Éxodo 152

Postura de los profesionales sanitarios ante una futura ley que regule al autanasia

Carlos Barra Galán

El pasado 11 de diciembre se celebró en la sede del Colegio de Médicos de Madrid una interesante jornada convocada por su Junta Directiva con el objetivo de dar a conocer el resultado de una encuesta que el Colegio de Madrid había llevado a cabo entre sus colegiados para conocer su opinión respecto a la posibilidad real de que próximamente en nuestro país se promulgue una ley que regule la práctica de la eutanasia y el suicidio medicamente asistido; asimismo, los Presidentes de los Colegios Médicos de Bizkaia, Las Palmas y Tarragona presentaron los resultados de encuestas similares a la madrileña que se habían enviado a sus respectivos colegiados. La jornada se completó con varias mesas donde se debatió sobre el tema en cuestión, y es importante resaltar que el Gran Anfiteatro del colegio madrileño estaba con su aforo ocupado al completo.

Esa jornada ha tenido un importante eco informativo, posiblemente ello se ha debido a que los resultados de las cuatro encuestas eran muy similares y ratificaban todas ellas que una mayoría amplia de médicos se posicionaban favorables a que se apruebe  una ley que regule la eutanasia y el suicidio medicamente asistido; esta posición mayoritaria de los médicos encuestados a favor de la regulación por ley de la eutanasia venía a desmentir a quienes desde posiciones contrarias y sin fundamentación alguna han tratado de trasladar a la opinión pública, desde hace años, la idea de que los médicos estaban de forma mayoritaria en contra de una ley que regulara la eutanasia.

Frente a quienes han ido expresando de manera reiterada que en la sociedad española no se ha debatido suficientemente sobre la pertinencia o no de abordar la regulación de la eutanasia, lo cierto es que ese debate se ha producido. Numerosas encuestas realizadas los últimos años así lo atestiguan y muestran cómo la sociedad española se ha mostrado favorable de manera mayoritaria a la modificación de nuestro marco legislativo para que mediante la promulgación de una ley se despenalice la eutanasia y el suicidio asistido, ley que lógicamente tendrá un articulado con todas las garantías que nuestro ordenamiento jurídico contempla. Así como ejemplos citaré el estudio 2803 realizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de mayo de  2009, con opinión favorable del 74% de los encuestados, cifra que se eleva al 84% en el estudio de Metroscopia de 2017. Asimismo, el Instituto de la Juventud realizó en 2006 una encuesta “La percepción generacional, los valores y actitudes de los jóvenes” entre jóvenes de ambos sexos de 15-29 años, esta encuesta mostraba que tres de cada cuatro jóvenes eran favorables a ayudar a morir a personas con enfermedades incurables que lo pidiesen y solo un 15% de los encuestados estaban en contra.

Los médicos fueron directamente preguntados por esta cuestión en el estudio 2451 del CIS de 2002 “Actitudes y opiniones de los médicos ante la eutanasia”, en este estudio un 41´5% de los encuestados pedían ya entonces cambios legislativos para permitir ayudar a morir a enfermos terminales (eutanasia o suicidio asistido), incluso un 18,4% creían debía extenderse a enfermos no terminales cuando padezcan graves sufrimientos físicos o psíquicos. Las encuestas, cuyos resultados acaban de presentarse en Madrid por parte de los Colegios Médicos enumerados al comienzo de este artículo, muestran que los médicos interpelados son mayoritariamente favorables a la regulación de la eutanasia con cifras en todas ellas muy por encima del 80% y también del suicidio medicamente asistido.  Lo anterior parece corroborar la opinión de quienes defendemos que el colectivo de profesionales de la medicina tiene comportamientos, percepciones y actitudes acordes con el conjunto de la sociedad y evolucionan de la misma manera que ésta.

Desconozco se haya realizado alguna encuesta específica sobre esta materia dirigida a otros profesionales sanitarios, si ello fuera así me parecería acertado que las organizaciones profesionales que los representan así lo hiciesen. Asimismo, estamos conociendo cada vez con más frecuencia testimonios públicos de ciudadanos españoles que en situaciones vitales que en su opinión atentan a su dignidad piden se promulgue una ley que les permita decidir cómo y cuándo morir para poder así ejercer en libertad el principio de su autonomía personal, estos testimonios producen un fuerte impacto en una sociedad, la nuestra, que exige se evite situaciones de intenso sufrimiento y se aborde de una vez la promulgación de la ley que permita ayudar a morir a personas que viven en unas condiciones que les resultan insoportables y que atentan a su dignidad.

Nuestro país acaba de estrenar gobierno de corte progresista, formado por dos formaciones políticas, PSOE y Unidas Podemos, que en sus programas electorales prometían una ley de eutanasia; en la breve legislatura anterior el Congreso de los Diputados aprobó por mayoría absoluta una proposición de ley presentada por el grupo socialista y solo el bloqueo en la mesa del Congreso por parte del Partido Popular y Ciudadanos impidió se iniciase su tramitación parlamentaria; ahora, si se mantienen las posiciones que entonces mantuvieron los distintos grupos parlamentarios y con una mesa del Congreso con mayoría progresista que garantiza la imposibilidad de bloqueo, el proyecto de ley saldría adelante, por tanto se hace urgente que el gobierno de España presente un proyecto de ley para reconocer el derecho de las personas a pedir ayuda para poner fin a su vida en las situaciones y con los requisitos que el texto de la ley establezca. La sociedad española lo exige de forma nítida y clara, todo indica que los profesionales de la medicina también lo apoyan de forma mayoritaria; por tanto, no es tiempo para más dilaciones. Una amplia mayoría social reclama una ley que despenalice la eutanasia y permita a las personas que así lo piden morir con dignidad.

Senda de Cuidados

La sostenibilidad de un proyecto para sostener la vida

Sostener. Ocho letras que se deslizan hacia abajo sedimentando un suelo sobre el que apoyar nuestros pasos, sobre el que sustentar nuestras vidas. Ese suelo está construido de afectos que nutren el sustrato, de manos que ayudan a mantener el equilibro en pasos difíciles, que agarran fuerte cuando hay que saltar grietas, de voces que orientan en el camino, de hogares que dan cobijo y reposo al cansancio… En definitiva, ese suelo está compuesto, ante todo, de cuidados que sostienen cotidianamente la vida.
Senda de Cuidados es una asociación desde la que intentamos ser un apoyo en los momentos de mayor vulnerabilidad, cuando más sostén hace falta, ofreciendo cuidados dignos a las personas que lo necesitan, a la par que luchamos por dignificar el trabajo de cuidados.

Las sensibles, comprometidas y generosas manos de Ana Peñas han puesto imagen a nuestra aventura. Ana ya había mostrado una enorme capacidad para representar la vida cotidiana desde el punto de vista de las personas mayores a través del cómic que protagonizan sus abuelas Estamos todas bien, galardonado con el Premio Nacional del Cómic en 2018. En este dibujo, Ana muestra a Amalia y Lucre, dos cuidadoras y luchadoras por los derechos en el empleo de hogar de las que estamos muy orgullosas en Senda. Esperamos que el cuidado mutuo que sostiene que simboliza la imagen, oriente nuestros pasos en las luchas y desafíos que están por venir.

 

Mientras tanto, en Senda, seguimos trabajando en la intermediación laboral –poniendo en contacto a familias que necesitan cuidados con trabajadoras y trabajadores bajo un contrato que respeta unas condiciones laborales mínimas–, en el empoderamiento de las trabajadoras –mediante la dinamización de una asamblea en la que se encuentran, comparten sus experiencias y proponen acciones conjuntas, y mediante una escuela de formación política recientemente iniciada–, y en la denuncia de las situaciones de abuso –el Observatorio Jeanneth Beltrán de Derechos en el Empleo de Hogar y de Cuidados, impulsado por las trabajadoras de Senda, recopila información sobre tales abusos de cara a su visibilización y denuncia pública–.

 

Todas estas tareas nos conducen, no sin dificultades de todo tipo (carencias en la financiación, trabas burocráticas, invisibilización del colectivo de trabajadoras de hogar y de cuidados, persistencia de las discriminaciones, etc.) hacia un horizonte de reconocimiento de derechos en el campo laboral y de la dependencia, y al fortalecimiento de comunidades de trabajadoras y de afectados por las políticas que cuidan antes el capital que la vida.

Derecho a vivir dignamente mientras se muere

Juan Masiá Clavel

Deseo exponer con claridad y brevedad mi convicción sobre el derecho de una persona paciente a que se respete su dignidad cuando pide que le ayuden a vivir dignamente mientras se muere. Me refiero a las tres opciones siguientes: 1) la opción por el cuidado paliativo justo, incluida la sedación terminal; 2) la opción por el rechazo de recursos sanitarios fútiles, desproporcionados u onerosos, sobre todo cuando solo sirvan para alargar el proceso de morir; 3) la opción por solicitar la ayuda personal y social, (sanitaria, legal y psicológica o de acompañamiento espiritual), para llevar a cabo justamente la aceleración directa e intencionada del proceso de morir. Estas tres opciones – y no solo a la tercera– pueden calificarse como eutanasia justa, con tal de que no se malinterprete peyorativamente el término “eutanasia”. Etimológicamente, eu- thanasia es buen morir, vivir dignamente el proceso de morir. Eu-thanasia valdría para designar la eutanasia justa. La eutanasia injusta sería simplemente “mala muerte” (en griego, kako-thanasia).

PRÓLOGO DESDE LA ÉTICA LAICA

Agradezco a editores la venia para modificar el título de este ensayo sobre el derecho a la eutanasia en perspectiva ética laica, para insistir en la propuesta de “vivir dignamente mientras se muere”. Esta fórmula resume la convicción sobre el buen morir desde una ética “secular”, que no excluye el diálogo, la espiritualidad. Es la postura desde la que he pensado siempre las cuestiones de ética y vida desde la pertenencia institucional a entidades académicas que mantienen con libertad universitaria la posibilidad del diálogo entre “fe y secularidad”.

Confío en la benevolencia de quienes lean sin clasificarme en el casillero de los dilemas exclusivistas: “pro-vida o anti- vida; creyentes anti-eutanasia o increyentes pro-eutanasia; religiosidad pro- vida o laicidad anti-vida”, etc. Dejando de lado extremismos dualistas, apuesto por la ética responsable, que no confunde una eutanasia justa con un genocidio nazi, ni una interrupción justa del embarazo con un aborto inmoral.

La oposición a una eutanasia justa o a una interrupción justa del embarazo se intenta fundamentar, a veces, como si fuera señal de identidad religiosa o po- lítica, lo cual impide el debate ético sobre casos en que, con un mismo criterio pro- vida y pro-persona, pueden darse decisiones diferentes, pero correctas éticamente, gracias al discernimiento responsable que guió la deliberación.

PRECISIONES SOBRE LA DIGNIDAD

¿Cómo entendemos la dignidad? ¿Es un sustantivo, un adjetivo o un adverbio? Hablar de dignidad de la vida o de la muerte es muy abstracto. Hablar de muerte digna es menos apropiado, porque el sujeto de la dignidad no es la muerte, sino la persona. Más vale usar el adverbio: “dignamente” para modificar al verbo “vivir”. Así nos referimos a la exigencia de acompañar a la persona doliente moribunda para que pueda vivir dignamente mientras se muere.

Se debate sobre una ley de muerte digna o una ley de eutanasia, pero ninguno de esos dos títulos satisface, ni gramatical ni éticamente. “Ley de eutanasia” conlleva ambigüedad por no distinguir entre eutanasia justa e injusta. “Ley de muerte digna” sugiere un uso adjetivo de la dignidad para calificar a la muerte, en vez del uso sustantivo de la dignidad como cualidad inalienable de las personas. El adjetivo “digna” no debería calificar a la muerte, sino a la persona, sujeto de la dignidad, que tiene derecho a vivir dignamente mientras se muere. Es preferible el uso adverbial de la dignidad para calificar al acompañamiento humano, respetuoso y responsable –a nivel individual, familiar, médico y social– del proceso de morir. La regulación social para acompañar dignamente a la persona moribunda debería tener en cuenta los pasos siguientes: 1) aplicación adecuada de la medicina curativa; 2) regulación del uso proporcionado de los medios de prolongación de la vida; 3) aceptación de la renuncia a (o suspensión de) recursos sanitarios o tecnologías biomédicas fútiles –incluida, cuando sea pertinente, la renuncia a la alimentación e hidratación artificiales–; 4) concentración en el uso de los recursos paliativos –incluida la sedación terminal, debidamente protoco- lizada y consentida–; 5) y la necesidad de proteger los derechos, autonomía y dignidad de la persona paciente en los casos de opción justificada por una ace- leración del proceso de morir que, al menos, convendría despenalizar.

Ética cívica y legislación democrática han de tomar en serio la conveniencia, necesidad y oportunidad de garantizar la seguridad jurídica para la protección de los pasos siguientes en el cuidado del proceso de morir:

A) Ante las solicitudes de ayuda en el proceso de morir:

Hay que proteger la gradualidad en el uso de los recursos paliativos, así como el acceso justo a ellos. Hay que proteger la práctica de la moderación del esfuerzo terapéutico (incluida la retirada de alimentación e hidratación artificiales).

B) Ante las solicitudes de ayuda para morir pacíficamente:

Hay que proteger el control prudente de la sedación profunda en fase terminal. Hay que proteger las decisiones autónomas y responsables de acele- ración del proceso de cese vital, asegurando que no se viole la dignidad y derechos de las personas pacientes que opten por solicitarlo (despenali- zación de la aceleración asistida del proceso de morir). 1

DEJAR MORIR DIGNAMENTE NO ES MATAR

Llevo cuatro décadas insistiendo en que dejar morir dignamente no es matar, sino ayudar a vivir dignamente al morir y en el morir. La persona tiene derecho a vivir dignamente hasta el momento de morir. Por tanto, tiene derecho a que no se prolongue tecnológicamente de modo irresponsable su proceso de morir; a que se le alivie el dolor, en la medida necesaria, aunque pueda conllevar adelantamiento de la muerte; al cuidado paliativo y acom- pañamiento humano que ayude a la calidad del vivir mientras se va muriendo; a recurrir a la sedación médicamente indicada, correctamente protocolizada y debidamente consentida.

1 MASIÁ CLAVEL, J., Tertulias de bioética. Manejar la vida, cuidar a las personas. Trotta, Madrid, 2006; Cuidar de la vida. Debates bioéticos, Bar- celona: Herder, 2012.

 

Dejar morir dignamente no es matar, sino ayudar a vivir dignamente al morir y en el morir

 

 

Tener derecho a un buen morir significa tener derecho a que se respete la vo- luntad, autonomía y dignidad de la persona paciente y se cuide la calidad de su vivir durante el proceso de morir, sin adelantarlo ni retrasarlo irresponsablemente. Pero sí puede ser aceptable un adelantar o un retrasar de acuerdo con la decisión autónoma y responsable de solicitar ayuda para morir.

 

USAR O REHUSAR FLEXIBLEMENTE SOPORTES VITALES

En un extremo están quienes identifican el respeto a la dignidad con la prolongación a toda costa de la vida biológica. En el otro extremo, quienes opten por suspender los soportes vitales por motivos meramente económicos u otros intereses no confesados, o por no reconocer la dignidad de la persona en esa situación. Hay quienes, con buena intención, aunque con percepción exagerada, insisten en considerar la nutrición e hidratación artificiales, aun en estado vegetativo permanente, como medios “ordinarios, proporcionados y obligatorios”. La premisa mayor (con la que será difícil no estar de acuerdo) es que la persona nunca deja de tener dignidad humana que exige respeto. Pero no se sigue la conclusión de que mantener los soportes vitales sea siempre la mejor manera de respetar su dignidad. Si la persona ha manifestado de antemano su voluntad de que en esa situación se suspenda la prolongación artificial hay que respetar su decisión. Ante el caso Lambert”, que tanto dio que hablar el año pasado, se agudizó en Francia el debate sobre el rechazo de recursos de prolongación vital fútiles, hubo que oponerse a la prolongación irresponsable del proceso de morir, alargado con recursos tecnológicos que solo sirven para frenar el desenlace irreversible.

NO CONFUNDIR EUTANASIA INJUSTA CON BUEN MORIR O EUTANASIA RESPONSABLE

El buen morir respetando la dignidad de la persona (que puede conllevar a veces una solicitud de eutanasia justa) no se debería confundir con una eutanasia irresponsable. Una eutanasia justa (cumplidas las condiciones de respeto a la dignidad y libertad de la persona) no se puede equiparar con el homicidio, como tampoco puede ni debe llamarse suicidio al asumir responsable y libremente la propia muerte. La opción responsable por una eutanasia justa no significa optar por la muerte y contra la vida, sino elegir cómo vivir cuando se muere. Precisamente por eso evitamos calificar esa opción como “muerte digna” y hablamos de respeto a la persona en el proceso de morir.

Desde la perspectiva ética sería deseable una legislación sobre buen morir, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una solicitud de eutanasia justa y autónoma pueda considerarse “buen morir responsable de la persona, protegiendo su derecho a vivir dignamente mientras se muere” 2.

No debería plantearse un dilema entre paliativos y eutanasia. Es cierto que hay que garantizar el acceso equitativo al uso de paliativos, así como la sedación terminal consentida y protocolizada. Pero, en las situaciones de solicitud de eutanasia, habrá que garantizar las condiciones para que sea justa. Hace ya años que, con la guía de pioneros de la bioética en nuestro país (como Javier Gafo, SJ, y Francesc Abel, SJ), se venían estudiando estas cuestiones en la tedra de Bioética de la U. P. Comillas, en Madrid, y en el Instituto Borja de Bioética, en Cataluña 3. La Declaración de este último

 

2. Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007.

3. J. GAFO (ed.), La eutanasia y el arte de morir, U.P. Comillas, Cátedra de Bioética, Madrid, 1990.  Hacia una posible despenalización de la eutanasia, Instituto Borja de Bioética (Universitat Ramon Lull), Barcelona, 2010.

sobre la posible despenalización de la eutanasia marcó un giro en el modo de afrontar el tema desde entidades universitarias que hacen compatible la ética laica y secular con el diálogo con criterios de inspiración religiosa. Asentiremos, sin duda, a su propuesta:

“Presupuesta la apuesta por la vida de toda persona, con la debida atención sociosanitaria y la exigencia de asumirla responsablemente como un don, pero teniendo en cuenta aquellas situaciones en que la vida se percibe solo como carga en la espera dolorosa y agónica de la muerte, hay que reflexionar sobre las condiciones médicas, legales y éticas para la protección del buen recorrido del proceso de morir en los diversos casos, incluidos aquellos de solicitud de eutanasia justa… Lucidez y responsabilidad en el último acto de la vida pueden significar una firme decisión de anticipar la muerte ante su irremediable proximidad y la pérdida extrema y significativa de calidad de vida. En estas situaciones se debe plantear la posibilidad de prestar ayuda sanitaria para el bien morir, especialmente si ello significa apoyar una actitud madura que concierne al sentido global de la vida y de la muerte”…

DOS Y DOS SON CUATRO

Suele malentenderse, a nivel de divulgación, la toma de posición a favor o en contra de una decisión responsable acerca de dejar morir dignamente; como si una postura ética laica tuviera que estar necesariamente a favor y una postura ética religiosa tuviera que estar en contra. Son posibles ambas opciones, tanto desde una ética laica como desde una moral religiosa, con tal de que se apoyen en argumentos razonables y motivaciones responsables. No hay solo dos pos- turas, una religiosa y otra laica (la primera en contra y la segunda a favor), sino, al menos, cuatro posturas distintas son posibles. Por ejemplo, las de las siguientes cuatro personas con diversas opciones:

A. Una persona no religiosa pida ayuda, razonable y responsablemente, para acelerar el final del proceso de morir en circunstancias penosas amenaza- doras de su dignidad.

B. Otra persona, con motivación religiosa, está convencida en conciencia de que esa decisión no contradice su fe en la Fuente de la Vida, toma la decisión personal acerca del momento de despedirse de esta vida, y asume la muerte que se aproxima como acto de confianza en la Vida de la vida.

C. Una persona no religiosa, convencida de que concuerda con su dignidad asumir la vulnerabilidad humana tal cual es, sin forzar ni la prolongación ni la aceleración del proceso de morir, opta por dejarse llevar al mar del morir en que desemboca el río de su deterioro biológico, y por eso no quiere hacer la opción por la eutanasia.

D) Una persona religiosa se siente llamada o invitada a confiar en el mis-terio último que da sentido a su vida, dejar la determinación del cuándo y el cómo de su final en manos de quien se la dio, y encomendar su espíritu confiadamente al Misterio para “morir hacia la Vida de la vida”.

Cualquiera de estos cuatro comportamientos como opciones personales, au- tónomas y responsables serían compatibles con una legislación social-demócrata (como la que por dos veces consecutivas ha quedado aparcada en nuestro país al final de una legislatura), que respetase y dejase cabida para las cuatro opciones mencionadas (independientemente de que, en unas y otras, su motivación fuese secular o religiosa).

EPÍLOGO DIALOGANTE SOBRE “FE Y SECULARIDAD”

En el caso de una persona con fe religiosa en el presente eterno, que asegura vivir para siempre en la Vida de la vida, debería ser más fácil asumir las tres opciones que mencioné desde el principio; su motivación religiosa le facilitaría sumarse a las propuestas hechas desde una perspectiva de ética secular. Tomar decisiones creativas acerca del fin de la vida no tiene necesariamente que estar en contra de una fe religiosa, si se entiende que el Creador ha creado criaturas creadoras encargándoles que cocreen, es decir, que cooperen a la creación y cuidado continuo de la vida. Lo cuál no significa absolutizar el mantenimiento a ultranza de la vida biológica, sin tener en cuenta las exigencias de la vida personal y espiritual destinada a transfor- marse en vida eterna, en el seno de la Vida de la vida.

La autogestión de la muerte

Diego Gracia

El principio moral de la autonomía puede aplicarse a diferentes ámbitos… Últimamente la autonomía ha ganado un nuevo espacio: el de la gestión de la vida y la muerte… Aquí nos interesa ahora la autogestión del final de la vida, o si se quiere, de la muerte.

La teoría del consentimiento informado es el primer paso, y quizá el fundamental, en el proceso de gestión autónoma de su cuerpo y su vida por parte de los ciudadanos.

Hoy resulta imposible prohibir un espacio de autogestión de la vida y la muerte a los ciudadanos. Se ha acabado la tesis de que estas cuestiones no pueden quedar al arbitrio de las personas vulgares y corrientes, y que tienen que ser gestionadas por los sacerdotes, los médicos o los jueces… Evidentemente, el espacio de autogestión habrá de tener límites, pero en la definición de esos límites hemos de participar todos. No está dicho en ningún lado que sean los técnicos quienes hayan de marcar esos límites. Ni los médicos, ni los jueces, ni tampoco los sacerdotes son quiénes para establecerlos. Los límites hemos de marcarlos entre todos… No es verdad que los ciudadanos no tengan capacidad para gestionar esas dimensiones de sus vidas. Eso es considerarlos menores de edad. Eso es, por tanto, puro paternalismo.

¿Cuáles serán los pasos a dar en la autogestión de la muerte? Una vez que se ha aceptado el rechazo voluntario, por parte de los pacientes, de las medidas clásicamente denominadas extraordinarias, es decir, de lo que tradicionalmente se ha llamado eutanasia pasiva, el paso siguiente es la llamada eutanasia activa, es decir, la eutanasia propiamente dicha, aquella que consiste en actuar en el cuerpo de otra persona con el objeto de poner fin a su vida, a petición expresa y reiterada de ésta. Será difícil no llegar ahí… La autonomía tiene su lógica. Y esa lógica lleva hasta ahí.

Hay un texto sumamente importante para fundamentar la lógica de la autonomía. Es del filósofo ilustrado Fichte, discípulo de Kant. Lleva el relevante título Reivindicación de la libertad de pensamiento y está dirigido contra dos edictos promulgados por el rey Federico II de Prusia, uno contra la libertad en asuntos de religión y el otro contra la libertad de pensamiento. En él Fichte sostiene que el ser humano es autónomo y todo intento de coartar su autonomía moral debe considerarse ilegítimo. “Declarad la guerra implacable -escribe-… al principio según el cual la misión del Príncipe es velar por nuestra felicidad… que nosotros no sabemos lo que promueve la felicidad, sino el Príncipe, y por eso es él el que ha de guiarnos a ella…” Pero Fichte responde: “No, Príncipe, tú no eres nuestro Dios. De Dios esperamos la felicidad, de ti solo protección de nuestros derechos. Con nosotros no debes ser bondadoso, debes ser justo.”

 

Podría pensarse que con esto Fichte está pensando que el Príncipe no tiene la autoridad de gobernar nuestras vidas, pero sí la tiene la autoridad espiritual: el Papa. Pero no es así…. Su tesis, como la de Kant, es que la voz de Dios está en nuestra conciencia, y que eso es precisamente lo que nos hace autónomos.

La autonomía moral es la propiedad divina que habita en el interior del ser humano… Este lleva en lo más profundo de su corazón una chispa divina: la conciencia. Esta le ordena absoluta e incondicionalmente esto y no aquello libremente y motu proprio, sin ninguna coacción externa… Por eso, nadie que no sea él puede gobernarle. Es libre y debe permanecer libre. Nadie puede darle órdenes, sino la ley que tiene en sí mismo.

Por supuesto, esto no le permite hacer lo que quiera, sino aquello que es conforme a la ley moral; por tanto, lo que no está prohibido por el imperativo categórico.

Pues bien, según Kant, la disposición de la propia vida es incompatible con el imperativo categórico… “Uno que por una serie de desgracias lindantes con la desesperación siente desapego de la vida tiene aún bastante razón para preguntarse si no será contrario al deber para consigo mismo el quitarse la vida… Pruebe a ver si la máxima de su acción: “hágame por egoísmo un principio de abreviar mi vida cuando ésta…me ofrezca más males que agrado” puede convertirse en ley universal, y pronto verá que tal principio de egoísmo sería contradictorio con el fomento de la vida… De ahí que, para Kant, acortar la propia vida, incluso en el caso de que ésta se halle amenazada por múltiples sufrimientos… es incompatible con el imperativo categórico y no puede convertirse en ley universal. Eso, dice Kant, es actuar por egoísmo.

Pero el modo de razonar de Kant en este ejemplo dista mucho de ser convincente. ¿Es verdad que el móvil de una persona en esa situación… es necesariamente el egoísmo? Y tampoco es verdad que poniendo fin a la propia vida en esas circunstancias… la sociedad se autodestruiría. Es más, hay razones para creer que el gestionar autónomamente no solo la propia vida, sino también la propia muerte, es la culminación natural de una ética verdaderamente autónoma…

La ética no consiste en el “deber ser”, decía Ortega, sino en el “tener que ser”. Y hay no solo un “tener que” vivir, sino también un “tener que” morir… Cuando se han perdido las ilusiones, cuando ya no hay otro horizonte que el de seguir vegetando, la vida biográfica ha terminado…, el personaje ha muerto… La muerte es también una empresa, una tarea, tanto vital como moral. Morir, en ciertos momentos, es una obligación. En el caso Sampedro que popularizó el film de Amenábar, se advierte claramente algo que en su vida fue muy claro, a saber, que él “tuvo que” morir, tuvo que poner fin a su vida para llevar a cabo su propio proyecto vital. La muerte verdadera, plena, auténtica, no es un mero acontecimiento biológico ajeno a nosotros mismos, sino un momento fundamental de nuestra biografía. Lo mismo que hay obligación de personalizar la vida, la hay también de personalizar la muerte…

Ni que decir tiene que con esto no se está diciendo que todo está permitido, ni que cualquier modo de limitar la propia vida pueda considerarse correcto. Todo lo contrario. Lo que estamos diciendo es que se necesitan ciertos requisitos para que el acto sea auténticamente moral. Y que estos requisitos pasan por la responsabilidad y la prudencia extrema. Cualquier otra cosa sería por completo inaceptable.

El derecho a morir con dignidad. Perspectiva ético-cristiana

Benjamín Forcano

1. La muerte es parte de la vida

Para ocuparnos del tema de la eutanasia, ayuda el verla en todo el proceso de la vida, que incluye también el momento de la muerte. El morir humano es necesidad y es libertad. Entramos en la vida sin que se contara con nosotros e hicimos una biografía personal, merced a nuestro yo libre y responsable.

En este sentido, el morir como el vivir, es de cada uno y debiéramos llegar a él dispuestos a darle cumplimiento personal. A la muerte no se llega de improviso, sino que calladamente nos ronda, pues en el día a día se nos va gastando algo de la vida y vamos forjando un estilo de vida, que será determinante a la hora de dar cumplimiento al acto último del morir. Hacemos nuestro lo que nos pertenece, libremente, como lo expresa el maestro Don Rodrigo:

“Y consiento en mi morir/

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera

es locura“ (Jorge Manrique, Coplas)

Creo que la mayoría de los cristianos, frente al tema de la muerte, tienen bien arraigada esta idea: pase lo que pase y sea cual fuere la situación a la que podamos llegar, la vida la hemos recibido del Creador y no nos es dado disponer de ella por iniciativa propia para terminarla o acortarla. Jóvenes o viejos, sanos o enfermos, con enfermedad curable o incurable, en todos los casos nuestro deber es respetar la vida hasta que se acabe, sin ahorrar medio alguno que puede ayudarle y nosotros podamos conseguir.

Analizaré más adelante las razones de esta posición y discerniremos si todas valen. De momento, conviene advertir el absolutismo de este principio. Cierto que se muere una sola vez y para siempre. Y acaso por eso, o también porque el don recibido gratuitamente no lo puede uno dar por concluido, se lo respeta hasta el último instante. Lo contrario se consideraría un desacato.

  1. La vida no es un valor absoluto

Sin embargo, la vida humana, en su más amplia y azarada historia, nunca ha renunciado a prescindir de ella, cuando se interponían otros valores. Se afrontaba como digna la decisión de perder la vida:

  • Cuando traicionar un secreto podía suponer la muerte para muchos.
  • Cuando le asistía el derecho a defenderla frente a un ataque injusto, aún a sabiendas de que podía perderla o perderla el injusto atacante.
  • Cuando por generosidad y amor inmenso se ofrecía para rescatar y hacer sobrevivir a otro.
  • Cuando se afrontaba el martirio antes que renegar de la propia fe.
  • Cuando por defender a la patria, se rechazaba al enemigo antes que dejarse invadir y dominar calificando a los que tal hicieron como superhéroes, etc.

Es decir, la vida es el primero de los valores, pero no un valor absoluto. Hay situaciones en que, por especiales motivos, se considera éticamente válida la decisión de renunciar a ella. ¿En el proceso del tránsito hacia la muerte pueden darse situaciones que hagan éticamente válida la decisión de acabar con ella acortándola? Lo vamos a ver.

  1. El derecho a morir con dignidad

Comienzo por acordar el significado de los términos: eutanasia, distanasia, ortotanasia.

Eutanasia
A lo largo de la historia, la palabra fue utilizada:

  1. Como deseo o petición de tener un morir bueno, feliz, sin preocuparse de la ayuda al morir.
  2. Como un buen morir, en el que no falten a la persona los cuidados aconsejados por la medicina y la moral.

Es lo que, ya en 1516, en Utopía, narra con singular sabiduría Tomás Moro:

“A los enfermos incurables se les atiende y trata esmeradamente, prestándoles toda clase de cuidados. Pero si a los males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces al paciente se le hace ver que se halla privado de sus funciones vitales, que está sobreviendo a su muerte y que es una carga para sí mismo y para los demás y le resulta inútil obstinarse por más tiempo en dejarse devorar por el mal y las infecciones. Y, en esa situación, armado de esperanza, debe aceptar la muerte, abandonar esta vida cruel como quien huye de una prisión o del suplicio y no dudar de liberarse o permitir que lo liberen los otros. Los consejos en este sentido de los magistrados y sacerdotes son sabios y desempeñan una obra piadosa y santa. Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero, no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de muerte se considera algo honorable. Pero el que se quita la vida –por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado– no es digno de ser inhumado o incinerado. Se lo arroja ignominiosamente a una ciénaga” (Felipe Aguado, Utopía y Educación, Nueva Utopía, Madrid 2016, pp. 233-234).

  1. En el momento actual, la eutanasia se la suele entender:

Médicamente, como terapia que, en un proceso de oscurecimiento u ocaso de la vida, se pretende adelantar la muerte.

Moralmente, tal adelantamiento se aprueba o reprueba si el valor de la muerte se considera una alternativa mejor o peor al valor de seguir viviendo. En esta perspectiva, si el enfermo no se encuentra en fase terminal, no se considera aceptable el suicidio asistido. Hay, sin embargo, países que lo admiten. Para esta situación, son varias las razones que abogan por rechazar la eutanasia:

  • La evidencia de que la vida humana es y aparece por sí como valor inviolable.
  • La vida humana implica una evolución que avanza hacia el envejecimiento, la improductividad social, etc., sin que por ello pierda valor.
  • Toda lucha emprendida por la emancipación y conquista de los valores éticos tiene apoyo y justificación en la vida misma de la persona.
  • La vida humana nunca, de cara a otros valores comerciales, industriales… o instancias de arbitraria voluntad humana, puede ser utilizada como instrumento: es fin y no medio.

Estas razones, propias de una ética racional, hacen que quienes llegan a una situación en que su vida no tiene futuro y está expuesta a la amenaza de fuertes dolores y aceptan sin más la finitud del ser humano y no creen en un Dios Trascendente ni en el más allá, puedan recurrir a la eutanasia directa.

Ortanasia

La ortotanasia significa optar por vivir una muerte digna, lo cual no se da si no se hace responsablemente. Y ese vivir responsablemente la muerte supone el ser consciente y dueño de ese vivir, el poder hacerlo siendo plenamente humano, no subhumanamente como sería si me sorprendiera sumergiéndome en un proceso puramente vegetal, privado ya de ser consciente y poder decidir libremente, decidir que no se me prolongue artificialmente una suerte de vida vegetal, que se me deje morir, sin aplicar medios que no suprimen ese estado y me obligan a seguir en un proceso que ya no es humano.

Por lo menos, eso: que me sea dado decidir racional y libremente, que se me deje morir, que no es lo mismo que hacerme morir. Defendemos la necesidad de regular el derecho a morir con dignidad.

Analizamos la situación concreta de este caso, mediante el concepto de la ortotanasia, que integra: a) El respeto al valor de la vida, y b) al valor de una muerte digna: tratando de evitar el mantenimiento de sufrimientos indebidos, en una situación de enfermedad incurable, con consentimiento del paciente.

Resulta éticamente correcto anticipar el final de un proceso doloroso incurable, no solo no aportando medidas biomédicas extraordinarias, sino suspendiendo las ordinarias, dejando que el proceso acabe por sí mismo, o incluso con la ayuda de algún medio adecuado.

Esta posición puede que no sea admitida por la legislación de unos u otros países y, en tal caso, conviene averiguar si está sometida o no a penalización. Pero, tal circunstancia es relativa, puede cambiar y no afecta al contenido éticamente válido de la decisión tomada. Posición ésta, sostenida también por pensadores y teólogos católicos.

De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera llevado a la sociedad la controversia suscitada por casos socialmente controvertidos y famosos.

Es casi unánime el sentir y el tratamiento de que, en casos como el descrito, no se trata de aplicar la eutanasia, con intento de abreviar inmotivadamente la vida. Ni tampoco de prolongarla artificialmente –distanasia– sean cuales sean las circunstancias.

La cuestión se resuelve desde un integrar con equilibrio los dos valores en conflicto: el del derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente (ortotanasia).

La argumentación desarrolla los siguientes aspectos:

  • Con ser importante, la vida no es un valor absoluto, sino relativo y finito, hay un momento en que a todos se nos acaba.
  • Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida.
  • Pero hay situaciones extremas de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.

Es entonces, cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad, que se le permita un mínimo de calidad de vida y no se le apliquen medios desproporcionados que le prolonguen la vida manteniéndola en un nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico”.

No es, por lo tanto, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esos medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.

Este modo de pensar fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989 que, a propósito del testamento vital, dice: “Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.

Igualmente, el Catecismo Romano en el nº 2278 dice: “La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.

Con esto no se pretende provocar la muerte, se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no, por los que tienen derechos legales respetando la voluntad y los intereses legítimos del paciente.

Concluimos

Eutanasia: La eutanasia contempla aquellas situaciones en que no se respeta el valor de la vida humana y se impone la muerte humana.

Distanasia: La distanasia contempla aquellas situaciones en que se prolonga inhumanamente la vida.

Ortotanasia: la ortotanasia contempla aquellas situaciones en que se respetan el valor de la vida y el valor de morir dignamente.

 

  • La eutanasia intentaría abreviar la vida por unos motivos que no constituirían propiamente un conflicto entre el valor de la vida y el valor de morir dignamente.
  • La distanasia exagera el valor del derecho a morir dignamente. Intentaría alejar lo más posible y por todos los medios el momento de la muerte del enfermo, sin esperanza de recuperación. Incluiría el uso de técnicas biomédicas que, con frecuencia, se convierten en encarnizamiento terapéutico.
  • La ortotanasia aboga por todos los medios que puedan aliviar los dolores y prolongar la vida, aboga para que al moribundo no se le oculte la muerte y no se le impida ser sujeto personal de su  morir en medio de los suyos y aboga por aquellos medios que puedan calmarle el dolor aunque tal terapia suponga un abreviamiento de la vida y aboga por que no se le apliquen, en estas situaciones, medios desproporcionados, que supondrían encarnizamiento terapéutico. Y que todo se haga, por supuesto, con consentimiento del paciente.

Una muerte feliz, Hans Küng, Trota, 2018

Miguel Ángel de Prada

A los 86 años y con sabor a testimonio confesional, H. Küng concluyó en 2015 este breve texto que no tiene formato de libro profesoral, sino de puzle. Confiesa en el ‘Prólogo personal’, la gratitud porque se le hayan concedido las fuerzas para acabarlo y que ‘no aspira a aclarar definitivamente la compleja cuestión de la eutanasia, sino que más bien pretende contribuir a un proceso de debate continuo y aportar la voz de un teólogo cristiano afectado él mismo de una manera existencial por esta problemática” (p.14). En la ‘Introducción. ¿Puede ser una felicidad o una suerte morir?’, declara que el ars moriendi le ha tenido ocupado desde los años 50, cuando murió de un tumor su hermano Georg a los 22 años y, posteriormente, cuando falleció después de 10 terribles años de enfermedad su colega profesoral Walter Jens en 2013 con el que había escrito Morir con dignidad. Un alegato a favor de la responsabilidad. Las experiencias de las terribles enfermedades de su hermano y su colega y, sobre todo, la vivencia de que a W. Jens se le pasó el tiempo de decidir con consciencia sobre su muerte, le marcaron profundamente.  En el III volumen de sus memorias, Humanidad vivida (2013), relata el historial propio de sus enfermedades (parkison actualmente y otras dolencias) y en el último capítulo, El atardecer de la vida, expone claramente su postura en relación con el tránsito hacia la muerte. Para H. Küng, “en mi modo de entender las cosas, aplazar indefinidamente mi vida temporal no se corresponde con el arte vivir ni con mi fe en una vida eterna. Llegada la hora, yo debo decidir responsablemente (en el caso de que pueda hacerlo y si no, habiéndolo manifestado previamente) el momento y el modo de mi tránsito hacia la muerte. Si se me concediera este deseo, me gustaría morir consciente y despedirme digna y humanamente de mis seres queridos. Morir feliz  no significa una muerte sin nostalgia ni dolor por la despedida, sino una muerte con una completa conformidad, una profundísima satisfacción y una paz interior (pp. 16-17).

Tal fue la repercusión en la opinión pública alemana de esta posición ante la eutanasia de un teólogo católico, que el canal ARD de la televisión alemana le hizo una entrevista ese mismo año 2013. La trascripción de la entrevista, titulada De la felicidad a la contradicción,  también  se recoge en el libro (págs. 21-31). La periodista Anne Will no ahorra ahondar en los temas más espinosos y le pregunta directamente: ‘¿por qué desea terminar con su vida, si percibiera indicios de una demencia incipiente?’ La respuesta es también directa: Porque no soy de los que piensan que la vida terrenal lo es todo… No creo que vaya a morir en una nada…, sino que voy a morir en una última realidad… y que desde allí encontraré una nueva vida. Esta es mi convicción por la fe. Y esta me permite, naturalmente, ser algo más soberano en lo relativo a la duración y a la perserverancia en esta vida” (p. 22-23) Y de nuevo le pregunta: “Su iglesia entiende la vida como un regalo de Dios. Y, en consecuencia, el suicidio es una negativa al sí de Dios al ser humano. ¿Está ud. realizando, de algún modo, una última protesta dirigida a la iglesia oficial?”. La respuesta: “Creo que la dirección de la iglesia debería esforzarse por una actitud diferente en relación con la eutanasia. (Gran parte de) la población alemana considera correcto que en la última fase de la vida una persona se valga del suicidio dependiendo de las circunstancias. La iglesia ha quedado simplemente rezagada en la reflexión y en la decisión (…) Como persona creyente, creo que la vida me ha sido regalada por Dios a través de mis padres, pero esto  quiere decir que ese regalo de la gracia de Dios significa también para mí responsabilidad. ¿Por qué ha de cesar esa responsabilidad en su última fase”? H. Küng aclara que nos encontramos en una situación similar a cuando trató la iglesia católica el asunto del control de la natalidad (Humanae vitae, 1968), declarando la anticoncepción pecado mortal. En su opinión, simplemente la iglesia tomó una decisión equivocada y provocó mucho sufrimiento en los fieles y una clara disociación entre la doctrina eclesial y las prácticas de los fieles. “Yo quiero que la iglesia ayude al ser humano en el tránsito hacia la muerte y que no sólo le proporcione la extremaunción. Se trataría de ayudar a morir bien a una persona que desea morir” (p. 25)

Esta postura tan decidida  y su participación con W. Jens en la Sociedad Alemana por una Muerte digna, le valió el Premio especial Arthur Koestler 2013. En el breve discurso de respuesta, H. Küng se muestra agradecido, a pesar de que sabía que por recibirlo tendría que contar con un aluvión de renovadas críticas. De modo conciso declaró que “no defiendo ni planeo ningún suicidio (…) Sin embargo, defiendo mi responsabilidad en mi muerte en un momento dato, una responsabilidad de la que nadie puede desposeerme” (p. 38). Las reacciones a favor y en contra de estas declaraciones no se hicieron esperar y el autor las recoge a lo largo de todo el texto pero especialmente en el apartado Primeras reacciones (pp. 32-35). Es más, con una de ellas comienza el libro: ”Está ud. poniendo en peligro la obra de toda su vida con su decidida acción en defensa de la responsabilidad propia en el tránsito hacia la muerte” (p.13); otras muchas declaraciones son también autocuestionantes, como la siguiente: “Entendemos que esté desesperado, a la vista de la fragilidad de su salud y que escriba: ’no quiero seguir viviendo como una sombra de mí mismo’ (…) Una muerte mediante eutanasia activa, en un centro sanitario comercial de pago suizo, eso es indigno de un H. Küng al que adoramos por su valentía y su rectitud. Eso decepcionaría a miles de personas que se han orientado y fortalecido con las máximas de sus libros, en especial ‘Ser cristiano’ (p.98).

Para el autor su posicionamiento sólo puede valorarse adecuadamente si se conoce algo de los esfuerzos de toda su vida por otros asuntos, como la cuestión de Dios, la vida eterna, el proyecto de ética mundial, etc. No pretende decepcionar a nadie, sino proponer un debate. Lo que podemos llamar segunda parte del libro, “Aclaración y Profundización” (pp. 39 -106) se dedica, precisamente a ir desmenuzando estas cuestiones. Los títulos de los 8 capítulos siguientes son sumamente ilustrativos e invitamos al lector a adentrarse en ellos. Después de recoger, de nuevo,  las Experiencias cruciales (I) que le han marcado en sus convicciones al respecto, la enfermedad y muerte de su hermano Georg y de su colega W. Jen, junto con las reflexiones sobre las experiencias cercanas a la muerte, dedica los capítulos II al VI a las Normas de ética médica (II), el Esfuerzo por un tránsito a la muerte digno del ser humano (III), ¿Qué es Eutanasia? (IV), distinguiendo la eutanasia sin reducción de la vida (aplicación de anestésicos), la eutanasia pasiva con reducción de la vida como efecto secundario (indirecta o con interrupción de la prolongación artificial de la vida); y la eutanasia activa con reducción de la vida de manera directa, ésta es la modalidad más controvertida. Dada la inseguridad jurídica entre la eutanasia indirecta y la directa, el autor solicita acabar con la misma. Responsabilidad también en el tránsito hacia la muerte (V), y Un cambio de paradigma (VI), exponiendo la visión transformada del principio de la vida individual desde ser una decisión de Dios en la que no debe intervenir el ser humano a la generalización de la anticoncepción; respecto al final de la vida se estaría produciendo el mismo cambio y H. Küng no desea que se repita el mismo error de la iglesia que con la Humanae Vitae (1968).

Pero sin duda, los dos últimos capítulos pueden ser los más sabrosos para los lectores de Éxodo. El capítulo VII apuesta por abordar directamente La dimensión religiosa del tránsito hacia la muerte (VII), la fundamentación razonada sobre la vida eterna. En este punto nos ofrece la confesión personal con que le espetó hace poco su hermana: “Crees realmente en la vida después de la muerte?”; “Sí, le respondí con convicción, pero no porque hubiera demostrado racionalmente esa vida, sino porque he conservado esa confianza racional en Dios y porque en la confianza en el Dios eterno también puedo confirmar en mi propia vida eterna” (p.91). Repasa la “creencia en un infierno” y reflexiona que de un Dios misericordioso no pueden estar excluidos los muertos; del mismo modo se plantea “¿Soñar con el cielo?”,  no como lugar, sino una manera de ser, el ámbito de Dios del que no está excluida la tierra. Y concluye este capítulo con que “la felicidad eterna es cuando la persona finita se dirige a la infinitud”. El último capítulo, lo titula de modo provocativo, ¿Es poco cristiano un tránsito autodeterminado hacia la muerte?  (VIII). Por supuesto la respuesta es negativa, afirmando la legitimidad cristiana de esta postura porque “En la muerte,  (seremos) mantenidos por Dios”. No es convencional la distinción entre “Seguimiento e imitación de Cristo”; imitación significa bíblicamente, según H. Küng, comprometerse con Cristo y con su camino y que cada cual recorra el suyo propio. La figura de Jesús como siervo sufriente sigue siendo un ejemplo único para la capacidad de soportar el sufrimiento inevitable, un consuelo para los enfermos terminales. Sin embargo, la terrible muerte impuesta para él en la cruz no debe servir para rechazar las posibilidades actuales de la medicina para mitigar el dolor, ni para rehusar la decisión responsable sobre el momento y el modo de la muerte propia. Por ello, el seguimiento de la cruz y la eutanasia no se excluyen (p.100). Bajando a lo cotidiano, para H. Küng la postura de Juan Pablo II y su peculiar identificación con el crucificado, al consentir que su enfermedad y su tránsito hacia la muerte se hicieran públicos, y cómo justificó su apego a la santa sede diciendo que Jesús no se bajó de la cruz, dejando que su entorno gobernara la iglesia, fue desacertada. El caso contrario estaría en Benedicto XVI que dimitió en cuanto las responsabilidades del cargo, por edad y fuerza, le sobrepasaron. Este comportamiento le merece respeto, aquel no.

¿La doctrina eclesiástica es coherente con las distintas prácticas de autodeterminación del propio tránsito hacia la muerte que se han ido produciendo en la historia de la iglesia?  Siguiendo a A. Monclús (La eutanasia, una opción cristina), distingue diversas épocas y diversas posiciones eclesiales. Antes de Constantino, y durante las persecuciones, se aprobaba el suicidio para no ser víctima de tortura o violación, pero todo cambió con la visión pesimista de Agustín de Hipona, cuando la eutanasia se condena como crimen y pecado. Sin embargo, siguió existiendo un espacio para considerar la eutanasia una opción cristiana, como los casos de los mártires, las cruzadas, las guerras de religión o llegando a admitir principios como la guerra justa o la pena de muerte. El final del libro recoge la oración con que cerró el III volumen de sus Memorias junto con el deseo de que “la Iglesia reconozca los signos de los tiempos” y llegue “a introducir, una liturgia personal para el tránsito hacia la muerte digna de estas personas“.

Sobresalto final. Durante la impresión del texto, H. Küng vivió una grave crisis de salud; pareció que se le iba de las manos el control de la vida, encontrándose en la situación que siempre quiso evitar desde la experiencia de la enfermedad del su colega W. Jens. La editorial y el autor reflexionaron si el deseo central expresado en el texto había quedado desbaratado y el libro se había vuelto superfluo. Pero no, el deseo de mantener el control sobre la vida hasta el último segundo seguía siendo una concepción ideal; nada había cambiado, aunque se reforzó la opinión de que ante la primera grave crisis de salud, toda persona debe emprender las acciones médicas posibles por restablecer la salud. El texto de H. Küng es reconfortante para quienes tienen fe y buscan orientación desde posiciones disidentes con las clásicas de la iglesia. Quizá ofrezca un punto para el diálogo con personas agnósticas (suicidio ‘por balance de la vida’) pero ninguno con otras tradiciones religiosas distintas de las grandes religiones, que no conciben ‘la vida eterna’ pero son las abanderadas del ‘buen vivir’. Por otro lado, el contexto de su reflexión se ajusta en exceso al ámbito alemán; parece obviar los grandes esfuerzos por conseguir una legalidad plausible, que se están realizando en el resto del mundo. En el caso español, en este mismo número de Éxodo se recoge la trayectoria del Movimiento por una Muerte Digna (DMD), liderada en su tiempo por el pionero doctor Montes.

Sembradores de esperanza. Lectura crítica

José Arregi

Presento una lectura crítica de “Sembradores de esperanza”, documento de la Conferencia Episcopal Española sobre el cuidado de la vida en su fase final, presentado el 4 de diciembre de 2019.

  1. Elementos positivos. Es de agradecer la sencillez y claridad de estilo, y el acento puesto en el “respeto” (22 veces), la “dignidad” (53 veces), el “cuidado” (46 veces).

Subrayo la afirmación de que el “derecho a morir con dignidad” incluye el “derecho a no sufrir inútilmente” y el “derecho a que se respete la libertad de conciencia” (22), y de que “la vida en este mundo es un don y una bendición de Dios, pero no es el valor supremo absoluto” (30), aunque pienso que el documento no es del todo coherente con estas dos premisas.

Creo que es un importante paso adelante el que, tímida y veladamente, se admitan como lícitos tratamientos del dolor “aunque pueda derivarse un acortamiento de la expectativa de vida” (25), más concretamente la “sedación paliativa” (59) como “recurso extremo” (24), e incluso la “sedación paliativa profunda, que tiene como finalidad la supresión total de la conciencia” (29). Esto último es una novedad magisterial que introdujo el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios en 2017, yendo más allá de lo enseñado por Pío XII en 1957 y por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe en 2007. Supera la tradición, aunque no lo diga.

  1. Observaciones críticas. El documento se presenta en forma de 60 preguntas abiertas, que son en realidad 60 respuestas cerradas. El capítulo central (nn. 33-44) se titula “La eutanasia y el suicidio asistido son éticamente inaceptables”. La condena sin matices se sostiene sobre manipulaciones y tergiversaciones de las posiciones favorables a la eutanasia legal.

Manipulan, por ejemplo, la Resolución de la Asociación Médica Mundial (AMM) de 2019. Afirma ésta que “se opone firmemente a la eutanasia y al suicidio con ayuda médica”, pero afirma igualmente que “el médico que respeta el derecho básico del paciente a rechazar el tratamiento médico no actúa de manera contraria a la ética al renunciar o retener la atención no deseada, incluso si el respeto de ese deseo resulta en la muerte del paciente”. El documento episcopal cita la primera afirmación, no la segunda, y oculta la evolución de la AMM, que en 2018 consideraba que el médico que ayuda a poner fin a la vida de una persona comete “un acto inmoral”, pero esta valoración ha desaparecido en 2019, cosa que no se menciona en el documento episcopal.

Tergiversan sistemáticamente los argumentos de quienes defienden la legalización de la eutanasia. Por ejemplo: el sufrimiento insoportable y la libertad del paciente.

Sufrimiento insoportable

Afirma el documento que la Iglesia considera ilícito causar la muerte “con el fin de evitar cualquier dolor” (59), sugiriendo que tal sería el caso de quienes defienden la eutanasia. Es una grosera falsificación. En la eutanasia legal se trata de sufrimiento insoportable, y, aun reconociendo que las medidas paliativas pueden hoy poner remedio a casi todas las situaciones de dolor, nadie –de ningún modo la institución eclesial– puede decidir por nadie (el propio paciente o, en su caso, sus familiares más próximos) el límite exacto de lo insoportable en todas las circunstancias.

 

Por lo demás, el documento da a entender que los defensores de una ley de eutanasia afirman que la vida pierde dignidad por el mero hecho de sufrir (5), que el dolor y el sufrimiento “se deben eliminar a toda costa” (5), “a todo precio” (9), y que convierten “la ausencia de dolor en el criterio exclusivo” de la dignidad de la vida (9)”.

Todo ello es enteramente falso. La eutanasia se plantea solo para aquellos casos en los que el sufrimiento insoportable o el estado de la persona (por ejemplo, una vida vegetativa…) impiden un mínimo de calidad de vida humana. Y solo por libre decisión del propio paciente o de la persona que la representa autorizadamente. Nadie afirma que cualquier dolor haya que eliminar a toda costa, ni que la ausencia de dolor sea “el criterio exclusivo” de la dignidad de la vida. Depende del dolor y de las condiciones en que se elimina.

Me parece no solo peligroso sino también teológicamente falsa la afirmación de que “por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad” (51). Igualmente, peligroso y falso me parece decir que, en “la providencia amorosa de Dios respecto a cada persona”, “el dolor —aunque no podamos explicarlo en toda su amplitud y profundidad— tiene un sentido” (53). No puedo creer en un Dios que permitiría o provocaría nuestro sufrimiento por alguna razón que solo El conoce. Y considero muy problemático hablar de “quien ha captado la dimensión sobrenatural del sufrimiento” (52), y muy aventurado afirmar que “sin sentido de trascendencia, el ser humano tiene mayor dificultad para afrontar el sufrimiento y el dolor (14), a no ser que se deje claro, cosa que no sucede, que el “sentido de transcendencia” no está ligado a ninguna religión. Es necesario aprender a sufrir, como aprender a morir, pero es engañoso recurrir a “Dios” para encontrar el por qué del sufrimiento.

Libertad de decisión

El documento de la CEE incurre en una burda tergiversación cuando dice desde el principio que “lo que subyace al actual debate es un concepto de libertad concebida como voluntad absoluta desvinculada de la verdad sobre el bien” (1). Y es víctima de un grave malentendido cuando afirma que “la vida humana es un bien que supera el poder de disposición de cualquier persona o institución” (59); lo dice una institución eclesial que ha dispuesto de la vida humana más que ninguna otra en la historia. El “Dios” de los obispos sigue siendo el monarca supramundano a cuyo poder está sometida la vida, la libertad y el destino de los humanos y de todos los seres.

Fatal malentendido antropológico y teológico

Mientras no cambien esa imagen de Dios, la jerarquía eclesiástica será sembradora de verdades y de normas divinas más que sembradores de esperanza.

Los de la eutanasia

DMD

Las personas que quieren decidir sobre su propia muerte, o tener la opción de hacerlo, solo cuentan con una asociación en España que lucha por este derecho. Lo mismo les sucede a las que buscan asesoramiento sobre derechos sanitarios al final de la vida. Derecho a Morir Dignamente (DMD) es la organización de referencia en defensa de la despenalización de la eutanasia y la libre disposición de la propia vida.

Fundada en 1984, DMD surgió como un pequeño grupo de personas interesadas en promover la legalización de la muerte asistida. Nació a regañadientes, tras un conflicto con el Ministerio del Interior, que se negó durante meses a registrar la asociación por considerar que sus fines atentaban contra la “deontología médica”.

Más de 35 años después, DMD se ha convertido en una organización no gubernamental con más de 7.500 personas asociadas, tres sedes (Madrid, Barcelona y Valencia), decenas de activistas voluntarios y varios miles de simpatizantes. La asociación se financia con cuotas y algún donativo, sin subvenciones. La principal reivindicación de DMD, que la eutanasia deje de ser un delito, ya forma parte de programas electorales, acuerdos de gobierno y proyectos de ley.

Aunque el tamaño y la influencia de DMD son razonables en un país como España, con poca cultura de asociacionismo, es considerablemente más pequeña que sus equivalentes en otros países vecinos. La ADMD francesa cuenta con casi 70.000 personas asociadas y la NVVE holandesa con más de 165.000.

En estos 35 años, la causa de la muerte asistida ha pasado de ser la reivindicación de unos pocos a convertirse en una gran anomalía democrática. En ninguna otra cuestión hay tanta distancia entre lo que opina la ciudadanía (que la apoya abrumadoramente) y lo que recogen las leyes (que la castiga con la cárcel).

Como la principal organización en defensa de estos valores en España, DMD trabaja para convencer a la ciudadanía, los partidos políticos y los representantes electos de la necesidad de cambiar las leyes que rigen el final de la vida.

DMD reivindicó y promovió la regulación del testamento vital cuando aún no existía en España. Este documento, cuya validez se fijó en la Ley de autonomía del paciente (de 2002), permite dejar instrucciones sobre qué tratamientos se desean y cuáles se rechazan cuando se haya perdido definitivamente la capacidad de decidir. Incluso implantó un registro de estos documentos, para sus socias y socios, antes de que las administraciones autonómicas establecieran los oficiales. También colaboró con la elaboración de la Ley de Muerte Digna de Andalucía (2010), en varias de sus equivalentes en otras comunidades autónomas y en buena parte de los proyectos de ley de eutanasia que se han presentado en el Congreso de los Diputados.

En los últimos tres años, DMD ha logrado que casi un centenar de ayuntamientos aprueben una declaración institucional de apoyo a la despenalización de la muerte asistida. También ha promovido que varios parlamentos autonómicos insten al Congreso de los Diputados a aprobar una ley de eutanasia.

Pero la asociación no se limita a tratar de influir en la política. Otra línea fundamental de su trabajo es el asesoramiento gratuito sobre derechos sanitarios al final de la vida. El personal de la asociación atiende, en persona y por teléfono, más de mil casos cada año.

Estas consultas tratan sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con el final de la vida. Cuál es la mejor manera de hacer un testamento vital (DMD cuenta con su propio modelo, con cinco instrucciones para personas que no desean que se les prolongue la vida cuando ya no existen opciones realistas de curación), cómo se solicitan unos cuidados paliativos para un ser querido, qué opciones tiene una persona que quiere viajar a Suiza –donde el suicidio asistido es legal– para morir de forma voluntaria, o cómo defender un rechazo de tratamientos ante un equipo médico poco respetuoso con la voluntad de su paciente.

De los casos que atiende DMD hay un grupo pequeño en número, pero grande en repercusión mediática: los de las personas que hacen público su deseo de morir, y que renuncian al anonimato para llamar la atención sobre la necesidad de despenalizar la eutanasia. Más de una decena de socias y socios de DMD han participado en reportajes en los que han explicado sus motivos para poner fin a su vida y, además, la necesidad de recurrir a la clandestinidad para cumplir su voluntad.

La asociación cuenta con una guía con recomendaciones para que la propia muerte sea segura (fiable) y pacífica (sin sufrimiento), solo disponible para personas que llevan al menos tres meses inscritas. Es el documento con el que planificó su propia muerte María José Carrasco, la mujer con una esclerosis múltiple terminal que falleció en abril ayudada por su compañero, Ángel Hernández.

La tercera pata del trabajo de DMD es el activismo ciudadano, la difusión de los valores de la asociación y la lucha contra el tabú que rodea la muerte. En la actualidad, la organización cuenta con casi 20 grupos locales que organizan actividades con regularidad.

Las actividades de DMD abarcan desde los encuentros informativos, como los talleres gratuitos de elaboración del testamento vital, hasta los actos de reivindicación pura, como campañas de reclamaciones masivas o manifestaciones. Solo en 2019, la asociación organizó más de 100 charlas por toda España para hablar de la muerte e informar de cuál es la manera más sencilla de dejar por escrito que no se desea ningún tratamiento destinado a prolongar la vida si se ha perdido definitivamente la capacidad de tomar decisiones.

De DMD forman parte personas de todos los rincones de la sociedad. Comparten la idea de que su vida es suya, de que todo el mundo tiene derecho a que se respeten sus valores hasta el final, y de que merece la pena luchar por cambiar las cosas. A menudo, cuando alguien llama a la asociación para hacer una consulta, pregunta si está hablando con “los de la eutanasia”. Sí, esos somos.

La eutanasia y la ley. ¡Es el momento de legislar!

Juan Moreno

Toca hablar, debatir sobre la eutanasia. Ese podría ser el gran consenso social que podemos encontrar en la sociedad española a la hora de abordar esta cuestión, toda vez que todos los indicadores demoscópicos nos indican el alto grado de aceptación que tiene la población sobre la regulación de la eutanasia. Desde los años 80 resulta patente la posición abierta de nuestra sociedad, como mostraban los estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del año 1989, que reflejaban que un 58% de las personas encuestadas aprobaba que a un enfermo terminal se le suministrara alguna sustancia para ayudarle a morir, hasta el estudio de 2011 del propio CIS, donde un 77,5% de encuestados se inclinaban a favor de regular una ley de eutanasia, el apoyo en nuestro país a esta cuestión ha sido creciente. A nivel europeo, en junio de 2015, una encuesta de IPSOS-The Economist para 15 países europeos concluyó que en todos ellos había una mayoría que aceptaba legalizar este derecho. En 13 países esta mayoría abarcaba más de la mitad de los encuestados. España se situaba en cuarto lugar, tras Bélgica, Francia y Países Bajos, con un 78% a favor de la legalización y solo un 7% en contra. Teniendo en cuenta estos datos, resulta inevitable afirmar que además de hablar y debatir, toca legislar. Y parece que ahora sí, por fin, vamos a contar en España con una legislación al respecto.

Abordando someramente los antecedentes legales que servirán de marco legislativo para la regulación de la eutanasia en España, cabe recordar que el artículo 1 de la CE reconoce la “libertad” como “valor superior” a proteger dentro de nuestro ordenamiento jurídico. En su artículo 10, se afirma que “la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social”. Y, finalmente, el artículo 15 indica que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes”.

A partir de este marco constitucional básico, la Ley 14/1986 General de Sanidad, de 25 de abril, desarrolló algunos de estos principios en el ámbito sanitario. Se reconocieron los derechos de la persona con respecto a las administraciones públicas sanitarias para garantizar el “respeto de su personalidad, dignidad humana e intimidad, sin que pueda ser discriminado por su origen racial o étnico, por razón de género y orientación sexual, de discapacidad o de cualquier otra circunstancia personal o social”.

Con posterioridad, la Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica, recogió y reguló los derechos de los usuarios del sistema sanitario en relación con el consentimiento informado, sus límites y el consentimiento por representación. Su artículo 2 resalta “la dignidad de la persona humana, el respeto a la autonomía de su voluntad y a su intimidad”. Esta ley, que en su día supuso un notable avance respecto a la legislación anterior,  desarrolla el derecho de las personas a decidir sobre los tratamientos que le son propuestos tras recibir la información correspondiente. Se contempla tanto la elección del paciente entre las opciones clínicas disponibles como el rechazo al tratamiento. A partir de ella es obligación de los profesionales intervinientes cumplir con los deberes de información y de documentación clínica, así como con el respeto de las decisiones adoptadas libre y voluntariamente por el paciente ya sea en el momento presente o de forma anticipada en el documento de Instrucciones Previas, Voluntades Anticipadas o Testamento Vital.

Dentro de este marco normativo, las Comunidades Autónomas han ido aprobando diferentes leyes para regular derechos y deberes en el ámbito sanitario respecto a la toma de decisiones en los últimos momentos de la vida, pero siempre limitadas a lo que permita la legislación básica del Estado. Así, el Parlamento de Andalucía aprobó la Ley 5/2003, de declaración de voluntad vital anticipada, así como la Ley 2/2010 de derechos y garantías de la persona en el proceso de muerte. Cronológicamente, a esta le siguieron: la Ley foral 8/2011 de derechos y garantías de la persona en el proceso de la muerte del Parlamento de Navarra; la Ley 10/2011 de derechos y garantías de la dignidad de la persona en el proceso de morir y de la muerte de las Cortes de Aragón; la Ley 1/2015 de derecho y garantías de la dignidad de la persona ante el proceso final de su vida del Parlamento de Canarias; la Ley 4/2015 de derechos y garantías de las personas en el proceso de morir del Parlamento de las Islas Baleares; la Ley 5/2015 de derechos y garantías de las personas enfermas terminales del Parlamento de Galicia; y la Ley 11/2016 de garantía de los derechos y de la dignidad de las personas en el proceso final de su vida del Parlamento Vasco. Además de estas leyes de ámbito autonómico, otras Comunidades Autónomas están tramitando las llamadas leyes de muerte digna o han dado cabida a la regulación de estos aspectos sin desarrollar leyes específicas para ello.

El marco jurídico conformado por la Ley 41/2002 básica de la autonomía del paciente y por las diferentes leyes autonómicas citadas, así como por los desarrollos normativos de las Comunidades Autónomas que no han aprobado una ley específica para esta materia, aborda con suficiente especificidad los derechos relativos a la información, a la elección entre opciones clínicas, al rechazo de tratamiento y al alivio del sufrimiento, garantizando el acceso a los cuidados paliativos, promoviendo la planificación anticipada de los cuidados y los documentos de instrucciones previas o voluntades anticipadas. Por ello, se considera que estos aspectos han de quedar fuera de la presente ley, no entrando en conflicto con lo allí regulado.

Todo este desarrollo normativo choca con el artículo 143.4 del Código Penal. Este sigue penalizando la eutanasia y el suicidio médicamente asistido impidiendo el respeto a la libertad, la dignidad y la autonomía, por lo que una regulación certera de la eutanasia precisará la reforma de este artículo. Hay que recordar que actualmente no se considera entre los supuestos penalizados prácticas médicas como la limitación de las medidas de soporte vital, que ante la futilidad del tratamiento y la irreversibilidad de una enfermedad permite la muerte a partir de la retirada o el no inicio de tratamientos básicos para la vida. Habría asimismo que tomar en cuenta también para el caso de España que, cuando se han hecho informes previos a una ley de este tipo en países de nuestro entorno, han hallado cifras importantes de eutanasias que se daban ya al margen de la legislación.

Frente a la actual situación que nos encontramos en España, en otros países son varias los caminos legislativos que han ido más allá de lo legislado en nuestro país, regulando el derecho tanto a la eutanasia como al suicidio médicamente asistido. Destacan las leyes en este sentido de Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Suiza y Canadá, así como de cinco Estados de Estados Unidos entre los que destacan Oregón, Washington y California. La experiencia de estas leyes, tanto en su planteamiento como mediante la observación de su aplicación y su evaluación años después de su aprobación, puede ser de utilidad para el avance dentro de nuestro marco jurídico en los derechos relacionados con la toma de decisiones sobre el final de la vida.

Conviene señalar el caso de Holanda, que fue el primer país en legalizar la eutanasia (la norma entró en vigor el 1 de abril de 2002), y que define la eutanasia como “toda intervención del médico para causar la muerte del paciente que sufre una enfermedad irreversible o que se encuentra en fase terminal y con padecimiento insoportable, a petición expresa de este”. En el artículo 2 de esta ley se establecen una serie de requisitos que son necesarios para que se le pueda practicar la eutanasia sin que esta resulte punible (si se incumplen los requisitos el facultativo puede ser penado con hasta 12 años de cárcel):

  • Que la persona a la que se le va a practicar la eutanasia o bien el suicidio asistido sea residencia en
  • Que el médico esté convencido y seguro de que la petición del moribundo la ha realizado de forma voluntaria, meditada y expresa sus deseos. La voluntad en Holanda también puede ser manifestada en un documento de voluntades anticipadas.
  • Que el médico constate que se trate de un dolor insoportable sin esperanzas de que ese padecimiento fuese a mejorar en un
  • Que el paciente haya sido debidamente informado tanto de su enfermedad, como de las posibles alternativas que existen, así como también las perspectivas de desarrollo o cura de la enfermedad a largo
  • Que el médico haya consultado a otro facultativo y que este haya corroborado que se han cumplido todos los requisitos necesarios. En caso de que el paciente sufriera un padecimiento psicológico y no físico es necesario consultar a dos facultativos, estos facultativos van a tener que ir a ver al enfermo y elaborar un informe por escrito sobre su valoración.
  • Que la eutanasia se realice con el máximo cuidado y profesionalidad.

Por su parte, Bélgica, casi a la par que su país vecino, aprobó su ley de regulación de la eutanasia el 28 de mayo de 2002, aunque técnicamente solo despenalizó con esa ley la eutanasia puesto que el suicidio asistido no era una conducta típica ni punible en este país. En esta ley se establecen una serie de requisitos para que se pueda practicar la eutanasia a una persona, como que la petición sea reiterada, que pueda hacerla en un documento de voluntades anticipadas (que tiene que tener una vigencia inferior a 5 años) y que la persona sufra un padecimiento tanto físico como psíquico que haya sido causado por una enfermedad muy grave y que sea incurable.

En lo que concierne a las obligaciones del personal médico en Bélgica para llevar a cabo la eutanasia, el médico tiene que informar al paciente sobre la existencia de los cuidados paliativos, reiterar el diálogo en plazos de tiempo razonables, además de consultar con otro médico que sea independiente y dejar pasar un plazo no inferior a 6 meses entre la petición del paciente de someterse a la eutanasia y la eutanasia.

Es importante señalar el tratamiento de los menores en la eutanasia, tanto en Bélgica como en Holanda, en tanto ambos países han regulado y despenalizado esa controvertida práctica médica en menores de edad, siendo además Bélgica el único país en el mundo donde se puede aplicar la eutanasia sin límite de edad únicamente evaluando su madurez mental.

Diferente al supuesto de la eutanasia es del suicidio asistido, que está legalizado en Suiza y en algunos estados norteamericanos, como Oregón, Washington, Montana o Vermont –también es legal en Holanda y Luxemburgo, no así en Bélgica-.  A modo de sencilla  explicación, mientras la eutanasia la lleva a cabo una persona que no es el enfermo, un médico generalmente, en el caso del suicidio asistido es la propia persona la que efectúa la acción, estando médicamente asistida.  Por ello, conviene dedicar algunas reflexiones sobre el caso de  Suiza,  donde la eutanasia técnicamente sigue penalizada aunque la ley no prohíbe expresamente el suicidio asistido. Ante este vacío legal, el Tribunal Federal Suizo afirmó en noviembre de 2006 que el suicidio asistido era legal y que “se derivaba del derecho a decidir de las personas, independientemente de su estado de salud”. El tribunal de igual manera afirmó que “toda persona en pleno uso de sus capacidades mentales tiene el derecho a decidir sobre su propia muerte”. Un año más tarde, en 2007, dicho tribunal también permitió la posibilidad de que las “personas aquejadas de problemas psíquicos o psiquiátrico pudieran recibir ayuda para suicidarse”. En el año 2013 se facilitó con la sentencia 14 de mayo la ampliación de los supuestos en los que podía pedirse el suicidio asistido al supuesto de personas que estaban sanas (sin enfermedades terminales), por el simple deseo de la persona, que se considera que padece un “sufrimiento vital”, concepto que es general y sin duda impreciso.

Por último, conviene señalar cómo en Italia, un país legal y culturalmente cercano a España, su Tribunal Constitucional dictaminó en una resolución de septiembre de 2019 que no siempre es castigable la ayuda a morir a un enfermo con una patología irreversible, que le causa sufrimiento físico o psicológico. Los magistrados del Constitucional han decidido que no es punible, bajo ciertas circunstancias, ayudar a morir a “un paciente mantenido vivo mediante tratamientos de soporte vital y que sufre de una patología irreversible, fuente de sufrimiento físico y psicológico que considera intolerable, pero que es totalmente capaz de tomar decisiones libres y conscientes“, lo que ha supuesto un nuevo avance en la regulación de la eutanasia en la Europa meridional. Como hemos visto, España cuenta con un abierto elenco de ejemplos en los que comparar y aprender para desarrollar una legislación propia sobre eutanasia y suicidio asistido. Tras el acuerdo de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, que incluye la regulación de la eutanasia, España está más cerca  de incorporarse al grupo de países más avanzados del mundo en esta materia, por lo que arrancamos una legislatura que va a estar marcada por el avance en nuevos derechos civiles y sociales, avances que van a necesitar del impulso y acompañamiento de los movimientos sociales para hacer realidad estos cambios, también en lo que se refiere a la eutanasia.  Es el momento de legislar.

Referencias éticas en las discusiones actuales acerca de la eutanasia y del suicidio asistido

Marciano Vidal

En la presente reflexión, me refiero a:

  • La dignidad ética de la condición humana. En un estudio sobre la condición humana equiparaba K. Rahner el concepto de dignidad con el de ser humano (1).
  • Y al valor ético de la vida humana también en su fase final.

Sus referentes éticos más cercanos serían:

  1. Afirmación y realización del morir digno, contrario al encarnizamiento terapéutico.
  2. Una asistencia sanitaria que propicie en la etapa final los cuidados paliativos para todas las personas.
  3. Eliminar el dolor y aplicar la sedación paliativa.
  4. Atender al doble interrogante sobre la licitud moral de la eutanasia, del suicidio asistido y su posible despenalización.
  5. Posibilitar a las personas que puedan dejar anticipada su voluntad en documento con validez moral y jurídica.

I. Favorecer la no “obstinación terapéutica”

El ethos del morir se reduce a la exigencia de una muerte digna conforme a la peculiar condición del ser humano, expresada por el neologismo ortotanasia (empleado por primera vez en 1950 por el Dr. Boskan, de Lieja).

La exigencia ética de una muerte digna se opone a crear o mantener situaciones denominadas de distanasia, propiciadas mediante la “obstinación terapéutica” (2). Dicha tipificación da lugar a posibilidades que van desde la persona paciente que solamente tiene vida vegetativa, hasta la que goza de vida humana, pero para cuya permanencia se requieren tratamientos “desproporcionados” (distanasia en su sentido ampliado).

Pío XII expresó en 1957: “si es evidente que la tentativa de reanimación constituye, en realidad, tal peso para la familia que no se le puede en conciencia imponer, ella puede insistir lícitamente para que el médico interrumpa sus intentos y el médico puede condescender lícitamente con esa petición” (3).

Y Juan Pablo II: “el rechazo del encarnizamiento terapéutico es expresión del respeto que en todo instante se debe al paciente” (4).

Este “dejar morir” no es lo mismo que “hacer morir” (realidad que se identifica con la eutanasia).

  1. Organizar el recurso de cuidados paliativos para todas las personas

Los cuidados que se realicen de forma hospitalaria o domiciliaria deben aplicarse a todas las personas. Y no intentan ni acelerar ni retrasar la muerte.

En 2007, España era el 12º país en el empleo de recursos paliativos. Según la apreciación de expertos, falta bastante para una adecuada distribución en el conjunto del Estado español.

La generalidad de los bioeticistas admite la legitimidad y necesidad de una organización universalizada de los cuidados paliativos (5). No faltan propuestas para el acompañamiento espiritual de las personas implicadas en esa situación (6).

El Magisterio católico anima a organizar un sistema de cuidados paliativos, que “haga soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegure al paciente un acompañamiento humano adecuado” (7).

  1. Eliminar el dolor mediante la sedación paliativa

El derecho a morir dignamente supone las siguientes exigencias:

. Atención al enfermo con los medios actuales de la medicina.

  • No privarle del morir en cuanto “acción personal”.
  • Un servicio hospitalario adecuado.
  • Favorecer la vivencia del misterio humano-religioso de la muerte.

Pertenece también a este derecho eliminar razonablemente el dolor a los enfermos terminales aun a costa de adelantar su muerte. La encíclica Evangelium vitae (n. 65) aprueba el uso lícito y a veces obligado de los analgésicos respetando la libertad de los pacientes, en la medida de lo posible, “de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios” (8).

El derecho a eliminar el dolor, justifica el uso de la sedación paliativa en la fase terminal de la vida (9), con el consentimiento informado, que puede ser explícito, implícito o delegado del paciente o de sus familiares. No es imprescindible el protocolo de un documento de consentimiento informado, ni tampoco es descartable.

 3. Discernimiento moral de la eutanasia y del suicidio asistido

Realidades precisas 

Situaciones eutanásicas son aquellas en las que la vida humana parece encontrarse en una condición tal de oscurecimiento que una terapia de muerte anticipada aparece como alternativa mejor.

Desde el punto de vista médico, eutanasia es todo tipo de terapia que suponga el adelantamiento de la muerte en la fase final. Para que una actuación sea eutanasia activa se requiere que sea una práctica médica o, al menos, realizada en el ámbito médico.

Es considerado suicidio asistido o ayuda al suicidio la acción que, con procedimientos médicos directos o mediatos, propicia la muerte de una persona no necesariamente en fase terminal a petición de esta. El caso de Ramón Sampedro pertenece a la categoría de suicidio asistido y lo mismo hay que decir de la situación descrita por el film A Million Dollar Baby.

Las razones del “no” y del “sí” moral desde la ética civil

Razones para oponerse a la eutanasia y al suicidio asistido.

La vida humana:

  • Posee una inviolabilidad axiológica.
  • No adquiere ni pierde valor ético por situarse en condiciones de aparente “descrédito”: vejez, “inutilidad” social; etc.
  • Es el apoyo fundamental de los valores éticos y de los derechos sociopolíticos de la persona.
  • No puede ser instrumentalizada en relación con otros fines distintos de ella misma.
  • No puede ser instrumentalizada por el mismo individuo que goza de ella. No puede constituirse auténtico conflicto ético entre el valor de la vida del paciente y otro bien del mismo paciente que no englobe la totalidad valorativa de la persona.

Es difícil justificar la inutilidad de la vida humana aun en la condición más aparentemente oscura en que se encuentre, pues no se encuentra otro valor que tenga más peso que el vivir humano, aun con la debilidad y precariedad que a veces se manifiesta.

En última instancia, la vida humana constituye el ámbito imprescindible en que existe el ser personal: tocar la vida humana es tocar la misma realidad de la persona. Y, fuera de toda apreciación religiosa, la única realidad que puede originar sentidos y significados es la persona.

Estas evidencias no impiden que existan posturas, desde la ética civil, a favor de la eutanasia. Sus argumentos principales (10):

  • El ideal de la autonomía personal, propio de la Ilustración, ha de ser llevado hasta el final.
  • Es preciso aceptar la finitud como horizonte de la vida: sin Dios, sin más allá. No han de existir dificultades provenientes de las creencias para decidir sobre la finitud de la existencia: “en la evolución moderna de la conciencia se va abriendo paso la exigencia del respeto a la vida, pero también a la muerte. Y que por ello se reconozca el derecho a la eutanasia, con asesoramiento médico y con las debidas garantías, se pueda salir de este mundo… hacia donde sea, hacia Dios, el más allá o la nada” (11).

Las razones del “no” (y del “sí”) moral desde la ética cristiana

Se trata de someter a una crítica depurada los argumentos cristianos relacionados con la eutanasia. He aquí unas preguntas que precisan ser contestadas:

“La afirmación del principio de la intocabilidad de la vida, ¿está directamente extraída de la revelación cristiana o es una conclusión filosófica? ¿Cómo se explica que la Iglesia haya tolerado la licitud de la pena de muerte? ¿Cómo enjuiciar casos en los que una persona haya ofrecido su vida en favor de otra? En ambos casos, ¿no se está posponiendo el valor de una vida humana, sea para extirpar a un criminal de la sociedad o para salvar a otro de la muerte, como en el caso de S. Maximiliano Kolbe?

Hablar por tanto de la vida humana como algo absoluto no parece del todo ajustado. Pensar además que Dios ha cronometrado el momento de nuestro nacimiento y de nuestra muerte, ¿no pondría de manifiesto una imagen de Dios cortada a nuestra medida?

No deja de suscitar perplejidad un texto como el de santo Tomás Moro en la Utopía: “Si la enfermedad no es solo incurable, sino un tormento y un martirio continuo, entonces los sacerdotes y autoridades le dicen a tal hombre que es una carga para los demás e insoportable para sí mismo… y que no debe titubear en ir a la muerte, pues la vida para él es un tormento” (12).

Frente a la aceptación de la autonomía laica, que cohonesta la eutanasia sin restricción alguna, existe una comprensión teónoma de la responsabilidad que se situaría en una zona intermedia. Tal parece ser la postura de H. Küng y W.Jens (13).

Hace años afirmaba el teólogo A. Auer que la justificación teológica de la no disponibilidad de la vida humana no le parecía del todo convincente. Y K. Barth creía que podrían darse “casos límite” en los que no toda muerte autoinfligida fuera en sí misma un suicidio, sino que podría representar una forma, aunque extrema, de entregar la vida.

Para una adecuada articulación de la teonomía con la autonomía sirve tener en cuenta estos dos datos:

  • Desde una ética civil es difícil justificar un no moral absoluto a la eutanasia. Tal afirmación no parece pertenecer incluso a una convergencia ética de todas las religiones.
  • Las tres grandes religiones abrahámicas han firmado un acuerdo ético a favor de la vida en su fase terminal y en contra de la eutanasia: Declaración conjunta de las religiones monoteístas abrahámicas sobre las cuestiones del final de la vida (28 de octubre de 2019).

 

 II. ¿Despenalización de la eutanasia?

Las sociedades modernas muestran decisiones variadas sobre la vida en su fase final.

  • Algunos Estados han hecho la opción clara por despenalizar, con determinadas condiciones, la eutanasia: Holanda (abril de 2002), Bélgica (septiembre de 2002), Estado de Oregón, USA (1997).
  • En otros Estados, como Francia, se ha hecho la opción también clara por rechazar la despenalización; se pretende así seguir dos orientaciones del Consejo de Europa en ese sentido (recomendación 779, art. 7, de 1976; recomendación 1418, artículo 9, de 1999).
  • Hay propuestas para despenalizar la eutanasia en el Reino Unido, en Luxemburgo y en España.
  • En Suiza se ha optado por despenalizar el suicidio asistido. También se permite la ayuda al suicidio en el Estado de Oregón, en Holanda, en Alemania.

Las razones a favor de la despenalización

Se acusa a las leyes y a la sociedad que prohíben la eutanasia de hipocresía e inhumanidad al no reconocer a una persona que sufre el derecho a poner fin suavemente a sus sufrimientos. Y otro reproche: si el suicidio no está penalizado, y si se reconoce al enfermo el derecho de rechazar un tratamiento, ¿hay tanta diferencia entre una inyección mortal y la negativa a algunos tratamientos?

En ciertos parámetros mentales de nuestra sociedad cabe la eutanasia y su legalización por una hipersensible libertad, el sinsentido del dolor y del sufrimiento, la escasa tolerancia frente al dolor, el descenso en las referencias religiosas, etc.

Las razones en contra de la despenalización

¿Las muchas peticiones en favor de la eutanasia expresan un deseo del enfermo o más bien denuncian carencias de la medicina y de la sociedad y falta de solidaridad?

Algunos creen que un cambio en la ley reduciría los incentivos para mejorar esas deficiencias. Una ley despenalizadora podría colocar a algunos enfermos bajo una presión que los incitaría a autorizar su eliminación. Pero esta presión se les debería evitar.

Se teme que una ley de este tipo pudiera deteriorar la relación de confianza entre el enfermo y el profesional sanitario.

La moral cristiana ante una legislación despenalizadora

La moral cristiana tiene que enfrentarse a los ordenamientos jurídicos sobre la eutanasia. Es orientadora la siguiente reflexión:

“Los creyentes de una determinada convicción religiosa deberán recordar que la despenalización de algunos supuestos de eutanasia en ningún modo equivale a recomendarlos o bendecirlos para todas y cada una de las confesiones religiosas. Lo despenalizado y lo legal no siempre coincidirá con la propia ética ni serán asumibles desde la propia moral religiosa” (14).

Antes de aceptar o no la despenalización de la eutanasia, habrá que tener en cuenta el argumento de la “pendiente resbaladiza” (15). ¿Dónde trazar la línea entre lo razonable y lo que traspasa los linderos de la dignidad humana?

Además, se puede pensar que las necesidades que trata de cubrir el ordenamiento jurídico a favor de la eutanasia pueden verse solucionadas mediante otros procedimientos legales y administrativos de menor costo humano.

Aun ponderando estos datos, hay posturas en ambientes cristianos que aceptan la despenalización en determinados casos. Es la propuesta del Instituto Borja de Bioética (Barcelona) que se declara a favor de “una despenalización de la eutanasia en situaciones extremas y conflictivas”; tales situaciones vienen configuradas por la concurrencia de los siguientes requisitos imprescindibles:   enfermedad que conducirá próximamente a la muerte; sufrimiento insoportable; consentimiento explícito del enfermo; intervención médica en la práctica de la eutanasia; revisión ética (visto bueno de un Comité de Ética Asistencial) y notificación legal con posterioridad a su realización (16).

III. Documento de voluntades anticipadas

Me refiero a un documento con validez jurídica en el que la persona, en conocimiento y con capacidad de decisión, expresa su voluntad acerca del no uso de determinadas terapias a fin de librarse de la obstinación terapéutica y tener una muerte digna (17).

Acerca de las decisiones anticipadas, afirma el Convenio relativo a los Derechos Humanos y la Biomedicina elaborado por el Consejo de Europa (1996) y ratificado por bastantes países, en el artículo (9): “Serán tomados en consideración los deseos expresados anteriormente con respecto a una intervención médica por un paciente que, en el momento de su intervención, no se encuentre en situación de expresar su voluntad” (18).

Ya existen ordenamientos jurídicos que normatizan el documento de voluntades anticipadas (19).

En España, después de haber sido objeto de reglamentaciones por parte de algunas Comunidades Autónomas (Cataluña, 2000; Galicia, 2001; Andalucía, 2001; etc.), se adoptó una legislación a nivel estatal dentro de la “Ley 41/2002 Básica Reguladora de los derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica” (art. 11) (20).

Un posterior Real Decreto 124/2007 reguló el “Registro Nacional de Instrucciones previas”. La legislación estatal ha sido ya cumplimentada por la mayor parte de las Comunidades (21).

Anotación final

Muchos, desde una concepción humanista de la persona y una cosmovisión cristiana de la vida, estamos convencidos de que la humanización de la atención sanitaria constituye una alternativa mejor a las propuestas de eutanasia.

Recojo el parecer de dos moralistas católicos, de una jurista especialista en el tema de la eutanasia y del actual presidente del Comité de Bioética de España:

El reto de nuestras civilizaciones está en la línea de humanizar el proceso de muerte en los enfermos terminales; la opción por la auténtica eutanasia se puede prestar a abusos graves en contra del más débil” (22).

La defensa de la vida sigue siendo el motivo de fondo para el rechazo de la eutanasia. Y si el argumento más fuerte para su aceptación es ofrecer una muerte tranquila y serena (…) hay alternativas (…) y esto desaconsejaría la eutanasia” (23).

De lo que se trata en el debate sobre la eutanasia es de humanizar la muerte en una sociedad en la que la tecnología, la hospitalización, la soledad y el aumento de la expectativa de vida nos coloca en situaciones nuevas con respecto a otras épocas y en las que la persona debe poder anticipar ese momento y pensar en cómo y dónde quiere morir” (24).

El debate fundamental se sitúa en la universalización de los cuidados paliativos. Universalicémoslos y debatamos sobre la eutanasia, pero no pongamos esta por delante, ya que son tales cuidados los que verdaderamente promueven la autonomía y la dignidad o, al menos, eso nos dicen los que científica y clínicamente saben de la materia” (25).

NOTAS  

  1. K. Rahner, «Dignidad y libertad humana», Escritos teológicos, II (Madrid, 1962) 245-246. Sobre el concepto de dignidad, ver el ensayo de: J. Gomá, Dignidad (Madrid, 2019).
  2. J. C. Álvarez Pérez, «Limitación al esfuerzo terapéutico»: F. J. Elizari (ed.), o.c., 247-301. Ver también: J. de la Torre (ed.), La limitación del esfuerzo terapéutico (Madrid, 2006).

3 AAS 49 (1957) 1030.

4. Juan Pablo II, “Discurso a los participantes en la Conferencia                               Internacional organizada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la             Salud (12-XI-2004)»: Ecclesia n. 3.233 (27 de noviembre de 2004) 31-               32.

  1. Labor Hospitalaria 23 (1991) n. 220: «Cuidados Paliativos»; Dolentium Hominum 20 (2005) n. 58: «Los cuidados paliativos»; J. Barbero, «Cuidados paliativos»: F. J. Elizari (ed.), o.c., 67-114.
  1. C. Bermejo, Acompañamiento espiritual en cuidados paliativos (Santander, 2009).
  2. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 65.
  3. Juan Pablo II, «Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional organizada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud (12-XI-2004)»: Ecclesia n. 3.233 (27 de noviembre de 2004) 32. Ver también: Consejo Pontificio Para La Pastoral De La Salud, Cuidados paliativos. Situación actual, organizado por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud (12-XI-2004): Ecclesia n. 3.233 (27 de noviembre de 2004) 32.
  1. F. J. Elizari, «Sedación terminal. Corrección médica/aceptabilidad ética», Moralia 32 (2009) 405-442.
  2. R. Narbona, «Saber morir. Un alegato a favor de la eutanasia», Claves de la Razón Práctica n. 132 (2003) 63-68

11 EDITORIAL, «Eutanasia y derecho a morir con dignidad», Razón y Fe               245 (2002) 405.

12 Ibíd., 406-407.

  1. Hans Küng y Walter Jens, Un morir con dignidad, Ed. Trotta, 2010
  2. EDITORIAL, l.c., 408.
  3. F. J. Elizari, «El argumento de la pendiente resbaladiza», Moralia 24 (2001) 469-490; J. L. de León, «Los problemas éticos y la pendiente resbaladiza de la eutanasia», Labor Hospitalaria 36 (2005) n. 275, 5-14.
  4. Institut Borja de Bioètica, «Declaración: Hacia una posible despenalización de la eutanasia», Bioètica& Debat 11 (2005) n. 39, 1-7.
  5. Sobre el documento de voluntades anticipadas hay abundante bibliografía, de la que destaco dos estudios: A. Mª. Marcos, «Voluntades anticipadas», F. J. Elizari (ed.), o.c., 389-425; J. C. Siurana, «Voluntades anticipadas. Una alternativa a la muerte solitaria» (Madrid, 2005).
  6. Sobre la historia de la redacción de este artículo, cf. A. Bompiani, «Le “Dichiarazioni anticipate di trattamento” del Comitato Nazionale per la Bioetica: l’spirazione alla “Convenzione sui diritti dell’uomo e la biomedicina”»: Medicina e Morale 54 (2004) 115-131.
  1. Un gran número de reglamentaciones se encuentran en: J. C. Ciurana, o.c. Por lo que respecta a Europa, ver el estudio sobre los correspondientes ordenamientos jurídicos en Alemania, Austria, Francia, Italia, Suiza y Luxemburgo: E. Gillen (ed.), «Les directives anticipées – comparaisons internacionales des points de vue juridique et éthique», Bulletin de la Société des Sciences médicales du Gran-duché de Luxembourg, numéro spécial 3 (2008), 236 pp.
  2. Pueden verse algunos matices críticos a esta normativa en: D. Gracia, «Ética y toma de decisiones al final de la vida», Eidon n. 21 (2006) 25-26.
  3. Se advierten dificultades en la configuración de los registros y en el acceso a los datos por parte de los profesionales concernidos.
  1. J. Gafo, «El debate ético y legal sobre la eutanasia y las personas con deficiencia mental»: J. Gafo – J. R. Amor (eds.), Deficiencia mental y final de la vida (Madrid, 1999) 185.
  2. E. López Azpitarte, «La legalización de la eutanasia: un debate actualizado», Proyección 41 (1994)19-32.
  3. A. Mª Marcos, «Eutanasia: ¿Excepción moral válida o derecho subjetivo?», Moralia 42 (2019) 163-164.
  4. F. de Montalvo, «El bien morir y la eutanasia», Diario ABC (12 de mayo de 2018) 15. (12 de mayo de 2018) 15.