viernes, agosto 19, 2022
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¿Crisis de civilización?

El mundo está en ebullición, más acelerado –si cabe– que siempre. Solo la inconsciencia o la resignación podrían justificar la indiferencia ante la situación humana y planetaria que estamos atravesando. Porque resulta casi imposible reposar en estos días una mirada complaciente sobre cualquier rincón del planeta sin que el sobresalto o la sorpresa lleguen a despertar nuestra inquietud.  

Existe una forma amable, sin levantar grandes tormentas, de expresar lo que estamos viendo. Y mucha gente, es verdad, prefiere un relato sin alarmismos que puedan bloquear futuras soluciones. Como alecciona la historia de la evolución, la presencia de elementos nuevos que se solapan con los antiguos siempre ha sido inagotable fuente de tensiones que suelen acabar en conflictos y divisiones sociales y políticas. ¡Y ahora los desequilibrios llegan gravemente hasta el mismo planeta!

Hasta cierto punto parece normal que, en estos tiempos, profundamente marcados por la ciencia y las nuevas tecnologías –peligrosa e injustamente escalonadas– las tensiones y discrepancias se dejen sentir con mayor fuerza. Y en esta clave, la forma amable del relato nunca está dispuesta a perder la confianza en el talento humano, siempre dispuesto a sobreponerse a estas situaciones adversas y a acabar convirtiendo las crisis en nuevas oportunidades de vida para humanidad y el planeta.  

Indudablemente es animosa y refrescante esta forma de ver la realidad. Al límite, coincide con la versión última que desearía ofrecernos siempre Éxodo, filosóficamente más cercano a las salidas abiertas y colectivas, interculturales e intergenéricas, inclusivas, por modestas que estas sean, que a las grandes encerronas. Pero la realidad es terca. Y por mucho que queramos ignorarla o disfrazarla, hay una verdad profunda que no podemos silenciar. Lo dejó dicho el teólogo y mártir Ignacio Ellacuría: “debemos ser honestos con realidad”. 

Y una gran parte de la realidad, en este primer cuarto de siglo, se está mostrando particularmente dramática. Tan es así, que, a juicio de nuestros más lúcidos analistas y movimientos sociales más pegados a la tierra, estamos al borde de la posible desaparición de la vida humana en el planeta. ¡Tremenda conclusión! Y la verdad es que, siguiendo sus sabios conocimientos, la crisis de civilización que abordamos en este número de Éxodo –ya anterior, pero, sobre todo, desde la recesión económica del 2008, la pandemia del 2020 y la actual guerra en Ucrania– nos avoca a este severo diagnóstico. Estamos ya al vértigo de la sobrecapacidad de la Tierra. El 29 de junio de 2021 el planeta entró en números rojos, lo que quiere decir que la demanda de recursos y servicios ecológicos en un año supera lo que la tierra puede generar en ese mismo año. El innegable cambio climático acompañado por las otras muchas crisis, como la energética, económica, alimentaria y social está apuntando decididamente al final del sueño del desarrollo indefinido (y aun del sostenible) y poniéndonos al borde del desastre final.

Como refleja acertadamente alguno de nuestros autores, salvando magnitudes y circunstancias, la situación en nuestros días está siendo similar o análoga al hundimiento del Titanic. Con el agravante de que hoy día somos suficientemente conscientes de que las sublimes melodías que acompañaron el hundimiento del “orgullo de los mares” tampoco pudieron, ni entonces ni ahora, salvarnos milagrosamente del batacazo definitivo con el iceberg.

Ante el peligro inminente de este amenazante golpe de gracia a la vida en el planeta, necesitamos no solo tomar conciencia del rumbo equivocado que vamos siguiendo, sino rectificar urgentemente e imaginar alternativas que nos libren, al menos, del desastre. Dejar en manos del actual sistema que está llevando a la humanidad y al planeta a estos límites nunca será acertado ni inteligente. La lógica del sistema, por mucho que se modernice, nunca le permitirá ir contra su propia naturaleza. Es cuestión de unir fuerzas abriéndonos con confianza a las alternativas que, desde hace tiempo, están asomando en el planeta. Es cuestión de decisión política. ¡Y la política está aún en nuestras manos!


In Memorian

Recordando a Gilberto Canal

Todo tiene su tiempo; y una hora todo lo que se quiere debajo de los cielos, dijo el Eclesiastés.

Un tiempo de nacer (verano  de 1936, en Vejacerneja, su patria chica leonesa tan querida); y tiempo de morir, pidiendo un poco de agua, en el pasado invierno de Madrid. Y entre tiempo y tiempo, los tiempos de su vida, a los que denominaba ‘mientras tanto’, la expresión con la que Gilberto pretendía vincular su interés por la finitud de todo lo que pasa con su fidelidad a la esperanza. Y en esa convicción sapiencial transcurrieron los días de un hombre bueno, sencillo, inteligente y culto.

Tiempo de plantar; y tiempo de arrancar lo plantado

Preguntas a cuantos le disfrutaron como profesor, adolescentes o universitarios. Casi todos ignoran los títulos académicos que Gilberto tenía, pero recuerdan con precisión su apuesta por aquella educación que construye la paz, sed lo que queráis en la vida, repetía, pero nunca seáis fanáticos de nada, ya que una mente educada es capaz de entender un pensamiento ajeno sin tener que aceptarlo. 

Tiempo de hablar, y tiempo de callar

Gilberto tenía un don singular para las lenguas. Era, además, la escucha atenta y la palabra exacta.  En directo, tertuliando con las gentes sencillas al amor del fuego o de un buen vino, otras veces en diferido, cuando traducía, digamos mejor que interpretaba, las reflexiones de filósofos, teólogos y otros pensadores, expresadas originalmente en francés, en inglés, en italiano o en alemán.

Tiempo de amar

Amigo de sus amigos y amante de su familia, Gilberto desplegó una ternura sin límites con su hijo Pablo. Y era también amor creyente su adhesión al Evangelio de Jesús Nazaret y a la causa de las bienaventuranzas, de ahí su compromiso con el Centro Evangelio y Liberación, y su pertenencia durante más de treinta años al Equipo de Redacción de su revista. 

Y tiempo de aborrecer todo aquello que amenaza la dignidad de cualquier ser humano. 

Tiempo de llorar (en la muerte), 

y  tiempo de reír (en la alegría del esperado encuentro).  

Tiempo de guerra, y tiempo de paz.

Que en los brazos de Dios, al que llamaba padre, ya sin tiempos, nuestro hermano Gilberto Canal en paz descanse. 

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