Éxodo 147

Aportaciones de las mujeres a la transformación de la Iglesia. Una mirada a la historia

Isabel Gómez Acebo

Los cimientos[1]

Nunca lo tuvieron fácil las mujeres en el cristianismo, pues, aunque Jesús de Nazaret se rodeó de discípulas, y María Magdalena fue la discípula a la que primero se apareció, encomendándole la misión de comunicar la buena nueva de su resurrección, la historia la degradó, convirtiéndola en prostituta… En las cartas de Pablo aparecen muchas mujeres colaborando en sus misiones, pero cuando las religiones se institucionalizan van perdiendo la frescura de los orígenes. Es muy conocida la frase que afirma: “si el carisma de un fundador no se institucionaliza, se pierde, y si lo hace, se pervierte.”

En ese proceso de institucionalización se buscaron apoyos filosóficos para defender la subordinación femenina y los encontraron en Platón y Aristóteles, sobre todo. Y como chivo expiatorio tomaron la figura de Eva, madre de todas las mujeres y responsable del mal en el mundo. Esta visión despreciativa de la mujer venía obligatoriamente acompañada de una serie de limitaciones como el silencio (“Las mujeres han de callar en las asambleas” 1Cor. 14, 34), los monasterios, las rejas, la prohibición de leer la biblia, la tutela de un varón…

Pero a pesar de estas trabas, muchas mujeres consiguieron trabajar para un mundo y una iglesia mejores. A lo largo de los siglos han existido millones de mujeres que han realizado ese trabajo en silencio, pero es hora de romper ese silencio femenino con nombres propios que hagan patente que ha habido mujeres escritoras, mártires, visionarias, científicas, consejeras, religiosas y laicas, casadas, solteras y viudas. Imposible dar cuenta de todas ellas y de su aportación a la vida y a la transformación de la iglesia. Intentamos aquí poner nombre al menos a un puñado de las más relevantes y su aportación.

En los orígenes del cristianismo

En los inicios del cristianismo fueron sobre todo mujeres mártires, como Felicitas y Perpetua, que impulsaron a muchos cristianos timoratos a dar testimonio de su fe, incluso con la propia vida. Pero también actuaron de guías en la búsqueda de Dios o de diaconisas educando, predicando y bautizando, incluso presidiendo la mesa de la celebración, como testimonia un fresco en la catacumba romana de santa Priscila…, lo que demuestra que el protagonismo de las mujeres fue mucho mayor, y más relevante, del que se les ha reconocido.

En la sorprendente Edad Media

En la menos conocida y reconocida Edad Media encontramos también a mujeres promoviendo actividades rompedoras de reforma de la iglesia, como fueron las Beguinas, comunidades de mujeres libres, “las mujeres más libres de la Edad Media”, que idearon un modo innovador de vida en común laica, el Beguinato, que se dedicaban a la caridad y a la enseñanza de los más pobres y marginados fuera del claustro.

Por el mismo tiempo se da una verdadera explosión de la vida mística entre las mujeres, que a la vez se manifiesta como una experiencia profunda de libertad. Monjas que rompen los moldes del silencio a los que la iglesia las había sometido y expresan con libertad esa experiencia y la visión que ellas tienen de la misma, apoyándose, con fina inteligencia, en visiones de Jesús o de María de Nazaret para que nadie pudiera declararlas heréticas, pero también hablando abiertamente de su cuerpo en la relación Dios.

En el lenguaje de su tiempo, estas mujeres expresaron intuiciones y experiencias sobre Dios y su relación con él que se adelantaron a la mejor teología de nuestro tiempo. La gran mística Hildegarda de Bingen (1098-1136) intuyó que la falta de fuerza de la mujer permite hacer un paralelismo con la debilidad del Dios de Jesús. Y la menos conocida Juliana de Norwich (1342-1420?) se hizo sin embargo famosa por sus imágenes maternas aplicadas a Jesucristo y por hablar sin pudor de Dios como madre.

Otras apostaron por un camino de relativa laicidad, por terceras órdenes que les permitían una mayor libertad, y buscaron la santidad viviendo en el mundo. Por ejemplo, Angela de Foligno (1248-1297?), que siguiendo la espiritualidad franciscana alcanza una vivencia intensa de unidad con Cristo, en la cual su cuerpo estará sumamente implicado, a la vez que en esa misma vivencia experimenta con no menor intensidad el abandono y la ausencia de Dios en su misterio, iniciando una “noche oscura” que marcará la mejor experiencia mística cristiana. Por esta profunda experiencia mística –“dama de tinieblas”– fue nombrada maestra de teólogos y llegó a tener un importante grupo de discípulos.

Este camino de laicidad fue transitado, a su modo, mediante la implicación de la mujer religiosa y mística, Catalina de Siena (1347-1380). A partir también de una experiencia mística se empeñó con inusitada libertad y convicción en que el Papa dejara Aviñón y retornara a Roma y recuperara su libertad y la unidad de la iglesia. Aun siendo analfabeta, su vivencia mística la impulsó a desplegar una dilatada acción política.

Este sorprendente protagonismo de la mujer en la iglesia y la sociedad se vio potenciado por otra mujer, esta vez casada y también mística, Brígida de Suecia (1303-1373), que, tras la muerte de su marido, fundó un convento en el que los religiosos estaban sujetos, en lo temporal, a las religiosas. Y se implicó igualmente en el retorno del Papa de Aviñón a Roma, lo que le valió ser nombrada en 1999, junto con Catalina de Siena y la religiosa judía Edith Stein, Copatrona de Europa.

 

En la contradictoria Modernidad

A partir del Concilio de Trento, justamente al inicio de la Modernidad, la edad de la libertad, esta trayectoria de mística y libertad sufre una quiebra en la iglesia católica: se recortan las alas a las mujeres, no se autorizan traducciones de la Biblia, se prohíbe que las religiosas se dediquen a la vida activa y se las encierra en los conventos. A partir de este momento, las mujeres, desposeídas de libros, tuvieron que refugiarse en elementos icónicos, fundamentalmente de Cristo crucificado y de María… Pero, sorprendentemente, estas limitaciones impulsaron su inteligencia y creatividad.

Aparece un grupo de mujeres escritoras que ejercerán un gran influjo en la vida de la iglesia, y más allá de ella. Teresa de Jesús (1515-1582) fue una de las más destacadas. Mujer de una profunda experiencia mística, llena de extraordinarios éxtasis y de riquísimas y certeras visiones que, empujada por sus confesores, relató en numerosos libros que fueron obras maestras, como Las moradas, Camino de perfección o Libro de la vida, tuvo a la vez un gran y fino sentido de la libertad, que hubo de proteger para que la Inquisición no se la arrebatara. Por ejemplo, incluyendo faltas de ortografía en sus escritos para aparecer como iletrada. Y no se la dejó arrebatar. Como ya Angela de Foligno, echó mano sin rubor de un lenguaje corporal para expresar la profundidad de la unión mística con Dios, la cima de la oración en la unión del alma con Cristo con la atrevida imagen de la esposa.

Mención singular merece la famosa religiosa mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695). Famosa por sus amplios conocimientos, su librería personal, sus instrumentos científicos y su correspondencia con intelectuales con los que alternaba en discusiones literarias y filosóficas, esta mujer moderna escribió un auto sacramental donde habla de las tradiciones indígenas y del conflicto que generaron con la religión católica, lo que le valió, no la admiración, sino una reprimenda por haberse atrevido a adentrarse en el dominio masculino de la teología. Pero ella continuó defendiendo su libertad intelectual y el derecho de las mujeres a tener una educación superior.

Y no menor mención merecen aquellas fundadoras religiosas que, a pesar de las prohibiciones del concilio de Trento, se atrevieron a seguir la inspiración del espíritu y enviaron a sus monjas a realizar su misión en la calle, allí donde se encontraban los pobres y necesitados. Así Luisa de Marillac (1591-1660), de la mano de Vicente de Paúl, o Angela de Merici (1474-1540).

 

En la época de las revoluciones

La Revolución Francesa dio un vuelco a la situación de las mujeres en la religión católica. Se producen grandes cambios sociales y muchas mujeres religiosas comprendieron la urgencia de salir a la calle a ayudar a la gente. Se fundaron nuevas congregaciones y suplieron a los sacerdotes en muchas tareas, como la educación y las misiones, de modo que se dio una “feminización” de la iglesia, incluso de la teología, que se hizo menos especulativa y más compasiva. Y surgieron nuevas Fundaciones de religiosas que se arriesgaron hasta los lugares y las tareas más periféricos, como el mundo del trabajo (Dorothy Day), y en general, allí donde el sufrimiento esperaba una respuesta.

 

Hacia el siglo xx

El slogan de la libertad fue ganando terreno en toda la sociedad. El primer colectivo que la reclamaba fue el de los esclavos. Las mujeres se implicaron en la lucha por la abolición de la esclavitud, venciendo la oposición religiosa a su silencio. En julio de 1848, un grupo de 68 mujeres y 32 hombres firmaron en Seneca Falls un importante documento. Y fue otra mujer, Elizabeth Stanton, la que se encargó de redactar la Declaración de principios, enfrentándose a las restricciones políticas de las mujeres: no poder votar ni presentarse a elecciones, ni ocupar cargos públicos… Esta Declaración está considerada como el texto fundacional del feminismo y el punto de partida de las luchas de las mujeres por el reconocimiento de los mismos derechos que los varones.

Hay que reconocer que fueron las mujeres protestantes las pioneras en la denuncia de una extendida lectura sesgada de los textos sagrados, marcados por un acentuado carácter patriarcal y androcéntrico. La propia Elizabeth Stanton escribió el libro The Woman’s Bible para rebatir que fuera voluntad de Dios que las mujeres sean inferiores a los varones y servidoras suyas. Que esa idea no era más que una lectura negativa elaborada y defendida por los escritores e intérpretes varones.

Este trabajo de crítica femenina dio sus frutos a lo largo de los siglos xix y xx en una rica producción de estudios que enriquecieron la visión de la mujer en la iglesia, desbaratando muchas de las ideas y los prejuicios de la lectura androcéntrica. Y si bien las mujeres católicas fueron en este empeño de nuevo a la zaga porque a ellas no se les permitió realizar estudios hasta más tarde, se pusieron a la cabeza cuando pudieron formarse.

A partir de los años 70 del siglo xx la producción de estas mujeres, protestantes y católicas, se hizo tan numerosa y rica que se puede hablar ya de la creación de una consistente teología feminista. Sus reflexiones llevan a cabo un cambio profundo en la visión teológica de los contenidos esenciales de la fe. Que Dios no es varón ni mujer; que María de Nazaret no es una diosa apartada del resto de las mujeres; que Jesús de Nazaret no nombró sacerdotes a los apóstoles; que María Magdalena no fue una prostituta, sino la primera mujer que anunció en Evangelio; que las seguidoras de Jesús tuvieron que estar presentes en la Última Cena; que en los primeros siglos del cristianismo hubo diaconisas ordenadas en un acto semejante al de los diáconos; y que muchos de los textos que se leen en la Eucaristía son misóginos, producto de la cultura del momento, y no tiene sentido, por tanto, que se lean en el siglo xxi…Estos temas, y muchos más, fueron desarrollados lúcidamente por las mujeres en una teología nueva y liberadora, sobre la que se incidirá más adelante

 

Reacciones tardías y reafirmación de la libertad de las mujeres

La autoridad de la iglesia católica intentó, por supuesto, revertir estos cambios profundos, pero ya era tarde. El intento más palpable fue, en los inquietantes años 30, la publicación de la encíclica Casti Connubii de Pío XI, en la que defiende la sujeción y la obediencia de la mujer al varón y el que las mujeres no ejerzan un trabajo fuera del hogar. Pero, efectivamente, esta reacción de la autoridad de la iglesia católica llegaba tarde.

Las libertades sociales conseguidas no solo opusieron una firme resistencia a ese último intento de sumisión de la mujer, sino que abrieron un horizonte nuevo de libertad que generó desafíos más radicales y complejos, sobre todo en la iglesia católica. Con las libertades sociales llegó de la mano la libertad sexual. Lo que pilló a la iglesia católica mucho más atrasada y descolocada. Las mujeres descubrieron el sexo como uno de los impulsos básicos del ser humano, íntimamente ligado con su libertad. Y el descubrimiento de la píldora anticonceptiva vino a agrandar y reforzar esa conciencia de libertad, pero sin duda también a generar un nuevo y más profundo foco de conflicto para las mujeres en la iglesia.

Juan XXIII[2] nombró una Comisión reducida de expertos para que estudiara los fundamentos de la píldora y sus consecuencias, y Pablo VI la amplió con expertos que se mostrarían contrarios a ella. Pero el matrimonio Crowley los convenció finalmente del peso de las razones a favor. El matrimonio demostró que el método de cálculo de los días fértiles no funcionaba, frenaba la intimidad de los cónyuges y dañaba su matrimonio. Era la práctica contra la teoría. Al final la Comisión presentó dos textos al Papa: el primero, defendido por una abrumadora mayoría, propuso que se dejara el control de la fertilidad en manos de los cónyuges, pues no suponía un acto malo per se, y si se aceptaban fórmulas como el método Ogino-Knaus, que separaba el acto sexual de sus efectos reproductivos, era legítimo que los seres humanos utilizaran su inteligencia para controlar la naturaleza.

El sentido de los fieles de las mujeres

Mientras tanto, la filtración del informe final de los peritos dio la esperanza a muchas mujeres que pensaron que se levantarían las prohibiciones, y algunos sacerdotes empezaron a autorizar la píldora para distanciar las maternidades. La praxis de las mujeres creó sin duda un clima favorable para su aceptación definitiva. Pero justamente cuando se afianzaba este clima favorable apareció la encíclica Humanae Vitae, que cayó como una bomba: no llegó la aceptación, sino la prohibición definitiva de los anticonceptivos. El Concilio Vaticano II había advertido sin embargo de que la última instancia para decidir los actos que se llevarían a cabo era la conciencia. No creo que muchas mujeres fueran conscientes de este dato, pero ellas respondieron unánimemente contra la Encíclica y utilizaron los métodos anticonceptivos. Me parece que es el caso de sentido de los fieles más palpable tratándose de mujeres.

En nuestros días, ese sentido de los fieles está actuando con igual lucidez en la petición que la Organización Internacional de Superioras de Órdenes Religiosas ha elevado al Papa Francisco de reinstaurar la figura de las diaconisas de los primeros siglos, puesto que ellas, en lugares de misión, están ya cumpliendo labores sacerdotales. El Papa, que no esperaba semejante demanda, prometió nombrar una comisión que estudiara el tema. Parece, no obstante, que su recorrido ha terminado, de momento, en un cajón… Uno de los desafíos que las mujeres más concienciadas han asumido conscientemente en la iglesia de nuestros días es justamente el firme compromiso en vencer las resistencias que se alzan en la iglesia al reconocimiento del diaconado femenino, e incluso del sacerdocio, y a la consiguiente transformación de estos ministerios que de ello derivaría

El carisma y la ética del cuidado, que las mujeres han asumido espontáneamente a lo largo de la historia del cristianismo, constituye ya una aportación “diaconal” de primer orden a la iglesia, pero no ha sido valorado como se merece, y sobre todo no ha sido reconocido por la jerarquía de la iglesia como una misión que pertenece a su esencia y estructura, porque la constituye. El cuidado ha de convertirse en cuidadanía samaritana que define la identidad de los seguidores de Jesús de Nazaret.

[1] He tomado las ideas de mi libro El papel de las mujeres en las grandes religiones, Santillana, Madrid, 2019

 

[2] Este apartado lo he tratado en “Drama en dos actos”, en La Humanae Vitae a los 50 años, San Pablo, Madrid, 2018, pp. 7-22

Aportaciones de las mujeres a la transformación de la Iglesia

Escribir de forma crítica sobre la Iglesia católica, rebasando la apologética, siempre corre el riesgo de caer en el infierno. A la conciencia cristiana le será difícil olvidar etapas de especial oscurantismo contra la razón… censuras de libros, excomuniones,  suspensiones “a divinis”, etc. Todo el mundo solemos tener algún momento de locura en la vida. Y la Iglesia católica, en su larguísima historia, tampoco se ha visto libre de esta amenaza. No siempre ha tenido en cuenta el sabio aserto de Erns Bloch, forjado en el contexto del diálogo cristiano-marxista –surgido en el pasado siglo a raíz de las encíclicas Pacem in Terris (Juan XXIII), Ecclesiam Suam (Pablo VI) y, sobre todo, el Vaticano II y la Teología de la Liberación–. Dijo entonces Bloch, a la vista del discurso cristiano sobre el momento cultural que estaba atravesando el mundo occidental: “solo un ateo puede ser un buen cristiano”; (lo que el teólogo Moltmann completó en forma lapidaria: “solo un cristiano puede ser un buen ateo”). Bien entendido, separando adecuadamente la fe de su siempre frágil y liquido envoltorio, hubiera evitado muchos infiernos a tanto “hereje” y “heterodoxo” que, finalmente, suelen acabar siendo acreditados por la misma Iglesia que antes los condenó. ¿Se podría afirmar hoy, nos preguntamos,  algo semejante sobre la Iglesia católica a la vista de la situación que está atravesando? ¿Nos expondremos a caer una vez más en el infierno?

Viene a cuento esta reflexión por cuanto la Iglesia católica, como todo aquello en que los humanos ponemos nuestras manos, siempre ha tenido y sigue teniendo un haz y un envés. Su lado más brillante y positivo pegado al otro que ya no lo es tanto. Y con el agravante de que, en ocasiones como la actual y en este país,  su lado oscuro es el que más se quiere ver. Reconocerlo es un signo de salud mental y no tiene porqué demonizar la otra cara que, durante más de dos milenios –¡solo la eternidad de antes duraba tanto!–,  ha aportado talento y contenido de conciencia a la experiencia  humana.

Misterio y visibilidad, promesa e historia a la vez, a la Iglesia católica le resulta difícil evitar el drama que, como manifestación de su propia experiencia, dejó reflejado Unamuno en el mito de Prometeo y el buitre: ante el afán de inmortalidad, los picotazos del buitre en las entrañas que  sujetan a la historia y te impiden levantar el vuelo. ¿Se necesita ser crítico en la Iglesia de hoy para defender lo defendible de su historia y abrir brecha hacia el futuro?

Porque los picotazos del buitre en las entrañas están en el ambiente, no es preciso inventarlos. Pretender cerrar los ojos ante la pederastia y las inmatriculaciones, la subvención estatal y la clase de religión en la escuela pública, las vinculaciones con ideologías anacrónicas y éticas partidistas que rompen la dignidad de todos los seres humanos… sería una ceguera rayana en la locura. No querer ver el  vaciamiento de los templos, la ausencia de horizontalidad entre los fieles, la falta de igualdad con el varón  en las posibilidades de las mujeres y del sector LGTBI supondría un fideísmo eclesiástico que nada tiene que ver con la ética del Evangelio. Guardar silencio ante la corrupción y la mentira en que algunos líderes populistas están convirtiendo la política,  la defensa de la democracia y la Memoria Histórica es un signo de debilidad moral y una pérdida de credibilidad ante el pueblo.

Afortunadamente en este monográfico de Éxodo sobre “Las mujeres y su aportación a la transformación de la Iglesia”, hecho enteramente por ellas, sin dejar de lado los picotazos del buitre, van a presentarnos  otra imagen de Iglesia, la que podría haber sido y la que puede llegar a ser Iglesia de Jesús desde sus aportaciones de antes y de ahora; de su esfuerzo intelectual y práctico en la edificación de la comunidad cristiana, de la riqueza que supone la comprensión de género en la Iglesia; nos hablarán también de la necesidad del cambio en los símbolos y del mismo leguaje y hasta de su aportación a la economía responsable y participativa en la Iglesia. ¡Vamos a disfrutar con sus aportaciones!