Éxodo 153

La Iglesia y su incidencia en la Venezuela de hoy

Pablo Urquiaga

Éxodo 153
– Autor: Pablo Urquiaga –

Desde antes del triunfo de la Revolución Bolivariana, en Venezuela han existido dos concepciones del vocablo “Iglesia”. Uno referente a la «Iglesia institución o jerárquica», formada por la conferencia episcopal (obispos, presbíteros y diáconos); es  decir,  la «iglesia clerical»;  y otro que se define como la “Iglesia Pueblo de Dios Organizado”, que está formada por la Iglesia de la Base (Comunidades Eclesiales de Base}, vicaría de los sectores populares (presididas por hermanas religiosas vicarias) y laicos comprometidos en diversos grupos de apostolado (Legión de María, Cursillistas, Carismáticos, catecúmenos, etc.).

La Iglesia que está en la jerarquía

Dentro de la Iglesia «jerárquica» hay algunos obispos que son conservadores y defensores de su «status quo», apegados a sus privilegios y dignidades, que buscan su reconocimiento como legitimas autoridades. Ellos controlan la «conferencia» e imponen sus criterios a la hora de tomar decisiones, aunque no todos piensan igual, sobre todo a nivel político. Hacen ver como bloque que todos apoyan a los partidos de oposición y rechazan al gobierno legítimo y constitucional de Venezuela, tomando una posición radical con posturas críticas parcializadas; todo lo ven mal y nunca reconocen nada bueno de lo que el actual gobierno venezolano ha realizado en favor de los más pobres a nivel de educación, salud, cultura, etc., como son las Misiones Sociales que han beneficiado a millones de pobres y desamparados en nuestro país. Algunos presbíteros y diáconos respaldan esta posición, pero otros son críticos de esta postura, reconociendo los logros de la Revolución y apoyándolos en todas las áreas donde a los pobres se les ha dignificado y también señalando los errores cometidos en la distribución de las riquezas en el área económica, denunciando la corrupción de algunos mandatarios mal llamados «revolucionarios» que no sirven al pueblo sino que se sirven de él para su propio beneficio.

La Iglesia que está en el Pueblo

A la «lglesia de la Base» se la ha tratado de marginar o manipular, sobre todo a las Comunidades Eclesiales de Base, que en la mayoría de las parroquias se las rechaza y no se les atiende debidamente, teniendo que organizarse en las «zonas marginales” (suburbios de las grandes capitales). Tienen que actuar al margen de la «jerarquía» y solo un pequeño grupo de presbíteros y hermanas vicarias les apoyan y sirven. Estas comunidades han tomado conciencia de que la Iglesia de Cristo es el Pueblo de Dios Organizado (como lo señala el Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium, 9, respaldado por 1 Pedro 2, 9-10). Existe también un gran número de fieles que asisten a la misa dominical y practican algunas devociones de forma individual, sin pertenecer a ningún grupo organizado eclesial, pero sí están comprometidos en la Misiones Sociales gubernamentales en las áreas de salud, educación, cultura y servicios sociales; incluso algunos son miembros del partido de gobierno (PSUV).

Revolución y práctica religiosa

Al principio del Proceso Revolucionario algunos obispos apoyaron lo apoyaron, pero, al ver que la Revolución se identificaba con el marxismo en su praxis, fueron tomando distancia y se pusieron radicalmente al lado de la oposición. Así les pasó también a muchos presbíteros, incluso a religiosas comprometidas con la causa de los pobres desde los sectores más populares. Muchos católicos se fueron alejando del Proceso, aunque la gran mayoría de la gente pobre (de los barrios) sigue apoyando la Revolución a pesar de los errores y la mala política de algunos de sus funcionarios. Eso dio como resultado que muchos se alejaron de los servicios litúrgicos, pues algunos presbíteros usaban las misas para hablar mal del gobierno, manipulando el Evangelio a sus intereses políticos partidistas. Sin embargo, ese Pueblo de Dios se mantiene siendo «católico y apostólico» (pero no «romano»), se manifiesta partidario de la línea pastoral del Papa Francisco, pero no de los obispos, aunque un gran número de ellos se han pasado a las Iglesias Evangélicas y de otras denominaciones.

Bloqueo económico y emigración

El infernal bloqueo económico, impuesto por USA y la complicidad de los partidarios del mismo, aliados con la violencia y el deseo de invasión Norteamericana (solo un pequeño y reducido grupo de oposición radical) ha provocado un inmenso flujo migratorio a los países fronterizos, debido también a la guerra económica y cibernética, unido a la ineficiencia e ineficacia de algunos funcionarios gubernamentales y militares corruptos que han dañado la pureza del proceso Revolucionario original.

En este momento de pandemia, la Iglesia de la Base, unida y respaldada por algunos presbíteros y pastores evangélicos y de otras religiones e incluso algunos jerarcas de la oposición se han dado a la tarea de unirse en oración con el fin de erradicar el famoso «coronavirus covid 19″ e invitar a todo el pueblo a una cadena de oración sin exclusión de ningún tipo. Dios nos permita unirnos, no solo para salir de la pandemia, sino para eliminar los enfrentamientos, prejuicios, rencillas, odios y divisiones que no nos dejan avanzar en la construcción de un país mejor: «con todos y para el bien de todos”.

Vivir la fe desde el compromiso social en Honduras

Ismael Moreno Coto (p. Melo)

Éxodo 153
– Autor: Ismael Moreno Coto (p. Melo) –

1- La fe, una fuerza en la lucha

Muchas personas y grupos que participan activamente desde las bases en luchas y movimientos sociales y populares por la transformación de la sociedad, lo hacen movidas por su fe en Dios y por su pertenencia a la iglesia. Son dirigentes y organizaciones campesinas, indígenas, comunidades eclesiales de base, movimientos ambientalistas territoriales, casi siempre acompañados por agentes de pastoral como párrocos, religiosos y religiosas, y muy escasamente por algún obispo. Para estos líderes y sectores, el dato de la fe es fundamental en su compromiso social.

Gerardo Chévez, dirigente comunal de su colonia, en el norte de Honduras, practicante y activo en la Iglesia Católica y en las organizaciones populares, confiesa que la fe es lo que “garantiza la validez de las luchas populares”. “Es mi motor, lo que me da fuerza. Es lo que permite que las luchas trasciendan y no queden atrapadas en miserias humanas, como el dinero y el poder”. “La fe es lo que me ha ayudado a descubrirme en los demás y a experimentar que el sentido de mi vida no lo encuentro en mi mismo, sino en el encuentro con los demás”. “No concibo que un cristiano no comprometa su vida en las luchas por la justicia, porque la dimensión social puesta en el compromiso por la transformación social es parte esencial del evangelio de Jesucristo”.

Margarita Navarro tiene 60 años. A los 14 años era catequista en la Iglesia Católica y a los 16 años, animadora de los grupos juveniles, y a los 18 años se integró a la organización de mujeres campesinas. Como dirigente campesina fue capturada en 1986, encerrada en una celda de la policía de investigación:. “Yo estaba sola en la celda, y me llegaban a torturar. Pero yo pensaba en que el Señor Jesús estaba acompañado por María y otras mujeres, por Juan y otros amigos que en las afueras del lugar donde lo torturaban lo acompañaban y sufrían con él. Eso me daba ánimo a mí, porque en mi soledad sabía que, como Jesús, había gente afuera que sufría conmigo ”.

Pasaron varias décadas de aquella experiencia carcelaria y Margarita Navarro sigue en su compromiso en la Iglesia y su compromiso con la organización popular. “No son dos compromisos distintos – dice—es uno solo, y  “A mi me gusta formar parte de las organizaciones populares, especialmente si en ellas se valora la experiencia y la fuerza de las mujeres, porque de esa manera puedo vivir mi fe inserta en la lucha por transformar la realidad, que es parte de la evangelización”.

Si damos por supuesto que tenemos fe, pero no la alimentamos, terminaremos diciendo que creemos en Dios y seguiremos estando en la Iglesia, pero en los hechos estaremos sin Dios y actuando a espaldas de la Iglesia que nació del Evangelio de Jesucristo”.

La creyente Margarita Navarro se apresta a reconocer: “He conocido a personas no creyentes que han dado muestras de amor y de entrega mucho mayores que muchos dirigentes que se dicen creyentes”. Margarita sabe lo que dice:  “Para mí, no es lo que uno confiesa que es lo que acredita si lleva o no lleva a Dios en su vida. Es su testimonio el amor que transparente. Yo he conocido a personas no creyentes que sin llevar a Dios en su boca, Dios habla en ellas, porque en ellos Dios actúa”.

2- Cuando los fundamentalismos se encuentran

Muchas personas y organizaciones comprometen su vida e impulsan sus luchas y acciones a partir del desarrollo de sus ideas y la  experiencia apunta a que la fe  suele ser vista en estas esferas de luchas populares como un dato marginal o como una expresión de atraso ideológico y político . Pero, así , como en un creyente cristiano el peligro del fundamentalismo crece en la medida en que pierde la dimensión histórica de la lucha por dar demasiado peso a “lo que dicen las escrituras”, un dirigente popular de esta corriente de izquierda puede caer en el peligro de endiosar una teoría política o elevar a categorías divinas e infalibles a los teóricos de las ciencias sociales y políticas.

La experiencia nos advierte que una fe que no esté mediada por la realidad histórica puede convertir a quien la practica en un fanático religioso, tiende a manipular los datos de la realidad para fundamentar lo que dicen los textos religiosos, es decir, los dirigentes o animadores de la fe rompen con la mística y la ética y acaban siendo corruptos. En esta manipulación de la realidad, en el caso hondureño, coinciden tanto sectas evangélicas de corte neo pentecostales, como diversos sectores de la Iglesia católica, con frecuencia promovidos y respaldados por estructuras jerárquicas.

Cuando la fe o una ideología política no están mediadas por un amor auténtico encarnado en quienes sufren las consecuencias de la injusticia, ambas se convierten en instrumentos al servicio de intereses alejados de las auténticas luchas liberadoras.

3- El humanismo: puente entre los creyentes y los increyentes

La honestidad y la mística harán que tanto la persona creyente como la no creyente finalmente coincidan en valores de solidaridad, humanismo, justicia y paz y sus luchas, se encuentren y se complementen.

La autenticidad y la mística de quienes se comprometen a fondo con la liberación de las víctimas, acostan distancias, y rompen prejuicios entre quienes se sienten motivados desde su fe cristiana, y quienes se sienten motivados desde su ética.

 4- Fe y vida desde comunidades lencas hondureñas

Varias comunidades lencas del norte del departamento de Intibucá, en el occidente de Honduras, se plantaron unos años atrás, por varias semanas y meses, en el cruce de una carretera, cavaron amplias fosas para impedir el paso de las maquinarias de una empresa vinculada a un capital muy poderoso internacional con sus socios internos.  La iniciativa la había tomado el Comité Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras –COPINH—bajo el liderazgo indiscutible de Berta Cáceres.

Cuando se les preguntó qué pretendían con la toma de la carretera en esas profundidades de la montaña, no dudaron nunca en decir que protegen su río y sus bienes de las amenazas del extraño, que no permitirán que se roben lo que les ha dado vida y que es fuente de su fe a lo largo de toda su historia. Su vida y su fe en Dios la viven en íntima relación con la naturaleza, especialmente sus bosques y sus ríos.

Las comunidades indígenas se fueron informando de todo . Por defender ese río y a sus comunidades, los empresarios asociados con militares y políticos, diseñaron e implementaron el plan que culminó con el asesinato de la dirigente indígena y popular Berta Cáceres, el día 2 de marzo de 2016.

Nada pudo alegrar más a estos dirigentes de fe y de vida que la presencia de sacerdotes o religiosos que animaran sus vidas y sus luchas mientras tenían tomada la carretera. Y nada les dolió más que algunas críticas o rechazos que tuvieron por parte de algún sector de la jerarquía católica.

Todos esos asuntos de si hay manipulación, de si la iglesia debe o no meterse en asuntos ambientales o defensa de derechos humanos, no eran asuntos que existieran entre las comunidades lencas que se apostaban en la carretera para vigilar que ninguna de la maquinaria destructora de su río pudiera cruzar la línea defendida con todo su fervor.. Dios no está lejos de su pueblo, está entre su pueblo, no tenemos que ir a otro lado a buscarlo, está entre el pueblo y es dentro de las realidades humanas en donde hemos de descubrir sus presencia salvadora.

La decisión de estas comunidades de apostarse por varias semanas es un ejemplo que puede irradiar en muchas otras comunidades. Es un símbolo de defensa de la vida, tanto local como nacional.

Es cierto que a estas comunidades en lucha no violenta activa les ocurre que mucha gente no cree en ellas porque son comunidades humildes, indígenas y pobres. Estamos acostumbrados a que los líderes y palabras que impactan provengan de personas y grupos profesionales y que ya tienen un discurso muy bien organizado. Y ocurre lo que siempre pasa cuando no se cree en la gente pobre: dicen que están siendo manipuladas por otras personas y grupos interesados en crear el desorden y la inestabilidad en el país.

De acuerdo a nuestra fe cristiana, la esperanza brota desde los humildes de la tierra. Para la Iglesia y la sociedad, esta acción de estas comunidades lencas es una oportunidad para que nos despertemos a la escucha de la voz de los pobres, y que nos reencontremos con esas esperanzas que sin duda renuevan nuestra fe en el Señor que hace sentir su paso liberador en donde se defiende la vida y la naturaleza.

 5- La organización de los pobres desde nuestra fe cristiana

La población más pobre, los trabajadores asalariados y los que se ganan la vida en los corredores informales de la economía, las comunidades campesinas e indígenas, los jóvenes, las mujeres, y en general todos los sectores empobrecidos, tienen derecho a defender su vida y luchar por su dignidad y sus derechos.

Pueblo pobre, necesidades sociales y organización han de ir siempre de la mano. El Evangelio nos recuerda que el milagro del compartir se alcanza cuando a la necesidad objetiva le sigue la conciencia de ser pueblo y el proceso de organización de las víctimas.

En relación con este concepto de organización como fuerza de los pobres, Monseñor Romero logró hacer una síntesis en esta espléndida formulación: “Dios quiere salvarnos en pueblo. No quiere una salvación aislada. De ahí que la Iglesia de Hoy, más que nunca, está acentuando el sentido de pueblo. Y por eso la Iglesia sufre conflictos. Porque la Iglesia no quiere masa, quiere pueblo. Masa es el montón de gente cuanto más adormecidos, mejor; cuanto más conformistas, mejor. La Iglesia quiere despertar a la gente el sentido de pueblo…”  “Nadie le puede quitar a la gente el derecho de asociarse, con tal que sea una asociación para buscar las causas justas… La agrupación es un derecho cuando los objetivos son justos. Y la Iglesia estará siempre al lado de ese derecho de organización y de esos justos objetivos de las organizaciones”.

La Iglesia sí ha de estar en el ámbito de la política, como espacio público que busca transformar las condiciones desde las víctimas, para que la población indefensa sea respetada en sus derechos. Esa es la política del bien común. Y como política, se ha de apoyar a la organización comunitaria y popular con el fin de que los pobres se sientan fuertes en sus luchas y en sus demandas por justicia y por garantizar sus derechos.

Para Mons. Romero lo que importa no es la organización social y popular por sí misma. Absolutizar la organización popular tiene el peligro de convertir a los pobres en instrumentos al servicio de unos cuantos dirigentes. Para Mons. Romero la organización ha de estar siempre al servicio de las necesidades de las mayorías oprimidas, como muy bien lo dijo: “Lo que marca para nuestra Iglesia los límites de esta dimensión política de la fe, es precisamente el mundo de los pobres. En las diversas coyunturas políticas lo que interesa es el pueblo pobre”.

 Recuento

La Iglesia ha de seguir afirmándose desde su fidelidad a la Palabra de Dios, a su tradición profética y a la realidad histórica, y ha de seguir entendiéndose a sí misma a partir de la opción preferencial por los pobres para que los luchadores populares encuentren en ella un lugar y encuentren en la fe una fuerza que los impulsa en su mística transformadora.

La opción por los pobres ha de significar que en cualquier circunstancia de la vida, la Iglesia ha de hacer sentir su presencia a favor de las poblaciones indefensas y discriminadas, promoviendo el diálogo entre los conflictos sociales, pero desde el lugar de las víctimas.

La Iglesia ha de acompañar a las organizaciones sociales y populares desde su amor preferencial por los pobres. En circunstancias en que haya conflicto entre la organización y la vida de los pobres, la Iglesia no ha de dudar en situarse en la realidad de los pobres, puesto que la opción de la Iglesia es por los pobres y apoyará o cuestionará aquellas mediaciones según fortalezcan la vida y la esperanza de los pobres.

 

La Iglesia y su incidencia en la Venezuela de hoy

Pablo Urquiaga

Éxodo 153
– Autor: Pablo Urquiaga –

Desde antes del triunfo de la Revolución Bolivariana, en Venezuela han existido dos concepciones del vocablo “Iglesia”. Uno referente a la «Iglesia institución o jerárquica», formada por la conferencia episcopal (obispos, presbíteros y diáconos); es  decir,  la «iglesia clerical»;  y otro que se define como la “Iglesia Pueblo de Dios Organizado”, que está formada por la Iglesia de la Base (Comunidades Eclesiales de Base}, vicaría de los sectores populares (presididas por hermanas religiosas vicarias) y laicos comprometidos en diversos grupos de apostolado (Legión de María, Cursillistas, Carismáticos, catecúmenos, etc.).

La Iglesia que está en la jerarquía

Dentro de la Iglesia «jerárquica» hay algunos obispos que son conservadores y defensores de su «status quo», apegados a sus privilegios y dignidades, que buscan su reconocimiento como legitimas autoridades. Ellos controlan la «conferencia» e imponen sus criterios a la hora de tomar decisiones, aunque no todos piensan igual, sobre todo a nivel político. Hacen ver como bloque que todos apoyan a los partidos de oposición y rechazan al gobierno legítimo y constitucional de Venezuela, tomando una posición radical con posturas críticas parcializadas; todo lo ven mal y nunca reconocen nada bueno de lo que el actual gobierno venezolano ha realizado en favor de los más pobres a nivel de educación, salud, cultura, etc., como son las Misiones Sociales que han beneficiado a millones de pobres y desamparados en nuestro país. Algunos presbíteros y diáconos respaldan esta posición, pero otros son críticos de esta postura, reconociendo los logros de la Revolución y apoyándolos en todas las áreas donde a los pobres se les ha dignificado y también señalando los errores cometidos en la distribución de las riquezas en el área económica, denunciando la corrupción de algunos mandatarios mal llamados «revolucionarios» que no sirven al pueblo sino que se sirven de él para su propio beneficio.

La Iglesia que está en el Pueblo

A la «lglesia de la Base» se la ha tratado de marginar o manipular, sobre todo a las Comunidades Eclesiales de Base, que en la mayoría de las parroquias se las rechaza y no se les atiende debidamente, teniendo que organizarse en las «zonas marginales” (suburbios de las grandes capitales). Tienen que actuar al margen de la «jerarquía» y solo un pequeño grupo de presbíteros y hermanas vicarias les apoyan y sirven. Estas comunidades han tomado conciencia de que la Iglesia de Cristo es el Pueblo de Dios Organizado (como lo señala el Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium, 9, respaldado por 1 Pedro 2, 9-10). Existe también un gran número de fieles que asisten a la misa dominical y practican algunas devociones de forma individual, sin pertenecer a ningún grupo organizado eclesial, pero sí están comprometidos en la Misiones Sociales gubernamentales en las áreas de salud, educación, cultura y servicios sociales; incluso algunos son miembros del partido de gobierno (PSUV).

Revolución y práctica religiosa

Al principio del Proceso Revolucionario algunos obispos apoyaron lo apoyaron, pero, al ver que la Revolución se identificaba con el marxismo en su praxis, fueron tomando distancia y se pusieron radicalmente al lado de la oposición. Así les pasó también a muchos presbíteros, incluso a religiosas comprometidas con la causa de los pobres desde los sectores más populares. Muchos católicos se fueron alejando del Proceso, aunque la gran mayoría de la gente pobre (de los barrios) sigue apoyando la Revolución a pesar de los errores y la mala política de algunos de sus funcionarios. Eso dio como resultado que muchos se alejaron de los servicios litúrgicos, pues algunos presbíteros usaban las misas para hablar mal del gobierno, manipulando el Evangelio a sus intereses políticos partidistas. Sin embargo, ese Pueblo de Dios se mantiene siendo «católico y apostólico» (pero no «romano»), se manifiesta partidario de la línea pastoral del Papa Francisco, pero no de los obispos, aunque un gran número de ellos se han pasado a las Iglesias Evangélicas y de otras denominaciones.

Bloqueo económico y emigración

El infernal bloqueo económico, impuesto por USA y la complicidad de los partidarios del mismo, aliados con la violencia y el deseo de invasión Norteamericana (solo un pequeño y reducido grupo de oposición radical) ha provocado un inmenso flujo migratorio a los países fronterizos, debido también a la guerra económica y cibernética, unido a la ineficiencia e ineficacia de algunos funcionarios gubernamentales y militares corruptos que han dañado la pureza del proceso Revolucionario original.

En este momento de pandemia, la Iglesia de la Base, unida y respaldada por algunos presbíteros y pastores evangélicos y de otras religiones e incluso algunos jerarcas de la oposición se han dado a la tarea de unirse en oración con el fin de erradicar el famoso «coronavirus covid 19″ e invitar a todo el pueblo a una cadena de oración sin exclusión de ningún tipo. Dios nos permita unirnos, no solo para salir de la pandemia, sino para eliminar los enfrentamientos, prejuicios, rencillas, odios y divisiones que no nos dejan avanzar en la construcción de un país mejor: «con todos y para el bien de todos”.

Simone Weil y la identificación con los oprimidos del mundo

María Laín

Éxodo 153
– Autor: María Laín –

Francisco Fernández Buey (1943-2012) fue catedrático de Filosofía Política en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y uno de los principales difusores de las obras de Karl Marx y de Antonio Gramsci en España. Su actividad como filósofo y docente le llevó a impartir cursos, seminarios y conferencias en universidades e instituciones culturales y políticas a nivel internacional.

El presente ensayo recoge póstumamente, gracias a la edición de Salvador López Arnal y Jordi Mir Garcia, los escritos de Francisco Fernández Buey sobre la obra, siempre sorprendente, de Simone Weil. Es este un excelente compendio en el que se analiza con gran acierto el pensamiento de la nada convencional filósofa francesa. A los tres textos publicados por el autor sobre el pensamiento de Simone Weil –el capítulo de “Poliética”, su prólogo a los “Escritos históricos y políticos” y sus “Cuatro calas en la filosofía política de Simone Weil”–, se han añadido textos inéditos, materiales didácticos y presentaciones. Las aportaciones de Fernández Buey sobre los principales escritos de la joven pensadora hacen gala de una comprensión holística de su evolución intelectual, la cual resulta indisociable de su experiencia vital, así como de su contexto histórico.

Fernández Buey ha sabido extraer el núcleo esencial del pensamiento de Weil sin renunciar por ello a la sabrosa complejidad, y casi podría decirse contradicción, de sus posturas políticas, sociales, morales y religiosas. Ante la tendencia a encasillar su obra bajo el letrero de “mística”, Fernández Buey argumenta [capítulo 3, I-II] que, tanto antes como después de las experiencias espirituales que vivió entre 1937 y 1938, Weil siempre mostró interés por lo religioso, así como por la temática social, ético-política y científica. El punto de unión entre ambas dimensiones será, según Fernández Buey, un continuo interés por la desdicha humana. El filósofo desgrana los textos más relevantes de Weil en relación a la desdicha y sus consiguientes propuestas políticas.

El capítulo 4 está enteramente dedicado a “Escritos históricos y políticos”, obra que reúne “una amplia antología de escritos sobre cuestiones históricas, sociales y políticas redactados por Simone Weil entre 1927 y 1939” (Fernández Buey 85). De forma cómplice, el autor subraya el carácter singular, la originalidad y la radicalidad con las que Simone Weil miró estas problemáticas de su tiempo, recalcando su libertad de pensamiento frente a otros autores de la época. No en vano, ella misma se consideró “herética en relación a todas las ortodoxias” (FB 98).

A modo de glosa, el capítulo 5 se enfoca en la afirmación de que, según Weil, “un estado no tiene derecho a separarse de toda religión” (FB 118). Desde la concepción de la desdicha que propone Weil, Fernández Buey esclarece los fundamentos que sostienen tal afirmación y aporta conclusiones originales al respecto. En el capítulo 6 se exponen las reflexiones del autor sobre los cuatro puntos cardinales de la filosofía política de Simone Weil. En cuanto al capítulo 7, se trata de la intervención transcrita que hiciera Fernández Buey con motivo de la presentación del libro “Simone Weil: la conciencia del dolor y de la belleza” en la librería La Central de Barcelona en el 2010.

En mi opinión, el capítulo 8 es el más bello de todo el libro, tanto por su contenido como por su forma. Con un tono dinámico y divulgativo, atraviesa Fernández Buey la riqueza del pensamiento político de Simone Weil, apoyándose en las experiencias místico-religiosas de la filósofa. Este inusual punto de vista –pues las reflexiones sobre lo político-social suelen separarse del ámbito religioso a partir del siglo XX– saca a la luz lo esencial del elevado y radical pensamiento de esta mujer, tan excéntrica como genial. A partir de tres preguntas clave, Fernández Buey expone con nitidez meridiana las categorías centrales y los ejes de rotación sobre los que giran las reflexiones de la filósofa política.

El penúltimo capítulo recoge tres textos de material didáctico. De forma directa y sin florituras, se transparenta aquí el conocimiento que el profesor de filosofía moral y política quiso transmitir a sus alumnos. Por último, el décimo capítulo desarrolla en seis apartados el camino que llevó a Weil del compromiso sociopolítico a la filosofía moral del compromiso cristiano. Se cierra el libro con un anexo en el que se exponen reflexiones de Fernández Buey sobre ciencia y religión.

La acertada síntesis de lo complejo, así como la claridad con que se expresa lo aparentemente contradictorio es lo que, a mi parecer, hace de este libro una aportación indispensable al estudio de la obra de Simone Weil. A través de las palabras de Fernández Buey, se aprecia un rigor filosófico y una imparcialidad a la hora de comprender y comunicar la obra de Weil que, al mismo tiempo, transmite cercanía y hasta una cierta admiración hacia la figura fascinante y controvertida que es Weil. Especialmente encomiable es el equilibrio conseguido para presentar las dos dimensiones –la socio-política y la religiosa– que atraviesan toda la trayectoria vital de la filósofa. En definitiva, se trata de un libro que, no solo facilita la comprensión de la obra de Simone Weil, sino que la amplía y aporta visiones del propio autor al respecto. Sin duda alguna, esta lectura sacudirá las conciencias de muchos, y resultará verdaderamente atractiva para los amantes de la libertad del pensamiento.

El fracaso del ateísmo científico en la Revolución Cubana

Félix Sautié Mederos

Éxodo 153
– Autor: Félix Sautié Mederos –

Todo mezclado: orígenes étnicos y culturales diversos; libre pensamiento masónico; espíritu laico republicano; religiosidad popular y ateísmo científico.

Desde muy pequeño viví inmerso en el contrapunteo entre la religión y el espíritu laico republicano de los cubanos libres pensadores. Una expresión familiar, muy común en la Cuba pre-revolucionaria de lo que es religión y poder.

Nací en 1938 en una familia muy heterogénea; especialmente acomodada. Mi abuelo paterno y mi padre, masones en activo, mi abuelo grado 33, un hermano de mi padre, mi tío Narciso, líder comunista de la vieja escuela, uno de los fundadores de la CTC en 1939, la organización sindical histórica que ha llegado hasta nuestros días; y mi otro tío Ignacio, quien murió como Fray Hilario Sautie, fraile franciscano de gran prestigio porque fue confesor de varios obispos cubanos y del cardenal Jaime Ortega, quien lo ordenó ya de mayor, después de haber enviudado y de ser padre varios hijos.

Desde muy pequeño tuve un preceptor, negro, maestro normalista, poeta y pastor bautista que mi padre admiraba especialmente. Hasta que un día le planteó a mi padre, que debía ponerme en un colegio porque él no estaba de acuerdo en continuar educándome en una probeta aislado de la vida social, y le propuso que me matriculara en un colegio católico relativamente cercano de los Maristas. Las élites cubanas de entonces se educaban en los colegios católicos. Fidel se formó en el colegio de La Salle, en Santiago de Cuba, junto con su hermano Raúl Castro y terminó el bachillerato en el Colegio de Belén de los Jesuitas habaneros.

El sabio etnólogo y polígrafo cubano, don Fernando Ortiz, realizó durante toda su vida estudios profundos y reveladores al respecto de esta multiciplidad de confesiones e ideas religiosas en Cuba, que culturalmente las identificó con una expresión que se ha hecho muy famosa en los medios intelectuales cubanos de que nuestra cultura es un ajiaco (1) de razas, costumbres e ideas. Nicolás Guillén, poeta nacional cubano, recoge este concepto de Don Fernando Ortiz en uno de sus más famosos poemas, titulado Mis dos abuelos. Todo mezclado… (2)

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.


En este sentido, el investigador, antropólogo y etnólogo cubano Nelson Aboy Domingo nos ofrece en su obra “Orígenes de la santería cubana” claves esenciales para comprender lo que han sido y son los conceptos y relaciones habituales de la religión y el poder en Cuba: Una religión de blancos con un poder de blancos hasta la Revolución Cubana.

El Ejército Rebelde, comandado por Fidel Castro, en 1959 bajó triunfalmente de las montañas al llano y a las ciudades con rosarios, escapularios e imágenes religiosas en sus uniformes. De inicio, todo marchó en armonía hasta que, con la firma y proclamación de la Ley de Reforma Agraria a finales de 1959, las clases terratenientes reaccionaron con violencia contra la Revolución, y la Iglesia católica cubana pasó del agradecimiento al enfrentamiento frontal.

Los cristianos de izquierda quedamos al margen de las iglesias católica y protestantes del momento con nuestro lema que planteaba Traicionar al pobre es traicionar a Cristo. La situación se agudizó con la nacionalización de los colegios privados, que incluía los colegios católicos mayoritariamente. Las clases altas y medias, en contubernio con los Estados Unidos y la Iglesia católica local, plantearon una campaña de que el Gobierno Revolucionario les iba a quitar la patria potestad a los padres y miles de niños fueron enviados solos a los Estados Unidos en una Operación de triste memoria que se denominó “Peter Pan”. Pensaban que en unos pocos meses la Revolución iba a ser destruida.

Hubo un enfrentamiento con pastorales contra la Revolución, proclamadas por la Jerarquía católica cubana de entones. Se produjo en 1961 la derrotada invasión de Playa Girón. Entonces la respuesta revolucionaria fue la proclamación del Socialismo marxista leninista que, de primer momento, implicó el establecimiento del ateísmo científico y del Estado confesional ateo. Esta situación creó una discriminación oficial contra los creyentes que tuvieron múltiples restricciones para el acceso a determinadas carreras universitarias de índole social, así como a determinados puestos de trabajo.

Todo se extendió hasta que se produjeron varias acciones y momentos de rectificación de ambas partes, que fueron: a) La visita de Fidel a Brasil en donde se encontró con las comunidades católicas de base y tuvo un amplio intercambio que lo motivó a un encuentro “reconciliador” en Cuba, primero con los líderes de las iglesias protestantes y seguidamente con los obispos católicos de Cuba. b) La publicación del libro Fidel y la Religión por Fray Betto en la que Fidel expresó sus ideas esenciales sobre la religión; c) El papa Pablo VI envió a La Habana como nuncio apostólico a monseñor Cesare Sacchi, hoy considerado “arquitecto de la pacificación entre la iglesia y el Estado en Cuba” (3). Fue este nuncio quien realizó una paciente labor esencial de reencuentro y reconciliación entre el Gobierno y la Iglesia católica, que trajo como frutos las visitas a Cuba en lo que va de tiempo de tres Papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, las que han sido de extraordinaria importancia para la Cuba revolucionaria y sus relaciones con la Iglesia católica; d) En el Cuarto Congreso del Partido (PCC) celebrado en 1991 en Santiago de Cuba, se realizó un amplio análisis de las relaciones entre el Estado y las religiones, que culminó con la proclamación nuevamente del Estado laico y la normalización entre las iglesias y el Estado en un proceso extendido hasta la situación actual en que existe un clima de encuentro y colaboración ampliamente favorecido por el Papa Francisco y la actual dirección de la Revolución.

  • Caldo tradicional cubano en que se mezclan distintos tipos de carnes, vegetales y viandas.
  • Además, también tiene publicado otro poema muy sentido al respecto, Son No. 6 yoruba Soy…
  • Denominación planteada por el destacado especialista Manuel Yepe.

La teología de la liberación, 50 años después

Víctor Codina

Éxodo 153
– Autor: Víctor Codina –

¿Cuál es la presencia actual de la Teología de la liberación (Tdl) en América Latina, 50 años después de su inicio?  

50 es un número no solo aritmético sino simbólico que abarca e incluye la reunión episcopal latinoamericana de Medellín (1968), los libros del teólogo evangélico brasileño Rubem Alves Toward a Theology of liberation (1968) y de Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación (1971) y la reunión de teólogos de la liberación en El Escorial (1972)[1]. Estos acontecimientos marcan el comienzo teológico liberador latinoamericano.

No nos corresponde aquí hacer una historia de estos 50 años de la Tdl y remitimos a los libros clásicos: Mysterium liberationis[2], Y El mar se abrió[3] y a la colección Teología y liberación.

  1. ¿Qué permanece de la corriente teológica latioamericana de la liberación?

Después de 50 años, permanece un modo nuevo de hacer teología, una ruptura epistemológica, una teología que no es mero reflejo de la teología europea como hasta ahora, sino que es una teología post-colonial, del Sur, que parte de la realidad histórica del pueblo pobre y oprimido de América Latina, que lucha por un cambio social, porque cree que otro mundo es posible, un mundo libre de estructuras injustas y dependientes.

Permanece la dimensión espiritual del encuentro con Cristo en el pobre (Mt 25) y la exigencia de un quehacer teológico que no reduce la salvación a lo socio-económico y político pero afirma que la salvación es histórica y acontece a través de mediaciones históricas liberadoras. En este sentido, la Tdl es espiritual y un acto segundo, pero sin que se sustituya a Cristo por el pobre.

Permanece el carácter de una teología no parcial, ni de genitivo, que no se reduce a una moral política o a la Doctrina social de la Iglesia, sino que es una visión global de la fe cristiana desde otro lugar teológico, desde los pobres, orientada a la praxis liberadora, una teología que abarca desde la Trinidad a la escatología.

Permanece una teología que parte de un pueblo que es a la vez pobre y con raíces profundamente religiosas y cristianas, muy diferente del mundo occidental desarrollado y secularizado.

Permanece la metodología de partir  de la realidad para reflexionar sobre ella a la luz de la fe y promover un compromiso liberador ver, juzgar, actuar

Permanece el recurso socio-analítico a las ciencias sociales, no como motor de esta teología, sino como un instrumento de mediación que se debe usar con discernimiento crítico y a la luz del evangelio, sin sacralizarlo ni demonizarlo, como Santo Tomás utilizó la filosofía aristotélica.

Permanece el paradigma del Éxodo: un pueblo esclavizado y oprimido que busca su liberación de la dependencia y de la esclavitud.

Permanece la actitud profética de denuncia de las estructuras injustas que oprimen al pueblo pobre y sencillo

Permanecen las dos líneas evangélicas que animan esta teología, el seguimiento del Jesús histórico en su proyecto del Reino y la opción por los pobres

Permanece el deseo de una eclesiología desde abajo, desde las comunidades de base, verdadera eclesiogénesis en una reinterpretación radical del poder y del ministerio en la Iglesia, en relación con el Reino y el mundo

Permanece el singular testimonio de los obispos que han sido verdaderos Santos Padres de la Iglesia de los pobres como Helder Cámara, Manuel Larraín, Aloysius Lorscheider, Oscar Romero, Pedro Casaldáliga, Samuel Ruiz, Leónidas Proaño, Eduardo Pironio, Jorge Manrique, Juan Landázuri, Luciano Almeida, Enrique Angelleli, Sergio Méndez Arceo, José Dammert, Juan Gerardi, Enrique Alvear, Raúl Silva Henríquez, Ramón Bogarín, Jorge Nóvak, Jaime de Nevares, etc.

Permanece el testimonio de los mártires, desde los más conocidos (Chico Mendes, Romero, Ellacuría, Dorothy Stang, etc.) a los muchos campesinos, mujeres y niños, universitarios e indígenas, anónimos, víctimas de la represión, verdaderos “santos inocentes” de hoy.

2.  Cambios sociopolíticos y eclesiales

En estos 50 años, ha cambiado la situación mundial: caída del muro de Berlín y del comunismo del Este europeo, el capitalismo liberal se proclama como la única salvación universal, Francis Fukuyama afirma que hemos llegado al final de la historia.

El atentado contra las Torres gemelas y el Pentágono manifiesta que no solo hay problemas económicos sino también culturales y religiosos en nuestro mudo.

Las crisis bélicas, climáticas y de la pobreza han provocado millones de refugiados y emigrantes hacia Europa y Estados Unidos, que se defienden de ellos con puertos cerrados, muros y vallas con concertinas.

La crisis climática ha despertado la gravedad del problema ecológico que atenta al futuro del planeta, ante la cual los dirigentes mundiales o niegan el hecho o no toman medidas radicales urgentes necesarias.

Se añade la pandemia del corona-virus que desde China ha contaminado letalmente a Europa y muchos otros países, provocando una grave crisis económica mundial y un futuro muy incierto.

Pero también ha cambiado radicalmente la situación socio-política de toda América Latina que en estos 50 años en los ha vivido profundas mutaciones: de dictaduras a democracias, el llamado socialismo del siglo XXI, la actual vuelta a las derechas: de Allende a Pinochet y de Pinochet a Aylwin, de Somoza a Ortega, de Bánzer a Evo Morales, de Videla a los Kirschner, de Castelo Branco a Lula, etc; hay un renacer de la derecha autoritaria y prepotente: Ortega asume actitudes dictatoriales, como Maduro sucesor de Chávez, de Lula se pasa a Bolsonaro, de Evo Morales a Jeanine Añez, de Correa a Lenín Moreno; se levantan los jóvenes chilenos contra un sistema económico fiel a la escuela de Chicago,  hay más muertos de maras que en luchas guerrilleras, miles de jóvenes y familias latinoamericana emigran a México camino de Estados Unidos, millones de venezolanos salen de su país, en México aumentan los homicidios y feminicidios,  por lucha entre los cárteles de narcotráfico, la guerrilla colombiana no acaba de dejar las armas, etc.

También a nivel eclesial se han vivido profundos cambios: a la primavera conciliar ha seguido un largo invierno eclesial, que iniciándose con Pablo VI ha durado hasta la dimisión de Benedicto XVI; durante los dos últimos pontificados más de 100 teólogos han sido censurados, bastantes de ellos, latinoamericanos. Se hizo pública la reprimenda de Juan Pablo II a Ernesto Cardenal que arrodillado le pedía la bendición, así como el silencio penitencial impuesto durante un año a Leonardo Boff por Josef  Ratzinger, quien lanzó duras críticas a la teología de la libración (Libertatis nuntius,1984 y Libertatis conscientiae, 1986).

Con el pontificado de Francisco, que venía del fin del mundo, el clima ha cambiado radicalmente: gestos y viajes muy significativos y un magisterio que continuamente propone una Iglesia pobre y de los pobres, que opta por los descartados, Iglesia en salida, que callejea la fe, que va a los márgenes existenciales y geográficos, hospital de campaña, Iglesia samaritana y misericordiosa, poliédrica, pirámide invertida, sinodal, con protagonismo de laicos, de jóvenes y mujeres. Afirma que la realidad es más importante que la idea y que no se puede hacer teología desde un laboratorio. La alegría del evangelio, Laudato sí y Querida Amazonía abren panoramas pastorales realmente nuevos.

Por otra parte, Bergoglio hereda la tradición teológica latinoamericana de la rama de la Teología de la liberación argentina, hasta ahora un tanto marginada. Es la teología del pueblo (Lucio Gera, Rafael Tello, Justino O’Farrell, Gerardo Ferrell, Fernando Boaso, Mateo Perdía, Juan Carlos Scannone, Carlos Mª Galli, etc..) que ve al pobre no solo como un marginado económicamente, sino como  sujeto de cultura y espiritualidad, núcleo del pueblo-nación, que lucha contra el anti-pueblo destructor y se convierte para la Iglesia y la teología en un verdadero lugar teológico.

Es una teología menos dialéctica e ideológica que la clásica Tdl, más simbólica, popular, religiosa, incluso más femenina.

3. Un autoexamen crítico

Desde algunos años han surgido voces críticas dentro de la Tdl que en un sincero examen de conciencia se preguntan si esta teología no ha sido demasiado ingenua y optimista acerca del cambio social, demasiado utópica y poco realista, un tanto milenarista, excesivamente paternalista, “voz de los sin voz”, con una visión demasiado ideologizada de la realidad, muy crítica con sus opositores como si gozase de infalibilidad.

Un texto de Carlos Cabarrús lo formula lúcidamente:

”A los que vivimos en estas latitudes (de América Latina), en épocas no muy remotas, se nos han caído muchos sueños: se nos han muerto proyectos, se nos han venido abajo idealizaciones, se ha perdido mucha gente  -y de las más valiosas- en aras de todas estas utopías que quisimos realizar. Nos equivocamos en muchos análisis que creíamos correctos. Hay que reconocer que eran cerrados, muchas veces apoyados no en datos científicos sino en simples anhelos. Satanizamos en muchas ocasiones a los que “no estaban con nosotros”; de alguna manera también idealizamos al pueblo, lo ideologizamos, sacamos a los (las) pecadores(as) de ser también principales destinatarios del mensaje de Jesús y del Reino.

Todo esto nos hizo generar una espiritualidad concentrada únicamente en eso: cambiar estructuras, pero descuidando el trabajo personal complicado de la transformación del corazón humano. De alguna manera revivimos un cierto pelagianismo: conquistábamos todo con la voluntad, con la organización, con la fuerza. No conocimos espacios autónomos entre la fe y la justicia, vivimos la aparente síntesis entre estos dos elementos como algo que se conquistaba, no como algo que se recibe y se celebra. Olvidamos en todo esto la fiesta, la alegría, el saber descansar. Generamos un talante de espartanos que tendía a quemarnos; no le dimos espacio a la oración personal y seria. Olvidamos la práctica del discernimiento; no aprendimos a trabajarnos a nivel personal, no nos dimos a la tarea de vivir en caravana. No hicimos siempre un ejercicio de descubrir falacias y mentiras”[4].

Ha surgido también una fuerte crítica de parte de las mujeres al constatar que desde sus inicios la Tdl ha sido muy patriarcal, elaborada solo por varones.

Tampoco han sido actores de esta teología los sectores populares e indígenas, ha faltado el diálogo intercultural e interreligioso con las culturas y espiritualidades originarias de los pueblos latinoamericanos, así como también con la religión y piedad del pueblo cristiano.

El movimiento ecológico ha sorprendido positivamente a la TdL y al mismo tiempo le ha señalado caminos nuevos.

La Tdl en su optimismo inicial tuvo poco en cuenta una teología de la pasión y de la cruz.

Se ha constatado que en la Tdl ha habido un déficit de Pneumatología, lo cual produce una polarización del cristianismo, sin espacio para el silencio, la oración, la esperanza, la alegría y el gozo, la novedad, con riesgo de activismo y pelagianismo, impactada  por los fracasos, con un déficit de esperanza teologal.

Tampoco la dimensión trinitaria se ha elaborado mucho, lo cual incide en un cierto individualismo poco comunitario.

4. Un mirada al presente y hacia el futuro

Todo esto explica que la Tdl en estos años haya cambiado.

Se ha abierto a nuevos actores, en primer lugar a las mujeres: Ivonne Gebara, María Clara L. de Bingemer, Elsa Támez, Ana María Tepidinho, Teresa Porcile, Carmelita Freitas, Georgina Zubiría, Maricarmen Bracamontre, Luzia Weiler, Sofía Chipana, Isabel Barroso,  Antonieta Potente, Gisella Gómez, Adriana Curaqueo, Marcela Bonafede, María José Caram, Bárbara Bucker, Margot Bremen, Vilma Moreira, Vera Bombonato, Virginia Azcuy, Consuelo Vélez, Rosario Hermano, Martha Orsini, Erika Aldunate, Teresa Rossaza, Bernardeth Caero, Martha Urioste, Tania  Avila, Geraldine Céspedes, etc. Todas ellas presentan un nuevo rostro teológico, más humano, cercano, sencillo, cordial y alegre, son las más originales y creativas.

El tema ecológico, ligado al Dios Padre creador de cielo y tierra, ha sido profundizado por Leonardo Boff que une el clamor de los pobres al clamor de la tierra, en una ecología ecológica liberadora, en sintonía con la Laudato sí. También crece una teología eco-feminista de la liberación (Marilú Rojas, Geraldine Céspedes..).

Tanto Leonardo Boff, como José Comblin y María José Caram, han trabajado la Pneumatología latinoamericana, sobre el Espíritu que actúa desde abajo y llena de vida la creación, la sociedad y la Iglesia.

Ha surgido una teología india, en sus diversas ramas: india originaria y teología india cristiana (Eleazar López, Rigoberta Menchú, Tania Ávila, Vicenta Mamani, Enrique Jordá,..).

En síntesis, se está pasando del entusiasmo profético y liberador del Éxodo a la dura situación del pueblo de Israel en el Exilio: tiempo de gracia, de conversión y de espiritualidad, de reafirmación de la fe y fortalecimiento del sentido comunitario, de apertura a culturas y religiones extranjeras. En el contexto del Exilio y del post- Exilio surgen los cánticos del Siervo de Yahvé, la fe en el Dios creador del cielo y la tierra, los libros sapienciales, el protagonismo de las mujeres, la apertura a la dimensión erótica del amor, las primeras reflexiones sobre el sufrimiento, el mal y la muerte.

Mirando al futuro, la Tdl tiene que responder a nuevos interrogantes: ¿cómo explicar la crisis de las izquierdas y el actual giro hacia las derechas eclesiales y políticas? ¿A qué se debe, la escasa participación de jóvenes en congresos y reuniones sobre Tdl? ¿Es que la Tdl es propiedad de los viejos “dinosaurios” teológicos? ¿Qué pasa con las comunidades de base, en franca decadencia? ¿Cómo responder a los grupos de renovación carismática católica y movimientos pentecostales y neo-pentecostales? ¿Se ha reflexionado sobre el impacto de la modernidad secular y la postmodernidad en los jóvenes, sobre la religiosidad popular, sobre la fe vacilante del pueblo y el creciente agnosticismo? ¿Se puede seguir pensando que América Latina es la reserva espiritual de la Iglesia católica, una especie de Amazonía espiritual?

Lo importante no es la teología de la liberación sino la salvación y liberación del pueblo. La Tdl que ha cumplido una función profética en estos 50 años, ahora se abre a nuevos actores, a nuevos contextos y a nuevos horizontes. Quizás le tocará un rol más humilde, como el del terrón de azúcar que una vez ha azucarado gran parte de la taza de café, se diluye y desaparece. En realidad, siempre la Tdl ha sido una minoría abrahámica y nazarena dentro de la misma Iglesia, muchas facultades de teología actuales se inspiran más en la teología europea y noratlántica que en la Tdl latinoamericana, aunque la Tdl sigue animando a grupos muy concretos como Amerindia, la CLAR, las CEBs, etc.

Estamos ante un cambio de época, ante un nuevo tiempo axial. Es tiempo de búsqueda honesta, de discernir los signos de los tiempos, de no perder la memoria del pasado  sin mirar siempre atrás a los 50 años ya recorridos.

Corresponderá a la nueva generación de teólogos y teólogas, sobre todo jóvenes, laicos, mujeres, indígenas y afros, no repetir lo dicho, sino abrirse a la novedad del futuro, en colaboración con otros y otras, con otras Iglesias, con las religiones y culturas, con la sociedad. Quizás no les toque ser fulgurantes lumbreras sino multitud de pequeñas luces que iluminan la oscuridad de un camino nocturno.

En esta tarea no estamos solos, confiamos en la fuerza del Espíritu de Jesús, presente en la Iglesia y en toda la historia, que muchas veces, como el viento, no sabemos ni de dónde viene ni adónde va (Jn 3,8).

[1] Fe y Secularidad, Fe cristiana y cambio social en América Latina, Sígueme, Salamanca 1973

[2] I.Ellacuría, J. Sobrino, (eds), Mysterium liberationis , Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, Trotta, Madrid 1990, Vol I y II/[2]

 

[3] L.C.Susin, Y el mar de abrió, Treinta años de Teología en América Latina, Sal Terrae, Santander 2001

[4] C.Cabarrús, Cuadernos de Bitácora para acompañantes caminantes,  DDB,  Bilbao, 3ª ed  2001, p 21

Haití. Confinamiento por pandemia

Ematel Belance

Éxodo 153
– Autor: Ematel Belance –

Este texto, escrito por Ematel Belance, aunque no se ajusta directamente a la temática solicitada, sin embargo, en su brevedad y concisión (tres breves relatos) y en relación con la actual pandemia del coronavirus, establece una relación muy directa entre el fenómeno religioso y la sociedad haitiana. Desde el preciso enfoque de esta situación puntual, puede entenderse la presencia de la religión en el resto de las actividades sociopolíticas y culturales del pueblo haitiano. (Julín Acosta)

 

Confinamiento por la pandemia

La crisis del coronavirus está dejando en todo el mundo, y especialmente en Haití, impactos socioeconómicos y religiosos muy serios.

Cuando el Gobierno de Haití decretó el confinamiento y otras medidas de seguridad algunos no lo creyeron. Por su parte, tampoco la Iglesia se preocupó de sensibilizar y enseñar a la gente a protegerse ante las amenazas de esta pandemia. Y cabía esperar que, mientras no se extremaran las medidas de cerrar ciertas iglesias, todo podría ir a peor.

Ahora el pueblo está confinado. Pero uno se pregunta, ¿es posible estar en confinamiento sin comida, sin agua potable, sin electricidad, etc.? En esta situación, los líderes religiosos deberían estar exigiendo al Gobierno los servicios básicos necesarios para que el pueblo pueda vivir.

El coronavirus está teniendo un impacto brutal en todas las actividades sociales, religiosas, culturales y económicas. Esto nos obliga a preguntar: ¿no deberíamos cambiar el modo de vida? Yo creo que sí, pero ¿con quién? El coronavirus ha cambiado por completo nuestra actitud y nuestros hábitos culturales. Todo lo que antes hacíamos ahora se convierte en una pesadilla para los demás.

Tenemos que reconocer que, hasta el momento, Haití con 234 casos confirmados y 18 muertos (14.05.2020), aun no está en la peor situación. Pero, con los pocos medios de que dispone para hacer frente a este flagelo, es necesario tomar serias precauciones, porque los grandes países están arrodillados y, como dicen los demás, nosotros somos el país más pobre del continente americano. Pero ¿se está haciendo algo con todas nuestras riquezas del subsuelo y aéreas para defendernos de este virus?

Impacto del Coronavirus en la vida del pueblo haitiano

Y ¿qué decir con respecto a las otras sectas o religiones? El Voudou, por ejemplo –que según muchos historiadores es la religión principal y fuente de liberación de los esclavos provenientes de las diferentes tribus de África–, ¿no debería desarrollar, como todas las demás religiones, un papel importante en la sensibilización y educación para enfrentar las amenazas del coronavirus?

Como las demás religiones, el Vudú está muy cerca del pueblo. Representa al Ministerio de Salud Pública y de Población. En las zonas remotas no hay centros de salud capaces para atender la salud de los campesinos. Cuando se presenta algún problema de sanidad se acude a consultar al “Auangan” o al “Mambo”, ellos son los médicos de hojas (“feuilles”), sacerdotes, etc. Un hecho a resaltar es que, a partir de la fiesta de Bois Caimán, nuestros antepasados pudieron liberar a los esclavos negros del dominio de los franceses. Lo injusto es que los franceses, después de ser derrotados, obligaron a los haitianos a pagar el precio de su independencia.

El Voudou y su fuerza liberadora

Deberíamos caer en la cuenta de la fuerza cultural-resistente del Voudou, en términos de liberación, que es un componente predominante que caracteriza la cultura haitiana. Y, desde este componente histórico, luchar dignamente contra todos los grandes superpoderes colonialistas. En su momento este pueblo luchó valiente y victoriosamente contra el poder imperial de la Francia napoleónica. Y nunca ha perdido valor para enfrentar los neocolonialismos modernos encarnados en los poderes que hoy pretenden mantener la explotación colonial a costa del empobrecimiento del pueblo haitiano.

 

Espiritualidad en tiempos de fragilidad. «Esa cosas que no tiene nombre»

Evaristo Villar

Éxodo 153
– Autor: Evaristo Villar –

Debilidad humana y protección de la vida

Me pides, Ruth, una reflexión para tu libro sobre la espiritualidad justamente cuando el confinamiento por el coronavirus se está haciendo más pesado. Y entre los muchos detalles que ya están aflorando en esta pandemia ­–­­como cuando en días de niebla la luz del sol va dejando aparecer la realidad del paisaje– hay uno del que apenas se habla porque, quizás, inconscientemente lo tenemos ya asumido. Me refiero a “la debilidad de la humanidad para proteger la propia vida humana”. Ni la razón ilustrada y su deslumbrante tecnología, ni la poderosa y dominante “ciencia” económica, ni siquiera las religiones están ofreciendo instrumentos suficientes para superar esta brutal agresión. ¡Y soñábamos con que ya disponíamos de un sistema que nos ponía al borde del “final de la historia”! Lo cierto es que ha bastado un desconocido y maléfico virus para despertarnos de este inmodesto sueño y hacernos sentir la fragilidad de los soportes en que estamos apoyando la vida.

Las calles y plazas desiertas están siendo un símbolo elocuente de nuestra propia fragilidad. Algo muy sustancial estamos ignorando para mantener la vida del ser humano y del planeta. ¿Se nos ha apagado el espíritu? Lo advertía ya muy acertadamente en el siglo pasado el filósofo y premio nobel de literatura Henri Bergson: disponemos de un cuerpo muy grande, decía, y de un alma muy pequeña. Necesitamos un “suplemento de alma”.

Espiritualidad y religión

La espiritualidad, raíz y fundamento de todas las culturas, no puede confundirse con la religión, son realidades distintas. Pero, la verdad es que la espiritualidad casi siempre se ha presentado vinculada a las religiones. Difícil abordarla sin esta referencia. Y no puede decirse que este matrimonio haya sido siempre negativo. ­ Aun hoy día muchas personas encuentran en la cosmovisión religiosa razones suficientes para vivir con esperanza y para morir en paz. La religión ha prestado a la espiritualidad una visibilidad concreta de la que carece; le ha dado verticalidad y horizontalidad y ha proyectado sobre ella ricas axiologías y hasta una nutrida teodicea… En contrapartida, la espiritualidad ha prestado a las religiones arraigo y fundamento humano, historicidad y esa movilidad que necesitan las religiones para ir encarnándose en la historia contra la tentación de fijación de sus mismos dogmas y axiomas.

No sería justo condenar globalmente, desde la historia, todas las consecuencias de esta vinculación. Aunque la multiculturalidad de hoy día nos exige, por honestidad con la realidad, su divorcio o separación, al menos para reconocer la identidad y el lugar propio de cada una.

Secularización y vaciamiento de espíritu

Con la llegada y la fascinación provocada por la modernidad, los “maestros de sospecha” anunciaron a bombo y platillo “la muerte de Dios”. Y a este contundente anuncio le ha seguido un largo período de “desacralización” y “desmitologización” que ha abocado finalmente en el impresionante fenómeno de la “secularización” que recorre, principalmente, el mundo occidental. Hasta las religiones, guiadas por sus teólogos, han coadyuvado a este proceso secularizador como exigido desde sus mismas fuentes fundadoras. El fenómeno ha acabado vaciando los templos y sumiendo, a su vez, en el “indiferentismo religioso” y vaciamiento de espíritu a gran parte de la humanidad.

¿Se trata de una crisis de las formas institucionales ­–más superficiales– de las religiones, o, más al fondo, la crisis afecta al propio factor religioso, lo que, más allá de la sociología, afectaría a sus mismas raíces antropológicas y filosóficas? Sea cual sea la respuesta a esta cuestión, lo cierto es que, agotado el espíritu religioso, el vacío se ha venido llenando con las apetencias materiales y más primitivas del ser humano, convertido en “homo” fundamentalmente “oeconomicus”, para el que la acumulación y el consumo representan la máxima aspiración. Un ser humano sometido al imperio del comercio y definido mayormente por el dinero, rodeado de una plétora de cosas materiales que acaban ahogándole el espíritu. En un paisaje, así dibujado, se entiende mejor el grito de Bergson reclamando “un suplemento de alma”.

La vuelta de las religiones

Lo sorprendente y paradójico es que, en este ambiente secularizado, estén volviendo las religiones. Esto es lo paradójico. Ya a fínales del pasado siglo se había anunciado su retorno, interpretándolo como “la revancha de Dios”. Y la creciente expansión del pentecostalismo protestante en América y la atracción del carismatismo católico en las últimas décadas –llegando hasta los umbrales del mismo Vaticano– parecen ya un anuncio suficiente de este retorno. Sorprendente. La llegada al poder de populistas como Bolsonaro en Brasil o de Trump en EE. UU de la mano de estas llamadas “Iglesias electrónicas” no será más que su lógica consecuencia.

Se vuelve a repetir la unión entre el trono y el altar, fórmula ya superada por la modernidad. Lo paradójico es que, en este contexto de secularidad, se vuelva a unas formas de religión alienante y fervorosamente individualista, a la mitología y la magia, al “opio del pueblo”. Contra todo esto surgió, al final del Vaticano II, el “Pacto de las Catacumbas” y la opción por los pobres, posteriormente desplegado en la Teología de la Liberación.

Intensa búsqueda de sentido

Ante este retorno banal y hasta vergonzante de unas formas religiosas vueltas al pasado, sin propuesta profética ni utopía, y ante un sistema inmanente y sin transcendencia, cerrado en la materialidad de la vida, muchos especialistas están descubriendo ya una “intensa búsqueda de sentido” más allá de la acumulación y el consumo. ¿Una “espiritualidad? Se constata que, desde el cansancio de una vida sin más valores que la economía, está aflorando, con dificultad, un nuevo comienzo, “un tiempo eje”, similar a aquel del siglo VIII antes de nuestra era –calificado por el filósofo Karl Jasper como “tiempo Axial”–, donde se dio simultáneamente en muchos lugares del planeta, una verdadera explosión del espíritu en todos los ámbitos del saber y de la creatividad humana.

No sé si este fenómeno es ya una incipiente respuesta a ese “suplemento de alma” que reclamaba con insistencia Bergson. La verdad es que se orienta a apuntalar eso que es patrimonio de toda la especie humana y que a todos nos une radicalmente desde nuestras enormes diferencias. ¿Se trata de eso que hemos llamado “espiritualidad”?

“Esa cosa que no tiene nombre”

No tenemos aún acuñada esa palabra que lo identifique a gusto de todo el mundo, pero, quizás, a eso se estaba refiriendo Saramago en el “Ensayo sobre la ceguera” –tan de nuestros días por el coronavirus– cuando afirma rotundamente que “hay en nosotros una cosa que no tienen nombre, esa cosa es lo que somos”. Y “esa cosa que no tiene nombre”, es ecuménica, ecológica, laica, es holística, es del ser humano. Es dato y es patrimonio común, en nada opuesto a la religión, pero previo a cualquier forma religiosa y posterior a toda religión. “Eso que somos nosotros”, tan profundamente humano, que nos solidariza y “projimiza” con todas las formas de vida, que nos enraíza en la tierra… a “eso sin nombre” nos referimos cuando hablamos de “espiritualidad”.

Pachamama: Naciones indígenas, vida, espiritualidad, producción

Nidia Arrobo Rodas

Éxodo 153
– Autor: Nidia Arrobo Rodas –

«La tierra está de duelo. La tierra ha sido profanada» gritaba el Profeta Isaías (Is. 24,5). Este mismo ha sido y es el grito de los indígenas, cuando luchan contra los conquistadores y profanadores, en defensa de su tierra, vale decir de su madre”

Mons. Proaño

  1. Realidad Viva

Existe en la cosmovisión de las naciones originarias de nuestra Abya Yala una relación especial, única con la tierra. Hay un pueblo originario que la llama con ternura “Niña Tierra”. Aquí en Ecuador, los Kichwa la llaman PACHAMAMA, que significa MADRE TIERRA y que en un sentido más amplio sería madre tiempo-espacial o madre espacio temporal, el universo, la Gaia[1], el TODO.

De este concepto PACHAMAMA procede una verdadera simbiosis entre el ser humano y la naturaleza, una relación afectiva y efectiva que es entrañable, especial, pues al considerarla como MADRE, se desarrollan profundos y reales sentimientos filiales que tienen que ver con el amor, el cuidado, el respeto y hasta con la veneración que le prodigan, porque además de todo esto, los kichwa «mantienen con la tierra una relación mística».[2]

Sin ambages “proclaman hoy que la tierra es su madre, porque de ella han nacido, porque ella los alimenta, porque en su seno descansan cuando están fatigados por el trabajo, porque a ella volverán cuando mueran”.[3]

“Con la misma emoción y profundidad de hace más de ciento treinta años con que habló <el Gran Jefe Seatle al Presidente Franklin Pierce (1855)>, hablan hoy los indios de Norte, Centro y Sudamérica, acerca de la tierra y de la naturaleza. El indio concibe como madre a la tierra, porque de ella ha nacido y también porque ella le alimenta. La tierra laborable está compuesta de arena, arcilla, caliza y una capa de humus. Las plantas extraen de la tierra el nitrógeno, el fósforo, el potasio, el magnesio y otras composiciones químicas. Los animales se alimentan de las plantas. El hombre se alimenta de las plantas y de los animales. En definitiva el hombre se alimenta de la tierra, de las sustancias que componen la tierra, de la misma manera como el niño se alimenta de la leche de su madre”.

…“Existiendo una relación vital tan estrecha, ¿cómo ha podido el hombre olvidar que es tierra? El hombre indio no lo ha olvidado. Recogiendo su pensamiento el Documento de Bogotá dice: «…no son ellos los que poseen la tierra sino que es la tierra la que los posee a ellos, más aún, los indígenas son la tierra»[4]. Según afirma Leonardo Boff[5]los mejores cosmólogos y astronautas que ven la unidad de la Tierra y la humanidad, <nos revelan que> somos esa parte de la Tierra que siente, piensa, ama, cuida y venera…

  1. Valores que mantienen las cosmovisiones indígenas

… “El indio piensa con el corazón que la tierra                                                  es su madre. Es su pensamiento fundamental.                                                  Es el anillo central del núcleo pluricelular de                                                          su cultura”

Mons. Proaño

La concepción de la tierra como madre que mantienen los pueblos originarios, conlleva la existencia valores y principios que como dice Mons. Proaño están llamados a transformar no sólo a Ecuador sino al mundo y conllevan una mística y una espiritualidad en la cual se fundamentan axiomas que favorecen tanto la noción de lo colectivo, como la de una espiritualidad concreta, con celebraciones, ritos y ceremonias propias. Desde la tierra considerada como madre nacen relaciones más que sociales, comunitarias. De este concepto Madre Tierra, “nace el concepto de fraternidad extensa, de familia extensa, de igualdad entre todos. Si la tierra es la madre de los hombres, los hombres son sus hijos y, entre sí, hermanos, llamados a constituir una gran familia”[6] Así nace entre los kichwa el concepto de comunidad y surge también la vida comunitaria cuya base es el ayllu[7] concepto milenario.

La tierra considerada como madre, si la poseen en forma comunitaria, la cultivan entre todos y sus frutos son repartidos, generosamente, empezando por los más desfavorecidos de la comunidad: viudas, huérfanos y discapacitados y luego equitativamente entre todos los comuneros de manera que no queda nadie sin su ración y todos disfrutan del esfuerzo comunitario. ¿No se asemeja esto a la primera comunidad cristiana? “Todos los seguidores de Jesús, tenían una misma manera de pensar y de sentir. Todo lo que tenían lo compartían entre ellos y nadie se sentía dueño de nada”[8] En la primigenia comunidad “tenían un solo corazón y una sola alma”, acá los kichwa en sus movilizaciones proclaman: “shuk shunkulla, shuk maquilla, shuk yuyailla, shuk shimilla”.[9] Ellos viven de este modo «Todo se comparte, los espacios privados –típicos de la modernidad– son míni­mos. La vida es un camino comunitario donde las tareas y las responsabilidades se dividen y se comparten en función del bien común. No hay lugar para la idea de individuo desligado de la comunidad o de su territorio”.[10]

En Ecuador, gracias a la forma en la que los pueblos indígenas aman, cultivan y cuidan la madre tierra, tenemos garantizada la seguridad y soberanía alimentarias con productos agroecológicos propios saludables y nutritivos y ellos no cultivan únicamente para los suyos, sino para toda la población.

Además “De su concepción fundamental de la tierra considerada como madre extraen los indígenas una distinta concepción del trabajo –que no debe ser devastador sino amoroso, parecido al esfuerzo que hace el niño tierno cuando estruja el seno materno para mamar la leche–. De allí mismo extraen una concepción distinta del tiempo que tiene que ser utilizado armónicamente, sin prisas, de acuerdo al ritmo y cadencias de la naturaleza, de acuerdo a la sucesión de las estaciones. De allí mismo extraen una concepción distinta del dinero, cuya adquisición no constituye el objetivo final de su vida y de sus luchas, sino un simple instrumento de intercambio… Y así mismo extraen una concepción distinta y una práctica distinta de la medicina, pues la tierra madre les provee de una diversidad de plantas medicinales utilizables de acuerdo a la variedad de enfermedades. Y anhelan una educación distinta que esté más acorde con su pensamiento y sus costumbres. Y, partiendo de esa concepción de tierra y amándola entrañablemente, se muestran profundamente religiosos encuentran que el Dios invisible de sus antepasados, Pachacamac, es en definitiva el mismo Dios de la Biblia, y que Jesucristo, como el Sol, el Dios visible de sus antepasados, es ´luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo´ (Jn. 1,9),” [11]

Eco vivo de la belleza del cántico bíblico de la creación son las expresiones del Gran Jefe Seattle: “Han de saber que cada partícula es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y en la experiencia de mi pueblo… »

  1. Injusticia y crimen

“Atacando a la Tierra, nos atacamos a                                                                   nosotros mismos que somos Tierra                                                            pensante”.                                                                                             Leonardo Boff

Roger Garody –en el Diálogo de Civilizaciones– escribía hace diez años: «La relación del hombre con la naturaleza que caracteriza al Renacimiento se basa también en cierta relación individualista a ultranza, de la que nacerá el hombre de empresa, en el mejor y peor sentido de la palabra. Esta voluntad de provecho y de poder es también la del Conquistador, que no vacila en franquear los límites del mundo conocido, ni en devastar continentes y civilizaciones”.

Con cuánta razón Monseñor Proaño sostiene: “Es cierto que esta manera de pensar «que la tierra es madre» está en abierta contradicción con el pensamiento de la cultura occidental economicista y dominante. Es cierto que muchísima gente puede opinar que esta manera de pensar acerca de la tierra es primitiva, anticuada y contraria al ímpetu irresistible del progreso que anima al hombre moderno. Sin embargo creo que estamos en la última hora que nos permite todavía detenernos a reflexionar para examinar si lo que llamamos progreso no es una carrera loca hacia la destrucción y la muerte y si no estaríamos obligados también en este caso, a volver a las fuentes para redimir la vida. La visión armónica que tiene de la creación el pueblo indígena, su respeto de la naturaleza y su cuidado de las reservas, pueden educar la conciencia ecologista de los hombres de Europa y de otras partes del mundo y contribuir a que se haga un alto a la explotación destructora de los recursos naturales”.[12]

Pero «… el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro, porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga… Trata a su madre, la tierra, y a su padre, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fueran corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí solo un desierto[13] «.

Esa relación del hombre con la naturaleza de la que habla Garody, totalmente opuesta a la relación hombre-madre tierra de los pueblos originarios que ha venido imperado desde el Renacimiento, es la que está produciendo sucesivas crisis civilizatorias que constituyen una verdadera amenaza no solo para la sobrevivencia de las culturas ancestrales sino aún para la vida de nuestra Casa Común. Hoy como ayer continúa el despojo de tierras y territorios y se produce la desterritorialización, los pueblos indígenas protestan, “somos región de pueblos robados”. A esto se suma la presencia de las políticas extractivistas, la invasiva penetración de transgénicos, plantaciones, monocultivos, hidroeléctricas que secan las fuentes de agua, desforestan las selvas, envenenan y degradan los suelos y crean el desequilibrio de la tierra provocando el calentamiento global; ni qué decir de la imposición de Tratados de Libre Comercio, TLCs que no son sino Tratados de la Libre Corrupción, fruto nefasto de la neoglobocolonización alienante, aculturizante.

Con toda la razón Thomas Piketty en ‘El capital en el siglo XXI’, asevera ‘al lugar donde llega el capital, inmediatamente aparecen las desigualdades’. O como sostiene Boff “Sucede que nosotros, olvidando que somos una porción de la propia Tierra, comenzamos a saquear sus riquezas en el suelo, en el subsuelo, en el aire, en el mar y en todas partes… En función de ese propósito se ha orientado la ciencia y la técnica… para un grupo minúsculo de la humanidad[14].

No somos conscientes de que con la sobreexplotación de la Madre Tierra nos autosuicidamos y nos exponemos a que nuestra madre generosa se revele y emita microorganismos como el sars, el ébola, el dengue, la chikungunya y ahora el coronavirus. Quizás ya intuíamos que ocurriera algo así dado el calentamiento global, el efecto invernadero, así como la presencia de incontrolables y progresivas inundaciones, incendios, sequías, tifones. “La agresión es tan violenta que más de mil especies de seres vivos desaparecen cada año, dando paso a algo peor que el antropoceno, el necroceno: la era de la producción en masa de la muerte”.[15]

  1. Desafíos y Resistencias

“Volver a las fuentes para

redimir la vida”

Mons. Proaño

¿Quién puede parar la frenética marcha del llamado progreso y desarrollo que amenaza la vida de las naciones indígenas, de la Madre Tierra y de la Humanidad?

El sistema capitalista no lo va a frenar. Son los mismos pueblos milenarios que han venido desarrollando una serie de estrategias para la vida de sus territorios y de sus culturas. Entre ellas, la terca rebeldía y el permanente inconformismo frente al sistema neoliberal extractivista y depredador; las históricas luchas por la defensa de tierra y territorio. Se cuentan también muchas prácticas tanto colectivo-comunitarias cuanto agrario-sustentables que se basan en un respetuoso trato de los suelos y la praxis de la ética del cuidado y veneración a la creación con clara conciencia de sus límites, como expresión del amor a la Pachamama.

Y es que justamente los indígenas con persistencia insisten: “todo está co­nectado”, todo está relacionado entre sí. Todas las cosas están interligadas como la sangre que une a una familia sostiene el Jefe Seatle; por lo que no sólo la devastación de la Amazonía, sino aún el exterminio de las abejas hiere al sistema tierra, al sistema vida.

Estamos llamados a valorar la sabi­duría de los pueblos originarios, a cambiar nuestra relación con la Madre Tierra y asumir nuestra responsabilidad con el destino común de la Tierra viva-humanidad, lo cual implica respeto a los valores y principios de las culturas ancestrales, a sus territorios y ante todo la búsqueda de nuevos paradigmas postcapitalistas que proscriban el sistema capitalista y la explotación infinita de los recursos naturales. Las naciones indígenas de Ecuador claman por la urgencia de construir tanto el Sumak Kawsay[16] como el Estado Plurinacional en el cual se respeten sus derechos ancestrales, su autodeterminación y autogobierno, sus territorios y sistemas culturales y proyectos de vida. Y como sostiene el Papa Francisco “debería­mos insistir en la urgencia de «crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables que aseguren la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del pa­radigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia». [17]

Urge amar y cuidar nuestras raíces, porque son el punto de arraigo que nos permite ser y respon­der a los nuevos desafíos. Es de las raíces de donde proviene la fuerza para renacer, florecer y fructificar. Es la oportunidad de reinventar el mundo

Quito, 6 de abril de 2020

[1] La Tierra como un superorganismo vivo que se autorregula, según Boff “…Es un Ente vivo, un sistema que regula los elementos físico-químicos y ecológicos, como hacen todos los organismos vivos, de tal forma que vive y continúa produciendo una miríada de formas de vida”.

[2] La Evangelización de los indígenas en vísperas del medio milenio del descubrimiento de América. Bogotá, 16- 09-1985.

[3] Proaño, L., Discurso, Universidad de Saarland, Alemania, 26-10-1987.

[4] La Evangelización de los indígenas en vísperas del medio milenio del descubrimiento de América, Bogotá, 16-09-1985.

[5] Boff, «El coronavirus es el perfecto desastre para el capitalismo del desastre», 26-03-2020

[6] Proaño, L., Discurso, Universidad de Saarland, Alemania, 26-10-1987.

[7] Familia ampliada.

[8] Hechos 4, 32.

[9] Un solo corazón, una sola mano, un solo pensamiento, una sola lengua.

[10] Papa Francisco: Instrumentum Laboris 24

[11] Proaño, L., Discurso, Universidad de Saarland, Alemania 26-10- 1987.

[12] Íd.

[13] Carta del Jefe Seattle al presidente Franklin, 1855.

[14] Boff, Coronavirus: autodefensa de la propia Tierra 03-28-2020

[15] Boff, 03-13-2020

[16] Una aproximación a este concepto sería que haya VIDA y VIDA en ABUNDANCIA para todas las VIDAS, en simbiosis total. El neoliberalismo neocolonizador, es lo más opuesto al Sumak Kawsay.

[17] Laudato Si 53

 

Evangélicos y poder en Colombia. Los efectos de un cambio constitucional

César Moya

Éxodo 153
– Autor: César Moya –

Este artículo es una reflexión acerca de cómo han incidido los evangélicos en la articulación del poder en Colombia a partir de la creación de la nueva constitución que rige desde 1991 y la transformación del Estado a uno no confesional. No obstante, en contextos como el colombiano, el poder debe contrastarse con la violencia, tal como lo plantea Arendt (2005): “cada reducción de poder es una invitación abierta a la violencia” (p. 118).

El fenómeno evangélico en Colombia, como en el resto de América Latina, es demasiado diverso como para delimitarlo conceptualmente (Míguez Bonino, 1995). Sin embargo, es posible visibilizar unas características entre dos grupos principales: los procedentes del evangelicalismo norteamericano heredado del siglo XIX y los procedentes directos de la Reforma del Siglo XVI, representados en las iglesias llamadas “históricas”. Aquí se hará referencia al primer grupo.

La incidencia política del movimiento evangélico en Colombia tiene como punto de partida la Constitución de 1991. Esto es evidente en los cambios que se dieron en relación con el preámbulo y algunos de los artículos. El preámbulo de la antigua constitución de 1886 declaraba a Colombia como un país de confesión católica: “En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad, y con el fin de afianzar la unidad nacional, una de cuyas bases es el reconocimiento hecho por los partidos políticos de que la religión Católica, Apostólica y Romana es la de la nación […]” (Consejo Nacional Constituyente, 1886). Con estos privilegios, la hegemonía de esta iglesia llegaba a los mismos partidos políticos del momento, el liberal y el conservador, los cuales la reconocieron como la religión estatal. De ahí que otros grupos religiosos encontrarían oposición para su pleno desarrollo y mucho más para su injerencia en las decisiones políticas que determinaban el rumbo del país.

Sin embargo, después de 100 años de vigencia, la Constitución ya no respondía al momento del Estado. Las nuevas fuerzas políticas que habían surgido en el país en las últimas décadas, así como la desmovilización del M-19 y al mismo tiempo la prevalencia de otros grupos guerrilleros, ejercían una presión desde todos los sectores sociales, reconociendo que era necesaria la reconstitución del Estado. Es así como se convocó a las distintas fuerzas políticas sociales y regionales, quienes tuvieron sus representantes en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, dentro de ellos los evangélicos, representados en el Movimiento Unión Cristiana (Olano García, 2011, p. v-xi). Esto, de por sí, marcaba un hito en la historia política de Colombia; por primera vez los cristianos no católicos tenían representación sin participar directamente en uno de los partidos tradicionales.

Un cambio sustancial de la nueva constitución fue su preámbulo. Aunque invocaba la protección de Dios, no circunscribía al Estado a una determinada confesión de fe: “En ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatarios a la Asamblea Nacional Constituyente, invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación […] (Olano García, 2011, p. 1). También, reconoce varias “iglesias”, en relación con la libertad de conciencia y su libertad ante la ley (Art. 19). De aquí se deduce el respeto frente a decisiones que tuvieran que ver con la raza, el sexo, el origen familiar, religión y política, entre otros (Art. 13). Además, consagró como uno de los derechos fundamentales la paz (Art. 22).

En este contexto es que, en los últimos veinte años, 36 evangélicos han llegado a ocupar un escaño en el Congreso de la República, la mayoría de ellos elegidos bajo partidos tradicionales y unos pocos bien sea por un partido u otros grupos evangélicos (Velasco, 2018, pp. 229-233). Pero, más allá de las cifras de participación de los evangélicos en las curules legislativas, es importante mencionar las alianzas que han realizado con partidos de ultraderecha cuestionados por sus relaciones con el narcotráfico, el paramilitarismo o hechos de corrupción, así como su respaldo y bendición a algunos de sus candidatos.

Además de lo anterior, lo paradójico de esta apertura a la diversidad, para un grupo que dice representar al 20 por ciento del total de la población cristiana (Cedecol, citado en El Tiempo, 7 de enero de 2017), es que asuma posturas moralistas basadas no sólo en su fundamentalismo religioso sino también político. Lo anterior, por supuesto, va de la mano con el respaldo que recibieron de parte de los sectores más conservadores.  Tanto así que sus agendas políticas se han establecido con propuestas que desaprueban la adopción homoparental, el matrimonio igualitario, el aborto, la eutanasia y la llamada ideología de género, temas que influenciaron la votación no sólo de las últimas elecciones presidenciales sino del plebiscito por la paz del año 2016.

En un contexto de violencia, como ha sido el colombiano, asumir una posición contraria al camino de la paz no sólo es paradójico sino contradictorio con respecto al evangelio en un país de inmensa mayoría cristiana. Así quedó demostrado en el Plebiscito del 2 de octubre de 2016 cuando el voto por el No se impuso con un poco más del 50% de la totalidad de la votación, resultado en el que los evangélicos jugaron un papel decisorio dado su rechazo a la ideología de género, pues la consideraban peligrosa para la sociedad. Así lo expresó el presidente de la Confederación Evangélica de Colombia Edgar Castaño, “El acuerdo vulnera principios evangélicos como el de la familia cuando se habla de equilibrar los valores de la mujer con los de estos grupos [LGBTI]”, al tiempo que reconoció el voto decisivo de los evangélicos: “si salieron a votar cuatro millones de evangélicos, posiblemente la mitad de ellos rechaza los acuerdos” (Marcos, 2016).

Fue tal la determinación de estos evangélicos que después del plebiscito suscribieron un manifiesto, “Pacto Cristiano por la Paz”, en el que realizaron 44 observaciones al Acuerdo y propusieron una renegociación. Como resultado tres de ellos integraron una delegación que viajó a la Habana para participar del diálogo con las FARC-EP (Semana, 29 de octubre de 2016). No obstante, varias de esas observaciones, como la oposición a la participación de excombatientes en política, reducción de penas a los mismos y enfoque de género, concordaban con las del Centro Democrático, partido de derecha liderado por el expresidente Alvaro Uribe. Sus propuestas presentadas al gobierno de Santos constan en los documentos y discursos de diversos actores desde el anuncio del Acuerdo del 24 de agosto de 2016 hasta la firma del Acuerdo final el 24 de noviembre del mismo año (Oficina del Alto Comisionado para la Paz, 2016).

La articulación de los evangélicos con el poder en Colombia se consolidó aún más en los pasados comicios, tanto para presidente como para curules legislativas. Según la Misión de Observación Electoral (2019, pp. 66-76), en la campaña para la presidencia de la República, los evangélicos jugaron un papel determinante en la votación, especialmente con Viviane Morales, reconocida como referente de los evangélicos, quien renunció a su candidatura para sumarse a la del Centro Democrático, Iván Duque, quien a la postre sería elegido presidente. De esta manera el respaldo de varios sectores evangélicos, dentro de esos el partido MIRA, no se hizo esperar. Así, se consolidaba la alianza de los evangélicos con los sectores de derecha y se ratificaba lo expresado anteriormente como paradójico: quienes se auto definen como seguidores de Jesús renunciaron a su talante de paz.

Por su parte, las elecciones legislativas también ratificaron las alianzas de los evangélicos con las políticas de derecha al obtener una suma considerable de curules. Para MOE (2018) tal fenómeno se dio, especialmente, a través del movimiento Colombia Justa Libres, liderado por el pastor John Milton Rodríguez, logrando 4 curules en el Congreso. Aunque, según el mismo Rodríguez, se habían lanzado como un movimiento independiente para rechazar la manipulación de la que habían sido objeto por parte de la clase dirigente. Además, porque consideraba importante que los casi 12 millones de evangélicos participaran de las grandes decisiones de Colombia (Semana, febrero 20 de 2018).

 

Sin embargo, su plataforma política seguía reiterando los temas propios de la derecha tales como el desconocimiento de la población LGBTI. Nada raro, porque en el 2016 sus seguidores participaron en las movilizaciones contra las cartillas del Ministerio de Educación que instruían en el tema de género, además de haber hecho parte de la delegación para revisar los acuerdos luego del plebiscito (MOE, 2018). Los 6 puntos clave de su movimiento eran “la defensa de la familia, la educación y la vida; la defensa de la Constitución y las instituciones; la lucha contra la corrupción; el desarrollo económico sostenible; la protección del medio ambiente; y la defensa de la libertad religiosa y de expresión” (El Tiempo, 23 de diciembre de 2017). Pero no evidenciaron compromisos con el Acuerdo de Paz. Más bien, la agenda moralista fue su prioridad.

 

Para finalizar, la nueva constitución abrió una puerta para que los evangélicos tuvieran incidencia en las políticas del Estado, sin embargo, quienes han recorrido ese camino han sido absorbidos por los grupos dominantes. Por tanto, afirman políticas conservadoras en relación con la familia y el consiguiente rechazo a otros modelos de relaciones de género, promueven las políticas neoliberales y tienen un amplio despliegue mediático, además de su capacidad económica, tal como lo menciona MOE (2018, p. 76), y oponerse al Acuerdo de paz, lo cual implica promover la violencia. Esto último como resultado tanto de sus intereses políticos como de la ausencia de una teología de paz práxica y no solo ortodoxa. Han hecho caso omiso a las palabras del profeta: “procurad la paz de la ciudad … y rogad por ella; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jer. 29:7).

Referencias

Arendt, H. (2005). Sobre la violencia. Madrid: Alianza.

Consejo Nacional Constituyente (1886). Constitución Política. Recuperado de https://normograma.info/medellin/normograma/docs/pdf/constitucion_politica_1986.pdf

El Tiempo (23 de diciembre de 2017). No podemos quedarnos diciendo que somos apolíticos: Pastor Rodríguez.  Recuperado de https://www.eltiempo.com/elecciones-colombia-2018/congreso/pastor-habla-de-las-candidaturas-cristianas-al-congreso-de-la-republica-164648.

El Tiempo (enero 7 de 2017). ¿Cómo son las iglesias cristianas en Colombia?   https://www.eltiempo.com/cultura/gente/iglesias-cristianas-en-colombia-41383

Marcos, A. (12 de octubre de 2016). El voto evangélico clave en la victoria del No en el plebiscito de Colombia. Recuperado de https://elpais.com/internacional/2016/10/12/colombia/1476237985_601462.html

Míguez Bonino, J. (1995). Rostros del protestantismo latinoamericano. Buenos Aires: Nueva Creación.

Misión de Observación Electoral (2019). Impacto de los partidos políticos evangélicos en los comicios electorales colombianos. En Misión de Observación Electoral (Ed.), Religión y política (pp. 60-92). Bogotá: MOE.

Oficina del Alto Comisionado para la Paz (2016). Biblioteca del proceso de paz con las FARC-EP, Tomo VIII, De la refrendación al Acuerdo del Colón. El Plebiscito, el gran diálogo Nacional, el Acuerdo final y su refrendación. Recuperado de https://www.jep.gov.co/Sala-de-Prensa/Documents/tomo-8-proceso-paz-farc-refrendacion-plebiscito-.pdf.

Olano García, H. (2011). Constitución política de Colombia concordada. Bogotá: Doctrina y Ley.

Semana (20 de febrero de 2018). Los cristianos que se cansaron de entregar sus votos a los políticos. Recuperado de https://www.semana.com/nacion/articulo/los-cristianos-nos-cansamos-de-ser-un-eco-john-milton-rodriguez/557683.

Semana (29 de octubre de 2016). Cristianos: ¿el poder decisorio en la política? Recuperado de https://www.semana.com/nacion/articulo/religion-inclina-la-balanza-politica-en-colombia/502530.

Velasco Montoya, J.D. (2018). De minorías dispersas a aliados estratégicos. En Pérez, J.L., y Grundberger, S. (Ed.), Evangélicos y poder en América Latina (pp. 221-246). Lima: IESC-KAS.