viernes, mayo 20, 2022
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Avance del fascismo social y posibles alternativas

El crecimiento estructural de la exclusión social, y la consiguiente extensión de unos estados de naturaleza que no dan cabida a las opciones de salida individuales o colectivas, implica una crisis de tipo paradigmático, un cambio de época, denominado desmodernización o contramodernización. Se trata de una situación de mucho riesgo. La cuestión que cabe plantearse es si, a pesar de todo, contiene oportunidades para sustituir virtuosamente el viejo contrato social de la modernidad por otro capaz de contrarrestar la proliferación de la lógica de la exclusión.

Surgimiento del fascismo social

Analicemos los riesgos. A mi entender, todos pueden resumirse en uno: el surgimiento del fascismo social. No se trata de un regreso al fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata, como entonces, de un régimen político sino de un régimen social y de civilización. El fascismo social no sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo, sino que la fomenta hasta el punto de que ya no resulta necesario sacrificarla para promover el capitalismo. Se trata, por tanto, de un fascismo pluralista y, por ello, de una nueva modalidad de fascismo. Las principales formas de la sociabilidad fascista son las siguientes:

  • La primera es el fascismo del apartheid social: la segregación social de los excluidos dentro de una cartografía urbana dividida en zonas salvajes y zonas civilizadas. Las primeras son las del estado de naturaleza hobbesiano; las segundas, las del contrato social. Estas últimas viven bajo la amenaza constante de las zonas salvajes y para defenderse se transforman en castillos neofeudales, en estos enclaves fortificados que definen las nuevas formas de segregación urbana. La división entre zonas salvajes y civilizadas se está convirtiendo en un criterio general de socialibilidad, en un nuevo espacio-tiempo hegemónico que cruza todas las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales, y que se reproduce en las acciones tanto estatales como no estatales.
  • La segunda forma es el fascismo del Estado paralelo. Definen aquellas formas de la acción estatal que se caracterizan por su distanciamiento del derecho positivo. Pero en tiempos de fascismo social el Estado paralelo adquiere una dimensión añadida: la de la doble vara en la medición de la acción: una para las zonas salvajes, otra para las civilizadas. En estas últimas el Estado actúa democráticamente, como estado protector, por ineficaz o sospechoso que pueda resultar; en las salvajes actúa de modo fascista, como Estado predador, sin ningún propósito, ni siquiera aparente, de respetar el derecho.
  • La tercera forma de fascismo social es el fascismo paraestatal resultante de la usurpación, por parte de poderosos actores sociales, de las prerrogativas estatales de la coerción y de la regulación social. Usurpación, a menudo, completada con la connivencia del Estado, que o bien neutraliza o bien suplanta el control social producido por el Estado. Esta forma de fascismo tiene dos vertientes destacadas: el fascismo contractual y el fascismo territorial. El contractual se da cuando la disparidad de poder entre las partes del contrato civil es tal que la parte débil, sin alternativa al contrato, acepta, por onerosas y despóticas que sean, las condiciones impuestas por la parte poderosa. El proyecto neoliberal de convertir el contrato de trabajo en un simple contrato de derecho civil genera una situación de fascismo contractual. Esta forma de fascismo suele seguirse también de los procesos de privatización de los servicios públicos, de la atención médica, de la seguridad social, la electricidad, etc. El contrato social que regía la producción de estos servicios públicos por el Estado de bienestar o el Estado desarrollista se ve reducido a un contrato individual de consumo de servicios privatizados. De este modo, aspectos decisivos en la producción de servicios salen del ámbito contractual para convertirse en elementos extracontractuales, es decir, surge un poder regulatorio no sometido al control democrático. Con estas incidencias extracontractuales, el fascismo paraestatal ejerce funciones de regulación social anteriormente asumidas por un Estado que ahora, implícita o explícitamente, las subcontrata a agentes paraestatales. Esta cesión se realiza sin que medie la participación o el control de los ciudadanos, de ahí que el Estado se convierta en cómplice de la producción social de fascismo paraestatal.

La segunda vertiente del fascismo paraestatal es el fascismo territorial, es decir, cuando los actores sociales provistos de gran capital patrimonial sustraen al Estado el control del territorio en el que actúan o neutralizan ese control, cooptando u ocupando las instituciones estatales para ejercer la regulación social sobre los habitantes del territorio sin que éstos participen y en contra de sus intereses. Se trata de unos territorios coloniales privados situados casi siempre en Estados poscoloniales.

  • La cuarta forma de fascismo social es el fascismo populista. Se crean dispositivos de identificación inmediata con unas formas de consumo y unos estilos de vida que están fuera del alcance de la mayoría de la población. La eficacia simbólica de esta identificación reside en que convierte la interobjetualidad en espejismo de la representación democrática, y la interpasividad en única fórmula de participación democrática.
  • La quinta forma de fascismo social es el fascismo de la inseguridad. Se trata de la manipulación discrecional de la inseguridad de las personas y de los grupos sociales debilitados por la precariedad del trabajo o por accidentes y acontecimientos desestabilizadores. Se generan unos niveles de ansiedad y de incertidumbre respecto al presente y al futuro tan elevados que acaban rebajando el horizonte de expectativas y creando la disponibilidad a soportar grandes costos financieros para conseguir reducciones mínimas de los riesgos y de la inseguridad.

Este fascismo funciona poniendo en marcha dos tipos de ilusiones: ilusiones retrospectivas y prospectivas. Resulta hoy especialmente visible en el ámbito de la privatización de las políticas sociales. Las ilusiones retrospectivas avivan la memoria de la inseguridad y de la ineficacia de los servicios estatales encargados de realizar esas políticas. La producción de esta ilusión sólo se consigue mediante viciadas comparaciones entre condiciones reales y criterios ideales de evaluación de esos servicios. Las ilusiones prospectivas intentan, por su parte, crear unos horizontes de seguridad supuestamente generados desde el sector privado y sobrevalorados por la ocultación de determinados riesgos, así como de las condiciones en que se presta la seguridad. Estas ilusiones prospectivas proliferan hoy en día sobre todo en los seguros médicos y en los fondos privados de pensiones.

  • La sexta forma es el fascismo financiero. Se trata quizás de la más virulenta de las sociabilidades fascistas. Es el fascismo imperante en los mercados financieros de valores y divisas, en la especulación financiera, lo que se ha venido a llamar “economía de casino”. Es el fascismo más pluralista y, por ello, el más virulento, ya que su espacio-tiempo es el más refractario a cualquier intervención democrática. Este espacio-tiempo instantáneo y global, combinado con el afán de lucro que lo impulsa, confiere un inmenso y prácticamente incontrolable poder discrecional al capital financiero: puede sacudir en pocos segundos la economía real o la estabilidad política de cualquier país; sólo dos de cada cien dólares pertenecen a la economía real. Los mercados financieros son una de las zonas salvajes del sistema mundial, quizá la más salvaje. La discrecionalidad en el ejercicio del poder financiero es absoluta y las consecuencias para sus víctimas, a veces pueblos enteros, pueden ser devastadoras.

La virulencia del fascismo financiero reside en que, al ser el más internacional, está sirviendo de modelo y de criterio operacional para las nuevas instituciones de la regulación global. Unas instituciones cada vez más importantes, aunque poco conocidas por el público, caso de los Acuerdos Multilaterales de Inversión o de las empresas de rating, es decir, empresas internacionalmente reconocidas para evaluar la situación financiera de los Estados y los riesgos y oportunidades que ofrecen a los inversores internacionales. Los agentes de este fascismo financiero, en sus varios ámbitos y formas, son unas empresas privadas cuyas acciones vienen legitimadas por las instituciones financieras internacionales y por los Estados hegemónicos. Se configura así un fenómeno híbrido, paraestatal y supraestatal, con un gran potencial destructivo: puede expulsar al estado natural de la exclusión a países enteros.

Sociabilidades alternativas

Los riesgos son demasiado graves para permanecer cruzados de brazos. Deben encontrarse alternativas de sociabilidad que neutralicen y prevengan esos riesgos y desbrocen el camino a nuevas posibilidades democráticas. Deben definirse del modo más amplio posible los términos de una reivindicación cosmopolita capaz de romper el círculo vicioso del precontractualismo y del poscontractualismo. Se debe reclamar la reconstrucción y reinvención de un espacio tiempo que permita y promueva la deliberación democrática. Tres principios que pueden inspirar esa reinvención son:

  • El primero es que no basta con elaborar alternativas. Este pensamiento ha demostrado ser propenso a la inutilidad. El paso de un conocimiento como regulación a uno como emancipación no es sólo de orden epistemológico, sino que implica un tránsito a la acción.
  • Por ello, el segundo principio director de la reinvención de la deliberación democrática es centrar la atención en la distinción entre acción conformista y acción rebelde, esa acción que denomino siguiendo a Epicuro y Lucrecio, acción con clinamen; el conocimiento como emancipación es un conocimiento que se traduce en acciones con clinamen (acción turbulenta de un pensamiento en turbulencia). Ese pensamiento puede redistribuir socialmente la ansiedad y la inseguridad, creando las condiciones para que la ansiedad de los excluidos se convierta en motivo de la ansiedad de los incluidos hasta hacer socialmente patente que la reducción de la ansiedad de los unos no se consigue sin reducir la ansiedad de los otros.
  • Y el tercer principio: puesto que el fascismo social se alimenta básicamente de la promoción de espacios-tiempo que impiden o restringen los procesos de deliberación democrática, la exigencia cosmopolita debe tener como componente central la reinvención de espacios-tiempo que promuevan la deliberación democrática.

El objetivo final es la construcción de un nuevo contrato social, muy distinto al de la modernidad. Debe ser más inclusivo, que abarque no ya sólo a los grupos humanos, sino también a la naturaleza. Además, será un contrato más conflictivo, porque la inclusión debe hacerse siguiendo tanto criterios de igualdad como de diferencia. En tercer lugar, a diferencia del contrato social moderno, no puede limitarse al espacio-tiempo nacional y estatal. Y por último, el nuevo contrato no se basa en una clara distinción entre Estado y sociedad civil, entre economía, política y cultura o entre público y privado. La deliberación democrática, en cuanto exigencia cosmopolita, no tiene sede ni forma institucional específicas.

 

 

 

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