Trump

Juan Diego García

El presidente Trump encarna toda la crisis del sistema capitalista mundial, precisamente como representante de la primera potencia de Occidente.

Su decisión de anular o al menos restringir la deslocalización de empresas estadounidenses en otros países (el caso de México es el más sonado), le enfrenta al núcleo más rico del empresariado de su país que realiza esas inversiones en el extranjero buscando ventajas muy significativas: costes laborales inferiores, ausencia real de restricciones medioambientales, influencias especiales sobre las autoridades locales para evadir impuestos, normas favorables para retorno de ganancias a sus sedes centrales y un poder político que va inclusive  más allá del que ya gozan en sus propios países.

El traslado de estas empresas al extranjero no solo deja sin empleo a millones de trabajadores en los Estados Unidos (muchos de los cuales constituyen la base electoral del nuevo presidente), sino que en tantos casos arruinan las industrias locales de los países “agraciados” con esta inversión extranjera, pues sus empresas no están en capacidad de competir con las transnacionales. O sea, desempleo en ambas partes y beneficios enormes para los empresarios gringos y coimas generosas para los políticos locales que facilitan esta estrategia. Tan o más grave para los intereses del gran capital estadounidense es el retiro de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico y la amenaza de hacer lo propio con México y Canadá (NAFTA), medidas que no se compensan en absoluto con el anuncio de un tratado de libre comercio con el Reino Unido.

¿Puede Trump sin consecuencias afectar al núcleo más duro del capitalismo estadounidense? El poder enorme del nuevo presidente puede revelarse como más formal que real. Su mayoría parlamentaria se puede diluir si se considera que la casi totalidad de sus miembros dependen financieramente de esas grandes compañías, las mismas que participan tan activamente en la “deslocalización”. Lo mismo puede afirmarse del entramado judicial cuyos vínculos con el llamado “Stablishment” o sea, el núcleo duro del gran capital no son menores. Ya ha comenzado la oposición de jueces y fiscales a las medidas racistas del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Los otros factores de poder también pueden jugarle una mala pasada a Trump: el funcionariado civil, los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas, a pesar de las generosas medidas que se han tomado en favor del complejo militar-industrial.

Tampoco se distingue el nuevo presidente por su tacto en el manejo de las relaciones internacionales (aunque, ciertamente, en este aspecto tampoco se distinguen sus predecesores, tan dados a  la arrogancia y la imposición grosera). Su deseado acercamiento a Rusia para aislar a China se produce cuando Moscú refuerza aún más sus vínculos con Pekín, y su displicencia en el tratamiento a la Unión Europea podría inclusive llevar a un acercamiento de ésta con Rusia. Es toda una incógnita qué va a suceder en las relaciones con América Latina y el Caribe, no solo respecto a Cuba y Venezuela, sino también respecto al proceso de paz en Colombia. ¿Podrá Trump eliminar o al menos disminuir los vínculos comerciales ya tan sólidos entre Brasil y Argentina con China? Y, en general, ¿conseguirá recuperar espacios en el continente desalojando al gigante asiático y a otros competidores fuertes como Rusia, Japón y la misma Unión Europea? Si Estados Unidos deja México, ya hay empresarios del Viejo Continente deseosos de ocupar su lugar.

Por otra parte, resulta más que dudoso que Trump tenga éxito en su propuesta electoral más sonada de hacer a los Estados Unidos nuevamente la primera potencia mundial. De hecho, la Guerra Fría se reproduce ahora sobre otros presupuestos y el enfrentamiento Este-Oeste se mantiene, pero esta vez con una China Popular convertida ya en tantos aspectos en la primera potencia mundial, y Rusia recuperando mucho del terreno perdido tras la disolución del Campo Socialista. Ya no entra en juego tan solo el equilibrio nuclear (que también), sino que en la esfera económica nuevos actores compiten exitosamente con los Estados Unidos por materias primas, mercados y zonas de influencia por todo el planeta.

Las medidas que afectan a inmigrantes, feministas, minorías étnicas y activistas de derechos civiles pueden darle a Trump un cierto margen de acción, al menos para congraciarse con sus votantes, esa “América profunda” tan cercana al racismo, la xenofobia, la religiosidad más primitiva y agresiva, la apología de la ignorancia y la defensa de los valores más reaccionarios y ajenos a cualquier pensamiento moderno (patriarcalismo, homofobia y tantas proclamas que despiden un nauseabundo olor a neofascismo). De hecho, ya se registran sus peores expresiones, no solo desde la misma Casa Blanca, sino desde los sectores sociales que han llevado a Trump al gobierno. Hasta el Ku Klux Klan  se atreve de nuevo a desfilar y los llamados “supremacistas blancos” ocupan cargos decisivos en la nueva administración.

La construcción del muro contra México, la expulsión masiva de “ilegales”, las medidas contra la inmigración y los refugiados, y tantas otras disposiciones similares en modo alguno son nuevas en los Estados Unidos. Obama y sus antecesores expulsaron a millones de personas “sin papeles”  (Obama casi tres millones), el muro solo tiene que terminarse (la mayor parte ya fue construida por los antecesores de Trump), y el belicismo que ahora se anuncia con bombo y platillos ha sido una constante en la historia de ese país. Obama, Clinton (y su señora esposa) están lejos de poder presentarse como adalides de la paz mundial, tal como lo ponen de manifiesto las guerras en Libia, Irak, Afganistán, Pakistán, Palestina, Ucrania, los Balcanes y ahora Siria, además de las intervenciones bélicas en África y el nada democrático papel de la diplomacia gringa en los asuntos al sur del Río Grande. Agresiones que tampoco han conseguido devolver a los Estados Unidos la deseada supremacía mundial; en tantos aspectos estas intervenciones solo arrojan un balance de derrotas estratégicas, difícilmente solucionables con las bravuconadas del nuevo mandatario en Washington.

Trump es sin duda la cara más fea del imperialismo estadounidense, pero la otra, la “amable”, de personajes como Obama o la señora Clinton no lo es menos. En el fondo son las dos caras de una misma moneda, de la misma potencia imperial que decae sin remedio. Ojalá las mayorías sociales de esta gran nación consigan torcer el rumbo de los acontecimientos, superen la pesadilla de un loco manejando sus asuntos y abran otras vías a su propio destino como nación, sin tener que recurrir a las fórmulas del pasado dando al Stablishment la oportunidad de recuperar el control.