jueves, diciembre 3, 2020
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EL AMOR EN EL CRISTIANISMO: ENTRE LA INDIGNACIÓN Y LA ACCIÓN

Éxodo 114 (may.-jun.) 2012
– Autor: José Comblin –
 
INTRODUCCIÓN(1)

“Ya puedo yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que si no tengo amor no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes. Ya puedo hablar inspirado y penetrar todo secreto y todo saber; ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, que si no tengo amor no soy nada. Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo, ya puedo dejarme quemar vivo, que si no tengo amor de nada me sirve” (1 Cor 13 1-3).

San Pablo escribe para una comunidad cristiana, no para los incrédulos. Y se refiere a gestos muy estimados y practicados por un público cristiano: la fe, la generosidad, la profecía, el mismo don de lenguas que, finalmente, recupera su valor entre los valores cristianos. Es en ese público donde es preciso enseñar la primacía del amor.

El amor es la única realidad de la persona humana que nunca desaparece. En la muerte el ser humano lo deja todo; pero solo una cosa permanece para siempre, el amor. Sin amor nadie se salva. Nadie se salva por la fe, por la esperanza o por la religión. Ninguna religión salva, solo salva el amor.

(…) La conversión al amor es mucho más frecuente entre las personas sencillas, cuyos nombres nunca aparecen en los medios de comunicación. Es mucho más espontánea entre los pobres, menos impedidos por la importancia de su personalidad. Por eso el amor sustenta el mundo, pues está siendo vivido en la realidad de los pobres.

El tema del amor no fue muy tratado por la Teología de la Liberación, lo mismo que por la teología en general, durante el último medio siglo. Como ya hemos dicho antes, estamos en una fase histórica en que predomina la esperanza. El cristianismo es vivido más espontáneamente como esperanza. Pero, en el entretanto, no podemos perder de vista la escala de valores.

La Teología de la Liberación puso más énfasis en el sujeto colectivo que en el individual en la liberación de los oprimidos (…). Hoy día, a partir de una visión renovada de la sociedad y de la persona, podemos entrever la cuestión del amor. ¿Qué dimensiones deben ser consideradas?

En primer lugar está el reconocimiento del otro. La sociedad actual procura aislarse del mundo de los pobres y definir un sistema de relaciones sociales en el que esa parte de la humanidad no existe. Hay varias ciencias humanas que estudian las relaciones humanas dentro de ese mundo restringido. No es ese el objeto de nuestro estudio, pero, sin entrar más a fondo, en todas esas relaciones hay una presencia invisible que denuncia y acusa la ausencia de los otros. Podemos llegar a un gran desarrollo de las buenas relaciones dentro del cerrado mundo de la familia, de la empresa y del círculo de las relaciones habituales. Pero no podemos ignorar la exclusión de la gran masa de los otros. Podemos inventar infinitas distracciones y diversiones para olvidar la existencia del otro mundo, pero él está ahí y no hay modo de ignorarlo. En segundo lugar, el amor supone la compasión, lo que Jon Sobrino llama principio-misericordia. La compasión es bastante bien valorada en muchos sistemas religiosos y, con toda seguridad, recibe un sentido especial en el evangelio. No puede haber amor sin compasión o sin perdón.

La compasión no puede permanecer pasiva, se torna indignación. Pero sin compasión, la indignación puede no ayudar al oprimido; puede servir como desahogo o afirmación de la revuelta ante el mundo, pero sin producir amor. No obstante, sin la indignación no se llegará en la práctica a amar.

Y de la compasión activa nace el compromiso. El evangelio expresa claramente que amar es hacer y no solamente hablar o sentir. Amar es una opción de vida, y por eso es consecuencia de una conversión, la que contituye la orientación definitiva de nuestra vida.

Jesús dijo que amar a Dios y amar al prójimo es una sola cosa, un solo mandamiento. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es que el amor al otro es también amor a Dios y el amor a Dios se realiza en el amor al prójimo? Históricamente podemos constatar que una persona puede amar al prójimo y no amar a Dios y que quien ama a Dios puede no amar al prójimo. Son habitualmente dos movimientos autónomos. Hay personas que se dicen ateas y practican el amor al prójimo, y hay místicos que viven aislados de los otros, sin referencia a ellos. El secreto del evangelio de Jesús es justamente este: aproximar los dos movimientos para hacer de los dos uno solo. ¿Cómo puede ser esto posible?

LA INDIGNACIÓN(2)

La compasión se vuelve indignación cuando se percibe que el mal existente es resultado del abuso de algunos seres humanos sobre los otros. El mal y el sufrimiento no vienen solamente del mundo material en que nuestro cuerpo está inserto. Está el mal que viene de los hombres.

Jesús vio que la causa de muchos males que sufría su pueblo era provocada por miembros y sobre todo por autoridades de ese mismo pueblo que en lugar de conducir para la vida, conducían para el sufrimiento y la muerte. La compasión de Jesús se volvió indignación contra los jefes del pueblo que engañaban en lugar de enseñar la verdad. El amor al pueblo se expresa por la indignación.

La indignación de Jesús tiene también por objeto las imposiciones morales que hacen que el fardo que –sobre todo los doctores y fariseos– imponen sobre los hombros de los pobres sea pesado. Esos doctores y fariseos “atan fardos pesados y los ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos mismos ni con un dedo se disponen a moverlos” (Mt 23,4). El capítulo 23 de Mateo contiene una colección de expresiones de indignación de Jesús contra las prácticas de dominación de los jefes de la nación. Es una protesta vehemente. Es la indignación que procede del amor al pueblo. La indignación se vuelve todavía mayor cuando es provocada por los jefes religiosos, que tenían como misión enseñar las verdades y practicar la misericordia.

Fue con esa indignación que, en el 4° domingo de Adviento de 1511, en nombre de toda la comunidad dominica, el fraile dominico Antonio Montesinos pronunció el famoso sermón en el que denunciaba los crímenes cometidos por los conquistadores y dueños de esclavos españoles. Fue un sermón pronunciado en presencia de las principales autoridades del país, y terminaba con una sentencia de excomunión contra todos los que no liberasen a sus esclavos. Los frailes fueron duramente castigados tanto por las autoridades civiles como por las autoridades religiosas. Fueron deportados a España y encarcelados. Pagaron duramente por el resto de su vida el crimen de haber protestado contra el genocidio practicado en nombre del rey de España, esto es, en nombre del Papa que le había otorgado todas esas tierras con sus habitantes.

¿Cómo no evocar la memoria de Bartolomé de las Casas, conquistador convertido que se hizo dominico y misionero en el actual Sur de México y en la hoy llamada América Central? Las Casas fue hecho obispo de Chiapas, pero los propietarios lo expulsaron después de algunos meses y lo llevaron de vuelta a España. Incansablemente –en América, en presencia de la corte de España y en los libros que escribió-, condenó los crímenes cometidos por los conquistadores, proclamó la injusticia de la conquista y defendió la causa de los indígenas durante 50 años.

Faltó el grito de la indignación y el amor a los indios durante siglos. Ese amor resucitó en la vida de don Leónidas Proaño, obispo de Riobamba, en Ecuador, de 1954 a 1985. Su vida entera, minuto por minuto, estuvo dedicada a los indios que formaban el 80% de la población de la diócesis y eran cruelmente maltratados, robados, aplastados por las clases dirigentes de la región. Varios testimonios afirman que poco antes de morir, cuando ya estaba expresando los últimos pensamientos que lo perseguían, él dijo: “Tengo una convicción: que la Iglesia es la única responsable por el peso que, por siglos, sufrieron los indios. ¡Qué dolor! Estoy quebrantado con ese peso secular”.

Cuando investigamos la causa por la que tantas veces las autoridades de la Iglesia se habían callado, dando cobertura al exterminio de los indios y la esclavitud de los negros, descubrimos que fue la falta de amor. Había cierta compasión de sentimientos y de palabras, pero solamente un gran amor hace que una persona levante la voz y se haga defensor del otro humillado, oprimido, rechazado, enfrentando a la sociedad entera, con las autoridades todas, también las religiosas.

Jesús fue el defensor de su pueblo. Así lo muestran los evangelios sinópticos y el evangelio de Juan condensa en esa imagen del defensor toda su actuación. El cuarto evangelio fue compuesto en un esquema de juicio. Desde el comienzo los jefes del pueblo, sacerdotes, doctores y fariseos se sienten atacados por Jesús y lo denuncian. Quieren condenarlo, persiguiéndolo hasta que, finalmente, consiguen una condena pronunciada por Pilatos. Durante todo el ministerio de Jesús lo seguirán, lo provocarán, procurarán hacer que caiga en palabras, o en conductas pecaminosas. Lo consideraban un pecador y querían matarlo por ser pecador, porque no se sometía a su sistema religioso.

Jesús es condenado porque dice la verdad. Se trata de la verdad sobre el verdadero Dios y la verdadera religión, que condena todo aquello que los jefes religiosos quieren imponer al pueblo. Jesús denuncia el sistema de mentiras que los jefes religiosos quieren imponer. Ese sistema no lleva a la vida, sino a la muerte. Quieren matar a Jesús porque sienten que la verdad los condena. Jesús da testimonio de sí mismo, pero ellos no lo aceptan y le preparan la muerte.

Jesús es acusado porque defiende al pueblo contra la mala administración de las autoridades. Defiende su actuación porque es la verdad. Él no engaña, como hacen aquellas autoridades, sino que dice la verdad al pueblo y por eso será condenado. Una vez que sepa la verdad, el pueblo no seguirá más esos falsos pastores.

Jesús fue muerto y resucitó, pero no recomenzó su vida aquí. Envió a un segundo defensor, un segundo abogado para anunciar la verdad y para defender a los discípulos en el juicio que hacen contra ellos (Cf. Jo 16,7-15). Ellos también serán condenados por causa de la verdad, esa verdad que los aparta de los falsos pastores.

Como defensor, Jesús habla con indignación. Jesús está indignado porque esos falsos pastores engañan al pueblo y lo llevan a la muerte en lugar de la vida. En esa indignación está el gran amor de Jesús hacia el pueblo. La misma indignación se expresó en la voz de don Óscar Romero, defensor de su pueblo masacrado. Vale la pena recordar las últimas palabras de su última homilía pronunciada el día 23 de marzo de 1980. En estas palabras la indignación alcanzó su punto culminante, siendo también la causa inmediata de su muerte:

“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y, en concreto, a las Bases de la Guardia Nacional, de la Policía, y de los Cuarteles; son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y ante una orden de matar, que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ‘no matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cesen la represión!”

Gracias a Dios, a partir de los años 50, culminando en Medellín y Puebla, hubo en América Latina una generación de Santos Padres que levantaron la voz, movidos por una indignación a la altura de los discípulos de Jesús, y su voz fue multiplicada por millares de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. La Iglesia, gracias a ellos, no quedó callada.

La indignación no se limita al sentimiento, a las palabras o a los gestos. Ella es activa y verdadera cuando asume la defensa de los oprimidos –no permaneciendo inerte, sin reacción–. Sin embargo, la indignación fácilmente queda callada cuando aparecen las autoridades o la policía con sus amenazas. Muchos, que normalmente “hablaban fuerte”, de repente quedan callados. La verdadera indignación, inspirada por el amor, defiende al débil. Enfrenta la opresión, denuncia y se opone por todos los medios de que dispone.

Frente a cualquier problema, los ricos contratan buenos abogados que saben cómo “interpretar mejor” la ley y convencer a los jueces. Defender a un pobre es casi siempre predisponerse a perder la causa. Es muy raro que los pobres encuentren defensores. Jesús toma la defensa de los pobres que los doctores condenan como pecadores. Defiende a la mujer adúltera, a los samaritanos tenidos como herejes, a la mujer pagana que se aproxima a él y lo toca y a los discípulos que recogen espigas en día de sábado porque tienen hambre. En cada caso hay una manifestación de condena global hecha al pueblo: para las élites el pueblo siempre es sospechoso de ser malhechor o mal intencionado. Jesús lo defiende de antemano y no condena a nadie. Rompe con la lógica del sistema dominante y su indignación es consecuente.

Jesús no quiere solamente defender derechos particulares, sino cambiar el sistema que lleva a la condena de tantas personas inocentes porque son pobres y débiles. La indignación tiene por objeto el sistema y procura defender al pueblo contra el sistema. El amor enfrenta no solamente los males individuales, sino también el conjunto del sistema.

Por otra parte, no basta indignarse contra el sistema. Es también necesario entrar en los casos particulares, indignarse frente a determinada persona y asumir la defensa del oprimido real y concreto. De otro modo, la indignación puede fácilmente volverse retórica y sin efecto. Hay un proverbio que dice: “Quien no es socialista a los 20 años, muestra que no tiene corazón; quien todavía es socialista a los 40, muestra que no tiene cabeza”.

Así sucede muchas veces. En el comienzo de la vida, cuando todavía no aparecieron los problemas de la lucha para mantenerse, es fácil la indignación. Pero permanecer en la indignación exige un amor muy fuerte, que no procede de las ideas o de los sentimientos, sino de un compromiso con personas concretas. El proverbio enseña que el amor es una debilidad de la juventud y que para los adultos solamente vale el dinero. Esa es una expresión de sabiduría popular bien amarga.

LA ACCIÓN

Lo que sorprende en los evangelios es la manera radical como Jesús opone el decir al hacer. Amar no es decir, sino hacer. Los sentimientos, gestos y señales simbólicas no se tienen en cuenta. Lo que vale son los actos prácticos, lo que produce resultado visible, lo que realmente beneficia al otro.

“No todo aquel que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino aquel que practica la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). La voluntad del Padre, nosotros la conocemos: es amar al prójimo con hechos y no con palabras. Decir “Señor, Señor” es lo que hacemos sin cesar, en nuestras oraciones y liturgias. Todo eso tendrá sentido si lleva a un obrar concreto.

“Aquí están mi madre y mis hermanos, porque aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, hermana y madre” (Mt 12,49-50). El juicio final es más claro todavía (Cf. Mt 25,31-46). Como decía san Juan: “No amemos con palabras ni con la lengua, sino con obras y en la verdad” (1 Jn 3,18).

Jesús testimonia haciendo. Los evangelios lo muestran siempre activo, yendo de un poblado a otro, ayudando, levantando los ánimos, despertando la esperanza, curando a los enfermos y consolando a los afligidos. Al final de cada día está cansado. Su trabajo es la realización concreta material del trabajo del Padre.

“Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5,17). “Las obras que el Padre me encargó de consumar, esas obras, yo las hago y ellas dan testimonio de que el Padre me envió” (Jn 5,36). “Mientras sea de día, tenemos que realizar las obras de aquel que me envió” (Jn 9,4). Esa vez la obra era la curación del ciego de nacimiento. “Cree en las obras”, dice Jesús (Jn 10,38). Al final de su vida, Jesús dice: “Concluí la obra que me encargaste realizar” (Jn 17,4). “Quien esté en mí hará las obras que yo hago” (Jn 14,12). Así, de la misma manera los discípulos deben hacer obras. La elección de esa palabra está llena de significado. Se trata siempre de hacer. Pues el ser humano es corporal y su vida vale por las obras que realiza. Las obras se refieren siempre a lo concreto material, realizado en el mundo material, y no en el mundo de las ideas o de la imaginación.

La mayor tentación de los cristianos no es el materialismo sino el espiritualismo. Es hacer del cristianismo un camino de vida espiritual distante del mundo material, con un programa de actividades internas, hechas de emoción, de sentimientos, de ideas, puramente religiosas fuera de la red de las actividades diarias y fuera de las dinámicas del mundo –especie de programa de salida de este mundo material, para vivir en un mundo hecho de puro espíritu, lejos de la materia considerada como obstáculo, freno o tentación–.

Desde el comienzo, y durante los primeros siglos, el espiritualismo entró en la Iglesia. Le dieron el nombre de “gnosis”, o sea, de “conocimiento”. Ellos mismos, sin embargo, no se llamaban gnósticos, sino elegidos. Fueron llamados gnósticos porque, para ellos, el cristianismo era un conocimiento: la vía del conocimiento de Dios por la salida progresiva de este mundo material y por la creciente separación del espíritu en relación al cuerpo que lo mantiene preso. Ese conocimiento se debía mucho a la influencia de movimientos filosóficos espiritualistas de aquel tiempo. Era una adaptación del cristianismo al modelo gnóstico que tenía buena aceptación sobre todo en Egipto, pero también en territorio del Imperio romano.

Para los gnósticos, la vida en la tierra es el resultado de una caída. El ser humano pertenecía a un mundo espiritual, pero cayó en virtud de diversos episodios. La vocación humana es liberarse de este mundo terrestre mediante el pensamiento y, por medio de actividades mentales, recuperar el conocimiento que perdió al caer en la carne. La corporeidad significa caída. Hay necesidad de liberar el espíritu del cuerpo. La vida cristiana sería una fuga de este mundo para volver al mundo de origen.

La gnosis fue denunciada con fuerza por los defensores de la ortodoxia. Parecía más elevada, siendo más religiosa y más espiritual en sus expresiones. En realidad, era la negación del cristianismo que está fundamentado en la encarnación del Hijo de Dios.

Con el correr de los siglos hubo varios intentos de espiritualismo de tipo gnóstico. En la Edad Media, en el siglo XII, apareció el movimiento “cátaro”, o sea, de los puros, viniendo de Oriente –que también defendía el rechazo del cuerpo y la emancipación del espíritu–. Los cataros también defendían la negación de todo el sistema institucional de la Iglesia, condenándolo como dominio de la materia. Por ese motivo el catarismo (llamado también movimiento de los albigenses) fue muy popular, pues era una manera de liberarse del poder económico de la Iglesia romana y de las Iglesias locales. Pastores muy simples supieron convencer a las masas populares, pero también a personas de la nobleza, conquistando casi todo el Sur de Francia y el Norte de Italia.

Con el Renacimiento reaparecerán varias sectas de tipo gnóstico, aprovechándose del retorno a los documentos de la antigüedad, especialmente de las filosofías próximas al gnosticismo como el neoplatonismo. Durante toda la Edad Moderna, dominada por el racionalismo, prosperaron también las sectas esotéricas proclamando un mensaje semejante al del gnosticismo. En la época actual asistimos al renacimiento de sectas gnósticas, que predican también una vida humana fuera de este mundo, hecho de almas puras, libres de la servidumbre de la materia, regocijándose de la contemplación del verdadero conocimiento.

De esa manera se entiende hasta qué punto la preocupación por el pecado puede ser casi patológica, ya que el cuerpo está siempre presente y recuerda su presencia. La mente siempre siente la presencia de la materia, aun cuando quiera desprenderse de ella. Eso puede provocar angustia y muchos autores espirituales la alimentarán. La jerarquía no desmentía y, nada raro, hasta participaba de esa mentalidad.

Puede haber una deformación literaria o de inspiración popular que tiende a ver la santidad como desprendimiento de todo lo que es material. En la representación popular el santo es aquel que vive lo menos posible en el cuerpo –no come, no bebe, no tiene placer corporal, no siente ninguna atracción sexual, mortifica y combate cualquier tipo de solicitación del cuerpo–. Puede haber descripciones exageradas en la hagiografía y en los relatos sobre los santos monjes o la vida religiosa en general, pero hay también un fondo de realidad. Durante siglos y hasta hace poco tiempo el programa de vida de los religiosos consistía en atender lo menos posible al cuerpo y a desarrollar la actividad mental.

La misma Iglesia insistía en ese sentido, estimulando prácticas ascéticas de mortificación del cuerpo: ayuno, abstinencia de carne, uso del cilicio, flagelación, dormir sobre una tabla, permanecer largos períodos de rodillas, cobertura total del cuerpo, etc. Todo eso muestra una actitud de rechazo del cuerpo, que no encuentra acogida en los evangelios, donde encontramos a Jesús que es acusado: “He aquí a un glotón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19). En Occidente el rechazo del cuerpo no fue tan radical como en Oriente. En la tradición monástica de Occidente el trabajo manual ocupa un lugar destacado. El programa de san Benito es “Ora et labora” (rezar y trabajar).

Por eso los monjes de Occidente tuvieron un papel importante en el desarrollo económico –no ocurrió lo mismo en Oriente, que se volvió menos desarrollado–.

En el siglo XX, en Occidente, hubo un proceso de cambio cultural que llevó a una rehabilitación del cuerpo. En muchos casos ese movimiento puede haber llevado a excesos que deformaron el mismo cuerpo o lo idealizaron a tal punto que lo apartaron de las tareas propias de la vida humana. El cuerpo se apartó entonces de su misión de amor en la práctica, y se convirtió en finalidad en sí mismo. De cualquier modo la reacción fue saludable, no teniendo nada en contrario a la espiritualidad cristiana. El pecado no está en el cuerpo, sino en el uso inadecuado que la persona hace de él. Se puede usar el cuerpo para dar vida o para matar.

Amar es hacer lo que realmente va a generar más vida en los pobres. No es hacer cualquier cosa. Hay muchas falsificaciones de la caridad. Lo que Jesús decía: “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3) es de plena actualidad. Hay una manera de dar que es la mejor forma de publicidad. Los fariseos ya sabían eso, y el comercio de hoy también. Hay donaciones que sirven para hacer publicidad. Se puede dar cualquier cosa, sin preguntar cuál es la necesidad de quien recibe –hasta objetos que no responden a ninguna necesidad–.

Esas donaciones consiguen lo que quieren: publicidad. En ese caso, no se establece ninguna relación de amistad entre la persona que da y la que recibe. Hay casos en que la donación tiene retorno –por ejemplo, los candidatos que compran votos de electores dándoles camisetas, un colchón, algunos ladrillos, un aparato de TV…–. El don es apenas una compra, una operación comercial. No hay en eso ningún amor. Se puede dar también para crear o alimentar la fama de “bienhechor”.

Se puede dar por miedo: dar a los pobres para que no vengan a robar, para que no se adhieran a un partido revolucionario. Se puede dar para verse libre de los mendigos y del castigo. Se puede dar un poco para no verse obligado a dar mucho. Se puede dar por costumbre o por rutina –dentro de lo que prevé el reglamento del convento o de la empresa–.

Dar sin que haya una implicación personal no llega a ser amor. Es dar por necesidad, porque no se puede evitar el dar. Si lo que se da fuera algo superfluo, si no fuera un repartir, tenderá a humillar, salvo en casos de extrema urgencia. El repartir es abrir al diálogo, es colocar al otro en pie de igualdad. De la misma manera, participar de la actividad de los pobres es abrir el camino del diálogo. Es un acto que promueve, prestigia al pobre y le inspira más confianza en sí mismo.

¿Y hoy, qué hacer? ¡Esa es la cuestión! El problema es qué hacer hoy en la sociedad y en el momento histórico en que vivimos. Tal vez más que nunca el mundo nos da la impresión de estar cerrado a cualquier tipo de acción porque la arrogancia de las potencias mundiales alcanzó tal nivel, quizás solamente comparable al del Imperio romano antiguo. Los norteamericanos de hoy, por ejemplo, gustan compararse con el Imperio romano. La comparación no deja de tener puntos de aproximación, al menos en lo que se refiere a la arrogancia de sus élites. Pero la esperanza nos garantiza que siempre es posible “hacer” algo.

Antes de entrar en el asunto, vamos a estudiar la siguiente pregunta: ¿quién va a “hacer”? ¿Quién va a amar? ¿Quién va a tener compasión? ¿Quién va a tener indignación? Si Dios envió a su Hijo al mundo, es porque en él todavía hay amor. Es difícil encontrar personas que sean únicamente egoísmo, en quienes no haya nada de amor. La historia muestra la existencia de las más diferentes proporciones de amor. En la actualidad, el amor existente en el mundo es muy tenue. Si hubiese un amor consistente, ¿habría tanta miseria como la que hay?

El amor de Dios es don para todos, pero hay diversidad en su recepción. El Reino de Dios es la llegada del amor. Sin embargo, muchos no se interesan por él, están distraídos, viven con el mínimo empleo de las fuerzas de que disponen, hacen solamente lo indispensable para sobrevivir. El amor requiere el empleo de mucha energía.

El amor es don de Dios. Con Jesús llega a un nivel ideal, estimulando y suscitando vocaciones especiales. En las antiguas civilizaciones los pobres se encontraban abandonados –y, en muchas regiones del mundo, eso sigue hasta hoy–, la religión no lleva a mirar hacia el otro, en especial a los pobres. Se mira solamente hacia Dios, que es una proyección de las propias necesidades y deseos.

El amor no se presenta espontáneamente, necesita de personas que lo anuncien. El amor es don de Dios, pero es también efecto de un paciente trabajo humano.

NOTAS

1. Recopilación de algunos fragmentos de O Caminho, de José Comblin, hecha por Evaristo Villar y Carlos Pereda.

2. Traducción de Juan Subercaseaux A. del libro: “O Caminho, ensaio sobre o seguimento de Jesús”, “El Camino, ensayo sobre el seguimiento de Jesús”, por José Comblin, Editorial Paulus 2004, Sao Paulo.

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