Éxodo 147

Mujeres jóvenes y la Iglesia

Raquel Lara Agenjo y María Isabel Herrera Navarrete

Somos mujeres… que vivimos en un mundo regido por unos parámetros que determinan claramente los modelos de vida y las relaciones entre las personas. Siendo conscientes de nuestro punto de partida, la dependencia ontológica, biológica y social en la que se asienta el paradigma patriarcal, os compartimos algunas reflexiones resultado de las experiencias que vivimos como mujeres, obreras, cristianas y feministas, en definitiva, personas “comprometidas” en un movimiento juvenil eclesial conscientes de formar parte de una sociedad y de una Iglesia fuertemente marcadas por el sistema capitalista patriarcal que a las mujeres nos sitúa y delimita a unas tareas y roles determinados.

Herederas de una historia… Consideramos importante tomar conciencia de la historia que nos precede en la que “la mujer” ha sido invisibilizada, lo que supone hacer un esfuerzo extra para reivindicar y hacer valer que las mujeres existimos, pero, a la vez, todo ello lleva consigo, por parte de la sociedad, un ejercicio de concienciación hasta lograr reconocer a las mujeres en su singularidad, valía y diversidad; supone romper una mentalidad y una forma de entender el mundo y las relaciones asentadas en el patriarcado, mentalidad que pretende mantenernos sumisas e invisibilizadas. En todo este proceso de emancipación y de toma de conciencia por parte de las mujeres, de su valor y significación en la sociedad y en la historia, ha sido determinante el papel y la lucha histórica de otras compañeras que nos han precedido y legado el testigo, a todas ellas les mostramos nuestro reconocimiento y agradecimiento por lo que ahora somos.

No podemos olvidar las aportaciones y la lucha de mujeres como Rosa Parks, la cual, con la audacia y la fuerza del “NO ME LEVANTO”, se enfrentó a la actitud obediente y sumisa que provocaba pobreza y exclusión. Concepción Gimeno de Flaquer, propulsora del Sufragismo Católico Español, mujer convencida de que Jesucristo fue el primer feminista porque abogó por los derechos de las mujeres en igualdad con los hombres. Ellas son el germen de una nueva manera de sentir, pensar, organizarse; ellas nos legaron una inquietud y una lucha que está aún en sus comienzos porque, al igual que les ocurrió a ellas, hoy en día no es fácil ser mujer en un mundo pensado y estructurado por y para hombres, blancos y heteros. Sin embargo, las leyes que hoy amparan a las mujeres existen gracias a la lucha de las feministas: el derecho al voto, al divorcio, a poder trabajar, estudiar, opinar, a poder quedarse con los hijos; ninguna ley a favor de la mujer ha sido un regalo de la sociedad patriarcal y dualista “ni ha caído del cielo” sino que es el resultado de la lucha y conquista de las mujeres.

Como responsables estatales de la JOC, nuestra participación, tanto en espacios eclesiales como sociales, lleva consigo el desenvolvernos en espacios en su mayoría dinamizados y copados por hombres. Nos encontramos con situaciones donde nos es difícil encontrar el espacio y el momento para aportar y que nuestra aportación sea tenida en cuenta. Ejemplo de ello, es la historia que nos precede donde se ha potenciado la desigualdad y la subordinación de la mujer al hombre; esta subordinación y desigualdad es mucho más evidente si eres una persona “racializada” o perteneces a un colectivo minoritario.

“Hombre y mujer creados a su imagen y semejanza de Dios”. En la JOC hemos aprendido que lo que decimos de Dios está conectado a nuestras experiencias, a nuestras vivencias y que nuestra idea de Dios, así como nuestra relación con Él viene marcada por la “construcción social y cultural de género”.

Después del Vaticano II empezó a oírse cada vez más la voz de la mujer reivindicando espacios dentro de la Iglesia. Hoy no es posible pensar sobre Dios, la fe o la Iglesia sin tener en cuenta la contribución de la mujer.

Lo que podemos decir sobre Dios no es neutral, sino que tiene sus efectos positivos o negativos en la sociedad. El discurso patriarcal y androcéntrico ha promovido la exclusión de la mujer en el campo público y una subordinación de esta a la imaginación y necesidades de un mundo diseñado por y para hombres.

La relectura del Vaticano II hecha por la teología latinoamericana nos ha permitido descubrir la “indisolubilidad” del anuncio del Evangelio y la lucha por la justicia.

La teología latinoamericana desde la perspectiva de la mujer nace unida a la “opción por los pobres”. Al principio esta manera de hacer teología no se movía principalmente por la “lucha por la igualdad” y la “lucha contra el machismo”, sino que en una sociedad donde la diferencia por el hecho de ser mujer era un dato constitutivo, se luchaba principalmente por construir un “discurso inclusivo”.

Después de un primer momento en el que la teología feminista reivindicó la igualdad se pasó a la reivindicación del “derecho a la diferencia” y a la afirmación de la mujer como diferente, incluso en la manera de sentir y de pensar a Dios. Posteriormente la teología feminista, que ya no teme darse ese nombre, se atrevió a hacer preguntas fundamentales que cuestionaban la estructura del pensamiento teológico elaborado hasta este momento, poniendo en cuestión la teología dominante patriarcal y machista.

Posteriormente la teología latinoamericana va a encontrar en la “perspectiva de género” un ángulo más adecuado desde donde construir su reflexión sin perder la perspectiva de los que están al margen de la sociedad y del progreso, pero que la lucha por la liberación social, económica y política, que la teología de la liberación reivindicaba no contempló ni alcanzó en sus comienzos.

En el momento presente la teología feminista se va a ocupar de “exclusiones” igualmente necesitadas de liberación, como puede ser la liberación de la mujer, la exclusión sexual y de género, así como las raciales y étnicas, para acabar comprendiendo la necesidad de dar un paso de calidad a fin de alcanzar esa liberación que la mitad de la población espera.

Es importante señalar que en esta última etapa se ha dado una apertura a la reflexión ecológica en cuanto a los derechos de la tierra y de la naturaleza íntimamente unidos a la reflexión sobre los derechos de la mujer, en tanto que los derechos de la mujer desgraciadamente siguen siendo conculcados en la sociedad y en la Iglesia, porque en la medida que el “ecofeminismo” significa el fin de todas las formas de dominación, la teología no puede ser ajena a él.

A pesar de los grandes avances que históricamente se han dado en el proceso de la liberación de la mujer, sin embargo, a nivel eclesial queda mucho camino por andar. En la práctica constatamos una gran diferencia entre la emancipación de la mujer en la sociedad, a pesar de que ello es aún insuficiente, y el rol de la mujer en la Iglesia. Gracias al Concilio Vaticano II, que aportó un nuevo paradigma para la comprensión y participación de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad, podemos mirar con valentía y esperanza la necesidad imperiosa de trabajar por la liberación de la mujer, siendo fieles al mensaje del Evangelio que es Buena Noticia para todos los que sufren cualquier tipo de opresión o exclusión. Sin duda, necesitamos una Iglesia que verdaderamente se crea que, por el bautismo, todos somos Pueblo de Dios y que la mujer, ya sea laica o religiosa, también tiene un papel activo y protagonista dentro de ella.

“Como mujer joven, obrera y cristiana, nos sentimos llamadas a engendrar el Reino de Dios en nosotras mismas y en nuestro ambiente”. Desde nuestra experiencia cotidiana vemos a Dios, Madre-Padre, reflejado en muchas de las personas, gestos, situaciones, acontecimientos que nos rodean. Como militantes de la JOC, Dios es siempre el “principio esperanza”, aquél que posibilita que las personas “descartadas” –fundamentalmente mujeres, jóvenes y migrantes– puedan redescubrir y recuperar su dignidad como personas, así como su protagonismo y su responsabilidad en la construcción de la fraternidad universal; porque el proyecto que nos ofrece Dios en la persona de Jesucristo y que a nosotros nos ha llegado a través de la Iglesia Católica, es un proyecto inclusivo que reconoce e integra las diferencias, un proyecto universal que no anula la particularidad de cada uno ni de cada ser, es un proyecto global de un mundo donde quepamos todas las personas sin distinción de sexo, etnia, lengua, cultura, religión, etc. Es, sin lugar a dudas, un proyecto de liberación integral.

Para nosotras, el Evangelio es grito de denuncia y de anuncio, es palabra que anima e interpela. Es palabra que convoca y que crea, bisturí que disecciona y capacidad para ponernos en pie y levantar nuestra voz allí donde se asienta la injusticia.

Nuestra experiencia es que el Evangelio acogido en comunidad aplicado a la vida es palabra que invita a ser testigos de una nueva forma de relacionarnos, de tratarnos, de sentir, de pensar, de mirar, de vivir. Es palabra que alienta e invita a mirar el futuro con esperanza, haciéndonos testigos de un estilo de vida que pone en el centro a la persona. Es una palabra que nos lanza continuamente a las periferias sociales y existenciales para ayudar a restablecer en cada una su dignidad y su protagonismo en la tarea de “reconstruir la casa común”.

Por una Iglesia que acoja la aportación del feminismo y la lucha de las mujeres por sus derechos y la liberación de cualquier tipo de opresión que denigre al ser humano.

Jesús, a pesar de las tensiones que pudiera provocar en su entorno, inauguró nuevas relaciones de género. ¡Gracias Jesús por romper los esquemas del patriarcado!

Desde esta fe en Jesús de Nazaret nos experimentamos mujeres empoderadas, nos sabemos llamadas, elegidas, reconocidas y enviadas por Dios a engendrar un mundo donde mujeres y hombres podamos crecer felices en igualdad y dignidad. Entendemos que las personas somos seres en construcción y que los elementos culturales nos configuran y determinan muchísimo, por lo tanto, lo masculino y femenino puede cambiar, existe pluralidad de combinaciones. El hecho de integrar la perspectiva de género ha sido y es profundamente liberador para nosotras y otras/os jóvenes, es una herramienta necesaria para desarrollar nuevos modos de ser persona –mujer y hombre– ser familia y comunidad, nuevas formas de amar y ser amadas, reivindicando el amor propio, el respeto para que la diferencia nunca pueda ser motivo de desigualdad ni opresión.

El Evangelio camino de liberación: Creemos en la fuerza divina del amor, por eso, queremos vivir el amor desde nuestros cuerpos de mujer sin miedos, sin más prohibiciones que las que dicta el respeto y el amor que recibimos de Dios Padre/Madre. Es urgente una liberación y evangelización en y desde las fronteras del mundo, para dar pasos hacia una Iglesia de brazos abiertos, que fomente la acogida, que luche por la inclusión y justicia social para crear una casa común libre de discriminación sexista, racista o de clase. Es necesaria una espiritualidad que respete la persona e incluya nuestros cuerpos.

Lo que excluye no es de Dios. La Palabra de Dios y, por tanto, los hechos que en Él se inspiren, nunca podrán oprimir o legitimar discriminación y violencia para las mujeres, ni para nadie. Es muy importante descubrir que no somos cristianos cuando discriminamos a nuestra hermana. Las personas cristianas tenemos el deber y la responsabilidad de alzar la voz ante este atentado a la vida, posibilitando que todas las personas puedan tener una vida digna, porque el Evangelio, ante todo, es una invitación a proponer formas alternativas de reorganización la vida en todas sus dimensiones, económica y política, etc. de modo que permitan recomponer a las personas que sufren opresión, así como a recomponer las relaciones entre las personas con la naturaleza.

El compromiso cristiano, un continuo “nadar a contracorriente”. Con Jesús se hizo presente “el año de gracia del Señor”. Él quería dar paso a un mundo de justicia y de cuidados, un mundo de hombres y mujeres libres viviendo fraternalmente y para ello se enfrenta al sistema patriarcal, dualista y andrógeno que se constituye desde el poder y nos dirige hacia un futuro de exclusión y muerte, comienza una etapa nueva en la historia de la humanidad.

La tarea no fue fácil para Él, tampoco para nosotras; como mujeres laicas comprometidas a veces se nos hace difícil permanecer en la brecha con esperanza porque vivimos realidades juveniles muy precarias y dolorosas, pero desde nuestra fe en el Dios de Jesús nos sentimos responsables de desenmascarar las mentiras, detectar los signos de opresión y señalar las causas y los responsables de las injusticias, vengan de donde vengan, haciendo posible la transformación de las estructuras para que nadie ponga coto a la vida y a los derechos de las personas.

Estamos convencidas que el estilo de vida de la persona cristiana tiene que ser ‘antisistema’ porque así fue Jesús. Él siempre estuvo del lado de las personas que el sistema excluyó y descartó. Somos muchos los y las cristianas que pensamos de esta manera y que desde un estilo de vida que surge de nuestra fe en Jesús de Nazaret queremos colaborar día a día para que el proyecto humanizador del Reino de Dios y su justicia sea una realidad. Es el sistema capitalista patriarcal el que alimenta y sostiene las causas que están provocando las diferencias entre las personas y un desequilibrio medioambiental que ya es irreversible. Conscientes de ello, queremos situarnos como “fermento en la masa”, de manera que nuestro compromiso en la sociedad vaya en la dirección de la defensa de los derechos humanos y la promoción y desarrollo de todas las personas sin discriminación de ningún tipo.

En definitiva, desde nuestro ser cristianas comprometidas en el día a día, descubrimos que para ir gestando ese “otro mundo posible desde Jesús” es fundamental practicar estos cuatro convencimientos:

– “Gritar en un mundo donde cada vez hay más silencios impuestos”, recogiendo la responsabilidad que tenemos para recuperar el grito, de la misma manera que nos propone el Evangelio.

– “Aprender a desobedecer con creatividad y responsabilidad”. Necesitamos ser conscientes e identificar las causas con las que este sistema nos oprime y nos esclaviza, ayudándonos a dar respuestas colectivas que creen luz allí donde permanece la oscuridad de la precariedad y la violencia.

– “Acuerparnos”, como dicen las compañeras de “Territorio Doméstico”. Es decir, apoyarnos y enredarnos, continuar siendo capaces de tejer redes, mantas de afecto, de calor, para seguir el camino con paso firme hacia el sueño de Dios junto a otras hermanas y hermanos de camino.

– “Ser agentes de esperanza”. Descubriendo la importancia de ser generadoras de esperanza ante la vida tan precaria que vivimos las personas jóvenes. Porque las y los jóvenes estamos llamados a ser esa semilla, ese dinamismo que posibilite la construir un mundo nuevo en justicia y paz verdaderas.

Dios, que es amor, desea irrumpir en la vida de todas las personas para inundarlas de su vida y de su paz, y por nuestra parte, junto a otras muchas compañeras y compañeros de camino, queremos colaborar y hacer lo que esté en nuestras manos para que así sea. Desde nuestra condición de mujeres jóvenes, fieles al proyecto y a la vocación a la que el Padre-Madre Dios nos llama en Jesús, nos sentimos gestando una transformación social y eclesial desde nuestro ser femenino.

 

Aportación de la mujeres a la transformación de la Iglesia: 2. En América Latina y en España

Evaristo Villar

  1. Aportación de las mujeres en América Latina

En el siglo xx se abandona el talante de sometimiento que el cristianismo había mantenido desde la colonización en AL. Desde el giro copernicano que supuso el Vaticano II (1962-1965) y la resignificación pastoral hacia los pobres de la II Conferencia de Medellín (1968) se orientó hacia la Teología de la Liberación, inicialmente formulada por Gustavo Gutiérrez (Teología de la Liberación. Perspectivas, 1971).

Desde entonces surgió una dislocación de la Iglesia desde el centro a la periferia. Surgieron millares de Comunidades de Base, el pueblo se apropió de la Biblia, se multiplicaron los laicos delegados de la Palabra acompañando a las masas populares y campesinas, comenzó la transformación y radicalización de la vida religiosa, así como el reconocimiento de los pueblos indígenas y afrodescendientes… Fue un hervidero de ideas, de reflexión teológica, de compromiso social y de experiencia espiritual. A partir de entonces, el desarrollo de la nueva teología se abrió en tres vertientes: la surgida desde la praxis pastoral de la Iglesia (desde la reflexión bíblica y espiritual), la que emerge desde los grupos revolucionarios (basada en el compromiso político de los cristianos revolucionarios), la que se hace a partir de la historia (desde la dimensión más directamente sociopolítica) y la que va naciendo desde la praxis natural de los pueblos latinoamericanos (ligada al análisis histórico-cultural).

En este contexto se pueden entender las distintas corrientes de empoderamiento y autovaloración de las mujeres en A.L. Así las organiza la filósofa y feminista Sandra Harding en World Sciences Report 1996, documento elaborado para la Unesco: corriente liberal (que defiende los valores de la libertad, dignidad, igualdad y autonomía), la corriente socialista/marxista (que vincula la desigualdad socioeconómica a la desigualdad sexual) y la corriente radical (centrada en la crítica al patriarcado o dominación del hombre sobre la mujer).

En este preciso contexto, vinculado a los diferentes tonos y corrientes, nacen también las diferentes corrientes de teología hecha por las mujeres en A.L. Estamos asistiendo a un cambio de paradigma en las relaciones del hombre y la mujer. Este cambio está forzando la superación del patriarcalismo y entrando en el empoderamiento de la mujer. Y esto solo se consigue deconstruyendo las imágenes de sometimiento y construyendo otras nuevas que inspiren prácticas más igualitarias y humanizadoras entre los dos sexos. Esto es lo que están haciendo antropólogas, filósofas, científicas y teólogas con gran maestría y creatividad. El trabajo de estas mujeres consiste en ir construyendo una alternativa al relato patriarcal centrado en la dominación, el pecado y la muerte y estableciendo una relación nueva con la vida, el poder, lo sagrado y la libertad.

Un ejemplo de esto aparece en el mensaje a los pueblos de América Latina y del Caribe, celebrado del 30 de agosto al 2 de septiembre en el salvador, del III Encuentro continental de Teología Latinoamericana y Caribeña que, a los 50 años de la II Conferencia de Medellín, selló el viraje de la Iglesia hacia los pobres y su liberación. Contó este evento con una gran representación de teólogas. Dice así en su 5 punto: “Nos unimos a las luchas de las mujeres que, en todos los países, son víctimas de distintos tipos de violencia. En estos 50 años reconocemos la contribución de las teologías negras, las de los pueblos originarios y, de manera especial, la propuesta hecha por la teología feminista de pensar una Iglesia fundamentada de hecho en el discipulado de iguales. Asumimos la causa de las víctimas de abusos sexuales cometidos contra niños, adolescentes, contra mujeres y contra hermanos y hermanas LGBT. Es urgente cambiar la estructura patriarcal y clerical de nuestras iglesias”.

Una de la más brillantes es la teóloga y religiosa brasileña Ivonne Gebara, que, preguntada por el hecho de que la mujer, siendo mayoritaria en la Iglesia, no tenga un papel clave en la misma —no puede ser ordenada sacerdote, no tiene derecho a acceder a cargos que implican autoridad, solo puede aspirar a ser madre y virgen—, dice lo siguiente: “Creo que el problema no es que nosotras como mujeres accedamos a ser papas. El problema es que este modelo jerárquico (jerarquía no solo social sino también sexual) tiene que cambiar. La cuestión no es que la Iglesia establezca que las mujeres sean ordenadas, sino más bien el que exista una concepción distinta del ser humano. La salida no es ordenar a las mujeres, sino empezar a cambiar las relaciones, contenidos y acciones… Existe una idea de naturaleza que hay que cambiar; el sacerdocio de las mujeres no es esencial, sino que se reconozca su derecho a pensar, actuar, tener liderazgo, decir cosas distintas que los hombres y que sean reconocidas por eso. Hay que crear nuevas relaciones en la sociedad; eso quiere decir que también hay que repensar los contenidos teológicos, porque hay cosas que ya no se pueden sustentar, que han sido válidas en un mundo teocéntrico y medieval, donde todo era organizado desde una imagen de Dios como “padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra”, pero ahora ya no se tiene esa idea de Dios. Los nuevos paradigmas de la ciencia, los movimientos ecológicos, feministas, etc., han hecho cambiar la mentalidad, por lo que ya no se puede decir lo mismo que antes”.

  1. Aportación de las teólogas españolas

Las teólogas españolas no han ido a la zaga en este empeño. Desde el convencimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada en el s. XVI (“no hay virtud de mujer que los jueces, todos hombres, no tengan por sospechosa”), las teólogas españolas han realizado considerables aportaciones a la transformación de la sociedad y de la Iglesia. Se ha llegado hasta el punto de que, esta misma revista Éxodo por primera vez aparezca un número dedicado a “las teologías feministas” y todas las colaboraciones aparezcan firmadas por mujeres. Sin quererlo ni pretenderlo, la presencia de las colaboraciones firmadas por varones ha sido dominante en los ya casi 150 números publicados desde el principio en 1989.

Es verdad que al duro recorrido por la igualdad de las mujeres en España, a pesar de los importantes avances realizados, “le quedan muchos retos pendientes hasta conseguir la autonomía personal y el reconocimiento social”, como piensa María José Clavo Sebastián, investigadora de Igualdad y Género en la Universidad de la Rioja. Pero “ya no hay marcha atrás en lo conseguido por las mujeres”, afirma Rosa Cursach, directora del Institut Balear de la Dona. Hasta “rozar el horizonte de lo increíble” como piensa la filósofa y teóloga Montserrat Escribano-Cárcel.

Son muy conscientes de estar viviendo en una Iglesia “no pensada para ellas”. Y esto necesitan reflexionarlo, como dice Mª Luisa Paret, no solo desde la teología, sino desde la propia praxis. Pero también saben perfectamente que “la historia de la Salvación fluye a través de ellas” y esto abre “un tiempo de nueva creatividad eclesial para las mujeres creyentes”. Se trata, en definitiva, de “soñar una Iglesia con nuevas relaciones y llegar a una eclesiología de la comunión compartida”, como afirman reiteradamente Silvia Martínez, doctora en Educación y Presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas y Neus Forcano, Filóloga y miembro del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona que, por su parte, afirma que “las mujeres no somos ni queremos ser tratadas como un complemento”.

En definitiva, “no se trata de más participación de las mujeres en la Iglesia pues ya son mayoría”, como afirma la teóloga y perteneciente al Equipo de Redacción de Éxodo Pilar Yuste. Actualmente tenemos, sigue diciendo, “una Iglesia con cuerpo de mujer y cabeza de varón. De lo que se trata es de mayor capacidad de acción”. Tampoco se necesita una teología de la mujer, pues ya existe, sino de abrirse a su escucha.

Mujeres cristianas y economía

Pilar Yuste

  1. Hambre de justicia

Danos hoy el pan nuestro de cada día (Mt 6,11)

Siempre ha existido pobreza y necesidad. Pero actualmente nuestras crisis económicas y vitales se suman a una desigualdad extrema y estructural. Enviamos sondas a Marte, pero no evitamos que al menos 8.500 niños y niñas mueran cada día a causa del hambre. Esto no es un problema, es un crimen [1].

Por otro lado, el desastre ecológico, que también conlleva hambruna, va tomando forma de apocalipsis, con fecha límite de intervención en 2030. Como dice Cristina Gallach, Alta Comisionada para la Agenda 2030, “Somos la última generación que puede parar el desastre” [2].

Esta situación es fruto de un sistema neoliberal y patriarcal. Ecofeministas como María Mies afirman que es la consecuencia de la explotación de las mujeres (feminización de la pobreza), de la Naturaleza y del Sur. Una alienación, un despojamiento de vidas, cuerpos, tiempos, en manos de poderes económicos obscenamente ricos y fuera de todo control.

Un apocalipsis que en cristiano nos empeñamos rotunda y proféticamente en compensar con Esperanza. Y ahí estamos las mujeres (no todas) cimentando con nuestras vidas y compromiso esa Esperanza. Y ahí se suman los varones (no todos) que apuestan también, como Jesús, a renunciar a sus privilegios de género y romper con un sistema en el que todos perdemos a golpe de estereotipo, discriminación y violencia.

Oikós (casa y familia en griego). Porque todos y todas conformamos una unidad, una casa que configura la familia humana. Oikós, eco-nomía, eco-logía, ecu-menismo (y diálogo interreligioso). Mundo y Humanidad. Todo en todos… y todas.

Las mujeres hemos amado, cuidado, engendrado, alimentado y sostenido Vida, vidas, familia… No es para nosotras algo nuevo hacerlo, pero sí está siendo nuevo visibilizarlo, darle valor, compartirlo.

  1. Iglesia, signo de un mundo nuevo… ¿o mejor?

Tampoco es nuevo para la Iglesia que, más o menos fiel al mandato de Jesús, ha alimentado, visitado, acogido, cuidado (Mateo 25, 31ss.), construyendo un Reinado de Dios que incomodaba a muchos.

Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva (…) Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. (…) Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado. Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo.» Apocalipsis 21,1-5.

Pero mejor que un mundo nuevo, éste redimido, en paz, liberado de dependencia y violencia; un mundo justo y feliz. Y la Iglesia está llamada a ser signo profético y fiel de ese Reinado.

  1. Dar pan. Dadles vosotros de comer (Mc 6, 37)

Solucionar los problemas, vivir, requiere conciencia personal y responsabilidad global. En el caso del hambre, por ejemplo, y más allá de los Objetivos del Desarrollo Sostenible marcados por Naciones Unidas, un auténtico Pacto Global con compromisos de los gobiernos y de los poderes económicos. El descuelgue de D. Trump del Acuerdo de París contra el Cambio Climático (2016) deja patente la fragilidad de las imprescindibles políticas globales y la urgencia y necesidad del trabajo individual y político que las impulsen.

A esta responsabilidad histórica social sumamos nuestra responsabilidad evangélica.

La Iglesia de Cristo, Pan de Vida, y especialmente las mujeres, siempre han repartido pan. Pero eso no es suficiente. La caridad no es lástima, no es sólo dar. Implica justicia…

Imitar al Buen Samaritano no es suficiente. Es necesario actuar combatiendo las estructuras de pecado que producen ladrones y víctimas [3].

  1. Luchar por el pan y la justicia

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados (Mt 5,6)

La Iglesia de Cristo, siempre sensible a esta situación a pesar de incoherencias y errores, ha dado pan. Pero en no pocas ocasiones no ha sabido luchar por él.

No es fácil. Es un enemigo gigantesco y sin cabeza visible. Avaricia personal, y macroempresas que no tienen que rendir cuentas ni ante generaciones futuras, ni ante organizaciones internacionales, ni ante la conciencia ni ante Dios, sino ante consejos de administración que anualmente piden un aumento de beneficios económicos a costa de quien sea o de lo que sea.

Pero ha habido grandes cambios que han demostrado que la Esperanza tiene fundamento. Utopías transformadas en realidades como la abolición de la esclavitud, el voto de las mujeres, etc. Son pasos históricos que, en un sistema global y globalizado, acaban beneficiando a todo el mundo. Por ejemplo, con mujeres como destinatarias de la intervención y como agentes del cambio.

El fortalecimiento económico de las mujeres podría reducir la pobreza de toda la población en su conjunto. Para lograrlo, en primer lugar debemos corregir el modelo fallido que rige nuestras economías, que socava la igualdad de género y alimenta una desigualdad económica extrema.

El modelo neoliberal dificulta que las mujeres ocupen empleos de más calidad y mejor remunerados; también impide hacer frente a la desigualdad en la carga de trabajo de cuidados no remunerado, y limita la capacidad de influencia y el poder de decisión de las mujeres. Para alcanzar el fortalecimiento económico de las mujeres, necesitamos una economía humana que beneficie tanto a hombres como a mujeres, y que esté al servicio de todas las personas, no sólo del 1% más rico de la población [4].

Una nueva situación requiere soluciones nuevas. Las alternativas provienen muchas veces de experiencia de mujeres y perspectivas feministas. No hay que idealizarlo ni generalizarlo. No pocas mujeres son origen o cómplices de los problemas estructurales. Aunque si el origen del problema tiene tintes patriarcales (tener más, parecer más, incluso con violencia), cuadra una alternativa feminista.

Cuesta poner en valor lo que socialmente no cotiza. El voluntarismo puede influir pero no determinar el peso de la realidad. ¿Cómo hacer que los cuidados, lo cotidiano y lo doméstico se valoren en una sociedad tan jerárquica y materialista? Pero mucho está cambiando.

Pero si el cambio económico social requiere un cambio de paradigma cultural y social, más difícil aún resulta dentro de la Iglesia, donde las mujeres, mayoría aplastante de fieles realmente comprometidos, no están representadas sino más bien ninguneadas como el propio Papa ha reconocido.

El sumo pontífice criticó que las mujeres todavía sean consideradas de “segunda clase” y admitió que desde clérigos hasta obispos han abusado de monjas dentro de la Iglesia. Reconoció que la institución debe hacer más para abordar la situación [5].

Las mujeres cristianas, como María de Nazaret (Lc 1, 51-53) han estado siempre presentes en la lucha por el pan. Un buen ejemplo es la Declaración de la UMOFC (Organización Mundial de Mujeres Cristianas) de 1955. Fue detonante de la Campaña contra el Hambre, y comienzo de Manos Unidas en 1960 de mano de la matriarca Mary Salas: Nosotras, mujeres del mundo entero, llamadas por la naturaleza a dar la vida, protegerla y alimentarla, no podemos aceptar por más tiempo que las fronteras del hambre se inscriban en nuestro globo con trazos de muerte.

Mujeres católicas, llamadas por Jesucristo para dar testimonio de un amor universal y efectivo por la familia humana, no podemos resignarnos al hecho de que la mitad de la humanidad sufra hambre (…).

Un solo obstáculo en la lucha contra el hambre sería insuperable: creer la victoria imposible.

Ahora bien, todas unidas y en conexión con todos aquellos que se consagran a la misma tarea, po­demos mucho más de lo que creemos. No se necesita más para acometer la empresa.

Declaramos la guerra al hambre.

  1. Ser pan. Pan de vida

Yo soy el Pan de Vida, bajado del Cielo; si uno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo (Jn 6,51).

De hecho, el devenir eclesial sigue marcado por la línea amorosa del sentir, hacer y decir de un Jesús feminista e incluso escandalosamente femenino. Un Jesús que se refería a Dios y a sí mismo con imágenes femeninas, compasivo. Un Jesús que cuida, sana, alimenta, lava los pies…

Y esa misericordia y compasión asociadas a Dios provienen etimológica y simbólicamente del útero materno (rhm). En su matriz nacemos, vivimos, y seremos acogidos, y por ello se nos llama a recrear nuestras vidas desde esa divina misericordia matricial.

Misericordia compartida por hombres de buen corazón, como Jesús, y por mujeres que, lejos del resentimiento, no han querido dejar la Buena Noticia en manos de jerarcas muchas veces alejados de la realidad cotidiana de las personas, y más aún de quienes sufren.

Y así las mujeres han aportado al bien común, al Mundo y a la Iglesia no sólo su poder productivo (peor pagado aún que el de los varones), sino su poder reproductivo (gestadoras principales y cuidadoras de vida), y más aún, los cuidados a los demás. A costa de su dinero, su tiempo y esfuerzo, su cuerpo, su sueño, sus vidas.

Y ahora, en el momento en que comienzan a empoderarse, a pedir su espacio en el reservado lugar masculino, es cuando los varones están llamados a desaprender privilegios y aprender recursos descubiertos en ese secular segundo plano femenino.

  1. Claves políticas y económicas tanto alternativas como feministas o tradicionalmente asociadas a las mujeres

Porque, como decía San Vicente de Paúl: El amor es creativo hasta el infinito.

  • Sostenibilidad, pensar en futuro. Desarrollo sin esquilmar recursos naturales. Compensar huella ecológica. La primeras comunidades cristianas (Hch 2, 42-47) y las comunidades de personas consagradas son ejemplo de sostenibilidad. Una sola casa, mesa y bienes.
  • No derrochar, reducir, reutilizar, reciclar:

 ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido (Lc 15, 8-9).

  • Sistemas nutricionales sostenibles. Como reducir el consumo de carne en Occidente. Un kilo de músculo animal requiere al menos de 9 kilos de cereal. Esta alimentación no es universalizable, ni sostenible, ni sana. Sería mejor consumir más productos agrícolas locales y de temporada, más sanos y con menos consumo energético de producción y transporte. La abstinencia cuaresmal es signo de sostenibilidad y solidaridad con los hambrientos.
  • Soberanía alimentaria y agroecología.
  • Educación. Mejor que dar peces, enseñar a pescar
  • Pensamiento colectivo.
  • Economía circular: para optimizar el ciclo de uso de materiales y revertir los desechos.
  • Controlar la producción para que haya equilibrio entre persona y naturaleza y entre los seres humanos.
  • Lo privado es político. Visualización e intervención en dinámicas domésticas y personales de exclusión.
  • Conciliación laboral y familiar, para facilitar, desde la opción libre, la incorporación de las mujeres al ámbito laboral y público y de los varones al ámbito doméstico y familiar.
  • Universalización y valoración política y económica (no mercantil) de los cuidados.
  • Frente a dependencia, inclusión y no paternalismo. Mayoría de edad y reciprocidad.
  • Horizontalidad en la solidaridad. La solidaridad como intercambio de necesidades y recursos. Todos tenemos necesidades, pero también recursos. Las personas como agentes corresponsables de su desarrollo económico incluso a pesar de su precariedad.
  • Iglesias domésticas, como lugar donde recrear una macroeconomía sostenible y solidaria y viceversa. La acogida y la integración en la casa y la unidad familiar (como muchas de nuestras historias familiares) como signo de una Iglesia que elige hacerse pobre y para los pobres.

Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura (…). Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: “Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa”; y nos obligó a hacerlo. (Hch16, 14-15).

  • Empoderamiento y Liderazgo.
  • Participación asertiva, reasignación de espacios. Una sana rabia sin victimismo ni resentimiento, como la viuda impenitente (Lc 18, 1-8). Además de los roles vetados dentro de la Iglesia Católica, hay otros que podrían estar ocupados por mujeres y no lo están. Delegaciones Diocesanas, Consejos, Parroquias…
  • Discriminación positiva y paridad.
  • Justicia y gestión asertiva de conflictos.
  • Utopía y perseverancia:

Les dijo otra parábola: El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina hasta que todo quedó fermentado (Mt 13,33).

  1. Compartir el pan

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo:

«Tomad, este es mi cuerpo.» (Mc 14, 22).

El cuerpo de Cristo no es el pan consagrado por sí solo. Es el pan bendecido, partido y compartido. Sólo en ese momento afirma Jesús que ése es su Cuerpo, su fraterna y subversiva Eucaristía (Pedro Casaldáliga).

La palabra “compañero/a”, surge en el siglo xi, y procede de cum-panis, la persona con la que compartes el pan. De ahí también “acompañar”. Años de compartir vida y mesa, de descubrir que el pan bien compartido se multiplica, y hasta sabe mejor. Toca aplicarlo a la macroeconomía, pero no es fácil.

  1. Y más

No vivimos de sólo pan (Lc 4, 4), y quizá por eso en nuestra sociedad materialista “morimos de sólo pan” [6].

En esta sociedad de necesidades creadas, cuesta sentir hambre y sed de Dios, y de lo que Él/Ella conlleva y adónde me lleva. ¿Dónde me nutro? ¿De qué pozos bebo? ¿En qué tienda reposo?

Pan y cuerpo encarnado que siente el poder de la semilla de Dios que germina en nuestro interior. Queremos ser y hacer conjuntamente el pan.

Pero no queremos solo el pan, QUEREMOS TAMBIÉN LAS ROSAS. Como las sufragistas de principios del siglo xx. Lo necesario para vivir y aquello que, sin que parezca imprescindible, es necesario para dar sentido a la vida: la amistad, la cultura, la risa, el descanso, Dios.

Jesús describe el REINADO DE DIOS como BANQUETE Y FIESTA con vino, música y baile (Lc 15, 23-25).

La EUCARISTÍA es la anticipación del BANQUETE MESIÁNICO (Lc 13, 29). No es de extrañar que la señal de la cruz, que muchas de nuestras madres hacían en el pan de cada día, tuviera mucho que ver con una casa, una mesa y una vida en la que cualquiera que llegara se sentía parte de la familia.

El pan compartido llega a todo el mundo. Hoy no faltan alimentos, falta gente dispuesta a compartirlos.

Todos los seres tendrán

derecho a la tierra y la vida,

Y así será el pan de mañana,

El pan de cada boca,

Sagrado, consagrado,

Porque será el producto

de la más larga dura lucha humana.

 

No tiene alas la victoria terrestre:

tiene pan en sus hombros,

y vuela valerosa liberando la tierra,

Como una panadera

Conducida en el viento

ODA AL PAN, Pablo Neruda

[1] En España más de 1.800.000 menores de 16 años están malnutridos. Informe de Educo “La regresión de los derechos de la infancia en España 2007-2013”.

[2]La Vanguardia, 22/07/2018.

 [3] Papa Francisco. Discurso a los participantes en la reunión de economía de comunión, organizado por el Movimiento de los Focolares, Aula Pablo VI, 4 de febrero de 2017.

[4] Una economía para las mujeres. Blog de Oxfam Internacional

5] EFE, 5/02/19.

[6] Cf. Dorothee Sölle, Viaje de Ida, Sal Terrae, Santander 1977.

Comunidad Santo Tomás de Aquino, Madrid. Una experiencia cristiana en la brecha

Evaristo Villar

Ante lo que nos está pasando en este primer cuarto del s. XXI, muchos pensamos que, tanto desde el plano de la razón como desde la fe, necesitamos “proyectar espacios de esperanza” para recobrar el sentido y no detener violentamente el curso de la historia.

Necesitamos hacer frente a la “posverdad” que se está instalando como táctica en los discursos de nuestros dirigentes políticos y necesitamos deshacer las falacias de los medios y redes de desinformación que están contaminando a la ciudadanía. ¿No es un contrasentido que el coste de estos medios de desinformación esté recayendo, en gran parte, sobre la espalda del honrado contribuyente?

Es necesario hacer oír, también, nuestra voz ante los silencios políticos de las jerarquías religiosas. Porque hay silencios que desconciertan y escandalizan la buena fe de los creyentes. ¿Callarse ante el proceso de exhumación del dictador del Valle de los Caídos y sobre el parasitismo de una familia cobijada bajo las hazañas lucrativas de un abuelo sanguinario? ¿Cómo querer normalizar cristianamente a un golpista que lleva sobre su espalda tantas muertes aun no honradas?

Necesitamos saber si el presidente de la CEE, por ejemplo, se va a reunir en Roma a fínales de este mes de febrero con los titulares de todas las conferencias episcopales del mundo para tratar sobre la pederastia sin haber recibido a las víctimas, como es voluntad del papa. Necesitamos saber qué alcance van a tener los pronunciamientos de algunos jerarcas sobre un sector humano, religiosamente humillado, como el LGTBI. ¿Cómo seguir dogmatizando, por otra parte, la ley eclesiástica del celibato (no hablo del celibato opcional)? ¿O cómo seguir defendiendo, contra la sensibilidad actual, las inmatriculaciones hechas al amparo de una ley franquista?

Me viene a la memoria la decidida postura del Jesús del Evangelio de Marcos frente a las prácticas inhumanas de los dirigentes de su tiempo y, sobre todo, ante su torpeza para discernir los “signos de los tiempos”: “Tienen ojos para ver, dice, y no ven, tienen oídos para oír y no oyen” (Mc 7 y 8).

Y es que hay una imagen del mundo y de las estructuras de las iglesias que está cayendo y otra que está emergiendo. El futuro no es ya una ficción, es una realidad. Por más que la filosofía política y otros intereses quieran amarrar nuestros pies a una realidad que se pretende inamovible, la utopía ya está entrando por la puerta. El cambio de era supone un cambio de página también en la Iglesia. Y la responsabilidad no está solo en los profetas que lo vienen anunciando, sino principalmente en los dirigentes que parecen no “estar en el tiempo”. ¡Hay una Iglesia que se mueve y otra que se muere!

La Comunidad de Santo Tomás de Aquino, un presente con memoria y promesa

Tiene una larga historia. Más de 30 años luchando por reformar la sociedad y la Iglesia. No voy a relatar su largo y laborioso proceso de transformación desde la Parroquia Universitaria de Madrid hasta la comunidad que es hoy. Hay algún libro que hace puntualmente este relato. Me refiero al titulado Una experiencia comunitaria de liberación, editado por Ediciones Khaf del Grupo Editorial Luis Vives en 2012. Me limitaré, por razones de espacio, a recoger la impresión que reflejan sobre esta comunidad dos de los obispos profetas y testigos vivos más destacados entre los cristianos y cristianas españoles y latinoamericanos. Me refiero al obispo claretiano y poeta Pedro Casaldáliga y al obispo agustino Nicolás Castellanos, que renunció a la diócesis de Palencia para irse de misionero en Bolivia. Casaldáliga hace la presentación del libro y Castellanos, el epílogo.

Pedro Casaldáliga. “Este libro es una crónica evangélica y evangelizadora, unos Hechos de los apóstoles, un testimonio de una comunidad viva, adulta, corresponsable, encarnada en la hora y en el lugar, en un proceso a veces conflictivo, pero siempre suficientemente lúcido y esperanzado”… No se trata de una comunidad que vive solo algunas dimensiones cristianas y que podría olvidar otras mayores. El libro recoge los apartados mayores del proceso y reafirma el cultivo diario de la formación permanente, de la dimensión celebrativa y de los compromisos colectivos.

Hay que leer este libro, esta crónica de los hechos de los apostólicos en hora y lugar bien concretos y desafiadores, con voluntad fraterna de compartir su riqueza espiritual ayudando a tejer “la red de comunidades” y cultivando siempre las dos grandes dimensiones de la mística y la militancia. Difícilmente encontraremos otras comunidades con la madurez y la fidelidad con que esta comunidad querida está viviendo el Evangelio.

Yo tengo fuertes lazos afectivos y pastorales con esta comunidad madrileña (y mundial). La solidaridad ha sido siempre y seguirá siendo una especie de sacramento a orillas del camino para esta comunidad solidaria y samaritana. El libro termina apelando a Jesús de Nazaret, nuestro Camino, Verdad y Vida. Porque si algo ha de crecer en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, es la pasión por el Jesús del Evangelio y por los pobres del Reino”.

Nicolás Castellanos. “La Comunidad de Santo Tomás de Aquino se interroga como nos interrogamos muchos: ¿cómo ser cristiano en una sociedad marcada por la pluralidad social, política, moral. cultural, religiosa?; ¿cómo ser creyente en una Iglesia, al decir de mucha gente conspicua, anquilosada en el pasado, carente de un discurso atractivo para la sociedad de hoy, con crisis demoledora, inmersa en un “invierno eclesial”, escasamente valorada entre las demás instituciones, al menos en España, sin conectar con la nueva cultura del diálogo democrático, de tolerancia y pluralismo?

En su respuesta, se diseña el camino por los raíles del Evangelio y del Concilio Vaticano II, y se muestra el rostro de otra manera de ser Iglesia enamorada, esposa, madre, samaritana, que camina del brazo de Dios en el tiempo y en a historia y se mueve con agilidad en la cultura actual.

Se trata de un relato humano y humanizador, teológico, teologal y pastoral, liberador y transformador. En esta comunidad corre la vida a borbotones, se hace praxis el núcleo fundamental cristiano. Se plasma en el seguimiento y discipulado de Jesús, que expresa la cercanía de Dios Padre, Madre, Ternura, Misericordia, Amor; se experimenta la pasión por el Reino, se vive la opción evangélica por los pobres, y se expresa la profecía y se vive en parresía. Y en este proceso, no han faltado nunca las huellas martiriales. Ya lo decía Peguy: ‘Tener la verdad es empezar a sufrir; defenderla es empezar a morir”.

 

La ética del cuidado para la transformación de la Iglesia

Montserrat Escribano Cárcel

Dice Joaquín García Roca que: “Cuidar es hoy el epicentro de políticas públicas, de movimientos sociales y de prácticas ciudadanas […] Es a la vez una perspectiva que inaugura una nueva mirada cordial y cooperante, un nuevo modelo frente a los modelos disciplinarios, y una nueva cultura que se origina del acceso de las mujeres al espacio público, de la emergencia de la conciencia ecológica, y de la transformación de las instituciones tutelares” [1]. Parece que una nueva comprensión de los cuidados está tomando cuerpo entre nuestras relaciones personales e institucionales. Se presenta como una nueva perspectiva, un nuevo enfoque capaz de hacernos descubrir otras realidades de la vida humana. Esta novedad se ha hecho evidente, en gran parte, a partir del pensamiento y la investigación de teóricas, pensadoras y mujeres que han hecho de la práctica del cuidado su horizonte vital. La pregunta que surge es si en el interior de la iglesia esta perspectiva del cuidado ha arraigado de un modo tan visible que podamos afirmar que también es “epicentro”.

Uno de los ámbitos donde más se aprecia su desarrollo es en la «ética del cuidado». Según Lydia Feito Grande, se trata de un programa de fundamentación que se pregunta por las razones y los valores subyacentes a la tarea del cuidar. Supone la realización de valores que van más allá de la corrección deontológica y que aspiran a una cierta perfección personal y de las instituciones. Por ello, cuestiona cómo podemos alcanzar lo que es bueno, lo que nos hace felices y no solo aquello que consideramos correcto. La perspectiva del cuidado gravita, según Feito Grande, en una llamada a la solicitud y a la responsabilidad por el otro humano, que no puede sernos ajeno y que se convierte en un mandato moral, no solo privado, sino también político [2]. Esta perspectiva se está aplicando, de modo interseccional, en diversos ámbitos eclesiales de la diócesis de Valencia. En ellos está suponiendo, aunque de modo incipiente, una transformación de la vida eclesial que ayuda a entender vivamente la realidad del Reino o lo que el papa Francisco ha señalado como la necesidad de una «iglesia en salida».

Comienzo por el ámbito teológico. En él, la clave del cuidado ha sido incorporada por teólogas feministas como Marta Alonso [3] o Antonina Wozna [4]. Sus investigaciones han ampliado las posibilidades interpretativas y permiten que la clave del cuidado, aplicada a la teología, sea un punto nuclear desde el que repensar el resto. La presencia de esta clave se ha hecho común en las tareas que realizamos en el Seminario teológico Hágase. Este pequeño espacio reflexivo, dentro de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer, nos sirve para profundizar, de un modo más ético y actualizado. Algunas de las múltiples posibilidades que nos abre el cuidado son la oportunidad de hacer relecturas bíblicas y de determinados teólogos a partir de claves como la reciprocidad, el cuidado o la diversidad. Nos interesan enormemente por tratarse muchas veces de relatos fundacionales, con una presencia honda en la liturgia, en las representaciones plásticas que nos rodean o porque han servido de fundamentación para construir la mayoría de las asimetrías eclesiales padecidas, especialmente, por las mujeres. Así que, aplicar metodologías de análisis, hermenéuticas críticas feministas e incorporar bibliografías de teólogas es, para las teólogas que formamos el Hágase, una tarea de reconocimiento, de reciprocidad y de ir haciendo real la posibilidad política de aparición. Estas claves desvirtúan y se apartan de otras teologías en las que a las mujeres se las presentó como, poco más, que un complemento peligroso y desestabilizador [5].

La aplicación de claves feministas a la teología como son el cuidado, el sostenimiento o el género evidencian que la relación, estrecha y amorosa, entre el Dios trinitario y la humanidad va siempre de la mano de la responsabilidad, la denuncia, el alivio y el cuidado de toda vida. Precisamente, estas claves se hacen patentes en el trabajo que estos años está realizando Cáritas. Uno de estos espacios es, por ejemplo, el programa Jere Jere. En él se atiende a mujeres en contexto de prostitución y trata. Las responsables y voluntarias acompañan sus necesidades de autocuidado y apoyan sus procesos de búsqueda de alternativas para la inserción sociolaboral. Además, este trozo del «hospital de campaña» del que habla Francisco, incluye también la tarea de denuncia frente a los consumidores de prostitución y la concienciación ciudadana ante estos graves modos de violencia.

Quiero, por último, destacar las importantes consecuencias políticas que tiene la incorporación de la clave del cuidado en nuestros espacios y dinámicas eclesiales. Considero que, entre otros muchos valores que aporta, nos permite calibrar más acertadamente la ausencia de reconocimiento de las mujeres bautizadas como sujetos de pleno derecho. No se trata solo de aumentar la cuota de presencia, sino también que pueda acceder a todos los puestos de decisión económica, teológica, doctrinal o litúrgica. Se trata pues de que podamos decidir la agenda eclesial en su conjunto y no, únicamente, que se visibilice o se consideren aquellas tareas que ya realizamos. En tiempos de clericalismo y de acedía espiritual no parece lícito mantener estructuras y mentalidades patriarcales, sino más bien poner nuestra atención orante en las periferias.

[1] Joaquín García Roca (2017), “La construcción social del cuidado”, en Rosa María Belda Moreno (ed.), Documentación Social 187, p. 127.

[2] Lydia Feito Grande (2017), “Ética del cuidado en las profesiones socio-sanitarias”, en Rosa María Belda Moreno (ed.), Documentación Social 187, pp. 29-47.

[3] Marta Alonso (2011), El cuidado, un imperativo para la bioética, Madrid. Universidad Pontificia de Comillas.

[4] Antonina Wozna (2018), Némesis: concepto de justicia en la ética feminista de Mary Daly. Aportación a la visión tradicional de la justicia, la justicia de la representación y la justicia del cuidado. [En prensa].

[5] Natalia Imperatori-Lee (2016), “No solo un complemento”, Iglesia Viva, 268, pp. 117-120.

Simbología religiosa y mujeres

Paula Depalma

A lo largo de la historia de las religiones, las mujeres han generado un lenguaje simbólico y han configurado gestos, ritos y celebraciones para hablar de Dios y con Dios.

Pongo como ejemplo a Egeria, una peregrina hispana del siglo IV que cuenta en su diario de viaje cómo rezaba con la compañía de mujeres santas, leían los Hechos de santa Tecla y agradecían a Dios por la bondad que se manifestaba en sus vidas1. En su diario, llama la atención la variedad de lugares, la espontaneidad de las palabras y el colorido que ofrece la vida a la hora de celebrar la fe.

En este artículo quiero señalar brevemente algunas de las aportaciones de las mujeres a la simbología y a las celebraciones cristianas. De la misma manera que Egeria y sus compañeras se reunían y celebraban con un lenguaje y ritos propios, muchas mujeres hoy también lo hacen de una manera original.

Así nos preguntamos: ¿De qué manera las mujeres pueden aportar claves de actualización en los símbolos cristianos? ¿Es posible renovar la simbología desde una clave de género? ¿Cuáles son los retos de la liturgia hoy desde la perspectiva de las mujeres? Dividimos el artículo en dos partes. En la primera señalaremos los puntos más críticos a la hora de celebrar por parte de las mujeres y en la segunda enumeraremos acentos que ponen las mujeres cuando se reúnen a celebrar.

  1. Desafíos concretos a las celebraciones actuales
  1. La importancia de lenguaje simbólico: hacia un lenguaje inclusivo

Para comenzar quiero resaltar la importancia del lenguaje simbólico. Necesitamos recordar esto: todo lenguaje religioso no puede ser sino simbólico o analógico. La utilización de un lenguaje con pretensiones de precisión, literalidad o exactitud para el ámbito religioso es un error ya que este es siempre inabarcable, misterioso y solo se accede por asombro y desapego. De la misma manera, toda manifestación de experiencia trascendente solo puede ser transmitida por lenguaje analógico, metafórico, simbólico o sacramental.

Desde esta comprensión, el propósito de encontrar lenguajes y gestos inclusivos recuerda al discurso religioso su carácter analógico –no literal– que puede referirse a Dios con imágenes masculinas, femeninas o neutras[1]. Por otro lado, resignifica los símbolos y ritos de manera que sean significantes y significativos para las mujeres y las fortalezca en su accionar y en sus prácticas de fe.

Entre las prácticas celebrativas de mujeres se utilizan generalmente nombres en femenino para Dios, así como actitudes y prácticas que han sido ejercidas por mujeres a lo largo de la historia[2].

A pesar de esta situación, las normativas litúrgicas van en contra de un lenguaje inclusivo, y se ha prohibido, por ejemplo, el Oficio de las Horas inglés elaborado en este sentido por la Comisión Internacional de Liturgia en lengua inglesa (ICEL) en la que están representadas 11 Conferencias Episcopales[3].

  1. La selección y hermenéutica bíblica

En toda celebración hay selección de textos: no todos los textos bíblicos son proclamados y en este proceso no se incluye igualitariamente a las mujeres. El leccionario de la misa dominical[4], por ejemplo, no atiende suficientemente a las historias bíblicas de mujeres. La selección de textos en la liturgia no es, por tanto, neutral sino que se debe a un proceso histórico de selección.

Además, las traducciones e interpretaciones de los textos también están en manos de varones. Un ejemplo del influjo no solo en la interpretación sino también en la traducción del proceso de ingeneración es el de la apóstol Junia, prominente entre los apóstoles (Rom 16,7), a quien se conoció como Junio, aunque este nombre no existiera en griego[5]. La homilía se suma a esta administración de la Palabra en manos masculinas.

  1. El santoral

No solo la selección e interpretación de las lecturas, sino también el santoral, reclama revisión[6]. A pesar de que los modelos de santidad van cambiando, hay que afirmar que los santos son una abrumadora mayoría sobre las santas[7] y que el santoral privilegia varones sacerdotes o religiosos. A ello se suma que no existe memorial o solemnidad para fiestas femeninas salvo en honor a María, la madre de Dios, y recientemente a María Magdalena, mientras que la de los varones abundan como es el caso de san José, de san Pedro y san Pablo y los apóstoles. Las virtudes también responden al patrón masculino siendo la autoridad espiritual, la maestría, la fe heroica y la teología propia de los varones, mientras que a las mujeres les corresponde el cuidado de sus cuerpos virginales y el sufrimiento de largos episodios de obediencia, compasión y humildad.

La crítica a la hagiografía no comienza desde la cuestión abierta por las mujeres, ya que precedentemente había aparecido un fuerte análisis crítico en cuanto al estatus y a las clases sociales desde posiciones étnicas y colonialistas que analizaban las memorias y modelos de santidad[8] y habían llegado a la conclusión de que las gramáticas de santidad se construyen en medio de construcciones culturales y viceversa: la santidad refuerza los códigos culturales. Por ello, tanto en cuanto al género como a la condición social, la memoria litúrgica de los santos refuerza las concepciones predominantes.

  1. La representación y la participación

A pesar de ser mayoría en las celebraciones litúrgicas, las mujeres experimentan una denunciada invisibilidad porque la liturgia tradicional no siempre tiene la capacidad de hacer presente y dar significado a sus vidas e historias. El problema se ahonda más ante la exagerada ritualización de gestos, espacios y palabras que en muchos casos pueden llegar a ser infantilizantes y alienantes para sus participantes.

Como hemos dicho, las mujeres tienen una larga historia de participación litúrgica y de formas laicales de participación. Pero la representación en las liturgias codificadas como tal es prácticamente inexistente. Por eso, las celebraciones propulsadas por mujeres intentan salvar la distancia entre participación y representación.

Más allá de las discusiones teóricas, las exploraciones y nuevas prácticas rituales (como celebraciones en comunidades de base, celebración de la Palabra, celebraciones de mujeres…) apuntan hacia roles más autoritativos, de liderazgo y modelación por parte de mujeres, con una prioridad y atención en la contribución y protagonismo de cada una ellas. El liderazgo compartido, los escritos sobre meditaciones bíblicas y las reflexiones bíblicas en pequeños grupos son generalmente incluidos en estas nuevas celebraciones.

  1. Posibilidades desde la perspectiva de género

Actualmente se están organizando distintos grupos de mujeres que generan celebraciones ecuménicas o interreligiosas. Esta ya “tradición litúrgica” incluye diversidad de contextos a lo largo de los distintos continentes y países como los ritos en Holanda, Alemania, Estados Unidos, Australia, Perú y Corea.

Estos grupos consideran a las mujeres como sujetos litúrgicos autoritativos, hacen una selección de los textos bíblicos, plantean interpretaciones, y, el aspecto más importante, convierten la vida misma en el centro de la celebración.

Al analizar los desafíos de estos grupos para las celebraciones podemos señalar algunos acentos.

  1. Los rituales son producción de la comunidad y no el resultado de los expertos. Así lo sostiene Mary Collins, y Diann Neu lo reafirma al decir que los ritos de mujeres surgen de la solidaridad femenina y del sentido comunitario y de poder compartido[9]. De esta manera, los ritos y celebraciones que surgen de las realidades concretas tienen una significación mayor para sus participantes.
  2. El estilo de vida de las comunidades o grupos, según vínculos evangélicos y traducidos como igualdad y compañerismo, ocupa un lugar central en las celebraciones. Como dice Virginia Azcuy:

Una comunidad de fe que celebra la Eucaristía, pero no construye vínculos de igualdad y compañerismo entre varones y mujeres, no realiza plenamente la gracia sacramental que recibe. Más aún: La cualidad sacramental de nuestras comunidades de fe no puede agotarse en la dimensión objetiva de los sacramentos, sino que debe traducirse en la dimensión subjetiva, comunitaria e individual, de nuestros vínculos.[10]

  1. Este nuevo estilo de vínculos exige repensar el modelo de Iglesia desde la perspectiva sacramental. Según Letty Russell, en su obra Church in the Round, la Iglesia alrededor de la mesa, el compañerismo es una manera de entender las categorías conciliares de Pueblo de Dios y de comunión, privilegiando la óptica vincular y relacional, y sobre todo escatológica y sacramental. El nuevo modelo de relaciones propuesto como clave eclesiológica en torno a las mesas comprende la Iglesia en clave de compañerismo y de libertad, en diálogo y en lucha con la justicia. Esta síntesis eclesiológico-litúrgica asume, resume y da respuestas acertadas a la cuestión.
  2. Las celebraciones no pueden mantenerse ajenas a una consideración crítica del cuerpo que se expresa y sana en las actitudes y en los gestos rituales. La vivencia corporal ha de tenerse muy en cuenta a la hora de pensar los gestos rituales.
  3. Se unifica el interés político y espiritual hacia una transformación cultural que busca superar las opresiones socioeconómicas. Así no es difícil verificar la incorporación de elementos de justicia y de espiritualidad en mutua correlación simbólica.
  4. Se refuerza la sacramentalidad como lugar para pensar la teología. Pongo un ejemplo para ver cómo la interpretación sacramental puede dar lugar al discurso teológico. El famoso texto feminista de “En Cristo ya no hay libre ni esclavo, judío o griego, varón ni mujer” (Gál 3,28) bien puede entenderse desde una perspectiva sacramental como lo hace Marinella Perroni: a partir del Bautismo ya no están estas distinciones, porque en Cristo no existen. La nueva conciencia bautismal puede plenificar la vida y las acciones de las iglesias. Desde esta clave, han de integrarse y retroalimentarse la comprensión antropológica feminista, la eclesiología y la teología sacramental.
  5. La conexión entre belleza y justicia[11] se vuelve también significativa. Para Susan Ross, por ejemplo, la belleza es algo propio de las mujeres que se refleja en su forma de vivir, en sus familias, en el cuidado. Las liturgias, por su parte, son un espacio de arte, de música y de creatividad… susceptibles de expresar esta belleza.
  6. La atención a las particularidades de los participantes puede ocupar un nuevo lugar litúrgico. Por ejemplo, en cuanto a las distintas edades pregunta, Mary Collins: ¿Están preparadas las celebraciones para niños y jóvenes?
  7. Además, existen variados criterios para una adecuada teología sacramental promovida por mujeres como la tolerancia a la ambigüedad para salir de polaridad real-simbólico, la validez-pastoral de las acciones de las laicas, y una conexión entre el símbolo y la comunidad particular conectado a una idea de justicia sin la cual las celebraciones pierden sentido. (Aquí solo hemos citado algunos).

En síntesis, las prácticas de las mujeres y su evolución nos llevan a reconocer sus formas de expresar la fe. La forma concreta de celebrar de las mujeres ofrece claves a la teología litúrgico-sacramental y multiplica las posibilidades y los debates más críticos para plantar una comprensión de liturgia acorde a los tiempos conciliares y en el trasfondo de una sociedad que propugna principios de tolerancia, participación e inclusión.

[1] Ver Elizabeth Johnson, La que es: el misterio de Dios en el discurso teológico feminista, Herder, Barcelona 2002, 91.

[2] Se puede ver Liturgy for all people, un librito publicado por el Comité de Baltimore con las plegarias eucarísticas en leguaje inclusivo. Sobre la polémica acerca del lenguaje inclusivo Marjorie Procter-Smith, “Beyond the New Common Lectionary: A Constructive Critique”, en Quarterly Review (1993) 49-58.

[3] Más que preocupante resulta esta crítica de la Liturgiam authenticam (2001), que cuestiona los criterios y métodos de ICEL hasta el punto de crearse un Comité de 12 expertos para revisar las traducciones de los libros litúrgicos en inglés. Como advierte T. León en su artículo “Misterio” en Mercedes Navarro y Pilar de Miguel (eds.), 10 palabras clave en Teología Feminista, EVD, Navarra 2004, 366, “la pregunta es «¿acaso las 11 Conferencias episcopales que tienen bajo su responsabilidad las traducciones del ICEL no son fiables?»”.

[4] Marjorie Procter-Smith, “La imagen de la mujer en el leccionario” en Concilium 202 (1985), 357-370..

[5] Bernardette Brooten, “Junia” en Women in Scripture: A Dictionary of Named and Unnamed Women in Hebrew Bible, the Apocryphal and the New Testament, Houghton Mifflin, Boston 2000.

[6] Elizabeth Johnson afirma que la historia de santidad de mujeres ha quedado borrada de la memoria colectiva de la Iglesia y, aun cuando son recordadas, sus vidas se interpretan como modelos de virtud que apoyan el statu quo de dominación. Elizabeth Johnson, Amigos de Dios y profetas, Herder, Barcelona 2004, 52-54.

[7] Sobre el leccionario y la presencia de santas se puede ver: Regina Boisclair, “Amnesia in the Catholic Sunday Lectionary” en AA. VV., Women and Theology, Orbys, New York 1995.

[8] Allan Greer-J. Bilinkoff (eds.), Colonial Saints: discovering the Holy in the Americas, Routledge, New York 2003.

[9] Diann Neu, Women-Church, WaterWorks, 1993 (libro-anuario elaborado por WATER).

[10] Se trata de notas cedidas por Virginia Azcuy, de una conferencia en la que relaciona la gracia sacramental en sus dimensiones subjetivas y comunitarias.

[11] Susan Ross, Extravagant Affections, Continuum, New York 1998; Susan Ross, For the Beauty of the Earth, Women, Sacramentality and Justice, Paulist, New Jersey 2006.

Desde el último banco. Las mujeres en la Iglesia

María José Arana

Situada “en el último banco” de la Iglesia, Lucetta Scaraffia observa atentamente muchos aspectos de la Iglesia Católica. El lugar desde el que se otea el horizonte no es indiferente porque como señalaba Engels, no es lo mismo mirar y sentir la realidad “desde una choza que desde un palacio”, así que “el último banco” descubre muchas cuestiones imperceptibles desde otros lugares.

Lucetta se acomoda ahí para observar y hablar de la realidad de la Iglesia desde su condición de mujer bien asumida que afina su mirada y sensibilidad, y desde su condición de católica, interiorizada, y amada. Y ese amor a la Iglesia, palpita en todo el ensayo y desde él, sólo desde él, mira con esperanza hacia el futuro.

Otra perspectiva importante en la que se sitúa esta historiadora, evidentemente es la de la historia, echando de menos esta dimensión en la práctica y visión eclesiástica: “La Iglesia (Institución), no ama la historia” (p. 20), y es que sin ella se distorsionan y se pierden muchos aspectos, entre ellos los que tienen que ver con la propia identidad eclesial; esta pérdida “significa sustancialmente no saber quién se es” o como diría Bernard Lonergan, olvidar esto es como el que padece “amnesia” y se olvida de quién es; es perder el sentido del desarrollo “en el tiempo y perder el nexo con los contextos culturales y sociales en los que fueron vividas y elaboradas estas cuestiones”, aleja de la realidad, empobrece y deforma la investigación… , y que tristemente la Iglesia ha ignorado.

Así pues, la autora entra a muy grandes rasgos desde la Historia y se fija en puntos tan importantes como la formación, la mística, los ministerios, teología, el reparto de poder, e incluso medioambiente, etc., así como otras desventajas y desigualdades que pesan sobre ellas. También se va “encontrando” en “visita rápida” con algunas mujeres de Iglesia más significativas de distintas épocas, sacando a la luz cuestiones conocidas y menos conocidas de la vida y significado de aquéllas en la Tradición Cristiana y del Evangelio. Ese amor a la Iglesia la lleva a descubrir riquezas muy poco exploradas y promueve entrar en ellas desde una mirada femenina para encontrar respuestas, hoy, ahondando en la Tradición para intentar hallar raíces que orienten el futuro…

Un recorrido ágil que va recogiendo aportaciones de pensamiento, místicas, teológicas e incluso biográficas de estas mujeres a las que sin duda y como ella pone en evidencia, la Iglesia no les ha prestado atención ni oído desperdiciando un precioso bagaje de sabiduría y gracia. . Y lo hace contextualizando bien y teniendo en cuenta la mutación profunda de la Humanidad por caminos sociales y, sin duda, también antropológicos.

Son recorridos valientes que evidencia con claridad la riqueza que se pierde –“tesoro ignorado”–, así como las situaciones de desigualdad e inferioridad que ellas han padecido.

Scaraffia no olvida el ámbito de la espiritualidad e incluso de la santidad al que las mujeres no han dejado de aportar generosamente a la Iglesia y en la Iglesia. Recogerlo es un arte, una filigrana de gran valor que aporta un talante inestimable al texto. Desgraciadamente este ámbito suele olvidarse con excesiva frecuencia. Sería muy interesante continuar entrando y descubriendo lo que la autora insinúa como “la santidad nueva”…

Un asunto de incuestionable centralidad en la vida humana y en la preocupación de la Iglesia y especialmente de las mujeres católicas es el de la sexualidad en sus diversos aspectos, ámbito al que la autora dedica el mayor espacio.

Aborda cuestiones tan candentes como la “revolución sexual”, el aborto y su legalización señalando como el punto más dramático al vincular este “derecho” con el de libertad y emancipación de las mujeres, la píldora y anticonceptivos, con la consiguiente separación entre sexualidad y procreación; se asoma a otras cuestiones como homosexualidad, bioética y reproducción asistida, concepción de la igualdad y consecuentemente de la teoría de género (punto en el que a mi entender quizás haría falta más y diferente aportación y profundización de la que aquí se maneja), consecuentemente aparece la cuestión de la identidad del ser humano… Y, por supuesto, la familia, tema central del Sínodo y cuestión fundamental para la sociedad y para la Iglesia.

En toda esta problemática detecta el exceso de prohibiciones, en muchos casos las carencias y echa de menos una mayor atención a la experiencia y a la voz de las mujeres. Realmente la jerarquía acusa una gran sordera y falta de sensibilidad sobre la aportación de las mujeres tan imprescindible. Pero también subraya los que considera aciertos de la Iglesia.

Lucetta se atreve a entrar, aunque sea rápidamente en algo en lo que normalmente no se suele expresar y es el hecho de que no pocos católicos /as “no siguen las normas de la Iglesia respecto al comportamiento sexual”. De hecho, sabemos que son no “solo no pocos”, sino que la cosa está muy generalizada, y por lo tanto, ¿no será éste un asunto en el que se tendría que entrar desde esta situación? Evidenciar este punto tiene una importancia capital y unas consecuencias a las que, sin duda, habría que atender con urgencia.

Hay que agradecer a Lucetta este pequeño ensayo sencillo pero lleno de sabiduría y profundidad; un trabajo sereno y valiente muy necesario hoy. En él queda bien claro que cualquier renovación de la Iglesia o/y de la sociedad civil, ha de contar plenamente con ellas, las mujeres, porque: “Si la Iglesia no recurre a este tesoro ignorado, a esta riqueza escondida, es difícil, creo yo, que pueda iniciar un plan de renacimiento para el futuro próximo”… (p. 103).

La revuelta de las monjas. Del estado de perfección al estado de transformación permanente

Carmen Soto Varela

La Vida Religiosa femenina en general y la española en particular somos un sector de población bastante invisible en nuestras sociedades democráticas. En general en el imaginario colectivo permanecemos fosilizadas en una imagen anticuada cargada de estereotipos que apenas responde a lo que hoy somos o queremos ser las mujeres que hemos optado por vivir un proyecto que consideramos emancipador y encarnado en medio de un mundo cargado de desafíos y amenazado por la violencia y la injusticia.

El Concilio Vaticano II (1962-1965) impulsó en la vida Religiosa femenina un cambio significativo en su modo de entenderse a sí misma como colectivo, pero también dentro de cada instituto en relación a su carisma y a su misión. Las monjas consideradas tradicionalmente iconos de inmutabilidad y estabilidad comenzamos, no sin esfuerzo, a cambiar nuestro estilo de vida, nuestras opciones y nuestro modo de estar en el mundo en este nuevo marco eclesial.

Las transformaciones de este periodo llegaron inicialmente como un huracán, pero fueron adquiriendo un ritmo más lento según pasaban los años, a la vez que se hacían más hondas y determinantes. En el camino hubo incertidumbres, fracasos, divisiones, miedo, pero también esperanza, valentía, novedad e ilusión. Era necesario abrir nuevas sendas, aunque no existían modelos en los que mirarse ni hojas de ruta preestablecidas que permitiesen caminar seguras. No había caminos, pero había un horizonte inmenso de posibilidades que, aunque a veces inciertas, no frenó la pasión y la esperanza de las mujeres que en esa época formaban parte de la Vida Religiosa.

En este contexto de cambio eclesial pero también social, surgieron muchas preguntas que no tenían fácil respuesta y en ocasiones cuando las había eran frágiles o incompletas. La travesía se presentaba difícil y las monjas lo sabían. Al timón de muchas de las instituciones femeninas en esa época posconciliar, estuvieron mujeres audaces, lucidas y de profunda fe que fueron líderes capaces de acompañar e impulsar cambios significativos para sus organizaciones que les permitiesen estar a la altura de los nuevos paradigmas sociales, culturales y económicos que en la segunda mitad del siglo xx estaban naciendo.

La Iglesia en su conjunto tampoco vivía tiempos fáciles y los vaivenes producidos por los avances y retrocesos en la implementación del Concilio afectó de muchas maneras, pero no impidió que una revolución silenciosa se fuese fraguando en las distintas congregaciones religiosas femeninas. Instituciones con solera y tradición que se empeñaron en respirar el aire puro que había traído el Concilio y cada una a su estilo fue adquiriendo un nuevo rostro más ágil y moderno. Fueron desapareciendo los hábitos que uniformaban y creaban un muro entre las religiosas y la sociedad civil. Se democratizaron las relaciones dentro de las casas religiosas, buscando mayor igualdad y equidad en las estructuras y mayor participación en la toma de decisiones. La liturgia se hizo más encarnada y los tiempos marcados anteriormente por la campana comenzaron a regirse por la vida y los acontecimientos.

No todo se consiguió de golpe, pero poco a poco se fue tomando conciencia del carácter profético y provocador que un estilo de vida como el de que las religiosas comenzaban a encarnar tenía a la luz de los nuevos paradigmas teológicos. El redescubrimiento evangélico del seguimiento de Jesús como marca distintiva de todo cristiano y cristiana fue un revulsivo para la identidad de las religiosas que vieron transformadas la concepción de sí mismas, pasando del estado de perfección a un estado de transformación que progresivamente las alejaba de un perfil angélico y virginal para impulsar caminos de compromiso discernidos que daban solidez a sus opciones y madurez a su ser de mujeres consagradas, en un momento en que también se afianzaban los movimientos feministas y sus luchas por la igualdad de derechos y dignidad de las mujeres.

En España todos estos cambios coincidieron con el tardofranquismo y la transición. Las monjas españolas, aunque mucho menos reconocidas que sus homónimos varones, se trasladaron a los barrios marginales, asumieron la causa de los pobres, su memoria y sus luchas. Incorporaron con entusiasmo en sus colegios y obras educativas “los aires modernos” de Europa iniciando sólidos procesos de formación y actualización con gran responsabilidad e invirtiendo fuerzas y dinero.También se fueron innovando y transformando los proyectos dirigidos al cuidado y protección de los más débiles y frágiles al ritmo de las nuevas políticas sociales.

El siglo xxi llegó para nosotras, “las monjas” [1], con nuevos desafíos. La falta de vocaciones persistente en las últimas décadas menguó nuestras fuerzas y posibilidades de responder a los nuevos desafíos sociales y eclesiales, pero eso no anuló la creatividad y la ilusión para seguir buscando y transformándonos al ritmo de la vida y del seguimiento de Jesús.

Aunque nunca es bueno generalizar, “las monjas” en la actualidad somos un colectivo cada vez más consciente de nuestra condición de ciudadanas de un mundo plural y diverso. Somos mujeres con una creciente conciencia feminista que nos lleva a implicarnos cada vez más con grupos y movimientos que luchan por la igualdad de derechos y dignidad de las mujeres tanto en la sociedad como en la Iglesia. Nos sentimos también cada vez más comprometidas con el cuidado de la creación, incluso asumiendo medidas institucionales en favor del cuidado del medio ambiente. Nada nos está siendo ajeno, aunque no siempre tengamos la oportunidad de demostrarlo.

Somos muchas y diversas, pero muy conscientes de ser portadoras de carismas nacidos de la inspiración del Espíritu que siguen siendo fuerza para la vida de las comunidades cristianas, aunque en muchos momentos nos sintamos relegadas a lugares secundarios en una Iglesia que sigue siendo pensada de forma patriarcal. Somos mujeres que, a pesar de los límites, las incoherencias, los fracasos o los silencios creemos en nuestra vocación y nos mantenemos en la brecha.

[1]Al utilizar el término monja asumo el uso popular del término consciente que lo apropiado es diferenciar entre las religiosas de vida activa y las monjas de vida contemplativa.

La Iglesia enredada en la ideología de género: invitación a una apertura transformadora

Neus Forcano Aparicio

¿La “dictadura del género”?

La lucha contra la precariedad bien puede unir la lucha contra el sexismo y la lucha por la justicia social –como sostiene Judit Butler–, ya que comparten la crítica a unas relaciones jerárquicas de abuso de unos sobre otros.

Crece el número de personas que entienden que la causa feminista es una causa común, sobre todo porque la dignidad nos la otorgamos cada uno y, de ahí, la reconocemos en el otro. La dignidad no nos viene de fuera ni el estado podrá garantizar la integridad de todos los cuerpos siempre, aunque no por eso, hay que renunciar a derechos fundamentales y a unos servicios públicos de calidad. Por otro lado, ya me gustaría afirmar que el nuevo auge del feminismo responde a una mayor concienciación social; sin embargo, me temo que se trata de un grito desesperado ante una involución de lo que se había conseguido: la violencia contra las mujeres no desaparece; se produce un retroceso vergonzoso de las políticas de igualdad y de educación sexual; y además, se lanzan campañas mediáticas y de propaganda contra lo que se denomina, interesadamente, “ideología de género”.

Para ejemplificar este retroceso me remito al Informe Sombra (2018) [1] de la Plataforma Estambul, que evalúa las medidas aplicadas en erradicar la violencia de género ante el Consejo de Europa. El estudio suspende al gobierno español por falta de reconocimiento normativo, falta de políticas y de recursos. La ley española (Ley 1/2004) reduce la “violencia de género” solo a la violencia ejercida por la pareja o la expareja y, por lo tanto, deja desprotegidas a víctimas de violencia sexual, violencia doméstica, o de acoso en el trabajo, entre otras. Los recursos dedicados a este ámbito han ido descendiendo desde los 43,2 millones destinados en 2008 hasta los 21,9 millones en 2011.

Jair Bolsonaro gana las elecciones en Brasil el pasado octubre del 2018 y, desde el primer momento de su mandato, promete actuar en contra de la “ideología de género”. La negociación entre los partidos de Ciudadanos, PP y Vox, después de las elecciones andaluzas, amenazaba con incumplir la Ley contra la violencia de género, que en palabras del representante de Vox, responde a la “dictadura de género” impuesta por las políticas sociales y las asociaciones feministas. Una alarma más. El Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona ha publicado un estudio[2] sobre la vulneración de derechos que suponen para las mujeres los vientres de alquiler. La práctica de la maternidad subrogada está prohibida en Españas, pero Ciudadanos ha presentado una proposición de ley más permisiva que facilite trámites a las familias adoptivas que viajan a un tercer país, pongamos Ucrania, a cambio de 40.000 a 120.000 euros. Albert Rivera regalaba unas declaraciones antológicas sobre este tema al decir que “no había nada más feminista que una mujer ayudando a otra”, frase que además de cínica, antepone intereses de centros privados, promueve las mafias de trata y obvia por completo la cosificación de los cuerpos de las mujeres y de los bebés.[3]

¿Se puede creer, de verdad, en “la dictadura del género”? ¿Como puede ser que los avances de la perspectiva de género, que ha permitido analizar las relaciones de dominación entre hombres y mujeres, y que ha permitido la libertad de identidad sexual para muchas personas que no se reconocen en los modelos heteronormativos, se convierta en el objetivo a erradicar?

La Iglesia enredada contra la “ideología de género”

Parte del magisterio de la Iglesia y grupos conservadores se han unido a la descalificación de los movimientos feministas, de las reivindicaciones LGTBI y de las teorías queer. Se suman, de esa manera, a la lucha contra la “ideología de género”, tal como la denominan. Les acusan de abolir las diferencias sexuales, de atacar al núcleo de lo que es el matrimonio heterosexual y la familia; les recriminan que degradan la moral, alientan el desorden sobre las identidades, el desapego de las mujeres hacia la maternidad…

Esta postura tiene su origen en la teología del cuerpo y la noción de “complementariedad” que desarrolló Juan Pablo II hacia los años 80[4]. En aquel momento, interesó hacer un posicionamiento moral, no solo en defensa de la unión matrimonial y la familia cristiana, sino también para argumentar por qué no se podía aceptar la ordenación de las mujeres en la Iglesia. Desde entonces, el concepto de “complementariedad” se ha ido esencializando (se considera “orden natural”), de tal modo que a los modelos de “feminidad” o “masculinidad” les corresponde una misión o función especializada determinadas por el sexo biológico como algo inmutable, en base a una interpretación reduccionista de la antropología cristiana y del relato de la Creación.

No negaremos que la mayoría de los cuerpos femeninos y masculinos “se complementan” unos a otros a nivel físico. Pero incluso en estos casos, no se puede reducir la sexualidad humana a un esquema de un polo receptor-pasivo (por tradición, el cuerpo sexuado femenino) y un polo donador-activo (el cuerpo sexuado masculino). En relación a este punto, tampoco se puede deducir que “ser madre” responde a la “esencia” del ser mujer. Y estamos viendo como desde dentro de la misma Iglesia católica, teólogas que provenían de las teologías de la liberación como Maria Clara Lucchetti Bingemer[5], defienden hoy día presupuestos esencialistas sobre la maternidad que el feminismo de los 70’s creía ya superados.

Así pues, la etiqueta de “ideología” con que estos discursos tildan al relativismo postmoderno cuando defiende que “el género es cultural y no tiene ninguna base biológica”, se puede atribuir a la posición que sostiene que “el dimorfismo sexual determina el género”. Creo que ni una postura ni la otra explican la realidad por completo: los discursos neoconservadores e inmovilistas ignoran que el binomio varón-mujer no sirve para definir todas las experiencias humanas; como tampoco no podemos “elegir” o “cambiar” a voluntad nuestro cuerpo.

Foucault (1995) o Judit Butler (2015) no niegan la existencia de lo material, por eso. Que defiendan que los cuerpos son “performativos”, no significa que cada uno pueda hacer lo que quiera con su cuerpo, sino que la sexualidad humana es compleja, dinámica, no se reduce al sexo biológico. La sexualidad humana implica un diálogo creativo y puede cambiar según las experiencias y las relaciones amorosas.

También la teología fundamental y la antropología cristianas defienden una visión integral de la sexualidad humana que involucra cuerpo, mente y espíritu en lo que es una relación amorosa elegida desde la libertad[6]. Desde una perspectiva trinitaria, la masculinidad o la feminidad tal como vienen marcadas por los modelos hegemónicos, no pueden concebirse como “esenciales”. Si hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios-Amor uno y trino –una sola substancia, tres personas en un plano de igualdad y de comunión, como sostenían los padres capadocios–, nosotros somos capaces de experimentar la reciprocidad del amor-donador, el amor-receptor y la reciprocidad del amor. Decir que la diferencia sexual biológica se corresponde a esencias diferentes para varones y mujeres, equivaldría a decir que la concepción que tenemos de Dios-Amor no es única.

Creo que el feminismo, como el cristianismo, desean la emancipación de cada ser humano. El reto no es desempeñar un “papel” asignado social, cultural o eclesialmente desde el cual me sienta valorada. Esta creencia provoca intolerancia y conduce a una sociedad sexista que repite estereotipos; no me parece que concuerde con el sujeto de amor y libertad a que nos invita el cristianismo.

Recientemente, leí que se consideraba “feminista” la expresión artística de cantantes como Rosalía o la Zowi, a pesar de la sexualización exagerada y del juego ambiguo con la cosificación. Las letras, además, evocan los tópicos del amor-sufrimiento y el amor-dependencia. No hay que moralizar sobre el arte –que juega su papel transgresor–, pero me pregunto si no se trata de una tendencia que banaliza a las mujeres y reduce su identidad personal a la sexualidad. La autora del artículo apuntaba que la emancipación no tiene por qué estar reñida con la cosificación, el juego, el “jugar un papel”. Pues, quiero creer que es desde la subjetivación de cada una y cada uno donde se puede experimentar el placer, el amor, la reciprocidad máxima. Des de la libertad del ser en relación, no solo desde el ejercicio del libre albedrío. Veo que está de moda apropiarse del término “feminista” para aplicarlo como si fuera el sello verde de “ecológico” a cualquier situación donde haya mujeres: ¡otra vez la esencialización!

¿Qué significa, desde una perspectiva cristiana, la invitación a “vivir en verdad y en espíritu” que Jesús dice después de ofrecer a la mujer samaritana el agua viva? ¿Cómo podemos contribuir al debate ético y político de afrontar la violencia sexista, la discriminación por razón de sexo, de identidad u orientación sexual, la homofobia, los abusos a menores y a mujeres, también dentro de la Iglesia?

El diálogo de la mujer samaritana con Jesús: invitación a una apertura más allá del género

Sabemos que desde antiguo, el poder de la palabra en público es un atributo de masculinidad. En la Odisea, el hijo de Ulises interrumpe a su madre ante un grupo de pretendientes y la manda de nuevo a sus estancias a ocuparse del telar y el huso. El joven Telémaco debe arrogarse el poder de controlar las expresiones públicas de las mujeres y silenciarlas si quiere ser considerado “varón” ante los varones, tal como señala Mary Beard[7]. Se trata del mismo principio que perdura contenido también en el conocido fragmento de la carta de Pablo a los Corintios: “Siguiendo la práctica general del pueblo santo, las mujeres deben guardar silencio en las reuniones de la iglesia…” (1Co 14, 34-35).

Por la exégesis feminista sabemos, definitivamente, que las mujeres hablaban en la asamblea, predicaban la palabra y celebraban la eucaristía en las iglesias domésticas de los primeros siglos. A pesar de ello, ¿por qué la concepción aprendida y heredada del poder excluye a las mujeres? Hemos aprendido a condescender ante el otro a quien se le reconoce la supremacía. Tal vez, si entendiéramos por “poder” el mostrar conocimiento, hablar de la propia experiencia y tener autoridad reconocida en el ámbito público, ¿por qué las mujeres no podríamos aspirar a ello? Entendiendo por “poder”, no la posesión del dominio y del éxito, sino la capacidad de ser eficaz, de aportar algo diferente, único, original, al mundo.

Hablar con autoridad es diferente que charlar, murmurar ociosamente o banalmente. En el evangelio de Juan 4, 1-42, el relato en boca de la samaritana sobre su encuentro con Jesús deja atónitos a los hombres del grupo. Ante la tensión que les provoca oír la voz de una mujer que se siente autorizada a hacer de misionera, usan el verbo “lailá” que, en griego, se corresponde a la manera informal de hablar de las mujeres en el ámbito privado y que los varones no controlaban. Pero la transgresión del código de honor que hace Jesús al pedirle agua,

Tal como reza Gálatas 3,28 –“Ya no tiene importancia el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos sois uno solo”–, el relato de la mujer samaritana consigue transgredir fronteras étnicas, religiosas y de género para empezar una nueva relación de amor que la personaliza cuando solo vivía como expresión de un género social. Es referente de apertura y nos libera de algo impuesto, sea el género social (identidad de pertenencia a un grupo, como pasaba en el siglo I dC), o bien sea el género esencializado, justificado en el sexo biológico (el que hoy nos impone el sistema cultural y el poder moral y religioso).

Este pasaje evangélico se interpreta como una escena nupcial: ocurre en Sicar, ante el pozo de Jacob –símbolo de vida y abundancia–, que había permitido la supervivencia de los descendientes desde Raquel y Jacob. La hora del mediodía tampoco no es casual. En el versículo 1,7 del Cántico de los Cánticos[8], la Esposa pregunta al Amado donde apacigua el rebaño y donde descansa al mediodía para poder encontrarse a solas con él. Según Orígenes (siglo II dC), la plenitud solar indica la manifestación del amor entre el Amado y la Amada (alegoría de la relación entre Cristo y el alma humana o, en su correlato, con la comunidad-pueblo-Iglesia).

En un momento del diálogo, Jesús pide a la samaritana que llame a su marido y ella le reconoce que no está comprometida ni bien casada. Jesús le demuestra que conoce lo oculto, que sabe de su pasado y de sus cinco maridos. La samaritana comprende la revelación, lo reconoce como Mesías y acepta el agua viva. Esta imagen esponsal fantástica ha provocado, a la vez, la reducción de la protagonista femenina al resarcimiento de su vida sexual a causa de la referencia a los cinco maridos. Algunas interpretaciones tradicionales consideran a la mujer como una adúltera y como un ser ligado a pecados de tipo sexual[9], cuando nos está sirviendo de espejo para preguntarnos qué relación tenemos con Cristo, y a su vez, nos recuerda la simbología bíblica de la mujer pecadora, metáfora del pueblo idólatra que se ha apartado de la Alianza con el Dios. Podríamos decir que las mujeres no solo somos víctimas por causa de la violencia física en las sociedades patriarcales, sino también de la metáfora o la alegoría.

Lo liberador del mensaje es que incluso el último, el más menospreciado por las convenciones sociales y los códigos de honor, puede humanizarse. Jesús no aplica ningún juicio moral sobre ella, al contrario, la invita a librarse del prejuicio. El nuevo culto ya no tiene que ver con espacios o lugares concretos (el pozo, el templo, el clérigo, la institución, el cargo de poder…), sino con el encuentro personal y la comunión con Jesús. La transformación le devuelve la palabra y una nueva identidad.

Como la samaritana, las nuevas masculinidades o los nuevos feminismos deben promover la emancipación de las personas sin olvidar que “somos en relación”. Marcela Lagarde nos alienta a crear sororidad, que no es un simple sentimiento de afecto entre mujeres, ni una identificación por razón de sexo. La sororidad supone un pacto político para transformar relaciones de dominación y violencia entre personas. La Iglesia tiene el reto, entre muchos, de no preocuparse tanto por el “papel” y el “lugar” de las mujeres en las iglesias como si nos tuviera que “encajar” de algún modo en un sistema que chirría o que quiere inmóvil. Las mujeres somos iglesia, sostenemos las iglesias y nos sentimos iglesia cuando compartimos el pan y la palabra desde la propia dignidad, reconocida en el encuentro con Jesús. Y en este proceso emancipatorio no estamos solas ni somos las únicas que debemos transitarlo; lo caminan los explotados por el sistema económico; lo cursan los que no encajan en las “identidades” cerradas y normativas; y lo buscan todos los varones para liberarse de “masculinidades” opresoras.

[1] “La violencia de género a examen: el Informe Sombra Estambul-GREVIO 2018 recibe el respaldo de casi 200 organizaciones para su presentación ante el Consejo de Europa”, Plataforma Estambul Sombra, 8 de novembre del 2018 (versión pdf on line) [https://plataformaestambulsombra.wordpress.com/]

 

[2] La Vanguardia, 12/2/2019 [https://www.lavanguardia.com/vida/20190212/46405856548/expertos-derecho-etica-ub-maternidad-subrogada-explotacion-mujer.html]

[3] www.publico.es, 23/1/2019 [https://www.publico.es/tremending/2019/01/23/ciudadanos-y-la-gestacion-subrogada-no-hay-nada-mas-feminista-que-una-rica-comprando-el-utero-de-una-pobre].

[4] Mary Anne Case, “The role of the Popes in the invention of complementarity and the Vatican’s anathematization of Gender”, The Law School-University of Chicago, february 2016. Social Science Research Network Electronic Paper Collection.

[5] Maria Clara Lucchetti Bingemer, Transformar la Iglesia y la Sociedad en femenino, Cristianismo y Justicia: Barcelona, 2018; Quaderns, núm. 211.

[6] Para profundizar en este tema, ver Teresa Forcades, “La libertad feminista: Un diálogo entre las perspectivas psicoanalíticas de J. Lacan y N. Chodorow y la teología trinitària clàssica”. Traducción de un artículo publicado en inglés en el Yearbook de la ESWTR, Leuvens: Peeters Publishers, 16/2008.

[7] Mary Beard, La voz y el poder de las mujeres, Madrid: Crítica, 2008.

[8] “Dime, amor de mi vida, ¿dónde apacientas tus rebaños?, ¿dónde los llevas a descansar al mediodía?”

[9] Estela Aldave Medrano, “El desafío de una misionera: la mujer samaritana (Jn 4, 1-42), en Carmen Bernabé Ubieta (ed.), Con ellas tras Jesús; Estella: Editorial Verbo divino, 2010.

Silvia Martínez Cano

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Silvia Martínez Cano es miembro del Equipo de Redacción de Éxodo, profesora de Arte en la Universidad Pontificia de Comillas y de Teología en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid. Es, además, presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas (ATE).

Antes y más allá de los roles sociales, ¿qué puede aportar la identidad femenina a la vida y articulación de la iglesia?

Bueno, creo que la identidad femenina aporta una mirada nueva. Aunque sólo fuera esto ya sería diferente. Las mujeres tenemos otra concepción del mundo porque estamos situadas en otros lugares que no importan. Son lugares que tienen que ver con el servicio. Lugares que tienen que ver con el cuidad de la vida, su sostenimiento y su protección. Aspectos que normalmente no aparecen en los medios de comunicación o las redes sociales.

Vista desde la perspectiva de la democracia, ya universalmente reconocida, ¿qué pensar de la actual estructuración vertical y patriarcal de la iglesia?

La actual estructura de la iglesia es una estructura preconciliar. El concilio quiso que fuéramos más sinodales, más democráticos. Por eso es necesario replantearse cómo son nuestras comunidades locales porque la práctica comunitaria es vital para el cambio estructural. Las mujeres estamos acostumbradas a trabajar juntas, pues el tipo de trabajos y labores que se nos otorgan nos obliga ello. La actual estructura de la iglesia debe cambiar, debe cambiar si realmente queremos una iglesia preparada para el siglo xxi. No puede prescindir de las mujeres pues son la mitad de la sociedad. ¡Y el 80% de la propia iglesia! Pensar en las mujeres significaría repensar una estructura diferente, con otras prioridades y relaciones. Las teólogas españolas nos esforzamos en ofrecer nuevas visiones sobre las relaciones entre cristianos y cristianas y crear nuevas propuestas de cómo crear una práctica eclesial diferente. Es importante para nosotras el lenguaje, pues en él se puede producir una visibilidad o una invisibilidad de las mujeres. Pero a demás del lenguaje teológico y eclesial, es importante la forma de mirarnos, es decir, cuando yo, varón, célibe, o casado, da igual, miro a una mujer ¿qué es lo que veo? ¿Una madre, una cuidadora, un peligro? O una compañera en el camino de Jesucristo… ahí está la cuestión.

Uno de los problemas más graves que afronta actualmente la iglesia es la pederastia, que podría estar relacionada con el celibato eclesiástico, hoy muy cuestionado? Como teóloga ¿qué valoración harías a esta antigua normativa y praxis de la Iglesia Católica?

Como teóloga creo que el celibato eclesiástico es una norma que sirvió para el tiempo en que se impuso en la Edad Media. Fue necesaria para organizar y favorecer la formación del clero en ese momento. Una decisión muy útil. Hoy en día las cosas han cambiado mucho. Nuestra cultura es diferente y entendemos la vida con otros parámetros. Es necesario preguntarse si realmente todos los vocacionados deben asumir la promesa del celibato. Considero que la vocación sacerdotal no es incompatible con la vocación matrimonial. Son aspectos diferentes de la persona y servicios diferentes. Actualmente, la promesa del celibato está vinculada a un modelo de sacerdocio determinado, concebido como sacerdocio en soledad, apartado del resto de la comunidad. Quizá revisando esta comprensión del sacerdocio podríamos encontrar otras propuestas donde el celibato pudiera tener otro sentido para el sacerdocio. No creo, sin embargo que esta problemática esté relacionada con la pederastia en la Iglesia. El pederasta no actúa porque se le obligue a ser célibe, sino porque no tiene respeto a la vida del otro.

Una actividad importante en la iglesia es la liturgia. Vista desde las mujeres, ¿qué transformaciones importantes consideras que habría que acometer en ella, en la forma y en el fondo, para que resulte inclusiva?

La liturgia es una de las cuestiones en iglesia que menos se ha reformado. Creo que no depende de que la mirada de las mujeres pueda cambiarla, sino que depende de cómo seamos, mujeres y hombres, capaces de adecuarla y transformarla a la cultura del siglo xxi. La liturgia está a años luz de ser comprendida como símbolo por los creyentes, incluso por los que tienen un poco de idea de lo que celebramos. En la liturgia hay elementos fundamentales que deben ser revisados. El primero, la participación y la forma de desarrollar el ritmo litúrgico. Por otro lado, el lenguaje. Un lenguaje que no se entienda y no sea comprensible para los fieles, no favorece una celebración consciente y significativa. Por último, las imágenes. Cuando el arte, la música y el ritmo de la celebración no son cercanos a la persona es imposible que la liturgia sea realmente vivida, en profundidad. Las mujeres cristianas llevamos tiempo pidiendo una transformación de la liturgia: una liturgia más participativa, más comprensible. Y que llegue más a la sensibilidad espiritual de cada uno.

En la sociedad dividida y diversa en que vivimos, con masas crecientes de pobres sin hogar y sin alimento, caravanas de inmigrantes y refugiados, ¿es suficiente la caridad y los cuidados o la iglesia necesita hacer algo más y distinto?

Creo que el trabajo de la iglesia en el ámbito de la pastoral social es un trabajo imprescindible para las sociedades de hoy. Con él estamos mostrando que la iglesia tiene un gran potencial de transformación social. Por eso, hay que cuidar las tareas que tienen que ver con el apostolado y con la misión, cuidar a las personas que se dedican a ello y formarlas convenientemente. Favorecer, además, espacios donde la conciencia cristiana de acompañamiento del que sufre se pueda compartir con otras personas no creyentes y generar una sensibilidad social de justicia y de solidaridad. En este trabajo, las mujeres tienen mucho que decir pues son las que han asumido preferentemente el trabajo de los cuidados de otras personas. Si escucháramos su voz probablemente el trabajo solidario y de justicia sería mucho más rico y más creativo. Llegaríamos a lugares que actualmente no son lugares de misión. Hay mujeres cristianas que trabajan en labores pastorales de frontera, como la prostitución o la atención a migrantes… Estas tareas son propias del carácter inclusivo de Jesús. Debemos cuidarlas y potenciarlas, ya que nuestro mundo está lleno de fronteras. Y el cristiano debe ser un creyente de frontera.

Hablando de los cuidados, asumidos fundamentalmente por las mujeres se impone la pregunta por el diaconado, incluso por el sacerdocio de las mujeres. ¿se ha avanzado algo en esta línea de la Iglesia Católica?

Creo que se va avanzando, pero muy lentamente. El hecho de que en este pontificado se esté exhortando a las diócesis para que haya mujeres en los órganos de gobierno y decisión de las mismas es un dato novedoso. Sin embargo, creo que no es suficiente. Creo que hay que seguir avanzando en el diálogo y en la generación de propuestas que se lleven a la práctica de verdad. No sirve sólo con hacer comisiones. La comunidad cristiana está esperando una respuesta al tema de la participación de las mujeres, que en general se ve como evidente. La participación de las mujeres no puede ser siempre en el servicio, pues tienen dones diferentes y muchas de ellas tienen mucha capacidad de liderazgo. Probablemente, si las mujeres estuvieran plenamente integradas en la organización de la iglesia no sólo a nivel sacramental sino también a nivel ejecutivo, esta organización sería diferente. Los últimos estudios históricos de los primeros siglos nos reafirman en que no hay justificaciones para impedir el diaconado femenino. Todas y todos estamos esperando a que Francisco se pronuncie sobre esto. Sería una puerta abierta al diálogo hacia otro tipo de comunidad eclesial. En cuanto al sacerdocio, quizá es más complicado. Es necesaria una revisión previa del Sacramento y de cómo se asume la vocación sacerdotal en la actualidad. En muchas ocasiones encontramos mujeres que se sienten vocacionadas para el sacerdocio. Sin embargo, no querrían vivir un sacerdocio como el que actualmente existe, en soledad y sin contar con la comunidad, tomando decisiones de forma unilateral y desenraizadas del resto de los creyentes. Por tanto, presencia de las mujeres y revisiones eclesiales van de la mano.

Teniendo en cuenta los gestos evangélicos del papa Francisco y también su postura sobre la mujer, el colectivo LGTBI Y el celibato eclesiástico, ¿qué imagen te está dejando este pontificado?

Vivo el pontificado de Francisco y sus propuestas con alegría. Creo que su tiempo es un tiempo de oportunidad, donde podemos hablar y ser escuchados. Quisiera que los cambios fueran más rápidos, pero entiendo que en una estructura tan compleja, con tantas personas y con una larga tradición a sus espaldas, es difícil hacer cambios drásticos. Quizá necesitaríamos algo más de audacia, algo más de provocación, algo más de espacio para decisiones que no dependan directamente de Francisco sino de los obispos, de los agentes intermedios, para configurar las iglesias locales. En estos ambientes es fundamental que mujeres y hombres creyentes nos situemos en posición de diálogo; que hablemos, que no nos callemos, y no sólo denunciemos, sino que también propongamos nuevas ideas para ser y hacer comunidad. Las crisis son siempre el inicio de algo nuevo. Ahora mismo vivimos una crisis profunda en la iglesia: vivámosla, o al menos yo la vivo, como un tiempo de oportunidad. No todo depende de Francisco, depende también de la capacidad que tengamos de influir y transformar lo pequeño para que lo grande se sienta obligado a seguir la estela. Necesitamos aprender hacer política eclesiástica. Con esto quiero decir que Francisco necesita interlocutores que le propongan y le sitúen en la brecha. Por ejemplo, las superioras de las congregaciones religiosas de Estados Unidos están presionando constantemente para que Francisco se posicione en determinados temas que afectan a la comunidad cristiana. No se trata de enfrentamiento, se trata de provocar el diálogo y la acción.

Si estuviera en tu mano, ¿qué transformaciones harías en la iglesia actual española para acercarla al colectivo que Jesús soñaba como continuador del Reino?

Creo que lo primero que haría sería simplificar la estructura eclesial de las diócesis. Hay una gran cantidad de estructuras, consejos o comisiones que actualmente no necesitamos. También reorganizaría el espacio de las diócesis, reduciendo la cantidad de parroquias para concentrar a los creyentes con un enfoque diferente: más desde la pertenencia y menos desde lo territorial. Favorecería el trabajo en red de las parroquias mucho más de lo que se hace actualmente en las Vicarías. También liberaría personas no de forma voluntaria sino con trabajos estables que pudieran animar a la comunidad cristiana. Creo que este trabajo ha de llevarse a cabo no sólo por los sacerdotes sino también por laicos que queden incorporados a esa estructura. Evidentemente, con incorporación de las mujeres. Crearía un consejo de diócesis donde hombres y mujeres participaran de la misma manera. Y no sólo participaran, sino que tomaran decisiones teniendo el mismo peso en la decisión. También diseñaría planes estratégicos de formación para sacerdotes, laicos y religiosos en conjunto, para que el clero y las instituciones religiosas pudieran conocer a través de la empatía y de la experiencia propia cómo es la vida de las comunidades. Se me ocurren muchas cosas más: por ejemplo, hacer las asambleas diocesanas cada cierto tiempo lideradas por los laicos y laicas o tener planes específicos para formación de adultos y de jóvenes, sin que estos planes dependieran solo del clero sino que hubiera un compromiso y una colaboración por parte de religiosos y laicos también, hombres y mujeres. Equilibraría la presencia de clero, religiosos/as y laicos/as en los órganos diocesanos, contaría con los proyectos y propuestas de muchas ordenes religiosas femeninas a las que nadie hace caso y que son tremendamente audaces. En definitiva, iría a lo sencillo, pues nos sobran muchas capas en esta Iglesia de muchos siglos.