miércoles, septiembre 22, 2021
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Cuba: entre verdades incómodas y amenazas existenciales

Para Juan Valdés Paz

1. La democracia como instrumento de guerra

Como todos los psicosociales, durará lo necesario; luego vendrá el silencio. Se va construyendo un imaginario social: Cuba es una dictadura que oprime a su ciudadanía, que los lleva a la miseria y que está condenada a la libertad, a nuestra libertad. Los que mandan tienen el poder de definición, controlan y reproducen lo políticamente correcto y lo imponen como “discurso disciplinario”. Cuba: dictadura o democracia. Hay que definirse con claridad y sin ambigüedades. La dictadura es el mal absoluto; la democracia el bien supremo. Nosotros somos la democracia y ellos la malvada y cruel dictadura. El gobierno está a la defensiva. VOX y el PP dando lecciones, ellos, precisamente ellos, de democracia. No diré nada de los y las ministras de Unidas Podemos; espero que entiendan que la unidad es una forma de continuar el conflicto por otros medios y que, al final, lo decisivo es no dejarse vencer por la ideología del poder; de esa derrota no se sale.

Todo se paga. Aceptar, digámoslo con claridad, que esta democracia es “la democracia” acaba pasando una factura que se paga con derrotas políticas, desnaturalizaciones estratégicas y programáticas. No me interesa ahora la discusión sobre los dobles raseros, la pulcritud y finura con que se describe a gobiernos oligárquicos y a dictaduras amigas de Occidente o las homologadas y dignas democracias que humillan y oprimen a pueblos hasta llevarlos prácticamente a su exterminio. Nuestros queridos filisteos de la democracia atisban –tienen un olfato prodigioso– lo que viene y se preparan para ser protagonistas, para hacer méritos y engordar currículums: la democracia y los derechos humanos como arma de guerra contra China y Rusia. Un Occidente liberal y democrático contra el autoritarismo y las viejas tradiciones colectivistas de un Oriente que se niega a ser como nosotros y que no acepta nuestro poder –el más determinante– de definir a los demás; es decir, el que afirma lo que es bueno y malo, cuáles son los verdaderos derechos y libertades y el canon de lo que es o no democracia.

¿Qué es lo que viene? Un alineamiento sin fisuras de “Occidente” con la Administración norteamericana en su enfrentamiento radical contra China y sus aliados presentes y futuros; en lugar central, la vieja Rusia cada vez más cerca de ser de nuevo el “imperio del mal”. Comprendo que se trata de una verdad incómoda, una verdad insoportable, que a nuestros oídos democráticos y occidentales les cuesta asumir: Estados Unidos y la Unión Europea, es decir, la OTAN y sus múltiples alianzas político-militares por construir o por desarrollar, no aceptarán que emerja una gran potencia que ponga en cuestión el orden unipolar instaurado después de la desintegración de la URSS y la disolución del Pacto de Varsovia. Dicho de otra forma, quieren revertir el hecho económico, político-militar y geo-cultural de un mundo que transita hacia la multipolaridad y hacia una redistribución sustancial del poder. Llevan tiempo preparándose para ello. Los estrategas norteamericanos lo saben y lo escriben. El enfrentamiento será largo, difícil y costoso. Se combinarán todas las formas conocidas y se ensayarán otras por conocer. Guerras tecnológicas, económico-financieras; en “zonas grises” o en zonas más esclarecidas, híbridas y con manejo complejo de presión económica; guerras coloreadas y uso a tope de las redes. En muchos sentidos estamos en los inicios de un enfrentamiento general, global y de larga duración. Y llegarán hasta el final.

2. Geopolítica del imperio: ¿del bloqueo al asedio?

¿Por qué un presidente tan “progresista” como Biden es tan duro con Cuba? Uno de los rasgos que caracterizan a una gran potencia es su capacidad para tener políticas diferenciadas, agendas singulares y específicas para según qué continentes, según qué países. Centroamérica y El Caribe son zona de dominio exclusivo y excluyente de los EEUU. No lo compartirán con nadie; de ahí la importancia histórico-estratégica de la insubordinación cubana y el número (son decenas) de intervenciones militares de la gran potencia del norte en la zona. Lo saben en Cuba, en la República Dominicana, en Haití, en Granada, en Honduras, en Guatemala, en Panamá; sobre todo lo saben muy bien en Nicaragua y aún mejor en Méjico. Spiykman lo caracterizó con precisión: uso exclusivo e intervención militar sin contemplaciones.

La pregunta sigue sin ser contestada. ¿Por qué?:

Primero, una cuestión simbólica de enorme trascendencia: Cuba es un pésimo ejemplo para los demás países. Su existencia llama a una rebelión posible y exitosa. Ahora se está en lo que puede ser un segundo ciclo de la izquierda latinoamericana. Es lo peor que le puede ocurrir al Imperio en una coyuntura histórica tan definitoria como esta.

Segundo, Latinoamérica sigue siendo, hoy más que nunca, retaguardia y reserva estratégica de EEUU. Este nuevo ciclo inquieta mucho. La pieza clave sigue siendo Brasil. Un posible retorno de Lula sería un revés estratégico de grandes dimensiones y difícilmente se lo pueden permitir. Chile está fuera de control; el “modelo de los modelos” neoliberales y de las democracias limitadas y oligárquicamente controladas está siendo subvertido y sometido al peor de los desafíos: poder constituyente del pueblo y elaboración de una nueva constitución a la medida del nuevo constitucionalismo (Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia). Nuevas legitimidades, nuevo diseño de derechos y deberes situando en el centro la soberanía política, económica y cultural y, fundamental, la independencia nacional.

Aceptar que esta democracia es “la democracia” acaba pasando factura

Tercero, EEUU necesita una victoria política, emitir una señal de poderío, de advertencia y de límites a no sobrepasar en una etapa que requiere alineamiento, consensos múltiples y gobernabilidad. El fin del proyecto nacional-popular cubano equivaldría para la izquierda latinoamericana a algo parecido a lo que significó para la izquierda europea la desintegración de la URRS: desarme político-cultural, retroceso orgánico y disgregación del imaginario alternativo y socialista en las clases trabajadoras. Y algo para no olvidar: llamamiento a las clases dominantes y a sus intelectuales orgánicos a pasar a la ofensiva y oponerse a una democratización sustancial del poder político, económico, social y cultural.

Hay una cuarta cuestión que necesariamente hay que tener en cuenta: en un contexto definido por el enfrentamiento con la alianza Rusia-China, los EEUU no quieren tener una Cuba soberana e independiente en su retaguardia; ya vivió eso y no está dispuesto a repetirlo. En la zona se vive desde hace tiempo el renacimiento de la “doctrina Monroe”; en este momento se hace mucho más evidente. China es el mayor socio comercial del espacio económico sudamericano y, en concreto, de países como Brasil, Chile, Argentina, Perú. Inquieta y mucho el reforzamiento de la presencia económica y político-militar de Rusia.

3. Una verdad incómoda: EEUU no aceptará una Cuba soberana, democrático-republicana y abierta al mundo multipolar

Los EEUU tiene un problema nada fácil de cuadrar, deben reestablecer el consenso interno, relajar las políticas neoliberales y dar un mensaje de renovación democrática y ecológica. A la vez, deben impulsar fuertemente los presupuestos militares, ganar la batalla tecnológica e impedir cambios que supongan modificaciones sustanciales de la relación de fuerzas, sobre todo, en América Latina. Al final, como de hecho ya está pasando con la pandemia, se impondrá el palo a una zanahoria escasa, mal repartida y sin fundamentos. Resumiendo, para EEUU, lo verdaderamente importante, lo que marcará la fase será su decisión de bloquear, frenar, impedir la imparable transición hacia un mundo multipolar, más plural y más unificado.

Cuba vive de nuevo una “amenaza existencial”; en realidad siempre estuvo ahí y la persigue como Pueblo, Nación y Estado. La tardía y frustrada independencia –después de una larga y cruenta guerra de liberación nacional– desembocó en un protectorado político-militar estadounidense, una economía neocolonial y un régimen político oligárquico, es decir, el tipo de “democracia” que consiente y define el poderoso e implacable vecino del norte. Allí, como en todas partes, cada vez que se intentó una “democracia con desarrollo, justicia social y soberanía popular” terminó de la misma o parecida forma: golpe de Estado y/o intervención, directa o indirecta, militar norteamericana.

EEUU tiene hoy capacidad para crear y relacionar condiciones “objetivas” y “subjetivas”; es decir, fomentar el caos económico, agravar las condiciones de la pandemia e impedir –es lo más grave– las soluciones y, a la vez, construir un determinado tipo de discurso político que ha echado raíces en una parte de su juventud cubana. Esto está muy relacionado con la intervención y el control de las redes sociales. Esta forma de agresión es muy conocida y se suele denominar con el término de Guerras Híbridas. El discurso tiene varios planos. El primero, reclamar la solución de los problemas haciendo recaer la responsabilidad de forma exclusiva en el gobierno. El segundo, llamamientos genéricos a la democracia y al ejercicio de las libertades. Y el tercero, relacionar todo lo que ocurre en Cuba con la existencia de un sistema político dictatorial bajo el dominio del Partido Comunista. Los tres planos tienen, hoy por hoy, públicos diferenciados y concreciones políticas singulares. La estrategia es unificarlos y traducirlos en una plataforma alternativa. Eso ya no dependerá solo de EEUU sino de la capacidad del régimen para ofrecer soluciones a los problemas e intervenir en la confrontación político-cultural.

¿Por qué un presidente tan “progresista” como Biden es tan duro con Cuba?

Este tipo de debate parte de un supuesto que tiene que ser demostrado, probado y que hay que explicitar: que EEUU está interesado en un acuerdo con Cuba si se democratiza y hace las reformas pertinentes. Bastaría un cambio de régimen o en el régimen para que los problemas económicos y sociales se solucionaran y el diferendo con EEUU estaría resuelto. Es decir, se elude lo que está en el origen del problema, que EEUU no aceptará una Cuba independiente, soberana y su derecho a determinar su forma de gobierno. No hay que irse demasiado lejos; basta conocer la historia de Cuba y, sobre todo, lo que ha pasado en Centroamérica y en el Caribe estos últimos decenios: mirar lo que pasó y pasa en Venezuela o el golpe de Estado de Bolivia, reconocido, dicho sea, al paso, por todos los gobiernos que dicen defender los derechos y libertades democráticas. Todos aspirarían a tener una democracia y unos derechos sociales como los países del norte de Europa. Pero la pregunta que habría que hacerse es ¿qué democracia estaría dispuesta a permitir el gobierno norteamericano?, ¿qué tipo de derechos y qué libertades para las mayorías?, ¿qué soberanía política?

4. En tiempo de tribulación: el coraje de decir la verdad y defenderla

El viejo problema de las antagónicas relaciones del imperialismo con los procesos de democratización política y social sigue estando ahí y mira de frente. Resulta escandaloso que un país que vive una agresión económico-comercial y sanitaria sin precedente, con costes enormes en derechos, empleo, enfermedades, sufrimientos y muertes tenga, además, que soportar las críticas de las grandes potencias occidentales que apoyan al agresor y que consienten su “derecho soberano” a intervenir en un país como Cuba. Condenar a las víctimas y apoyar a los agresores no solo es una injusticia de grandes proporciones, sino una flagrante violación del derecho internacional que expresa con mucha precisión el mundo que viene.

En tiempos de tribulación no hacer reformas. Eso nunca lo dijo Ignacio de Loyola; es una leyenda urbana. Lo que dijo el fundador de los jesuitas fue: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanzas”. Es la quinta regla de sus ejercicios espirituales. Tiempos de desolación frente a tiempos de consuelo, de vigor, de fuerza de las convicciones, de fe. Precisamente porque estamos en tiempos de desolación no basta con reafirmar proyectos, valores, programas; hacen falta reformas reales y efectivas capaces de responder –y si es posible anticiparse– a un contexto geopolítico, tecnológico y cultural que muta con una enorme radicalidad. Las revoluciones, como ha señalado Juan Valdés, son hechos singulares y excepcionales; el modo normal que tienen estas de garantizar su futuro son las reformas, entendidas como cambios sustanciales que promuevan mayor justicia social; democraticen el conjunto de las instituciones políticas y sociales y que generen, es lo fundamental, un nuevo consenso político-cultural.

La clave es decir la verdad. La verdad en política es construcción colectiva, debate público y definición de estrategias, es decir, análisis realista de lo que hay, identificación precisa de los problemas y los modos e instrumentos para superarlos. La cuestión real: ¿qué reformas? ¿qué ritmos e instrumentos? En un contexto definido por un bloqueo que aceleradamente se convierte en asedio, ni repliegue esencialista ni apertura ingenua ante una gran potencia que no reconoce la legitimidad del gobierno de Cuba y que sueña, desde hace más de un siglo, en convertirla en un Guantánamo ampliado.

¿Dónde está lo nuevo? En que para una parte de la juventud cubana el “relato” de la Revolución ha perdido vigor, fuerza; se ha convertido en un pasado que poco o nada tiene que ver con sus vidas y, sobre todo, con su futuro. Es una crisis generacional común en muchas partes del planeta y, especialmente, en América Latina. Es también un viejo problema que vivió el socialismo que existió: cada generación tiene que hacer cuentas con la revolución, con sus proyectos y con sus promesas. La vara de medir tiene que ver siempre con la coherencia entre el hacer y el decir, entre las proclamas y la realidad a la luz de la ejemplaridad de los dirigentes. La revolución cubana, como casi todas, fue hecha por las generaciones jóvenes. Los “viejos que fueron jóvenes” conocieron bien una coyuntura histórica donde rebeldía, afán justiciero y cambios culturales profundos exigían repensarlo todo y desde el principio. El debate, a estas alturas, es inevitable; la batalla de ideas debe hacerse en serio y con veracidad, huyendo de la propaganda y de las autoafirmaciones. Ni paternalismo ni adulación. Ir hasta el fondo. Discutiendo los problemas con rigor; mirando al pasado críticamente, analizando el presente buscando soluciones económicamente factibles y socialmente viables. El punto de vista claro y distinto: defensa de la soberanía desde la justicia social, las conquistas históricas y la democracia republicano-socialista. Sobre todo, modestia y firmeza [1]Este articulo resume un trabajo más amplio en proceso de elaboración.

Notas

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1 Este articulo resume un trabajo más amplio en proceso de elaboración

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