jueves, diciembre 3, 2020
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AMÉRICA LATINA: NUEVA IZQUIERDA, VIEJOS PROBLEMAS

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Juan Carlos Monedero –
 
POR las mismas fechas en que el preso Orlando Zapata moría en una cárcel cubana tras una larga huelga de hambre, aparecía en Macarena, al sur de Bogotá, una fosa común con 2000 personas asesinadas por el ejército colombiano. No una ni diez ni cien: dos mil seres humanos intencionalmente ejecutados por las fuerzas encargadas de garantizar en última instancia la Constitución de su país. Eran parte de lo que, en un exceso eufemístico, se llamaron los “falsos positivos”: campesinos, sindicalistas y personas sin recursos económicos asesinados por militares colombianos y presentados como guerrilleros con el fin de cobrar la recompensa ofrecida por el Gobierno (al tiempo que se mantenía la guerra sucia contra cualquier tipo de oposición). El entonces Ministro de Defensa, Manuel Santos, no vería castigada en las elecciones de junio de 2010 aquella aberración y solventaría sin mayor problema su camino al Palacio de Nariño para continuar, ya con la banda presidencial cruzándole el pecho, la tarea securitaria articulada junto al saliente Presidente Uribe, fiel aliado occidental pese a estar acusado por los propios servicios de inteligencia norteamericanos de estrechas vinculaciones con el narcotráfico. Esa vinculación entre los intereses norteamericanos y los de una pequeña élite latinoamericana, siempre otorgó a los gobernantes del Sur una sensación de impunidad apenas rota con la irrupción sorpresiva de Chávez en el gobierno de Venezuela a finales de los noventa. No deja de ser sintomático que la principal contendiente del ex teniente coronel Hugo Chávez en las elecciones de 1988 era una ex Miss Universo en un país que en ese momento tenía tasas de pobreza que excedían el 60%. Misses en la CNN y millones de pobres en los cerros. Cada cual en su sitio.

América Latina, en la condición de patio trasero de los Estados Unidos, siempre ha estado al servicio de los intereses estadounidenses. Estos han sido, en cualquier caso, económicos y, de vez en cuando, también geopolíticos cuando se trataba de la lucha por la hegemonía mundial. Esta asunción está tan interiorizada que en el libro de 1997 de Zbiegnev Brzezinski (el mentor de Samuel Huntington y director de la Trilateral) El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, hoja de ruta de la política exterior norteamericana en los últimos 15 años, ni siquiera se consideraba al continente latinoamericano. Tanta era la asunción de que América Latina era política doméstica dictada desde Washington. El modelo neoliberal no nació en Europa con Margaret Thatcher en 1979 (ni siquiera un año antes, con la elección de un Papa polaco con un férreo ideario anticomunista), y tampoco en 1980 con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca como punto de llegada de una estrategia conservadora que había empezado en la lucha contra el mayo del 68.

El neoliberalismo irrumpe en lo económico con la disolución del modelo de Bretton Woods en 1973, con la creación ese año del primer gobierno en la sombra de la globalización –la Trilateral– y, sobre todo, con el golpe de Estado contra Salvador Allende y la Unidad Popular el 11 de septiembre de ese relevante año. Los años setenta, ochenta y noventa son décadas donde América se puso al servicio del mantenimiento de la tasa de beneficio del Norte, primero a través del servicio de la deuda, luego a través de la construcción en el Sur de modelos exportadores (aunque quedasen sin abastecer los mercados nacionales) y, finalmente, con tratados de libre comercio articulados para que tanto Estados Unidos como la Unión Europea exportaran sus bienes y, en el mejor de los casos, usaran el suelo latinoamericano como lugar de ensamblado de piezas construidas en el Norte (la maquila), campo abierto para explotaciones mineras muy perjudiciales para el medio ambiente o dedicaran el grueso de sus suelos a forraje para alimentar el ganado que consumirá ligada el mundo rico (la agroindustria, ligada por otro lado a los transgénicos y al robo de patentes de los pueblos ancestrales).

Es en ese contexto en donde deben entenderse las respuestas populares latinoamericanas al modelo neoliberal de los últimos veinte años y que terminaron consolidando un panorama novedoso con gobiernos de lo que se ha llamado “nueva izquierda”. A diferencia de la izquierda tradicional, esta nueva izquierda bebe más de la sociedad civil que de los partidos (fue la sociedad civil, entre ellos la iglesia popular, quien sufrió y combatió las dictaduras una vez prohibidos los partidos), y se caracterizan por su firmeza “anti imperialista” (Estados Unidos como un enemigo que se esfuerza en parecer tal), un compromiso económico redistribuidor y una política clara de recuperación de las riquezas naturales. Son estos factores los que llevan a que sean recurrentemente señalados como un nuevo “eje del mal”, ahora con epicentro caribeño. Hugo Chávez, que ha ganado 13 elecciones sancionadas como limpias por los organismos internacionales, es un dictador. Mientras, cada día la prensa venezolana o las televisiones invitan a derrocar por la fuerza al Presidente Chávez o, incluso, proponen su asesinato. ¿Qué pasaría si alguien se atreviera a decir lo mismo en España del Rey? Pero los sectarios siempre son los que no piensan como nosotros.

Chávez, Evo Morales, Correa, Lugo, Lula, los Kirchner, Daniel Ortega, Funes no salen de la nada. Las diferentes crisis de la deuda y el llamado “efecto tequila”, el fraude electoral mexicano de 1988, el caracazo de 1989, la derrota sandinista vinculada al sostenimiento de la contra por los EEUU, el levantamiento zapatista de 1994, el default argentino, la corrupción que terminó llevando al banquillo a buena parte de los dirigentes latinoamericanos de los 80 y 90, son todos elementos que fueron preparando la llegada de esas nuevas fuerzas políticas que, sin embargo, han heredado un pasado duro en forma de debilidad partidista e institucional, fuertes liderazgos –encargados ahora de compensar la fragmentación social, la apatía histórica y la ausencia de consolidación estatal–, retórica popular (descalificada como populista) y un nuevo impulso hacia la integración latinoamericana que ha hecho de la identidad regional uno de los elementos de refuerzo de los esfuerzos transformadores en curso y una garantía frente a la estrategia golpista tradicional impulsada por los Estados Unidos.

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