Éxodo 145

Helena Maleno

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Helena Maleno (El Ejido 1970) es una periodista española, popularmente conocida por su defensa implacable de los Derechos Humanos especialmente debidos a las migraciones en frontera y a la trata de los seres humanos. Su actividad humanitaria, por la que ha sido frecuentemente amenazada de muerte (“ya me he acostumbrado a vivir bajo esta amenaza”), la ha convertido en la persona “que más vidas humanas ha salvado en el Estrecho”. Por esta labor está siendo sorprendentemente investigada y enjuiciada por las autoridades marroquíes… En medio de su desbordante actividad de este final de verano 2018, Helena ha tenido un pequeño espacio para hablar con Éxodo sobre ella misma y sobre la dedicación del colectivo Caminando Fronteras del que es fundadora.

  1. Naces en El Ejido. ¿Eso fue importante para que surgiera en ti la conciencia que te ha llevado al compromiso actual?

Sí, bueno, nacer en el Ejido me ha marcado para lo bueno y para lo malo. El Ejido es una tierra que ya ha tenido la experiencia de pasar de ser una zona pobre a ser una zona de frontera, con lo que esto supone no solo para las personas sino también para los movimientos económicos que se producen en la frontera. Por una parte, es impresionante constatar cómo se va construyendo día a día el racismo político en la sociedad. Y el Ejido, por desgracia, ha sido un buen ejemplo de este fenómeno discriminatorio. Pero, por otra parte, la zona de frontera es un lugar privilegiado donde crece también y con fuerza la resiliencia o protección y desafío a estas situaciones adversas. Y, todo esto, que se ha dado en el Ejido, me ha marcado profundamente. Por eso sigo queriendo y amando a mi tierra.

  1. ¿Qué te llevó desde el trabajo con los obreros del campo a tu compromiso con lxs migrantes en la frontera Sur?

El trabajo con las personas migrantes nace en mí también de una realidad migrante dentro de la propia familia. Yo soy testigo de cómo el derecho al movimiento está vinculado al mercado de trabajo; he tenido que ver no a personas que se están moviendo, sino a bolsas de trabajadores en un contexto mercantilista (porque el capitalismo mercantiliza a las personas, las despoja de ser sujetos de derecho y las convierte en esclavas de otras personas que tienen privilegios). Cuando empecé a reflexionar sobre conceptos como la externalización de fronteras y las estructuras racistas, sobre la guerra de fronteras y el control migratorio, sobre el mercantilismo de los seres que se mueven… encontré una serie de claves que están definiendo el mundo en la actualidad. Estas son las razones que me empujaron hacia la frontera Sur.

  1. ¿Y a qué te dedicaste desde tu llegada?

Pues a lo que hacemos en el colectivo Caminando Fronteras. Tratamos de monitorear esos espacios de no derecho. Las fronteras se han convertido en espacios de no derecho donde a las personas que circulan por esos espacios le son robados sus derechos, incluso el derecho a la vida.

  1. Se trata de una afirmación muy grave la que acabas de hacer. En la frontera se les está robando a las personas migrantes “incluso el derecho a la vida”. ¿Qué significa esto?

Lo que he dicho. Por esta situación de guerra que estamos atravesando, lo que está muy afectado en las fronteras es el derecho a la vida. Nosotros monitoreamos con llamadas desde las pateras el derecho a la vida, ayudamos a los familiares a la identificación de los muertos y desaparecidos en esta guerra de fronteras. El derecho a tener un nombre después de muerto y a que se te reconozca como víctima; defendemos el derecho de las familias a acceder a la justicia, a la verdad y a la reparación. ¡A que no se repita más!

Este trabajo lo hacemos aprovechando las organizaciones de las comunidades migrantes. Esas organizaciones son muy importantes, no solo porque le plantan cara a las fronteras, sino también porque se enfrentan al poder de las organizaciones criminales que se hacen necesarias para el cruce.

  1. A principios de año fuiste acusada por la policía española por asociación de malhechores y por favorecer la inmigración irregular, y has tenido que defenderte ante el Tribunal de Apelación de Tánger. ¿Cómo has vivido este proceso y cuál ha sido finalmente el resultado?

¿Resultado? Aún no hay ninguno. Estoy esperando a que el juez de instrucción de Tánger decida si archiva las acusaciones tan graves que hay contra mí o bien si abre procedimiento judicial y me juzgan por ello. Espero que, al igual que en la Audiencia Nacional, el proceso se archive también en Tánger.

Mientras tanto, he aprendido a vivir al día, a saber que mi vida no me pertenece y que no sé qué va a pasar conmigo el día de mañana. He aprendido a vivir así y he tenido que enseñar a mis hijos a vivir también de esta manera.

He conocido que durante cuatro años fui investigada sin ningún filtro judicial: Desde el 2012 la ucrif (policía de fronteras del Estado español) —con la colaboración de Frontex (policía de fronteras de Europa) y la policía de Fronteras marroquí— empezó a investigarme, acusándome de traficante; pero, hasta el año 2016 en que lo hizo la Audiencia Nacional, no había enviado ningún dossier a ningún juez.

Mi intimidad y la de mi familia han sido diaria y constantemente violadas. He conocido cómo la policía de mi país enviaba a un tercero un dossier lleno de falsedades, muy difíciles de comprobar en un tercer país. ¡Y eso duele y hace mucho daño! La primera vez que abrí el dossier temblé de miedo, era horrible.

Al final, siempre te queda el resquicio de pensar en la democracia. Pero cuando vi que ese dossier, escrito por autoridades de mi propio país, era más político que policial me sentí con mucho miedo. Aunque, por la ola de solidaridad y apoyo que se levantó en torno a mí, reconozco que soy privilegiada. Otros compañeros y compañeras que transitan por estas fronteras no gozan de esos apoyos que yo he tenido. Tampoco tienen la visibilidad que yo tengo. Reconozco mis privilegios y también sé renunciar a ellos, porque podía haberme ido, pero decidí que tenía que afrontar este proceso judicial y ganarlo para que otros compañerxs no tengan que sufrirlos ahora ni en el futuro.

  1. Estás convencida de que el control de fronteras, además que cuestión ideológica, es un negocio. ¿En qué te basas para hacer tal afirmación?

Es una cantinela que nos han vendido a la ciudadanía. Siempre se nos ha dicho que el control migratorio está por encima del derecho a la vida. Y eso, por desgracia, se ha normalizado. Se normaliza el Tarajal, se normalizan las víctimas de las fronteras… Hubo un amago de reacción mundial favorable a las migraciones, ante la desgarradora imagen del niño Aylan ahogado en la costa turca. Como en Tarifa y Cádiz, en muchas partes la gente acogedora se organiza. Pero, la verdad es que pronto pasó la impresión y las aguas han vuelto a su cauce. Hoy día hay un auge importantísimo de la extrema derecha y de los discursos racistas y xenófobos en los que se aboga por la muerte de las personas antes que por la acogida. El racismo institucional es un grave peligro. No hay más que observar lo que está ocurriendo en estos días en la UE, antes tierra de acogida y asilo.

  1. ¿Cómo afecta especialmente a la mujer la actual política de migración en las fronteras?

La mujer. Bueno, imagínate en una frontera racista, dominada por las industrias de la esclavitud y de la guerra, una frontera neocolonial. La violencia que se ejerce contra las mujeres y contra la infancia que emigra es tremenda. Las mujeres ponen el dinero, pero también ponen el cuerpo.

En el último informe que he trabajado, la alianza por la solidaridad, las mujeres me decían que ya habían normalizado la violencia sexual como un precio a pagar en el camino migratorio. No solo pagas con dinero lo que te cuesta la migración, sino también la pagas con tu cuerpo. Porque, al final, estas son fronteras patriarcales, machistas. Las agresiones no solo vienen de las sociedades de tránsito y de los funcionarios, sino también de los propios compañeros migrantes. Y el cuerpo de las mujeres se mira como una mercancía más en esas industrias de la esclavitud. Como una mercancía más que se pide desde nuestra Europa privilegiada. Hay una demanda de mujeres y, si me apuras, de niñas.

Eso tiene un impacto indescriptible en los cuerpos de las mujeres. Hay mucha gente que se enfada cuando publicamos las cifras de mujeres y de la infancia que está también implicada. Pero, desde nuestro punto de vista, es una estrategia para visibilizar el horror de esa política de fronteras.

  1. ¿Qué hay de bondad y de populismo en la acogida del Aquarius y del Open Arms por parte del Gobierno español?

El Aquarius ha sido pura política del espectáculo. Porque era horroroso ver cómo se les estaba esperando, cómo se les metía en autobuses, abandonándolos luego en ciudades como Granada o Málaga. Y las organizaciones sociales reaccionando ante el inhumano espectáculo de ver cómo se les pagan billetes para que se vayan a Barcelona o Bilbao o intenten irse a Francia y otros países del Norte. Hay que reconocer que nosotros tenemos unos sistemas de acogida muy racistas, deficitarios y muy duros… Mientras tanto, veíamos el triste espectáculo de la España buenista de la que tampoco está ausente el racismo.

Pero el efecto del Aquarius ha durado muy poco. Inmediatamente hemos visto cómo se ha puesto en marcha la otra política, la real. Porque tenemos un servicio público de acogida que está pidiendo ser reforzado para ser verdadero. Y, de momento, se está subcontratando o dejando que alguna ONG vaya y salve a los negros. Esto no se hace con los orgullosos yates cuando se encuentran en peligro. Para estas ocasiones sí que existen recursos; pero para los migrantes se escamotean porque, al fin, son de otro nivel.

Ya sabemos que el ideólogo de la construcción de esta política migratoria de la frontera Sur ha sido siempre el Partido Socialista. El PP les ha seguido con gusto. De hecho, las redadas de migrantes que se están haciendo en Marruecos hoy día nos retrotraen al 2005, cuando las expulsiones al desierto con Moratinos. En definitiva, mera política del espectáculo.

  1. Aunque ya lo has dicho, me gustaría que resumieras en pocas frases la problemática y la política de las administraciones públicas en las fronteras.

Por un lado, ha sido sobre todo un negocio; y, por otro, el control migratorio se ha impuesto sobre el derecho a la vida.

Estamos asistiendo, además, a otros fenómenos muy negativos que ensombrecen la historia humana, como el asentamiento de un racismo institucional que construye una zona de no derechos en la frontera o el incremento de víctimas y muertes; estamos viendo, también, una mayor y denigrante mercantilización de los otros y de las otras en nuestros mercados de explotación laboral y sexual; y es alucinante, constatar, en países democráticos, el crecimiento de la extrema derecha con discursos xenófobos que son asumidos por casi todos los partidos políticos, etc. Todo esto es muy peligroso y puede llevarnos, en pocos años, a una situación insostenible. Pero también, es justo reconocerlo, están surgiendo movimientos humanistas acogedores que saben coordinarse con las organizaciones de migrantes en vistas a abordar este magno problema.

  1. Precisamente, hablando de acogidas, ¿qué tipo de complicidades encuentras/áis en este arduo y humanitario trabajo?

Para nosotros lo más importante es la alianza con esos pueblos que se mueven, los pueblos de la diáspora. De ellos hemos aprendido muchísimo: cómo ser resilientes, cómo ejercer la dignidad, cómo poner el cuerpo despojado de privilegios. Yo he afrontado este proceso judicial con muchísima fuerza porque me he reconstruido con los compañeros y compañeras de la diáspora migratoria. Esas son las solidaridades que más nos protegen.

También hemos recibido con mucha ilusión y esperanza los movimientos espontáneos que se han creado en los distintos pueblos europeos, que se están organizando y están construyendo otro discurso. Se están reinventando ante esta realidad y la clave está en esa alianza entre los pueblos, el de la diáspora y el andaluz, catalán, marroquí, etc. La clave está en que podamos encontrarnos los seres humanos, que podamos rozarnos y romper ese muro que intenta beneficiar a los dirigentes políticos y a las empresas a las que sirven.

  1. Finalmente, ¿qué aporte específico suponen para ti y tu compromiso con la vida las confesiones religiosas?

Lo que me viene a la mente inmediatamente es algo que decir los compañeros y compañeras cuando ya nada queda, cuando el Estado les ha fallado. Pues bien, cuando ese Estado europeo, levantado sobre la razón y que considera al ser humano como centro del mundo, comete las atrocidades que está cometiendo, ¿quién te queda? Solo Dios, c’est Dieu la forst, dicen ellos y ellas. Cuántas veces hemos llamado a una patera, cuando España no podía llegar y el salvamento de Marruecos no llegaba, y oíamos a los familiares decir: “Dios los salvará”. Cuántas veces hemos visto desapariciones y muertes y a los familiares diciendo: “es la voluntad de Dios”.

No, no es resignación, es una forma de resistencia y denuncia de ese Estado racista que, al final, nos ha traicionado a todos. Porque quién me iba a decir a mí que esta democracia del Estado español pudiera llegar a vulnerar mis derechos fundamentales y los de mi familia y llegar a hacer tanto daño como me ha hecho a mí y a los seres a los que quiero. Cuando ya no te queda nadie, te queda Dios, Allah o como quieras llamarlo, esa Fuerza que nos une contra las políticas que nos separan.

Migrantes y refugiados. La batalla se libra en el discurso

Javier Fariñas Martín

Tic, tac. Uno. Tic, tac. Dos. Tic, tac. Tres. Tic, tac. Cuatro.

Cada número con su nombre.

Con sus apellidos.

Con su historia.

Con su vida.

Con todo.

O con nada.

Tic, tac. Cinco.

Y así hasta 68,5 millones.

De personas.

Durante el año 2017, cada dos segundos una persona tuvo que emprender un desplazamiento forzoso en el mundo. Si esa larga hilera se hubiera organizado, cada dos segundos hubiéramos visto cómo un hombre, una mujer, una niña o un niño, dejaba su casa con un destino más o menos incierto. Así hasta completar una lista de más de 68 millones de historias personales. De ellos, 25,4 millones fueron refugiados. Son datos del informe Tendencias Globales 2017 de ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, publicado en junio de 2018. Según indican, han contabilizado casi tres millones más de refugiados que en el año anterior. Se trata del mayor incremento experimentado en los últimos años. Entre los países causantes de tal crisis humanitaria se encuentran viejos conocidos como Siria, República Democrática de Congo o Sudán del Sur, junto a nuevos inquilinos de este poco glamuroso hábitat como Bangladesh, que ha recibido a cientos de miles de rohingyas procedentes de Myanmar.

Si en lugar de una simple enumeración, ACNUR hubiera incluido la filiación de esa eterna lista, las causas y consecuencias del fenómeno migratorio cambiarían. Porque el número asusta (68,5 millones), pero en (demasiadas) ocasiones nos conformamos con cuantificar los fenómenos para no encontrarnos con las personas (68,5 millones) que hay detrás.

Una de ellas es Dinai But Ruach, de Sudán del Sur, 18 años. Cambió su país natal por Etiopía en 2017. Vive en Gure Shombola, un nuevo campo abierto por uno de los países que ha hecho de la acogida algo habitual. Etiopía, con 889.400 personas refugiadas dentro de sus fronteras, se ha convertido en el noveno país más acogedor del mundo. «Sudán del Sur no es bueno para nosotros. Hubo peleas, disparos, se llevaron niños. Las casas, incluida la mía, fueron destruidas». Son palabras de Dinai.

¿Más nombres?

Tic, tac.

Mutaybatu. De profesión, abuela. 55 años. Es una rohingya sin protagonismo en los informativos. Huyó como pudo. «Caminamos durante 10 días y luego cruzamos en bote. Fue un viaje lleno de dificultades, no teníamos comida, de vez en cuando comíamos lo que podíamos encontrar como hierbas y malezas u hojas de los árboles».

El rostro del éxodo

Nombres aparte, en una generalización apresurada, se puede afirmar que la mayoría de desplazados forzosos, ya sean migrantes o refugiados, son naturales de países en desarrollo; que casi dos tercios de las personas que tienen que salir de sus hogares son desplazados que se quedan en su propio país a expensas de que la situación mejore; y que la mayoría de los que salen de sus fronteras lo hacen para quedarse en las naciones limítrofes. Etiopía, país del que hablábamos antes, es un ejemplo. Uganda, que ha absorbido buena parte de las víctimas de la crisis de Sudán del Sur, otro. En la zona de los Grandes Lagos, la mezcla de refugiados congoleños, ruandeses o burundeses es una realidad. Los rohingyas en Bangladesh. Los centroamericanos por cualquier país de la zona. Los venezolanos que han optado por países del entorno… Lo que puede parecer la excepción resulta que es la norma. OXFAM Intermón en su informe Origen, tránsito y devolución. Las personas refugiadas y la crisis política de la UE advierte que «las lógicas de movilidad internacional tienen un patrón esencialmente regional […]. Perder esta perspectiva lleva a hablar de ‘llegadas masivas’, ‘asaltos’ y ‘crisis de fronteras’ de Europa, alimentando una percepción distorsionada de la realidad. La opinión pública y los electores de los Estados miembros son cada vez más sensibles al discurso del miedo, la seguridad y la identidad, sustrato del discurso antiinmigración». El número de migrantes y refugiados que optan por dar el salto a Occidente es minoritario, a pesar de que los medios de comunicación y los políticos solo se fijan en esa parte (interesada) del fenómeno.

Y se detienen en ello, sobre todo, cuando surgen líderes políticos que exacerban sus proclamas contra los migrantes y refugiados –el celebérrimo Donald Trump y otros tantos como él, entre los que encontramos a varios presidentes y líderes europeos–, o cuando un niño llamado Aylan yace en la mesa de nuestro salón a la hora de la comida; o cuando otro llamado Adou pasa la frontera hispanomarroquí dentro de una maleta; o cuando los centroamericanos pretenden atravesar el muro que divide Estados Unidos de México aupados (literalmente) a un tren apodado La Bestia; o cuando se cuentan por decenas o centenares los caídos en el desierto del Sahara o ahogados en el Mediterráneo. O cuando.

En definitiva, caemos en la cuenta de su existencia cuando han dejado de existir. Cuando mueren o en las ocasiones en las que su periplo se convierte en una aventura tan épica que llama nuestra atención. La migración y el éxodo se han convertido en dos realidades peligrosas. En 2017, ACNUR reconocía que uno de cada 49 personas que se planteó ese reto falleció o desapareció. Entre enero y julio de 2018, el porcentaje se elevó peligrosamente: uno de cada 31 no logró el objetivo.

El Mare Nostrum se puede haber convertido en la gran valla fronteriza de nuestro continente. Tan solo entre junio y julio de 2018 fallecieron en sus aguas 850 migrantes, casi un 30 por ciento más que el año pasado en esos dos meses. Todo parece indicar que el endurecimiento del control fronterizo es causa directa de esos fallecimientos. Así lo señaló Matteo de Bellis, investigador de Amnistía Internacional al presentar el informe Between the devil and the Deep blue sea, cuando indicó que «el reciente aumento del número de muertes en el mar no es solo una tragedia; es una vergüenza». Algunos periodistas expertos en el fenómeno migratorio como Naiara Galarraga Gortázar se refieren al Mediterráneo como «el mayor cementerio de inmigrantes y refugiados del mundo».

A pesar de todo, el tópico sigue haciendo que nos preguntemos por qué quieren venir. Por qué lo siguen intentando. Por qué no se cansan. Parte de las respuestas tienen que ver con las guerras, la corrupción, el hambre, la falta de perspectivas de futuro o la persecución por causas políticas o por la condición sexual o religiosa de los migrantes o refugiados. La inclusión de todas esas motivaciones en un saco común hace que en muchas ocasiones no seamos capaces de desmarañar a aquellos que buscan migrar solo por una legítima aspiración de una vida mejor de aquellos que viven amenazados en sus países por su condición sexual o religiosa, o por disentir del partido en el poder.

Las todavía recientes devoluciones en caliente que el Ejecutivo español autorizó el pasado mes de agosto mostraron esta realidad con precisión. Se expulsó por la puerta de atrás con tanta premura a un grupo de 116 subsaharianos –pasaron apenas 29 horas en Ceuta– en base a un acuerdo bilateral con Marruecos fechado en 1992, que no tuvieron tiempo de la asistencia que reconoce el propio acuerdo y que se incluye también en cualquier protocolo de actuación internacional sobre migración. La llegada a Ceuta del centenar largo de subsaharianos llegó pocas semanas después de otra, mucho más numerosa, en la que superaron vallas y concertinas más de 600 personas. En la hemeroteca abierta que es Internet encontramos en numerosos medios una frase atribuida al ministro del Interior español, Fernando Grande Marlaska: «¡Les quiero fuera ya!». Desde el Ejecutivo se justificó la acción en base al acuerdo del 92 y exponiendo que ni había menores ni solicitantes de asilo. Debido al número de personas, 116, y a las prisas con las que se ejecutó la acción, la duda es más que razonable sobre el incumplimiento de la palabra dada y firmada.

Volvamos a las causas del fenómeno migratorio o de refugio. Junto a las ya enumeradas, encontramos otra no menos frecuente: la migración o el éxodo por causas medioambientales. Fenómenos meteorológicos extremos –las sequías están causando en los últimos años estragos en numerosos países en desarrollo– generan hambrunas sistemáticas en zonas determinadas del planeta. Junto a estos efectos causados por la naturaleza –en los últimos años países como Zimbabue, Zambia, Sudán del Sur o algunas zonas del Cuerno de África han visto severamente comprometidas sus cosechas por sequías severas–, están aquellos provocados por la codicia de las grandes multinacionales, que esquilman los recursos naturales de América del Sur, Asia o África sin rubor. Los casos de abusos de las grandes corporaciones, capaces de desecar estados de India tan solo para fabricar refrescos; legitimadas para devastar el Delta del Níger a través de la explotación petrolífera; o para arrasar con la gran reserva de la biosfera mundial, la Amazonia, son más que frecuentes. La política de tierra quemada, el acaparamiento sistemático de tierras o la imposición del uso de transgénicos, está provocando millones de desplazamientos. ¿Por qué? Porque en su lugar de origen ya no quedan recursos de los que vivir. Aunque no se quiera ver así el fenómeno, estamos ante una migración forzosa, en la que Occidente tiene mucho que ver. Es culpable o cómplice, por acción o por omisión.

Sin ánimo de agotar la casuística del fenómeno migratorio, apuntamos una opción más: el ser humano tiene derecho a migrar. Nadie puede impedir –teóricamente– a un semejante que migre. Apelar a la Declaración de los Derechos Humanos, después de la retahíla de dramas directos e indirectos enumerados, puede parecer una boutade. Pero, ante todo, cualquier persona tiene derecho a migrar, aunque para unos sea más fácil que para otros. No todos los individuos son contemplados bajo el mismo prisma. Hay migrantes de primera y de segunda. Estos últimos son los protagonistas de los párrafos anteriores, aquellos que llegan a Occidente con un sueño en la maleta y un futuro por escribir. Los privilegiados, por el contrario, son las élites deportivas, económicas o culturales. Cuando el migrante brilla en cualquiera de estas lides no hay mares que cruzar en patera ni vallas que saltar. La enumeración de sus nombres podría ocupar buena parte de estas páginas. Da igual de dónde procedan. Si el migrante –porque ellos también lo son– descuella en el deporte de élite, en la música o es, simplemente, rico, no hay trabas. La cuestión, por tanto –y esto sería tema para otra reflexión–, no es si somos capaces de acoger al migrante, sino de qué condiciones deben concurrir en él o en ella para que le abramos los brazos y le consideremos uno de los nuestros. Pero, repito, eso es tema de otro debate. Mientras tanto,  la sociedad,  como la clase política, debe afrontar el reto de dar respuesta a una realidad para la que no cabe la indiferencia, y que en ocasiones solo provoca hostilidad.

En el informe Antinmigración. El auge de la xenofobia populista en Europa, elaborado por la Fundación porCausa, «hoy la antinmigración se produce en un contexto económico y tecnológico muy diferente, en el que la imbricación de intereses, el acceso a la información y la capacidad de cruzar fronteras de forma legal o irregular hacen mucho más difícil introducir medidas proteccionistas extremas. Pero esta dificultad no ha hecho más que disparar la frustración de sociedades que han sido al mismo tiempo castigadas por la Gran recesión y espoleadas por un discurso populista que ofrece soluciones simples a desafíos extremadamente complejos». Europa, la humanista y garante de las libertades, Europa debe dar un paso al frente, que no siempre tiene la valentía de ejecutar.

En un mundo de apariencias, la dirigencia europea parece dispuesta a terminar de una vez por todas con las causas que generan un fenómeno migratorio cada vez más relevante y con una mayor presencia en los medios de comunicación. Repetimos: en apariencia. Para explicar este posicionamiento, pueden servir como ejemplo el discurso de Jean-Claude Juncker en el último Debate sobre el Estado de la Unión, que tuvo lugar el pasado mes de septiembre. En su intervención, el presidente de la Comisión Europea recordó que «África no necesita caridad, sino una cooperación auténtica y justa». Esa relación «auténtica y justa» –reiteramos las palabras del luxemburgués– evitaría un flujo migratorio que, en la actualidad, parece difícil de frenar, y más teniendo en cuenta por dónde irán las políticas europeas en el futuro.

La Unión Europea, que se ha jactado históricamente de ser el principal donante de los países en desarrollo, para el período 2021-2027 –en lo que el organismo continental denomina como el Marco Financiero Plurianual (MFP)– va a destinar a África subsahariana, según Euractiv, 28.300 millones de euros, un 7 por ciento más que la cantidad destinada al mismo fin en el MFP para el período 2014-2020. Euractiv advierte también que la fijación de la Comisión Europea con África también tiene que ver, y mucho, con el tema de seguridad, ya que para el sexenio 2021-2027 prevé destinar 30.830 millones de euros a cuestiones relacionadas con África subsahariana: en concreto a aquellos que quieren venir a territorio europeo. La migración y la gestión fronteriza son las partidas beneficiarias de tal cantidad. Por tanto, la UE dedicará más fondos a proteger las fronteras que a promover el desarrollo en el vecino continente del Sur. En concreto, Euractiv explica que a la gestión de las fronteras dedicará 18.800 millones de euros, lo que supone cuadriplicar la partida dedicada a este fin en el MFP 2014-2020, cuando la cantidad ascendió a 5.600 millones. Euractiv reconoce que «al menos la mitad de estos fondos podrían terminar dedicados a contrarrestar la migración irregular, ejecutar devoluciones y apoyar a los Estados miembros con recursos adicionales para proteger sus fronteras en caso de situaciones de emergencia».

Este discurso ­–pero también esta forma de hacer política– no resulta en absoluto contradictorio con los que pronunciaron los presidentes de las principales instituciones europeas en otoño de 2017 cuando recibieron el Princesa de Asturias de la Concordia. Jean-Claude Juncker, de la Comisión; Donald Tusk, del Consejo Europeo; y Antonio Tajani, del Parlamento Europeo. Los tres aprovecharon la coyuntura para apoyar al Gobierno de España en un asunto interno y para resaltar la importancia del ombligo europeo. Poco quedó del compromiso con los menos favorecidos. Hay que empeñarse en encontrar entre líneas lo que hubiera sido muy fácil explicitar: la UE es solidaria y hermana de los pueblos que también ayudan a construir Europa. Pero aquello no salió de sus bocas.

Entre el discurso político y la realidad

Icónica fue la imagen del entonces primer ministro italiano, Enrico Letta, en el funeral en Lampedusa (en realidad, la primera Lampedusa, aquella que se llevó el 3 de octubre de 2013 la vida de, al menos, 366 personas). Allí aparecía solo y consternado, arrodillado ante uno de los féretros que componían una hilera interminable. Sí, el primer ministro arrodillado cuando a las familias se les impidió acudir. Letta protagonizó una imagen perfecta en cuanto a composición, estética, pero también indicativa de la preocupación de la clase dirigente europea ante el problema migratorio, que no es otro que un problema de imagen política, de qué mensajes lanzar a la opinión pública para obtener el rédito electoral pertinente. La fotografía de Letta es una de tantas.

En julio de 2018 Austria asumió la presidencia rotatoria de la Unión Europea. En esta cita, el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, fue preguntado por el fenómeno migratorio y por la llegada de personas a territorio europeo, procedentes especialmente de África subsahariana. Ante esta realidad, y ante la posibilidad de que para 2050 la población africana alcance los 2.500 millones de personas, Tajani reconoció que si la UE no actúa, los flujos que ahora conocemos serán una minucia con los que se aventuran para tal fecha. De forma más o menos literal, el político italiano señaló que «Veremos movimientos bíblicos de personas del sur al norte». El aviso para navegantes de Tajani encontró su complemento en las palabras de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, para quien «la afirmación de que no estamos haciendo nada por África no se ajusta a lo que en realidad estamos haciendo». El tercer protagonista del solemne evento, el canciller austriaco Sebastian Kurz, anunció un cambio de paradigma en la política europea sobre el fenómeno migratorio. Entre julio y diciembre de 2018 la prioridad de la UE será garantizar las fronteras del conglomerado europeo. El lema de esta presidencia es “Una Europa que protege”. La pregunta es a quién y cómo.

Un barco, el Aquarius, y alguna que otra irrupción numerosa por la frontera mediterránea, han destapado las incongruencias de un sistema que ha dado la espalda definitivamente a los vecinos del Sur. El primer –y mediatizado– episodio del Aquarius, en junio de 2018, abrió la caja de Pandora de la confusión. Mientras que algunos países, con Italia a la cabeza, ladeaban enérgicamente la cabeza ante la posibilidad de que el barco, con un puñado de migrantes a bordo, pudiera tomar tierra en algunos de sus puertos, el Gobierno español ofreció los espigones de Valencia como toma de tierra con la realidad. El desembarco, con amplia cobertura mediática y política oscureció lo que vino después: el olvido de los que allí llegaron. Algunos líderes europeos tuiteaban y pregonaban futuras políticas y proponían miradas más limpias sobre un fenómeno viciado desde su origen. Agua de borrajas, como casi siempre.

Dos meses más tarde, el segundo –y menos mediatizado– episodio del Aquarius, con otros cuantos migrantes a bordo (Tic, tac. Uno. Tic, tac, dos…) nos devolvió a la realidad. Los puertos no se abrieron. Las proclamas buenistas se tornaron pragmáticas. Europa first. E, incluso, Matteo Salvini, el rostro más visible del Gobierno de Italia, puso en los dos platillos de la balanza del bien y del mal el hundimiento del puente de Génova y la no llegada del Aquarius a puerto italiano alguno. Era el 14 de agosto: «En un día tan triste, noticias positivas. El ‘Aquarius’ atracará en Malta y los inmigrantes a bordo se distribuirán entre España, Francia, Luxemburgo, Portugal y Alemania. Como prometí, no en Italia, ya hemos hecho suficiente», dijo.

Este tipo de discursos y actitudes no es, por extraño que nos parezca, nada más que la consecuencia de una política migratoria común que comenzó a fraguarse en el ya lejano 1985 cuando se rubricó el Acuerdo de Schengen, que supuso la eliminación de las fronteras exteriores entre los países firmantes. Este acuerdo, que afecta en primer lugar y teóricamente a los residentes de la zona Schengen, contempla asimismo unas pautas sobre cómo acceder a la misma, así como a la concesión de visados para tal fin. En 2004, y para fortalecer la vigilancia del entorno Schengen, nació la Agencia Europea de Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de la Unión Europea (Frontex), cuyo presupuesto no ha dejado de crecer desde entonces (de los 6,2 millones de 2005 a los 302 millones de 2017).

Desde entonces hasta la fecha se han rubricado tratados como los de Maastricht, Ámsterdam o Lisboa, en los que se ha insistido en la competencia migratoria en los tratados de la propia Unión Europea; o se han producido diversas crisis migratorias –algunas de ellas con España como protagonista, como la ‘crisis de las vallas’ en 2005, que provocó el refuerzo de las vallas de Ceuta y Melilla; o la ‘crisis de las pateras’, un año más tarde, con intentos de entrada a través de embarcaciones por el archipiélago canario–; hasta llegar a la Agenda Europea sobre Migración, del año 2015, que de momento es el último instrumento comunitario para abordar el fenómeno migratorio. Esta Agenda, según la Fundación porCausa «consolida las tendencias que venían planteándose a medida que se adoptaba un enfoque común: securitización, privatización, externalización y asistencia humanitaria de la política migratoria común basada en el control de las fronteras exteriores».

El Consejo Europeo, en su reunión de junio de 2018 abordó la crisis de migrantes y refugiados iniciada en 2015. Para el Consejo, las medidas adoptadas fueron satisfactorias porque «El número de cruces ilegales de fronteras detectados hacia la UE se ha reducido en un 95 por ciento en comparación con las cifras máximas que se alcanzaron en octubre de 2015». Por tanto, marcos como la Agenda Europea sobre Migración provocan el rédito deseado, aunque pasemos por alto que «una población 70 veces más grande que la que intenta acceder a Europa de manera irregular vive en la Unión como inmigrantes legales» y que «la mayor parte de ellos procede de otros Estados miembros», tal y como asegura OXFAM Intermón en Origen, tránsito y devolución. Las personas refugiadas y la crisis política de la UE.

¿Y la ciudadanía?

La solución al fenómeno migratorio y de refugio debe ser holística. Aunque los dirigentes de las naciones y las organizaciones regionales, transnacionales y mundiales tienen que asumir su cuota de responsabilidad, no es menos cierto que la sociedad también ha de sentirse interpelada por esta realidad. Si tomamos como referencia la UE, los eurobarómetros de octubre de 2017 y marzo de 2018 marcan una tendencia peligrosa para la integración de los que han nacido fuera de la Unión. Los eurociudadanos creen que la población no unionista es mucho mayor a lo que realmente es.

Junto a esa percepción de que son más de los que son, migrantes y refugiados se enfrentan a otro tópico, el que les coloca como depredadores que esquilman los recursos públicos de los países de acogida. Este efecto se produce, de manera singular, en épocas de vacas flacas económicas. Cuando las economías europeas bufaban como un tren de vapor en medio de una llanura, nadie reparaba en la presencia benéfica de migrantes procedentes de cualquier parte del mundo. Pero con el arranque de una crisis de la que la sociedad no termina de ver el fin, las cosas cambiaron. Esa falsa intuición es el germen de la aparición de una aversión, cuando no xenofobia, hacia aquellos que quieren vivir entre nosotros. Percepción o intuición que se revelan falsas. El Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS) ha estudiado el impacto económico de migrantes y refugiados en 15 países de la Unión Europea entre 1985 y 2015. Son tres décadas de estudio que rompen con el estigma. Aunque la repercusión es mayor entre los migrantes que en el caso de los refugiados, en ambos casos su influencia es positiva. El diario El País, que recogía el 20 de junio de 2018 las principales conclusiones del estudio del CNRS, señalaba que «en el caso de los inmigrantes, cuando su tasa sube en un punto, el PIB per capita mejora en los cuatro años siguientes, llegando a una subida del 0,32 por ciento en el segundo año tras la llegada. Los efectos también son positivos en el ingreso de impuestos y, aunque más modestos, en la reducción del paro». Hyppolyte d’Albis, coautor del estudio, advertía que «el impacto de los solicitantes de asilo es mejor que el de los migrantes permanentes. Esto se debe a que, en general, los que piden asilo no pueden trabajar durante el tiempo en que la administración revisa su solicitud». Con mayor o menor celeridad, en cualquier caso, migrantes y refugiados son causa directa de una mejora de la economía europea. Aunque no queramos verlo.

Desde Hospitalidad.es –iniciativa impulsada por las organizaciones del Sector Social de la Compañía de Jesús– están desarrollando la campaña «Desmontando mitos xenófobos», que incide en seis falsas verdades que se cuelan en el imaginario colectivo. Aunque hacen referencia a España, la clave de esas afirmaciones puede extrapolarse a buena parte de la UE. A la tergiversación de la realidad, responden con datos. Uno: ‘España no puede absorber a millones de africanos’. Según Hospitalidad.es, tomando datos de ACNUR, desde 2005 han llegado a España por canales irregulares 221.190  personas. Ni son millones, ni son solo africanos: menos del 12 por ciento de la población extranjera en España es de origen africano. Dos: ‘Hay llegadas masivas’. En 2015 la UE recibió a más de un millón de personas. Hasta mediados de 2018 la cifra había caído hasta 60.000. En España, había llegado un migrante o refugiado por cada 2.000 personas–. Tres: ‘No podemos dar papeles a todos’. En cuanto a los cacareados ‘papeles para todos’, durante 2017 se repatriaron como media, cada día, a 26 personas, según datos del Informe CIE SJM. Además, dos tercios de las solicitudes de asilo fueron denegadas. Cuatro: ‘Hay un efecto llamada’. Falso. El cierre de otras rutas mediterráneas, como la que unía Libia e Italia, o Turquía y Grecia provocan el traslado de las vías de acceso a Europa. En este caso, Hospitalidad.es reconduce el mensaje y puntualiza que no hay ‘un efecto llamada’, sino “un ‘efecto expulsión’ de millones de personas huyendo de una situación de violencia y pobreza en busca de un futuro digno y en paz”. Cinco: ‘Nos vienen a invadir’. Los datos contrarrestan esta advertencia. Según Eurostat en Europa hay una persona migrante por cada 100.000 habitantes. Los eurociudadanos creen que la población no unionista es mucho mayor a lo que realmente es. Comparar esta situación con la de países como Líbano o Jordania, que entre ambos acogen a cerca de dos millones de ciudadanos sirios, es una ofensa al sentido común. Y seis: ‘Son un gasto para España’. La respuesta la ha dado el CNRS líneas arriba.

En el informe Antinmigración. El auge de la xenofobia populista en Europa, de la Fundación porCausa, recuerdan que «El discurso antinmigración es proteccionista (‘roban nuestros empleos y agotan nuestro sistema de protección’), identitario (‘destruyen nuestros valores y cultura’) y alarmista (‘los terroristas son inmigrantes’). Y, ciertamente, es populista en la medida en que transmite una visión distorsionada de la realidad para ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Por eso sus impulsores son extremadamente peligrosos, porque consiguen ‘contaminar’ la posición de los partidos tradicionales por una doble vía: el endurecimiento de la retórica y las políticas de los partidos de gobierno conservadores y centristas; y la relegación de los partidos de izquierda a una posición defensiva en la que la mera protección de los derechos fundamentales deja poco espacio a la propuesta de políticas alternativas».

Lo que es cierto –como indica el título del último informe de Karibu sobre los Centros de Internamiento de Extranjeros, del que también se ocupa este número– es que «Urge otra mirada, urge otro modelo de acogida».

Tic, tac. Uno.

Tic, tac. Dos.

Respuestas ciudadanas a las migraciones y búsqueda de asilo

Dedicamos este número de Éxodo a las respuestas ciudadanas que se están dando ante el fenómeno de las migraciones y el asilo a las personas que buscan refugio. Son estas respuestas, sin lugar a dudas, el territorio donde la cuota de racionalidad y de humanidad raya a mayor altura.

El fenómeno es vergonzante, alarmante… Según el PNUD 2017, cada dos segundos una persona se ve forzada a abandonar, por diferentes motivos, su lugar de residencia. Las cifras siguen exponencialmente creciendo. Actualmente superan los 68.5 millones —lo que supone el 0,93% de la población mundial— con un millón cruzando el Mediterráneo. ¡Estamos ante la mayor crisis de desplazamiento forzoso desde la II Guerra Mundial!

Y hay algo en todo esto que se nos impone con deslumbrante clarividencia: la humanidad no se está cuidando de sí misma; miradas las cosas objetivamente, la sociedad humana está dejando en la cuneta, entregada a su mala suerte, a su parte más débil, a la que se desplaza porque se ve empobrecida.

En esta situación, resulta difícil hablar de lo que debería ser una evidencia y se nos está quedando en mero sueño: que somos de la misma especie, que corre la misma sangre por nuestras venas y los mismos sueños pueblan nuestro cerebro, que pertenecemos a una misma comunidad cosmopolita, que nos asisten los mismos Derechos Humanos, Sociales y Políticos…

No obstante, nuestras instituciones mundiales, europeas, nacionales se muestran incapaces ante este desafío, forzado mayormente por el hambre, los desastres naturales y las guerras. Ni el cierre de las fronteras ni la externalización de su gestión sirven para frenar la avalancha humana que huye de la miseria y la violencia; tampoco las detenciones indiscriminadas, ni la reclusión en los CIE o las devoluciones en caliente —antidemocráticas e inconstitucionales—.

Con independencia de las personas que, con mayor o menor talento y sensibilidad dirigen nuestras instituciones oficiales, hay que decir que el mayor obstáculo en este asunto no son las instituciones sino, previamente, el diagnóstico al que pretenden responder y los objetivos que se persiguen. Se ha pensado en unas herramientas para salir del paso, como si se tratara de una mera coyuntura, y la realidad es que el problema es de mayor calado: las migraciones afectan directamente a la lógica del sistema.

En este sentido y salvando las distancias, estamos repitiendo en nuestros días una actitud similar a la que denunciaba en la sociedad y los dirigentes de su tiempo, hace ya la friolera de treinta siglos, el profeta Isaías: “tienen ojos para mirar y no ven, tienen oídos para oír y no escuchan, ni entienden…” (Is 6,9-10).

Por suerte, hay mucha ciudadanía con los ojos abiertos para ver y el corazón educado para sentir. Hay mucha sociedad que, al margen de las instituciones oficiales, a veces contra sus mismas leyes, se organiza para hacerse cargo de la proximidad, acoger, alojar, alimentar y educar.

A esta ciudadanía organizada hemos prestado las páginas de Éxodo. Porque, además de ser los brazos y pies para el encuentro y la acogida, ella es “los ojos que nos ayudan a educar la mirada”, la conciencia de una nueva sensibilidad que nos llama a superar prejuicios infundados y la clamorosa exigencia a un cambio radical de nuestras leyes e instituciones.