sábado, noviembre 28, 2020
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Algunas ideas más allá de lo planteado en «Laudato si»

Éxodo 130
– Autor: Luis González Reyes –

“Punto de quiebra” .“La humanidad ha defraudado las expectativas divinas”.
Son dos ideas fuerza y fuertes que empapan el primer capítulo de la acertada encíclica “Laudato si’”. En la apertura de este texto, el papa Francisco desgrana las principales problemáticas ambientales: contaminantes atmosféricos, residuos, cambio climático, acceso a agua potable y pérdida de biodiversidad (“todas las criaturas están conectadas”). La combinación de todas ellas permite hablar de “punto de quiebra”. Pero es aún más justificado si le añadimos un tema sobre el que no entra la encíclica: la crisis energética, el fin de los recursos fósiles más fácilmente accesibles y de mejor calidad, y la incapacidad de sostener una extracción creciente. Me centro en esa última idea con la voluntad de ir más allá de lo mucho que aporta el texto papal.

La crisis energética
Que el petróleo, acompañado por el gas y el carbón, sea la fuente energética básica no es casualidad. El petróleo se caracteriza (en algunos casos se caracterizaba) por: tener una disponibilidad independiente de los ritmos naturales; ser almacenable de forma sencilla; ser fácilmente transportable; tener una alta densidad energética; estar disponible en grandes cantidades; ser muy versátil en sus usos (combustibles de distintas categorías y multitud de productos no energéticos); tener una alta rentabilidad energética (con poca energía invertida se consigue una gran cantidad de energía neta); y ser barato. Una fuente que quiera sustituir al petróleo debería cumplir todo eso. Pero también tener un reducido impacto ambiental para ser factible en un entorno fuertemente degradado.

Ni las renovables, ni la nuclear, ni los hidrocarburos no convencionales (los presentes en aguas profundas o en el ártico, las arenas bituminosas, o los embebidos en rocas duras extraídos mediante fractura hidráulica), ni la combinación de todas ellas es capaz de sustituir a los fósiles.

Las renovables son fuentes más irregulares que los fósiles. Para minimizar esa irregularidad hace falta una potencia instalada notablemente mayor que la que sería necesaria para los combustibles fósiles o la nuclear. Una segunda consecuencia de la irregularidad es una mayor necesidad de almacenar la energía, la gran mayoría de las veces transformada en electricidad. Pero los sistemas actuales tienen fuertes limitaciones.

Otro de los problemas de las energías renovables es que no son suficientes para mantener los niveles de consumo actuales. Los límites físicos a su aprovechamiento con la tecnología actual plantean que probablemente no lleguen ni a la mitad del consumo contemporáneo. Estas limitaciones provienen de tres factores insoslayables: el carácter poco concentrado de las renovables; el que, frente a los combustibles fósiles que se usan en forma de energía almacenada, las renovables son flujos; y que la energía neta que proporcionan muchas de ellas es baja.

A esto hay que añadirle que las renovables, en su formato industrial, son una extensión de los combustibles fósiles más que fuentes energéticas autónomas. Por ejemplo, todas ellas requieren de la minería y el procesado de multitud de compuestos que se realiza gracias a los fósiles. O la alta tecnología usada en las renovables depende de un sistema de fabricación diseminado por todo el planeta y, por lo tanto, anclado al entramado de transporte petrodependiente.

Las renovables se usan fundamentalmente para producir electricidad, sin embargo, la electricidad no sirve para todo. En concreto, no es buena para mover las máquinas pesadas que requieren autonomía de movimiento (camiones, tractores, grúas), ya que las baterías pesan mucho. Tampoco para la industria petroquímica.
Las inversiones en renovables se han incrementado en los últimos años. Además, las mejoras tecnológicas han permitido una rebaja sostenida de costes. Sin embargo, hay que considerar las inversiones para una transición de un sistema energético basado en los combustibles fósiles a otro centrado en las renovables. Aquí las cifras se vuelven astronómicas. Además, el punto de partida es de un uso mínimo de las renovables (no llegan ni al 10% de la energía comercial mundial). Cuando hablamos de los costes monetarios necesarios para la transición, en realidad estos tienen detrás los energéticos, que también serían inmensos.

También hay que considerar el factor tiempo, pues los plazos requeridos para construir las nuevas infraestructuras se adentran mucho en las curvas de caída de la disponibilidad de combustibles fósiles y, por lo tanto, dificultan enormemente la transición energética ordenada. En el capitalismo fosilista, los nuevos sistemas de producción energética se han instalado en 50-60 años. Y en todos los casos no se ha realizado una sustitución de fuentes, sino una adición y, además, no se ha reducido el consumo de energía, sino que ha aumentado.

Además, las renovables tienen problemas para su extensión en los formatos actuales porque se ven afectadas por la crisis ambiental, para empezar porque usan multitud de sustancias que son cada vez menos accesibles.

Todo esto no implica que el futuro no será el de las energías renovables ni que no haya que apostar por ellas. Supone que el futuro será radicalmente distinto del presente.

El resto de fuentes energéticas comparten varios de estos límites. La nuclear requiere de un recurso que se está agotando también, el uranio, además de servir solo para producir electricidad, tener problemas técnicos de todo tipo y arrastrar una gestión de los residuos para nada resuelta. Los agrocarburantes y los hidrocarburos no convencionales proporcionan una energía neta muy pequeña y unos impactos socioambientales gigantescos.

‘Punto de quiebra’
Esta crisis ambiental, combinada con la económica y social (“el verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social”, “la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas”, “la deuda externa de los países pobres se ha convertido en un elemento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica”), justifica plenamente hablar de “punto de quiebra”. En lo que no entra Laudato si’ es en profundizar en las causas de esa quiebra y en cómo sería. A ello vamos.

Por una parte, el sistema actual tiene elementos de resistencia importantes. Uno es que la alta conectividad aumenta la capacidad de responder rápido ante los desafíos. Por ejemplo, si falla la cosecha en una región, el suministro alimentario se puede desplazar a otro lugar del planeta. Otra muestra es el desplazamiento del riesgo a otros lugares fuera de los espacios centrales y del momento actual mediante la ingeniería financiera.

Sin embargo, la conectividad también incrementa la vulnerabilidad del sistema, ya que, a partir de un umbral, no se pueden afrontar los desafíos y el colapso de los distintos subsistemas afecta al resto. El sistema funciona como un todo interdependiente y no como partes que se pueden funcionar aisladas (EEUU, UE, China). Es más, se ha alcanzado la máxima conectividad: ya no existe un afuera del sistema. No hay posibilidad de migrar ni de recibir ayuda de otros sitios.

Además, una mayor conectividad implica que hay más nodos en los que se puede desencadenar el colapso. Por ejemplo, el sistema económico altamente tecnologizado depende cada vez de más materiales, de forma que la posibilidad de que falle uno de ellos aumenta y, con ello, el riesgo.

Pero el capitalismo global no solo está interconectado, sino que es una red que tiene unos pocos nodos que son centrales (sistema financiero, ciudades, etc.). El colapso de alguno de ellos sería (casi) imposible de subsanar y se transmitiría al resto del sistema.

Un segundo factor de vulnerabilidad es la velocidad: “si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica”. Además, el capitalismo (aunque ese término no aparece en el texto) necesita crecer de forma acelerada siguiendo “un patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de los combustibles fósiles” que “no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y deshechos”, requiere del consumismo (“culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas”), se apoya en un “mercado divinizado” y en la “privatización de recursos”, lo que acelera todavía más el desastre socioambiental.

Un tercer elemento de debilidad es que la sociedad capitalista globalizada se ha convertido en una eficiente extractora de recursos del planeta y, por lo tanto, no tiene un colchón con el que afrontar los desafíos que tiene por delante.

Ante todo esto, muchas personas consideran que el intelecto humano será capaz de esquivar el colapso gracias a los avances tecnológicos. No es que el sistema tecno-científico sea impotente, es que tiene límites, los del ser que lo ha creado, el humano. O como dice Laudato si’: “irracional confianza en el progreso y en la capacidad humana”, “la tecnología […] suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros”.

Ante el “punto de quiebra”, aparecen cuatro opciones: que se quede todo en una crisis; realizar un salto adelante; colapso ordenado; o caótico.

La primera es que no devenga un cambio sistémico y todo se quede en una crisis. Podría ocurrir algo como lo que sucedió repetidas veces en la China imperial, en la que los recursos disponibles tenían una tasa de recuperación rápida, principalmente por la sostenibilidad de la agricultura, porque la base del trabajo era humana y animal, y porque las infraestructuras podían servir como cantera de nuevos recursos. Esto permitía que, tras los periodos de crisis, viniesen nuevos momentos de expansión. Las crisis chinas no procedían de un agotamiento de los recursos, sino de un sobreuso moderado. Ninguna de las condiciones se cumplen hoy.

La segunda opción sería realizar un salto adelante. Por ejemplo, al principio de la Revolución Industrial, Inglaterra estaba frente a un problema de límite de recursos (madera). Sin embargo, no sufrió un colapso, sino que realizó una impresionante progresión: sustituyó la madera por el carbón, lo que le permitió además expandir la succión de recursos a muchos más territorios. Pero esto es imposible, especialmente desde el plano material y energético, pero también desde la perspectiva económica.

Por lo tanto, la única forma de evitar el colapso caótico del capitalismo global es reducir el consumo y reorganizar el sistema socioeconómico de forma ordenada. Sería un decrecimiento justo. Pero esto no se está produciendo ni nada apunta que se vaya a llevar a cabo, pues “muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando solo de reducir algunos impactos negativos” y por el “sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas”.

Probablemente, lo que ya estamos viviendo es un colapso de una dimensión nunca antes vista en las sociedades humanas, pues conlleva elementos absolutamente novedosos: i) Las sociedades industriales son las primeras que no dependen de fuentes energéticas y materiales renovables, lo que dificulta enormemente la transición y la recuperación, pues implicará un cambio añadido de la matriz energética y material. ii) El grado de complejidad social es grandísimo y, en consecuencia, el recorrido de simplificación acoplado a su colapso también lo será. iii) La centralización de los nodos del sistema y el grado de extralimitación son cualitativamente inéditos. iv) La reorganización de los ecosistemas será muy lenta y compleja. v) No hay zonas de refugio fuera del mundo globalizado ni de la Tierra.

La forma que adquieran las sociedades por venir es impredecible. Pese a que la encíclica no se adentra más allá del “punto de quiebra”, es posible que por necesidad se impongan algunas de las ideas que sugiere el papa Francisco: “Escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. “No basta con pensar en las distintas especies solo como eventuales ‘recursos’ explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas”. “Crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables”. Y “No hay un solo camino de solución”.

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