jueves, septiembre 23, 2021
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¿Apartheid en el siglo XXI?

Introducción

En mayo pasado el mundo asistió a una nueva escalada violenta en el territorio de Palestina-Israel.La desigual confrontación entre los cohetes de fabricación artesanal de la resistencia palestina y los bombardeos masivos con aviones F16 israelíes dejó un saldo de 11 israelíes y 250 personas palestinas muertas (67 de ellas, niñas y niños), además de inmensa destrucción de viviendas, edificios e infraestructura civil en Gaza. Al igual que en el brutal ataque de 2014, familias enteras fueron aniquiladas. Los dos millones de habitantes de Gaza (la mitad menores de edad) continúan bajo bloqueo israelí por agua, tierra y mar desde hace 14 años, lo que ha hundido a esa minúscula franja de tierra –uno de los lugares más densamente poblados del mundo– en una de las peores crisis humanitarias actuales.

Durante los 11 días que duró esta masacre, el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU fue incapaz de aprobar una resolución ordenando un alto el fuego porque Estados Unidos la vetó tres veces. Desde 1970 ese país ha bloqueado 53 resoluciones críticas a Israel, usando de forma abusiva el polémico poder de veto que tienen los cinco miembros permanentes del CS (las potencias ganadoras de la segunda guerra mundial) que ejercen el poder real en la ONU.

Muchos argumentan que la crisis sin resolver en Palestina-Israel[1]Eludo usar el término “conflicto”, pues lo considero inadecuado y engañoso para dar cuenta de su origen colonial, como explicaré. no es la peor en el mundo si se la compara con otras como Siria, Yemen o R. D. del Congo. Pero es la única que permanece en la agenda de la ONU desde su creación en 1945. Y la población refugiada palestina es la más antigua y numerosa del mundo (tres o cuatro generaciones), estimada entre 6 y 7 millones de personas[2]El origen de la población refugiada palestina es la supuesta ‘guerra’ de 1948, que en realidad fue un proceso de limpieza étnica (conocido como Nakba en árabe) por el cual las milicias … Continue reading.

La excepcionalidad e impunidad de Israel

Por más de siete décadas hemos asistido a una especie de esquizofrenia en la ONU: por un lado, la Asamblea General, los comités que monitorean el cumplimiento de los pactos, el Consejo de DD.HH., los relatores especiales y hasta la Corte Internacional de Justicia emiten resoluciones que condenan las políticas de Israel hacia el pueblo palestino; y, por el otro, no hay voluntad política de tomar medidas coercitivas para hacerlas cumplir. De hecho, Israel es el Estado que ha recibido más condenas en la ONU; en la Asamblea General de 2020 recibió 17, el triple que el resto de los países, que sumaron seis.

¿Por qué entonces tanta impunidad y tan prolongada? La respuesta es geopolítica: el Estado de Israel –como materialización del proyecto sionista– es un bastión de los intereses de las potencias occidentales implantado en medio del mundo árabe, a la entrada de una región estratégica. Y el sionismo es un típico proyecto colonialista: surgido en Europa central a fines del siglo XIX, se propuso apoderarse de la tierra de Palestina para construir allí un “hogar nacional judío” eliminando a su población árabe nativa, como hacen todos los proyectos de asentamiento colonial. Así lo declararon explícitamente Theodor Herzl y los fundadores del sionismo. En las primeras décadas del siglo XX –con apoyo y complicidad del Mandato Británico– se promovió la emigración judía masiva desde Europa hacia Palestina, proceso que se aceleró por el ascenso del nazismo.

De no haber contado con el apoyo de las potencias imperiales –primero Gran Bretaña y luego Estados Unidos–, el movimiento sionista por sí solo no podría haber sido tan exitoso en implantar un Estado judío en un territorio y una región árabe, donde las personas de confesión judía eran una notoria minoría[3]A principios del siglo XX la población árabe de Palestina estaba compuesta por una mayoría musulmana (más del 80 por ciento), una minoría cristiana (12 por ciento) y una minoría judía aún … Continue reading. De hecho, los líderes sionistas decían abiertamente que el suyo era un proyecto colonial de interés para Europa; pero cuando tras las guerras mundiales se inician procesos de descolonización en el mundo y hablar de colonialismo pasó a estar mal visto, reconvirtieron su discurso y pasaron a hablar de lucha de independencia (judía). Así, ya a contramano de la descolonización que se estaba dando en la región del Levante, el sionismo logra materializar su proyecto colonial y occidental; eso explica el apoyo cerrado que por siete décadas ha recibido de Europa y EE.UU.

Más aún: la ONU, que en 1947 aprobó la recomendación de partir el territorio de Palestina (Resolución 181) y entregarle el 55% del mismo a la minoría judía (en su mayoría inmigrante y europea), no era la de hoy: con apenas dos años de vida, tenía solo 57 miembros. En las décadas siguientes se incorporarían una cantidad de nuevos países descolonizados del Sur Global, que votan mayoritariamente a favor del pueblo palestino pero no tienen poder real.

El movimiento sionista ha sabido explotar la culpa europea por siglos de antisemitismo y por el genocidio nazi. Esa culpa se convirtió desde el principio en un cheque en blanco para tolerar todos los crímenes, primero de las milicias sionistas y después del flamante Estado. De hecho, entre 1947 y 1949, los observadores de la ONU en Palestina fueron testigos directos de las masacres y la limpieza étnica cometidas por las tropas sionistas, incluyendo el asesinato de Folke Bernardotte, su mediador enviado. Y el 11 de mayo de 1949, la ONU admitió a Israel como miembro pleno sin exigirle que cumpliera la condición previa impuesta en su Resolución 194 de 1948: permitir el retorno de la población palestina expulsada y hacinada en campos de refugiados en los países vecinos, que nunca más pudo regresar a sus hogares y tierras perdidas.

Esa impunidad tolerada por la comunidad internacional ha hecho de Israel un niño mimado que al crecer se convirtió en el matón del barrio. El general Moshe Dayan lo dijo con estas palabras: «Israel tiene que ser como un perro rabioso: demasiado peligroso para meterse con él»; ni siquiera con su programa nuclear, que está fuera de toda supervisión internacional. No importa que el Consejo de DD.HH. de la ONU y sus órganos especializados, o las organizaciones palestinas, israelíes e internacionales denuncien las violaciones israelíes de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario: la constante confiscación de tierras palestinas para expandir o construir nuevas colonias (en operaciones violentas del ejército de ocupación y las bandas de colonos armados, verdaderos cuerpos paramilitares); la limpieza étnica y la judaización violenta de Jerusalén Este mediante continuas demoliciones de viviendas y expulsión de la población palestina; el bloqueo inhumano y los bombardeos periódicos sobre la cárcel a cielo abierto que es Gaza; las detenciones de niños y jóvenes solo por protestar; las ejecuciones sumarias cometidas con cualquier pretexto, o ninguno; y un largo etcétera. Los informes rigurosos y bien documentados se suceden sin que ningún país u organismo multilateral tome una sola medida para imponer algún tipo de sanción efectiva que pare los crímenes.

Es Apartheid

Aunque Israel se presenta como “la única democracia de Oriente Medio”, la sociedad civil y la academia de Palestina y del mundo llevan años denunciando que es un régimen de apartheid. El centro ADALAH elaboró una base de datos con más de 65 leyes que discriminan a la población no judía en Israel. Este sistema racista y supremacista quedó en evidencia cuando en 2018 el parlamento aprobó la Ley del Estado Nación Judío; esta ley de carácter constitucional explicita que Israel es el Estado del pueblo judío exclusivamente, que solo el pueblo judío tiene derecho a la autodeterminación, y que la judaización de todo el territorio es un objetivo nacional.

Por si quedaba alguna duda, este año el régimen israelí fue calificado de apartheid por la principal organización internacional de derechos humanos, Human Rights Watch, y por la más importante de Israel, B’Tselem. Rechazando la falsa separación entre el Israel ‘democrático’ y los territorios que ocupa y coloniza, B’Tselem afirma que «En toda la región entre el Mar Mediterráneo y el río Jordán, el régimen israelí implementa leyes, prácticas y violencia estatal con un diseño destinado a cimentar la supremacía de un grupo: el judío, sobre otro: el palestino.»

Se podría citar infinidad de ejemplos del apartheid; menciono algunos de ellos: el 93% de la tierra en Israel está reservada para la población judía; una persona judía nacida en cualquier parte del mundo puede emigrar a Israel y recibir al instante la nacionalidad y todos los derechos asociados (que se le niegan a las personas no judíasnacidas allí), pero a la población palestina expulsada en 1948 o a sus descendientes no se les permite regresar; en el territorio ocupado hay dos sistemas jurídicos: civil, para la población colona judía, y militar, para la población nativa palestina; Israel anexó ilegalmente Jerusalén en 1980, pero no le dio a sus habitantes palestinos ciudadanía ni derechos civiles.

Un ejemplo reciente es el llamado “apartheid de las vacunas”: Israel, presentado como pionero en vacunación, se negó a vacunar a la población palestina en el territorio ocupado, mientras vacunaba a la población judía de las colonias asentadas ilegalmente en ese mismo territorio.

Escuchar las voces palestinas

Con la misma hipocresía que permite la impunidad de Israel, los gobiernos occidentales sostienen que la solución a este largo ‘conflicto’ es que ‘las partes’ retomen las negociaciones para llegar a un ‘acuerdo de paz’. Hay dos falacias en este discurso: por un lado, iguala al opresor y al oprimido, al colonizador y al colonizado, ignorando que no hay negociación posible cuando existe una absoluta asimetría entre las partes; primero hay que acabar con la violencia del victimario hacia la víctima, no invitarles a negociar. Y, por otro lado, se ignora que durante 30 años –desde que se inició el proceso de Oslo– Israel utilizó el “proceso de paz” para ganar tiempo y consolidar su colonización del territorio palestino con hechos consumados irreversibles: construyó infraestructura y miles de nuevas colonias y triplicó la población colona en el territorio ocupado (que hoy es más de 600.000 personas). Israel demostró hace mucho tiempoque no tiene la menor intención de devolver un ápice del territorio apropiado; esto es sabido por los gobiernos occidentales, que no obstante siguen repitiendo ese mantra para justificar su inacción y su complicidad con el statu quo.

La Ley del Estado Nación Judío explicita que Israel es el Estado del pueblo judío exclusivamente y que la judaización de todo el territorio es un objetivo nacional

¿Cuál es la salida entonces? La respuesta es escuchar a las voces palestinas, que reclaman libertad, igualdad y justicia. Desde 2005, unas 170 organizaciones sociales, religiosas, sindicales, feministas y humanitarias palestinas llamaron a la sociedad civil internacional a realizar campañas de boicot, desinversión y sanciones a nivel económico, cultural, deportivo, académico, y a exigir un embargo militar a Israel hasta que respete el derecho internacional, y cumpla las resoluciones de la ONU. Sabiendo que nada se puede esperar de los gobiernos, invitan a que los pueblos tomen en sus manos la iniciativa de construir la presión desde abajo. En estos años la campaña BDS ha crecido y obtenido victorias en todo el mundo; la más importante, contribuir a un cambio en la percepción de la opinión pública –incluso judía– para ver a Israel como lo que es: un régimen de apartheid[4]En el Estado español cabe destacar: la campaña Espacios Libres de Apartheid Israelí (ELAI) a la que se unieron centenares de instituciones y ayuntamientos; y la campaña en curso para exigir a la … Continue reading.

Las comunidades cristianas de Palestina integran el movimiento BDS porque son parte del pueblo palestino. Inspiradas en el llamamiento que las iglesias sudafricanas hicieron en 1985 a las y los cristianos del mundo para que les ayudaran a derrotar al apartheid, en 2009 dieron a conocer el documento Kairós Palestina. Una década después, el movimiento ecuménico nuclea a personas laicas, sacerdotes, pastores y teólogos de al menos cinco denominaciones. Desde entonces, y con variadas respuestas (mucho más potentes y sostenidas en el mundo anglosajón, desde América del Norte hasta India y Sudáfrica), vienen reclamando a las iglesias, comunidades e instituciones cristianas de todo el mundo:

  • Dar a conocer su palabra de denuncia y la situación que viven bajo el apartheid.
  • “Venid y ved”: que quienes organizan visitas a Tierra Santa las hagan con agencias, itinerario y perspectiva palestinas, y que tomen contacto con las comunidades locales.
  • Abordar la opresión de Palestina en los espacios de diálogo judeocristiano o interreligioso.
  • Adoptar medidas de boicot, desinversión y sanciones (BDS) y todo lo que contribuya a que Israel pague algún precio por mantener el apartheid.
  • Refutar la teología del sionismo cristiano y su apoyo político a Israel y dar a conocer la teología palestina.
  • Denunciar y hacer incidencia ante los gobiernos para que obliguen a Israel a respetar el Derecho Internacional y las resoluciones de la ONU.

En resumen, ejercer una solidaridad costosa con el oprimido, sin temor de enfrentar al opresor.

Los dilemas de Israel

Hasta ahora Israel parece haber ganado su guerra contra el pueblo palestino. Sin embargo, desde una perspectiva histórica dinámica se enfrenta a un dilema que no tiene solución: domina toda la tierra entre el Mediterráneo y el Jordán, pero se niega a aceptar a la población palestina que la habita. Y por eso hay muchas preguntas difíciles de responder: ¿Cuánto tiempo más puede gobernar un territorio negándole derechos básicos a la mitad de las personas que viven en él?[5]Hoy en día hay siete millones de personas judías e igual número de personas árabes (cifra que se duplica contando a la población refugiada). ¿Puede ser un Estado judío en un territorio donde la mitad de la población no lo es? Más aún: ¿puede ser democrático y a la vez judío? ¿Puede haber en el siglo XXI una ‘democracia’ de signo étnico o religioso? En otras palabras, ¿hay lugar para un régimen de apartheid en el siglo XXI? ¿Por cuánto tiempo más contará con la complicidad de los países del norte ‘iluminado’?

¿Hay lugar para un régimen de apartheid en el siglo XXI? ¿Por cuánto tiempo más contará con la complicidad de los países del norte ‘iluminado’?

Como señal esperanzadora, cada vez más intelectuales y colectivos judíos en todo el mundo están llegando a la convicción de que no hay salida posible sin superar el sionismo, es decir, el proyecto colonial y supremacista que otorga a las personas judías derechos que les niega a las que no lo son. Por eso, parafraseando a Martin Luther King, podemos ‘tener un sueño’: llegará un día en que todas las personas que habitan en esa tierra sean consideradas iguales en dignidad y derechos, sin importar su origen étnico, religioso o nacional; y que quienes están en el exilio y en los campos de refugiados podrán regresar a una Palestina libre, democrática y descolonizada. La ONU impuso sanciones al apartheid sudafricano. Lo mismo debería hacer con el apartheid israelí. No sabemos cuándo llegará su fin. Pero podemos empezar a preguntarnos qué estamos haciendo, o qué podemos empezar a hacer, para contribuir a convertirlo en un hecho del pasado.

Notas

Notas
1 Eludo usar el término “conflicto”, pues lo considero inadecuado y engañoso para dar cuenta de su origen colonial, como explicaré.
2 El origen de la población refugiada palestina es la supuesta ‘guerra’ de 1948, que en realidad fue un proceso de limpieza étnica (conocido como Nakba en árabe) por el cual las milicias sionistas expulsaron a casi 800.000 personas de sus tierras y hogares, y destruyeron 510 localidades palestinas; sobre sus ruinas se implantó el Estado de Israel, que hasta hoy prohibe el retorno de esa población refugiada por considerarla una amenaza demográfica.
3 A principios del siglo XX la población árabe de Palestina estaba compuesta por una mayoría musulmana (más del 80 por ciento), una minoría cristiana (12 por ciento) y una minoría judía aún más pequeña (4 o 5 por ciento). Tras cuatro décadas de inmigración masiva, en 1948 este grupo constituía la tercera parte de la población de Palestina.
4 En el Estado español cabe destacar: la campaña Espacios Libres de Apartheid Israelí (ELAI) a la que se unieron centenares de instituciones y ayuntamientos; y la campaña en curso para exigir a la empresa vasca CAF que se retire del proyecto del tranvía que Israel construye en Jerusalén Este para conectar sus colonias ilegales.
5 Hoy en día hay siete millones de personas judías e igual número de personas árabes (cifra que se duplica contando a la población refugiada).

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