jueves, diciembre 3, 2020
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DIAGNÓSTICO DE LA INSOSTENIBILIDAD ACTUAL.

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: Roberto Bermejo Gómez de Segura –
Bases para (y dinámicas de) una economía sostenible
 
Nuestra civilización está en “proceso de colisión” con el mundo natural, tal como nos dice el “Aviso a la Humanidad de la Comunidad Científica” (realizado en 1992 por más de 1.500 científicos, entre ellos 102 Premios Nóbel). Resulta abrumadora la información sobre el proceso de colisión, su gravedad y, en consecuencia, se multiplican los avisos de la urgencia del cambio. Naciones Unidas viene alertándonos desde hace más de dos décadas. El Informe Brundtland (1987), de Naciones Unidas, afirma que la supervivencia de la humanidad está en peligro. El artículo 13 de la Declaración de la Cumbre de Johannesburgo (Río+10) constata que “el medio ambiente mundial sigue deteriorándose. Continúa la pérdida de biodiversidad; sigue agotándose la población de peces; la desertificación avanza cobrándose cada vez más tierras fértiles; ya son evidentes los efectos adversos del cambio del clima; los desastres naturales son más frecuentes y devastadores”. Por último, el monumental informe de Naciones Unidas sobre el estado de la Biosfera: Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, realizado en la primera mitad de esta década por más de 1.360 expertos. Entre sus conclusiones destacan: las actividades humanas han puesto al planeta al borde de una masiva extinción de especies; y fenómenos como el cambio climático “serán de importancia secundaria comparada con los cambios en el uso de la tierra”.

Pero no estamos ante una amenaza que afectará sólo a las generaciones venideras, la generación actual está empezando a sufrir las consecuencias. Por ello son frecuentes los llamamientos a actuar rápidamente. El Informe Brundtland afirma en su “Llamamiento para la acción” (que constituye el núcleo de su mensaje): “somos unánimes en la convicción de que la seguridad, el bienestar y la misma supervivencia del planeta depende de estos cambios ya” (cambios en el modelo de desarrollo y de protección del medio ambiente). El “Aviso a la Humanidad” declara que “no quedan más que una o muy pocas décadas antes de perder la oportunidad de eliminar la amenaza que encaramos ahora y de que la humanidad se encuentre con una perspectiva inconmensurablemente disminuida” (UCS, 1992). Sin embargo, los informes citados no contemplan el límite natural más próximo: el proceso de agotamiento del petróleo y de un buen número de metales estratégicos (oro, cobre, platino, etc.), cuyo resultado más palpable es su inexorable encarecimiento.

Sin embargo, la enorme información existente sobre la gravedad del proceso de colisión y de los inicios de los impactos no ha dado lugar a políticas transformadoras. Se pueden aducir numerosas causas: la inercia de la sociedad, la limitación del horizonte temporal de los gobernantes al periodo de mandato, un conocimiento sólo parcial de los problemas, etc. Pero la causa de fondo es el conjunto de visiones y creencias que configuran el tipo de sociedad y de cultura que impera en la actualidad: el paradigma dominante.

Este pensamiento establece una jerarquía que sitúa a la especie humana por encima del resto de las especies. La biología establece que los primates constituyen la parte superior de esta jerarquía (primate viene de la palabra latina primus, primero). Ello es una herencia desacralizada de la tradición griega y judeocristiana. Para la primera la jerarquía es en orden descendente: dioses, hombre, mujer, esclavos, animales y vegetales. Para la segunda es: Dios, ángeles, humanos, animales y vegetales. El paradigma dominante desacraliza la jerarquía, lo cual eleva a la cúspide el estatus de la especie humana y le da legitimidad para someter al resto de las especies en su propio beneficio; ve la naturaleza como algo caótico y peligroso, por lo que tiene que dominarla, condición previa para acceder a sus recursos (convertir los ecosistemas en monocultivos y al mismo tiempo acceder a los recursos del subsuelo); la herramienta que lo permite es el desarrollo tecnológico y especialmente la ingeniería genética. Allenby (2009) declara que ella nos permite convertirnos en los señores de la biosfera; y, por último, la felicidad se obtiene mediante la acumulación creciente de bienes.

La hegemonía de este paradigma ha sido posible por la existencia de unos enormes recursos de minerales y, sobre todo, de energía fósil que ha venido utilizando la civilización industrial. Ésta tiene un gran poder calorífico por unidad de peso, un amplio espectro de utilizaciones y el acceso a los mismos ha sido fácil, como ha ocurrido con los minerales. Pero la escasez de los recursos principales pone en evidencia el paradigma y el modelo económico dominantes.

Este paradigma no tiene base científica. Lynn Margulis (1998) afirma que estas ideas son rechazadas como una tontería absoluta por el conocimiento científico. La antropología afirma que las sociedades primitivas tuvieron unas relaciones armónicas con la naturaleza y que eran sociedades de la abundancia. Su visión es que los seres humanos no somos dueños de la naturaleza, sino una parte de ella, por lo que hay que respetar el orden cósmico. A partir de Darwin esta concepción tiene base científica. La especie humana es una más en el proceso evolutivo de la naturaleza. Todos los seres vivos son igualmente evolucionados. Una de las “premisas clave” de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio es que “los seres humanos son una parte integral de los ecosistemas” (2006). Sólo un ser que ha perdido la conexión vital con la naturaleza la puede identificar como un caos. La ciencia cada vez nos muestra más ejemplos sobre su realidad extremadamente compleja, precisa, armónica y coherente. Este orden es extremadamente preciso, de forma que si las constantes vitales cambiaran en una cantidad infinitesimal, todo este orden colapsaría. La misma situación se produce en el cosmos y en los átomos. Ambos colapsarían sin el ajuste preciso que se produce en más de 30 parámetros (velocidad de expansión del universo, relación de masa entre protones y neutrones, relación de carga eléctrica entre electrones y protones, etc.). Las tecnologías por sí solas no son capaces de resolver los problemas, además de que algunos cambios tecnológicos crean más problemas. La Comisión Mundial sobre Desarrollo Sostenible preguntó al Consejo Nórdico si era posible alcanzar la sostenibilidad por medio de las tecnologías y la respuesta fue negativa. La sicología rechaza que la felicidad se obtiene acumulando bienes. Al contrario, ha descubierto que las personas materialistas son infelices, tiene relaciones sociales pobres y frecuentemente tienen mala salud. La geología nos informa que muchos recursos están siendo agotados.

La naturaleza se organiza creando ecosistemas, que constituyen la unidad más básica capaz de reciclar sus nutrientes. La vida en el planeta se preserva y desarrolla debido a que los ecosistemas realizan tres funciones fundamentales, que denominamos abióticas: cierre de los flujos de los materiales; utilización de la energía solar; y actuación sobre el medio abiótico o inerte para mantener sus propiedades físicoquímicas dentro de un intervalo adecuado para la preservación de la vida. A este fenómeno se le denomina Gaia. Para garantizar las funciones abióticas (y en última instancia, para mantener la enorme estabilidad, dentro de un marco evolutivo, que ha caracterizado a la biosfera) los ecosistemas muestran unas características típicas: evolución, diversidad, estructuras jerárquicas, autosuficiencia, descentralización y competencia y cooperación, pero siendo esta última la dominante. La naturaleza tiene estructuras económicas: produce materiales mediante fotosíntesis, el consumo se produce a lo largo de la cadena trófica, la cual determina un intercambio de bienes. Y todo funciona con la energía solar. Los ecosistemas son generalmente resilientes, es decir, capaces de conservar su coherencia y funciones ante los impactos que producen las variaciones de su entorno. Y la resiliencia aumenta con la abundancia de biomasa, de especies, de redundancias, etc.

La dinámica globalizadora y de profundización en la liberalización económica del sistema económico dominante acrecienta la vulnerabilidad, dislocación e insostenibilidad de las sociedades. La vulnerabilidad es debida a creciente dependencia de las sociedades de las estructuras económicas mundiales, lo que les incapacita para hacer frente a los impactos de las crisis sistémicas. Así que carecen de resiliencia. La dislocación social es el resultado de la falta de resiliencia, de la hegemonía del individualismo y de la polarización de la riqueza. La insostenibilidad creciente es el resultado de diversos factores: la globalización aumenta el comercio internacional (esto supone más consumo energético, más infraestructuras de transporte, cadenas de producto más largas y complejas, que a su vez genera más impactos ambientales y más consumo de recursos, y los circuitos largos obstaculizan una economía circular de materiales); la competencia de los gobiernos y de las empresas por el acceso a los recursos vitales determina una enorme dificultad para pactar la puesta en marcha de medidas comunes para, al menos, paliar los problemas de insostenibilidad y otros muchos existentes. Además, el paso de un mundo hegemonizado por Estados Unidos a otro que es crecientemente multipolar está provocando la parálisis de las superpotencias para hacer frente a los problemas. Aunque también tiene la faceta positiva de que se muestran crecientemente incapaces de profundizar en la globalización, como lo demuestra el fracaso de la última Ronda liberalizadora, la del Milenio.

La aplicación de los principios de sostenibilidad a la economía actual supone la necesidad de una revolución epistemológica y no sólo para la escuela neoclásica, sino también para la escuela keynesiana o la marxista. Deberán cambiar, también, las herramientas de análisis, las relaciones con otras ciencias, los objetivos, etc. En este contexto adquieren especial relevancia los llamamientos a romper el aislamiento de la economía neoclásica del resto de las ciencias (fruto de su desarrollo en la torre de marfil del mundo monetario) y no se trata sólo de dejar de ignorarlas, sino de que algunas de ellas determinen el comportamiento de la economía. Y entre todas las ciencias de la Tierra la ecología debe desempeñar un papel central, porque es la ciencia de síntesis del mundo vivo. Pero está teniendo también un gran protagonismo la geología ante la escasez de recursos. Así que la sostenibilidad obliga a la economía a adoptar un enfoque multidisciplinar y, lo que es más importante, a desempeñar un papel subordinado con respecto a las ciencias de la Tierra y, por ello, a rebajar su actual estatus dentro de las ciencias. Keynes decía que los economistas deberían tener el estatus de los dentistas.

La revolución epistemológica supone, también, prescindir de las visiones distorsionadas de conceptos centrales como los de producción, desarrollo, riqueza, etc. Por producción se entiende el aumento de la riqueza monetaria y se le atribuye un carácter totalmente positivo, independientemente del agotamiento de recursos naturales que causa y de los impactos ambientales y frecuentemente sociales que causa. Además, no sólo se aplica a la producción de bienes sino que, también, a la extracción de recursos naturales, como el petróleo o el gas, lo cual es erróneo: no se produce sino que se extrae. El concepto de desarrollo fue adoptado por la economía ortodoxa después de la SGM para indicar el modelo de crecimiento económico de los países industrializados que, además, integra una idea ambigua de justicia social. Así que se define como países desarrollados los más industrializados y los países más o menos pobres como “países en vías de desarrollo”, para indicar que están en escalones más bajos en el proceso de industrialización. El parámetro de medición de unos y otros es la renta per cápita. Así que se descarta cualquier otra opción que, sin alcanzar una renta per cápita tan alta, sea capaz de satisfacer las necesidades básicas de toda la población. No se tiene en cuenta otras riquezas, como la satisfacción plena de las necesidades, una alta cohesión social, un alto grado de democracia, la conservación de la naturaleza, el disponer de agua y alimentos sanos, la ausencia de contaminación, etc.

La sostenibilidad obliga, también, a la economía neoclásica a sufrir otra revolución epistemológica: utilizar el cálculo físico, además del monetario. El uso de la moneda es imprescindible para organizar la economía de sociedades complejas, pero la valoración monetaria constituye un velo que impide ver la realidad biofísica. Por ejemplo, cuando un recurso escasea su precio se dispara, por lo que puede darse el caso de que crezca la valoración del mercado del mismo, así que oculta la escasez de recursos. Por lo que, para poder diseñar una economía sostenible, hay que partir del conocimiento de las dotaciones y ritmos de consumo (y por tanto de agotamiento) de materiales y energía. Para construir una economía solar, es necesario conocer el potencial de las diversas fuentes de energías renovables y el estado de las tecnologías de captación. Para mantener o mejorar los servicios que nos dan los ecosistemas hay que conocer su estado y evolución. Estos datos los aportan la biología, la ecología, la geología, la física, la química, etc. A partir de ellos la economía física debe estudiar el metabolismo de nuestras sociedades, mediante la contabilidad de flujo de los materiales (energéticos y no energéticos), como medio de definir estrategias para cerrar los flujos de los materiales y vivir de la energía solar. Por último, la misión de la economía debe ser el logro de la satisfacción universal de las necesidades esenciales en un marco de sostenibilidad. La cual obliga a todos los países cualquiera que sea su nivel de industrialización. La diferencia se da en el punto de partida.

Para finalizar, es evidente que en los intersticios de las sociedades están emergiendo experiencias basadas en el nuevo paradigma y en los principios de economía sostenible. Este movimiento transformador de base (actúa de abajo hacia arriba) se manifiesta en la enorme información existente sobre múltiples experiencias y sobre las tendencias hacia un consumo responsable, pero también soy testigo de experiencias transformadoras. En las dos últimas charlas que he dado, han intervenido personas que están desarrollando una cooperativa para producir electricidad fotovoltaica, una empresa dedicada al turismo responsable, agricultores que están produciendo alimentos orgánicos, y técnicos que están mejorando la certificación de los mismos, aparte de testimonios de consumo responsable.

En relación con la información general, destacan algunas de las muchas iniciativas a nivel local. Es de resaltar el movimiento de las Sociedades en Transición, que es el de más rápido crecimiento del mundo, basado en grupos que combinan la definición de alternativas sostenibles con aplicaciones prácticas y que están teniendo mucha receptividad en los gobiernos locales. Crecen rápidamente los municipios, regiones, pequeñas islas, que se auto – abastecen solamente de energías renovables. Crece aceleradamente la superficie dedicada a agricultura ecológica, la madera certificada como producida sosteniblemente, la de pesca sostenible, etc. Se manifiesta con fuerza creciente una amplia minoría que realiza un consumo sostenible, que frecuentemente crea asociaciones para acceder a esos bienes. El desarrollo de las energías renovables es muy rápido, a pesar de la crisis, aunque su aplicación suele hacerse de forma centralizada. Hay un enorme despliegue de otras muchas tecnologías biomiméticas.

Esta realidad es fruto del efecto combinado de la creciente gravedad de los problemas que está creando la humanidad y de una aceleración en la evolución de la consciencia humana, que va descubriendo el auténtico sentido de la vida, el descomunal esplendor de la naturaleza, la necesidad de estar inmersa en ella y de recuperarla cuando ha sido degradada, así como la necesidad de vivir en comunidad. Lo cual está provocando una importante dinámica contra el proceso de desintegración social generada por el proceso liberalizador.

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