jueves, diciembre 1, 2022
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Crisis Religiosa terminal en la crisis civilizacional

Si se habla de una crisis civilizacional actual, cabe preguntarse si incluye también una crisis religiosa, y si ésta sería una parte de aquella, o su consecuencia, o tal vez una de sus causas. 

La crisis religiosa se ve con simplemente abrir los ojos, y lleva varias décadas con la voz cantante en las estadísticas. Sus raíces se suelen trazar con facilidad hasta el surgimiento de la Modernidad y su agravamiento histórico se suele situar por los años 60-70 del siglo pasado, en el momento en el que el cristianismo, que llevaba varios siglos a la defensiva, se abre a la Modernidad, tanto en el catolicismo como en el protestantismo (Vaticano II 1965, Upsala 1968, Mouvement Èglise et Societé, World Council of Churches…). Fue una sorpresa histórica (un kairós, teológicamente hablando) difícil de explicar: por qué una fortaleza atrincherada ante la Modernidad durante siglos se abrió voluntariamente, salió de sí y aceptó los postulados modernos con espíritu reconciliador. Y casi sin solución de continuidad en Medellín (1968), se añade el reencuentro con la «segunda Ilustración», la lectura histórica de la realidad, la Causa de la Justicia y de la transformación del mundo, la opción efectiva por los pobres…. Por unos años, muy pocos, pareció que el grave atraso histórico de la Iglesia estaba en camino de solución. 

Pero en aquel mismo momento en que quisimos dar el abrazo a la Modernidad, ésta desfalleció ante la Posmodernidad (mayo del 68). El mundo con el que queríamos dialogar desaparecía y advenía una secularización rampante, avasalladora, en la sociedad y en la Iglesia. 

En el mundo de la Iglesia Católica, el Espíritu que se dice que cuida de ella no estuvo muy lúcido: el Papa Luciani (JPI) murió imprevistamente una noche, sin que hoy todavía se haya esclarecido su muerte. A continuación, en un cónclave de enconado empate entre los contendientes conservadores, fue elegido un desconocido, que resultó ser quien había sido jefe del coetus minor, la minoría derrotada democráticamente en el Concilio, Karol Wojtila, para dirigir una Iglesia que debía poner en marcha el Concilio contra el que él militó. Para completar el cuadro, Wojtila intuyó que quien mejor le podría ayudar sería un progresista arrepentido, Josep Ratzinger, a quien ofreció el timón de la Inquisición, a la sazón llamada Congregación para la Doctrina de la Fe. 

Así, el legado conciliar, que nuestra generación había asumido entusiasmada, se convirtió en una fuente de sufrimiento y frustración, en un invierno eclesial (Rahner) impuesto autoritariamente. Quedaron rotos los puentes de acercamiento de la Iglesia al mundo y las fuerzas más creativas de ésta fueron en buena parte neutralizadas. 

La crisis religiosa se ve con simplemente
abrir los ojos, y lleva varias décadas con
la voz cantante en las estadísticas

El acceso de Jorge Mario Bergoglio ha traído novedades llamativas, pero ninguna que revierta la debilidad estructural creciente de la Iglesia. Las restricciones sociales impuestas por la pandemia han propiciado a su vez sorpresas más grandes. Durante su transcurso, Francia, la «hija primogénita de la Iglesia», ha alcanzado el 51% de no creyentes: «Francia ya no es católica», proclamaron los medios. En Brasil –supuestamente el país católico mayor del mundo–, los jóvenes discutiblemente llamados «sem religião» ya son más que los evangélicos, que a su vez son más que los católicos. También durante la pandemia, la tasa de decrecimiento de los creyentes en España se ha acelerado más que triplicadamente en los primeros veinte años de este mismo siglo XXI, y sólo ya uno de cada diez matrimonios se celebran «por la Iglesia».

Si cupiera la metáfora, esta crisis religiosa habría que adjetivarla también como «civilizacional», para indicar a la par su carácter radical y disruptivo-incontenible, como la crisis civilizacional que este número de ÉXODO estudia. Para abundar más, con argumento autoritativo, recordemos que un número creciente de pesos pesados en sociología de la religión, de diversas latitudes, coinciden últimamente en hablar de «crisis terminal», de «exculturación social del cristianismo» en países de arraigado abolengo cristiano y católico. Por citar sólo uno, Andrea Riccardi (fundador de la Comunità di Sant’Egidio), citando a los mayores sociólogos de la religión, habla de la perspectiva de que en 2048 podría celebrarse en Francia el último bautizo y en 2031, el último matrimonio católico, o incluso de la desaparición por completo de los sacerdotes en 2044. Hervieu Léger afirma que el cristianismo francés está en un «movimiento de desregulación institucional ya irreversible»; sostiene que «la Iglesia está haciendo frente al riesgo de su propia implosión, en el sentido propio del término; podría decirse -añade- que, quizá, este proceso ya esté de hecho en marcha» (con Jean-Louis Schlegel, Vers l’implosion?, Seuil 2022).

¿Qué nuevo paradigma puede afrontar esto? La teología «axial» ya lo tiene estudiado y tentativamente elaborado no hace mucho tiempo. La Comisión Teológica de la EATWOT, Asociación Ecuménica de Teólogos/as del Tercer Mundo, por ejemplo, ha publicado hace unos pocos años la propuesta teológica de un nuevo paradigma, «pos-religional». No pos-religioso, porque piensa que, mientras seamos homo et mulier sapiens, seremos religiosos; la religiosidad o dimensión espiritual (autoconciencial) del ser humano, persistirá, porque le es constitutiva, pero las religiones, como la forma concreta que la espiritualidad de siempre ha revestido en estos milenios desde el neolítico, no es que vaya a desaparecer, sino que está desapareciendo ya, en un proceso acelerado, como revelan las estadísticas desde la Modernidad (el momento precisamente del inicio del declive del neolítico) y, sobre todo, con el advenimiento de la sociedad del conocimiento, la tecnología intensiva y la consiguiente «telesociabilidad», como han llamado precisamente a uno de los efectos de la pandemia. 

El acceso de Jorge Mario Bergoglio ha traído novedades llamativas, pero ninguna que revierta la debilidad estructural creciente
de la Iglesia

Es crisis religiosa «civilizacional», para decirlo en el contexto del contenido de este número de ÉXODO. Y es «crisis terminal», sí, con la misma «terminalidad» que comparten también el actual neolítico agonizante, la medievalidad resistente y la epistemología mítica tan disimuladamente omnipresente e invisible.

Estas líneas, en tan reducido espacio, han querido ser sólo una invitación. Simplemente, pregunte a google por «paradigma pos-religional» y encontrará los textos principales del paradigma pos-religional, pdfs descargables, las opiniones más autorizadas y elaboradas antropológica y teológicamente: 23 millones y medio de resultados en 0,37 segundos de tiempo de búsqueda. No se lo pierdan. Merece la pena estudiar la razonada propuesta de «paradigma pos-religional». 

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