Éxodo 154

La Iglesia en el pensamiento y militancia de Rufino Velasco

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Éxodo 154
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –

  1. EL PRETEXTO

Salamanca, una década prodigiosa

La década de los sesenta y principios de los 70 del pasado siglo fue un hervidero de inquietudes en Salamanca. Una década prodigiosa. Se hablaba entonces del “cinturón negro de la ciudad” porque casi todas las congregaciones religiosas, masculinas y femeninas, habían recalado con sus centros de estudios superiores en las afueras de Salamanca.

El emblemático lema de la ciudad — “omnium scientiarum princeps Salmantica docet», Guía de todos los saberes-Salamanca enseña— comenzaba a resurgir de un prolongado letargo. Y el foco de este renacimiento ya no estaba, como se hubiera esperado, en la vieja Clerecía.

Todo estaba cambiando muy deprisa. Y el mayor interés emergía ahora desde las periferias de la ciudad al calor de las viejas rebeldías —Fray Luis de León y su texto griego del Nuevo Testamento o Fernando de Rojas y su Tragicomedia de Calixto y Melibea—; y, sobre todo, de la memoria de Unamuno, gritando permanentemente desde todos los rincones de la ciudad. En sintonía con el espíritu del viejo centro dominico de San Estaban, los nuevos focos emergentes aparecían ahora, mayormente, en el Teologado Claretiano Hispanoamericano (TCH) y en el Centro de Catequesis de los Hermanos Maristas de Tejares.

Desde su fundación, RUFINO VELASCO perteneció al claustro del TCH. Junto a Lucas Gutiérrez, Pedro Casaldáliga, Fernando Sebastián, Gregorio del Olmo, Maximino Cerezo, Marciano Villanueva o Santiago García, entre otros, varios de ellos editores de la Biblia de Jerusalén en español y redactores de la influyente revista Iglesia Viva, constituyeron un potente núcleo intelectual y moderno en una Iglesia católicamente preconciliar, romanamente canonista y oficialmente cómplice de la dictadura.

Las aguas habían comenzado a removerse en la Iglesia española. Y para esas fechas, la eclesiología ajustada a los esquemas clásicos de autores como el jesuita J. Salaverri —donde se seguía afirmando que Jesús fundó su iglesia como una “sociedad religiosa, externa y visible, jerárquica, monárquica, perennemente duradera, dotada de un magisterio infalible para ser custodiado y maestra de la revelación auténtica”— ya no tenía acogida entre los teólogos ni entre los estudiantes de la periferia de Salamanca.

En este contexto, Rufino, como profesor de eclesiología, iba recibiendo con alegría las sorpresas del Vaticano II que cada día iban llegando desde Roma, centro cultural y religioso del mundo en aquellos momentos.

Misión Abierta, hija del Vaticano II

Misión Abierta comenzó siendo una revista interna de los estudiantes del TCH de Salamanca que, posteriormente —y hasta su supresión por las presiones de la jerarquía católica española y la curia vaticana— fue aprovechada por los claretianos para convertirla en una de las mejores herramientas de transmisión de la mentalidad del Vaticano II en España.

La revista Misión Abierta sustituyó a la también claretiana “Ilustración del clero” que, por su reaccionarismo, se había convertido, según se decía entonces, en “ofuscación del Clero”. Al equipo inicial de la revista, integrado por Teófilo Cabestrero, Secundino Movilla, Evaristo Villar y José Luis Sierra, se fueron sumando luego otros profesores del teologado como Rufino Velasco, Benjamín Forcano y Giberto Canal. También se le unió un grupo de estudiantes de sociología, periodismo, teología y catequética como Ángel Calvo, Enrique Arnánz, Manuel G. Guerra, MigueL Ángel de Prada, Carlos Pereda y José María Vigil.

El espíritu salmantino de apertura alternativa se mantuvo en Misión Abierta hasta su cerrojazo en 1988. Fue la víctima exigida a los claretianos, por imperativo superior, cuando la involución y la restauración, impulsada por Juan Pablo II y seguida a ciegas por el Cardenal Suquía en España, ya se había encarnado en todo el cuerpo oficial de la Iglesia católica.

El factor Iglesia en el pensamiento y militancia de Rufino

Además del espíritu de Salamanca y de Misión Abierta existe, a nuestro entender, una tercera clave que explica la presencia dominante del tema Iglesia en el pensamiento y la militancia de Rufino. Nos referimos a las grandes fuentes que ya antes del Vaticano II habían llamado la atención sobre la necesidad de reformas en la Iglesia.

Se había dicho que “el siglo XX era el siglo de la Iglesia”, y el más grande eclesiólogo católico, el francés Yves Congar, lo corroboraba, allá por el año l965, en su obra Santa Iglesia. Este mismo autor, junto a otros grandes teólogos europeos, como Danielou, y de Lubac, desde la Escritura y de la patrística, presentaron magistralmente la Iglesia como una institución dialéctica, siempre en tensión en sí misma y en proceso de cambio.

El lema clásico en eclesiología —ecclesia semper reformanda est, es decir, la Iglesia siempre ha de estar en proceso de reforma— no tuvo que esperar intelectualmente al Vaticano II para volver a sonar en la Iglesia. Y Rufino estaba muy al tanto de estos teólogos madrugadores. “Atisbando otra Iglesia” no solo en teoría, sino también en su trabajo pastoral con las nuevas comunidades cristinas que iban surgiendo como nuevos “lugares de tránsito”.

 2. EL TEXTO

Una mirada hacia afuera

En la historia que vamos haciendo los humanos hay momentos que, por su particular densidad, suponen un salto cualitativo tanto en la toma de conciencia y sentido de la propia identidad como en las relaciones que establecemos con la humanidad y con el mundo. Estos acontecimientos suelen venir precedidos por períodos de incertidumbre o grandes crisis que alteran el paradigma habitual de la vida en colectividad.

Por poner un ejemplo, es habitual que los especialistas en el seguimiento del ser humano (antropólogos, sociólogos, filósofos, historiadores, etc.) se vuelvan con admiración hacia aquellos prodigiosos siglos VIII al II de antes de nuestra era —Karl Jasper los calificó como “Tiempo Axial”— durante los que el ser humano logró superar su dependencia directa de la naturaleza y la cerrazón mental que le imponía la propia raza, la propia tribu. Fueron tiempos de maduración intensa que abrieron el espíritu humano a un reconocimiento mayor del mundo y al pensamiento universal. Fue una edad de oro que brotó simultáneamente en diferentes ángulos del planeta, desde la India y China, hasta Grecia y Palestina, situando al ser humano en un estadio superior.

La década prodigiosa de Salamanca fue evidentemente más modesta. Pero, al menos como símbolo alternativo, puede considerarse como un gesto particularmente brillante de nuestra pequeña historia.

La crisis de la modernidad, que ya venía de lejos, se dejó sentir con mayor fuerza en esta década. El ser humano era cada día más “gregario”, la democracia representativa estaba siendo absorbida por un poder impositivo centralizado, y el modelo desarrollista, llevado hasta la cumbre por el Estado liberal burgués, estaba levantando ya demasiadas sospechas no solo por sus destrozos medioambientales, sino también por la división creciente que estaba abriendo entre los pueblos. En esta situación, desde el interior de ambos bloques se estaba oyendo, cada día con mayor fuerza, la creciente protesta contra al mantenimiento de una guerra fría que parecía ya insostenible.

Por todas partes se sucedieron acontecimientos contra este estado de cosas: los mayos del 68 francés, la primavera de Praga, las revueltas en Berlín, la eclosión cultural en Berkeley, las protestas contra la guerra de Vietnam y Argelia, los movimientos contra el neocolonialismo y en defensa de los derechos civiles y contra el apartheid, las revueltas contra la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en México o contra las reformas de Kruchev en la URSS, etc.

El mundo estaba en efervescencia y Salamanca estaba siendo, a su modo, un pequeño muestrario de ese despertar colectivo. Si tuviéramos que destacar algunas claves significativas de este “renacimiento”, señalaríamos estas dos. En primer lugar, una creciente exigencia de “emancipación y liberación” frente a las instituciones y el poder centralizado. Y, en segundo lugar y como raíz de todo esto, la explosión de la “cultura de la protesta”, liderada por la juventud. Una juventud que se manifiesta abiertamente autónoma, libre de las estructuras políticas y sindicales establecidas, que exige transformaciones tanto en la mentalidad como en las prácticas socio-políticas y que es origen, en gran medida, de los movimientos de transformación social posteriores.

Es en este contexto donde es necesario situar la figura de Rufino, como un referente, en la España de entonces, de la mentalidad transformadora del Vaticano II, de la Segunda Conferencia Latinoamericana de Medellín 68 y de la Teología de la Liberación, unida al nacimiento de las Comunidades Eclesiales de Base y la opción por los pobres.

El Vaticano II y su giro copernicano

En la Iglesia tampoco las aguas bajaban calmadas. Existía, en esta segunda mitad del siglo XX, una crisis soterrada que se manifestaba, a diario, en el malestar de los movimientos renovadores —con mayor conocimiento de la Sagrada Escritura y la Patrística y de la tecnociencia del momento— frente a la inmovilidad de la institución jerárquica. En el fondo, la impasibilidad de la contrarreforma contra el luteranismo (siglo XVI) ante los reiterados intentos de la modernidad.

Fue entonces providencial la presencia en escena de Juan XXIII “abriendo las ventanas de la Iglesia” y, convocando, ante la sorpresa general, un concilio (25.1.59) para responder a esta pregunta “Iglesia de Dios, ¿qué dices de ti misma?” Y, curiosamente, contra la experiencia general de que estos acontecimientos, organizados desde arriba, suelen ser antes un punto de llegada que de partida, en este caso, siguiendo el espíritu de “aggiornamento” del papa Roncalli, las cosas no se ajustaron a esa lógica.

De las tres grandes apuestas del Vaticano II (la reforma interna de la Iglesia, la unión de las Iglesias cristianas y la presencia profética en el mundo) —que para Rufino supusieron un “giro copernicano”— conocemos bien ya, por desgracia, su corto recorrido en el posconcilio. Dejando ahora de lado la relación con las otras iglesias, que tampoco tuvo un cambio sorprendente, vamos a centrarnos brevemente en las otras dos.

La Constitución Dogmática Lumen Gentium refleja un cambio sustancial o nuevo paradigma de estructuración en la Iglesia: de un modelo vertical y selectivo a otro horizontal y comunitario; de una “sociedad de desiguales” donde la jerarquía es punto de referencia, control y ordenamiento, a “una comunidad de iguales” donde todos sus miembros se reconocen portadores del mismo Espíritu, se relacionan por vínculos de fraternidad y son responsables de cuanto ocurre en el seno de la comunidad. Se abandona el paradigma de “sociedad perfecta” por algo semejante a “un pueblo” donde cuanto acontece es expresión de vida, sometida al cambio, que la hace siempre una y diversa. El “misterio de la Iglesia” encierra dos realidades de importancia desigual: la primera la constituye el carisma o acontecimiento y la segunda, la institución cuyo objetivo es servir de apoyo y visibilidad de la primera. Frente a un “sistema cerrado”, dirá Rahner, donde todo aparece referido a la jerarquía, el Concilio apuesta por un “sistema abierto” donde, cuanto acontece en la Iglesia, está referido al Espíritu de Jesús que actúa, por sus miembros, en el mundo.

Por su parte, en la Constitución Dogmática Gaudium et Spes el Concilio aborda la dimensión “profética” de la Iglesia o su presencia en el mundo. Si es cierto que los cambios en nuestra época se suceden a un ritmo vertiginoso, lo cierto es que hoy, más que una época de grandes cambios, estamos asistiendo a un cambio de época. Esto nos enfrenta a problemas planetarios para los que la Gaundium et Spes, a pesar de su enorme riqueza puntual, solo puede servirnos como inspiración. Su mayor riqueza para nuestros días está, sin duda en ese su “estilo samaritano” de estar en la vida. Un paradigma —que denuncia el cristianismo al uso y el nacionalcatolicismo— inclusivo y renovador, colaborando siempre en la solución de los grandes retos que, como humanidad, tenemos planteados como son los derivados de la justicia y la ecología. El mayor problema de esta rica constitución quizás esté en haber llegado tarde a la modernidad, cuando ya la sociedad mundial transitaba libremente por las autopistas de la posmodernidad.

Medellín 68 y la opción por los Pobres

Rufino habla de “giro copernicano” para referirse principalmente, siguiendo al teólogo M.D. Chenu, al cambio de actitud del Concilio: “Para utilizar la imagen un tanto grandilocuente de giro copernicano, el mundo ya no gira alrededor de la Iglesia, madre y maestra, sino la Iglesia gira alrededor del mundo. La Iglesia sale de sí misma para hallar su identidad; es misionera, no por una expansión adicional hacia fuera sino por un interno desprendimiento de su “cristiandad”[1].

La globalización ha dejado al descubierto una inmensidad de pobres, consecuencia del “sistema mundo” que ha puesto fin a “las emancipaciones nacionales” y lo ha sometido todo bajo la hegemonía del mercado controlado por el gran capital. En esta situación queda excluido todo lo que no entra en el mercado o no tiene nada que mercar.

Aunque Juan XXIII se refirió a “la Iglesia de los pobres” en la apertura del Concilio, lo cierto es que el marcado eurocentrismo de la asamblea no se sintió mayormente afectada por este magno problema. Conscientes de esta grave ausencia, un grupo de conciliares se reunió, después de la clausura, en las Catacumbas de Santa Domitila para firmar un Pacto por una Iglesia servidora y pobre.

La consecuencia inmediata de este pacto fue la convocatoria en Medellín, Colombia, de la II Conferencia del CELAM que, a juzgar por su repercusión posterior, supuso un antes y un después en el catolicismo del continente. Medellín 68 fue inaugurado por Pablo VI en un clima muy enrarecido: crispado políticamente por el enfrentamiento entre las guerrillas y las dictaduras militares, de una parte, y socioeconómicamente empobrecido, de otra, mientras La Alianza para el Progreso (un reformismo bajo control del Imperio) y La Teoría de la Dependencia se disputaban la salida. La II Asamblea se inclinó finalmente por esta segunda con el objetivo de romper la relación causal de la pobreza del continente con el mundo desarrollado.

En esta situación, el episcopado latinoamericano hizo tres inmersiones de enorme transcendencia: se hizo cargo de la situación de un continente injustamente empobrecido y asolado; optó por los pobres (su apuesta de mayor calado) como exigencia directamente inspirada en el evangelio; y, reconoció  expresamente en las incipientes Comunidades Eclesiales de Base y en la Teología de la Liberación (como discurso segundo sobre su práctica liberadora entre los pobres) el camino acertado para la  evangelización del continente.

Principio protestante: Imposible saltar sobre la propia sombra

Entre las fuentes de donde surge el diseño de Iglesia que va apareciendo en el pensamiento y militancia de Rufino, hay un elemento que, inicialmente, nos llama poderosamente la atención. Se trata del “principio protestante”. ¿Un mero eco de la protesta explosiva de la década de los sesenta salmantinos o tiene mayor calado?

Entre la violencia y la indiferencia ante una situación irracional o absurda, siempre cabe la protesta. Rufino frecuentemente acude al Nuevo Testamento para recoger el comportamiento profético de Jesús ante estas situaciones. En esta ocasión acude al juicio de un teólogo de la talla de Paul Tillich para elevar la protesta a la categoría de principio teológico.

Así se expresa Paul Tillich: “El protestantismo tiene un principio que va más allá de todas sus realizaciones. Es la fuente crítica de todas sus realizaciones, pero no se identifica con ninguna de ellas… El principio protestante, que deriva su nombre de la protesta de los “protestantes” contra las decisiones de la mayoría católica, contiene la protesta divina y humana contra toda pretensión absoluta hecha por una realidad relativa, aunque esa pretensión sea hecha por una iglesia protestante”. “La absolutización se refiere, continúa Rufino, no solo al plano doctrinal o puramente dogmático, sino también al de la institucionalización o estructuración concreta de la Iglesia”.[2] Contra la fijación de la Iglesia católica en la reforma medieval gregoriana va la protesta de la reforma luterana que, a juicio de Congar, le resulta tan difícil arrancar a la iglesia de sí misma como “hacer a un hombre saltar fuera de su sombra”[3].

La Asamblea Conjunta, la gran ocasión perdida

Estos acontecimientos eclesiales de la década de los 60 pillaron a la Iglesia española a contrapié, a la sombra de una implacable dictadura impuesta sobre una población derrotada y empobrecida después de una terrible guerra civil.

La mentalidad oficial reinante aparece clara en la siguiente expresión del entonces cardenal primado, Pla y Daniel: “En las naciones en las que existe socialmente la unidad católica, también el Estado debe confesar y proteger la religión católica”[4]. Pero esta unidad comenzó a resquebrajarse con las “malas noticias que llegaban de Roma: “La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa”. Y, por si fuera poco: “La verdad no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad”[5]. Lo que obligó a la Iglesia española a modificar su complicidad con el régimen del 18 de julio del 36.

La Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, celebrada en Madrid del 13 al 18 de septiembre de 1971, fue uno de esos “Kairoi” llamados a poner punto final a la complicidad de la Iglesia con el régimen franquista. Para esas fechas la mentalidad conciliar estaba prendiendo con fuerza en las parroquias y muchos curas en homilías y asambleas se mostraban abiertamente críticos con el régimen. Muchos acabaron en la Cárcel Concordataria de Zamora. Por su parte, tampoco fue menor la política de nombramiento de obispos, llevada a cabo por el nuncio Luigi Dadaglio. En sus nuevas listas fueron apareciendo nombres como Tarancón, Iniesta, Osés, Añoveros, etc.

La Asamblea supuso, evidentemente, un paso importante en la recepción del Concilio en España y hasta una cierta “reconciliación” entre las dos posturas que se mantenían desde la Guerra Civil. Pero no pudo ponerse de acuerdo en el “reconocimiento de la propia culpa” en la contienda ni tampoco en la “petición de perdón” por no haber sabido ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno del pueblo. Refiriéndose a esta ocasión perdida, Rufino la califica de “fracaso como proyecto de actitudes de la Iglesia española”[6].

Iglesia de Base de Madrid y el sentido común

La Iglesia de Base de Madrid, puesta en marcha en junio de 1986, fue uno de los espacios donde Rufino prestó mayor empeño e ilusión. Inicialmente se coordinaron más de 70 colectivos o comunidades dispersas por toda la ciudad.  Entre ellas había comunidades religiosas y parroquias de barrio. En la parroquia de San Ambrosio en Vallecas fue donde Rufino prestó su apoyo durante muchos años.

“Con modestia y realismo, con ilusión y esperanza, se dice en la presentación del Documento-Programa de Iglesia de Base, queremos aportar nuestro empeño en la realización del hombre nuevo y en la realización de una Iglesia que, presidida por el Espíritu de Jesús, se construye desde abajo con la aportación de las capacidades de cada uno y el compromiso organizado de todos en la fidelidad permanente a los preferidos de Jesús: los pobres y oprimidos”[7].

Tres son las señas que definen la identidad de esta institución: la opción por los pobres, la presencia profético-liberadora en la sociedad y en la Iglesia, y la construcción de comunidades libres y corresponsables.

La mayor crítica que se puede hacer a la Iglesia institución con referencia a este su sector crítico y creativo quizás sea esta que, en reiteradas ocasiones, se ha hecho la izquierda marxista a sí misma: el haber entregado gratuitamente al enemigo un capital simbólico tan rico y el haber despreciado la presencia alternativa, revolucionaria de los cristianos y cristianas de base[8].

 Días de prueba, involución y resistencia

La historia, como todas las grandes obras del Espíritu, pasa por la prueba de la autenticidad. Avanzados los años setenta entró en crisis lo que el gran filósofo de la esperanza, Ernst Bloch, denominó el espíritu de la utopía y se fue imponiendo el cansancio y el escepticismo. El aliento de la década prodigiosa, que sin duda sopló tras la espalda de la mayor parte de las grandes utopías y transformaciones cristianas, dejó de soplar. Y la ausencia de ese impulso hizo entrar en crisis también muchas esperanzas.

Prácticamente, se puede decir que, a partir de Pablo VI —sobre todo tras la experiencia dolorosa con la encíclica Humanae Vitae, pero, desde luego, con Juan Pablo II ya sin titubeo alguno, sino con todo el peso de la ortodoxia más dogmática— se impuso en la Iglesia católica un férreo proceso de involución que desmontó gran parte de las transformaciones liberadoras introducidas por el giro copernicano de la eclesiología del Vaticano II. El proceso de involución debilitó también pasajes sustanciales de los documentos de las Conferencias de Medellín y Puebla y cuestionó en gran parte la praxis más nítidamente profética contra las injusticias en América Latina y en el entero mundo capitalista. La involución tenía que derogar la gran transformación, como diría Karen Armstrong, o la gran revolución evangélica que las Comunidades Eclesiales y su Teología de la Liberación estaban poniendo en marcha en favor de los pobres.

La involución no buscó nunca la radicalidad del Evangelio, sino la sumisión al poder eclesiástico contrario al espíritu samaritano del Vaticano II. El gesto ignominioso de Juan Pablo II sobre la cabeza del sacerdote, teólogo, poeta y místico, Ernesto Cardenal, lo pone bien de manifiesto. No es un gesto evangélico liberador, misericordioso, es la manifestación de un poder absoluto que crea siempre víctimas y del que se espera sumisión incondicional.

Como a toda la comunidad cristiana este gesto brutal le dio mucho que pensar a Rufino, teniendo siempre delante el comportamiento de Jesús ante las autoridades religiosas y civiles de su tiempo. Ni resignación, ni sumisión ante un poder pagano que desconcierta la adhesión al Jesús del Evangelio. Reflexión profunda, sí, sin renunciar nunca a la “protesta” que busca descubrir, a su vez, la hondura de la “resignación (¡¡resistencia!!)  y sumisión” que dio sentido a la fe del creyente evangélico que fue Dietrich Bonhoeffer, a quien Rufino conocía perfectamente. 

3. CONTEXTO

A la vista de las fuentes y del diseño intelectual y testimonial de Rufino sobre la Iglesia, tenemos que reconocer que el factor Iglesia no es un hecho menor en la historia humana de Occidente. Con sus luces y sombras su presencia histórica, y particularmente en unos momentos como los que hemos señalado, ha sido un acontecimiento mundial.

Pero la enorme crisis de siglos que está arrastrando esta institución desde la Reforma Gregoriana, llegando tarde a una modernidad que intentó alcanzar el Vaticano II, quedó nuevamente lastrada por el temor, la falta de talento y la tentación autoritaria que se instaló en la cúspide de la Curia Vaticana.  A consecuencias de todo esto, la involución posconciliar que la ha vuelto de nuevo a sus andadas restauradoras, la ha sumido una vez más en una crisis que afecta no solo a sus estructuras, sino a las bases mismas de la fe que oficialmente profesa. Esto nos obliga a plantear algunas preguntas que van más allá del proyecto ilusionante que dibujó nuestro compañero Rufino sobre la Iglesia, para las que sinceramente tampoco tenemos respuesta.  Son estas:

1ª Dado el agotamiento que está manifestando la religión en nuestra época y, en concreto, dado el anacronismo que sigue presentando la estructuración de la Iglesia católica (y el resto de iglesias), ¿tiene futuro el cristianismo vinculado a esta Iglesia?

2ª ¿Se resuelve este problema con una reforma radical (interna y externa) de la Iglesia o la crisis religioso-cristiana va por otros caminos? ¿Tiene futuro esta Iglesia?

3ª Qué puede significar, en esta situación, un papa sinceramente evangélico como Francisco, en un contexto nada evangélico como la estructura de la institución eclesiástica?

 

[1] Cfr. Rufino Velasco, La Iglesia de Jesús, Verbo Divino 1992, p. 293.

[2] Ibid., pp. 206-7.

[3] Rufino Velasco, La Iglesia ante el tercer milenio, Nueva Utopía, 2002, p. 93

[4] Jesús López, Memoria histórica, ¿Cruzada o locura?, p. 56.

[5] Dignitatis Humanae, 1 y 2.

[6] Rufino Velasco, La Iglesia de Base, Nueva Utopía, 1991, p. 32

[7] Documento-programa. I Asamblea Cristianos de Base de Madrid, 1986, p.3

[8] Cfr. Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, La izquierda, el sentido común y el cristianismo, en Éxodo 123.

Cuatro respuestas para un dibujo de Rufino Velasco

Miguel Ángel de Prada

Éxodo 154
– Autor: Miguel Ángel de Prada –

Preguntar es la base de la entrevista, extrayendo las mejores respuestas de la persona entrevistada. Dado que en esta ocasión especial las preguntas no van dirigidas a Rufino, las respuestas son novedosas porque las proclaman cuatro personas que tuvieron una relación especial con el Rufino profesor de teología y animador de comunidades de base. Se trata del testimonio de coetáneos. Escuchémoslo:

1. Fuentes del pensar en el quehacer teológico
Por Gilberto Canal (profesor de teología junto con Rufino Velasco en el Teologado claretiano de Salamanca)

Doble eje sobre el que pivotó la reflexión teológica de Rufino Velasco: la Iglesia nuevo pueblo de Dios y el Evangelio como fermento en el mundo de los pobres.

El pensamiento de Rufino sobre la Iglesia parte fundamentalmente de un estudio metódico y profundo de la doctrina del Vaticano II, que supone un giro radical sobre toda la dogmática del pasado. Estructura la nueva visión de la Iglesia desde la Constitución Lumen Gentium, que en su número 9 define a la Iglesia como “nuevo pueblo de Dios”, cargando el acento en lo más básico, lo popular, eso en lo que todos coincidimos. Así se empieza a perfilar una eclesiología desde abajo. Esta visión adquiere un mayor rigor en el número 12 de la Constitución, que habla de la función profética del Pueblo Santo de Dios: «la totalidad de los fieles… no puede equivocarse cuando cree. Por eso “el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe…”»
La Iglesia aparece aquí como una realidad dinámica en la que Cristo se presenta no ya como su fundador sino como su “fundamento”(LG 6), sobre el que luego se irán construyendo sus estructuras en la medida en que los signos de los tiempos y el Espíritu de Cristo lo requieran: Lo “básico” es por tanto “popular”; lo jerárquico, derivado…
La Iglesia y los pobres: Conocemos la constante presencia de los pobres en el pensamiento teológico de Rufino. La primera fuente de inspiración de esta presencia es el Evangelio: «Evidentemente que la Iglesia con la actual situación económico-social, como presencia en el mundo de Cristo pobre, evangelizador de los pobres y libertador de los oprimidos (Lc 4,18) ha de ponerse de parte de los pobres y débiles, y luchar cuando sea necesario para defender sus derechos y su promoción humana». Esta visión evangélica se refuerza con la doctrina del Vaticano II sobre la relación Iglesia- Mundo en la Gaudium et Spes (nn 4,9,63), la Pacem in terris, de Juan XXIII, y la Populorum Progresio, de Pablo VI. La conclusión a la que desde aquí llega Rufino es: «En la dinámica concreta del mundo se encarna la gracia y fuera de ella es una abstracción. Si la Iglesia no es fermento evangélico en medio del mundo, no es nada» (apuntes de Rufino).
• Doble fuente de inspiración:
Entre las lecturas que han podido influir el pensamiento de Rufino hay que citar a teólogos que, a su vez, han estado presentes en la doctrina del Vaticano II, como Chenu, Congar, Rahner, De Lubac, H. Küng, etc. Pero Rufino también ha tenido gran sintonía con teólogos de la liberación, como Ellacuría, Jon Sobrino, Leonardo Boff. Y esta sintonía se basa en que también ellos han bebido en las mismas fuentes que Rufino.

2. Cambios que propició en el modelo de Iglesia
Por José Luis Segovia Bernabé (vivió el magisterio de Rufino en el Seminario de Madrid, años 80)

Redacto estas líneas, apresuradas pero cariñosas, en memoria de Rufino Velasco. Las hilvano a través de varios temas que, a mi juicio, fueron la pasión de su vida y que sirven muy bien para contextualizar su aportación teológico-pastoral.

Haciendo un ejercicio de memoria agradecida, inevitablemente resuenan en mis oídos las palabras con que enfáticamente repetía con una pasión poco disimulada: «El Concilio Vaticano II ha supuesto un giro copernicano en la autocomprensión de la Iglesia». Rara era la clase en la que no salía alguna vez esta afirmación. Estábamos en las clases de eclesiología que nos impartía en el seminario de Madrid a mediados de los años 80. A algunos de sus jóvenes oyentes nos faltaba perspectiva, y todavía no éramos capaces de atisbar la magnitud de sus afirmaciones. Sin embargo, los seminaristas vivíamos en pisos y en comunidades parroquiales de barrio, muy próximos a las cuitas de la gente sencilla, y ese contexto ayudaba a entender mejor afirmaciones como la comentada.

Otro tema al que era muy afín el bueno de Rufino era el de los pobres y el papel protagonista que deben tener en la eclesiología. En efecto, probablemente porque su reflexión sobre la Iglesia era ‘reinocéntrica’ y muy centrada en una aproximación a la figura de Jesús y a su praxis, los pobres ocupaban un lugar muy relevante en sus clases y en sus publicaciones. Adelantándose al papa Francisco, que habla de la “amistad” con los pobres, categoría que muestra aún más la horizontalidad relacional con ellos, Rufino mostró cómo esto había de ser posible: los pobres no eran en su discurso solo destinatarios preferentes de la Buena Nueva del Reino, son también protagonistas, actores y hermeneutas de la humanidad nueva a la que nos convoca Jesús de Nazaret. Sin ellos, la Iglesia puede ser muchas cosas, pero nunca será la Iglesia de Jesús. Frente a una Iglesia eurocéntrica que venía acumulando “el polvo imperial de siglos”, cercana a opresores y poderosos, Rufino bebía de la Iglesia latinoamericana, desplegada en múltiples comunidades de base y ubicada en el que llegó a definir como “ continente para la Iglesia”. Una Iglesia Pueblo de Dios, fraternal, encaminada imparable con los empobrecidos, en continuo anhelo de justicia era el referente que tenía en su mente y en su corazón. No era un postulado de la razón teórica, sino una experiencia muchas veces sellada con el marchamo del martirio, como tuvo ocasión de comprobar in situ el propio Rufino a través de personas muy queridas por él.

Aunque no era muy dado a prodigarse en latines, sí recuerdo su repetición de la máxima Ecclesia semper reformanda est. La necesidad de una continua autocrítica, de superar la cultura del siempre-se-ha-hecho-así, la burocratización pastoral o el clericalismo (temas hoy muy presentes, por ejemplo, en Evangelii gaudium) eran cuestiones tratadas por él en sus clases, que siempre convocaban a no perder de vista el horizonte de lo esencial, del evangelio de Jesús sin glosa. Su docencia vinculaba de continuó eclesiología y cristología.

Descansa, Rufino, en paz de todos tus afanes y que el buen Dios te regale en plenitud aquello que anhelaste durante toda tu vida.

3. Pensar el compromiso y actuarlo
Por Enrique Arnánz Villalta (recibió el magisterio de Rufino Velasco en Salamanca y compartió la construcción de la comunidad de base en San Ambrosio, Palomeras, Madrid)
Hace 36 años que dejé el sacerdocio y la parroquia de San Ambrosio, en Vallecas. Viví allí durante 8 años y fue, sin duda, una de las etapas de mi vida espiritual y de mi conciencia social, ética y política más intensas e influyentes. Desde la parroquia, y en coordinación con el resto de las parroquias del arciprestazgo y con las asociaciones cívicas ya existentes, nuestro trabajo fundamental era de acompañamiento de la gente; creación de conciencia de barrio y comunidad; búsqueda de soluciones y recursos para situaciones límite que se daban cada día y de todo tipo; creación de tejido asociativo, sobre todo en el ámbito de la juventud, de los mayores, de la educación de adultos, y en el escenario de lo sociocultural; afirmación de un modelo de iglesia inclusiva y con una clara opción por la defensa de los derechos de los pobres en la vivencia diaria del espíritu de las Bienaventuranzas. Queríamos demostrar –sin pretenderlo expresamente, sino como algo natural a nuestra propia identidad cristiana, eclesial y cívica– que Dios y la comunidad, son afines; que el uno es imagen y semejanza del otro; que el Dios en el que creíamos es vida, comunión, amor, compromiso y opción definida por los pobres y lo pobre de la Tierra.
Una de las almas mentoras de todo esto fue, sin ninguna duda, Rufino Velasco. Había sido profesor de Eclesiología en el teologado claretiano de Salamanca de todos los que componíamos esa pequeña comunidad religiosa vallecana. Había sido asesor, valedor y apoyo incondicional –él y toda su admirable comunidad de Misión Abierta– cuando, enfrentados a la jerarquía claretiana pensábamos en la creación de formas de vida religiosa fuera de las comunidades clásicas, y encarnadas en los barrios periféricos de las ciudades. Y había sido un referente en la elaboración conceptual de nuestro proyecto de vida comunitaria con tres ideas/ fuerza que él consiguió grabar en nuestro disco duro mental y vital:
La idea –ahora evidente–de que no hay que entender y comprender el mundo desde la Iglesia, sino al revés, la iglesia desde el mundo. Entendimos, porque él nos lo enseñó con su eclesiología y su ejemplo, que el centro del mundo… es la comunidad local donde vivimos, y en la que había que implicarse con absoluta lealtad. Era un error el pensamiento anterior: Dios está en el más allá, y el mundo/la iglesia en el más acá. Dios y el mundo, nos enseñó Rufino, son afines; el uno es o debe ser imagen y semejanza del otro.
La idea de “lo inter”, de lo intercultural, de lo interreligioso, del ecumenismo religioso y laico… Fue muy revelador oírle a Rufino decirnos aquello de: «El Dios de Jesús no es ni católico, ni español». Era una forma absolutamente sencilla de enseñarnos, que es lo profundamente humano, el lugar verdadero de encuentro con Dios, y esto jamás puede encorsetarse en siglas, religiones, iglesias, sinagogas o mezquitas. Nos invitaba a trabajar por una Iglesia de y con mirada de luces largas y anchas.
La tercera idea potente que Rufino nos enseñó y nos ayudó a asimilar es la de que en la comunidad eclesial la autoridad es servicio, y por lo tanto, la gran tarea del “líder” es la de trabajar para que la comunidad a la que sirve sea cada vez más capaz de pensar, decidir y actuar por sí misma, en orden a la transformación de su propia realidad.

Rufino era, en su pensamiento, y en aquella época, un antisistema, y nos invitaba a ello. Sé que su eclesiología había nacido de “creerse” con sinceridad el espíritu del Vaticano II. Pero sé, también –lo hablamos en diferentes ocasiones– que un espacio de creación y contraste teológicos muy importantes para él había sido el contacto con estas comunidades eclesiales de barrios. Puedo hablar de Vallecas, porque fui testigo directo de su presencia allí y con nosotros, pero seguro que tuvo en su escenario vital otras referencias.
Participaba en las eucaristías domésticas –de horas– que teníamos los martes en nuestra casita de 57 metros cuadrados, con otros agentes pastorales y vecinos del barrio, y compartía después la cena. Muchos domingos participaba –o celebraba– la única eucaristía que teníamos en la Parroquia, hablando como uno más lo que le habían sugerido las lecturas. Se integró en la coordinación y animación de algún grupo de adultos donde se debatían temas relacionados con la vida diaria de la comunidad. En la asociación cultural Al Alba participó en cursos de educación de adultos y en grupos de estudio bíblico desde la mirada de la problemática sociopolítica del momento.
Y siempre, siempre… era “el hombre bueno”, sonriente, asertivo, cercano que disfrutaba de la compañía, la conversación, la comida compartida y el acompañamiento en los sufrimientos y dificultades de la vida cotidiana de la gente. Los miembros de la comunidad claretiana de Misión Abierta fueron para nosotros unos hermanos mayores que nos quisieron mucho y nos apoyaron siempre. Y Rufino dentro de dicha comunidad fue un referente especial, porque quiso acercarse a la experiencia de vivir en Vallecas el sufrimiento y la alegría infinita que comporta participar de la pasión dolorosa de los pobres.
Ahora, estoy convencido que, desde el lado misterioso de la vida, nos sigue apoyando en el esfuerzo diario por hacer que este mundo sea menos estúpido y más justo.

4. Implicación en comunidades cristianas de base
Por la Coordinadora de Iglesia de Base de cristianas y cristianos de Madrid.
Cristianas y cristianos de Base de Madrid y, en su nombre, la Coordinadora siempre está agradecida a Rufino Velasco. Persona muy cercana, afable en el trato, cariñoso y siempre con su sonrisa. Pero, sobre todo, persona muy comprometida. Cuando te encuentras con él, lo primero es interesarse por tu vida: ‘cómo te va, qué estás haciendo, cómo marcha tu comunidad, en qué estáis embarcados, qué es lo que nos preocupa y, de modo especial, cómo nos va en la Iglesia de Base de Madrid. En su interés recogía todos los aspectos de nuestra vida.
Desde los primeros encuentros de las Asambleas de preparación, Rufino participó activamente en el proceso de construcción de lo que somos en Cristianas y cristianos de Base de Madrid como miembro activo de la comunidad parroquial de San Ambrosio (Alto del Arenal, Madrid) y la comunidad religiosa de Fernández de los Ríos. Sus aportaciones fueron muy positivas y sugerentes, abiertas a la reflexión, desde la realidad que vivimos cada día, para poder interrogarnos cuál es el camino al que nos comprometemos en defensa de los más desfavorecidos en nuestra sociedad.
Para nuestra formación, Rufino fue el primero en escribir, en 1991, un libro de los seis publicados en la colección La Iglesia de Base (Nueva Utopía). En él recoge y reflexiona cómo desde la base hacemos el camino para construir la Comunidad de Comunidades; la importancia de la participación en este caminar y lo central que es el encuentro comunitario. A partir de estos principios hace teología desde la base y nos sirve para descubrir la importancia en nuestras vidas y en la sociedad del proceso que llevamos y sentimos. El texto ha servido para nuestra formación y la de tantas personas que han querido acercarse a formar parte de nuestras comunidades de Base.
Siempre dispuesto a ayudar. Así se mostró desde el principio. Se ofrecía a ir y estar en cualquier comunidad que lo requiriera para aportar su experiencia de vida. El encuentro con nuestras comunidades era lo más importante; el cuidado de esta red de comunidad de comunidades, que es para él la iglesia de base, nos fortalece, transmitiéndonos su testimonio y su compromiso con los más pobres, con la vida de las comunidades. Su participación con alegría en las celebraciones, encuentros y asambleas por poder encontrarse con todas las personas. Venía al encuentro con talante cercano, interesándose por la situación de todas las personas, alegrándose de compartir la comida y bebida comunitaria.
En un blog de teología nos habla de Jesús de Nazaret, que siempre fue un judío permanentemente laico. Desde las Bienaventuranzas nos dijo: «los privilegiados de Dios son los pobres». Hasta tal punto se distancia este Jesús del sacerdocio del templo que le obliga a preocuparse por los pobres de su pueblo. En el ‘buen samaritano’, Jesús presenta como ‘prójimo’ a toda la inmensa mayoría de los pobres que forman parte del pueblo de Israel. Ese prójimo que obliga al sacerdote y al levita a dar un rodeo y pasar de largo, a Jesús le dio lástima, es decir, ‘le conmovió las entrañas’. Y Rufino termina la reflexión diciendo: «el criterio determinante del juicio de Dios sobre la historia no va a ser un criterio religioso, sino estrictamente laico». Estos principios nos siguen motivando hoy y nos mantienen en nuestro trabajo a través de la ‘comisión de Laicidad’, que tanto aporta a las comunidades.

Gracias, Rufino, por poder compartir contigo desde el principio hasta el final tu vida de compromiso y acogida; por dejarnos una teología de la Iglesia del Vaticano II y tu poesía cristiana. Seguro que nos sigues sonriendo donde estás.

Confieso que he vivido largamente

Éxodo 154

Confieso que he vivido largamente, y que siendo aún un niño ya firmaba Rufino Velasco CMF, Cordis Mariae Filius, la marca registrada de la congregación claretiana, para luego, al cabo de los años, ampliar horizontes hacia un estilo laico impregnado, decían sotto voce mis colegas, de los secos modales y los aires templados a los que habría que añadir el repertorio, corto, de vicios y virtudes que, al parecer, retratan a un castellano viejo.

Confieso que he tratado de servir a corazón abierto allí donde estuviera, empeñado más que nada en trabajar conceptos teológicos que más adelante enunciaré, y confieso asimismo que, sin salir de mi asombro, como una fibra al borde de la música o la palabra al borde del silencio, mi existencia tembló muy a menudo al borde de mis versos.

Confieso, ya lo he dicho, que ejercí de teólogo. Escritos, reflexiones, clases en la academia, diálogos, lo típico, ya sabes, hasta hilvanar, al cabo, y disculpa el remedo del lenguaje kantiano,  los puntos cardinales de una eclesiología  práctica, evangélica, fundamental, nada dogmática, en la estela de aquel  providencial Juan XXIII, bendito sea, que convocó un concilio a fin de responder a la pregunta ‘Iglesia de Dios,  ¿qué dices de ti misma?’, y el concilio, atendiendo a esa interpelación del buen Papa Roncalli, vinculó su respuesta con estas  condiciones, a saber: la exigencia de una reforma interna de la Iglesia, la apertura a la unión de todos los cristianos y una apuesta decidida por la presencia profética de la Iglesia en el mundo. Tras resistencias varias  que no vienen al caso, empeñé potencias y sentidos en pensar, divulgar y en llevar a la práctica el modelo de Iglesia que alentaban los aires conciliares, el modelo de una iglesia horizontal, una Iglesia, comunidad de comunidades, más participativa que jerárquica, alejada de aquella  consideración de sociedad perfecta, una Iglesia de bases, donde todos los miembros se reconocen portadores del mismo espíritu, se relacionan con vínculos de fraternidad, forman el nuevo pueblo de Dios, compuesto por mujeres y hombres que, ejerciendo el sacerdocio común de los creyentes, lo despliegan en ministerios y servicios varios. Que sean otros quienes desarrollen en las páginas que siguen los pilares de esa Eclesiología práctica. Por mi parte, mantuve como enseña estas dos convicciones: que el lugar natural del teólogo es la comunidad de base; y segunda, que la gracia se encuentra en la dinámica concreta de este mundo, y, por tanto, si la Iglesia no es fermento evangélico en medio de esa historia real, no es nada.

Confieso que me hice protestante. No se me malentienda, por favor. Protestar, reformar (Ecclesia  semper reformanda), constituye una actitud crítica esencial, pues implica que la comunidad  local donde nos encontramos practica la conversión continua en su compromiso con todos aquellos asuntos que tienen que ver con la buena vida y la existencia digna de los seres humanos, con la defensa, en suma, de sus derechos básicos.

Confieso que he sufrido bastante, aunque no me he quejado ante nadie de nadie.

Confieso que, en la cumbre de mis alegrías y a pesar de todos los pesares, mantuve la esperanza de que una Iglesia presidida por el espíritu de Jesús y la fidelidad de cada uno de sus miembros al mensaje de las bienaventuranzas iniciaría la realización de un hombre nuevo.

Confieso que he creído en el Dios de aquel Jesús de Nazaret que anunció la liberación de los pobres y que exigía el mismo compromiso radical a quien deseara seguirle. Muy pronto comprendí, no obstante, que en la liberación anida la utopía, aunque sólo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección. Así lo declaraba el mártir Ignacio Ellacuría, y lo mismo profesa mi hermano y amigo Pedro Casaldáliga, teólogos, con otros, de la liberación que unieron su suerte a la de los desheredados de la tierra.

Y confieso que creo en la Resurrección. Amén. Al final del camino, sin embargo, he mirado mis ojos y, mirándolos contemplando su último secreto, he sentido, de pronto, que es la muerte lo más absurdo y cierto.

En cualquier caso, compañeras y compañeros en la causa por el Reino de Dios, gracias por recordarme,

Rufino Velasco, imaginado definitivamente en Éxodo