Seis figuras con paisaje

Evaristo Villar

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: Evaristo Villar –
Los curas contra Franco
 
Presentamos este libro de Rosa Cal, de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, con una doble intención: En primer lugar, para mantener viva la memoria de una historia real que se convierte en paradigma de tantas otras por las que ha venido transitando la Iglesia de todos los tiempos; y, en segundo lugar, para dar a conocer una de las señas de identidad que mejor definen a la Iglesia de Base, es decir, su presencia en el conflicto desde el lado de las víctimas. Desde el estudio completo y brillante de Rosa sobre “Los Curas del Ferrol contra Franco” emergen, entre otras, algunas evidencias como las siguientes:

1. El paisaje global que sirve de telón de fondo a la puesta en escena de los seis protagonistas que tejen la historia de este libro tiene unas connotaciones socio-políticas y cultural-religiosas globales muy específicas: económica y socialmente la sociedad española está cargando con las secuelas de la Guerra Civil del 36; políticamente, es un Estado confesional como refleja la carta colectiva del episcopado del 37 que apoya, casi por unanimidad, el franquismo. Mundialmente, en política crece la tensión de la guerra fría entre los dos bloques y en cultura está en efervescencia la revolución de los años 60. Y en la Iglesia universal, con la inesperada llegada de Juan XXIII a la silla de Pedro, se pone en marcha el Concilio Vaticano II.

El paisaje local del Ferrol, origen y cuna del dictador, ayuda a entender la rebelión de este grupo de curas. La nueva imagen de esta ciudad del noroeste español se debe, de una parte, a su creciente expansión industrial (empresas como la BAZÁN, ASTANO, PEMSA, PYSBE, MEGASA, etc.), con el surgimiento de nuevas barriadas que la convierten en “ciudad sin ley”; y de otra, a la presencia dominante del estamento militar, debido a su ubicación geoestratégica (Capitanía General del Departamento del Cantábrico, VIII Región Militar). La Iglesia, aliada del franquismo en la guerra, en contacto con el naciente mundo laboral y los primeros escarceos sociopolíticos (CC.OO. y PC), comienza ahora a desprenderse (la JOC, la HOAC). En este nuevo contexto se entiende mejor la presencia de estos seis sacerdotes (con el apoyo tácito de los obispos Argaya y Arauxo Iglesias y el mismo vicario Gabriel Pita da Veiga). Con su acción social y pública, con su rebeldía frente al statu quo, estos seis sacerdotes ponen en cuestión el ordenamiento socioeconómico y el maridaje político-religioso de una ciudad, secuestrada por la falta de libertad y dominada por la opresión a la clase obrera. Estos son sus nombres: Gabriel Vázquez Seijas, José Chao Rego, Eliseo Ruiz Cortázar, Antonio Martínez Aneiros, Ángel Ferreiro Corrás y Vicente Couce Ferreira.

Inicialmente el grupo aparece vinculado a los movimientos sociales de la Iglesia agrupados en la Acción Católica. Pero, a medida que la represión del régimen se va haciendo más fuerte sobre el mundo laboral y político, su presencia aparece vinculada a la lucha clandestina de los nacientes sindicatos de clase y a las agrupaciones políticas de izquierda, a los que frecuentemente surten de apoyo logístico y de inspiración.

2. Leídas detenidamente las 515 páginas de este voluminoso y exhaustivo estudio, me quedo con estas impresiones fácilmente detectables:

Se trata de un grupo de curas que apunta abiertamente hacia una herejía en el sentido más original del término: airesis, herejía, es la elección de una parte que rompe la continuidad y la homogeneidad de un todo; se trata de elegir una dirección, un camino diferente, y aun contrario, al que lleva la mayoría; una tabla de valores que rompe el sistema establecido y aceptado por la mayoría. En este sentido, esta elección es anómala y hasta una anomía fuera de lo común que se sitúa en desobediencia y rebeldía con el imperativo al que se ajusta el común de la ciudadanía. Aplicado a la herejía en las religiones, Erns Bloch las valora positivamente porque suponen un avance en el sueño humano: “lo mejor de la religión, dice, es que provoca herejes”. (No se refiere, claro está, a sus consecuencias frecuentes: cárcel, guillotina, hoguera, silenciamiento, etc.)

Quiero aclarar, no obstante, que la herejía de los seis del Ferrol tiene algo de atrayente y novedoso, pues no se refiere a lo vulgar y reiterativo de la “ortodoxia”, o elección discrepante de una fórmula dogmática o hermenéutica. Su herejía se sitúa en un campo más peligroso, “en la praxis; es una herejía de ortopraxis”. Dicho más claramente, cuando las mayorías caminan con los pies trabados y los ojos vendados bajo el peso irracional e implacable de la dictadura, estos curas marchan con los pies libres y los ojos abiertos; cuando la masa duerme (y el sueño de la razón, según Goya, produce monstruos), ellos velan en la noche. Conocen a fondo la herejía de Jesús de Nazaret con referencia a la sociedad y religión de su tiempo: contra las imposiciones del templo, del sábado y la Tora; contra la corrupción política y complicidad económico-política de sus dirigentes con el imperio. Y saben que, honestamente, no les queda otra opción, pues han hecho elección por las víctimas del pueblo y no por el statu quo.

Estos curas creen abiertamente en la sinceridad del Vaticano II cuando, ante situaciones de opresión parecidas, se dirige a los trabajadores diciendo: “El papa Juan XXIII supo encontrar el camino hacia vuestro corazón. Mostró claramente en su persona todo el amor de la Iglesia por los trabajadores, así como por la verdad, la justicia, la libertad, la caridad, sobre las que se funda la paz en el mundo… por nuestra parte queremos deciros con toda convicción: la Iglesia es amiga vuestra. Tened confianza en ella”. (Mensajes del Concilio a los trabajadores 4). En esto son conciliares. Su herejía conciliar fue esta: acercarse y defender a los trabajadores a quienes la Iglesia oficial, cómplice de la dictadura, olvidaba y estaba abandonando a su suerte.

2ª. “Me convencí, dice Currás, de que cristianizar, divinizar, no era mi labor, sino Jesús de Nazaret, elevar a las personas, apoyar a los oprimidos”. En el contexto del Ferrol, entre el 1950 y 1978, esos oprimidos son los trabajadores y gitanos que son la parte más débil de esa sociedad en expansión; son las principales víctimas de la represión política por defender sus derechos laborales, y su intento de inclusión en una sociedad que los discrimina por motivos socioeconómicos y étnicos.

Erradicar la pobreza de estos ambientes se convirtió en principio irrenunciable de la acción cristiana –política y sindical– de estos sacerdotes. Se trata de una consecuencia lógica del principio de “solidaridad radical” que supieron intuir fielmente las primeras comunidades del mensaje, vida y praxis de Jesús. La opción por los pobres y contra los ricos convierte a los primeros en principio de verificación de la ortopraxis cristiana. Por eso se ha dicho, y con razón, que los pobres son el “privilegio hermenéutico” para verificar la verdadera práxis cristiana.

Y por si alguien pudiera albergar alguna duda sobre la verdad de este aserto, lo confirma abiertamente en su propio leguaje el Vaticano II en el Decreto Ministerio de los presbíteros6: “Si es cierto que los presbíteros se deben a todos, dice, de modo particular, sin embargo, se les encomiendan los pobres y los más débiles, con quienes el Señor mismo se muestra unido”.

Se trata de un grupo sorprendente, un grupo de clérigos que está en la entraña misma de la Iglesia sin ser eclesiástico. Son párrocos, coadjutores, consiliarios de la JOC o de la HOAC, directores de la Domus Ecclesiae. Más dentro de la institución eclesial, imposible. (Esto siempre llama la atención: si no estáis de acuerdo con la Iglesia –se refieren a la jerarquía–, se dice, ¿por qué no os vais?). No son de ese tipo de eclesiásticos que están en la Iglesia buscando “poder”, haciendo carrera –podrían hacer lo mismo en una empresa civil–, sino que han entendido bien que están en la Iglesia para “servir mejor, en ese momento, al pueblo”. Pepe Chao le dice abiertamente al obispo Argaya: “por favor, dame tareas, no me ofrezcas cargos”.

En el ámbito intraeclesial despliegan un estilo de religión de carácter profético y liberador, centrada en el Dios de Jesús que se compromete con la historia hasta encarnarse en la misma y empujarla a las más altas cuotas de humanización. En esta misma dirección, estos curas apuestan por la centralidad del ser humano. La persona, que en este caso es el trabajador, el gitano, el despojado, lo convierte en sujeto preferente y fin de su acción cristiana. No soportan que se siga utilizando a esta clase de personas como medio para conseguir otros fines políticos o sociales. Así lo dejó establecido el filósofo cristiano Emmanuel Kant en su “imperativo categórico” que constituye el punto central de su ética y de toda la deontología moderna: “obra de tal manera que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca como un medio”.

Indirectamente, esta praxis religiosa, volcada sobre el ser humano, denuncia otra forma de religión que es la oficial y mayoritaria, legitimadora del statu quo: es la religión de cristiandad –el nacionalcatolicismo– individualista y burguesa, espiritualista y evasiva, cómplice, al menos por su silencio, de las inhumanidades e injusticias del régimen. Hay obispos en las cortes franquistas y capellanes disimulando las torturas y el pavor del condenado a muerte que espera cada noche la ejecución. Hay que leer los poemas de Miguel Hernández o el impactante libro de Marcos Ana (Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida) para percatarse. Nada extraña que, desde esta praxis, estos curas sean considerados “comunistas” y filomarxistas”. ¡Qué gráfica y paradigmáticamente dejó reflejadas Helder Cámara estas situaciones similares que se van repitiendo en la historia: “cuando hago caridad me llaman santo, cuando lucho por la justicia me llaman comunista”.

Y Carlos Alfonso Comín expresaba lo mismo en su vida y en su libro Cristiano en el partido, comunista en la Iglesia.

En conclusión. Si tuviera que plasmar en una imagen viva y cercana la presencia profética de estos sacerdotes ferrolanos en medio de su pueblo y la referencia ejemplar que su testimonio ofrece a la renovación de la Iglesia de hoy, lo haría con el samaritano del Evangelio. Es verdad que en el Nuevo Testamento aparecen varios samaritanos y ninguno es oficialmente religioso. Me refiero principalmente al samaritano que se compadece del hombre apaleado y abandonado al borde del camino y decide ayudarle.

Inspirado en esta imagen, el mártir Ignacio Ellacuría, siguiendo a su maestro al filósofo Zubiri, describe con brillantez los tres momentos de la praxis profética cristiana:

El primer momento para hacerse cargo de lo que está pasando en su entorno, en su ciudad, en el mundo. Es el VER las cosas con amor y compasión porque “solo el amor es quien ve la realidad”. En este campo se sitúa el primer paso de estos sacerdotes ferrolanos.

El segundo momento para cargar con la realidad, lo que implica romper con la inercia y la distancia con las víctimas por prejuicios o razones ideológicas. Desde aquí se entiende perfectamente el elogio que José Martí, héroe de la independencia cubana, hace de Karl Marx: “porque se puso del lado de los débiles, merece honor”. Así fue la praxis de los seis del Ferrol.

Y el tercer momento para encargarsede la realidad contribuyendo a la liberación de las opresiones y comenzando por las más básicas, la libertad y el hambre, porque, como afirma Erns Bloch, en un mundo explotado y empobrecido “el estómago es la primera lámpara que reclama su aceite”.

En definitiva, la presencia de estos seis protagonistas está marcada no solo por el tipo de personas que son, sino también por el contexto global y local que les exige una presencia samaritana en la ciudad. Parafraseando el juicio que hace el teólogo Robira Belloso sobre Alfonso Carlos Comín, coetáneo (como otros lo fueron en contextos distintos: (Diamantino, Julio Lois, Díez Alegría, etcétera.), estas personas “nunca llevaron la fe de modo vergonzante sino alegre y militante… fueron una presencia fresca y profética en medio de la crueldad de una dictadura implacable; tuvieron hondura ética suficiente para ser una presencia estimulante en medio del pueblo excluido y una voz profética y referente para el testimonio cristiano de todos los tiempos”.