Sin mujeres no hay futuro. La causa de las mujeres, una causa mayor hoy

Belén Brezmes y Silvia Martínez

Introducción: el siglo de las mujeres

Las transformaciones sociales y culturales que se van dando en la humanidad están favoreciendo a las mujeres. Hoy las mujeres viven mejor (en algunos países) que en el siglo pasado. La entrada de las mujeres en la escena de la historia con voz propia y de modo definitivo ha hecho que se hayan desarrollado nuevos comportamientos, prácticas y valores para las sociedades. Un ejemplo de estas transformaciones es la nueva sensibilidad hacia la violencia de género y las condenas públicas y de la justicia. Hace 60 años era impensable esta injerencia de lo estatal en un ámbito personal. Hoy ya es asunto de los gobiernos democráticos, pues lo han asumido como tarea gubernamental. Se va desarrollando lentamente una sensibilidad por la lucha contra distintas expresiones del poder patriarcal que vulneran los derechos de las mujeres.

Hablamos especialmente de occidente, y de países donde hay un mínimo control y desarrollo justo de las leyes. Estas transformaciones son desiguales en los distintos países del mundo, aunque el principio de igualdad de hombre/mujer se va asumiendo, lento pero imparable, como fenómeno global. Un ejemplo, el pasado 8 de marzo, sin duda histórico. Las raíces de este “feminismo” o “igualdad de género” las encontramos en el feminismo de la igualdad que se concreta en la Ilustración y se desarrolla en la lucha sufragista de finales del siglo XIX y principios del XX.

La igualdad civil que se alcanza con el voto femenino supone la apertura de otros debates. ¿Cómo explicar la subordinación de la mitad de la especie humana aunque se avance en derechos –voto, educación y trabajo–? La desigualdad persistía tanto pública como privada ya que estaba tan arraigada en las prácticas sociales que las conquistas de las mujeres quedaban invisibilizadas en lo cotidiano.

Simone de Beauvoir negó, en su libro El segundo sexo (1949), la existencia de “lo femenino”. Ser mujer consistía en una existencia construida social y culturalmente a lo largo de la historia por el poder de los varones, que había echado mano de argumentos sacados de la biología, la psicología o la sociología para justificar tal segregación. Por primera vez se habla de la construcción social de género de forma científica. Los hombres habían definido a la mujer no por sí misma, como individuo autónomo, sino por la relación con lo masculino, considerado “lo general”. La mujer era “lo particular”, “la otra”, “el segundo sexo”, como un sujeto sometido a la proyección de los deseos del varón. “No se nace mujer, se llega a serlo” afirmará Beauvoir. El género no es producido por la naturaleza sino por la cultura en cada sociedad, es una construcción social. Los planteamientos de Beauvoir y otras autoras son los fundamentos de una nueva generación de feminismos en la segunda mitad del siglo xx.

Otro hito lo encontramos en La mística de la feminidad (1963), de Betty Friedan, que nos habla de un malestar en la mujer, como esposa, ama de casa, y madre de familia, que actúa como un velo que la invisibiliza. La mujer tiene libertad, independencia, derechos políticos y, a la vez, está bajo el yugo del ideal de lo femenino como complemento del varón aparcando sus aspiraciones profesionales en aras del matrimonio. La autora desvela la trampa de la opresión individual y colectiva a pesar de vivir en una sociedad con todos los derechos. Impulsa una defensa de la propia realización de la mujer como tal y plantea la defensa de la propia feminidad que no tenía por qué estar subordinada a su relación con los hombres. Estos planteamientos avivaron la conciencia feminista en una sociedad que pretendía mantener el status quo. Y de esta manera lo privado se hace público y se convierte en política. Es Kate Millet quien introduce el concepto de que “lo personal es político” (Política sexual, 1970). El sexo es baluarte del sistema de dominación del hombre sobre la mujer. Es el sustrato de todo tipo de opresión. Se adapta a todo tipo de organización económica, política o cultural a lo largo de toda la historia y del mundo para un patriarcado dominador.

A partir de los 80, los feminismos se multiplican, desde la idea de la diversidad sexual. Lo opuesto a la igualdad no es la diferencia, sino la desigualdad. Es fundamental aceptar la diferencia sexual entre hombres y mujeres como base de construcción personal y social. Así surge el feminismo de la diferencia. El orden patriarcal nos homogeniza, no respetando la diversidad de cada persona. Las diferencias de sexo se establecen en desigualdades sociales. Judith Butler afirma incluso, en su libro El género en disputa (1990), que el sexo también es una construcción histórica que queda afectada por el pensamiento patriarcal. No existe un único modelo de mujer, por el contrario, existen múltiples modelos de mujer, determinados por cuestiones sociales, étnicas, de nacionalidad, clase social, orientación sexual o religión. Se multiplican los feminismos en función de los contextos. Se descolonizan, tomando protagonismo en otros lugares fuera de Europa, con sus propias características y preocupaciones. Es la tercera ola: la variedad de enfoques, de propuestas y de visiones da lugar a la teoría queer, la teoría post colonial, los nomadismos feministas, las teorías homo y transexuales, etc. Todos ellos se centran en la “micropolítica”, es decir, las prácticas personales y cotidianas. Desafían el concepto de lo que es bueno o malo para la mujer.

Por otro lado la crisis ecológica de final de siglo y la concienciación de que afecta más a las mujeres –la mayoría de los pobres– comienza a reflexionar sobre alternativas ecofeministas para las estructuras y procesos sociales. Es una respuesta a la idea patriarcal de dominación de la naturaleza, del control de la fertilidad de la tierra, incluyendo la fecundidad de las mujeres. Su desarrollo en los países asiáticos y africanos da claves nuevas a otros feminismos que apostarán por economías alternativas feministas para un sostenimiento real del planeta donde se tenga en cuenta a las mujeres.

Las mujeres, motor de la economía mundial

Todo este recorrido sociocultural del siglo xx nos permite afirmar que las reivindicaciones de las mujeres nos han conducido a otro tipo de sociedades. Pero eso no quiere decir que todo esté conseguido. Actualmente, si tenemos en cuenta los datos de la economía mundial, la riqueza del mundo pertenece mayoritariamente a los hombres. Sólo el 1% de las propiedades que existen en el planeta es de las mujeres. Y es que aunque legalmente la posesión sea de los hombres, el trabajo es de las mujeres. Ellas son el motor de la economía familiar y local: venden en los mercados, hacen trabajos extras para el mantenimiento de las familias, distribuyen el dinero adecuadamente y lo invierten en pequeños negocios de subsistencia. Pero ni las propiedades ni las pequeñas riquezas que consiguen para la familia están a su nombre. Y cuando se producen terribles acontecimientos como los desastres naturales, se destruyen las viviendas, se pierden los ahorros, desaparece el sustento de cada día… ellas lo pierden todo, son las más directamente afectadas. Se quedan sin nada.

Las posibilidades de que los hogares encabezados por mujeres sean más pobres que lo sean los hogares encabezados por hombres son mayores en la mayoría de los países. La desprotección social y jurídica afecta directamente a esta tendencia. El porcentaje de hogares encabezados por mujeres aumentó en todo el mundo a partir del decenio de 1980. En Europa Occidental, por ejemplo, creció del 24% en 1980 al 31% en 1990. En el mundo de los países en desarrollo, oscila entre menos del 20% en algunos países meridionales y del Sudeste Asiático y casi el 50% en algunos países africanos y del Caribe. Según el último informe sobre la situación laboral de las mujeres en España del Consejo Económico y Social (2017) [1], el 81% de las familias españolas monoparentales (10,3% de total de familias) tiene como cabeza de familia a una mujer que se hace cargo del núcleo familiar de forma individual.

La feminización de la pobreza no deriva tanto de la incapacidad para entrar en una relación salarial (desempleo, enfermedad o vejez), como de la “dependencia afectivo económica” de las mujeres [2]. La desprotección a las mujeres, en situaciones de cambio en la vida familiar como las rupturas, la viudedad, la crianza de los hijos menores, son la causa de la pobreza y no sólo la renta o la relación con el empleo. Se trata de un trabajo dirigido al sostenimiento de la vida, pero no valorado e incluso estigmatizado e invisibilizado.

Al encontrarse en profunda transformación la familia tradicional, caracterizada por la división del trabajo, el reparto de roles sociales en lo doméstico y la estabilidad emocional y demográfica, las mujeres aparecen como posibles víctimas de la sociedad: han perdido la seguridad tradicional del matrimonio y de la familia sin entrar en igualdad de condiciones en el mercado de trabajo. Aún más, dejando de lado el mayor desempleo, precariedad, temporalidad y bajos salarios que sufren las mujeres, en ningún caso tienen una situación de partida igual a los hombres: deben ocuparse de los hijos, a menudo de otros familiares (mayores o con determinados niveles de dependencia) y seguir supliendo la “producción doméstica” no remunerada. En España la franja de mujeres entre 55 y 65 años son las proveedoras de cuidados a la población dependiente, un grupo de mujeres que no está muy integrado en el mercado laboral. Cuando ellas sean dependientes, ¿quién las cuidará? ¿La siguiente franja de edad de mujeres? ¿Deberán abandonar sus empleos en los que están en un porcentaje mayor y precarizar su situación?

La división trabajo/cuidados favorece una doble discriminación: son trabajadoras discriminadas en trabajos de baja cualificación o temporales, y socialmente, al no recibir apoyos, se las discrimina de otros bienes sociales (tiempo, espacio, formación, autonomía, etc.). Y esta situación nos lleva a la siguiente: muchas mujeres, activas o inactivas, además de ser pobres, pueden ser fácilmente marginadas o excluidas al carecer de los bienes que se consideran capital humano. Doblemente pobres, por lo tanto, con pobreza antigua (por no trabajar o ser mal pagados sus empleos) y pobreza nueva (exclusión de los bienes de la cultura, la integración en redes, aprovechamiento del tiempo personal, el prestigio, la autorrealización personal, etc.).

Ningún país ha alcanzado la igualdad salarial entre hombres y mujeres y, a pesar de la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral, en general lo han hecho en empleos peor remunerados y de menor categoría que los hombres. Hay que añadir que, en el mundo, las mujeres absorben entre dos y diez veces más trabajo de cuidados no remunerado que los hombres (Informe sobre Desarrollo Humano 2015 [3]). El valor de este trabajo para la economía mundial asciende a 10 billones de dólares anuales, una cifra equivalente a más de una octava parte del PIB mundial, y superior a los PIB de la India, Japón y Brasil juntos. Las mujeres asumen una responsabilidad desmedida de este trabajo, lo cual reduce el tiempo de que disponen para ir a la escuela o ganarse la vida.

El Foro Económico Mundial [4] ha advertido de que las mayores desigualdades entre hombres y mujeres se dan en los ámbitos de la economía y la salud. De hecho, en lugar de mejorar, en 2016 la desigualdad de género en la economía ha retrocedido a niveles de 2008. Al ritmo actual, harán falta 170 años en que hombres y mujeres alcancen el mismo índice de ocupación, reciban el mismo salario por el mismo trabajo y tengan igual acceso a los puestos directivos. Las mujeres son el motor del mundo, pero en una precariedad y en un sobreesfuerzo que pone su vida en riesgo. Si como se propuso para la huelga de cuidados del 8 de marzo de 2018, las mujeres dejaran de hacer sus tareas, el mundo se pararía. Por tanto también se pone en riesgo la vida humana en general. La economía necesita ser revisada profundamente para tener otra mirada hacia la producción de riqueza, para que no esté centrada en los beneficios económicos, sino en los beneficios vitales y sociales de la persona. Es ahí donde las mujeres pueden aportar su experiencia liderar cambios hacia el cuidado social.

Empoderamiento y liderazgo de las mujeres como transformación ecológica integral

La situación de doble explotación de las mujeres (dentro y fuera de casa) hace a las mujeres conocer ambos mundos, el mundo de los cuidados cuyo objetivo es el cuidado de la vida y del bienestar de las personas, y el mundo mercantil cuya finalidad es la obtención de beneficios económicos. Los dos mundos son absolutamente imprescindibles para el mantenimiento de la vida humana y su realización digna. Poner estos dos mundos en relación, recupera la dimensión social y solidaria del trabajo (frente a la competitividad), y desarrolla la capacidad de las personas de ‘hacerse cargo del otro’ en lo comunitario (frente a la pura asistencialidad servil). En ambos mundos las mujeres aportan una mirada nueva, nunca antes tenida en cuenta que rescata en la encarnación y con la misericordia el trabajo humano. Rompe las cadenas jerárquicas y opresoras del patriarcado y reconcilia la dualidad humanidad/naturaleza como modelo: un constructo patriarcal de nuestro sistema de conocimiento

Ir más allá de una contribución significativa de las economías de los países a través del movimiento de la sostenibilidad para que el desarrollo sea verdaderamente humano en nuestras sociedades y en las comunidades donde vivimos. Para esto se necesita escuchar el grito de las mujeres e invertir en el empoderamiento económico de las mismas y así contribuir a cerrar la brecha de la desigualdad de género, la erradicación de la pobreza y el crecimiento económico inclusivo, integral. Caminar hacia una sostenibilidad que tiene una dimensión ecológica, o de relación con el resto de la biosfera y sus ciclos biogeoquímicos, y otra humana, relacionada con el ciclo vital de las personas.

La dimensión ecológica deriva del hecho de que nuestro destino está interconectado con el de la biosfera. El reconocimiento de esta dependencia nos obliga a cuidar la Tierra como un mecanismo de autorregulación de la biosfera según el cual es la vida la que crea las condiciones aptas para su propia existencia. Estamos ante un consumo que pone en peligro nuestra permanencia en la Tierra y nos hace una llamada a repartir y compartir, a decrecer en nuestro consumo.

Los datos demuestran que, aunque la igualdad de género favorece el crecimiento económico, éste no siempre promueve la igualdad de género. Nuestro actual modelo económico concentra la riqueza en las capas más altas de la economía, lo cual genera una desigualdad económica extrema y provoca la exclusión de las mujeres y niñas más pobres y empuja a un desequilibrio en el planeta. Este modelo limita el empoderamiento económico de las mujeres porque no genera oportunidades de empleo digno con unos salarios justos, no reconoce el trabajo de cuidados no remunerado ni invierte para hacer frente a este problema, especialmente en el caso de las mujeres más pobres. También restringe la influencia de las mujeres y excluye sus opiniones. Así pues, es necesario un cambio estructural que pasa por la Tierra, el cuidado de la vida. Las mujeres han realizado este cuidado y es urgente ponerlas en el centro de la organización social produciendo un cambio de paradigma respecto al sistema tradicional y patriarcal que solo ha valorado el trabajo mercantil [5].

El empoderamiento se convierte en un factor fundamental. Cuando las mujeres están empoderadas pueden exigir sus derechos, ejercer liderazgos, tener una independencia tanto económica como social y aprovechar oportunidades de educación y empleo para su desarrollo. Con este cambio de paradigma las mujeres se convierten en mediadoras entre humanidad y naturaleza, relación ignorada en nuestro sistema patriarcal que ha vivido siempre a espaldas al reconocimiento de la existencia de un cuerpo y sus necesidades.

Empoderar a las mujeres significa que se hagan cargo de sí mismas, reafirmando su autoestima. De esta manera se superan los anclajes en la victimización y la culpabilización que las someten, recuperan las energías para ser protagonistas de su vida y exigir sus derechos. Ellas se convierten en actoras dinamizadoras de las economías locales. Tienen la práctica y el conocimiento empírico para desarrollar emprendimientos económicos estratégicos para el desarrollo del lugar, del país y de la región. Desde este cambio de paradigma empujan a otros, incluidos los hombres, a deconstruir la concepción dualista y utilitarista de las economías capitalistas. De esta manera se superan los rasgos patriarcales como racionalidad, libertad y utilidad, tradicionalmente entendidos como masculinos, y se incorporan a la vida como valiosos otros como relacionalidad, interdependencia, cuidado, gratuidad.

Conclusiones: yo contigo, nunca sin ti

El principio “no dejar a nadie atrás” nos lleva a mirarnos los unos a los otros, las unas a las otras en este planeta, en este universo e ir más allá. Está demostrado que los derechos de las mujeres y la igualdad de género no mejoran automáticamente como resultado del crecimiento económico y que, para que lo hagan, es necesario adoptar medidas concretas para que el crecimiento sea más inclusivo, más integral y redistribuya sus beneficios también entre las mujeres.

Una de las propuestas que se hacen desde las economistas feministas es el trabajo por transformar el conjunto de estructuras económicas capitalistas que segregan el trabajo por sexos en una red de estructuras que buscan un reparto de cuidados en las distintas esferas de lo público y lo privado. Esto descentraliza responsabilidades, favorece la diversidad en la gestión económica para dar respuesta a los problemas locales. Además rompe la lógica de la acumulación, ya que la riqueza no se concentra en unos pocos que acumulan el control y el poder, sino que distribuye responsabilidades y beneficios que favorecen a todos [6].

Poner en el centro del paradigma económico, social, político a las mujeres empoderadas desde esta visión antidualista de la realidad abre horizontes a la humanidad. Se trata de respirar en espacios donde la autonomía personal, de mujeres y hombres, y en interdependencia con la vida de la Tierra alumbre nuevas relaciones para la sostenibilidad de la vida. Comprender las diferencias como puntos de partida para el encuentro y el cuidado del otro, como estilo de vida que beneficia la vida de todos o todas [7]. Necesitamos ser muy sensibles (¡y reeducarnos!) a los campos subterráneos de desigualdades de la asimetría jerárquica cultural que nos maltrata. Pues si somos iguales en dignidad ¿por qué tenemos que esperar 170 años? Necesitamos dar un vuelco a la historia, intervenir en ella, dejar que otros intervengan y la cambien. Las mujeres pueden hacer este trabajo hoy. Reeducarnos en la economía sostenible del cuidado y el reparto equitativo. Mucho antes de 170 años sabremos en qué ha mejorado la humanidad, pues muchas mujeres, cada vez más conscientes, y con ellas muchos hombres, comienzan a subvertir la realidad, en un movimiento de igualdad, de reciprocidad. Las redes de cooperación en la economía diaria son ya una realidad. Solo falta que después de este artículo, tú, lector/lectora, te sumes a ello.

 

[1] http://www.ces.es/documents/10180/3557409/Inf0516.pdf

[2] Belda, R. Mª, Mujeres, gritos de sed, semillas de esperanza, PPC, Madrid 2009, pp. 36-40.

[3] http://www.undp.org/content/undp/es/home/librarypage/hdr/2015-human-development-report.html

[4] https://imco.org.mx/competitividad/informe-global-de-la-brecha-de-genero-2016-via-wef/

[5] Pérez Orozco, A., Subversión feminista de la economía, Traficantes de sueños, Madrid 2014, pp. 74-76.

[6] Pérez Orozco, A., Subversión feminista…, pp. 266.

[7] Gil, S. L., Nuevos feminismos. Sentidos en la dispersión, Traficantes de Sueños, Madrid 2011, p. 304.