UNA RELACIÓN ORIGINARIA CON EL UNIVERSO

Ángels Canadell

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Ángels Canadell –
 
1 Una de las características que definen nuestra época consiste en haber convertido la Tierra en un objeto del mercado mundial y en haber hecho desaparecer el mundo, como universo, de nuestra experiencia concreta. La mentalidad industrial ha eclipsado la sensibilidad inherente a la conciencia humana de percibir en el agua, el aire o la tierra, nuestra naturaleza común.

Desde la filosofía, la antropología, la política, la economía o la espiritualidad, todas las Instituciones han mantenido la conciencia de la radical división entre el mundo humano y el mundo no-humano y han actuado desde ese posicionamiento. Valores y derechos se consideran relativos a los seres humanos, dando por supuesta la ausencia de principio vital o consciente en los demás seres vivos o ecosistemas.

Hemos aprendido a relacionarnos instrumentalmente con todo lo vivo y reproducimos este punto de vista al tratar con nosotros mismos. El mundo no-humano, convertido en recurso, está al servicio de nuestro estilo de vida. Esta alienación básica está en el origen del deterioro del planeta.

Hemos perdido la capacidad de tener una relación original con el universo, y con la tierra. Es decir, una relación de conexión con el origen.

El lenguaje espiritual predominante en nuestra tradición también ha contribuido a ese distanciamiento en la medida en que se ha considerado al ser humano como el centro de la creación y en la medida en que se ha interpretado la trascendencia como un reino más allá y diferente del tiempo y la materia.

Así, el mismo dualismo que nos ha alejado de la Tierra, nos ha separado del principio divino inherente a todas las cosas. Tanto la ciencia como la espiritualidad se han alejado del mundo del devenir, en busca de certezas cognitivas o garantías de salvación más allá de lo concreto y cotidiano.

Estamos cambiando la química, la geografía del planeta a una escala nunca antes imaginada. ¿De qué nos sirven nuestros conocimientos si no sabemos reconducir el lugar de nuestra especie en la Tierra?

Las crisis contemporáneas nos impulsan a avanzar colectivamente hacia formas más complejas de pensar. La necesidad de una nueva visión del mundo es reconocida desde hace décadas. Es necesaria una maduración de la conciencia humana, un eslabón más del pensamiento desde donde podamos integrar las diferentes dimensiones de lo real.

La polaridad ser-devenir, así como la escisión entre sujeto y objeto, son aún el mayor escollo para avanzar hacia una nueva visión del mundo capaz de generar sentido y orientación a nuestra época.

2 La experiencia cosmológica

Necesitamos estar anclados en el universo, del mismo modo que necesitamos interpretar nuestra condición humana en él. Es inherente a la conciencia saberse finita y vinculada a lo infinito. La experiencia cosmológica, es decir, la experiencia de cómo el universo se manifiesta a la conciencia, es el punto de partida de todo andar cognitivo. Desde ella cada comunidad interpreta su paso sobre la tierra, genera un relato sobre su origen y da inicio a una cultura.

La relación originaria con el universo así como la percepción de estar alineado entre la tierra y el cielo proporcionan el primer sentido de identidad personal. Desde ese eje, el ser humano orienta sus acciones y crea proyectos de vida. La medida de lo adecuado, la proporción entre el pensamiento y la acción, entre el deseo y la realidad, vienen dadas por ese vínculo entre el lugar que nos sostiene y el horizonte que nos envuelve.

La relación entre el tiempo humano y el tiempo cósmico, la percepción de que el paso del ser humano por la tierra se inserta en unos ciclos de vida mayores que lo incluyen es una de las primeras enseñanzas que ofrece la Tierra.

Aprendemos que los ritmos biológicos son parte de ritmos cósmicos mayores y que nuestra vida depende del mantenimiento de procesos y estructuras espaciotemporales mayores. La observación del cielo es la primera escuela en todas las culturas de la humanidad. El equilibrio cosmológico constituye una pauta para el ser humano. Una pauta de estilo de vida, de salud y sabiduría.

De esa observación nace un sentido ético que acompaña a los humanos durante toda su vida. De ese sentimiento de ser parte de un todo mayor y majestuoso nace el respeto por toda forma de vida.

La experiencia cosmológica es fundadora. En el sentido de que enraíza la vida consciente y trazando la línea del horizonte delimita un mundo. Fundar mundo es la primera y más urgente tarea de nuestra civilización en la encrucijada del presente.

Con el auge de las sociedades Industriales, el sentido cosmológico de la existencia ha desaparecido de la vida cotidiana. Absorbidos por las tecnologías hemos retirado los sentidos del horizonte. Doblegados al mercado mundial, el espacio vacío como manifestación y campo de infinitas posibilidades desaparece, quedando reducido a un entorno sin otro valor que el económico.

Lo mismo sucede con la percepción del tiempo. Contemplar el cielo estrellado no es solo una experiencia estética. Es también un aprendizaje, una enseñanza de los hilos sutiles que conectan todas las cosas. Los ritmos constantes de los días y las noches. El regreso de las estaciones o el viaje diario del sol y la luna, nos muestran la naturaleza del tiempo que somos. “El tiempo es la vida del universo” decían también los antiguos griegos. Somos tiempo y siendo tiempo vivimos la vida del universo.

Cuidar el universo es cuidar esa relación íntima y originaria con el ámbito en el que venimos al ser y que nos sostiene en la existencia. Percibir, sentir, escuchar, estar atentos a ese espacio inmenso que nos envuelve y nos atraviesa; donde los seres se manifiestan y donde se desvanecen. Reconocer esa relación fundamental y adecuar la vida a su presencia.

Los retos ambientales de nuestra época requieren un cambio de visión del mundo. Desde la perspectiva estrictamente humana, contrapuesta a la Tierra y las demás especies, damos vueltas a una problemática que se retroalimenta. Se requiere dar un salto a una dimensión más amplia que incluya todo lo vivo. Entrar en una perspectiva donde la identidad humana no se defina por oposición a lo nohumano, sino como parte integrante e inseparable de todos los procesos cosmológicos.

No hay ser humano sin tierra, sin bosques. El ser humano emerge con la tierra como tiempo, siendo consciente de su impermanencia es humano en el mundo.

Humanizar significa hoy volver a los sentidos, a la percepción directa del suelo por donde caminamos, al vacío insondable del tiempo que nos constituye y a sostener la mirada del otro ser vivo como un sí mismo.

El tiempo es entero en cada uno de nosotros. El mundo es entero en cada uno de nosotros. Pero entero no significa universal. Lo entero sólo se manifiesta en lo singular. Comprender esa analogía abre un lenguaje emancipador en la relación entre las culturas y entre las personas.

¿Dónde está el mundo -kosmos- sobre el que pensaron los antiguos? ¿Quién habla hoy en día del universo si no son los físicos? ¿Dónde quedó la experiencia de ser-en-el-mundo, la experiencia cosmológica que dio lugar a todas las civilizaciones? ¿Cómo fundar una nueva cultura si no es partiendo de ese origen, si no es haciendo pie en nuestra común raíz con el universo?

El problema que se plantea aquí tiene que ver con todas las crisis de nuestra época. Un tiempo en el que la especie humana parece haber perdido todo sentido de orientación.

La imagen del mundo que heredamos de la Revolución Científica no puede cumplir esa función orientadora. Es una descripción abstracta y matemática del universo, que nos da una información importante sobre sus procesos, pero que no tiene nada que ver con la experiencia interior de ser parte del mismo.

¿Cómo habitamos el cuerpo? ¿Cómo habitamos el universo? Son dos aspectos de una misma experiencia donde el ser humano se sitúa a sí mismo, se posiciona en su existencia ante un Horizonte vital. El primer eje vertebrador es el cuerpo, la conciencia de ser un cuerpo vivo y consciente dentro de un cuerpo vivo y consciente mayor. Explorando la conciencia nos damos cuenta de la ausencia de fronteras de esa conciencia mayor. Un espacio abierto donde nacemos, somos y morimos. La experiencia de unidad que ese espacio proporciona es la mayor analogía que puedo encontrar para decir universo: El lugar donde todo converge.

El universo no es solo el conjunto de planetas y galaxias que los astrónomos detectan. Es el patrón unitario que da origen a todas las cosas. Como la unidad presente en cada número, es la estructura espacio-temporal, energética y consciente que constituye todas las cosas.

Uni-versum. Ir hacia lo uno. “Ocúpate del todo” (Periandro de Corinto), uno de los sabios de Grecia.

Cuidar es una acción de acompañamiento consciente. Culturalmente, hemos de aprender nuevamente a cuidar desde un renovado sentido de la contingencia. La fragilidad y vulnerabilidad de la vida se sostiene gracias a la inmensa red de lazos y vínculos intrínsecos. Cuando hablamos de la trama de la vida nos referimos precisamente a la mutua solidaridad entre todo lo existente. Un tejido espacio-temporal, un ámbito de inter-ser, como lo describe Tich Nath Han. Un ámbito de radical contingencia donde nada está separado, nada es autosuficiente, ni se define por sí mismo.

Podemos abrirnos a formas más maduras de comprender el mundo. ¿Necesitamos la idea de finalidad para confiar en los procesos vivos? ¿Necesitamos la idea de un yo separado para sentirnos seguros de nuestra identidad? ¿Necesitamos imaginar el ser como una garantía de eternidad opuesta al mundo del cambio?

Madurar colectivamente implica añadir un grado mayor de complejidad a estas cuestiones. No se trata de renunciar a las ideas de infinitud, identidad o plenitud. Se trata de pensar estas cuestiones desde un marco diferente.

3Pensar y escribir la continuidad entre el mundo humano y el mundo natural y cósmico 1. Una tarea que tiene como marco de referencia la no-dualidad y la interdependencia2.

El cosmoteandrismo3 es un intento de avanzar en esa dirección. Un intento de pensar la materia, la conciencia humana y la infinitud desde su constante interacción. La intuición cosmoteándrica nos dice que todo ser nace de la trama entretejida de cosmos (tiempo-espacio), conciencia (humana) y libertad (Dios) y que ninguna de esas dimensiones puede existir independientemente de las otras. La intuición cosmoteándrica detiene el impulso a huir a otro mundo, a otra dimensión que garantice el final de nuestro sufrimiento o la salvación. Deteniéndonos en el aquí y el ahora abre la puerta a pensar de modo distinto a Dios, al hombre y al mundo. El ritmo del ser, la última obra de Panikkar, constituye un intento de transformar el lenguaje teológico desde esa visión de radical interdependencia.

Desde la visión interconectada de la realidad, el cosmos no se expande mecánicamente, ni es previsible. Igual que todo ser vivo, evoluciona, en un dinamismo co-creador constante.

No se trata sólo de preservar la salud de la Tierra, sino de formar parte de un proceso común de transformación, de co-evolución, en el cual cuidamos en la medida en que accedemos a ser parte de esa evolución creativa, poniendo la libertad de ser humanos al mismo nivel que la libertad de ser de los ecosistemas, los pájaros o la atmósfera. En esa familiaridad o consanguineidad ha de nacer un nuevo equilibrio, una armonía que respete los límites y necesidades de cada ser vivo, de cada periodo de tiempo, de cada proceso vital.

Articular el lenguaje que escriba de nuevo esa continuidad es una tarea múltiple e interdisciplinar. En él, el ámbito académico tiene un papel principal; el otro viene del ámbito espiritual. Thomas Berry escribió con acierto en The Great Work que la primera tarea educativa para nuestra época consiste en escribir y explicar la historia del universo, entendiendo el universo no solo desde el aspecto físico y material, sino también en su vertiente consciente y espiritual. “El universo no es una colección de objetos, sino una comunión de sujetos”4. Escribir una nueva historia donde el tiempo humano es parte del tiempo cósmico. “Reinventar lo humano dentro de la comunidad de sistemas vivos”.

Para ello es preciso desarrollar la escucha, la atención y la percepción; alinear los sentidos con el universo para despertar la conciencia de su interrelación. Mente y materia son dos dimensiones de una única realidad que emerge de múltiples formas siguiendo procesos de autoorganización

Ni el hombre es el centro del universo, ni tampoco lo es la Tierra. Mover el punto de vista desde el cual entendemos las relaciones con el universo es condición para empezar a pensar de otro modo.

La unidad e integridad del universo ha sido reconocida en todas las tradiciones religiosas y cosmologías no modernas, incluida la occidental hasta la llegada del cartesianismo.

Situarse plenamente en la perspectiva de la no dualidad implica comprender que la especie humana tiene el mismo origen y el mismo destino que las demás especies y que es parte de la misma y única comunidad viva. El biocentrismo es una forma de designar esta perspectiva que está emergiendo como punto de referencia para las nuevas generaciones. Aldo Leopold, J. D. Thoreau, R. W. Emerson, o J. Muir, son referencias ineludibles de esta sensibilidad expresando la admiración por el misterio de la naturaleza.

Somos co-partícipes en la evolución del universo. Nuevos estudios sobre la evolución de las especies enfatizan la cooperación y el amor como elementos que rigen el cambio y conducen a estructuraciones más complejas de lo vivo. La idea de co-evolución es ampliamente aceptada en la comunidad científica. En muchos ámbitos del saber emergen formas de conocimiento en armonía con la naturaleza, no como dominio y experimentación. Vivir en comunión con los demás seres; vivir con las montañas y los océanos; con el pasado y con el futuro; es decir, tenerlos presentes en nuestro hacer.

La comunidad viva planetaria tiene su propia dignidad y espontaneidad. Está viva, participa del tiempo y la eternidad de todo el cosmos. Cada ser tiene su lugar en el universo y es en relación con todos los demás. Ser–enrelación, hacerse presente a los demás, así como la espontaneidad en la acción, son capacidades comunes a todas las formas de seres en el universo entero.

El mundo no es una colección de recursos a nuestra disposición. Hay una continuidad entre el cuerpo humano, la Tierra y el cosmos. Un origen y un destino comunes.

Si la conciencia humana es un misterio, el mismo misterio reside en la vida del universo. La división entre una mente racional regida por la voluntad de conocer y el mundo extenso de la materia ha demostrado ser totalmente errónea y debe ser transformada en una visión que responda a la conciencia emergente en este siglo XXI.

La conciencia humana nace de la misma vitalidad del universo, de la misma sabiduría intrínseca a la Tierra que otorga a los bosques la capacidad de regular los niveles de CO2. El universo es una estructura compartida. La libertad, así como la conciencia, son cualidades del universo que se manifiestan en lo humano. Ese es el sentido de la intuición cosmoteándrica que Panikkar intentó expresar a lo largo de su vida. Avanzar en esa comprensión es una tarea urgente para las nuevas generaciones, necesitadas de una nueva explicación sobre el cosmos y la mente, sobre la acción y sus límites. Tanto el conocimiento como la sociedad actuales están preparados para asumir una nueva visión del cosmos. La madurez del momento actual es visible en la capacidad de asociarse, de participar, de reclamar un cambio global en la mayor parte de la Sociedad.

Comprendernos de forma interconectada de modo que quede transformada nuestra propia comprensión de lo humano (antropología), de lo cósmico (naturaleza) y de lo divino (espiritualidad). Cada una de esas dimensiones ha de ser pensada desde la interrelación, desde la contingencia, desde la solidaridad mutua que va generando lazos, vínculos y nuevos niveles de complejidad.

La realidad es una trama, un tejido de materia, conciencia y espíritu. Comprender la realidad desde una estructura trinitaria es una constante en la humanidad. Una trama que converge en la unidad última de lo real. La coherencia no es de orden lógico, sino espiritual. Tendemos al origen, a las raíces que nos vinculan con el todo.

“Todo ser posee una dimensión a la vez trascendente e inmanente”. Del mismo modo se expresaba Dôgen en el contexto de la tradición buddhista: “Todos los seres son inobjetivables, insondables e infinitos”. Ser-tiempo es la conexión con el carácter abierto de la realidad, con su misterio y su libertad.

En las culturas indígenas vinculadas a la Tierra, es indudable el carácter consciente de todo ser. La conciencia impregna todas las cosas. Todo lo que existe en el mundo tiene una relación constitutiva con el tiempo, la materia, la conciencia y el misterio. Esa sensibilidad está extendiéndose en las sociedades post-industriales, que ven nacer un nuevo vínculo con la Tierra.

El ser humano comparte el mismo destino del universo. Está en correlación con la atmósfera, el suelo y la noche. Vivimos la misma vida en un constante intercambio mutuo.

Participamos en el dinamismo del universo; somos el universo. Ser conscientes de ese ser, desarrollar esa percepción, es nuestra responsabilidad como herederos de una larga y asombrosa historia de conocimiento racional y tecnológico. Hemos disfrutado de unas décadas de bienestar material y hemos podido reflexionar sobre el mundo. Nos toca ahora ponernos al servicio de nuestra época ampliando la conciencia de ser uno con todo.

Ser la conciencia que alcanza la plenitud del tiempo. Ser desde la unidad con todas las cosas es la vida cósmica, una perspectiva desde la cual el ego ha desaparecido.

Encontrar nuestro lugar en la naturaleza, adaptarnos a sus ritmos y procesos no significa ni volver atrás, ni reducir nuestra vida a procesos mecánicos o biológicos. Tampoco significa abandonarnos al destino que Dios reservó para nosotros. Esas dos actitudes responden a formas pasadas de la conciencia humana.

Panikkar hablaba de secularidad sagrada para referirse a la vida en el mundo vivida desde una conciencia religiosa. Un equilibrio entre la acción comprometida y el desapego interno, entre el desarrollo de nuestras capacidades profesionales y la libertad interior de estar fuera del alcance de toda dominación.

No nos han enseñado a avanzar en esa dirección, pero tenemos todos los recursos necesarios para hacerlo hoy, por nosotros mismos. Hemos tenido suficientes maestros, hemos sido cuidados por nuestras circunstancias, nos toca a nosotros ahora hablar en nombre propio poniendo ese legado a disposición de un cambio radical de visión del mundo.

Desde la ciencia contemporánea llegan nuevas formas de expresar esa complejidad. Nuevos lenguajes que integran mente y corazón; energía y conciencia y que, desde una visión holista, exploran los vínculos entre todas las dimensiones de lo real.

No ocurre lo mismo en el ámbito del pensamiento filosófico o religioso, donde hay muchas más resistencias a abrir las fronteras disciplinares y a integrar lenguajes distintos para expresar la verdad. Construimos mundos para sentirnos seguros ante la constante presencia de la impermanencia. Lo que se nos pide ahora, como condición para crear algo nuevo, es soltar el miedo a esa incertidumbre y buscar en medio del cambio, un nuevo equilibrio que permita descansar en lo que es.

Es decir, hemos de saber estar centrados en un universo que no responde a una imagen geométrica, ni a una visión ontológicamente cerrada. Un universo abierto, en constante expansión y sin embargo, limitado. El límite es el tiempo, el cuerpo y la materia, en cuyo interior reside lo abierto. Un universo que responde a nuestra propia estructura de seres físicos, conscientes y abiertos al misterio de la realidad.

El cosmos no es necesariamente el universo astronómico, físico o geográfico. Ese es el relato que nos llega del discurso científico. Pero hay muchas formas de imaginar y comprender el cosmos. Tantas como culturas. En cualquier caso, cada una de ellas necesita para ser real, ser experimentada como tal por las persones de esa cultura.

Es necesaria una nueva forma de mirar la realidad, un nuevo lenguaje y un nuevo pensamiento que nazca de ese reconocimiento, de percibir la dimensión abierta, consciente, libre e infinita que impregna todo lo que existe.

Para cuidar el universo hay que reconocerlo como tal. Hay que retirar los sentidos de la hipnótica dependencia tecnológica para ver la grandeza en lo cercano. Para que pueda emerger el fondo insondable de cada cosa.

El universo ha de ser mirado, su luz ha de poder reflejarse en cada uno de nosotros, y en la medida que se establece una relación de intimidad con cada ser, encontramos caminos adecuados de vida. Encontrar caminos adecuados es una forma de cuidar el universo.

Universo: La unidad última de lo real. Coherencia interna del cosmos. Cada persona y también cada cultura es el centro de toda la realidad

Desde una visión holística del universo, cada ser es un centro que refleja a su vez el todo. Uni-versum. Ir hacia lo uno. Una orientación hacia la que tiende la conciencia humana. Somos originados y lanzados al mundo desde ese origen. El arco de esa trayectoria es el mundo para el ser humano. Sin percibir esa relación originaria no hay mundo y sin mundo el ser humano no puede cumplir con la función de dar sentido.

Necesitamos un nuevo mito que integre la dimensión divina en el mundo sensible, en el tiempo y la materia. Necesitamos comprender que es posible la libertad en un contexto de radical interdependencia y cohesión. Para ello hay que pensar sin excluir los opuestos. Añadir un eslabón más a nuestra perspectiva ordinaria. Creo que es lo que está ocurriendo desde hace ya algunas décadas. El cambio de mitos se produce de manera muy lenta, siendo la misma vitalidad de la conciencia la que hace madurar y abrir nuevas perspectivas a la realidad.

“la vida es el tiempo del Ser”, decían los antiguos. Todo lo que está relacionado con el tiempo, está vivo. El tiempo no es un parámetro científico, es la misma vida del universo. La existencia individual es la simbiosis de cada cosa con el ser de los seres. Tiempo y espacio son símbolos de la realidad.

El sentido de la vida humana consiste, pues, en participar al máximo de la vida del Universo. En todo ser hay un principio de libertad y de vida… el problema ecológico es un problema teológico y a la inversa… Hay una dimensión de libertad y de infinitud que impregna la materia y el espíritu, los sentidos y el intelecto. La tradición griega la llamó mística; el espacio en el cual nos movemos, sentimos y pensamos, en el que vivimos y somos”5.

No estamos solos en un universo infinito, no somos una incógnita en unas coordenadas geométricas 6. No somos ajenos a los bosques y los mares. Somos relación. Somos seres-en-relación. Esta relación no es solamente humana, sino cósmica.

Es la contingencia, la limitación humana la que nos hace conscientes de la grandeza y unidad del universo. Es entrando en lo Finito, como se abren las puertas de lo infinito.

Este cambio de conciencia implica aprender a relacionarnos personalmente con la Tierra y con el cosmos. Una relación personal es una relación de reciprocidad, de escucha y de respeto. Desde la perspectiva de la interdependencia y no-dualidad el rol de lo humano en el cosmos es más bien de acompañamiento, de presencia compartida, de mutuo servicio. Estamos ante un ejercicio colectivo de integridad. Sólo recuperaremos el sentido ético desde una renovada visión de la integridad innata de todas las cosas.

Este cambio de visión requiere diálogo. Un diálogo inevitable entre ciencia y religión; entre tradiciones culturales y modernidad. Todas las tradiciones han de reinterpretarse en función de los cambios que el mundo ha vivido. Pensar desde hoy, conectarse hoy al origen del mundo y hablar desde esa experiencia actualizada. Interiorizar los cambios producidos por la secularización del mundo y abrirse a nuevas formas de nombrar lo divino.

La conciencia es el principio unificador donde convergen lo material y lo espiritual, lo intuitivo y lo científico. Las tradiciones religiosas han de ser capaces de soltar presupuestos intelectuales implícitos en muchas creencias que bloquean la experiencia de apertura constante al misterio de la realidad. ¿Qué es si no la espiritualidad sino ese constante abrirse al misterio, ese rendirse una y otra vez a la inmensidad?

Vivimos el mismo destino. Convertir el espacio en un laboratorio de experimentación y apropiación es convertirnos a nosotros mismos en objetos de cálculo y manipulación. Esa mentalidad es la que agota el planeta y termina convirtiendo en desierto la capacidad humana de comprender y autocomprenderse. Sanar esa fisura es el gran reto de nuestra época.

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1 Reinventar lo humano dentro de la comunidad de los sistemes vivos; es la tarea principal de nuestra época para Thomas Berry. (Cfr. The Great Work, editado en New York, 1999, por Random House).

2 Toda la obra de Raimon Panikkar es un intento de mostrar ese nuevo marco. (Cfr. Intuición cosmoteándrica, editado en Madrid por Trotta, 1999).

3 Cf. Panikkar.

4 Berry, Th., The Great Work, p. 82.

5 Panikkar, R., La intuición cosmoteándrica. Trotta. Madrid.

6 Así expresaba Nietzsche el nihilismo cosmológico: “Desde Copérnico, el hombre gira en el universo, desde el centro de una x” (cf. Gaia Ciencia).