Éxodo 130

Conversión ecológica: superación de la biología. Reflexión sobre el capítulo IV de la encíclica

Juan Jesús Bastero Monserrat

Planteamiento
La palabra conversión evoca la idea de cambio vital hacia algo que es mejor. El Papa nos hace una seria llamada para que cambiemos hacia un modo de gestionar el planeta más acorde con la dignidad de la persona humana. Vivimos tan encerrados en nuestro bienestar que le estamos dando la espalda a la Tierra, gracias a la cual vivimos.

Este ensayo lo desarrollo en dos partes. En la primera expongo algunos rasgos que la biología nos aporta sobre la humanidad pues, como bien lo muestra la encíclica, no se puede ignorar la palabra de la ciencia. En la segunda, planteo que, con sólo la visión de la biología, es difícil salvar nuestra “casa común”, y destaco algunos acentos del mensaje del Papa.

Mirada del ser humano desde la biología
Enumero estos rasgos básicos del conjunto de los seres vivos, o biosfera, para encuadrar el mensaje de la biología sobre el hombre:
• Unidad de lo viviente en su constitución química, celular y en sus procesos metabólicos básicos.
• Interrelación necesaria entre las distintas especies.
• Intrínseca dimensión evolutiva del ser vivo.
• A lo largo del proceso evolutivo se ha dado una creciente complejidad de los organismos y un progresivo aumento de consciencia.
• En los millones de años de evolución, algunos cambios ambientales han provocado extinciones de numerosas especies.

Programación de la supervivencia
A las especies anteriores a la humana no podemos atribuirles la capacidad de programar su supervivencia. Una cosa es el instinto de conservación —de la propia vida y de la especie— y otra diferente la capacidad de modificar el medio para poder sobrevivir en circunstancias adversas. Esto es propio de nuestra especie.
Por el mecanismo evolutivo llamado “binomio mutación-selección”, si un cambio genético o ambiental hace que una variedad animal o vegetal resulte mejor adaptada para esas condiciones, ésta irá predominando en esa región, con merma de las demás.

Pero si los cambios genéticos o ambientales resultan desfavorables para determinadas especies porque no pueden adaptarse, irán disminuyendo hasta extinguirse. Así, los dinosaurios, después de su gran expansión geográfica, se extinguieron hace 65 millones de años, mientras los mamíferos y las aves iban entrando en escena.

Por tanto:
• Es verdad que el proceso evolutivo lleva a una complejidad y consciencia crecientes.
• Es verdad también que determinados cambios ambientales pueden llevar a la extinción de especies.

El caso de nuestra especie
Con la aparición del hombre, la biosfera estrena una especie con capacidad insólita de modificar el ambiente para sobrevivir e ir mejorando su calidad de vida; capaz de generar lenguaje simbólico y expresión cultural en todas sus facetas, incluida la reflexión filosófica y la expresión ética y religiosa. Sólo en los últimos 10.000 años, el crecimiento poblacional y la expansión humana ha ocupado todos los hábitats de la Tierra e incluso ha llegado a hollar el suelo lunar.

Ninguna otra especie ha hecho lo que la humana.

Grandeza y riesgo
Junto a este conjunto de cualidades, nuestra especie tiene unos rasgos de conducta menos gratos.

En las cadenas alimentarias de la biosfera hay muchos casos en que una especie animal se nutre devorando individuos de especies diferentes a la suya (por ejemplo: los leones a las gacelas). En cambio, entre humanos, se dan luchas a muerte por defender su territorio, por adquirir mayor riqueza o incluso por intolerancia ideológica cuando ven amenazado su propio poder. Por tanto, mientras en la biosfera encontramos procesos de depredación entre especies diferentes para nutrirse y sobrevivir, en los humanos se da esa depredación por motivos distintos de la supervivencia y entre miembros de la misma especie.

Esta depredación reviste también la forma de explotación sin llegar a la privación de la vida. Esto aparece en el fenómeno de la esclavitud y de las actuales formas de subyugación de seres humanos, expoliándolos de su riqueza a cambio de armas, droga o trabajos degradantes, con el consiguiente empobrecimiento de los explotados hasta niveles infrahumanos de escasa esperanza de vida.

Pero también dentro de nuestra especie históricamente considerada, encontramos numerosos brotes de la dimensión ética. La humanidad, con su capacidad única de reflexión sobre la propia existencia, ha expresado la valoración ética de su conducta, que le brota de su sentido interior de justicia e injusticia, verdad y mentira, bondad y malicia, servicio y prepotencia, compasión y crueldad, amor y odio. Desde antaño, el ser humano ha percibido y expresado esos valores que configuran el cimiento de una convivencia pacífica. Todo esto constituye también un rasgo exclusivo de nuestra especie y ha alcanzado —y alcanza actualmente— niveles de comportamiento heroico. El ser humano también es capaz de jugarse la vida en favor de sus semejantes.

¿Qué ocurre en la actualidad?
Gracias al progreso tecno-científico, la humanidad ha caído en la cuenta de que actualmente tiene:
• Un conocimiento suficiente del planeta, de sus recursos, de su dinamismo atmosférico y de las variaciones climáticas actuales y del pasado.
• Una enorme desigualdad entre la calidad de vida de subpoblaciones humanas, debida en parte a la explotación intraespecífica.
• Un escalada en la explotación de recursos por parte de subpoblaciones de mayor nivel económico para lograr un aumento indefinido de su bienestar.
• Una conciencia de que: a) siendo la Tierra un sistema energéticamente finito, y b) teniendo la biosfera un equilibrio que se desestabiliza por pequeñas variaciones de factores ambientales, resulta que:
 No hay recursos suficientes para que ni siquiera la mitad de los habitantes puedan vivir con el nivel de vida del primer mundo.
 Peligra el equilibrio de la biosfera por las variaciones atmosféricas introducidas por el hombre.
 Al mismo tiempo, es posible todavía corregir las desviaciones del consumo y equilibrar la distribución de recursos, logrando un nivel de vida digno para todos.

Dada la instancia ética de la humanidad, ya ha brotado en diversos colectivos la conciencia de la situación global y el impulso para conseguir una solución eficaz del problema.

Pero, dada la complejidad de la persona y la diversa índole de sus motivaciones, esas propuestas de acción no son aceptadas en igual medida por la población mundial y coexisten con conductas colectivas fuertemente disruptivas del equilibrio social y lesivas de la población humana, causando todavía una mortandad que sería evitable.

Acentos del Papa Francisco para la conversión ecológica
Este panorama esbozado desde la ciencia puede evolucionar de varios modos. Podría intensificarse la conducta agresiva en forma de destrucción nuclear masiva; o bien como una nueva selección racista de los supuestamente más aptos, con el consiguiente exterminio de los demás; o bien, un endurecimiento de las fuerzas del mercado que causaran la eliminación de poblaciones tercermundistas… También podría darse una inercia frente a la situación actual, sin modificar el rumbo de la producción industrial ni del tratamiento de residuos, dejando que la atmósfera vaya incrementando su temperatura media con unas consecuencias difícilmente previsibles. Y no falta quien augura para el futuro la desaparición de nuestra especie y de otras muchas, y la pervivencia de los millones de microorganismos bacterianos debido a su mayor adaptabilidad.

Todo esto no es ficción. Nos guste o no, sería posible que llegara a suceder. Y ante estas posibles alternativas, la sola ciencia no es suficiente para decidir una actuación que mire al futuro. El dato científico es indispensable para tener una opinión fundada de la situación actual y conocer las probables consecuencias venideras. Pero para actuar en favor de la mejora de las condiciones de vida global, es preciso activar otros resortes propios de la persona, tales como el sentido de justicia, de compasión y, en definitiva, de la capacidad de amar a nuestros semejantes buscando un bien que sea mejor para todos. Y esto es lo que propone el Papa con particulares acentos.

La postura básica subyacente

En toda la encíclica subyace un principio clave del mensaje cristiano: la dignidad única de la especie humana, individual y colectivamente considerada. El ser humano, emparentado evolutivamente con los demás organismos, es la criatura predilecta del Creador y de él ha recibido el encargo de cuidar y administrar la Tierra, nuestra casa común (Cf. 232). Este principio preside todos los mensajes que la Iglesia ofrece a la humanidad.

Necesidad de una austeridad responsable

El Papa deja claro que “la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca” (Cf. 204). Vivimos en un planeta de recursos finitos y ni siquiera la mitad de la población podría vivir con el nivel de vida del primer mundo. De ahí la llamada insistente a vivir disfrutando con las cosas sencillas y “gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo” (Cf. 222).

No partimos de cero

Desde hace años han surgido con fuerza y por todo el mundo diversos movimientos –dentro y fuera de la Iglesia– que siembran una conciencia de la gravedad del problema ecológico y actúan en favor del cuidado del planeta (Cf. 209). Pero esto no prospera si no va apoyado por un estilo educativo, que ayude a “crecer en la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado basado en la compasión” (Cf. 210), y por una conversión colectiva, porque: «A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales» (Cf. 219).

Con esto no se juega

La necesidad de este cambio de actitud es urgente y no hay tiempo que perder: «Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco» (n. 229).

Desde dentro de la Tierra

Quizá la principal novedad de este mensaje está en que el Papa no deja de pisar tierra en todo momento: es en la relación respetuosa con las demás criaturas como el ser humano alcanza a Dios y realiza el Reino inaugurado por el Señor Jesús en este mundo (Cf. 235 y 240). En este enfoque, no parece exagerado entrever un guiño ignaciano alusivo al “encontrar a Dios en todas las cosas” de San Ignacio de Loyola y a la visión esperanzadora evolutiva de Teilhard de Chardin 1.

Conclusión

Ante esta realidad, el Papa Francisco, incorporando el saber de la ciencia, alza su voz cuajada de esperanza desde la visión cristiana de la humanidad y del universo entero. Lo hace con palabras que pueden ser aceptadas por muchos que, sin confesarse cristianos, creen en la dignidad de toda persona y vibran ante propuestas de acción humanizadora de la sociedad.

Esto es posible porque el cristianismo, basado en la confianza y seguimiento de Cristo Jesús, más que una religión, es una propuesta de existencia humana comunitaria con visión trascendente que no nos exime de la tarea de cuidar y mejorar la Tierra en que vivimos. La “gracia”, es decir, la ayuda gratuita de Dios al ser humano, supone y se apoya en la naturaleza, y por eso lo material es lugar de acceso a Dios y es terreno de desarrollo de una vida que sea digna para todos.

Mi oración Franciscana

José Arregi

EXODO me ha pedido que responda a una pregunta directa: ¿Cómo es tu oración franciscana?

La presencia y la figura de San Francisco de Asís, al principio muy nebulosas, me han empapado desde los 10 años, cuando ingresé en el Seminario de Arantzazu. E incluso desde antes: mis primeros recuerdos de la infancia están unidos a las visitas en familia al santuario franciscano, suspendido en la roca, rodeado de espinos y de hayas, impregnado por el canto de los pájaros, el olor de las ovejas, el rumor de los peregrinos. Y en la medida en que una relación profunda, muy profunda, con la tierra madre y hermana es constitutiva de Francisco, he sido franciscano desde que nací o desde antes de nacer, como tanta gente del campo.

A los 57 años, en el 2010, abandoné la orden franciscana, pero no abandoné nada de lo que considero esencial de mi vocación franciscana. Pero ¿qué es eso, “lo esencial”? Cada día me sorprendo de cómo y cuánto me ha ido cambiando la vida. En todo: visión del mundo, manera de “creer”, opción política, percepción de mi cuerpo, relación con la mujer, imagen de Dios, modelo de Iglesia… y, por supuesto, la forma de orar. Pero, en formas nuevas, vuelvo siempre a las vivencias primeras, raíces nutrientes.

El olor de la hierba, el canto del petirrojo, el murmullo de la fuente, la música de las hojas, el silencio del bosque…, por ejemplo, me devuelven a mi origen, despiertan mi alma franciscana hecha de tierra. Brotan espontáneos del fondo los ecos del cántico de las Criaturas, aunque lo aprendí mucho más tarde: Loado seas, mi Señor. Me encuentro rezando. Pero ¿qué es “rezar”?

Durante muchos años, recé a Dios como al “Señor de lo alto”, con los salmos, los himnos, las oraciones del Breviario, al ritmo de las horas. Rezar era pedir y agradecer, alabar y suplicar misericordia al Ente supremo del mundo. Hoy no rezo así. Llamo “Dios” a la entraña de todos los seres, el Ser de los seres, el Fondo bueno de todo, el aliento creador de la Vida en todo lo que ES. Y a la unión con ese aliento llamo oración, con palabras o en silencio.

Dejé el breviario. Pero sigo rezando un breve salmo al levantarme cada mañana, junto con el Ángelus, y otro salmo al acostarme, junto con el evangelio del día. Son mis raíces, viejas, retorcidas, tiernas. El ángel de la vida anuncia a cada criatura desde el fondo de su ser: “Eres bendecida”. Vive. Concibe y haz crecer a Jesús en la vida, en todo. Concebirás a Jesús. Vivirás, compadecerás, serás prójimo, bendecirás como Jesús. “Hágase en mí”. Encárnese el Espíritu en todo, también en mí, hoy.

Abro la ventana: todo vive en la gran Comunión. Todo canta la bondad de ser, a pesar de todo: Laudato Si, o mi Signore, Tú, Aliento universal que respiras en todo, Misterio bueno y creador que eres en todos los seres hermanos, también en este mi pobre ser. “En el nombre de la Vida, del Viviente y de la ruah vital. Amén”.

La vida me va llevando a orar de manera cada vez más simple y sencilla: repetición silenciosa de un mantra (Marana tha, por ejemplo; pero elija cada uno el suyo), al ritmo de la respiración, media hora al comienzo de la mañana y media hora al final de la tarde, tratando de recoger la atención en esas palabras, sin ni siquiera pensar en lo que significan, tratando de silenciar mi mente y de unirme a la Paz que todo lo habita, que suspira en todo con gemidos inefables de gozo y de dolor.

No paso de ser un principiante, mejor, ni siquiera llego a serlo, pero quiero unir mi aliento al Espíritu que alienta en todo. Y agradecer el aire, acariciar el agua, tocar las piedras y abrazar los árboles, sacramentos de la alabanza o de la bendición de la Vida

La tierra y los campesinos

Soraya Arín

Los campesinos y la tierra han estado íntimamente relacionados, manteniendo una relación no solamente material sino también espiritual.

El pueblo campesino tiene un vínculo especial con la tierra, los animales y la naturaleza. Ellos crean su entorno y su territorio, donde están sus raíces, su cultura y su conocimiento. Esto le permite hacer una gestión de su entorno de la forma más respetuosa posible, ya que ellos y la tierra forman uno. La tierra no es una simple productora de alimentos como en la agroindustria o como los agricultores de tractor que no son conscientes de la repercusiones que ocasionan al medio ambiente tanto en su forma de producir, como en su comercialización y que esto haya llevado a la desaparición del campesinado (su cultura y saberes), todo por la competitividad.

La tierra es vida porque es el suelo de su historia, de su cohesión, de su supervivencia, de sus vivencias, en ella se vive. La tierra es la base de su cultura es fuente de su subsistencia, raíz de su organización comunitaria, y la fuente de la visión holística. Esta relación con la naturaleza y su entorno le da seguridad y sentido a su vida.

Las tierras muertas arrasadas por los agroquímicos no tienen olor, pero las tierras trabajadas con respeto, como hacía y hace el campesino, las tierras están vivas, huelen a vida, se las trabaja de forma autosuficiente y comunitaria, abonándolas con estiércoles animales, se las cava con azada o con tracción animal, incluso se mira al cielo y las estrellas para predecir el tiempo.

La relación con los animales no es mera obtención de productos y servicios, sino es mucho más profunda, ya que se mantiene una conexión de generaciones, ya que se seleccionan los animales de madres a hijas y vas creando un vínculo hacia la labor que desempeña. A través de este manejo de la tierra, el bosque y los animales se va creando una gestión del entorno que lo van conformando y se va cuidando ya que es el sustento no del yo sino del nosotros.

En la cultura campesina el yo queda relegado a un plano secundario a diferencia que en la sociedad capitalista, donde somos meros productores y consumidores, y tenemos una visión egocéntrica. El nosotros es fundamental en la cultura campesina, gracias a esa identidad comunitaria y esa conciencia colectiva ha sido posible que se perpetuase en el tiempo, con prácticas culturales como los trabajos comunales, tradiciones comunitarias, toma de decisiones colectivas. La comunidad se fortalece y toma conciencia de su identidad, por trabajar en común, por mantener su cultura y proteger su entorno, realizándose así como pueblo campesino libre que es poseedor de su tierra y su producción, en términos no solo de propiedad sino de pertenencia.

Habitar lo común es gestionar lo que le une, identificar las necesidades compartidas y buscar las fórmulas para resolverlas colectivamente. Habitar lo común es restituir la conciencia acerca de los límites de la actividad humana sobre el entorno natural inmediato, que nos ofrece el agua limpia, los medios para elaborar nuestros alimentos y los recursos para encontrar abrigo. Significa al mismo tiempo, ser los beneficiaros de los aspectos más válidos y recuperables de la herencia acumulada que nuestros antiguos nos han brindado, su capacidad para superar las adversidades desde el esfuerzo y el sacrificio, el trabajo en común y el ingenio creativo.

¿Acaso no nos sentimos comúnmente abrumados por la transcendencia de nuestras sociedades pasadas o cuando vemos guiños en nuestro mayores? ¿Nos conmueven quizás esos espacios sociales en la medida que recrean algo verdaderamente humano, frente al trazo humano imposible de descifrar en las creaciones de la producción tecnológica capitalista? La espiritualidad nace de esta visión y concepción en la que todos los seres que hay en la madre tierra tienen vida y se interrelacionan.

Naturaleza y espiritualidad africana

Théodore Lejeune Nken

La búsqueda del orden cósmico, social y moral es la causa principal de la religiosidad en África tradicional. En el plan social, existe en el África tradicional una relación muy estrecha entre el poder y la religión. Puesta al servicio del poder establecido, la religión es la búsqueda del orden social y de su mantenimiento. En el plan moral, la sociedad tradicional africana está compuesta de vivos y muertos con el primado de los muertos en los vivos. La religión significa aquí necesidad de mantener vínculos entre los vivos y los muertos. El orden cósmico es, por ejemplo, la sucesión normal de las temporadas, la ausencia de terremotos, inundaciones, sequías, epidemias. Por ello, el orden cósmico sólo existe cuando hay un equilibrio perfecto entre el hombre y el mundo que le rodea. La búsqueda del orden, el deseo del equilibrio y la armonía pasa, y se realiza en él por medio de prácticas y ritos religiosos, por la creencia, la adoración y la veneración de las cosas y objetos del mundo material. Así, la religión se presenta al africano no sólo como un intermediario, un facilitador, sino también y sobre todo como guía, como la estrella que ilumina las cimas más altas del cosmos. La espiritualidad invita al africano a aceptar lo que ha recibido, a descifrarlo con creencias, a reconstruirlo con fe, a meditarlo en profundidad y reorganizarlo con sabiduría en ritos y prácticas, a ordenarlo racionalmente.

En los países de Occidente, la naturaleza tiene un enfoque a menudo materialista, es concebida como un conjunto de recursos de materiales (agua, energía, petróleo, gas, minerales, etc.); para el africano, en cambio, la naturaleza es el lugar sagrado heredado de los antepasados. El trato medioambiental de Occidente depende en gran parte de una gestión de ese conjunto de recursos, pero, para el africano, el medio ambiente es ciertamente también recurso, pero sobre todo es «lugar de vida». Su lucha contra las empresas multinacionales que extraen minerales de sus montes o de sus bosques representa el hecho no sólo de defender y proteger sus materias, sino también de proteger y defender los espíritus y las divinidades que «habitan» en esos lugares. Con la aparición del capitalismo en Occidente, el medio ambiente ha cambiado de estatuto: de sagrado se ha convertido en profano. La crisis ecológica es pues una «profanación» de la naturaleza. La naturaleza tiene un alma. Es la razón por la que, en las sociedades africanas, la ecología no podrá desarrollarse sin su dimensión cultural y espiritual. Lo sagrado no es únicamente trascendental, situado en el más allá. Está aquí y ahora, en la tierra, en los árboles, en el viento, en los fenómenos naturales. Por eso, cuando el africano es despojado de sus montañas o de sus bosques, la crisis que sufre toma el rostro de un drama a la vez ecológico, antropológico y espiritual.

La crisis ambiental no es sólo un problema de la fauna y la flora, el clima y la diversidad biológica. Existe una relación vital entre los seres humanos y su hábitat. Cuando esta relación es maltratada, es legítimo hablar de una crisis ambiental. Todas las culturas de la humanidad poseen potencialmente los valores de la ecología. Todas las religiones valoran y expresan esos valores universales. Profanar la tierra equivale a maltratar la creación divina. Para todas las religiones, el hecho de vivir una vida espiritual a la sombra de un planeta maltratado no debería tener sentido. Por eso la ecología debe ser una de las dimensiones esenciales de la espiritualidad de ser humano, al igual que la libertad, la dignidad y la justicia. En momentos en que todos parecen haber olvidado el mensaje del medio ambiente, la ecología africana es un ejemplo y una alternativa.

Laudato Si, una encíclica anti-sistema

Michael Löwy

La «Encíclica ecológica» del Papa Francisco es un evento de importancia planetaria desde el punto de vista religioso, ético, social y político. Considerando la enorme influencia mundial de la Iglesia católica, es una contribución crucial al desarrollo de una consciencia ecológica crítica. Fue recibida con entusiasmo por los verdaderos defensores del medio ambiente, pero suscitó inquietud y rechazo por parte de sectores religiosos conservadores, representantes del capital e ideólogos de la «ecología de mercado».

Se trata de un documento de gran riqueza y complejidad, que plantea una nueva interpretación de la tradición judeo-cristiana –en ruptura con el «sueño prometéico de dominio sobre el mundo»– y una reflexión profundamente radical sobre las causas de la crisis ecológica. En varios aspectos, como, por ejemplo, en la inseparable asociación del «clamor de la Tierra» y del «clamor de los pobres», se percibe que la teología de la liberación –en particular la del ecoteólogo Leonardo Boff– ha sido una de sus fuentes de inspiración. En las siguientes notas me interesa enfatizar una dimensión de la Encíclica que explica las resistencias que encontró en el establishment económico y mediático: su carácter anti-sistémico.

Características estructuralmente perversas del modelo de producción y consumo
Para el Papa Francisco, los desastres ecológicos y el cambio climático no resultan simplemente de comportamientos individuales –aunque ellos tienen su papel– sino de los actuales modelos de producción y de consumo. Bergoglio no es un marxista, y la palabra «capitalismo» no aparece en la Encíclica. Pero queda muy claro que, para él, los dramáticos problemas ecológicos de nuestra época resultan de «los engranajes de la actual economía globalizada», engranajes que constituyen un sistema global, «un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso» (subrayado propio).

¿Cuáles son, para Francisco, estas características «estructuralmente perversas»? Ante todo es un sistema en el cual predominan «los intereses limitados de las empresas» y «una cuestionable racionalidad económica», una racionalidad instrumental que tiene por único objetivo maximizar la ganancia. Ahora bien, «el principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía: si aumenta la producción, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente». Esta distorsion, perversidad etica y social, no es propia de uno u otro país, sino de un «sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas».

La obsesión del crecimiento ilimitado, el consumismo, la tecnocracia, el dominio absoluto de las finanzas y la divinización del mercado son otras características perversas del sistema. En su lógica destructiva todo se reduce al mercado y al «cálculo financiero de costos y beneficios». Pero sabemos que «el ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente». El mercado es incapaz de tener en cuenta valores cualitativos, éticos, sociales, humanos o naturales, es decir, «valores que exceden todo cálculo».

Crítica radical a la irresponsabilidad de los responsables políticos y económicos
Esta dinámica perversa del sistema global es la razón que ha llevado al fracaso de las Cumbres mundiales sobre el medio ambiente: «Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos». En cuanto predominan los imperativos de los poderosos grupos económicos «sólo podrían esperarse algunas declamaciones superficiales, acciones filantrópicas aisladas, y aun esfuerzos por mostrar sensibilidad hacia el medio ambiente, cuando en la realidad cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear».

En este contexto desarrolla la Encíclica una crítica radical a la irresponsabilidad de los «responsables», es decir, las élites dominantes, las oligarquías interesadas en la conservación del sistema, en relación a la crisis ecológica: «Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático. Pero muchos síntomas indican que esos efectos podrán ser cada vez peores si continuamos con los actuales modelos de producción y de consumo».

Confrontados con el dramático proceso de destrucción de los equilibrios ecológicos del planeta y la amenaza sin precedentes que representa el cambio climático, la propuesta de los gobiernos, o los representantes internacionales del sistema (Banca Mundial, FMI, etc.), es el pretendido «desarrollo sostenible», un concepto que se ha ido vaciando cada vez más de contenido, un verdadero flatus vocis. Francisco no tiene ninguna ilusión en esta mistificación tecnocrática: «el discurso del crecimiento sostenible suele convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio, que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen».

Las medidas concretas que propone la oligarquia tecno-financiera dominante son claramente ineficazes, como, por ejemplo, los llamados «mercados de carbono». La crítica mordaz a esta falsa solución es uno de los argumentos más importantes de la Encíclica, citando una resolución de la Conferencia Epiiscopal Boliviana: «La estrategia de compraventa de «bonos de carbono» puede dar lugar a una nueva forma de especulación, y no servir para reducir la emisión global de gases contaminantes. Este sistema parece ser una solución rápida y fácil, con la apariencia de cierto compromiso con el medio ambiente, pero que de ninguna manera implica un cambio radical a la altura de las circunstancias. Más bien puede convertirse en un recurso diversivo que permita sostener el sobreconsumo de algunos países y sectores». Pasajes como éste explican el poco entusiasmo de los círculos «oficiales» y de los partidarios de la «ecología de mercado» (o del «capitalismo verde») por Laudato Si.

¿Aporta la encíclica propuestas acordes a su diagnóstico radical?
Siempre asociando la cuestión ecológica con la cuestión social, Francisco insiste en la necesidad de medidas radicales, drásticas, es decir, de cambios profundos, para enfrentar este doble desafío. El principal obstáculo para esto es la naturaleza «perversa» del sistema: «La misma lógica que dificulta tomar decisiones drásticas para invertir la tendencia al calentamiento global es la que no permite cumplir con el objetivo de erradicar la pobreza».

Si el diagnóstico de Laudato Si sobre la crisis ecológica es de una claridad y de una coherencia impresionantes, las acciones que propone son más limitadas. Cierto que muchas de sus sugestiones son útiles y necesarias, por ejemplo, «facilitar formas de cooperación o de organización comunitaria que defiendan los intereses de los pequeños productores y preserven los ecosistemas locales de la depredación». También es muy significativo que la Encíclica reconozca la necesidad, para las sociedades más desarrolladas, de «detener un poco la marcha, de poner algunos límites racionales e incluso en volver atrás antes que sea tarde». En otras palabras, «ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes».

Hacen falta, precisamente, las «medidas drásticas», como, por ejemplo, las que propone Naomi Klein en su último libro ¡Esto cambia todo!: romper, antes que sea demasiado tarde, con las energias fósiles (carbón, petroleo), dejándolas bajo el suelo. No se puede pensar en una transición más allá de las estructuras perversas del actual modo de producción y consumo sin un conjunto de iniciativas anti-sistémicas, que ponen en cuestión la propiedad privada, por ejemplo, de las grandes multinacionales de la energia fosil (BP, Shell, Total, etc.). Es cierto que el Papa habla de la necesidad de «grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad, pero este aspecto estratégico está poco desarrollado en la Encíclica.

Reconociendo que «el sistema mundial actual es insostenible», Bergoglio busca una alternativa global, que intitula «cultura ecológica», un cambio que «no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático». Sin embargo, hay pocas indicaciones sobre la nueva economía, la nueva sociedad que correspondan a esta cultura ecológica. No se trata de pedir al Papa que adopte el ecosocialismo, pero la alternativa propuesta queda muy abstracta.

El Papa Francisco hace suya la «opción preferencial por los pobres» de las Iglesias latino-americanas. La Encíclica lo plantea claramente como un imperativo planetario. Sin embargo, los pobres no aparecen como los actores de su propia liberación –el más importante planteamiento de la teología de la liberación. Las luchas de los pobres, de los campesinos, de los indígenas, en defensa de los bosques, del agua, de la tierra, en contra las multinacionales y el agro-negocio, son una temática poco presente en Laudato Si. Francisco organizó recién un encuentro y ha particpado en otro –los primeros en la milenaria vida de la Iglesia Católica– con los movimientos sociales: se trata de eventos de significación histórica. Con todo en la Encíclica hay pocas referencias a los movimientos sociales, que son precisamente los principales actores del combate en contra del cambio climático: Via Campesina, Climate Justice, el Forum Social Mundial, etc.

Por supuesto, como lo subraya Bergoglio en la Encíclica, no es tarea de la Iglesia sustituir a los partidos políticos, proponiendo un programa de transformación social. Pero por su diagnóstico anti-sistémico de la crisis, asociando de forma inseparable la cuestión social y la protección del medio ambiente, «el clamor de los pobres» y el «clamor de la tierra», Laudato Si es un precioso, un inestimable aporte a la reflexión y a la acción para salvar la naturaleza y la humanidad de la catástrofe.

“Sumak Kawsay”

Vladimir Paspuel (Asociación Rumiñahui)

El pueblo precolombino de Kuna, cuyo territorio se extendía por la actual Panamá y Colombia, nombró como Abya Yala a todo el continente Americano, significa tierra en plena madurez o tierra de sangre vital. Al sur, los Incas concibieron el término Pachamama, derivado de dos vocablos: Pacha, en quechua significa universo, mundo, tiempo, lugar, y Mama, traducido como madre. La Pachamama para los pueblos originarios es concebida como una deidad andina que en su aspecto simbólico se relaciona con la tierra, la fertilidad, la madre, lo femenino y lo es todo.

Otro de los elementos esenciales en la cotidianidad de los pueblos originarios del Abya Yala es el “Sumak Kawsay” o Suma Qamaña, en Aymara; esta noción que ha sido traducida como “Buen Vivir”, se crea y recrea en la Pacha Mama y su acepción más profunda es “Vida en plenitud”. La vida en plenitud andina dista mucho de la concepción occidental, ligada al tener y poder; los pueblos indígenas han encontrado en esta praxis de vida el equilibrio perfecto de justicia, equidad, respeto a todos los seres de la naturaleza y a sí mismos; esta forma de vida es una forma de resistir al capitalismo y a la modernidad que nos sumerge en el egoísmo, hedonismo, consumismo…, en el que la tierra, el humano cercano o distante, es solo un producto, un número, un recurso a ser explotado.

El ser humano contemporáneo debe entender que la Tierra es el único lugar que tenemos para vivir, para realizarnos en armonía con nuestro entorno habitado por miles de especies. La Tierra es vida y nos da la vida, que lamentablemente nos hemos encargado de manipular, aun cuando se conoce que dicho manejo trae problemas profundos y nos pone en peligro de extinción.

Los seres humanos hemos confundido el “Buen Vivir” o “Vida en Plenitud” con la acumulación de riqueza, la ociosidad, la gula, la vagancia, los excesos, incluso con el poder; la codicia de algunos humanos no tiene límites, llegando al irracional extremo de aniquilar lentamente el único hogar que tenemos la “Pacha Mama”, nuestro planeta. Estamos devorando todos los recursos, deforestando la poca naturaleza que nos queda, en consecuencia desertizando nuestro hábitat; incendiando nuestra casa. Urge un cambio radical de vida de la especie humana, la tierra tiene sus límites, nuestro planeta tiene lo suficiente para todos si lo compartimos equitativamente, pero pensando no sólo en nosotros mismos, sino también en las generaciones futuras y zonas más desfavorecidas. Aún nos quedan poquísimas o quizá la última oportunidad para recuperar el modelo de vida de nuestras generaciones pasadas, de nuestros pueblos indígenas, quienes llevaban vidas en armonía con su entorno, en la que ellos se concebían como una parte más de la naturaleza, una pieza más del puzle, no la única o la vital, como es el pensamiento occidental; no olvidemos que somos solo eso, una parte más de nuestra Pacha Mama.

En la actualidad, varios países de Latinoamérica se han hecho eco de este clamor, como es el caso de Ecuador, que incluyó en su Constitución “derechos a la naturaleza” al sumak kawsay; implica mejorar la calidad de vida de la población, desarrollar sus capacidades y potencialidades, contar con un sistema económico que promueva la igualdad a través de la redistribución social territorial de los beneficios del desarrollo; impulsar la participación efectiva de la ciudadanía en todos los ámbitos de interés público; establecer una convivencia armónica con la naturaleza; garantizar la soberanía nacional, promover la integración latinoamericana; y proteger y promover la diversidad cultural.

“Soy tuyo, madre tierra: me invade el parentesco inevitable y hondo de tu ritmo en mi sangre, porque pese a mi miedo, a mi apego a la vida, hay algo en mis adentros que espera y desespera por regresar a ti…” (Elías Nandino)

En la espiral de la energía. Obra maestra del ecologismo social

Carlos Pereda

En dos tomos se recoge el legado intelectual de Ramón Fernández Durán, completado y actualizado por su compañero ecologista Luis González Reyes. Se trata de un proyecto ambicioso y en cierto modo colectivo que Ramón venía fraguando antes de su prematura muerte (mayo de 2011). Recuerdo con cariño sus visitas a Colectivo Ioé para debatir borradores o recabar documentación (así conoció a Quijano y a Dussel), o la cena promovida por Éxodo en la que le pusimos en contacto con Víctor Toledo, etnólogo mexicano autor de La memoria biocultural, al que mostró su plan general de la obra que ahora reseñamos.

Una obra interdisciplinar y de largo aliento, que trata de comprender la crisis profunda de la sociedad actual a la luz de la historia de la humanidad y con la vista puesta en el futuro. Nada menos. El relato está muy documentado y lleno de referencias concretas de gran interés (68 páginas de bibliografía) y se inicia con dos capítulos que arrojan una luz nueva sobre las primeras sociedades (paleolítico y primera revolución agraria) que ocupan el 95% de la historia humana y en las que prevaleció la cooperación, no había estado ni patriarcado y el sistema económico se basaba en la donación y la reciprocidad. Sin embargo, en los últimos seis mil años han prevalecido las relaciones de dominación, desde los primeros imperios esclavistas hasta la revolución industrial y la era trágica del petróleo y la globalización capitalista.

Se podría criticar el trabajo de unilateral pues toma la energía como factor clave del cambio social, “pero no sólo” añade el subtítulo entre paréntesis, lo que podemos comprobar al observar las siete dimensiones que se investigan sistemáticamente en los sucesivos períodos históricos: la economía, las formas de organización política, las agrupaciones sociales, el sistema cultural, la lucha entre dinámicas de igualdad y de dominación, la relación con el entorno y, por supuesto, la cantidad, calidad y tipo de energía disponible. Con estos mimbres la tesis que se desarrolla es que el fin de los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón…) va a colapsar el sistema urbano-industrial propio del capitalismo ya que no existe ninguna fuente de energía, ni combinación de ellas, que pueda sustituir al petróleo y al resto de combustibles fósiles, ni en cantidad ni en calidad.

La necesidad capitalista de acelerar de manera constante la acumulación de riqueza le impide reconocer con tiempo suficiente los límites físicos del planeta que no sólo implican el fin de la energía barata sino también el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Ni siquiera los movimientos sociales están preparados para afrontar de manera constructiva una crisis civilizatoria que es a la vez energética, material, productiva, financiera, política y cultural. Un proceso terminal que va a suponer el hundimiento general de los actuales sistemas de gobierno, de los valores de la modernidad y de las infraestructuras de todo tipo producidas por el complejo agroindustrial capitalista.

El último capítulo de la obra ofrece un panorama de política ficción del futuro postcapitalista que nos espera. Según los autores, se volvería a un metabolismo agrario basado en lo local y en energías solares, pero en un entorno degradado, con una primera etapa muy dura en la que se reforzarían las relaciones de dominación y el descenso de población sería inevitable. Sin embargo, a más largo plazo el nuevo contexto podría dar lugar a sociedades más igualitarias, justas y sostenibles, sobre todo si las fuerzas sociales que defienden la cooperación logran sobreponerse a las que se basan en la dominación

Somos polvo de estrellas. Hacia una ecología integral en acción

Silvia Martínez Cano

Con esta frase, tan conocida y breve terminaba David Jou una conferencia acerca del diálogo entre los orígenes del universo y teología: “Somos polvo de estrellas” . Somos átomos de oxígeno, carbono y nitrógeno que surgieron de la explosión de estrellas y que se fueron combinando hasta formar un nuevo planeta, una primera célula, un ser humano complejo. Con qué brevedad se define nuestra existencia, y qué profundidad en cada una de sus palabras. Nos hace caer en la cuenta de cuán interconectada está la realidad, cuáles son sus delicadas y precisas relaciones que permiten que un ser tan desprotegido e insignificante en la cadena ecológica pueda existir.

A raíz de los descubrimientos de la ciencia y de la crisis que atraviesa el planeta, no podemos seguir pensando que somos el centro del universo. Es necesaria una interpretación de la realidad que nos permita ver el todo a la vez que lo concreto, y tomar decisiones en el contexto relacional en el que habitamos.

Todo esta conectado. Lo descubrimos los mayores a través de los pequeños con sus móviles, tabletas y juegos online. Todo está interconectado y descubrimos un mundo que llora por las fracturas que surgen de la desconexión, y por los desequilibrios humanos y medioambientales. Nos damos cuenta que hemos olvidado lo grande, la armonía del universo, para centrarnos en nosotros, lo pequeño.

Esta reflexión propone una hermenéutica de la realidad, que pretende ser integral e integradora, sitúa la cuestión ecológica como central para la vida, una vida con futuro. Exige así no sólo una nueva cosmovisión, sino un nuevo ethos, una nueva forma de vivir. Desde el juicio occidental moderno, antropocéntrico, racionalista-positivista, burgués, industrial y urbano hemos de pasar a un nuevo paradigma vital.

El cambio viene profetizado por aquellos que claman como víctimas de las consecuencias del hambre, la pobreza, la desertificación, el consumo descontrolado… en definitiva, de denuncia de los intereses de pocos frente a muchos empobrecidos. Es un clamor que pide una espiritualidad diferente , una forma de vivir nueva que armonice los elementos éticos, estéticos, místicos, políticos, personales, eróticos y sociales, de nuestro “ser pequeño” con la vida inmensa del universo.

Para el creyente, se abre la posibilidad de creer de otra manera, desde una espiritualidad holística que experimente a Dios en la totalidad de la vida. Sentir la presencia del Espíritu de Dios, la Ruah, manifestándose con sabiduría desde la estrella roja gigante a millones y millones de kilómetros hasta en la pequeñez de nuestra historia. Todos ellos son lugares donde la Ruah se desvela. Se manifiesta progresivamente, como revelación de Dios en la historia del universo. Pero también la vida en la Ruah es una invitación a armonizar sabiamente las paradojas de la vida: experiencia de fortaleza/experiencia de debilidad; silencio/palabra; trabajo/descanso; dar/recibir; presencia/ausencia; conectar/desconectar; saber caminar acompañados/ saber estar solas, y así, saborear lo que enriquece nuestro mundo interior y fortalece nuestras opciones y compromisos con el exterior.

En un mundo en riesgo, contaminado, injusto, roto por mirar lo personal y no lo integral, es necesaria la búsqueda de soluciones integrales para las heridas que son consecuencia de la interconexión y globalización , y que nos empobrece cada vez más y nos depara un futuro corto. La propuesta de Francisco en “Laudato Si” recoge este clamor de los pobres e invita a una ecología integral unida al bien común. No basta con pequeños consensos políticos medioambientales, es necesario una mirada nueva, armonizar estructuras humanas con las estructuras del universo. Ya no sirve pensar desde un desarrollo sostenible, sino que es necesario pensar en un paradigma integral de la vida que abarque todo el universo. No hay sostenibilidad si no hay una conciencia del dolor de la naturaleza, como consecuencia de una mala gestión de nuestra propia realidad.

Es necesario hacer un esfuerzo en abandonar elementos que intoxican la vida global, porque están pensados desde una antropología de binomios poder-sumisión, hombre-mujer, ser humano-naturaleza, consumo-participación, explotación-cooperación … que justifica la explotación de la naturaleza y de los seres humanos. Necesitamos pasar del antropocentrismo devorador a una cosmovisión centrada en la vida, dice la teóloga coreana Chung Hyun Kung, que nos permita vivir la compasión ecológica como el principio fundante de nuestra naturaleza humana , espiritual, es decir, a imagen y semejanza de Dios. De ella habrá de brotar el respeto hacia todas las formas de vida del universo, dando paso a una praxis de lucha por la ecojusticia y una vivencia de cuerpo ecológico.

Vivir la ecojusticia
En primer lugar, la ecojusticia nos sitúa en posición de percibir la interconexión entre todas las formas de opresión y violencia que afectan a mujeres y hombres y a la naturaleza y que va desde el ámbito doméstico hasta la destrucción ecológica. En una época de cruel explotación económica del cuerpo de la tierra y el cuerpo de las mujeres –y de los hombres en cierta medida–, es preciso hacer frente de forma integral a las causas de destrucción de la vida del universo. En este sentido, existen acciones urgentes:
• Combatir la pobreza: recuperando las palabras de San Gregorio Magno “La tierra es común para todos los hombres, y, por consiguiente, los alimentos que proporciona se producen para todos en común. Así, pues, hacen mal en creerse inocentes los que exigen para su uso privado el don que Dios hizo a todos” , necesitamos una justicia retributiva , en la línea de la opción preferencial por los pobres , que devuelva lo que el consumo y los intereses de determinados países han robado a otros pueblos y tierras. La injusticia social es mundial, más bien universal, porque acumula la riqueza a través de la explotación de personas y naturaleza: seca las fuentes, desforesta las selvas, envenena los suelos, impide la vida en ellos y desequilibra los ecosistemas manifestándose en el calentamiento global.
• Francisco hace también referencia a una justicia intergeneracional , es decir, ser capaces de mirar a nuestros hijos y soñar futuro para ellos y sus hijos. En las sociedades modernas se ha perdido este elemento de transmisión de la herencia de la tierra, las costumbres, la vida de generación en generación. Nos centramos en el aquí y ahora, sin construir para el mañana ni pensar las consecuencias de un presente concreto e individual. Se trata de recuperar la dimensión de solidaridad entre generaciones. Soñar en futuro más allá de nuestra propia vida.
• Combatir la Economía explotadora frente a las sinergias que nos la venden como única respuesta económica posible. Articular nuevas economías basadas en lo cooperativo a nivel local –que es muy enriquecedor– y en lo consensuado equitativamente a nivel mundial, donde la política y los acuerdos sociales internacionales deben mandar sobre la economía y los intereses de las empresas transnacionales .
• Apostar por la austeridad como estilo de vida. Aprender a vivir de las necesidades y no de los deseos. Esto quiere decir, que es necesario decrecer para reducir los consumos y para equilibrar el propio reciclaje de la naturaleza . La austeridad en relación a los demás genera cooperación y equidad. Equilibra recursos y rompe el juego capitalista.
• Vincular Educación, Paz y Ecología. Ahora más que nunca no podemos educar si no tenemos en cuenta el gran universo necesitado de armonía. Necesitamos un nuevo tipo de educación que aborde de una forma distinta la preocupación por la Tierra. Una educación donde lo cooperativo que enseñe las virtudes ecológicas rebajando la violencia del abuso y la explotación de cuerpos y naturaleza y permitiendo una convivencia pacífica, solidaria y armónica . Recuperar la hospitalidad como valor común, siendo conscientes de la casa común.

Comprendernos como un cuerpo ecológico
En segundo lugar, es necesario pensar en el “todo” antes que en mi “yo” concreto. Sólo nos puede salvar de la muerte del planeta la conciencia de ser
• Un “todo” colectivo: donde lo mío como identidad individual se vincula fuertemente a los demás por lazos naturales y no solo sociales. Es tiempo de rechazar la visión dicotómica de la antropología dualista y androcéntrica ya que nos conduce al peligro de separar la experiencia de Dios en lo cotidiano de la reflexión colectiva; separa la vida real concreta y su explicitación en el discurso teológico; separa las dimensiones de interioridad y exterioridad; opone la racionalidad a la emoción y el sentimiento, sin permitir una visión global de la realidad. Supone, por tanto una dualidad en la que un extremo se impone sobre el otro, haciendo sufrir al “todo” colectivo: Dios sobre creación, hombre sobre mujer, hombre sobre naturaleza . Un dualismo que deforma la Revelación de Dios, como Amante de su creación, e impone la tiranía de la explotación.
• Un “cuerpo” vivo, dinámico y participativo es un cuerpo que fluye y se transforma continuamente a través del tiempo, sus ciclos y estaciones, la vida humana que nace y muere. La antropología holística o multipolar considera que nuestra identidad personal no viene definida por una bipolaridad (cuerpo-mente) que debe unificarse (uniformidad), sino más bien que se configura a través de relaciones de reciprocidad e interdependencia , acogiendo y celebrando la diferencia y la biodiversidad .
• Un “todo” creativo que afecta a las estructuras del mundo –también las del ser humano– y a las culturas haciéndolas ecológicas . Se trata de un todo generador, en continuo cambio y transformación que atraviesa todas las fronteras de la edad, sexo, raza, nacionalidad, credo o cualquier otro tipo de barreras y acoge, madura, plenifica, multiplica. Podemos desde ahí entender una relación con Dios de Amistad en la que acogemos, recreamos, tendemos la mano, defendemos a los pobres o a la tierra con todas sus criaturas deterioradas, como signo de la fuerza desbordante de la relación con Dios .
• Un “cuerpo” diverso, tesoro y valor del universo. La diversidad se impone como único camino para la vida, porque estamos constituidos por ella . Esto también es revelación de Dios. Supone por tanto, una apuesta por el cuidado de la tierra en su fragilidad y en su biodiversidad como forma de amar la vida . Hacer de la praxis cotidiana actos de amor hacia el “cuerpo” global. Una ética del cuidado, una ética que nos enraíza en la Tierra y nos hace más cercanos a Dios.

A modo de conclusión, nos encontramos ante un “kairós”, es decir, un proceso de autocomprensión nuevo, donde se construyan sinergias interdependientes de un “todo” vital. Un tiempo donde los poderes y las jerarquías se desplacen hacia lo relacional y lo cooperativo como forma de multiplicación de la vida. Un tiempo de regeneración de los cuidados como mecanismos de crecimiento y sostenibilidad. En esto, inevitablemente y a modo de apunte para otro artículo, las mujeres tenemos mucho que decir . La crisis que estamos viviendo es una oportunidad para sentar las bases de una nueva red de sociedades y culturas dispuestas a cuidar el mundo heredado desde el Amor de Dios. Un Amor de Dios que nos ama desde la propia diversidad y nos empuja a continuar con su obra creativa y generadora de vida sobreabundante.

Leonardo Boff

Benjamín Forcano

La entrevista de hoy contigo, Leonardo, reviste para mí un interés singular. Está muy en la cima de la publicidad la Encíclica del Papa Francisco “Laudato ,Sí” y nadie duda de que el haber llegado hasta ahí, se debe en gran parte a tu labor pionera en el campo de la ecoteología. Una labor necesitada, muy sugeridora, que ha puesto a vibrar uno de los temas más cruciales en la humanidad actual. Tus escritos de veinte años para acá rezuman un aire fresco tuyo, inconfundible, muy reiterado, y que yo me propongo llevar a nuestros lectores, extrayéndolo de uno de tus últimos libros: “La gran transformación, en la Economía y en la Ecología”.

Para entender la sociedad en que vivimos, consideras imprescindible analizar y valorar la Gran Transformación que se formó a partir del año 1834. ¿En qué consiste?
Yo la entiendo como el paso de una sociedad con mercado a una sociedad sólo de mercado, es decir, una sociedad que coloca la economía como único eje estructurador de toda la vida social, sometiendo a ella la política y enviando la ética al limbo. Se trata de un mercado competitivo, en el que cuenta el beneficio individual o corporativo, conseguido por lo general a costa de la devastación de la naturaleza y de la gestación perversa de las desigualdades sociales. Dicho mercado postula ser libre, y rechaza todo control, incluido el de un Estado, que trata de ordenar el Bien Común con sus leyes.

Y esta gran transformación , ¿qué tiene de malo?
Pues que lo mercantiliza todo, desde el sexo a la Santísima Trinidad. Todo es objeto de compra y venta, de todo se puede obtener lucro, de la salud, educación, deporte, artes, religión, … Se crea una gran masa de consumidores para obtener ingresos, se trate de bienes materiales o de bienes espirituales. Y hay cosas y sectores que no debieran entrar en el circuito comercial del mercado, tienen gran valor, pero no debieran ser sometidos a precio.

¿Esta mercantilización global tiene consecuencias?
Sí, muy graves. Señalo tres fundamentales.
Primera: escinde la humanidad de arriba abajo, creando un foso enorme entre pocos ricos y muchos pobres, se crea una injusticia social espantosa, con multitudes descartables, consideradas ceros económicos.
Segunda: su afán explotador y acumulador, sin ninguna consideración social, sanitaria o ética, ejerce una injusticia ecológica tremenda.
Tercera: actúa a sus anchas un capital especulativo (se calcula en unos 600 billones de dólares), del cual un billón y medio circulan diariamente en busca de ganancias mayores, por cuya razón decaen los capitales productivos, aumenta la precarización de trabajo y se expande más y más la pobreza.

¿Y esto supone repercusiones o efectos especiales para el planeta Tierra?
El planeta Tierra tiene unos límites físico-químicos-ecológicos que no soportan esa depredación y sobrevienen reacciones suyas violentas (terremotos, tsunamis, huracanes, desregulación de los climas…) para mantener su equilibrio y que resultan destructivos de las bases que sustentan la vida. La vida corre peligro y la especie humana pudiera ser extirpada por ella como si fuera una célula cancerígena.

Ya que señalas este punto, por qué no explicas lo que supone la Gran Transformación en este campo de la ecología. ¿Por dónde comenzarías?
Por dónde comenzó la Teología de la Liberación, por liberar las opresiones que recubren la sociedad: obreros explotados, afrodescendientes discriminados, indígenas sobrevivientes, patriarcalismo – machismo y, finalmente, el grito de la Tierra, generadora de todas las formas de la vida y explotada en todos sus bienes desde siglos. Ella es la Gran Pobre, crucificada, y que clama por su resurrección: si la marca registrada de la Teología de la Liberación es la opción por los pobres contra la pobreza y su injusticia, la Tierra debe ser incluida en primer lugar en esta opción. Si no liberamos a la Tierra eliminamos la base real para cualquier otro tipo de liberación.
Denunciamos que la misma lógica que explota al trabajador, a las clases y a los países, explota también a la Madre Tierra. Minorías poderosas se enriquecen ilimitadamente, sin ética ni equidad social alguna en el presupuesto de que la Tierra es una especie de baúl con una riqueza inagotable, lo que efectivamente no es.

Sin embargo, yo que te conozco y acompaño desde hace más de treinta años, veo que esta opción por la Tierra Oprimida apenas si aparece en el primer itinerario de la Teología de la Liberación.
Nuestra prioridad por la opción de los pobres no tardó en descubrir el paralelismo e imperativo de nuestra Opción por la Tierra Pobre. La ecoteología hizo crecer la conciencia colectiva de que la Tierra ha llegado a la frontera de su sostenibilidad. Es decir, hemos descubierto que el avance de ese caos destructivo de la Tierra tiene origen en la relación agresiva e irresponsable que el ser humano tiene con su habitat natural. Somos como un meteorito, no venido del exterior, que destruye el sistema-vida y el sistema-tierra. Los cientistas han creado una palabra para expresar esta realidad perversa: el antropoceno. Se trata de una nueva era geologica,en la cual el gran amenazador de la vida y del equilibrio del sistema-Tierra es el propio ser humano.

¿Existe y crece de verdad esa conciencia?
Nosotros nos hemos organizado en torno al triunfo del más fuerte, que busca ventajas sobre los demás seres por competición y hemos abandonado la lógica solidaria del Universo, que es una lógica de conectividad, de interdependencia y colaboración, según señalan todos los científicos. Nuestra lógica es antinatural, hay que cambiarla, si queremos evitar el desastre.
Esta otra conciencia cosmológica nos obliga a ajustar nuestra conducta con la lógica del Universo, que asegura la expansión y autocreación con todos sus seres, inertes y vivos. Cuanto más se expande y complejiza el universo más interiorización y subjetividad adquiere y más estrechan todos los seres su interdependencia y comunión. A la Teología de la Liberación ya no le servía el paradigma de una cosmología mecanicista y estática: la metáfora de una pirámide en cuya punta se encuentra Dios.

¿Ves importante y posible instaurar esta nueva visión?
Difícil, después de tantos siglos que nos posee otro modelo. Pero la crisis actual nos impone dejar atrás la monocultura del pensamiento único en la política, en el economía y en el teología oficial. Al ser humano no le basta con el consumo de los bienes materiales. Somos hijos e hijas de la Madre Tierra que, a través de nosotros, siente, ama, cuida y se preocupa por el futuro común, y nos responsabiliza sobre todo de los excluidos y de los que más injusticia sufren. Somos Tierra como se sugiere en el Génesis 2,7.

Afirmas que, si mantenemos en esta nueva era geológica la mentalidad del antropoceno, como te referías antes, podemos llegar a la sexta extinción masiva.
Hace tiempo que biólogos y cosmólogos nos advierten de que nuestra intervención agresiva está quitando a la Tierra su capacidad reguladora y aparece como posible el exterminio de nuestra civilización.
La Tierra ha conocido 15 extinciones de grandes proporciones. En los últimos 540 millones de años se ha dado una cada cien millones de años. La última, que ha destruido gran parte de la vida en el mar y en la tierra, ocurrió hace 65 millones de años, cuando fueron exterminados los dinosaurios, después de haber vivido más de cien millones de años en nuestro planeta.

¿Y cómo sabemos que estamos en la sexta extinción?
Se reducen las especies (se calculan en 250.000 las especies exterminadas), crece la contaminación del agua, del suelo, del aire, se ha revertido en tres millones de años el proceso evolutivo; no denunciamos lo que está siendo un atentado contra la Vida y contra la Tierra: biocidio y geocidio.

¿Se puede desacelerar esta sexta extinción?
Se puede y se debe. Son 13.700 millones de años los que nos separan de nuestros orígenes. El Universo –impregnado de inteligencia y propósito- nos interpela y solicita nuestra colaboración para renovar el Contrato entre la Tierra y la Humanidad, que exprese nuestro cuidado y respeto hacia ella; para vencer la lógica individualista y competitiva y reinventarnos como especie que se preocupa de las demás especies y aprende a convivir con toda la comunidad de vida, respetando el valor intrínseco de cada ser. Al paradigma del sometimiento y extinción, tiene que suplir el paradigma de la compasión, del cuidado y del respeto.
Por tanto, sí que podemos, si acertamos a relacionar todas las cosas entre sí, combinar los saberes y controlar las ganancias del mercado.

¿Tiene algo que ver con esto el calentamiento global? ¿Es ciencia o ficción?
No voy a llorar como lo han hecho otras personas cuando les ha tocado narrar ante las Naciones Unidas el horror de tifones devastadores, etc. Voy a dar unos datos:
-La temperatura del Pacífico tropical, que estaba por debajo de los 19,2º C, alcanzó en 1998 los 30ºC. Los tifones y vientos han incrementado su velocidad de 240 km / h en 1951, a 380 km / h en el 2013.
-La concentración de CO2 al inicio de la era industrial era de 280 ppm, hoy hemos llegado a 450 ppm.

¡Y los Gobiernos, multinacionales y otras instituciones sin reaccionar!
Hay gentes de dinero, negacionistas a ultranza, que llegan a coaccionar a científicos para que no digan todo lo que saben. Su razón enloquecida les impide ver los perjuicios de su riqueza acumulada. Y hay Gobiernos y otros dueños del poder que dificultan de mil formas cualquier consenso. Quieren que las cosas sigan igual.
Pero la cuestión central está en reconocer que este caos ecológico se debe a nuestro modo de producción, que destruye la naturaleza y alimenta la cultura del consumismo ilimitado.
No hay más alternativa que la de cambiar la economía neoliberal, agresiva y competitiva y que establece una guerra de mercado, de todos contra todos.
La Tierra no aguanta más, necesita un año y medio para recuperar lo que le arrancamos en uno. El calentamiento global no es sino la fiebre que denuncia que ella está gravemente enferma.

Frente a esta situación, ¿ves alguna solución, cuál sería tu propuesta?
Hablo de una sostenibilidad:
-Que afecta en primer lugar a la Tierra, que contiene vida, está viva, se autorregula, se regenera y evoluciona. Sin ella desaparece la base para la sostenibilidad de las otras formas de vida.
-De una sostenibilidad integradora: entre todos los seres hay un lazo de parentesco por su alfabeto genético básico. Somos todos interdependientes. Y nos necesitamos para subsistir. No sólo, pues, antropocéntrica sino holística, que asegura las condiciones necesarias para la generación de los seres, que los haga sostenibles en su valor intrínseco.
-En este proceso evolutivo, el ser humano es como punta de lanza. Somos portadores de conciencia, sensibilidad e inteligencia. Nos corresponde por tanto cuidar de la Madre Tierra, garantizar la continuidad de la civilización y vigilar nuestra capacidad destructiva.
– El Universo se alimenta de la Fuente Originaria de todo ser, y posee un fin en sí mismo, como lo manifiesta el hecho mismo der existir que la da sentido y creatividad.
-Las necesidades humanas podemos cubrirlas bien a través de un uso racional y cuidadoso de los bienes que la Tierra y el Cosmos nos ofrecen. Hay que vivir una sobriedad compartida, una frugalidad voluntaria y intentar ser más con menos.
-Las futuras generaciones tienen derecho a heredar una Tierra y una Naturaleza bien preservadas y hasta enriquecidas por nosotros. La Tierra es suficiente para hoy y para mañana, pero sólo si establecemos relaciones de cooperación y solidaridad.

¿Cómo encajas en esta visión y cuidado con el hecho vergonzosamente mundial del hambre?
Gandhi decía con razón:” el hambre es un insulto; deshumaniza, destruye el cuerpo, el espíritu y la propia alma. El hambre es la forma más asesina que existe”. Por el hambre son muchas las personas que sufren. Y sufren porque en todos los países se ha establecido como patrón de progreso el consumismo ilimitado. Y sufren porque sucumbimos a políticas económicas que producen los bienes superfluos y, mediante feroces campañas de propaganda, nos hacen creer que los superfluo es necesario y fuente secreta de felicidad. Y sufren porque se fomenta nuestro deseo de poseer y consumir, que es ilimitado. Y sufren porque vivimos en una sociedad abarrotada de bienes superfluos, con centros comerciales omnipresentes, verdaderos santuarios de consumo.

¿Y no santuarios de felicidad?
No, porque esos santuarios con sus ídolos-fetiches dejan vacía el alma, no colman sus deseos que, además de pan, necesitan transcendencia, comunicación, belleza, y otros valores que no se compran ni se venden como son la gratuidad, el desinterés, el amor.
Multinacionales y muchos políticos no saben sino espolear el ansia de consumo para superar la crisis económica, siempre claro a costa del Planeta Tierra y de sus ecosistemas. Como decía en el 68 el presidente Robert Kennedy “El PIB mide todo menos aquello que hace la vida verdaderamente digna de ser vivida”. No concordaba con el sistema imperante, tres meses después fue asesinado.

O sea, ciudadano en esta sociedad, pero esclavo de la trampa del consumismo.
No, porque podemos adoptar un comportamiento anticorriente, antisistema, mediante este quinteto de erres: reducir los objetos de consumo; reutilizar los que ya hemos usado; reparar los que ya se han estropeado; reciclar los productos dándoles otra finalidad; rechazar lo que el marketing nos obligar a consumir. De esta manera, creamos una nueva relación hacia los bienes, la naturaleza y, sobre todo, hacia las necesidades que son la mayor parte. Nos convertimos en anticultura.

¿Qué quieres decir cuando afirmas que el respeto es el fundamento de la ética y de los derechos humanos?
El respeto es reconocer al otro como otro, percibir que tiene valor por sí mismo. Ahora, el otro son todos los que surgen ante mí, desde un árbol, un paisaje, un animal a un ser humano cualquiera.
El primer otro es la naturaleza; no tratar a la naturaleza con respeto es el gran vicio del antropocentrismo, imperante en casi todas las culturas mundiales. Nos hemos creido que todos los seres no tienen sentido sino en cuanto subordinados, para ser utilizados a nuestro antojo.
La mayoría de los seres vivos son más viejos que nosotros: águilas (150 millones de años), perros (30 millones)… Nosotros entramos en el escenario de la evolución cuando el 99,98 % de la historia de la Tierra estaba concluida.
La naturaleza no necesitó del ser humano para organizar esa inmensa complejidad y biodiversidad. Debiéramos admitir como lo más correcto sentirnos en comunión con la comunidad de vida anterior. En este sentido, son para meditar las palabras del famoso investigador Edward Wilson: “El ser humano ha transformado el Eden y el Paraíso ocupado en una paraíso perdido. El viene desempeñando hasta hoy el papel de asesino planetario, preocupado sólo por su propia supervivencia a corto plazo”.
El segundo otro es el ser humano, surgido hace siete millones de años y como sapiens hace cerca de 100.000 años, portador de una conciencia de dignidad y un fín en sí mismo y merecedor de reverencia y respeto.Esa dignidad impide utilizarlo como medio para la producción, la guerra o la experimentación científica. Culmen de la evolución conocida hasta hoy, la evolución se hará, para el bien o el para mal, con su intervención libre y creadora.
Sin el respeto, se impone el derecho del más fuerte, que sustituye el Derecho por la Fuerza, y pretende reducir al otro en objeto o cosa, destituyéndole de su estatuto humano.
Esta reducción es del todo inadmisible cuando se pasa por encima de la conciencia personal, que reclama respeto sin condiciones, aun cuando sea invenciblemente errónea.
La dignidad de la persona es la base de la laicidad –ciudadanía universal- y de la democracia. De esa dignidad brota un imperativo ético universal, que hace sentirnos unidos y en comunión con todos. Las personas son todas iguales , todas tienen un valor propio irrenunciable, y todas deben ser respetadas en sus derechos y deberes. Por lo que ningún Estado laico puede privilegiar a ninguna de las Confesiones religiosas; su misión es garantizar el pluralismo religioso y de las minorías, siempre que se ajusten a las reglas básicas, comunes, de la convivencia.

¿A la vista de lo que estamos viviendo, este respeto del que hablas, es quimera o realidad?

Quimera, no; utopía, sí. Hemos conseguido por lo menos que sea reconocido como un ideal, una meta válida, teóricamente admitida y respaldada por todos los Estados. Si todos los seres humanos tienen un valor, lo es por el hecho mismo de existir, ninguno puede ser manipulado , se alza ante nosotros como un misterio que reclama cuidado, responsabilidad y veneración. Immanuel Kant tenia razón quando decía que el ser humano es un fin en si mismo y jamás puede ser un medio para cualquier otra cosa.
El Budismo enseña a vivir en armonía con todas las cosas y con el Todo; el Hinduismo vive del respeto a todos y de la no violencia; Francisco de Asís daba el dulce nombre de hermanas y hermanos a todas las criaturas, de quienes, por maravilloso y de todos desconoc ido, adivinaba los secretos , como quien goza ya de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios. Es el saber estar con las cosas, conviviendo con ellas, y no estar sobre ellas dominándolas.
Figuras eminentes de la Filosofía y de las Religiones coinciden en que lo que necesitamos es respeto y compasión hacia todos los seres del Universo, volverse de verdad humanos y hacer por los pobres lo que debe ser hecho, vivir en medio de vidas que quieren vivir.
La ética nos hace responsables de todo lo que existe y vive y de ella nace el respeto y la veneración por cada ser de la naturaleza. La falta de ética humanitaria es la causa de la mayor crisis de la historia de la cultura moderna. O vivimos el respeto incondicional a todo ser, o perdemos la base que sustenta el empeño por la dignidad y los derechos humanos.
No sólo eso, sin el respeto y la veneración, perdemos la memoria de lo Sagrado y lo Divino, que atraviesan el universo y emergen en la conciencia humana.

Quizás , Leonardo, lo más incitante de tu discurso ecológico es que, frente al mundo descreído de hoy, situas a Dios en medio de este gran proceso cósmico.
Mira, este proceso, que tiene la friolera de 13.700 millones de años, ostenta paradas, retrocesos y avances , destrucciones masivas y renovaciones. Pero, visto hacia atrás, el proceso muestra una flecha que apunta hacia adelante y hacia arriba. Hay quienes descartan toda direccionalidad en el Universo, no tiene sentido. Otros no aciertan a entender que el universo carezca de sentido.
Para mí, El Universo en proceso evolutivo manifiesta una escalada ascendente desde cuando la energía se convierte en materia hasta el surgimiento de la vida consciente e inteligente.

Pero, ¿cómo está Dios en este proceso?
Está dentro y está fuera. Dentro como energía que subyace a todo lo que existe. Fuera porque es anterior a todo lo que existe y es el impulsor inicial de todo cuanto existe.
De la nada, no viene nada. ¿Quién hace brotar el big-bang con su energía material e informativa y quién le da el impulso para que ocurriera? Alguien puso a los seres en su existencia y los mantiene.
Sobre el Misterio de esta energía Pura, nadie puede decir nada, pues está antes que toda materia y que todo espacio-tiempo. Realidad incognoscible, pero que percibimos y sentimos como presente en el Universo y despierta en nosotros el sentimiento de grandeza, respeto y veneración. ¿Quién hizo esa noche cuajada de estrellas? “Es imposible despreciar la aurora del amanecer , permanecer indiferente cuando se abre una flor o no quedarse pasmado ante un recien nacido” ( A.J. Hacschel). Espontáneamente decimos: Dios puso todo en marcha. Si Dios no estuviera en el origen de todo , antes de todo, y, en cierto modo, fuera y al mismo tiempo dentro penetrando y sustentando todo, todo volvería a la nada o al vacio cuántico.

Entonces, ¿todo lo que existe, Dios lo creó con una finalidad?
Si sabemos responder a esto, dice Stephen Hawking, entonces habremos alcanzado el conocimiento de la mente de Dios.
Mientras los científicos buscan este designio escondido de Dios, nosotros podemos decir: El Universo es como un espejo de sí mismo, un desbordamiento de su ser, bondad e inteligencia y lo crea para hacerlo partícipe de su sobreabundancia.
Ahí estamos nosotros con conciencia para oir su mensaje, captar las hisrorias de los seres de la creación, de su propio proceso y religarlos todos a su Fuente. Creó al ser humano para ser compañero de su bondad y de su amor, para ser visto y conocido desde fuera por alguien diferente a El, pero semejante. Para la tradición judeo-cristiana existimos para llevar adelante la creación y acabarla, siendo concreadores, protectores y cuidadores de todo lo que ha sido creado.
Mientras ascendemos y no llegamos a mostrar todas nuestras potencialidades escondidas, descubrimos muchas cosas buenas. Cuando llegue el momento de la plenitud, sólo entonces podremos afirmar con Stephen Hawking conocer algo de la mente de Dios, su designio sobre todo lo creado, y nuestra existencia. No sé si, acaso entonces, como dicen los místicos, no seremos convidados por Dios para ser también nosotros, Dios por participación. ¡Oh Gloria!

A la luz de todo lo que dijiste en esta entrevista, ¿cómo interpretas la encíclica del Papa Francisco sobre “el cuidado de la Casa Común”?
Yo diría que la encíclica va en la línea de nuestras reflexiones. Lo interesante es notar que, por la primera vez,el magisterio pontificio,asumió el nuevo paradigma, dejando para atras el viejo que es el convencional y todavía dominante. Los términos del nuevo paradigma están todos ahí: la interdependecia de todos con todos; la íntima conexión del ser humano con la naturaleza; el rescate de la razón sensible y cordial por que la razón cientifico-técnica es insuficiente para aclarar los problemas ecológicos actuales; la ética del cuidado, de la ternura y de la responsabilidad colectiva; una espiritualidad cósmica, que hace que el dolor de la Tierra y de los demás seres sufrientes sea sentido como nuestro dolor; la fe de que Dios es el “soberano amante de la vida” como se dice en el libro de la Sabiduría (11,26) y que no va a permitir la desaparición de la vida en la Casa Común; el sentido de fiesta y de esperanza, la presencia de la poesía en sus textos como en el final:”Caminemos cantando; que nuestras luchas y nuestra preocupacion por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza”(n.244) No se trata de una encíclica “verde”, sino que desarrolla una ecología integral que abarca lo ambiental, lo social, la político, lo cultural, lo cotidiano y la espiritualidad. Yo diría, sin exagerar, que es la Carta Magna de la moderna ecología en el sentido más amplio y profundo.

La Izquierda Franciscana

Antonio Zugasti

¿En qué estamos fallando? Ese el título de un libro coordinado por Jorge Rietchman en el que reflexiona sobre los motivos por los cuales el discurso ecologista sobre las negativas consecuencias ambientales de nuestra cultura productivista y consumista tiene tan poca repercusión en la sociedad. La solidez de este discurso es incuestionable, y no es nuevo. Ya en el siglo XIX Stuart Mill se planteaba que inevitablemente habría que llegar a un estado estacionario, es decir, sin crecimiento económico. En los años setenta del siglo pasado el Informe al Club de Roma, elaborado en el MIT bajo la dirección de Dennis Meadows, supuso un bombazo en la conciencia mundial. En él se planteaba la necesidad de conseguir el crecimiento cero… pero se siguió creciendo.
En el mismo sentido se han ido acumulando tal cantidad de estudios científicos sobre el cambio climático, el agotamiento de los recursos, la contaminación y el empobrecimiento de la biodiversidad, que nos obligarían a plantearnos muy seriamente un cambio radical en nuestro estilo de vida y en nuestra forma de producir y consumir. Pero ese cambio no se produce.
Naomi Klein, en su último libro Esto lo cambia todo, expone de una forma exhaustiva los motivos por los cuales el cambio climático nos obliga a un cambio radical en nuestra organización social y económica. Lo más notable de esta autora es que no ve el cambio como el sacrificio de una serie de mejoras que hacen nuestra vida más agradable y cómoda. Al contrario, piensa que ese cambio supondría un avance en la calidad de vida para la mayor parte de la humanidad.
Pero no ha cambiado nada. Incluso la crisis financiera ha relegado a un segundo plano los aspectos relacionados con el medioambiente. En España una serie de científicos y expertos en cuestiones medioambientales redactaron recientemente un manifiesto con el título de “Última oportunidad” en el cual recalcaban la urgencia de adoptar medidas decisivas si queremos evitar una catástrofe ambiental de consecuencias imprevisibles. El manifiesto fue firmado por mucha gente, entre ellos varios políticos. Sin embargo, es un tema prácticamente desaparecido en campañas y precampañas electorales. Creo que esos políticos firmaron compartiendo sinceramente las preocupaciones expresadas en el manifiesto, pero a la hora de la verdad (“la verdad electoral”, que tiene muy poco que ver con “la verdad” a secas) son conscientes de que ese tema no es una preocupación prioritaria de la ciudadanía y, por tanto, lo más que hacen es una mención honorífica de esa cuestión.
Cerramos los ojos a esa “Verdad incómoda” que hasta un vicepresidente de los EE.UU., Al Gore, trataba de llevar a la mente de la humanidad. Otra advertencia más de que estamos forzando los límites de nuestro planeta, y ese hecho puede llevarnos a una situación bastante peor que incómoda.
Tampoco parece que corran mejor suerte los esfuerzos por detener el deterioro social de la humanidad. Deterioro reflejado en el hecho de que las 85 personas más ricas del mundo acumulen tanta riqueza como los tres mil millones de personas más pobres. Hace 167 años Marx anunciaba que el fantasma del comunismo recorría Europa. Hoy son otros fantasmas, ¡los mercados!, los que recorren Europa (y el mundo entero) atemorizando a todos los pueblos: Fantasmas sin nombre, sin rostro y sin alma, pero con capacidad de hundir cada vez más en la miseria a los pobres de la tierra y haciendo temblar todo el bienestar trabajosamente conseguido por los afortunados habitantes del Primer Mundo.
Todos los sueños de una revolución mundial se agotaron, se aguaron o se convirtieron en pesadillas. El poder económico domina en la tierra y parece que nadie sabe cómo resistir su opresión. En estos momentos hasta la aparición y el ascenso de un político como el laborista británico Jeremy Corbyn, que pretende simplemente volver a una auténtica socialdemocracia, causa sorpresa y admiración en unos e irritación y malestar en otros. Claro que la acusación de radicalismo que le hacen es muy comprensible si lo vemos al lado de las pobres aspiraciones de una claudicante izquierda oficial. .
Los gobiernos progresistas de América Latina, en los que se vio un avance hacia una situación de mayor justicia y libertad, ciertamente han conseguido notables mejoras en la erradicación de la pobreza y la desigualdad, pero no han podido evitar el basar su economía en un acentuado extractivismo, con lo que, voluntaria o involuntariamente, están colaborando al deterioro del medio ambiente y al agotamiento de los recursos del planeta. Además de estar siempre en el filo de la navaja, expuestos al zarpazo mortal del gran vecino del norte. Veremos lo que logra resistir la Venezuela chavista, a la que combaten ferozmente no sólo la oligarquía venezolana y el imperialismo norteamericano, sino hasta un expresidente del “socialismo” español.
Vivimos tiempos de una izquierda desmoralizada, sin un aliento utópico, sin claridad de ideas, sin capacidad de ilusionar, con objetivos pobres y hasta mezquinos. A muchos se les llena la boca con la palabra cambio, pero sus aspiraciones no van más allá de un cambio que pueda ser hecho con permiso de los mercados. Lo que sería necesario es quitarles el poder a los mercados, pero ¿quién habla hoy de eso?
Sin embargo, en el momento más inesperado, y desde el lugar más inesperado, entre el clamor de voces confusas y falsas, resuena clara y fuerte la voz del Papa Francisco rescatando el espíritu fundamental del Evangelio:
Pero yo os digo, no sirváis al dinero, ha creado un mundo en el que la economía mata. Liberaos de ese ídolo, sus tentáculos ahogan todos los esfuerzos para construir una sociedad de hombres y mujeres libres. No os dejéis engañar por sus mentiras, nunca se ha visto que el mercado sea un medio válido para repartir con justicia los bienes de la tierra. No creáis que estrujando la naturaleza hasta la última gota vais a tener un crecimiento económico que resuelva todos vuestros problemas. Respetad la naturaleza, y ella os dará lo suficiente para una vida sobria y digna. Oísteis que se os dijo: “votadme a mí y yo haré que viváis mejor, con más confort y más consumo”. Pero yo os digo: cambiad vuestra forma de vida liberaos de la ambición que os seca el corazón, liberaos de un consumismo insaciable. Arrojad fuera de vuestra alma el dios dinero, no os creáis que él os pueda dar el bienestar y la felicidad. Y alegraos, sí, profundamente con la buena noticia de que el Reino de Dios está cerca.
Oímos esas palabras que, como a Pedro a la orilla del lago, nos impulsan a ponernos en pie. “Señor, toda la noche hemos estado pescando y no hemos cogido nada, pero en tu nombre echaremos las redes”. Sí, echaremos otra vez las redes. Las echaremos con renovada ilusión, con renacida esperanza.
Pero tengamos muy en cuenta que estamos en una época histórica y cultural muy distinta de aquella en la que se escribieron los Evangelios. No esperemos una pesca milagrosa que llene nuestras redes mientras nos balanceamos con el suave vaivén de las aguas del lago. Dos mil años de historia nos confirman que no es así como viene el Reino de Dios. Se ha tratado de un avance trabajoso entre aciertos y equivocaciones, cayendo y levantándose. Tenemos que aprender de los fracasos y mirar bien que nuestras redes sean nuevas y sólidas.
Creo que podemos ver con suficiente claridad que lo que ha fracasado es un socialismo basado en una filosofía materialista y con pretensiones de científico. A partir de un craso materialismo es muy difícil llegar a una sociedad basada en unos valores humanos y éticos. Es verdad que en el fondo de la postura de Marx descubrimos una opción ética. Su idea es que el progreso de los seres humanos consiste en avanzar hacia una sociedad de iguales, sin opresores ni oprimidos, en la que la libertad de cada uno es condición de la libertad de todos. Es evidente que no todo el mundo comparte este ideal. Por ejemplo, para Fredrich Nietzsche, el ideal humano es el superhombre, y al describir su comportamiento Nietzsche no se andaba con disimulos: “Esa “aristocracia sana”, liberada de toda compasión decadente ante los débiles, capaz de pensar en profundidad y defenderse de toda debilidad sentimental sabe que la vida es esencialmente apropiación, herir y avasallar lo extraño, lo débil, opresión y dureza… y por lo menos explotación”.
Los dos son filósofos, alemanes, contemporáneos, los dos ateos. No creo que nadie pueda decir que uno es más inteligente que otro ni que su ideal humano tenga una mayor base científica. Se trata de opciones éticas indemostrables, opciones que nacen en el más hondo sustrato moral de la persona. ¿Era Marx consciente de que partía de una opción ética, no científica? Seguramente no. Influido por el positivismo científico de la época consideró que se trataba de la consecuencia de un análisis científico de la realidad social, atribuyendo a las ciencias humanas y sociales el mismo grado de certeza que a las ciencias naturales. Y desde esta base plantea su lucha contra el sistema capitalista. El resultado está claro. Se produjeron unas revoluciones que cambiaron las estructuras económicas, pero la humanidad nueva no ha surgido de ahí. Lo acontecido en Rusia y China lo confirma sobradamente. Y nada nos hace sospechar que en el futuro vaya a ser de otra manera.
Necesitamos sendas nuevas para caminar hacia ese otro mundo soñado de una humanidad fraterna y libre. Y razones nuevas para enfrentarnos al capitalismo, a ese tumor maligno de la humanidad que con su desarrollo canceroso amenaza la propia supervivencia del género humano. La Encíclica de Francisco pone claramente de relieve esos caminos nuevos. No se puede construir un mundo realmente humano por la simple evolución de unas ciegas fuerzas productivas. Francisco viene a poner el alma que le faltaba a los movimientos de liberación de la humanidad, descubrir el soplo del Espíritu en el camino hacia la justicia y la fraternidad. Fraternidad de hijos de un mismo Padre.
No se puede parar el deterioro ecológico de nuestro planeta por el miedo a la catástrofe medioambiental. Hace falta que admiremos a la naturaleza, que la amemos, que la veamos como la obra del Padre, que la llamó a la existencia y vio que era muy buena. Hace falta que la contemplemos con los ojos de Francisco de Asís.
A lo largo de toda la historia de los movimientos sociales contra el capitalismo, los cristianos hemos ido a remolque, cuando no hemos tomado una posición claramente conservadora. Claro que a esta situación ha contribuido decisivamente el ateísmo militante que adoptaron los distintos socialismos. Hoy, con esos socialismos en acelerada decadencia, y cuando su ateísmo sectario no puede mantener la menor pretensión de postura científica, sino que presenta muchos rasgos de dogmatismo trasnochado, es el líder de la Iglesia católica el que levanta valientemente la bandera de una oposición frontal a esa economía de muerte. La llamada a construir un socialismo ético, en la línea de la sociedad querida por Jesús, está lanzada. Es nuestra responsabilidad como cristianos, la de todos, escuchar la llamada y poner manos a la obra de construir esa nueva izquierda, una izquierda franciscana.