DESIGUALDADES INTERNACIONALES. HACIA UN PROGRAMA MUNDIAL DE JUSTICIA GLOBAL

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Éxodo 117 (en.-feb) 2013
– Autor: Antonio García Santesmases –
 
Rafael Díaz-Salazar es un gran especialista en dos ámbitos bien distintos dentro de la sociología que se realiza en España. Es uno de los grandes especialistas en sociología de la religión y, por ello, sus obras sobre la laicidad, sobre el factor católico y sobre la presencia de las distintas formas de religión en el espacio público son leídas, comentadas y discutidas por innumerables analistas interesados en estos temas.

Me temo que su gran éxito como sociólogo de la religión ha oscurecido la gran relevancia de su obra en otro campo de la sociología enormemente importante. Me refiero a su trabajo de investigación acerca de las desigualdades a nivel nacional e internacional; en torno a la interpretación del actual proceso de globalización; y a su apuesta por la democracia económica y por la regulación ecológica de los procesos productivos. Han sido años y años de estudio de estos temas sin descuidar su preocupación por el futuro del trabajo y por el papel de los nuevos movimientos sociales. Estamos ante un trabajo que combina muy bien la capacidad y el rigor del investigador analítico con la pasión del militante cristiano comprometido.

En esta obra que comentamos, Rafael Díaz-Salazar hace un esfuerzo realmente notable por sintetizar en pocas páginas el proceso actual de globalización, el incremento de las desigualdades a nivel internacional y la necesidad de reorientar el marco económico mundial. El autor se adentra en cuestiones que aparecen recurrentemente en los medios de comunicación pero en los que nunca se profundiza: el papel de las políticas de ayudas al de – sarrollo, la necesidad de un modelo de decrecimiento y la importancia de una política de justicia global.

Es en este punto, en esta demanda de una política de justicia global donde se plantean muchos de los problemas, de las interrogantes que suscita este pequeño y apasionante texto. Afirma el autor: “Como digo muchas veces: cuando llegue el día en que para la mayoría de los ciudadanos del Norte la pobreza mundial y las desigualdades internacionales sean tan importantes como la sanidad pública y las pensiones, se habrá empezado a resolver de verdad y con rapidez estos problemas” (p.74).

Ante esta afirmación, el comentarista no puede sino asentir, pero inmediatamente se pregunta por qué no ocurre. Creo que la razón está en que el miedo se ha asentado cada vez más en los países ricos. Cuando el Estado social no se ha extendido más allá de nuestras fronteras, cuando los sistemas sanitarios y la protección social están puestos en cuestión dentro de nuestro país e incluso en Europa, es muy difícil que la mayoría de la población apueste por la justicia global.

Y, sin embargo, esa apuesta es tan difícil como necesaria. Efectivamente, como señala Díaz-Salazar: “Tenemos que reorientar el actual modelo de globalización desde una nueva política de civilización. Debemos aprender que estamos ante algo más que una crisis económica. Sólo si cambiamos de paradigma cultural vamos a poder fundamentar otro tipo de economía” (p. 41).