Testigos de nuestro tiempo

¿Nuestra política eurocéntrica tiene alguna responsabilidad histórica frente al llamado “Tercer Mundo”?

Quienes valoran el progreso desde arriba, desde la perspectiva de los vencedores, no lo dudan, el progreso debe seguir produciéndose a costa de la injusticia, del sufrimiento y del expolio de hecho, nuestro progreso acabará integrando a los sectores más marginados.

Pero, si miramos a los que soportan el progreso, a las víctimas de la historia, debiera causarnos horror contemplar el montón de cadáveres con que se construye ese progreso triunfal hacia el infierno.

Ese progreso no salva, por más que nombres honorables de una u otra “disciplina” así lo justifiquen. Todos ellos acaban descartando y haciendo invisibles a las víctimas. Al fin y al cabo “las desigualdades o esclavitudes históricas no tienen más anormalidad que la doma de un caballo” (Joseph-Marie, Conde de Maistre); “La sociedad sólo puede sobrevivir al precio de que haya gente que trabaja hasta la extenuación y lo pasan muy mal “(Luis Veillot); “Sólo hay historia entre los blancos” (Conde Gobineau).

EXODO se propone en este número ayudar a ver el mundo con los ojos de los vencidos. Y lo hace, tras un espacio de 50 años, en el que se dio el comienzo de una brillante primavera y a la que siguió la contrarrevolución neoliberal:        

  • Las revueltas generalizadas del 68, el asesinato del Che en el municipio boliviano de la Higuera, el asesinato de Martin Luther King en Menphis, las luchas de estudiantes de USA contra la guerra del Vietnam, y la movilización de universitarios en Europa pidiendo liquidar la sociedad capitalista y la sociedad industrial. La primera reunión del Epicopado Latinoamericano en Medellín, que marca un giro de la Iglesia Latinoamericana hacia los pobres. Y la opción de Pedro Casaldáliga, que aterriza en el Brasil para evangelizar y no occidentalizar ni dominar colonizando.
  • Registramos a la par la contrarrevolución neoliberal que surge en los 70 y se prolonga hasta finales del siglo: globalización productiva y desregulación financiera. Noche neoliberal a la que acompaña el restauracionismo de Karol Wojtyla, en perfecta unión con Thatcher y Reagan. Noche en que veremos cómo alumbran los profetas Óscar Romero, H. Cámara, Pedro Casaldáliga, S. Ruiz, Proaño, Martin Luther King… y otros muchos. Son los testigos que denuncian el olvido e invisibilidad de las víctimas. Frente a la ceguera de sus contemporáneos, avisan que el mundo está en llamas.

Aspiramos a que se pueda generalizar la mirada histórica y el testimonio de estos testigos, que rechazan el gran pecado de la razón ilustrada y de la modernidad: haber relegado al ostracismo la memoria y el sentimiento del pasado, el sufrimiento de las víctimas. Es ahora, con ellos, cuando establecemos que el baremo de la historia no es el éxito, sino el sufrimiento producido por el progreso: “Dejar hablar al sufrimiento es condición de toda verdad” (Adorno).           

Es en Auschwitz cuando nace el deber de la memoria, cuando ocurrió lo que nadie podía imaginar. Y lo ocurrido da qué pensar que con la sola razón no se puede dominar el mundo. Auschwitz acabó con el orgullo cognitivo moderno. Hay que repensar todo (ética, política, derecho, arte, religión) a la luz de la barbarie para poder construir un mundo con una lógica distinta de la que llevó a la catástrofe.

Los profetas son representantes de un mundo nuevo, que nos requieren para tener memoria del daño causado y voluntad para que no se repita. Frente a la lógica del progreso por el progreso solo cabe la interrupción, el “nunca más”.