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DIOS Y EL MAL EN EL MUNDO: PARA UNA ECOLOGÍA MENTAL

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: Ariel Álvarez Valdés –
 
LA BOFETADA DEL FILÓSOFO

Hace 2.300 años, un filósofo griego llamado Epicuro se paseaba por las calles de Atenas planteando a los atenienses un inquietante dilema que nadie podía resolver, y que todavía hoy sigue perturbando a la gente. Epicuro exponía: “Frente al mal que existe en el mundo, sólo hay dos posibles respuestas: o Dios no puede evitarlo, o Dios no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente, y no nos sirve como Dios. Si no quiere, entonces es un malvado, y no nos conviene como Dios”. Cualquiera de las dos respuestas hacía trizas la imagen de la divinidad.

Actualmente, frente a las desgracias que sacuden permanentemente a nuestra sociedad, especialmente las vinculadas con la naturaleza: tsunamis, terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, que arrasan con ciudades enteras y se cobran miles de vidas, el dilema de Epicuro sigue resonando como una bofetada en la fe de millones de creyentes, que continúan preguntándose cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir semejantes adversidades en la vida de los seres humanos, sin decidirse a intervenir ni a ayudar.

Epicuro, con su dilema, no pretendía negar la existencia de la divinidad. Sólo llamaba la atención sobre la misteriosa presencia del mal en el mundo que, como perro de presa, acecha agazapado en los variados recodos de la vida del hombre. Sin embargo, su planteamiento llevó a mucha gente al ateísmo. Y debería llevarnos a todos a perder la fe, ya que resulta inadmisible que Dios, pudiendo evitar las calamidades que suceden, no logre hacerlo o no quiera hacerlo.

UN DIOS MALÉFICO

¿Puede resolverse el bimilenario dilema de Epicuro? Claro que sí. Para ello, debemos evitar la tentación de atribuir a Dios el mal que nos rodea. Algo muy difícil para los cristianos, ya que cuando buscamos en el Antiguo Testamento qué enseña sobre el origen del mal, la respuesta es sorprendente e incluso aterradora: Dios es quien ocasiona todos los males que hay en el mundo. Son innumerables los episodios en los que aparece Yahvé, el Dios de Israel, castigando a los hombres, aterrorizándolos, mandándoles catástrofes, pestes, sequías, e incluso fomentando la guerra entre ellos.

Vemos, por ejemplo, cómo él mandó el diluvio universal que aniquiló a casi toda la humanidad (Gn 6,7); destruyó a la ciudad de Sodoma, haciendo bajar fuego y azufre del cielo (Gn 19,24); convirtió en estatua de sal a la mujer de Lot, sólo por haberse dado vuelta y mirar hacia atrás (Gn 19,26); volvió estéril a Raquel, la segunda mujer de Jacob (Gn 30, 1-2); hizo nacer tartamudo a Moisés (Ex 4,10-12); mató a los niños de las familias egipcias (Ex 12,13); provocó las derrotas militares de los israelitas (Jos 7,2-15; Jc 2,14-15); hizo morir al hijo del rey David, porque su padre había pecado (2 Sm 12,15); causó la dolorosa división política del Reino de Israel, que tantas secuelas funestas acarreó entre los hebreos (1 Re 11,9-11); dejó ciego al ejército de los arameos, cuando atacaron a la ciudad de Dotán (2 Re 6,18-20).

MALES QUE VIENEN DEL CIELO

Pero Dios no sólo es, en la Biblia, el responsable de las enfermedades y las muertes, sino también de los desastres de la naturaleza, que aparecen directamente provocados por su omnímodo poder.

Así, es Yahvé quien envió las serpientes venenosas que mordieron a los israelitas cuando estaban en el desierto (Nm 21,6); quien produjo un terremoto para que murieran todos los que se habían sublevado contra Moisés (Nm 16,31-32); quien castigó con la lepra a la hermana de Moisés (Dt 24,9); quien mandó la peste a Israel, en la que murieron 70.000 hombres (2 Sm 24,15); quien provocó una sequía de tres años en todo el país (1 Re 17,1).

En el Antiguo Testamento, pues, todas las desgracias, los infortunios, las enfermedades y hasta la misma muerte aparecen originadas por Dios.

Tal convicción se halla claramente expuesta en el libro de Isaías, donde Dios dice: “Yo, Yahvé, creo la luz y las tinieblas; yo mando el bienestar y las desgracias; yo lo hago todo” (Is 44,7). Y en el libro de Oseas, donde el profeta exclama: “Dios nos lastimó, y él nos curará; Dios nos ha herido, y él nos vendará” (Os 6,1). Por eso el pobre salmista, de un modo patético, le recrimina al Señor: “Desde mi infancia vivo enfermo, y soy un infeliz. He soportado cosas terribles de tu parte, y ya no puedo más; me has mostrado tu enojo, y tus castigos me han destruido” (Sal 88,16-17).

NADA SIN QUE ÉL LO MANDE

De esta manera, en casi todas las páginas del Antiguo Testamento se oye hablar de la ira de Dios que se enciende contra su pueblo. ¿Cómo Israel pudo concebir una imagen tan terrorífica de su Dios? Es fácil comprenderlo. Cuando se escribió el Antiguo Testamento, las ciencias aún no se habían desarrollado. No se conocían las leyes de la naturaleza, ni las causas de las enfermedades, ni por qué sucedían los fenómenos ambientales. La misma psicología era bastante elemental, y los conceptos de libertad y responsabilidad humanas estaban muy poco desarrollados.

Esto hizo que muchos de los fenómenos que hoy llamamos naturales, y que en aquella época no tenían explicación, se los considerara sobrenaturales, y por lo tanto, venidos directamente de Dios. Por eso cualquier cosa que ocurría, buena o mala, linda o fea, feliz o desgraciada, era obra de Dios. Un israelita no podía jamás imaginar que sucediera algo en este mundo sin que Dios lo quisiera o lo provocara. Él era el dueño de todo y, por lo tanto, el autor de todo.

¡QUE NADIE SE QUEDE ENFERMO!

Cuando Jesús de Nazaret salió a predicar, la situación no había cambiado demasiado. Las ciencias continuaban en su etapa primitiva, y seguían ignorándose las causas naturales de los fenómenos que sucedían. Pero entonces Jesús aportó una idea nunca oída hasta el momento: enseñó que Dios no manda males a nadie; ni a los justos ni a los pecadores. Él sólo manda el bien.

Para demostrarlo, adoptó una metodología sumamente eficaz. Comenzó a curar, en nombre de Dios, a todos los enfermos que le traían. De este modo anunció la buena noticia de que Dios no quiere la enfermedad de nadie, y que si alguien se enfermaba, no era porque Él lo hubiera permitido. Igual actitud asumió frente a la muerte. Cuando le venían a pedir por alguien que había fallecido, jamás decía: “Déjenlo muerto, porque ésa es la voluntad de Dios”. Al contrario, lo reanimaba inmediatamente, para enseñar que Dios no manda la muerte, ni la quiere.

En sus enseñanzas exponía este mismo mensaje a sus oyentes. Un día, al pasar, sus discípulos vieron a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: “Maestro, ¿por qué este hombre nació ciego? ¿Por haber pecado él, o porque pecaron sus padres?” (Jn 9,1-3). Y Jesús les explicó que nunca las enfermedades son un castigo por los pecados, ni son enviadas por Dios.

En otra oportunidad vinieron a contarle que se había derrumbado una torre en un barrio de Jerusalén y había aplastado a 18 personas. Y Jesús les aclaró que ese accidente no había sido querido por Dios, ni constituía un castigo por la maldad de esas personas, sino que todos estamos expuestos a los accidentes y por eso debemos vivir preparados (Lc 13,4-5).

EL PAJARITO QUE CAE

Jesús, por lo tanto, enseñó claramente que Dios no quiere, ni manda, ni permite las enfermedades. Tampoco provoca la muerte, ni los accidentes, ni ocasiona directamente los fenómenos de la naturaleza en los que tantos seres humanos pierden la vida.

Dijo que de Dios procede sólo lo bueno que hay en la vida, no lo malo; porque Dios ama profundamente al hombre y no puede mandar nada que lo haga sufrir (Jn 3,16-17).

Jesús, pues, si bien no explicó de dónde vienen las desgracias de este mundo, sí explicó de dónde no vienen: de Dios. No enseñó quién las provoca, pero sí enseñó quién no las provoca: Dios.

Sin embargo hay una frase en el Evangelio que ha llevado a la confusión a mucha gente. Hablando sobre la confianza en Dios, dice Jesús: “Ni un pajarito cae por tierra, sin que lo permita el Padre que está en los cielos” (Mt 10,29). De aquí, muchos han concluido que, si un pajarito cae por tierra (es decir, sufre alguna desgracia o accidente), es porque Dios lo ha permitido. Y por lo tanto, si alguna persona experimenta una desgracia, es porque Dios lo ha consentido.

Pero en realidad se trata de una mala traducción del texto bíblico. El pasaje original griego sólo dice que ni un pajarito cae por tierra “sin el Padre”, no “sin que lo permita el Padre”. Como a la frase le faltaba el verbo, los traductores de la Biblia pensaban que a Mateo se le había olvidado, y decidieron agregarle uno por su cuenta, de manera que la expresión quedó: “sin que lo permita”, “sin que lo quiera”, “sin que lo consienta” el Padre, atribuyéndole así a Dios las desgracias. En realidad el evangelista, al decir que el pajarito no cae “sin el Padre”, quiso decir eso: que no cae sin que Dios esté a su lado, sin que Dios caiga junto con él y lo acompañe. O sea, que Dios está cerca del que sufre; pero no que haya permitido su sufrimiento.

CUANDO DIOS ENFERMA Y MATA

A pesar de este progreso, muchos cristianos siguen pensando como lo hacían los primitivos israelitas, y conservan hondamente arraigada en su inconsciente aquella imagen del Dios al que había que responsabilizar de todos los males que suceden en la sociedad. Y aunque Jesús ya nos explicó que Dios no quiere nuestro dolor, todavía hay muchos creyentes que piensan que los sufrimientos que padecemos son enviados por Él. Es común, por ejemplo, visitar a algún enfermo, y oír a los amigos que le dicen refiriéndose a su dolencia: “Tienes que aceptar lo que Dios dispone”, como si Dios hubiera dispuesto que se enfermara. O al concurrir a algún velatorio, oímos la famosa frase de quienes van a consolar a los familiares: “Hay que aceptar la voluntad de Dios”. ¿Cómo va a ser voluntad de Dios que alguien se muera? Dios es un Dios de vida y no de muerte, decía Jesús (Mc 12,27). Dios manda la vida, nunca la quita. Ya el libro de la Sabiduría dice expresamente: “No fue Dios quien hizo la muerte” (Sb 1,13). ¿Cómo podemos culparlo a Él del fallecimiento de alguien cuando, según los Evangelios, el mismo Jesús, en nombre de Dios, devolvió la vida a tres personas que habían muerto?

Pensar que estos incidentes suceden por su voluntad es una falta de respeto a Dios, y una grave ofensa a su amor y bondad.

¿APRIETA PERO NO AHOGA?

Algunos, para justificar a Dios, lo explican diciendo: “Dios hace sufrir a los que ama”. Pero si nos ama ¿por qué nos hace sufrir? Otros explican piadosamente: “Dios aprieta pero no ahoga”. Pero ¿para qué quiere Dios apretar, pudiendo hacer las cosas con amor y ternura?

Semejante mentalidad tortuosa ha llevado a mucha gente a enojarse con Dios y a sentir resentimiento hacia ese Ser que, en vez de hacer feliz a la gente, la llena de desgracias. Y en el fondo tienen razón de enojarse y de alejarse de Él. ¿Quién tiene ganas de rezarle, o de hablarle a aquel que le mandó un terrible accidente, una enfermedad, o se llevó a un ser querido? Más que un Dios, ése es un monstruo.

EL ORIGEN DEL MAL

¿De dónde, entonces, proceden tantas desgracias y enfermedades imprevistas? Del mal uso de la libertad humana. Somos nosotros los que contaminamos el agua que bebemos, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, la tierra en la que vivimos, y de esta manera producimos graves trastornos en los seres humanos, incluyendo a los niños que se están gestando.

Pero la mentalidad primitiva que aún tenemos, propia del Antiguo Testamento, nos lleva a responsabilizar a Dios. Y cuando alguien se enferma, o muere, o nace un niño discapacitado, surge la famosa frase: “¡Es voluntad de Dios!”.

Hoy sabemos, por ejemplo, que unas 250.000 personas por año mueren en el mundo a causa de enfermedades (como la malaria, el paludismo, la fiebre tifoidea, el cólera) provocadas por la contaminación que el mismo hombre realiza de las aguas. Y seguramente las familias de muchos de esos enfermos pensarán: “Debemos aceptar la voluntad de Dios”.

Cuántas mujeres culpan a Dios de su esterilidad, y se preguntan: “¿Por qué Dios me niega un hijo?”, cuando sabemos, por ejemplo, que los pesticidas químicos empleados para fumigar frutas o verduras son tóxicos y provocan graves daños en la capacidad procreadora, así como en la piel, en la sangre y en las vías respiratorias.

Y cuántos hombres se resienten con Dios por su infertilidad, cuando hoy se sabe, por ejemplo, que la ropa demasiado ajustada, o el ciclismo mal practicado, provoca microtraumas que llevan a la infertilidad masculina.

ESTADÍSTICAS HUMANAS, CULPAS DIVINAS

Los estudios médicos aseguran que el 75 % de los casos de cáncer registrados en el mundo podrían haberse evitado de manera sencilla. Y sin embargo muchos morirán preguntándose: “¿Por qué Dios me ha mandado esto?”.

Asimismo las estadísticas afirman que en Argentina mueren anualmente unas 15.000 personas, y otras 120.000 resultan heridas en los accidentes de tráfico. ¿Las causas? El 69%: por fallos del conductor; el 17%: por fallos de la ruta; el 6%: por fallos del peatón; el 5%: por fallos del vehículo; y el 3%: por agentes naturales. Pero el 100% de los afectados, en lo íntimo de su corazón, culpará a Dios por el accidente.

En nuestro país mueren 40.000 personas al año por causa del cigarrillo. Y sin embargo, en muchos de esos velorios, los amigos se acercarán a los familiares del difunto para saludarlos y les dirán: “Qué vamos a hacer, hay que aceptar la voluntad de Dios”.

En el mundo, miles de niños nacen con malformaciones, ceguera, discapacidades, debido a problemas sociales como la desnutrición, el alcoholismo crónico de los padres o la falta de vitaminas. Y miles de padres se preguntarán: “¿Por qué Dios ha querido esto para mí?”.

La tierra produce actualmente un 10 % más de alimentos de los que realmente necesita. Pero el egoísmo de los países ricos, la negligencia, la mala administración y los intereses mezquinos de algunos gobiernos hacen que unos 500 millones de personas sufran hambre en el planeta. Y, por supuesto, no faltarán los que digan: “¿Cómo voy a creer en Dios, cuando tanta gente muere de hambre?”, como si Él fuera el responsable de nuestros errores.

EDIFICIOS QUE ENFERMAN

Más aún: recientemente un grupo de especialistas ha denunciado que en las construcciones no se hace nada por evitar el “Síndrome del edificio enfermo”, que afecta a millones de personas. Porque en muchas edificaciones modernas se utilizan algunos tipos de plásticos, aglomerados, cementos de contacto y otros materiales que despiden sustancias tóxicas y cancerígenas, sin advertir a la gente de estos peligros. La cual, por supuesto, en cuanto contraiga algún tipo de dolencia grave, pensará en “la pesada cruz que Dios me mandó”.

Las grandes inundaciones, que parecen fenómenos tan caprichosos e incontrolables, y que ocasionan pérdidas millonarias y miles de muertes, tienen también su grado de responsabilidad humana. Muchas provienen de las lluvias provocadas por la acumulación de evaporación, originada en los grandes embalses de las represas hidroeléctricas construidas negligentemente por los hombres.

Los mismos terremotos, aun cuando son manifestaciones naturales, tienen un origen en el hombre. Pues cuando éste construye embalses y diques para frenar la corriente de los ríos, suele formar lagos artificiales, los cuales provocan infiltraciones de agua en las rocas subterráneas, que lubrican y facilitan su desplazamiento y originan luego los temblores de tierra.

Y hasta los huracanes y ciclones, que cobran miles de víctimas humanas, se generan en la irresponsable actitud del hombre que ha venido destruyendo incesantemente los bosques aptos para regular los vientos.

UN MUNDO SIN ENFERMEDADES

Entre los grandes logros de la humanidad figura el haber eliminado ya dos enfermedades: la viruela en 1979, y la poliomielitis que prácticamente ha desaparecido. ¿Cuántas otras enfermedades podrían suprimirse o frenarse, si en vez de gastar dinero en armas, bombas y guerras, lo empleáramos en investigar?

Pero sigue siendo Dios, en la mente de muchos cristianos, el responsable de las enfermedades, las catástrofes y las muertes que vemos a nuestro alrededor.

Alguno pensará: ¿acaso Dios no nos creó mortales? Sí. ¿Entonces él no es el responsable de que muramos? No. Él nos creó mortales, pero el “cuándo” morimos lo fijamos nosotros, con nuestras actitudes de amor o de odio, de responsabilidad o negligencia. Él no nos tiene fijado el día de nuestra muerte, como piensan algunos. En ella intervienen una serie de factores en los que entra la responsabilidad humana.

Por no haber entendido esto, mucha gente vive resentida con Dios, lo acusa de sus desgracias, y hasta lo ha eliminado de su vida.

Dios quiere el bien, ama el bien y asiste a cuantos trabajan por el bien. Y nuestra tarea es colaborar con Dios para que cada vez haya más bien a nuestro alrededor, no reprocharle la existencia del mal. Como aquel hombre que le preguntaba a su amigo: “¿Tú rezas a Dios?”. “Sí, todas las noches”. “¿Y qué le pides?”. “No le pido nada; como sé que él siempre da lo mejor de sí, simplemente le pregunto en qué puedo ayudarlo”.

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