano al término de la historia, realizándolo absolutamente. Por eso, ella aparece como la concreción de la utopía del Reino en este hombre concreto, Jesús de Nazaret; representa una anticipación y una miniatura de la realidad futura de todos y también del universo del cual somos parte y parcela. El hombre latente en el proceso evolutivo se hizo ahora patente en el final bienaventurado de este hombre.

Todos resucitaremos.

Consecuentemente, no vivimos para morir, sino que morimos para resucitar, para vivir más, mejor y para siempre. Por la resurrección se responde al más entrañable deseo del ser humano: superar la muerte y vivir en plenitud para siempre. Este solo dato revela las buenas y relevantes razones del cristianismo para el fenómeno humano universal.

3. QUIÉN ES JESÚS: EL HIJO

Este acontecimiento de la resurrección desencadenó, naturalmente, la pregunta: ¿Quién es éste en el que se realizó la utopía? Y aquí comenzó el proceso de la descifración de Jesús por parte de sus seguidores. Comenzaron por llamarlo Maestro, Señor, Cristo e Hijo de Dios. Como ninguna de estas palabras abarcaba todo su misterio, se arriesgaron a llamarlo Dios, Dios encarnado en nuestra miseria. Y ahí, se callaron reverentes, pues se daban cuenta de que usaban un misterio para interpretar otro misterio. Osadía de la fe. Esa es la comprensión de los discípulos y de todas las Iglesias crsitianas. Y todas ellas dan testimonio ante las demás religiones: Dios no está lejos del ser humano, se hizo uno de nosotros y nos insirió en su vida y misterio.

¿Y Jesús, cómo se entendía a sí mismo? Lo que sabemos con seguridad es que él invocaba a Dios como padre mío, Abba, expresión infantil para decir: “mi querido papaíto”. Sólo quien se siente Hijo puede invocar a Dios como Abba- Padre. Esto nos lleva a creer que Jesús poseía la conciencia de ser Hijo en sentido absoluto. Los calificativos que confiere a ese Padre son todos maternos, pues posee entrañas, cuida del cabello de nuestra cabeza, muestra infinita misericordia y ama a todos indistintamente, incluso a los ingratos y malos (Luc 6,35). El Dios-Padre es materno y el Dios-Madre es paterno.

4. ¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS? HIJOS E HIJAS EN EL HIJO

Al descubrir-se Hijo del Padre, Jesús nos descubre que somos también hijos e hijas de Dios. Esa es la suprema dignidad, revelada a todos los humanos, por más humildísimos que sean, incluso cuando no profesan la fe cristiana.

Si hijos e hijas, entonces todos somos hermanos y hermanas unos de otros. Esta hermandad universal es la base para el amor, para la fraternidad abierta, para el cuidado, para las relaciones de cooperación, de solidaridad a partir de los últimos, de incluso para el sueño democrático como valor universal.

5. LA CENTRALIDAD DE LOS POBRES Y DE LOS EXCLUIDOS

Esta conciencia de ser Hijo no se realizó en un César, en el apogeo de su poder, ni en el Sumo–sacerdote en el ejercicio de su sacralidad, ni en un filósofo, con su escuela de discípulos, sino en un simple trabajador, Jesús de Nazaret, carpintero, pobre y desconocido, de una pequeña aldea, que ni siquiera consta en todo el Primer Testamento. Ese fue el camino escogido por el Hijo de Dios para encarnar-se. Pobre, Jesús optó por los pobres llamándolos bienaventurados. No porque sean cumplidores o buenos, sino porque, independientemente de su condición moral, los ve como quienes más vida necesitan, condenados a todo tipo de opresión, de sufrimientos y de muertes anticipadas. Ellos son los primeros beneficiarios de la acción libertadora de Dios. Dios, siendo un Dios vivo y fuente de vida, opta, desde sus entrañas, por todas estas víctimas, carentes de vida. Por eso, la realización del Reino comienza por ellos y a partir de ellos se abre a los demás. Jesús proclamaba: “Felices sois, pues el reino de Dios os pertenece” (Lc 6,20). Sólo a partir de ellos, el Evangelio emerge como la buena-noticia de liberación.

Jesús no sólo optó por los pobres, sino que se identificó con ellos. Por eso, como Juez Supremo, se esconde tras estas palabras: “Lo que tuviereis hecho con uno de estos mis hermanos menores, conmigo lo hicisteis, y lo que dejasteis de hacerlo a ellos, a mí dejasteis de hacerlo” (Mt 25, 45). La cuestión de los pobres es tan central que por ella pasan los criterios de la verdadera Iglesia. Una Iglesia que no confiere centralidad a los pobres y no asume la causa de la justicia de los pobres, no está en la herencia de Jesús.

6. UNA ÉTICA: AMOR Y MISERICORDIA INCONDICIONALES

No son palabras o sermones lo que salvan sino prácticas. Esta es la clave de la ética de Jesús. ¿Y cuáles son las prácticas que salvan, que señalan a las personas haciendo suyo el gran sueño del Reino de Dios? Estas prácticas no sacralizan, ni prolongan, ni mejoran las prácticas existentes, inauguran unas nuevas. Para un vino nuevo, odres nuevos y para una música nueva, nuevos oídos.

Lo primero que hace Jesús, en términos de ética y de comportamientos, es liberar al ser humano. Todos vivimos subyugados por leyes, normas, prescripciones, tradiciones, premios y castigos. Así funcionan las religiones y las sociedades que con tales instrumentos miden y encuadran a las personas, las mantienen sumisas y aseguran el orden establecido. Jesús pone en jaque este tipo de montaje que impide el ejercicio de la libertad y ahoga el amor como energía creativa: ”habéis oído que se dijo a los antiguos, yo sin embargo os digo” (Mt 5, 21-22).

Para Jesús no hay término medio: “que vuestro sí sea un sí y vuestro no un no” (Mt 5,37). Lo más importante de la ley no es observar las tradiciones y cumplir los preceptos religiosos sino “realizar la justicia, la misericordia y la lealtad” (Mt 23,23).

Lo esencial y lo nuevo introducido por Jesús es el amor incondicional. El amor al prójimo y el amor a Dios se identifican y el sentido de toda la Tradición bíblica es culminar esta unidad (Mt 22,37-40). La propuesta radical es: “amar como yo os he amado”, que es un amor hasta el extremo (Jn 13, 34). Nadie queda excluido del amor ni los enemigos, pues Dios ama a todos, hasta los “ingratos y malos” (Lc 6,35).

Este amor es más que un sentimiento y una pasión. Es una decisión libre, un propósito de vida en el sentido de abrir-se siempre al otro, dejar-lo ser, oir-lo, acoger-lo, y si cae, tenderle la mano. Ese amor atestigua su verdad si amamos a los vulnerables, los despreciados y los invisibles. Es especialmente en nuestra relación de acogida de estos condenados de la Tierra que Jesús piensa cuando pide que nos amemos los unos a los otros o al prójimo. Hacer de este amor la norma de la conducta moral implica recibir del ser humano algo muy difícil e incómodo, porque es claro que resulta más fácil vivir dentro de las leyes y prescripciones que lo tienen todo previsto y determinado. Encuadrado en el marco de la ley, uno vive más tranquilo. Jesús quiso tirar de esta inercia y despertar al ser humano de esta siesta ética. Convida, por causa de amor, a guardar la conducta adecuada para cada momento. Incita a estar atento y ser creativo. El Reino se instaura cuando se tiene esta actitud amorosa y absolutamente abierta y acogedora.

De tener algún sentido el poder, sería el de una potencia de servicio (Mc 10,43-45). El poder solamente es ético si refuerza el poder del otro y anima relaciones de amor y de cooperación entre todos. Caso contrario, el dominio de unos sobre los otros continúa y nos enredamos en las mallas de intereses en disputa.

Este amor se expresa de forma radical en el Sermón de la Montaña. Ahí Jesús hace una clara opción por las víctimas y por aquellos que no cuentan en el orden vigente. Declara bienaventurados, es decir, portadores de bendiciones divinas, a los pobres, a los que lloran, a los mansos, a los hambrientos y sedientos de justicia, a los compasivos, a los puros de corazón, a los pacíficos, a los perseguidos por causa de la justicia, a los que padecen insultos y persecuciones por causa del Reino de Dios, y soportan las mentiras y todo tipo de mal (Mt 5, 3-12).

La ética de Jesús alcanza hasta las intenciones más íntimas y escondidas de las personas: no sólo lo que mata es condenable, sino también todo lo que irrita al hermano (Mt 5,39-40); basta con desear a la mujer del otro para cometer adulterio en el corazón (Mt 5,28). Enfáticamente afirma: “no resistáis a los malos; si alguien te abofetea la cara derecha, ofrécele también la izquierda; si alguien pretende litigar contigo para quitarte la ropa, déjale también el manto (Mt 5,39-40). Fueron estas ideas de Jesús las que hicieron que Toureau, Tolstoi, Gandhi y Dom Helder Cámara propusieran el camino de la noviolencia activa para enfrentar la fuerza de lo Negativo.

¿Cómo entender este radicalismo? Lo importante es saber que Jesús no quiso promulgar una ley más severa en un fariseísmo más perfeccionado. Perderíamos totalmente la perspectiva del Jesús histórico si interpretamos el Sermón de la Montaña y sus indicaciones morales en el cuadro de la ley, que lleva en sí la imposibilidad de su realización y conduce al ser humano al juego del desespero como le aconteció a Lutero. La novedad de Jesús es anunciar la buena noticia: lo que salva no es la ley, sino el amor. Y el amor no conoce límites. La ley sí, porque realiza la función de establecer orden y garantizar alguna armonía entre las personas en la sociedad y cercenar a los que la violan.

Jesús tampoco quiso abolir simplemente “la ley y los profetas” (Mt 5,17), sino que quiso establecer un criterio: lo que viene de las tradiciones y las normas morales si pasan por la criba del amor serán acogidas. Si impiden o dificultan el amor, las relativiza como hace con el sábado o se las pasa tranquilamente como hace con el precepto del ayuno.

Lo que inaugura el Reino es el amor. Donde reina el poder, allí se cierran las puertas y las ventanas al amor, a la comunicación, a la solidaridad, a la misericordia. Cosa que ocurre tanto en la sociedad como en las iglesias.

El ideal supremo de la ética de Jesús se anuncia así: “sed perfectos como el Padre es perfecto” (Mt 5, 48). Dos son las características de la perfección del Padre siempre realzadas por Jesús: un amor sin barreras y a todos y una misericordia ilimitada.

Amor y misericordia orientan a los que quieren entrar en el Reino. No basta ser bueno y observante de las leyes como el hermano del hijo pródigo que se quedó en casa y era fiel en todas las cosas (Lc 15,29). No basta. Tenemos que ser amorosos y misericordiosos. Sin la incorporación de estas actitudes, el Reino no avanza, incluso después de haber sido inaugurado por la práctica de Jesús.

¿Cuál es el sentido último del Sermón de la Montaña, cuyos contenidos recogen la ética fundamental del Jesús histórico? No es una nueva ley ni un nuevo ideal ético y moral. Es una cosa muy diferente. Se trata de establecer un criterio para medir el cuánto estamos en el camino del Reino, cerca del Reino y dentro del Reino o el cuánto estamos distantes, desordenados y fuera del Reino.

El Sermón de la Montaña es una convocación y un desafío para empeñar todos nuestros esfuerzos frente a esta hora última, para asimilar los ideales que componen el contenido del Reino. La irrupción del Reino es inminente. El camino más corto y seguro para acceder al Reino de Dios es participar de esta manera del sueño de Jesús y vivir ya ahora el amor incondicional y la misericordia ilimitada. Es el pasaporte infalible para la entrada en el Reino y para la vida eterna.

7. DIOS ES COMUNIÓN DE PERSONAS

Si alguien se siente Hijo porque invoca a Dios como su Abba-Padre compromete la comprensión misma de Dios. Se dice incluso que es solamente bajo la fuerza del Soplo, del Espíritu, que alguien puede decir-se Hijo de Dios (Rom 8,14-16). Entonces Dios ya no es soledad sino comunión del Padre, Hijo y Espíritu.

Es lo que el cristianismo quiere significar al decir que Dios es Trinidad. No quiere multiplicar a Dios, puesto que él es siempre uno y único. Lo Único no se multiplica. No estamos en el campo de las matemáticas. Lo de tres expresa el arquetipo de comunión perfecta. Si Dios fuese uno solo, tendríamos la soledad. Si fuese dos, surgiría la diferencia y reinaría la separación, pues uno es distinto del otro. Siendo tres se fortalece la comunión de todos con todos. El tres significa no tanto el número cuanto la afirmación de que bajo el nombre de Dios se verifican diversidades que no se excluyen sino que se incluyen, que no se oponen sino que se componen y se ponen en comunión. La distinción es para la unión, tan radical y profunda, que son un solo Dios–amor, Dios-vida, Dios-comunión.

Si la última realidad es relación y comunión, entendemos naturalmente lo que nos enseñan la física cuántica y la cosmología contemporánea: que todo es relación y nada existe fuera de la relación; todo comulga con todo en todos los puntos y en todas las circunstancias, pues todo es sacramento de Dios-comunión-de- Personas.

8. CONCLUSIÓN: EL GÉNESIS ESTÁ NO EN EL FÍN SINO EN EL COMIENZO

Estas son algunas perspectivas esenciales del mensaje cristiano que, en el contexto de la planetización y de los riesgos a los que todos estamos sometidos, cobran relevancia; es la contribución que el mensaje cristiano ofrece a todos, especialmente a los que se dejan fascinar por la figura y por el sueño de Jesús. El mensaje cristiano es un torrente de esperanza. Frente a la pasión del mundo y de la Tierra alimenta la perspectiva de una crisis que nos purifica y nos permite un salto cualitativo, rumbo a un tipo de humanidad más espiritual y con una relación más amorosa para con la naturaleza y la Madre tierra.

No creo que estemos ante una tragedia anunciada, cuyo desenlace es fatal. Como decía con acierto Ernst Bloch: “el verdadero génesis está no en el fin sino en el comienzo”.

Junto con otras tradiciones espirituales de la humanidad, el cristianismo ayuda a alimentar la llama sagrada que transportamos dentro de nuestro ser. No somos seres errantes en un valle de lágrimas sino que bajo la luz y el calor de esta llama nos sentimos en el monte de las bienaventuranzas, como hijos e hijas de la alegría.

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