miércoles, diciembre 2, 2020
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ABRIENDO CAMINOS…

Éxodo 102 (ener.-febr’10)
– Autor: Débora Ávila –
Una mirada a la inmigración desde las mujeres
 
La decisión (si es que puede hablarse de decisión cuando las circunstancias vitales mandan) de embarcarse en el intento de lograr una nueva vida en un nuevo país, esa pulsión entre la búsqueda de libertad y la acción de las fronteras, tiene protagonistas que no pueden ser reducidos a una única figura, la del “migrante”. Así, la propuesta de estas líneas es adentrarse en la enorme complejidad que encierra un concepto tremendamente unificador, dirigiendo la mirada a una parte de ese todo y desde ahí lanzar el siguiente interrogante: ¿Qué conocemos realmente de las mujeres migrantes?

Curiosamente, diría incluso sintomáticamente, lo primero que me vino a la cabeza al intentar encontrar una respuesta fueron cientos de noticias en prensa, en telediarios y otros programas de televisión, en carteles y folletos colgados en las paredes de muchos de los edificios institucionales. Todos ellos me devolvían siempre la misma imagen: una mujer débil, sola, aislada, con un velo que nos empeñamos en convertir en problemático, captadas y explotadas por mafias, prostitutas, sometidas por sus maridos, hasta tal punto que una y otra vez nos recuerdan que los índices de violencia doméstica son mayores en los hogares formados por personas migrantes. Una mujer víctima o, mejor dicho, convertida en víctima.

E inmediatamente después pensé en Asma, una amiga marroquí que siempre me ha fascinado por la inteligencia de sus palabras. Y la recordé protestando enfadada porque la gente, como ella dice, tuviera siempre una imagen de la mujer inmigrante como una mujer rodeada de problemas, reducida a problemas. Nada más.

Y pensé también en Latifa, en Loubna, en Rafaela, en Moni, en Sumi, en Afroza. Y, por supuesto, pensé en Pepa, en Tere, en Estrella y en Maite, cuyo maravilloso trabajo en el barrio madrileño de Lavapiés me permitió conocer a todas estas mujeres. Y a unas y a otras les propuse sentarnos juntas para pensar acerca de qué es lo que querríamos transmitir sobre las mujeres migrantes. Las palabras son suyas, yo sólo me he encargado de ponerlas por escrito.

Sin negar ni minimizar todas las imágenes que la prensa y los gobiernos nos proporcionan, sí nos parece importante resaltar que la frecuencia de sus apariciones mediáticas no corresponde con la frecuencia de su ocurrencia, sino más bien con la espectacularidad de las mismas. En realidad, se trata de la punta de un iceberg que se asienta sobre todo un sistema de desigualdades, mucho menos visibles e infinitamente más complejas, que condena a la mujer migrante a una doble discriminación que se produce y reproduce en lo cotidiano.

La primera de estas discriminaciones empieza en el acceso al trabajo. Rafaela es una mujer de origen dominicano que lleva afincada en España desde hace más de 19 años. Con la misma fuerza y valentía que transmite nada más conocerla, contaba: “Estamos pringadísimas en ese tema. Es verdad que hemos dado el salto de entrar en el mercado de trabajo pero nos vemos obligadas a coger trabajos precarios, sin seguridad social, mal pagados y con muchísimas horas de dedicación. Este tipo de trabajos casi siempre caen en manos de los grupos vulnerables, y dentro de estos grupos estamos las mujeres, las inmigrantes, los inmigrantes, los sin papeles… Por mucho que digamos que no, que la gente tiene el mismo derecho, pues no, es una cosa que está clarísima… podemos estar igual de preparadas que los ‘españoles’ pero igualdad no es lo que encontramos: sólo lograremos trabajar en ciertos trabajos… Es una realidad que hay muchas mujeres que estamos ahí estancadas, sólo por ser mujeres inmigrantes”.

Ciertamente, la estructuración del mercado laboral así como las distintas normativas y legislaciones en materia de extranjería generan una fuerte estratificación laboral en la que los migrantes ocupan las posiciones más bajas: el propio acceso a la residencia legal coloca a los inmigrantes en las actividades peor remuneradas, de menor cualificación, con jornadas más extensas y, en definitiva, con mayores índices de explotación. A ello se suman en muchos casos las dificultades con el idioma, los escollos para la convalidación de títulos y el racismo en los procesos de selección. Las mujeres, por su condición de migrantes comparten todas estas dificultades de acceso al mercado laboral. Pero a ello suman la carga de “una coletilla de las cosas que tenemos que hacer por ser mujeres, aparte por supuesto del trabajo… me refiero a encargarse de la familia, recoger a los niños, hacer los quehaceres de la casa, cuidar a tu madre, cuidar a tu tía, pues, claro, aunque consiguiéramos estar en la parte de arriba, la gente de arriba piensa ‘no, esta mujer no puede trabajar ahí, no va a dar abasto’. Y eso que lo hacemos, hay mujeres que lo hacemos, hacemos todo eso más todo lo otro”. Esa “coletilla” de la que habla Rafaela, es lo que conocemos como “doble jornada”, resultante de sumar a las extensísimas jornadas de trabajo asalariado, el esfuerzo y las horas invertidas en el cuidado y las tareas domésticas.

Esta vinculación de la mujer con el cuidado y con el universo de lo doméstico es la que explica que la mayoría de las mujeres inmigrantes que acceden a un puesto de trabajo lo haga como trabajadoras domésticas… “Casi siempre en el servicio doméstico, pues siempre que se piensa en cuidados, parece que sean las mujeres las que deben hacerlo…”. A las palabras de Latifa, una emprendedora mujer marroquí que trabaja en el servicio doméstico desde su llegada a España, le dan la razón los datos estadísticos: El año pasado terminó con unas 300.000 personas afiliadas al Régimen Especial de Trabajadores del Hogar, de las que más del 90% son mujeres y cerca del 60%, inmigrantes1. Al lector cuidadoso le habrá llamado la atención, sin duda, que el Régimen de Trabajadores del Hogar reciba el apelativo de “Especial”. ¿Qué significa ser un régimen especial?

“La semana pasada estuve de baja, y cuando me incorporé de nuevo al trabajo, mi jefa me dijo: ‘hay que ir a la Seguridad Social para ver si tienes una prestación’. Sonrío para mis adentros y le respondo que sería ir en balde, pues hasta los 28 días de baja no pagan nada… Tengo 19 años trabajando en este país, sin parar ni un día, y resulta que si a mí me mandan a la calle, yo no cobro ni un día de paro». Rafaela no puede ser más clara: salarios mínimos, día y medio de descanso a lo sumo, jornadas que superan las 60 horas semanales, una cuota única de cotización de de 157,08 euros al mes a pagar a la Seguridad Social, independientemente de la jornada laboral que tenga la empleada, sin posibilidad de acceso a prestaciones por desempleo, bajas laborales que sólo se cobran a partir del día 29, sin derechos en caso de accidentes de trabajo y con un empleador que no está obligado a hacer un contrato por escrito y puede despedir a la empleada al instante si, por ejemplo, ésta queda embarazada o sufre cualquier tipo de accidente que le impida trabajar. Éste es el Régimen Especial de Trabajadores del Hogar, que teje discriminación sobre discriminación en la situación de las mujeres migrantes en nuestro país.

Aun cuando lo descrito asombre por la desigualdad que entraña, el panorama presentado supone el mejor de los casos, pues al menos implica la existencia de un contrato de trabajo. Sin embargo, la invisibilidad característica de este tipo de empleos2 hace que en demasiadas ocasiones, la inscripción en el Régimen Especial de Trabajadores del Hogar dependa de la buena voluntad del empleador, eso siempre y cuando se haya salvado el escollo de los permisos de trabajo. Hace pocos meses que celebrábamos con Latifa que hubiera conseguido, por fin, tras tantos esfuerzos, miedos y sobresaltos, su permiso de residencia y trabajo: “Yo llevaba trabajando en esa casa casi dos años… así que cuando conseguí los papeles, lo primero que les pedí era si podíamos firmar un contrato y cotizar así en la Seguridad Social. Me estuvieron dando largas durante varios días, hasta que al final me sentaron un día en el sofá de la casa y me dijeron que no íbamos a firmar un contrato porque en realidad ellos no estaban contentos con mi trabajo. Para mí está claro: ¿Por qué me dicen que no están contentos conmigo justo cuando yo les he pedido que me inscriban en la Seguridad Social?… Y aquí estoy, llevo ya tres meses en paro”.

La recién aprobada Reforma de la Ley de Extranjería añade más trabas en este sentido. En su nueva redacción, castiga con multas elevadísimas lo que el articulado denomina como “promover la permanencia irregular en España de un extranjero“. Y en este enunciado, todo cabe. Desde redes que trafican con personas hasta prácticas que surgen de la convivencia y la amistad entre personas con papeles y sin papeles (empadronar a un amigo extranjero que no tiene residencia fija, acoger en nuestra casa a compañeros migrantes que estén pasando una mala racha y, por qué no, tener trabajando en nuestra casa a alguien en situación irregular). Así, el miedo y la insolidaridad se instalan como modo de relación entre unos y otros: ayudar a un sin papeles puede ocasionarnos demasiados problemas. Pepa cuenta cómo desde su local de acogida le llegan cada vez más historias en las que el miedo es el protagonista: “El miedo de las empleadoras… gente que ha tenido en su casa a personas trabajando y que está contenta, de repente con todo lo que se está creando en el ambiente de que te pueden acusar de ser cómplice de inmigración ilegal, cunde el miedo y la gente está despidiendo a muchas trabajadoras… a veces es que escuchas situaciones que rozan casi la paranoia”.

Moni llegó desde Ecuador a España “por amor”, para ayudar a su hija a cuidar de su nieta. En su país llevaba 19 años trabajando como alfabetizadora en zonas rurales. Ahora el panorama que se le presenta en España es bien distinto: “Porque somos mujeres emigrantes, nos encasillan en ese tipo de trabajo y por eso vemos a tantísimas mujeres que están en el servicio doméstico. Y en esto parece que no cuenta para nada que seamos mujeres preparadas, mujeres que te pones a ver y hay profesoras, enfermeras, médicas, gente que maneja idiomas, costureras…“. “Y las jefas se han dado cuenta que ellas saben, que saben coser, que pueden ayudar a sus hijos con los deberes… y ahora le tiran todo lo de la costura … y claro, eso no lo pagan, es un saber que tiene la mujer pero nadie le paga por ello; ¡un chollo”, añade Rafaela.

No es de extrañar entonces que Rafaela, que en su país trabajaba en una ONG de ayuda a las mujeres, se sienta vacía: “Mi vida era sólo trabajar en casas, empecé a trabajar de nueve de la mañana a ocho de la noche… y yo sentía que me faltaba algo, yo decía ‘pero ¡jo! ¿cómo yo voy a estar siempre así?’”. No es de extrañar tampoco que, cuando Moni consiguió un trabajo para el Ayuntamiento en un centro de atención a personas migrantes sintiese “que era algo que se me devolvía a mí. No sé si me entiendes el término, pero para mí, hija, fue como que algo que me pertenecía se devolvía al fin”.

Mujeres que cuidan, que posibilitan con su trabajo una mejor compaginación de las responsabilidades profesionales y familiares en aquellos para los que trabajan3… Pero, a la par, mujeres que no pueden cuidar de los suyos (la nueva ley de extranjería ahonda en esta desigualdad al dificultar aún más la reagrupación familiar), mujeres para las que no existe la conciliación y a las que nadie cuida o ayuda en el cuidado. Lo que los sociólogos llaman “cadenas de cuidados”4, pero donde no debemos olvidar que no todos los eslabones son iguales, siendo la situación de la mujer harto diferente según ocupen las primeras o últimas posiciones en esta cadena.

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