Tierra, casa y pan

Una terna de palabras sencillas que ayuda a identificar las necesidades básicas consideradas por la Declaración Universal de 1948 como derechos fundamentales de los seres humanos, de igual modo que migrante, desahuciado y hambriento aluden a personas que no tienen esas necesidades dignamente cubiertas.
Pues bien, este número de Éxodo se ocupa de quienes se han visto forzados a abandonar su tierra, a salir de su casa y de aquellos que por privación material severa pasan hambre.
Nos preocupan, luego existimos.
Conscientes de que la preocupación ha de incluir los principios de la compasión, de la justicia y el principio de la misericordia, los tres complementarios.
Decía Aristóteles que la compasión es correlativa a la distancia: el sufrimiento de los que están muy cerca resulta aterrador y el dolor de los que están demasiado lejos deviene indiferente. Esa podría ser la causa de que los medios de comunicación espacien calculadamente las informaciones y las imágenes, atroces a menudo unas y otras, de quienes huyendo del infierno buscan refugio o asilo, de los que son arrojados de la casa y de los rostros famélicos cuyos ojos amenazan la calidez de nuestros refugios. Y en cualquier caso, si el foco se pone sobre el desamparo de las Infancias Invisibles como hace Save the Children, resulta más imperioso aún que tales situaciones y personas tienen que seguir en primer plano. Es para preocuparse, ciertamente.
Tzvetan Todorov ha llamado moral de empatía al impulso de identificación e inmersión en las emociones y en el dolor de los otros. Pero la empatía, con sus diversos grados de identificación e inmersión, ha de llevar aparejada una respuesta tan justa como llena de misericordia, esa forma específica de amor que surge ante el sufrimiento ajeno para erradicarlo.
Esa sería la respuesta debida.
Desde ella, por acción u omisión, cabría evaluar la sensibilidad ética (humanidad, justicia, piedad, solidaridad, hospitalidad) de los individuos, de los ciudadanos y de los pueblos para con las personas que se encuentran en circunstancias críticas. También permite valorar la calidad política de las iniciativas y propuestas que pretenden practicar o ya llevan a cabo los estados, sobre todo y por lo que nos concierne, lo que ha hecho, raquítico, sin paliativos, el gobierno de España, ahora en funciones.
La denominada crisis de los refugiados coloca a su vez un interrogante mayúsculo sobre el proyecto europeo de construcción de una comunidad política basada en el Estado de derecho. Los compromisos o cuotas de acogida, incumplidos con generosidad y con frecuencia, las condiciones finales en la que esta acogida se lleva a cabo en algunos países, la burocracia que expele y gestiona las vidas de las personas, los acuerdos de contención o retención con naciones de origen o de tránsito, las devoluciones en caliente, los CETIs, la práctica militarización de las fronteras marítimas en el mar Egeo y de las fronteras selladas con vallas y concertinas tierra adentro, la transformación de los campos de refugiados en campos de detención, esa malversación semántica que asimila emigrantes forzados a refugiados y que sirve de artificio jurídico para el incumplimiento de la Convención del 51.
Resulta preocupante un hecho más. Quienes consiguen llegar a nuestro país encuentran que una parte de la población les considera una amenaza para sus puestos de trabajo, para la forma de vida, socavan el estado de bienestar y otros etcétera no menos inquietantes.
Por todo ello, si este número de Éxodo ayudara a rectificar un grado la creación de esta memoria social de estereotipo que confunde clase con raza, persona con procedencia, desdicha con maldad, dolor con culpa, refugio y asilo con favor, al otro con peligro latente, si ayudara a purificar la atmósfera de tales opiniones, si al menos …..