Vivir la fe desde el compromiso social en Honduras

Ismael Moreno Coto (p. Melo)

Éxodo 153
– Autor: Ismael Moreno Coto (p. Melo) –

1- La fe, una fuerza en la lucha

Muchas personas y grupos que participan activamente desde las bases en luchas y movimientos sociales y populares por la transformación de la sociedad, lo hacen movidas por su fe en Dios y por su pertenencia a la iglesia. Son dirigentes y organizaciones campesinas, indígenas, comunidades eclesiales de base, movimientos ambientalistas territoriales, casi siempre acompañados por agentes de pastoral como párrocos, religiosos y religiosas, y muy escasamente por algún obispo. Para estos líderes y sectores, el dato de la fe es fundamental en su compromiso social.

Gerardo Chévez, dirigente comunal de su colonia, en el norte de Honduras, practicante y activo en la Iglesia Católica y en las organizaciones populares, confiesa que la fe es lo que “garantiza la validez de las luchas populares”. “Es mi motor, lo que me da fuerza. Es lo que permite que las luchas trasciendan y no queden atrapadas en miserias humanas, como el dinero y el poder”. “La fe es lo que me ha ayudado a descubrirme en los demás y a experimentar que el sentido de mi vida no lo encuentro en mi mismo, sino en el encuentro con los demás”. “No concibo que un cristiano no comprometa su vida en las luchas por la justicia, porque la dimensión social puesta en el compromiso por la transformación social es parte esencial del evangelio de Jesucristo”.

Margarita Navarro tiene 60 años. A los 14 años era catequista en la Iglesia Católica y a los 16 años, animadora de los grupos juveniles, y a los 18 años se integró a la organización de mujeres campesinas. Como dirigente campesina fue capturada en 1986, encerrada en una celda de la policía de investigación:. “Yo estaba sola en la celda, y me llegaban a torturar. Pero yo pensaba en que el Señor Jesús estaba acompañado por María y otras mujeres, por Juan y otros amigos que en las afueras del lugar donde lo torturaban lo acompañaban y sufrían con él. Eso me daba ánimo a mí, porque en mi soledad sabía que, como Jesús, había gente afuera que sufría conmigo ”.

Pasaron varias décadas de aquella experiencia carcelaria y Margarita Navarro sigue en su compromiso en la Iglesia y su compromiso con la organización popular. “No son dos compromisos distintos – dice—es uno solo, y  “A mi me gusta formar parte de las organizaciones populares, especialmente si en ellas se valora la experiencia y la fuerza de las mujeres, porque de esa manera puedo vivir mi fe inserta en la lucha por transformar la realidad, que es parte de la evangelización”.

Si damos por supuesto que tenemos fe, pero no la alimentamos, terminaremos diciendo que creemos en Dios y seguiremos estando en la Iglesia, pero en los hechos estaremos sin Dios y actuando a espaldas de la Iglesia que nació del Evangelio de Jesucristo”.

La creyente Margarita Navarro se apresta a reconocer: “He conocido a personas no creyentes que han dado muestras de amor y de entrega mucho mayores que muchos dirigentes que se dicen creyentes”. Margarita sabe lo que dice:  “Para mí, no es lo que uno confiesa que es lo que acredita si lleva o no lleva a Dios en su vida. Es su testimonio el amor que transparente. Yo he conocido a personas no creyentes que sin llevar a Dios en su boca, Dios habla en ellas, porque en ellos Dios actúa”.

2- Cuando los fundamentalismos se encuentran

Muchas personas y organizaciones comprometen su vida e impulsan sus luchas y acciones a partir del desarrollo de sus ideas y la  experiencia apunta a que la fe  suele ser vista en estas esferas de luchas populares como un dato marginal o como una expresión de atraso ideológico y político . Pero, así , como en un creyente cristiano el peligro del fundamentalismo crece en la medida en que pierde la dimensión histórica de la lucha por dar demasiado peso a “lo que dicen las escrituras”, un dirigente popular de esta corriente de izquierda puede caer en el peligro de endiosar una teoría política o elevar a categorías divinas e infalibles a los teóricos de las ciencias sociales y políticas.

La experiencia nos advierte que una fe que no esté mediada por la realidad histórica puede convertir a quien la practica en un fanático religioso, tiende a manipular los datos de la realidad para fundamentar lo que dicen los textos religiosos, es decir, los dirigentes o animadores de la fe rompen con la mística y la ética y acaban siendo corruptos. En esta manipulación de la realidad, en el caso hondureño, coinciden tanto sectas evangélicas de corte neo pentecostales, como diversos sectores de la Iglesia católica, con frecuencia promovidos y respaldados por estructuras jerárquicas.

Cuando la fe o una ideología política no están mediadas por un amor auténtico encarnado en quienes sufren las consecuencias de la injusticia, ambas se convierten en instrumentos al servicio de intereses alejados de las auténticas luchas liberadoras.

3- El humanismo: puente entre los creyentes y los increyentes

La honestidad y la mística harán que tanto la persona creyente como la no creyente finalmente coincidan en valores de solidaridad, humanismo, justicia y paz y sus luchas, se encuentren y se complementen.

La autenticidad y la mística de quienes se comprometen a fondo con la liberación de las víctimas, acostan distancias, y rompen prejuicios entre quienes se sienten motivados desde su fe cristiana, y quienes se sienten motivados desde su ética.

 4- Fe y vida desde comunidades lencas hondureñas

Varias comunidades lencas del norte del departamento de Intibucá, en el occidente de Honduras, se plantaron unos años atrás, por varias semanas y meses, en el cruce de una carretera, cavaron amplias fosas para impedir el paso de las maquinarias de una empresa vinculada a un capital muy poderoso internacional con sus socios internos.  La iniciativa la había tomado el Comité Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras –COPINH—bajo el liderazgo indiscutible de Berta Cáceres.

Cuando se les preguntó qué pretendían con la toma de la carretera en esas profundidades de la montaña, no dudaron nunca en decir que protegen su río y sus bienes de las amenazas del extraño, que no permitirán que se roben lo que les ha dado vida y que es fuente de su fe a lo largo de toda su historia. Su vida y su fe en Dios la viven en íntima relación con la naturaleza, especialmente sus bosques y sus ríos.

Las comunidades indígenas se fueron informando de todo . Por defender ese río y a sus comunidades, los empresarios asociados con militares y políticos, diseñaron e implementaron el plan que culminó con el asesinato de la dirigente indígena y popular Berta Cáceres, el día 2 de marzo de 2016.

Nada pudo alegrar más a estos dirigentes de fe y de vida que la presencia de sacerdotes o religiosos que animaran sus vidas y sus luchas mientras tenían tomada la carretera. Y nada les dolió más que algunas críticas o rechazos que tuvieron por parte de algún sector de la jerarquía católica.

Todos esos asuntos de si hay manipulación, de si la iglesia debe o no meterse en asuntos ambientales o defensa de derechos humanos, no eran asuntos que existieran entre las comunidades lencas que se apostaban en la carretera para vigilar que ninguna de la maquinaria destructora de su río pudiera cruzar la línea defendida con todo su fervor.. Dios no está lejos de su pueblo, está entre su pueblo, no tenemos que ir a otro lado a buscarlo, está entre el pueblo y es dentro de las realidades humanas en donde hemos de descubrir sus presencia salvadora.

La decisión de estas comunidades de apostarse por varias semanas es un ejemplo que puede irradiar en muchas otras comunidades. Es un símbolo de defensa de la vida, tanto local como nacional.

Es cierto que a estas comunidades en lucha no violenta activa les ocurre que mucha gente no cree en ellas porque son comunidades humildes, indígenas y pobres. Estamos acostumbrados a que los líderes y palabras que impactan provengan de personas y grupos profesionales y que ya tienen un discurso muy bien organizado. Y ocurre lo que siempre pasa cuando no se cree en la gente pobre: dicen que están siendo manipuladas por otras personas y grupos interesados en crear el desorden y la inestabilidad en el país.

De acuerdo a nuestra fe cristiana, la esperanza brota desde los humildes de la tierra. Para la Iglesia y la sociedad, esta acción de estas comunidades lencas es una oportunidad para que nos despertemos a la escucha de la voz de los pobres, y que nos reencontremos con esas esperanzas que sin duda renuevan nuestra fe en el Señor que hace sentir su paso liberador en donde se defiende la vida y la naturaleza.

 5- La organización de los pobres desde nuestra fe cristiana

La población más pobre, los trabajadores asalariados y los que se ganan la vida en los corredores informales de la economía, las comunidades campesinas e indígenas, los jóvenes, las mujeres, y en general todos los sectores empobrecidos, tienen derecho a defender su vida y luchar por su dignidad y sus derechos.

Pueblo pobre, necesidades sociales y organización han de ir siempre de la mano. El Evangelio nos recuerda que el milagro del compartir se alcanza cuando a la necesidad objetiva le sigue la conciencia de ser pueblo y el proceso de organización de las víctimas.

En relación con este concepto de organización como fuerza de los pobres, Monseñor Romero logró hacer una síntesis en esta espléndida formulación: “Dios quiere salvarnos en pueblo. No quiere una salvación aislada. De ahí que la Iglesia de Hoy, más que nunca, está acentuando el sentido de pueblo. Y por eso la Iglesia sufre conflictos. Porque la Iglesia no quiere masa, quiere pueblo. Masa es el montón de gente cuanto más adormecidos, mejor; cuanto más conformistas, mejor. La Iglesia quiere despertar a la gente el sentido de pueblo…”  “Nadie le puede quitar a la gente el derecho de asociarse, con tal que sea una asociación para buscar las causas justas… La agrupación es un derecho cuando los objetivos son justos. Y la Iglesia estará siempre al lado de ese derecho de organización y de esos justos objetivos de las organizaciones”.

La Iglesia sí ha de estar en el ámbito de la política, como espacio público que busca transformar las condiciones desde las víctimas, para que la población indefensa sea respetada en sus derechos. Esa es la política del bien común. Y como política, se ha de apoyar a la organización comunitaria y popular con el fin de que los pobres se sientan fuertes en sus luchas y en sus demandas por justicia y por garantizar sus derechos.

Para Mons. Romero lo que importa no es la organización social y popular por sí misma. Absolutizar la organización popular tiene el peligro de convertir a los pobres en instrumentos al servicio de unos cuantos dirigentes. Para Mons. Romero la organización ha de estar siempre al servicio de las necesidades de las mayorías oprimidas, como muy bien lo dijo: “Lo que marca para nuestra Iglesia los límites de esta dimensión política de la fe, es precisamente el mundo de los pobres. En las diversas coyunturas políticas lo que interesa es el pueblo pobre”.

 Recuento

La Iglesia ha de seguir afirmándose desde su fidelidad a la Palabra de Dios, a su tradición profética y a la realidad histórica, y ha de seguir entendiéndose a sí misma a partir de la opción preferencial por los pobres para que los luchadores populares encuentren en ella un lugar y encuentren en la fe una fuerza que los impulsa en su mística transformadora.

La opción por los pobres ha de significar que en cualquier circunstancia de la vida, la Iglesia ha de hacer sentir su presencia a favor de las poblaciones indefensas y discriminadas, promoviendo el diálogo entre los conflictos sociales, pero desde el lugar de las víctimas.

La Iglesia ha de acompañar a las organizaciones sociales y populares desde su amor preferencial por los pobres. En circunstancias en que haya conflicto entre la organización y la vida de los pobres, la Iglesia no ha de dudar en situarse en la realidad de los pobres, puesto que la opción de la Iglesia es por los pobres y apoyará o cuestionará aquellas mediaciones según fortalezcan la vida y la esperanza de los pobres.