martes, diciembre 7, 2021
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Éxodo 148
– Autor: Benjamín Forcano –

José Mª Castillo, El Evangelio marginado, DDB, Bilbao, 2019

El tema abordado por el autor es el siguiente: “Afirmo que la Iglesia vive en una contradicción que es la peor de todas en las que puede vivir. Porque se trata de la contradicción entre la Iglesia y el Evangelio” (p. 11).

La contradicción la experimentó el mismo Jesús al entrar en conflicto con las autoridades religiosas de su pueblo: los sacerdotes: “Los más religiosos y observantes del judaísmo del siglo primero no soportaron a Jesús, lo consideraron como un peligro de muerte para ellos mismos” (p. 16). Pero, según Casillo, el conflicto no acabó entonces, sino que continúa perpetuándose en la Iglesia de hoy (cfr. p. 18).

  1. ¿A qué se renuncia cuando se margina el Evangelio?

Los discípulos de Jesús lo son, primero de todo, porque son llamados a vivir en unión íntima con su persona. Como él, asumen una nueva manera de entender y vivir la vida, que equivale a proclamar el reino de Dios, a desvelar el plan salvador del Padre.

Seguir a Jesús es asumir su proyecto de vida

A la clase sacerdotal de Israel le caracterizaba la alianza con el poder político de Roma, que ellos ejercían desde la enseñanza del poder religioso. Y eso es lo que a Jesús le predisponía en contra, porque el poder crea clases, una, que impone y disfruta, y otra, que debe someterse y soportar toda suerte de sufrimientos (p. 100).

Jesús, con su vida, alteró el orden del imperio y de la religión. Los denunció día a día, pues una minoría social acaparaba la mayor parte de la riqueza. Su estilo de vida era desestabilizador y solía castigarse con el cruel castigo de la crucifixión.

¿Cuándo se inició el desconocimiento y marginación del Evangelio?

Según Castillo: “El primer hecho extraño que ocurrió ya en los orígenes del cristianismo, por lo que se refiere a la relación entre la Iglesia y el Evangelio, consiste en que la iglesia nació, se organizó y empezó a vivir y actuar sin conocer el Evangelio de Jesús” (p. 19).

La Iglesia es mencionada diversas veces por San Pablo en sus Cartas, escritas antes de los años 60. Pero Pablo no habla nada en ellas del Evangelio de Jesús. Por dos razones, porque no conoció personalmente a Jesús y porque los Evangelios no aparecen escritos hasta después de los 70, cuando Pablo ya no pudo conocerlos.

Pablo pensó y organizó la Iglesia sin el Evangelio, es decir, sin destacar el ámbito humano de Jesús, sí el ámbito divino, referido al Hijo de Dios, resucitado de entre los muertos. Lo divino tenía más peso y a lo divino debía supeditarse todo lo humano.

En el pensamiento de Pablo, Jesús murió por nuestros pecados para redimirnos mediante un sacrificio expiatorio de sangre, cambiando así lo que fue la vida de Jesús un recuerdo peligroso, por un sacrificio redentor, llegando a sustituir el sacrificio existencial de Jesús por el sacrificio ritual de los sacerdotes y del templo: “Pablo se atiene más bien al sacrificio ritual, que es el que ha prevalecido en la teología de la salvación, de la liturgia y de la vida de la Iglesia, como si Dios necesitara el “sacrifico” y la “expiación” del Crucificado para redimir al hombre del pecado” (p. 25).

A pesar de todo, nadie puede negar la importancia del apóstol Pablo en los orígenes y expansión de la Iglesia, la cual, gracias a él, logró convertirse en una religión universal.

Pero resulta igualmente cierto que su expansión en la cultura del Imperio tuvo un precio muy alto: “Un precio del que Pablo no pudo darse cuenta por la sencilla razón de que no conoció a Jesús ni se había enterado de su historia en este mundo. De ahí que lo más probable es que Pablo no estuviera informado del enfrentamiento que Jesús vivió con la religión y que le llevó a la muerte en cruz” (p. 41).

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