Éxodo 138

De la posmodernidad a la posverdad. Retorno de la religión-Crisis de Dios

Juanjo Sánchez

El deseo de verdad es inseparable de la voluntad  de una sociedad libre.” “Dejarse interpelar por el sufrimiento de los otros es condición de toda verdad.” (Adorno)

 

Cuando comenzaba el nuevo siglo xxi, una revista me pidió una colaboración con el título: Posmodernidad, la caída de las utopías: “Sin Dios no hay futuro”. El título resultaba atrayente, pero a la vez profundamente ambiguo, y por eso peligroso. Me costó un triunfo aceptarlo, pero al fin lo hice: justamente como reto para desenmascarar esa ambigüedad y a la vez desentrañar su “verdad”.

Este reto me parece más imperioso aún en nuestros días, en esta hora de máxima ambigüedad y confusión, de cruce y amalgama indiscriminada de tendencias, ideas y creencias no solo diferentes, sino contrarias e incluso contradictorias: desde los fundamentalismos religiosos y políticos más extremos hasta el desenlace –¿final?– de la posmodernidad en la singular derrota de la verdad que se anuncia en el actual auge de la denominada posverdad.

La primera parte del título mencionado no dejaba lugar a dudas: vivimos tiempos de profunda decepción, de desencanto ante las grandes utopías de la Modernidad. La “barbarie del siglo xx” (Hobsbawn) la había desmentido y desacreditado brutalmente, generando el derrumbe del pensamiento utópico, la caída de las utopías.

La denominada posmodernidad y su pensamiento débil (G. Vattimo) son fruto de ese desencanto. Cincuenta años antes, los filósofos Horkheimer y Adorno se habían adelantado ya lúcidamente a la conciencia crítica de esta quiebra, en su Dialéctica de la Ilustración. Pero el pensamiento posmoderno tomó nota de ese derrumbe sin el menor rasgo de tragedia, más bien con serenidad e incluso con manifiesta satisfacción y alivio, como quien se ha quitado un fardo de encima… Y, ciertamente, razones no le faltaban para ello, como veremos.

El problema lo suscitaba la segunda parte del título: “Sin Dios no hay futuro”. Porque, ¿qué se quería decir con ello? ¿Que la posmodernidad levantaba acta de que por haber querido realizar la utopía “sin Dios” o incluso “contra Dios” la modernidad había terminado conduciendo a la barbarie? En ese caso, ciertamente, la posmodernidad expresaría la verdad de ese eslogan: “sin Dios no hay futuro”. De hecho, no han dejado de aumentar, en este sentido, los síntomas que apuntan a un “retorno de la religión”, de lo sagrado, en nuestras avanzadas sociedades occidentales secularizadas, hasta el punto de llevar a cuestionar la teoría de la secularización, como hace el sociólogo conservador norteamericano Peter Berger.

Pero ese eslogan no deja por eso de seguir siendo profundamente ambiguo, como se manifiesta en una llamativa paradoja que desde hace unos años viene anunciando y denunciando, con gran lucidez, el gran teólogo crítico-político alemán Juan Bautista Metz: vivimos, en efecto, un floreciente “retorno de la religión”, pero en medio de una profunda “crisis de Dios”, lo cual debería darnos que pensar detenidamente.

Para hacernos cargo y entender el momento actual, esta hora inquietante del auge de la posverdad, es preciso, sin duda, pensar y repensar detenidamente el largo y complejo proceso histórico de la modernidad y la posmodernidad que han conducido hasta nuestra situación. O se corre el riesgo de no entender nada y de ceder a los anunciadores de verdades baratas o fundamentalistas…

A tal fin, comencemos tomando conciencia de las dos caras de la crítica posmoderna. Porque no todo en ella ha sido negación indiscriminada, como tiende a pensar el pensamiento dogmático, particularmente el religioso y eclesiástico.

Posmodernidad, crítica a la verdad idolatrada

La posmodernidad es, sin duda alguna, la conciencia crítica que se abre paso en el último cuarto del siglo xx de que la modernidad, que surgió como crítica y emancipación del catolicismo dogmático medieval, se ha impuesto en la historia afirmando a su vez absoluta y dogmáticamente la utopía que la dio a luz: la utopía de la ilustración, de la racionalidad, la libertad y la emancipación,  pretendiendo con ello desplazar del mundo la esperanza trascendente y ocupar el lugar vacío dejado por el Dios destronado y muerto. La crítica postmoderna es, en este sentido, una crítica certera a esta perversión idolátrica de la utopía, es decir, de la verdad de la modernidad.

Esta crítica hunde sus raíces en la conciencia radical que Nietzsche, el filósofo lúcido y maldito, expresó en su buena/mala noticia de la “muerte de Dios”. Una noticia que –¡todo un símbolo!– abre el siglo xx. Pero una noticia que llegó demasiado pronto. Sus contemporáneos no estaban preparados para recibirla y menos para soportar el peso de sus consecuencias. Por eso, a ella no siguió el “ateísmo consumado” proclamado por el filósofo, sino “el crepúsculo de los ídolos”. No se atrevieron a vivir “el vacío de Dios”.

Y es el pensamiento posmoderno y débil el que cree que ha llegado la hora de beber hasta el fondo el cáliz de esa buena/mala noticia. Ahí está su seriedad y verdad, que sin duda hubiera saludado Nietzsche. Y con razón. Su ateísmo, serio y grave, dio pie a la crítica anti-idolátrica posmoderna, como sostuvo con toda convicción el filósofo italiano G. Vattimo.

De los muchos momentos que integran esa crítica, bastaría con asumir seriamente tres de ellos:

“Dios ha muerto”: cayeron también los ídolos

La crítica posmoderna es, ante todo, una crítica radical a la metafísica en cuanto “saber del Absoluto”, y por tanto en cuanto saber absoluto, que ha sustentado y legitimado todo el edificio del poder y todos los sucedáneos que han pretendido ocupar el lugar vacío dejado por la muerte de Dios, es decir: todos los “ídolos”. Es, en efecto, una crítica anti-idolátrica, guiada por la decidida voluntad de escribir “con minúscula”, es decir, de des-idolatrar la utopía de la modernidad, que se había pervertido en poder, como bien lo experimentaron y sufrieron las víctimas en la periferia de la modernidad, en la conquista de América. “Solo el poder puede cometer la injusticia”, subrayaron con fuerza Horkheimer y Adorno. Y “el ídolo exige sacrificios, e incluso mata”, corrobora con la misma lucidez nuestro teólogo social Joaquín G. Roca. La crítica posmoderna es, en ese sentido, una liberación, una aproximación a la verdad de un mundo sin dominación.

“Dios ha muerto”: cayeron también las grandes palabras

Pero con la muerte de Dios cayeron para los posmodernos también las grandes palabras, los “grandes relatos”, como anunció el filósofo francés Lyotard. Ante todo, la propia Razón endiosada y el Dios monoteísta que la precedió. Y con ellos se derrumba el mito de la Unidad, de la única visión del mundo, que sirvió de base a la hegemonía del poder político y religioso.

Con la muerte de Dios, el monoteísmo deja paso al politeísmo de dioses, al pluralismo de visiones del mundo y de valores, como vaticinó el gran sociólogo alemán Max Weber: un des-centramiento radical que también significa una gran liberación del mito y del ídolo del poder. Otra aproximación a la verdad de un futuro más tolerante y humano.

“Dios ha muerto”: cayó el mito del progreso

Una de las grandes palabras que cayeron con la muerte de Dios fue, sin duda, la del progreso, el gran “metarrelato” de la emancipación en cuyo altar se sacrificaron pirámides de víctimas: todas las que no cupieron en sus vagones… hasta el día de hoy. Por eso, donde los ideólogos aupados a ese tren de los vencedores veían progreso y riqueza, el “ángel de la historia” del genial filósofo crítico Walter Benjamin no veía sino cúmulos de sufrimiento, montones de ruinas. Y también la crítica postmoderna se afila especialmente contra este mito. El pensamiento “débil” del postmoderno Vattimo se hace insólitamente “fuerte” y anuncia incluso “el fin de la modernidad”. La verdad se revela, una vez más, en la negación de la utopía idolatrada.

La verdad “débil” de la utopía des-idolatrada

Conviene hacerse cargo de esta verdad de la crítica postmoderna, y valorarla en su momento de verdad, pues, aunque “débil”, ha despejado el camino para una recuperación de la verdadera experiencia religiosa. La verdad no es monopolio de la religión. Jesús de Nazaret escandalizó una y otra vez a los ideólogos del judaísmo dominante al reconocer haber encontrado más fe y más auténtica fuera que dentro de Israel.

Con la muerte de Dios, la postmodernidad reclama la muerte de todos los ídolos, sucedáneos de Dios y afirma la voluntad positiva de vivir sin apoyos ni fundamentos últimos, sin la seguridad que da reposar en el poder. Y a su vez, esa actitud posmetafísica, liberada de la querencia al dominio, permite descubrir y valorar el ser de cada realidad finita, relativa y fragmentaria, como experiencia del sentido de la gratuidad. Y así, a diferencia de la “hybris” de la modernidad, posibilita una aproximación a una renovada experiencia religiosa tras la muerte de Dios, a una nueva experiencia verdadera de Dios como gratuidad, como misterio de la realidad. El nihilismo consumado que se sigue de la muerte de Dios podría ser, en este sentido, como sostiene con gran lucidez el teólogo mallorquín Gabriel Amengual en sus valiosos libros Presencia elusiva y La religión en tiempos de nihilismo, un “kairós”, una oportunidad para la verdad de una nueva apertura a Dios como misterio insondable, como sentido último. Lo que ciertamente es muy distinto del sentido apologético de aquel eslogan: “Sin Dios no hay futuro”.

Cuando la utopía degenera en banalidad

El problema, sin embargo, es que esa oportunidad se vio malograda por la propia posmodernidad al convertirse en “negación fuerte“, no dialéctica, de la modernidad, es decir, en afirmación fuerte de “lo otro de la modernidad”. De este modo, la postmodernidad deja de ser crítica anti-idolátrica, resistencia al mito de la modernidad, protesta liberadora contra la utopía idolatrada, y degenera en la consumación de ese mito en la más chata dis-utopía, confirmando, ahora sí, aquella dudosa sospecha de que “sin Dios no hay futuro”.

Tres momentos bastan también para evocar esta degeneración.

“Dios ha muerto”: queda el vacío

Cuando a finales de los años 60 del siglo xx los postmodernos saludaban gozosos y despreocupados la vieja noticia nietzscheana de la muerte de Dios, uno de los pensadores más genuinamente ilustrado crítico, Max Horkheimer, ya citado, expresaba en alto, para escándalo de mucho ilustrado no tan crítico, el serio temor a que la muerte de Dios, el “desencantamiento radical del mundo” (Weber), no estuviera alumbrando precisamente un mundo “luminoso”: ilustrado, justo y por tanto verdadero, sino más bien un mundo sombrío, vacío de sentido y de verdad, enteramente administrado.

Los postmodernos leyeron la Dialéctica de la Ilustración “sin” dialéctica y arrojaron en su crítica al niño con el agua de la bañera. Con excesiva ligereza pasaron de la crítica a la negación sin más, como aquellos contemporáneos de Nietzsche que se mofaban de la noticia de la muerte de Dios. También ellos, los postmodernos, no vieron en el temor de Horkheimer a que con la muerte de Dios muriera también la verdad otra cosa que un síntoma de nostalgia propio del desencanto y la vejez, un lastre de la vieja metafísica.

Entretanto, sin embargo, ese temor de Horkheimer no solo se ha visto confirmado por la historia, por la realidad social, sino ampliamente superado. La sociedad y la cultura postmodernas han sustituido con creces la utopía por la banalidad y la insignificancia, el vacío occidental, como ya lo denunció a finales del siglo pasado el viejo marxista crítico C. Castoriadis, o por “las vacaciones y las rebajas”, como lo expresaba con tino el teólogo vasco Javier Vitoria. El desencantamiento del mundo está conduciendo, ha conducido ya realmente a la “insoportable levedad del ser”, que dijera bellamente el escritor checo M. Kundera, a “la sordidez de lo real existente”, al “imperio de lo efímero”, como lo identificó Gilles Lipovetsky, el filósofo crítico de la postmodernidad, a la primacía del espectáculo, del consumo convertido en mito, de la felicidad reducida a diversión.

Y es en esta grave deriva donde, ciertamente, la postmodernidad ha consumado su crítica a la modernidad en la negación plana, no dialéctica sino fundamentalista, de la misma, llevándose con ella por delante la Razón y la Verdad, no ya como falsos absolutos idolatrados, que con razón ya lo había hecho antes, sino también como “horizonte utópico” de la mirada y de la acción humana, reivindicado lúcidamente por Kant, o como “anhelo de justicia universal consumada”, en palabras del mencionado Max Horkheimer.

La hora (o la era) de la posverdad. Del nihilismo radical al nihilismo cínico

Este es el lugar donde se ubica exactamente el término, mejor ya, el fenómeno de la posverdad. Esta es la era de la posverdad, la consumación del largo y tortuoso proceso de la modernidad a la postmodernidad, y con ella, a todos los “pos” (poshistoria, postsecular, poscristianismo…) que se han impuesto.

Desde su lanzamiento a la esfera pública por parte del periodista norteamericano David Robert, esta palabra, posverdad, comporta en su significado su “desvinculación” de la razón y a la vez de la realidad y su vinculación con las emociones, los deseos, los impulsos ciegos e irracionales. La posverdad deja atrás a la verdad, es decir, la supera sin más, y no, como hacía Hegel en su dialéctica, “conservando” su momento verdadero, sino negándola enteramente, como la postmodernidad hizo finalmente con la modernidad. En este sentido, posverdad es mentira, aunque mentira con velo de verdad. Es decir, una verdad cínica. El nihilismo radical de Nietzsche es desplazado por un nihilismo cínico desvinculado astutamente de la verdad. En definitiva, una doble derrota de la verdad. No solo no importa que algo sea verdad o mentira, ni siquiera importa esa pregunta. La modernidad se ha hecho completamente líquida, como denuncia lúcidamente el sociólogo polaco-norteamericano Z. Baumann.

Es lo que hemos querido expresar con el título que lleva este número de nuestra revista. La famosa pregunta que Pilato hace a Jesús, según el evangelio de Juan, en la escena de su proceso (Jn 18,38): “¿Qué es la verdad?” descansa en ese nihilismo cínico. No es la pregunta de alguien interesado en la verdad, sino la típica pregunta retórica de quien no quiere re-conocer la verdad (“Yo no encuentro en él ningún delito”) porque lo que le importa de verdad es el poder, que no quiere perder. Evoca la verdad cínicamente, para despreciarla a continuación en una condena injusta. Es lo que había ya denunciado Pablo al inicio de su carta a los romanos: “Los hombres…aprisionan la verdad en la injusticia.” (Rom 1, 18). La posverdad se desvincula, en efecto, no solo de la razón y de la realidad, de los hechos, sino también de la justicia, con la que se identifica estrechamente la verdad. Y de ahí sus graves consecuencias.

“Dios ha muerto”: quedan los mitos

Una de esas consecuencias es la despedida de la razón y la recaída en el mito, en la mitología, como anunciaron y denunciaron certeramente Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración: no solo que la postmodernidad “liquide estúpidamente la metafísica” y la sustituya por el coche y el chicle, sino que el coche y el chicle se conviertan, ellos mismos, en metafísica, bajo la cual se oculte la miseria y la injusticia. La “muerte de Dios” y el “desencantamiento radical del mundo” han conducido no tanto al genuino politeísmo y pluralismo, sino a la banalidad mitificada, idolatrada, al relativismo desaforado, en definitiva, a la absolutización del mundo, de “lo que hay”, del status quo, no a su superación en un mundo justo y humano. De ahí el interesado y cínico eslogan de los apologetas del capital y el poder: “No hay alternativa”.

La posverdad está entrelazada por eso con una tupida red de mentira e idolatría, de cinismo y engaño, que tejen y cultivan descarada o astutamente los protagonistas del poder político dominante, con el beneplácito de sus seguidores y la inconsciencia y/o la impotencia de las mayorías.  Era lo que Horkheimer expresaba también como un serio temor: que “con Dios muere también la verdad eterna”, es decir, la verdad “en sentido enfático, incondicional” y se impone el ateísmo prosaico de la adoración de los mitos y los ídolos, de las rebajas del consumo.

“Dios ha muerto”: hay lo que hay

Y mientras los posmodernos reivindicaban alegremente el fin “del sentido emancipador de la historia” (Vattimo), el fin de “la retórica de la emancipación” (Lyotard), el ilustrado crítico Horkheimer se atrevía a expresar también abiertamente, para escándalo de muchos, el temor a que con la muerte de Dios y la liquidación de toda teología, la moral terminaría disolviéndose en pura convención y la política en mero negocio. Temor que la sociedad posmoderna, por lo que vamos viendo, y de manera pronunciada en esta hora de la “posverdad”, está confirmando alarmantemente. En efecto, en esta sociedad “no hay alternativa”, solo hay “más de lo mismo”.

Solo hay una expresión de la verdad: el pensamiento que niega la injusticia

La posmodernidad, pues, no es alternativa a la Modernidad, no lleva más allá de ella, es “más de lo mismo”, a pesar de que en sus inicios se anunciaba, como vimos, una “superación” de su mentira, de su “no verdad”: de su idolatría. Pero esta decepción estaba ya también anunciada en sus mismos orígenes, en la “alternativa” que Nietzsche propuso al nihilismo radical de la “muerte de Dios”. Aunque también él tuvo lúcida conciencia de las graves consecuencias de esa buena/mala noticia, en el mismo o semejante sentido del temor expresado después por Horkheimer (“¿Qué hemos hecho…? ¿Quién nos dio una esponja capaz de borrar el horizonte?… ¿Hacia dónde nos movemos ahora…? ¿No vamos errantes…? ¿No nos absorbe el vacío…?” El gay saber, 125), su propuesta no fue, en efecto, una verdadera alternativa a la lógica que llevó a ese acontecimiento epocal, sino, lamentablemente, “más de lo mismo”: la voluntad de poder.

Lamentablemente, sí, pues él mismo había desenmascarado con lucidez y denunciado radicalmente esa misma lógica del poder oculta en la idea dogmática de verdad, y, en definitiva, también en la idea de Dios. Pero su rechazo visceral al Dios cristiano le cegó la salida del mito, de la mentira, de la “no verdad” de la modernidad. Más allá de esa “no verdad” no lleva la voluntad de poder, sino justo la quiebra de la lógica de poder.

Esto lo vieron con más lucidez Horkheimer y Adorno cuando afirmaron: “Solo hay una expresión de la verdad: el pensamiento que niega la injusticia”. Sin justicia no hay verdad. De ahí que la genuina crítica a la mentira de la modernidad haya venido, no de la posmodernidad, sino de “la otra cara” de la modernidad, de su “periferia”, del “reverso de la historia”, del mundo de la impotencia de los pobres, como subrayan con toda razón los teólogos de la liberación de todas las periferias, también de las del mundo del poder. En ellas queda en evidencia que la posverdad es también una “excepción occidental”, una invención del mundo de los satisfechos que en verdad es un sarcasmo para el mundo de los pobres.

La verdad de un “Dios diferente”

Nada debe extrañarnos, en efecto, el hecho insoportable de que los que se guían por la lógica de la posverdad no puedan soportar a los pobres, a los desahuciados, a los desechos del mundo de la riqueza y el poder. El fenómeno Trump, encarnación paradigmática de esa lógica, lo manifiesta diariamente sin tapujos. No la justicia, sino el poder, la “grandeza” (“America great again”) mueven su política. Esa es su única verdad.

Lo insoportable de esta verdad llega al paroxismo cuando, como suele suceder, se conjuga cínicamente con una cálida y efusiva reivindicación de la religión, o peor aún, con el nombre de Dios. La verdad de Dios ha sido desde siempre manipulada y pervertida como legitimación del poder. Lo cual, siendo insoportable para cualquier religión que se precie, lo es de modo radical para el cristianismo. El Dios cristiano, el Dios de Jesús, no es un Dios de poder, por más que también haya sido pervertido como legitimación del imperio y de todos los poderes, particularmente de todos los totalitarios y autoritarios. Esta ha sido no su verdad, sino su mentira y su tragedia, su negación.

El Dios de Jesús es, como dijo el gran teólogo francés Christian Duquoc, “un Dios diferente”, un Dios de justicia y misericordia, no de poder; no un Dios trascendente, sino un Dios “descendente”, como reivindica desde el mundo de los pobres el teólogo Jon Sobrino, un Dios del descenso y el despojo, del que habla la carta a los Filipenses. Pero por eso esta verdad no se descubre en cualquier lugar, sino solo en el lugar del “no poder”, en la impotencia y la debilidad, en la experiencia y la lucha contra el sufrimiento, en la compasión y la solidaridad, como lo hizo el teólogo protestante D. Bonhoeffer desde la cárcel de la Gestapo: “Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente solo así está con nosotros y nos sustenta y libera”.

Solo esta verdad del Dios diferente es la que haría creíble la posible verdad de aquel eslogan del que partíamos: “Sin Dios no hay futuro”. Porque, ciertamente, sin justicia y compasión no hay futuro humano.

¿Y si prohibimos (o sancionamos) la mentira?

Pascual Serrano

Parafraseando a Martin Niemöller, podríamos decir que los grandes medios comenzaron a mentir y engañar, pero no les preocupó porque formaba parte de su negocio y trataban bien a los poderosos. También mentían y engañaban los políticos gobernantes, pero tampoco importaba porque cuando gobernaban garantizaban que todo siguiese igual. Pero llegó un momento en que también comenzaron a engañar con sus mentiras algunos políticos psicópatas e incluso todo el mundo comenzó a sacar adelante sus mentiras en las redes sociales. Y entonces se alarmaron, pero ya era demasiado tarde. La mentira se había apropiado de nuestra información, de nuestro análisis de la actualidad y, lo que es peor, a la población ya le daba igual lo real que lo falso.

El escritor Adolfo Muñoz García nos recordaba que la historia está llena de mentiras que se han ido manteniendo porque interesaba: “Para mentir no es necesario caer en el bulo. Se puede mentir diciendo solo una parte de la verdad. Se destaca una pequeña parte de la verdad, se la ilumina, se la descontextualiza, se la carga de notas sentimentales… y ya tenemos esa pequeña parte de la verdad convertida en una descomunal mentira”. Es lo que han estado haciendo los grandes medios desde hace décadas. Como señala Muñoz García, “el buen bulo político triunfa porque tiene las cualidades necesarias para triunfar”.

No es lo más frecuente que la realidad supere en espectacularidad a la ficción. Es más fácil triunfar en el periodismo, en las redes y en la política con la mentira atractiva, contundente y bien aderezada que una verdad aburrida, compleja y llena de matices.

La campaña electoral estadounidense ha sido el zenit del caos informativoLas mentiras han circulado por las redes con mayor fruición que las verdades. Evidentemente si lo que fascina es la espectacularidad y el escándalo, la imaginación siempre podrá ser más fructífera que la realidad. La verdad ha terminado muy devaluada. Esa afirmación periodística de que “no dejes que la verdad te estropee una buena noticia” ya está en vigor para los políticos y para todos los ciudadanos: no dejes que la verdad te estropee un buen comentario o anécdota en un mitin, no dejes que la verdad te estropee un buen post o comentario en facebook.

Muñoz recuerda el siguiente chiste: Muy satisfecho, un viejo le cuenta a otro que ha corrido cien kilómetros sin detenerse. El amigo le responde: “Eso es mentira”. Y el primero, sin perder un ápice de entusiasmo, le contesta: “Sí, es mentira, pero ¿a qué es muchísimo?” La gracia del chiste reside –afirma Muñoz García– en que la falsedad no invalida el razonamiento: pura posverdad. El vocablo ya resulta insultante. “Posverdad” se le define como un término que “denota circunstancias en las que los hechos son menos influyentes sobre la opinión pública que las emociones o las creencias personales”. No es que “posverdad” sea sinónimo de mentira pero casi, en la medida en que supone que la verdad se convierte en un elemento secundario e innecesario frente a la intencionalidad emocional. O sea, el intento de adecentar la mentira.

Ahora ya se abre la veda. La asesora de la Casa Blanca Kellyanne Conway se inventó una “masacre” que nunca existió para justificar el veto impuesto por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana. Durante una entrevista con la cadena MSNBC, Conway aseguró que la orden ejecutiva promulgada el 27 de enero estaba justificada en parte por la “masacre de Bowling Green” de 2011, aunque en realidad este hecho nunca tuvo lugar. Y Donald Trump se inventa un atentado en Suecia. Y un youtuber nos engaña a todos con un vídeo falso de un pizzero y gas pimienta. Y unos padres pedían ayuda por la grave enfermedad de una hija, pero era una trola que colaron a las televisiones.

La asesora de la Casa Blanca va más allá del término “posverdad”. Cuando en una entrevista dejan en evidencia las mentiras del portavoz del gobierno estadounidense se defiende diciendo que eran… “hechos alternativos”.

Ante esta situación de impunidad de los poderosos (políticos y medios) para mentir. ¿Por qué no iban a dedicarse los ciudadanos a hacer lo mismo? Por interés político, por ser más graciosos y entretenidos entre sus seguidores, para aparentar que han descubierto grandes noticias. Total, no pasa nada por mentir y, en cambio, consigues más seguidores y más argumentos para tu tesis sin necesidad de tener que documentarte con rigor y buscar informaciones verdaderas. ¿Acaso El País, periódico español de mayor tirada, no puso una foto falsa de Chávez entubado en su portada? ¿Acaso los presidentes más poderosos del mundo y todos los grandes medios no nos engañaron cuando nos contaron que en Iraq había armas de destrucción masiva?

El caos informativo ya es total. La Unión Europea anuncia un millonario presupuesto para “rastrear y contrarrestar la propaganda y la desinformación proveniente de Rusia”. Pero por su parte, el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso anunció en lanzamiento de una  página web para recoger y desmentir las noticias falsas y otras desinformaciones provenientes de fuentes extranjeras dirigidas contra Rusia y su política exterior. Lo más grave es que, muy probablemente, ninguno de los dos proyectos se dedique a desmontar las mentiras sino a montarlas. Y en el medio una ciudadanía que no podrá diferenciar las mentiras de las verdades.

La Plataforma en Defensa de la Libertad de Información (PDLI), organizó el 21 de febrero en Madrid unas jornadas para analizar el fenómeno de las ‘fake news’ en España. El lema principal: “Noticias falsas: Disfrazar la mentira de realidad”. En las jornadas también participaban las principales iniciativas promovidas desde los medios para rastrear y desmontar bulos como “Maldito Bulo”, de los creadores de “Maldita hemeroteca”; “ El cazabulos“, de eldiario.es; o “El Tragabulos”, de ‘Verne’. Allí se presentó un decálogo ante los medios: Contra la posverdad: 10 fórmulas para hacer frente a las noticias falsas, en el que se ofrecen una serie de pautas para que los periodistas y los lectores sepan moverse, “con buenas prácticas” como es “la verificación de la información”.

Lo curioso es que los organizadores destacaron en sus declaraciones su rechazo a cualquier iniciativa legal en la “criminalización” o la “represión” de las noticias falsas. En mi opinión se trata de un gran error, consecuencia del cual hemos llegado a esta situación de inseguridad informativa. Ha sido la impunidad de la mentira la que ha provocado que, con el paso de los años, periodistas, políticos y ahora cualquier usuario de las redes sociales se apunte a mentir o, al menos, a no preocuparse por la veracidad de lo que difunde.

Presentarles a los periodistas pautas sobre cómo contrastar noticias no es necesario, lo saben hacer. La cuestión estriba en que contrastar retrasa la publicación de la noticia y la encarece, porque requiere tiempo de trabajo y, total, no pasa nada si lo que dices es erróneo. Por eso cuando un famoso se encuentra enfermo de gravedad, siempre aparece algún medio dando la noticia de su muerte antes de tiempo. Es lo más barato y, con un poco de suerte, mientras se tarda en desmentir igual hasta se muere y fueron los primeros en dar la noticia. Y tanto, como que la dieron estando vivo.

Proponer que las legislaciones y las instituciones persigan la mentira no es en absoluto ningún atentado a las libertades ni a la libertad de expresión como parece que consensuadamente se repite desde la profesión. En cambio, sí que es un atentado a los derechos ciudadanos no garantizar la veracidad de la información, derecho recogido en la Constitución española. Si los poderes públicos no persiguen a quienes difunden mentiras están violando el derecho a una información veraz del resto de la ciudadanía.

No puede ser la solución esa propuesta de dar pautas al público y a los profesionales para detectar las mentiras. No difundimos a los ciudadanos pautas para comprobar si un puente se caerá antes de cruzarlo, o para detectar si una comida es tóxica o para deducir si el cirujano que te operará sabrá hacerlo. Tenemos legislaciones y controles para asegurar que el puente esté bien construido, que la comida haya pasado controles adecuados y que el médico esté cualificado. Y se establecen sanciones contra los incumplimientos.

En nombre de la libertad de expresión y el derecho a la información los que han pilotado el control del periodismo a través de las empresas de comunicación han conseguido que estemos más desinformados que nunca: aplastados con información basura que nos impide diferenciar lo importante de lo desechable, espectadores de versiones contrapuestas sin capacidad de diferenciar la verdad de la mentira y hasta difusores a través de las redes de bulos y falsedades solo porque nos parece que se ajustan a la realidad que queremos y los planteamientos que defendemos.

Va siendo hora de que, tal y como se hace con la comida en mal estado, se creen mecanismos de control para impedir que seamos víctimas de las intoxicaciones. Y no, no se trata de censura. Censura y ataque a la libertad de expresión es condenar a años de prisión a  tuiteros y  raperos por hacer chistes de Carrero Blanco o canciones sobre el rey, no permitir que la mentira se apropie del periodismo.

 

“Nos dijeron la verdad pero no toda”. Ética y ontología hermenéutica de la postverdad

Teresa Oñate

  1. Haciendo memoria, situando el problema.

Seguramente, al invitarme a  participar en este número de “Éxodo”, se tenía en mente la coordinación en el año 2006 del libro Ética de las verdades hoy: Homenaje a Gianni Vattimo. Mientras que a mí, al escuchar de nuevo el término “postverdad”, que se ha puesto recientemente de moda, me venía a la mente una escena en un congreso de la Sociedad Mexicana de Filosofía, cuando oí esta expresión coloquial a una de las estudiantes, y me pareció que resumía muchos de los debates que habíamos mantenido aquellos días: “Nos dijeron la verdad, pero no toda”. No se refería al imposible de recibir toda la verdad, sino más bien al asunto con el que normalmente la mentira se hace eficaz: utilizando las medias verdades y tapando o tergiversando la zona de la verdad que no se quiere referir ni recibir en base, por lo general, a intereses no sabidos o no declarados. Aplicado al caso de la cuestión de la verdad en la postmodernidad, exige algunas clarificaciones para abordar lo que está en juego: eso otro a lo que se hace alusión ya ab initio al situar la verdad en el terreno de la acción y de la ética.

Desde el 2006 hasta aquí, han transcurrido once años, en los cuales la cuestión no ha dejado de crecer en importancia ni de enturbiarse, a partes iguales. Quizá debido a eso que suelen convenir los lógicos cuando una breve modificación en las premisas desencadena enormes consecuencias.  Asunto que considero relevante aclarar aquí, en la medida de lo posible, desenmarañando los distintos hilos que se han enredado en una de las aporías que tiene perpleja y hasta asfixiada a nuestra cultura filosófica, histórica y religiosa, ética, estética y política, pues afecta en realidad, nada más y nada menos que a la Teología Política de la Filosofía de la Historia que se hace la pregunta básica esencial: “¿Dónde estamos?”.¿Dónde estamos nosotros una vez que los grandes meta-relatos de salvación de la Humanidad se han des-legitimado? ¿Cuál es el contexto histórico de legitimación y coherencia de nuestros paradigmas racionales y dentro de cuáles de ellos han de inscribirse nuestras debidas preferencias éticas y gnoseológicas, cuando se trata de la validez de los juicios que rigen nuestros comportamientos y nuestras vidas, ya público comunitarias, ya insertas en esferas sociales e individuales? ¿Cuál es el criterio histórico que determina el límite de las interpretaciones y sus conflictos de intereses?… Es en medio de tal superficie de inscripción donde se sitúa hoy la cuestión de la verdad: del lenguaje y el pensamiento que corresponden a la acción de la verdad en la postmodernidad. Y si se trata de un contexto teológico-político es debido a que es La Historia Universal de la Humanidad occidental, en supuesto progreso moral hacia la libertad, igualdad y fraternidad (el paradigma de la Ilustración Moderna, secularizada), lo que ha sido puesto en cuestión, como suelo (socavado) de nuestras creencias racionales al ser desenmascarado como un macro-mito violento, colonialista y etnocéntrico, explotador, que no se sabe tal. De modo que el alcance del frente polémico, abierto por el debate histórico entre modernidad y postmodernidad, afecta a la Historia de la Salvación vehiculada por Pablo de Tarso y Agustín de Hipona, retomando un cierto Platón (el del Timeo y sus mitos cosmogónicos y teogónicos de carácter antropomórfico racionalizado), que ya había cuestionado de raíz el nacimiento de la filosofía en Grecia, dando lugar al nacimiento de Occidente.

Es cierto que tal nacimiento de la racionalidad crítica filosófica: contra-mitológica o contra-narrativa y contra-dogmática, llevaba emparejado el nacimiento de la isonomía o igualdad ante la ley, de la cual brota la democracia helena; tanto como el nacimiento de las ciencias de la medición: matemáticas, astronomía, agrimensura, música y medicina armónicas, etc. El Platón pitagórico enseñaba en El Político que el arte de gobernar no era sino una Metrética o ciencia de la medición, del criterio o el métron. De ahí que propusiera la expulsión de los poetas (Homero, Hesíodo y los Trágicos) como educadores de la Ciudad y su sustitución por los especialistas científicos, filósofos,  oligarcas racionalistas, que miden de acuerdo con parámetros aritméticos y geométricos y establecen las Leyes del kósmos y la pólis, de acuerdo con el criterio del hombre prudente. A ello no es ajeno que muy pronto la Filosofía de las leyes ontológicas del ser, el conocer y el devenir, advirtiera con Heráclito y Parménides que en el problema mismo del criterio y el límite se concentraba el máximo peligro. Para decirlo brevemente, por un lado del límite, el espacio-lugar de la Filosofía era la apertura diferencial entre las leyes necesarias (incondicionadas) y eternas, del lenguaje del ser, que se dice de plurales maneras y, por el otro lado, estaban los fenómenos ónticos contingentes, legislados y condicionados por ellas. Entonces, la diferencia entre las ciencias matemático-musicales intermedias  y la Filosofía Primera (de los principios legislantes: los archaí)) se abría igualmente de inmediato. En efecto, las ciencias numéricas trabajan en el seno de la extensión y con síntesis compuestas, ya que el mismo número no es sino una síntesis rítmica de lo indeterminado y lo determinado. Mientras que la Filosofía se pregunta por las condiciones de posibilidad y legitimidad de tales síntesis compuestas, como son los conceptos, los organismos o los sistemas de creencias, pero no puede responder a la cuestión de los límites de lo condicionado entronizando fraudulentamente ningún condicionado paradigmático, convertido en norma condicionante, sin desembocar, con tal reduplicación, en la doxática (dogmática) u ortodoxia (recta opinión hegemónica) y sin renunciar, al hacerlo, a su esencia diferencial: su condición radicalmente crítica de toda opinión autoritaria en base a que se mantenga abierto el espacio-tiempo del sentido e indagación de la verdad. Un lugar y tiempo eternos y no autoritarios, sin el cual no sería lo condicionado-legislado de los fenómenos tal y cómo es y es posible que sea. A tal diferencia de espacios del lenguaje llamamos todavía los filósofos hoy: “Diferencia Ontológica”.

En el caso de la Filosofía su espacio no es genérico-divisible o extenso, sino justamente el de los límites i-referibles e indivisibles inextensos o intensivos. Los límites que dividen y re-unen las síntesis que a ellos refieren en orden al sentido. ¿Y el caso de la ética-política? No olvidemos que la democracia isonómica de las Pólis igualitarias ciudadanas nace, en Grecia, contra lo arbitrario de los poderes despóticos, de la mano de la Filosofia y la ciencia de los “presocráticos”; de los cuales ha dicho con lucidez W. Jaeger que conforman La teología de los primeros filósofos griegos. Pues si en el caso de las epistemes y las técnicas conceptuales abstractas, la diferencia con la Filosofía se sitúa, como hemos visto básicamente, entre la investigación de los fines-límites últimos (asunto de La Filosofía) que miden la formulación y aplicación de los correctos criterios de medición mismos, para los casos legislados por ellos (las ciencias); el caso de la ética-política es muy distinto, ya que aquí no se trata de conceptos (universales y particulares) sino de acciones comunitarias participativas o civiles y de los movimientos individuales que éstas necesitan agenciarse para poder tener lugar y tiempo social. Estando, así, en cuestión no las reglas lógicas (ni la verdad lógica) de los juicios, sino la indagación del sentido del bien y el mal de la ciudad y sus leyes; la diferencia entre la vida buena y la mala vida, tanto como la articulación de los intereses conflictuales y las condiciones de posibilidad de las instituciones, junto con la discusión de sus praxis educativas. Por todo lo cual la verdad de la ética-política converge simplemente con el Lógos (razón común) de la Filosofía, siempre que  ninguna de las dos abandone la crítica y se vuelva dogmática. Para evitarlo resulta necesario asumir que el bien es un modo de ser posibilitante de la acción: la excelencia virtuosa de las acciones que dan lugar a comunidad y a la mejor comunidad histórica de las posibles cada vez, pero no ninguna forma ni ningún paradigma tecnológico de reproducción que se traslade u ordene a los individuos exigiendo que se conformen a imitarlo por repetición o costumbre (dóxa) dogmática o acríticamente.

  1. Verdad lógica y verdad ontológica. Sagrado misterio del ser-tiempo.

La verdad lógica o epistémica viene determinada, entonces, por la adecuación o correspondencia del juicio abstracto o universal al caso particular en base a la frecuencia empírica de la repetición. En tal proceso, el tiempo es cinético según el número del movimiento, de acuerdo con el antes y el después. Y la síntesis (cópula) de la forma (determinada) y la materia (adecuada) del objeto resultante es responsabilidad del sujeto racional-técnico y su pericia, en la cual la imaginación de la figura y forma juega un papel indispensable.

Por contraste, ya desde el caso elocuente de Sócrates, la verdad ético-política, perteneciendo al ámbito de las acciones comunitarias, únicamente puede ser interpretativa-participativa (afecta al alma del agente), siendo  auto-reflexiva o auto-incrementativa de la intensidad de su mismo sentido público diferencial e individual  a la vez.  Por ello, puede contribuir al bien común o no hacerlo, recibiendo y reenviando  el mensaje de la acción y su virtud o vicio potencial al contexto propio  de su praxis comunicativa específica, de acuerdo con las leyes de los juegos de lenguaje, que resulten vinculantes y pertinentes. Como en el caso de las técnicas funcionales de producción de objetos útiles para los sujetos, aquí el arte es también un buen ejemplo e ilustra el contraste entre ciencia y ética de modo especial. Pues a la verdad ética corresponde ahora la poética y retórica persuasiva de la acción-obra, de tal manera que “el arte es la puesta en obra de la verdad”, tal y como aprendió dolorosamente (tras la vuelta -reverso, conversión- de su pensar-vivir) y enseñara Martín Heidegger en El Origen de la Obra de Arte (1936).

Así lo enseñaba también, la profunda verdad temporal del principio crítico-metodológico de la Filosofia Primera del Aristóteles Griego “lo último para nosotros es lo primero en sí”( kath’autó), causal o condicional del proceso condicionado, camino o méthodos, que reflexiona en el límite: el fin y bien de la verdad interpretativa de la acción y la poética estética de la misma. La cual ha de agenciarse los procesos gnoseológicos y técnicos de producción: las ciencias racionales, sus técnicas y fuerzas, poniéndolas al servicio del bien espiritual del alma de la ciudad en conjunción con la phýsis viva o soberana, auto-legislada y espontánea, como hacen las acciones civiles comunitarias, y no hacen los objetos artificiales.

Lo implicado aquí, por último, es la diferencia misma entre el ámbito óntico-lógico, científico-técnico y el ámbito ético de la verdad ontológica con estatuto práxico de acción comunitaria hermenéutica o interpretativa. Una diferencia que Heidegger denomina “Diferencia Ontológica” entre dos espacios-tiempos del lenguaje: el ámbito de lo ente y el ámbito de lo ser. Tal diferencia ontológica es propiamente político-histórica, pues basa su paideía (educación esencial) en invertir y subordinar críticamente el tiempo cronológico individual al modo de ser del tiempo sincrónico extático-comunitario, indivisible. Un tiempo de instante eterno y de eternidad retransmisiva a través de la diferencia y no de la repetición.

No obstante, el último peldaño de esta escalera al cielo inmanente, nos devuelve al centro de la alétheia o verdad ontológica, como misterio sagrado que explica “la fragilidad del bien”, para decirlo en los términos de la neoaristotélica Martha Nussbaum. Un fragilidad incalculable que reside en la léthe de la alétheia y que el segundo Heidegger (tras la conversión de su pensar-vivir) se ha dedicado a explorar en todas sus vertientes. Pues ¿qué es lo que irrumpe con la léthe de la alétheia des-velada, sino una epifanía del misterio sagrado indisponible del envío del ser al lenguaje histórico del pensar del ser? De ahí que, latiendo en el corazón de la unidad resguardada (léthe), se pliega y quiebra sin dividirse porque se retira (se repliega) a favor del dar y del  don: alétheia; donde se halla el límite necesario del modo de ser del dar. Ya que éste solamente consiste en el dejar o hacer posible la fractura-diferencia y alteridad abiertas por ese re-traerse o rehusarse que campa como el espacio abierto del Entre del ser, mientras que el lenguaje mismo del pensar se ofrece como lugar o región donde la temporalidad puede alcanzar su límite: el límite del ser, cuando es capaz de ofrendarle el espacio-tiempo extático-sincrónico del pasado rehusado (que ya no es), el futuro retenido (que no es aún) y las posibilidades ausentes, irrealizadas por el presente. Todas estas ausencias, estando reunidas por la síntesis disyuntiva del espacio abierto diferencial como cuarta dimensión del tiempo. Una dimensión que no engloba, sino que enlaza por la diferencia noésica de la respectividad sincrónica. Ahora la Diferencia está por todas “partes”: está la diferencia del ser mismo que se retira a favor de la delimitación receptible del dar y del don a la vez que se vela y rehusa, difracta y difiere. Está la diferencia de cada uno de los éxtasis temporales retenidos, que se entrega a sí mismo con su ausencia divergente y posible  a los otros, para lograr la “extensión” esclarecida de la sincronía que es posibilitada a la vez por el enlace de esa ausencia de cada uno de ellos y también por la diferencia del espacio abierto respectivo que reúne las divergencias temporales como cuarta dimensión del tiempo tetradimensional noésico. Heidegger denomina “Lichtung” a ese lugar espiritual donde se da la apertura reuniente de la luz y la sombra a la vez, proporcionando una apertura. Como el espacio del claro del bosque o la luz del rayo en la noche de la vigilia del mortal, que enciende, en la noche, una luz en su alma.

Pero más profundamente todavía se oculta la léthe en el acontecer del encuentro entre Tiempo Y Ser que acontece como Das Ereignis: acontecer (ex)propiador. Un encuentro en que se constituyen mutuamente, propiamente, el tiempo-espacio sincrónico (indivisible) que alcanza a ofrecer el lugar abierto del pensar al ser como límite y el ser que se da-retrae (desvela-vela: alétheia) sin sujeto o fundamento previo. Un encuentro sí, pero a la vez expropiador o des-apropiador, como corresponde a la ontología intensiva del deseo de la Diferencia y el Límite. Pues de eso se trata: del acontecer del límite del espacio-tiempo del lenguaje histórico, que actúa despejando y resguardando en su necesaria reserva y expropiación o difracción de alteridad eso mismo: lo que destina y envía, lo histórico de la historia y la inagotabilidad de sus epochés o epocalidades. Las epochés del Ereignis-alétheia de tiempo y ser, en que ser se dice lo último, al final infranqueable, como corresponde al enderezamiento metodológico-crítico del camino del pensar de la verdad-bien ontológica-histórica y sus retracciones o epocalidades delimitadas, las que son cada vez como si siempre fuera su primera vez. Y ¿por qué? Pues porque todas son declinaciones de la Diferencia: la ausencia, el olvido, la muerte, lo finito, lo callado, velado, tapado, silente, mudo, invisible…, el divergir y difractarse, el diferir y su alteridad…  SON. No son no-ser, no son nada. Sólo son no-ente, pero sí son ser al modo de la ausencia que nos atañe y nos atinge. La ausencia que nos concierne desde el modo mudo del clamor de la Tierra viva posible: la phýsis soberana, espontánea, que oculta y resiste el cultivo cultural del juego tensional del Mundo. De los  plexos desplegados por los  mundos del arte y sus constelaciones, tanto como oculta a la vez los muertos que alberga y por cuyo culto son las culturas históricas que tienen pietas (capacidad de heredar) y rememoración. En ese sentido llama Hans-Georg Gadamer  “estado oculto de la salud” al origen del lenguaje como lógos histórico que entabla una conversación philial con la ausencia de los muertos que amamos. Desde tal perspectiva Gadamer confía su esperanza histórica al lógos comunitario de Heráclito.

Pues, ¿qué significa pensar y habitar históricamente? Siempre agradecer (Danken-Denken). Agradecer la gracia de los dones del presente y corresponder a la tarea precisa que envían; Ge-danken: pensar-agradecer selectivamente los dones del pasado que se rememoran o conmemoran y celebran su referencia necesaria al porvenir. Y Dichten: agradecer poetizar, cantar, abrir, el futuro más habitable para los venideros: los tiempos,  los seres vivos y los humanos por venir. Lo cual entraña que el espacio-tiempo, ahora no plegado sino desplegado, sea el de los cuatro límites de respectividad: mortales, inmortales, tierra y cielo, enlazados por la diferencia tensional respectiva de la Dimensión abierta (el quinto elemento), la dimensión del espacio-tiempo habitable de La Diferencia que mide el poeta-pensador: el mortal que sí permanece en la gracia-gratitud del canto porque reconoce el límite constituyente y gratuito de lo divino inmortal. ¿Y por qué sí puede hacerlo el poeta, en medio del dolor, la explotación, la injustica, la devastación, la ignominia y el malentendido del mal? Porque celebra. Porque no tiene celos de la eternidad de la divinidad sino que en su corazón puro hace la diferencia y la mantiene abierta: le entrega a lo divino y al ser lo que él como mortal no tiene: la eternidad durativa del lugar de la memoria del lenguaje, que se sabe medido por el límite del envío que preserva como albergue de misterio sagrado inagotable. Así habita poéticamente el hombre, que subordina el construir a la eticidad o morada del habitar y del pensar histórico del tiempo entregado activamente a la virtualidad del envío del límite del ser como verdad ontológica de la Diferencia.

Por todas estas razones la ontología hermenéutica es una teología noésica inmanente y refuta el nihilismo. Así se afirma, con Heidegger y desde Parménides, que ser (einai) es y es posible (estí) que sea. Siendo tal afirmación de la afirmación, una afirmación sin contrario, por estar basada en el  modo de ser de la unidad indivisible difracta del ser del pliegue. El cual, a su vez, no consiste sino en el mismo modo de ser del dar-acción y el recibir del dar, que, estando basado en la estructura del Amor, es condición racional suficiente, que se basta y sobra, para refutar todo dualismo dicotómico dialéctico y polémico. Pues esto mismo basta y sobra también para explicar la pluralidad originaria de las diferencias y la riqueza de las transformaciones históricas del tiempo del ser como maduración oportuna (kairós). Mientras que el No Ser: la Nada, no es, en el ámbito de los primeros principios-límites ontológicos, ni como dualista división del ser, ni como fundamento supra-poderoso y arbitrario (demoníaco), que al modo de la super-potencia de un sujeto titánico todopoderoso pretendiera legitimarse como superhombre divino, dominado el lugar y poniendo a rentar la negación de la muerte, con tal de anteponerse por la fuerza, de ponerse brutalmente antes del tiempo. Un sujeto demoníaco que pugnara por producir mitológicamente el kósmos-orden de los mundos posibles, entronizando la reducción más violenta del tiempo cinético-óntico que lo delata: el de la venganza como repetición indiferente de la guerra  y enfermedad de la Historia.

  • Desenmascarando el malentendido nihilista de la post-verdad

La Filosofía de la postmodernidad se ha vuelto profunda. Como pluralismo de las racionalidades y  los juegos del lenguaje, que descansa en una ontología pluralista del límite, abre la alternativa racional al positivismo cientifista monológico y ahistórico, que no se sabe interpretativo. Pero es como alternativa teológica del sagrado misterio inmanente como abre la vía al espacio-tiempo trans-histórico y ecológico de la Diferencia, ofreciendo una alternativa post-historicista (post-desarrollista) al imperio del capitalismo ilimitado y su socavamiento nihilista (y cinetista) de toda diferencia cultural, local o lingüístico-cultural e histórica. Una supresión de todas las diferencias vivas que se opongan a la circulación multinacional del capitalismo de consumo.

Así se levanta la post-modernidad filosófica contra la ilegitimidad del olvido y el borramiento de toda diferencia y todo límite, centrándose en la crítica que desenmascara el vector pseudo-teológico todopoderoso de la salvación secularizada (humana demasiado humana), que progresaba por medio de la dialéctica de la metafísica-ciencia-técnica de la modernidad ilustrada y su teodicea agnóstica. Lo cual supone, por una parte, una crítica y alternativa radical-racional a la teología política de la salvación dualista como historia secularizada de la salvación de Occidente, vehiculada por la soteriología mágica de la creencia en los poderes aseguradores del racionalismo conceptual de la ciencia-técnica; mientras que, por otra parte, procede a la comprensión de por qué y cómo se ha podido dar tan violento malentendido, pertrechado por los asesinos del Dios del Amor comunitario greco-cristiano alejandrino. Así pues, la ontología hermenéutica actual no ha hecho sino refutar al Nihilismo, desde la muerte de Dios como fundamento del ente (liberada por los helenistas Hölderlin, Hegel y Nietzsche, Heidegger y Gadamer -los primeros lectores en clave teológica de los Pensadores Presocráticos), hasta la invocación esperanzada que, orientándose hacia pensar el ser sin el ente desemboca en el himno al Das Ereignis heideggeriano (como envío gratuito-necesario de otra teología de la historia del acontecer del tiempo del ser). Ello implica la propuesta de otra ontología del tiempo-espacio noésico del ser, donde sí reinan la Diferencia y la Alteridad constituyentes (del límite), tal y como la elaboran el Segundo Heidegger y su discípulo Hans-Georg Gadamer. Por lo cual, no es sino pro-siguiendo desde atrás al Aristóteles griego, hasta dar con el límite de los primeros ontólogos del lenguaje comunitario Empédocles, Parménides, Heráclito y Anaximandro, como se retraza la referencia de la verdad hermenéutica ontológica al Das Ereignis teológico del misterio del tiempo del ser, de acuerdo con la memoria documental de la búsqueda de la verdad que aún hoy llamamos Filosofía.

Si no se da cuenta de este descubrimiento esencial -la crítica que nos libera del nihilismo dialéctico-dicotómico tan polémico como relativista-, todo se puebla de confusión. Crítica  que debemos a la ontología hermenéutica de la verdad modal del límite y el amor, bebiendo de las fuentes teológicas vivas del greco-cristianismo occidental alejandrino. Y parecería, entonces, que la agria polémica mantenida por la deriva an-archista de una hermenéutica meramente antropológica y tendente al relativismo, enfrentada contra los realismos gnoseológicos, ya ingenuos ya dogmáticos o reactivos, dibujaran nuestra única opción histórica. No es así.

Gianni Vattimo está más acertado cuando defiende que el criterio negativo de la verdad  hermenéutica es el Debolismo, como lucha crítica debilitadora y nihilizante de toda autoridad perentoria y violenta: la que no se expone al diálogo comunitario interpretativo, sino que se impone por la fuerza. Pero el estatuto de tal nihilismo es únicamente metodológico. Siendo también el Debolismo positivo, en que tanto hemos insistido sus discípulos, en base a evitar los motivos y riesgos del relativismo, como caldo de cultivo del neoliberalismo desalmado, una firme posición ética y ontológica de honda raigambre cristiana, que sitúa como criterio positivo incondicional de nuestros juicios preferenciales éticos y epistemológicos, optar por los más débiles y frágiles, los más “invisibles” de todos nosotros, aquellos que no sobreviven sin el concurso cotidiano de la comunidad.

Desde ambos parámetros la ética de la verdad hermenéutica es dialogal pero conflictiva contra todos los poderes fácticos normalizados y el violento (des) orden belicista de sus inmundos: sus exclusiones y crímenes racionalizados. Ahora bien, esto no basta. Y no es sólo un problema de “justicia hermenéutica” el tener que citar las fuentes completas de lo que la Filosofía ha descubierto documentalmente con ímprobo esfuerzo en la post-modernidad. La cuestión atañe a un problema de Teología Política y Filosofía de la Historia. Ya que si no fuera por la dimensión puramente afirmativa (la afirmación de la afirmación) del ser del Amor y la Gracia (que el cristianismo interpreta, traduce en el amor a Jesús) como envío necesario espiritual-racional e histórico de la apertura del otro espacio-tiempo del lenguaje del pensar, que desde el Inicio propicia y aguarda y celebra el Acontecer temporal de la verdad ontológica de la Diferencia, la Alteridad y el Límite…¿cómo podríamos estar abiertos a aprender a retirarnos como sujetos de poder pre-potentes? ¿Cómo podríamos comprender que la llamada a rehusarnos indica una subjetualidad más alta (y más humilde) que pasa por  saber virtualizar la alteridad y dejarse constituir serenamente por ella?  Pero si se confunde la ausencia con el No-ser y la muerte, la posibilidad y el silencio se confunden con la indiferencia del No-ser. Y lo velado, callado, tapado y silenciado de la tierra viva… se asimilan a la Nada del No-ser; y se olvida que la progresiva historia del olvido del ser en Occidente ya se ha extralimitado hasta el infinito delirio una y otra vez, repitiéndose progresivamente como explotación brutal del planeta y de todas las culturas y criaturas animadas de la tierra celeste, incluidas las humanas, repitiéndose en el terror de Dachau, Auchwitz, Hiroshima, Palestina, Iraq o Guantánamo…¿Cómo podríamos comprender dónde estamos y lo que nos pasa? ¿Cómo podríamos hacernos cargo de por qué y cómo se ha sobrepasado y sobrepasa todo límite desde la ebriedad de una monstruosa desmesura “moderna”?  Y si todos estos interrogantes son posibles hoy y apuntan al ser del sentido de la historia de Occidente, ¿no habrá de ser porque éste ya se ha dado la vuelta y ha saltado a otro lugar y otro tiempo menos violentos?: a un lugar histórico donde la ausencia, la finitud, el olvido, la muerte, la diferencia y la alteridad, sí son los nombres sagrados y cotidianos del acontecer del límite del ser.

 

Senda de Cuidados. ¿Cómo pensar los cuidados desde otras (pos)verdades?

Débora Ávila

No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están, escribía Herman Melville en Moby Dick. Y, sin embargo, afirmamos sin ninguna duda que África está debajo de Europa, descentrada, con ese cuerno tan característico. El mapa toma el lugar de lo real. Y nos lo muestra como una clara verdad.

Una verdad es aquello que se nos revela como seguro, evidente, incuestionable. Mediante sencillas operaciones descartamos lo falso por oposición de lo verdadero y obtenemos el criterio mediante el cual aprehender el mundo que nos rodea: la guía a partir de la cual nos explicamos lo que conocemos y construimos nuestras certezas. Tal es la seguridad que produce la verdad que cuesta poco asociarla con lo real. Sin embargo, no hay nada más problemático que dicha unión: lo verdadero no es más que una representación de lo real, del mismo modo que un mapa representa un territorio, lo ordena, pero no es el territorio. Como tal representación, toma el lugar de la realidad, pero no como mero espejo de la misma, sino como el resultado (siempre en continua tensión) de un conjunto de intereses y relaciones de poder que producen y mantienen lo que debe ser definido como verdadero.

Sin embargo, estas verdades, para ser eficaces, deben confundirse con lo real, y deben hacerlo de la forma más invisible posible ante nuestros ojos, por eso, lo más problemático de los regímenes de poder no son sus mentiras, sus censuras o sus prohibiciones, sino sus verdades: si una verdad desvela sus intenciones pierde su eficacia, porque muestra que, en realidad, la verdad no es más que una sola verdad de las posibles.

1ª Si partimos de estas premisas, es fácil imaginar que en el trabajo de cuidados también funcionan un conjunto de verdades, encargadas de construir la realidad en la que debe desenvolverse Senda de Cuidados. Ese mapa, que lleva acompañándonos mucho tiempo atrás, adjudica a los cuidados un lugar casi invisible: un paisaje difuso en torno a carreteras principales en las que circula el individuo pensado como autónomo. Así, el trabajo necesario para la reproducción de nuestras propias vidas (preparación de alimentos, limpieza, afectos, etc.) suele pasar desapercibido. Damos por hecho que está, alguien lo hace, y solo cuando falta o nos volvemos más vulnerables y nos sumimos  en el temor, nos damos cuenta de su importancia. Relegados a un papel social secundario y absolutamente desvalorizado, en medio de una retórica que loa y premia la independencia de las personas –los sujetos hechos a sí mismos–, la lucha por garantizar un trabajo de cuidados digno (que pasa por el reconocimiento de su centralidad en la vida, y por una puesta en valor del trabajo que realizan en miles de hogares mujeres, en su mayoría migrantes, que se dejan la piel en el cuidado de nuestros mayores, niños, enfermos y personas más dependientes) no es tarea sencilla. Debe enfrentarse a profundos pilares que sustentan la forma en la que pensamos los cuidados. Debe trastocar las verdades existentes, para que aparezcan otras que nos permitan pensar el cuidado desde otro lugar.

En la denominada era de la posverdad, el panorama se vuelve aún más complejo. La crisis de las verdades, la desafección que las recientes recesiones y convulsiones mundiales han producido con respecto a los marcos de referencia establecidos, no ha hecho emerger nuevas verdades. Lejos de ello, ha desplazado a los conceptos para colocar a los afectos en el centro de nuestra forma de entender y explicar el mundo. En la era de la posverdad, se habla a los sentimientos, se movilizan las pasiones, los datos y las argumentaciones dejan paso a imágenes y eslóganes que remueven las tripas. Pero, lo realmente problemático de esta nueva era, no es tanto la centralidad de los afectos cuanto el carácter de los mismos. Y es que la rabia, la ira, el señalamiento de culpables y el levantamiento de barreras defensivas son los motores que encienden las pasiones. Bien sabemos que las personas migrantes, que sostienen con su trabajo y con la desigualdad impuesta al movimiento de nuestro mundo, se han convertido en diana de esos efectos negativos. Europa para los europeos, se grita desde cada vez más rincones, sin necesidad de plantearse nada más. Hablan las tripas, no las razones, los derechos, la historia ni la justicia.

2ª Así, desde nuestra asociación, sabemos que el reto es doble. Que toca luchar contra la invisibilidad y desvalorización de los cuidados, a la par que contrarrestar una posible extensión del rechazo a todo aquel que no sea considerado como ciudadano legítimo (lo que sin duda, redundaría aún más en la precarización del trabajo de cuidados que tantos y tantos migrantes desempeñan). Lo haremos como lo hemos venido haciendo hasta ahora. Seguiremos formando a nuestras trabajadoras para concienciarlas de la importancia de su trabajo y para garantizar la oferta de unos cuidados dignos. Seguiremos trabajando con las familias que necesitan cuidados para ayudarlas a conseguir los mejores trabajadores y para acompañarlas en todas sus dificultades en esa frágil etapa que atraviesan. Seguiremos luchando por construir discursivamente nuevas verdades que pongan el cuidado y la sostenibilidad de la vida en el centro. Pero, sobre todo, lo haremos contrarrestando la negatividad de los afectos que la posverdad ofrece con la positividad de los afectos que tejemos en nuestro día a día. Lucharemos desde el cuidado y apoyo mutuo, la puesta en valor de nuestras diferencias, la alegría de sabernos juntos, y el empoderamiento que nos da nuestra rebeldía. Les diremos a los viejos mapas y a los nuevos resentimientos que hay otras formas de pensar el mundo. Y lo haremos, sencillamente, materializándolas en nuestro cotidiano, desde las pequeñas grietas que habitamos.

Mentiras, mitos, medias verdades…Todo sea por ganar dinero

Juan Torres López

El último libro de John K. Galbraith se tituló La economía del fraude inocente. En él explicaba cómo los economistas, una buena parte de ellos y en general la “ciencia” económica que predomina en los grandes centros académicos y de poder, se había convertido en un fraude. Él lo calificaba de inocente porque creía que la gran mayoría de quienes lo cometían seguramente no eran conscientes ni de la falsedad que había tras sus proposiciones ni del daño que hacían.

Efectivamente, no podemos saber qué hay detrás o dentro del alma de tantos economistas que defienden como si fueran científicas, objetivas y neutras las ideas y propuestas de política económica que dominan el mundo y que sostienen, como ha dicho el Papa Francisco, “una economía que mata”.

Es posible que sea un fraude inocente, como decía Galbraith, pero fraude lo es y bien grande.

La primera enseñanza que recibe cualquier estudiante que comienza a estudiar economía es que el problema económico básico es la escasez. Así se explica que casi 30.000 personas mueran cada día de hambre en el mundo, que alrededor de un 40% de la población mundial no tenga acceso a saneamiento decente o que incluso los gobiernos de los países más ricos realicen permanentes recortes en los gastos destinados a suministrar bienes y servicios esenciales para la mayoría de la población.

¡Es tan lógica la cuestión que no sorprende que la gente lo crea! Si los recursos son escasos, como efectivamente lo son, pues nada es ilimitado, es lógico que una gran parte de la humanidad tenga que seguir padeciendo todavía problemas de insatisfacción.

Lo que ocurre es que no se cuenta que con solo 10 o 15 días del gasto militar mundial anual (1,7 billones de dólares) sería suficiente para financiar los programas de desarrollo que permitirían satisfacer las grandes necesidades básicas de toda la población mundial.

Dicen los liberales que pagamos muchos impuestos. Ok! Aceptemos el reto y eliminemos todos ellos, absolutamente todos los impuestos de cualquier tipo que se pagan en el planeta y establezcamos solamente una tasa de 20 céntimos por cada 100 dólares de cualquier tipo de transacción financiera que se haga en el planeta (ojo, comparen ese porcentaje con lo que cualquier persona puede pagar en impuestos sobre el total de su renta). Pues bien, con esa tasa, solo con 20 céntimos por cada 100 dólares de transacción financiera (según el Banco Internacional de Pagos, el volumen total es de 9.765 billones, millones de millones, de dólares en 2015), con solo esa tasa minúscula sería suficiente para financiar todo el gasto público mundial sin necesidad, como he dicho, de pagar ni un solo impuesto más. ¿Cómo se puede decir entonces que el problema económico básico es la escasez?

Los estudiantes de economía no dejan ahí las mentiras, los mitos, las medias verdades que pueblan los manuales que estudian o las clases de sus profesores.

Acto seguido, les enseñan que los seres humanos somos un homo oeconomicus, egoístas, plenamente racionales y que solo buscamos la máxima utilidad o beneficio individual. Algo que se ha demostrado falso incluso a través de experimentos realizados por investigadores que han recibido el Premio Nobel de Economía (un premio, por cierto, que no instituyó Alfred Nobel sino el Banco de Suecia con el evidente fin de hacer creer que la economía es una ciencia objetiva y neutra como pueda serlo la física o la química). Y más adelante los estudiantes estudian, como si eso pudiera darse en la realidad, el funcionamiento de un mercado “de competencia perfecta” (en donde, por ejemplo, se supone que la información de todos los que actúan en él es perfecta y gratuita) que sirve para decir que todos los mercados son infalibles y que hay que dejarlos en plena libertad, justificando así sin fundamento científico ninguno que en el capitalismo se mercantilicen el trabajo, los recursos naturales o el dinero, la vida misma, es decir, lo que no fue creado para ser usado por los seres humanos como una mercancía y lo que nos deshumaniza y destruye la naturaleza.

No para ahí el fraude. El conocimiento económico convencional está lleno de otras falsedades que se siguen repitiendo día tras día a pesar de que hay multitud de evidencias empíricas que ponen de relieve todo lo contrario de lo que se afirma.

Se insiste en que hay que reducir salarios o flexibilizar las relaciones laborales (reducir los derechos sociales y la protección a los trabajadores) para crear empleo, cuando hasta los organismos económicos más conservadores, como la OCDE, han reconocido que los efectos de ese tipo de medidas no son los de crear empleo; o a pesar de que los datos muestran que lo que ocurre en la realidad es justamente lo contrario, es decir, que es cuando los salarios son más altos cuando se crea más empleo.

Se dice que no deben subir los impuestos porque entonces caerá la renta o la actividad económica, pero los datos muestran que los países con sistemas fiscales más potentes tienen renta per capita más elevada o mejores tasas de crecimiento. Si afirma que los bancos centrales deben ser independientes para que así controlen mejor la inflación pero si se quita a Estados Unidos, Alemania y Austria de las estadísticas, resulta que en los demás no hay evidencia de que su independencia lleve consigo tasas de inflación más bajas. Se dice que hay que reducir la deuda porque, si no, no habrá crecimiento económico pero cuando se analizan los datos con rigor resulta que la evidencia no es esa y que hay crecimiento con niveles incuso elevados de deuda (lo cual, naturalmente no quiere decir que haya que defender la deuda que es la esclavitud que la banca impone a los pueblos). Se dice que conviene que las naciones abran sus puertas al comercio internacional con plena libertad, pero la realidad es que los países que más se han beneficiado de este último han sido justamente los que más se han protegido y los que siguen haciéndolo mientras que imponen a los demás políticas liberalizadoras que los ricos no se aplican a sí mismos. Se dice que la deuda que soportamos es porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero no se cuenta que la gran parte de ella es el resultado de los intereses injustificados que los bancos privados imponen por prestar un dinero que crean de la nada y sin ningún coste. E incluso nos dicen que el dinero que prestan a sus clientes es una parte de los depósitos de otros cuando la realidad es que el dinero que prestan lo crean, como digo, de la nada, haciendo simples anotaciones escriturales, lo que permitió decir al premio Nobel de Economía Maurice Allais que no hay diferencia ninguna entre los bancos creadores de dinero de la nada y los falsificadores de dinero, salvo en que son distintos quienes se benefician de ello.

Cada día estamos oyendo que las pensiones públicas son insostenibles y se anima a la gente a que cree fondos de ahorro privados, ocultando que lo que tendrían que ahorrar para llegar a tener una pensión decente está fuera de sus posibilidades, que esos fondos son súper arriesgados y muy poco rentables o que son tan insostenibles si hay un boom demográfico como los públicos. Y eso, sin contar que mienten también cuando hacen las proyecciones demográficas para asustar a la gente y hacerles creer que en el futuro va a ocurrir lo que nunca ha ocurrido en la historia de la humanidad ni es razonable que pueda ocurrir. Y, por supuesto, no le cuentan a la gente que los economistas que hacen esos planteamientos y defienden la privatización de las pensiones no han acertado nunca, ni en uno solo de sus modelos predictivos.

Sin ir más lejos, en los últimos tiempos venimos oyendo que la seguridad social tiene déficit (y es cierto que con los salarios cada vez más bajos sus ingresos bajan) pero no dicen que eso también se debe a que el gobierno imputa a la seguridad social gastos muy cuantiosos que no le corresponden. Nos dicen que el euro es la salvación de todos nuestros males, pero no dicen que ninguna de las consecuencias que dijeron que iba a tener sobre las economías europeas se ha hecho realidad.

Cada dos por tres oímos que las empresas privadas son más eficientes que las públicas pero cuando se analizan los datos se comprueba que eso no es verdad. Que hay empresas públicas extraordinariamente eficientes y otras privadas que son todo lo contrario y que las empresas públicas españolas presentan peores indicadores de eficiencia y rendimiento después de ser privatizadas. O que estudios realizados sobre más de 700 bancos públicos y privados de todo el mundo demuestra que los primeros se han comportado mucho mejor antes y durante la crisis.

En mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas (Deusto 2016) desarrollo todas estas mentiras, mitos y medias verdades y algunos más y muestro los datos que sin lugar a dudas indican que el discurso económico que sirve para justificar la política económica de los últimos decenios es efectivamente un auténtico fraude intelectual. Allí muestro que la economía que mayoritariamente se enseña en las universidades y las argumentaciones de los gobiernos y los organismos internacionales para justificar las medidas económicas que imponen está llena de errores y falsedades.

Y muestro también algo que es lo esencial de todo esto. Que estos discursos y doctrinas no solo tienen errores, sino que tienen unos propósitos muy claros (aunque no todos los economistas que cometen ese fraude lo sepan o sean conscientes de ello): da la casualidad de que siempre benefician a los mismos, a los más ricos.

Si las mentiras económicas afectaran por igual a todos los grupos de la población se podría pensar que se trata solo de una ciencia fallida, que todavía no ha encontrado el tipo de análisis adecuado o que no dispone de medios suficientes para analizar la realidad con el necesario rigor. Pero cuando se comprueba que esos errores siempre, absolutamente siempre, terminan beneficiando a los mismos, produciendo una desigualdad creciente y cada vez más concentración de la riqueza y del poder de decisión, es demasiado ingenuo creer eso. No queda más remedio que pensar que se trata de una ciencia cómplice, una ciencia, digámoslo claro con las palabras de Papa, que mata.

Para poder ayudar a que mejore la situación de los seres humanos, para evitar el innecesario sufrimiento de tantos millones de personas por culpa de las injusticias económicas hay que combatir la mentira y para ello hay que empezar por aprender a descubrirlas y por poner en evidencia a quienes mienten.

Parroquia Ntra. Sra. de la Guía

Jorge de Dompablo

1ª  Me gustaría comenzar por presentar quiénes somos. Somos, o quizás queremos ser, una comunidad que se empieza a construir en torno a una pequeña parroquia en un barrio obrero de Madrid, el llamado de las 800 viviendas; contamos una asociación para acoger migrantes y otras personas sin hogar, y estamos empezando a desarrollar un proyecto de dinamización social y cultural vecinal, y, por supuesto, nuestras actividades parroquiales, aunque finalmente para nosotros todo se mezcla, la parroquia, los vecinos, los migrantes, etc. En realidad, yo creo que nuestra propuesta se resume en aprender a compartir nuestras vidas. Y este compartir de todos se concreta en una parte muy visible: el compromiso en la acogida a los migrantes.

La palabra migrantes está vinculada a una larga retahíla de posverdades: son delincuentes, nos quitan el trabajo, los migrantes no quieren integrarse… y la más repetida últimamente, si abrimos nuestra puerta se nos puede colar un terrorista.

Lamentablemente, este discurso empieza a proyectar la sombra de la duda en la sociedad, y así se empieza a mirar al otro, primero con prevención, y, después, si no lo evitamos, con abierta hostilidad. Y esa posverdad también afecta a los migrantes que escuchan ese discurso que les culpa y les desprecia, y, en su desconocimiento de nuestra sociedad, llegan a pensar que todos pensamos así, o que son mayoría los que así piensan, y ellos también empiezan a mirar al otro, que somos todos nosotros, con prevención, con desconfianza, para terminar en el rencor. Entonces es cuando la posverdad ha triunfado, ha logrado enfrentar a dos personas que estaban llamadas a convivir, ha creado enemigos donde no los había.

Quizá la posverdad más molesta es la que presenta a los que luchamos contra este absurdo enfrentamiento como gentes “buenistas”, con buenas intenciones, pero finalmente personas idealistas y ajenas a la realidad. Ante esa acusación sí me defiendo, no somos “buenistas”, sabemos de las dificultades, de los costes, de los riesgos de las migraciones.

No somos “buenistas”, pero no nos conformamos con las soluciones que se basan, utilizando palabras de Francisco, en el “descarte” de personas. El rechazo al migrante, sin dar más solución que el férreo cierre de fronteras, es una clara manifestación del descarte de naciones enteras.

Seguramente no sabemos todas las respuestas, pero tenemos claro que las que hoy da nuestra sociedad no son respuestas, pues suponen dolor y sufrimiento para nuestros hermanos, y no solo para nuestros hermanos africanos o sirios, sino que estas mismas  respuestas generan sufrimiento también para el parado o el trabajador precario, y para el que padece pobreza energética, o el anciano dependiente sin prestación alguna. Es doloroso escuchar a un parado de larga duración que, en su desesperación, sugiere que se ayude primero a los de aquí, en ese momento la posverdad ha logrado su objetivo, utilizar el miedo para legitimar el descarte del otro, pero, por desgracia para todos, mañana habrá otra posverdad que tildará de vago al parado de larga duración y le culpará de su situación.

Igualmente doloroso es saber que otro africano se dispone a emprender el camino a Europa ignorando las miserias que, si llega vivo, se verá obligado a pasar en nuestro continente; en este sentido, quizá la gran verdad que debemos oponer a las porverdades sobre la migración sea que el primer derecho de una persona es, no a migrar a otro país, sino precisamente a no migrar, a vivir, trabajar dignamente y morir en su propia tierra.

¿Qué salida le estáis dando colectivamente? Sencillamente continuamos trabajando. Lo cierto es que nuestra pequeñez, nuestra situación de parroquia periférica, hace que no tengamos que dar grandes respuestas, pues no hay altavoz para nosotros y nadie nos escucharía. Así que continuamos respondiendo con nuestro quehacer diario, eso sí, activo y comprometido, acogemos a migrantes africanos en nuestras casas y asociaciones, pero igualmente abrimos nuestras puertas a presos, a toxicómanos, a personas solas o que han tropezado en la vida.

De vez en cuando nos reunimos en el local de la asociación y comemos todos juntos: los africanos que viven en la casa de acogida, los ancianos solos del barrio, los que algún día estuvieron perdidos en el alcohol, la droga o la depresión y hoy han resucitado, y los parroquianos más diversos, de todo tipo y condición. Quizá esta sea nuestra respuesta a la posverdad, el seguir compartiendo nuestra vida con todos, el mezclarnos, el comer juntos… Quizá, aunque no lo hagamos de una manera deliberada, al compartir juntos una misma mesa estamos afrontando la posverdad con nuestra sencilla Verdad, el pan partido y repartido…

Y, mientras tanto, seguimos con nuestros proyectos, acogiendo a personas, preparando un huerto ocupacional, haciendo presentes a los olvidados. Ahora andamos liados organizando un espacio dedicado a la memoria de los migrantes muertos en el Mediterráneo. Se instalará en nuestra parroquia un espacio que no nos permitirá olvidar, que confrontará la posverdad con la verdad desgarradora, injusta, terrible, la verdad de los cadáveres en el mar.

Nosotros no sabemos enfrentarnos a la posverdad, sencillamente oramos por los muertos, intentamos acoger a los que llegan vivos, y procuramos mirar a los ojos del otro para vacunarnos juntos contra ese lento veneno de tópicos y noticias falsas.

La verdad de la justicia y el poder de la memoria

Juanjo Sánchez

Hace ya diez años que nuestro incansable colaborador José Antonio Pérez Tapias, quien también escribe el artículo que abre y enmarca este número de nuestra revista ÉXODO, publicó un excelente libro con el sugerente título Del bienestar a la justicia. Aportaciones para una ciudadanía intercultural. Un título que reflejaba perfectamente el hilo rojo de su contenido: una propuesta rigurosa y original de una filosofía política que ponga en su centro la lucha por la justicia más allá de la consecución del bienestar, sostenida por una ciudadanía consciente a la altura de nuestro mundo globalizado e intercultural.

Una propuesta, ciertamente, poco común en nuestros tiempos de pensamiento y no menos de política light, de inagotables tertulias, de innumerables y confusos mensajes, de planteamientos ligeros, de compromisos convencionales, de utopías desechadas como juguetes rotos, de democracia depotenciada a mera conquista y gestión del poder, a programas de palabras vacías que no pasan de papel mojado, a políticas corroídas por la lacra de una corrupción que no parece tener límite…

Frente a todo ello, la propuesta de Pérez Tapias es una propuesta recia, de utopía y grandes, pero críticos y conscientemente frágiles relatos de compromisos de justicia e igualdad contra la lógica injusta e insaciable capitalista, de Estado solidario más allá del mero bienestar, de socialismo como democracia radical, abierta al mundo globalizado, a un cosmopolitismo cultural. Una propuesta de política de derechos humanos tomados en serio, replanteados desde la radicalidad de la interpelación del rostro de los otros y de la responsabilidad de una respuesta a sus reclamos. Una propuesta de diálogo de civilizaciones, de ciudadanía transcultural y solidaria y de laicidad abierta e igualmente solidaria como reconocimiento de los otros.

Una propuesta de este calibre no podría sustentarse sobre coordenadas de cualquier tejido. El lector se sorprenderá de encontrar al comienzo mismo del libro un capítulo, el segundo, dedicado a la verdad. Si entra y se demora en él percibirá enseguida que no se ha equivocado de libro, que solo sobre una “reflexión ético política”, como la titula el autor, de esta categoría resulta coherente y consistente la vigorosa y relevante propuesta que sigue a continuación.

Este capítulo, que Pérez Tapias titula “Verdad de la justicia y poder de la mentira”, es un potente contrapunto a la atmósfera viciada de la posverdad que invade nuestro espacio y penetra hasta nuestro pensamiento, pervirtiendo nuestros planteamientos y compromisos, nuestro talante moral y nuestra vida política.

No lo pone fácil nuestro amigo, sin duda. Aunque su escritura es transparente y llena de dinamismo, su lectura exige esfuerzo: nada propio de estos tiempos, es verdad. Pero la aventura merece la pena.

Este capítulo de su libro nos permite tomar conciencia de las grandes líneas del pensamiento que define nuestro tiempo de posmodernidad y de “muerte de Dios”, sobre la que rieron y se mofaron los contemporáneos de Nietzsche, pero que llegan hasta nosotros hoy y nos envuelven y ciegan en la nebulosa de la posverdad, como ya lo advirtió con sorprendente lucidez, hace ya más de veinte años, el admirable José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.

Y nos descubre luminosamente cómo la verdad no es una cuestión banal de la que podamos desentendernos alegremente, porque es una cuestión de justicia, de reconocimiento de los otros y de derechos humanos, de la cual pende nuestra dignidad y felicidad. La dignidad y la felicidad de todos, no solo la nuestra o solo la de los nuestros.

Y nos hará sentir, tras su lectura, la “necesidad democrática de una política de verdad que resista a la mentira organizada”, escribe nuestro amigo y colaborador. La sentiremos como una responsabilidad que nos atañe íntimamente en cuanto ciudadanos y demócratas.

Leyendo este libro, y concretamente el capítulo comentado sobre la verdad, entiende uno por qué José Antonio Pérez Tapias es una de las voces más lúcidas, más limpias y comprometidas que se pueden escuchar en medio del vocerío que llena de ruido el ágora de nuestra convivencia y nuestra esfera pública. Tal vez por ello mismo no sea precisamente la voz que más gente sigue. La verdad es luminosa, no es propaganda.

Desde San Carlos Borromeo

Javier Baeza

Siendo una palabra que el pasado año entronizó el diccionario “Oxford”[1], parece más que conformaría eufemismos del lenguaje. Seguramente porque, hablar de posverdad, es referirnos a la mentira[2]. Los caminos intermedios despistan y adolecen de coherencia con la realidad. Pero esta convivencia entre verdades, mentiras y medias verdades o medias mentiras, es posible gracias a que, precisamente, la “posverdad es una mentira que ansiamos creer porque confirma nuestro punto de vista”[3]. Esto evidencia que la posverdad es causa y efecto del narcisismo social e individual en que nos movemos.

1ª En el mundo de la exclusión estas situaciones son muy antiguas. Seguro que mucho más arcaicas que la utilización o entronización académica. Quienes habitan los márgenes de la inclusión y la normalización social, han sido sometidos muchas veces a la disociación entre lo que ellos vivían –y cómo se les trata- y aquellos marcos teóricos o normativos que supuestamente defendían su dignidad, prosperidad y bienestar social. Seguimos amparados en el mundo de los “derechos”, sin percatarnos que las personas previamente tenemos “necesidades”[4]. Y mientras estas segundas no sean satisfechas, los primeros serán quimeras sobre las que se asiente el aburguesamiento de nuestras sociedades o sobre los que repose el malestar individual frente a la realidad.

Otro elemento importante de este momento que vivimos es la posesión. Al haberse pontificado como absoluto el capital, la financiarización de la existencia, todo lo que no se posea no existe, no tiene validez. Nuestra relación con los otros no depende de nuestra pertenencia al grupo, colectivo o barrio. Ni siquiera nuestra pertenencia a un club significa vinculación con el mismo. Sólo si tenemos certeza de poseer algo o todo de ello, tendremos sentimiento de dominio sobre la realidad. Por eso es tan importante desvelar –desvelarnos- que la pertenencia “es mucho más rico, más complejo y perfecto que la simple posesión”[5].

2ª Y esta rica pertenencia nos lleva a la solidaridad. Empeñada ésta en hacerse hueco en una sociedad consternada por las tragedias ajenas, pero igualmente hipnotizada ante la imposibilidad real de actuar y acometer transformaciones. Y mientras, en sectores sociales precarios, donde las necesidades perentorias parecen ahogar la existencia, resurgen esos gestos “reales y serios” de complicidad entre iguales que genera redes de solidaridad, ahora llamadas de autoayuda, que colaboran eficazmente en aminorar los destrozos de esta crisis en la que muchos vivimos. Esas relaciones tan asimétricas que pasaron de pedir ayuda a intentar prestarnos ayuda y juntos atisbar otros horizontes.

[1] Rubén Amón, El País, 17-11-2016

[2] Javier Gallego, eldiario.es, 14-12-2016

[3] Javier García Martínez, El Mundo, 10-3-2017

[4] Enrique Martínez Reguera. Cadena Ser, 19-3-2017

[5] Almudena Grandes, El País Semanal, 21-8-16

Por una ética de la subversión. La opción por los pobres en la era de la posverdad

José María García Mauriño

La “opción por los pobres” fue, hace varias décadas, uno de los pilares de las primeras comunidades de base. Luego, con el paso del tiempo, ha ido decayendo y hasta puede parecer un disco rayado en esta nueva era posmoderna. Sin embargo es necesario insistir en esa opción porque es la quintaesencia de la ética evangélica. Se trata sobre todo de un compromiso por la justicia indeclinable que debe asistir a cada ciudadano o ciudadana, y que en los tiempos actuales sólo puede traducirse como subversión del des-orden establecido. No podemos mirar para otro lado, es preciso abordar el tema no solo de la enorme desigualdad y pobreza, sino de los pobres. También en estos momentos de auge de la posverdad.

  1. Qué entendemos por subversión

Subvertir significa mover el ánimo de la gente para inducirle a adoptar una actitud rebelde u hostil para cambiar el orden público y moral, dice el Diccionario de Lengua.

Se trata de tener una versión distinta, una interpretación del mundo desde la cultura de la pobreza, ver la Vida desde los de abajo, desde el mundo de las personas empobrecidas, no desde el “orden establecido” por esta sociedad capitalista, no desde las instituciones, no desde cómo presenta la sociedad esta TV y la prensa. Subvertir es ver, analizar, el mundo desde los “sub”, desde el suburbio, desde los subalternos, desde los que están por debajo. Es decir, desde los pobres, de los que no tienen, no saben o no pueden. La subversión que propugnamos no es nada violenta.

Subvertir el orden establecido significa no ser inmovilistas, no dejar que las cosas sigan como están, no ser cómplices con este sistema, es decir, tratar de ver el mundo con otra escala de valores. Valorar positivamente a los de abajo, los que nada tienen, los desahuciados, los inmigrantes, los refugiados, todas las personas empobrecidas que el mundo y el sistema desprecian y explotan. Ver a todos estos colectivos desde la ética, desde los derechos humanos. Y, en primer lugar, valoramos la Vida de las personas y los pueblos, en contra de todo lo que es muerte lenta, destrozo y guerras. Valoramos los derechos y las libertades que les niega el sistema. Valoramos el amor, la fraternidad, la solidaridad, por encima de todo. Esa es la subversión: mirar el mundo desde una óptica completamente distinta. Es caminar a contra-corriente. Lo normal, lo corriente, no es pensar así. Lo corriente es la mirada del conformismo. Nuestra mirada es la mirada de la rebeldía, de la subversión, la que mira al pobre desde la vida y desde la dignidad. Desde su barrera, no desde arriba. Es sentir la compasión por los excluidos de esta sociedad, es decir, por todas las personas empobrecidas del mundo. Los pobres son los que no tienen, no saben y no pueden.

  1. Los que no tienen techo, comida, dinero, agua, tierras, trabajo, escuelas, hospitales, “Papeles”… No tienen casi nada.
  1. Los que no saben: cuáles son sus derechos. Los que no están informados de lo que pasa en el mundo, en su país, en su familia. Los que a veces no tienen ni idea de qué se les acusa cuando les detienen. Muchos no saben leer ni escribir, ni hacer cuentas porque no han ido a la escuela.
  1. Los que no pueden: no tienen recursos para salir de su pobreza y miseria. No tienen oportunidad de salir fuera de su país y conocer otros mundos. No tienen medios para curarse de sus enfermedades.
  1. Los que viven: con enfermedades curables y sin medicinas porque son muy caras. Viven con mucho miedo. Sin abrigo. Huyendo del hambre de su tierra en pateras y cayucos. O de las guerras que promueven los poderosos. Esperando encontrar otro lugar en el que puedan vivir, arriesgando su vida y muriendo por sus familias en una salida obligada de su país. A veces viven meses y meses en campos de desplazados y de refugiados. Viven en campos enormes de concentración, años y años, siempre en tiendas de campaña, sin conocer lo que es una casa, ni el calor de un hogar. Sin defensa posible, sin protección social ni jurídica. Olvidados y abandonados de las autoridades, de sus jefes de gobierno.

Porque no es posible ver, mirar, analizar, este mundo de los de abajo sin sentir vergüenza, indignación, rabia e impotencia, y clamar por la justicia, y al mismo tiempo dejar de tomar partido y comprometerse.

En esta reflexión sobre las personas empobrecidas, víctimas del capitalismo imperialista, afirmamos una radical subversión, es decir, que lo hacemos tomando partido. Lo hacemos desde una postura de radical indignación ética y desde una insobornable solidaridad con todas las víctimas de la injusticia, la agresión y el despojo.

Nos situamos obstinadamente del lado de las víctimas para hacer frente a una dinámica histórica de indignas estrategias belicistas y de políticas –económicas, sociales y culturales–, que sacrifican en el altar del lucro a millones de seres humanos.

Entendemos que las víctimas deben ser el criterio de verdad de cualquier visión del mundo y de cualquier análisis de las relaciones internacionales. Porque el sufrimiento humano, sean cuales fueren sus causas, es siempre una gran interpelación para todo ser humano, especialmente para los cristianos. Y ante él no caben justificaciones o indolencias y, mucho menos, discursos que propugnan la cómplice resignación. La resignación no es ética.

  1. Por qué es ética la subversión

Porque no somos conformistas con este régimen de muerte y de mentira, no queremos ser cómplices de esta sociedad que margina a los más necesitados. Frente a esta decadencia ética y política que padecemos, ofrecemos una alternativa ética. Se trata de tener una mirada nueva, una versión ética, claramente comprometida, con los valores básicos de la ética, es decir, con la vida, la justicia, la libertad, la verdad, la paz. Se trata de sacudir las conciencias para instalarnos en la óptica de la Vida, de los derechos humanos, de la dignidad, para desmontar el poder de los de arriba y reconstruir los auténticos valores de los de abajo, del pueblo sufriente. Se trata de hacerles justicia y que gocen de verdad de las auténticas libertades. Repetimos, no sólo una mirada, una versión, sino sobre todo un compromiso ético.

Para Aristóteles (siglo iv a.C.), por ejemplo, política y pobreza van tan unidas que la segunda llega a ser la razón de ser de la primera. Dice en su Política que en toda sociedad hay dos partes, la de los pobres y la de los ricos. El noble arte de la política consiste en hacerlos convivir, asunto nada fácil, señala, porque los ricos quieren imponer sus reglas y los pobres, los únicos interesados en reglas comunes, no tienen fuerza para hacerlas valer. El Filósofo, que no era un revolucionario precisamente, entendió, sin embargo, que solo desde el margen, es decir, desde la pobreza podrían pensarse reglas justas de convivencia porque el secreto de los que viven al margen es saberse marginados y eso, la marginación, no podía ser el precio de la convivencia. Aristóteles pensaba que quien haya experimentado una vez la dureza de la marginación, no podía aceptar que el precio de la vida en común fuera la exclusión de algunos.

El paso de la indignación y la rabia a la organización, sólida y persistente, es la clave de cualquier proceso de cambios profundos y radicales. Rabia nos sobra en estos momentos, falta organizarla.

  1. Una pequeña mirada a la subversión

Hay varios aspectos de la subversión, o sea, ver, analizar el mundo desde abajo. y que conviene tenerlos en cuenta a la hora de analizar la realidad y comprometerse.

  1. La subversión política: Se trata de ver el mundo de la política desde abajo .Es decir, ver cómo sus justas reivindicaciones se debaten en el parlamento, ver las distintas disputas entre los partidos. Y sentir rabia e indignación al comprobar que no atacan los verdaderos problemas de la mayoría sufriente. Y saber que las decisiones importantes las toman siempre los de arriba, la Troika, sin contar con la gente. Una democracia que al no ser de verdad representativa, tampoco es participativa.
  1. La subversión económica: ver cómo sigue estancado el número de parados de larga duración. De que en muchos hogares no entra ningún ingreso, que los que tienen algo apenas pueden llegar a fin de mes, que muchos malviven con la pensión de los abuelos, que tienen que ir a comedores sociales para poder comer, o buscar cada día la comida en los contenedores. La angustia de no poder pagar la hipoteca o el alquiler de la casa, de no poder pagar la factura del gas, de la electricidad, del teléfono, del colegio de los niños, etc. Y pasar mucha vergüenza con todo esto. (Algunos datos: 12,5 % de los trabajadores de la Unión Europea son pobres, en España es el 15% y en EEUU es el 25% y no ha parado de subir en los últimos años (Europa Press). Hay 8 personas que son más ricas que 3.600 millones de pobres, más de la mitad de la humanidad [Intermon Oxfam]).
  1. La subversión cultural: para muchos el no saber leer o escribir les supone una dificultad muy seria en la vida social, no conocer el significado de muchas leyes y ordenanzas, no haber podido ir a la escuela o a la universidad, pasan miedo, vergüenza, impotencia, ir casi siempre con la misma ropa, no conocer otros mundos… Y, con frecuencia, casi sin esperanza de que esto cambie o haya alguna mejora.

Para todas estas personas reclamamos la vida y la dignidad que les niegan los poderes de este mundo. Esta es la subversión, una alternativa a la opresión política, económica y cultural que sufren estos colectivos empobrecidos:

  • donde hay procesos de muerte lenta, tratamos de poner vida;
  • donde hay mentira u ocultación de la verdad, ofrecemos análisis objetivo de la realidad;
  • donde hay acumulación de bienes, invitamos a compartir bienes y servicios;
  • donde hay incultura, proponemos una educación pública y laica de todos y para todos;
  • donde no se respetan los derechos humanos, insistimos en denunciarlos, ya que se violan constantemente en un amplio sector del mundo, mientras que en otro sector al menos se mantienen globalmente. La lucha de clases sigue vigente.

Al ver este panorama, nuestra indignación va dirigida contra esa violencia estructural del sistema, es decir, contra esa acumulación incesante de beneficios que no reparte ni comparte, contra esa democracia cuyas decisiones las toma la economía de mercado, la troika, y no el parlamento. Estamos en contra de la des-información constante que nos ofrecen la mayoría de los medios de in-comunicación que nos trasmiten una forma especial de entender la vida, lejos de una mirada humanizadora desde abajo.

Desde la experiencia acumulada de muchos años, los cristianos y cristianas de base de Madrid, podemos hacer un examen de nuestra experiencia y comprobar que no hemos sido suficientemente coherentes con nuestras opciones y nuestros compromisos, con nuestra práctica social y con la solidaridad económica y política en favor de las personas empobrecidas. Nos queda todavía un largo camino a recorrer. La opción por los pobres sigue golpeándonos, no se ha terminado.

Pero a pesar de todo mantenemos la esperanza utópica, porque la esperanza es una virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos, no conocen la esperanza; no saben qué es. Son ellos, los pequeños, los que luchan, las personas empobrecidas, las que transforman el desierto en exilio, son los que de verdad tienen esperanza. Se trata de tener y mantener un horizonte de esperanza, de que se vaya realizando ese ideal de vida digna para todos los seres humanos. La esperanza hace cambiar la soledad desesperada, el sufrimiento humano, en un camino llano sobre el cual avanzar para ir al encuentro de la vida digna. Y llegamos a la conclusión: dejemos que nos enseñen qué es la esperanza. ¡Dejémonos enseñar la esperanza! Esperemos, comprometidos y confiados, la llegada de la Utopía, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas y cada uno sabe en qué desierto camina, con qué silencio vive, cualquiera sea el desierto y el silencio de nuestras vidas, se convertirá en un jardín florido y en una sinfonía armoniosa. ¡La esperanza no defrauda a nadie! Lo decimos otra vez: “¡La esperanza no defrauda!” Está en lo más hondo de la persona, forma parte de la metafísica de la naturaleza humana. El ser humano siempre espera algo, ¡nunca deja de esperar!, la esperanza nos garantiza que siempre es posible “hacer” algo.

Soledad Gallego

Benjamín Forcano

Para enmarcar y valorar el tema que nos ocupa en este Nº de EXODO, contamos con la colaboración de Soledad Gallego, periodista en el diario de El País desde su Fundación, corresponsal suyo en Bruselas, Paris, Londres, Buenos Aires y Nueva York, directora adjunta por siete años y en la actualidad columnista semanal de dicho diario y en la Cadena Ser en su programa “Hoy por Hoy”.

Testigo, por tanto, de una época, y analista de cuantos conflictos, evoluciones y novedades han ido aconteciendo.

Dentro de esa época, cabría subrayar algunos hechos y escenarios dentro de los cuales se ha movido y va a guiarnos –estoy seguro– la habilidad de su palabra impregnada de realismo y buen punto crítico.

Acabada la última guerra mundial, La Carta de las Naciones Unidas, remecida hasta las raíces por la barbarie sufrida, establece proceder de acuerdo con el siguiente principio: “La Organización está basada en el principio de la igualdad soberana de todos su miembros” (cap. i, art. 1). Acuerdo que, desde una perspectiva individual, ratifica lo aprobado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (art. 1). ¿Hasta dónde llegó la disponibilidad de aquel momento y qué causas habrían operado hasta hoy en el terrible ascenso de la desigualdad, la injusticia, la insolidaridad y las multiformes guerras de invasión y terrorismo?

Supongo que habría que distinguir diferentes etapas, aunque está claro que Naciones Unidas estableció desde su fundación un Consejo de Seguridad en el que estaban presentes las grandes potencias vencedoras de la II Guerra Mundial (incluida, en su momento, China), así que, aun reconociendo el principio de “igualdad soberana de todos sus miembros”, siempre ha existido una diferencia fundamental: el derecho de veto que ejercen los cinco países miembros permanentes de ese Consejo de Seguridad. Ahora existe un debate muy interesante sobre la posibilidad de ampliar el número de miembros permanentes, dando entrada a algunas de las nuevas potencias emergentes, como India o Brasil.

En cualquier caso, Naciones Unidas ha cumplido un papel muy destacado en el equilibrio estratégico posterior a la II Guerra Mundial y en el proceso descolonizador de mitad del siglo xx, que no debe desdeñarse, aunque no ha sido capaz de impedir, como tú resaltas, un número muy importante de conflictos armados, algunos de los cuales (o sus derivaciones) continúan provocando hoy día miles de víctimas, ni la perpetuación de niveles de pobreza intolerables. Es verdad que Naciones Unidas, y sus agencias, han promovido grandes programas de desarrollo especialmente de alimentación, educación, sanidad, de forma que la pobreza extrema se ha reducido en más del 50% y el 90% de los niños y niñas de países en desarrollo recibe al menos educación primaria, pero aun así son cifras insuficientes, porque al mismo tiempo han aumentado exponencialmente los recursos. El problema, desde mi punto de vista, es que el progreso, que iba lento, ha experimentado, además, en la última década un claro retroceso en los países del primer mundo, ya desarrollados, de manera que aparecen nuevos índices de desigualdad, con el enorme desaliento y desesperanza que eso acarrea. Estamos en un momento muy delicado, de reestructuración de fuerzas.

¿No se ha producido una separación éticamente deplorable entre el poder financiero y político, a favor del primero? ¿En qué queda la soberanía de los Estados Democráticos y de Derecho a la hora de representar y administrar el Bien Común de cada país? ¿En manos de quién está el poder político, es decir, la democracia?

Creo que el problema es que no existe una separación suficiente entre los dos poderes y que el poder político, que siempre ha sido tironeado por el poder económico, ha perdido autonomía debido al formidable proceso de globalización económica y financiera. No creo que ese proceso globalizador obligue a la subordinación inapelable del poder político, pero sí creo que eso es lo que ha sucedido por diferentes motivos que han sido analizados por muchos especialistas. Me interesa mucho, por ejemplo, el llamado Trilema de Rodrik: Podemos aspirar a tener hiperglobalización y democracia política a escala global, con reglas e instituciones para una nueva gobernanza, pero a costa de la soberanía nacional; o podemos aspirar a mantener nuestra plena soberanía y la democracia política, pero sin integrarnos en el mundo, encerrados en la autarquía; o bien podemos estar plenamente integrados en la lógica de la globalización económica, manteniendo un alto nivel de control político interno, pero sin democracia política. Lo que no es posible es conseguir las tres cosas al mismo tiempo: soberanía nacional, democracia y globalización económica. Es un debate fundamental.

¿Cutural y políticamente hablando hacemos tabla rasa del pasado? ¿La rebelión colectiva contra las políticas del Estado del Bienestar, de la Socialdemocracia, sin depreciar sus logros, qué denuncian y qué están demandando?

No pienso que los ciudadanos quieran hacer tabla rasa del pasado. Más bien creo que se está utilizando el miedo de la gente a que se haga tabla rasa de todo lo conseguido y que se intenta desviar su atención atribuyendo ese peligro a causas que no son ciertas, como la inmigración, los movimientos de refugiados o la cesión de soberanía nacional. No estoy nada segura de que exista una rebelión colectiva contra las políticas del Estado de Bienestar. El hundimiento de la socialdemocracia procede más bien, creo yo, de la convicción de que no va a ser capaz de defender lo que ella misma creó.

Desde un tiempo reciente, ha comenzado a hablarse de algo que caracterizaría esta época posmoderna: la posverdad. ¿Qué es o cómo la interpretas? ¿Está teniendo efectos especiales para nuestra convivencia?

Los políticos siempre han tenido una relación, digamos, elástica con la verdad, pero una cosa es la tergiversación a la que muchos han estado acostumbrados y   otra el fenómeno de la posverdad, que es, pienso, completamente nuevo. Se trata de un sistema de comunicación organizado, persistente y basado en la mentira. No tiene tanto   que ver con la antigua propaganda política, típica de regímenes autoritarios, sino con técnicas de origen publicitario destinadas a introducir la duda mediante la negación de los propios hechos y de la credibilidad de las fuentes. Es una estrategia brutal, originada en la extrema derecha estadounidense y europea, que ha dado origen incluso a una ciencia, la agnotología, es decir, el estudio de la fabricación premeditada de ignorancia. Me parece que es un fenómeno extremadamente peligroso, que exigiría mucha atención.

El error y la mentira son dos componentes de la Verdad. El error es subsanable por un adecuado conocimiento. La mentira la vivimos como una injusticia radical que se nos hace, como quiebra de una confianza en la comunicación. ¿Qué nos llevaría a descubrir la práctica de tanta injusticia en la política real de muchos gobiernos? ¿Quién se dedica a la política debe estar dispuesto a hacer un pacto con el diablo?

Si, exactamente. La mentira deliberada y total como columna vertebral de un sistema de comunicación termina por destruir la confianza de los ciudadanos en la comunicación pública. Pretende que los ciudadanos ignoren o pierdan la confianza en la existencia de hechos irrebatibles, comprobados y ciertos. Yo diría que quien se dedica a la política debería ser el primero en luchar con todas sus fuerzas contra este demonio porque acabará con la política. Este es un fenómeno que se coloca en un nivel diferente, mucho más peligroso.

¿Hemos combatido con el mismo celo el error que la mentira? ¿Cómo dar la batalla contra el poder de la mentira? ¿Cómo hacer para que la barbarie y lo irracional no encubran ni sacrifiquen la verdad de la política? ¿Se puede resistir a la mentira organizada sin la verdad de la moral?

Creo que es muy urgente distinguir entre error y mentira y que es vital dar la batalla contra el fenómeno de la posverdad. Como periodista, creo que estamos cayendo en una trampa formidable si aceptamos que no existe la verdad periodística, es decir la verdad que establecen hechos comprobables y comprobados. Los periodistas deberíamos defender las reglas de nuestro oficio y luchar por mantener agendas abiertas, no limitándonos a desmentir las mentiras que nacen en programas posverdad, organizados por grupos de extrema derecha, supremacistas, o nacionalistas extremos, sino explicando el sistema en el que se basan y logrando que se hable de otras cosas.

Hablando de Cataluña, ¿qué te parece la frase de Puigdemon: “El bien de una nación está por encima de la Ley? “Por otra parte, has escrito: en el problema catalán se podría hacer un recorrido hacia la independencia, si se hiciera éticamente. ¿Cuáles serían esas condiciones?

“El bien de una nación está por encima de la Ley” es una idea fascista y siniestra. No creo que Puigdemon sea consciente de ello, porque si se parara un minuto a reflexionar sobre esa frase estoy segura de que se horrorizaría. Alguien de su entorno debería advertirle del sentido de esa frase. En cuanto a qué recorrido deberían seguir quienes desean la independencia de Cataluña, no lo sé. En cualquier caso, creo que lo más interesante que he conocido respecto a procesos de independentismo en países democráticos fue lo ocurrido en Canadá. Allí se tardó mucho en admitir la posibilidad del referéndum, no fue en absoluto una decisión unilateral ni precipitada, sino que necesitó muchos años de debate y cuando se autorizó fue por una decisión del Tribunal Constitucional canadiense, muy interesante y argumentada. Esa es una lectura siempre aconsejable.

Los populismos, “un sistema que descubre audazmente problemas importantes que los principales Partidos minimizaron o ignoraron”, ¿a qué se deberían? ¿Son de izquierdas o de derechas?

Me temo que en España se está metiendo en la caja de “populismo” todo aquello que no es bipartidismo, PP-PSOE, lo que me parece absurdo. Es evidente que una parte muy importe de los ciudadanos no confía ni en el PSOE ni en el PP para resolver sus problemas y que tienen buenos argumentos para haber perdido esa confianza. El que surjan nuevas formaciones políticas que intenten hacer nuevas propuestas para cambiar una realidad que no satisface a un número elevado de electores es muy interesante y diría que conveniente. El populismo no tiene que ver con discrepar del PSOE y del PP al mismo tiempo, sino con movimientos que pretenden atraer el voto de los ciudadanos con argumentos simplistas y sentimentales.

Analizando los últimos sucesos de PODEMOS, a partir de lo ocurrido en la Plaza de Vista Alegre entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, ¿en qué dirección ves avanzar a PODEMOS? ¿Cómo ves lo de una posible alianza para el futuro entre PSOE y PODEMOS?

No conozco muy bien Podemos, ni la dirección que vaya a tomar en el futuro. Pero creo que, con los datos del CIS en la mano, la única posibilidad razonable de evitar que el Partido Popular continúe gobernando en los próximos años es una alianza entre el PSOE y Podemos. No sé si sus militantes piensan lo mismo o si creen, por el contrario, que sus organizaciones serán capaces de ganar unas próximas elecciones en solitario, pero si es así, yo diría que es una ensoñación. Así que…

¿Consideras que en el tiempo nuevo que hemos entrado, la Justicia sigue estando en manos del Gobierno de turno? ¿Qué condiciones deberían requerirse para que jueces y fiscales fueran independientes?

La instrumentalización de los órganos de gobierno de la Justicia por parte del PSOE y del PP ha sido una de las mayores desgracias de este país. El bipartidismo tuvo como peor efecto la ocupación de las instituciones. Ese reparto provocó un desprestigio formidable de instituciones tan fundamentales para el funcionamiento de cualquier sistema democrático como el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo o el Consejo General del Poder Judicial. El espectáculo que dieron durante años PSOE y PP fue terrible. El problema no es que los miembros del Tribunal Constitucional o del CGPJ sean progresistas o conservadores, algo muy razonable, sino que sean afines a un partido concreto y que sean percibidos así por la ciudadanía. Conste que eso no ocurrió así al principio ni responde a un “defecto” en la creación de esas instituciones, sino que fue consecuencia del deterioro a que los sometieron los propios políticos.

¿La pérdida de soberanía dentro de la Unión Europea no está suponiendo para España una pérdida de su industria y mercado internos, y que Bruselas se aprovecha de esa situación?

Si volvemos al trilema de Rodrick, se diría que es mejor perder soberanía nacional, en beneficio de organismos plurinacionales capaces de someter a una gobernanza democrática a la globalización económica y financiera. Claro que eso exige que los organismos plurinacionales como la Unión Europea sean capaces de cumplir esa función democratizadora de control de los poderes financieros, algo que no ha ocurrido en la gran crisis de 2008. Por eso es tan importante lo que ocurra en la Unión en los próximos meses: porque la UE es posiblemente el único medio para que los europeos, españoles incluidos, logren finalmente recuperar un cierto control democrático sobre poderes tan globalizados. Si fracasa, será una pésima noticia porque no creo que recuperar soberanía nacional ayude a los europeos a defender mejor la democracia y los derechos sociales.

¿Cómo se obliga a los Gobiernos, y con qué políticas, a seguir endeudándose y así ser esclavos de la financiación recibida?

Todo el mundo es consciente de que algunos países no podrán devolver nunca la deuda que han contraído. Lo lógico sería aceptar una renegociación que evitara la extenuación y el sacrificio de generaciones enteras de ciudadanos que pagan por algo que no ha sido su responsabilidad. La ficción a la que se somete a esos países provoca un dolor y frustración formidable y responde muchísimo más a perjuicios ideológicos que a necesidades económicas.

¿Aumenta la deuda pública por vivir por encima de nuestras posibilidades y los derroches (gastos excesivos) de los Gobiernos?

España no tenía una gran deuda pública cuando estalló la crisis y aun así los efectos de esa crisis fueron formidables porque el Estado se hizo cargo de la deuda privada (bancos) para satisfacer las necesidades del sistema financiero. ¿Quién vivió por encima de sus posibilidades en España? ¿El empleado que pidió un crédito de 150.000 euros para comprar un piso o la constructora que consiguió un préstamo de varios millones, sin ninguna garantía de pago? Insisto en que el Estado español no tenía en aquel momento una deuda especialmente alta.

¿El desarrollo de la Unión Europea, en el camino hecho y con los resultados cosechados, lleva camino de consolidarse hacia el futuro o la pone en peligro de disolución?

Es un momento muy peligroso. Quizás el mayor peligro no sea la disolución directa de la Unión, aunque todo es posible, sino su vaciamiento, es decir que se limite a funcionar como un puro mercado único, tal y como siempre han intentado algunos de los países más ricos de la UE.

¿Estamos más cerca que nunca de entendernos o caminamos a lo que podríamos llamar una Babel planetaria?

Estamos más cerca que hace cincuenta años del desastre.