Sed de agua viva

Pilar Yuste

No hay rito ni creencia que pueda superar la gracia exuberante, la alegría sin límites que supone tener un bebé tan deseado como lo ha sido Ana. Y, sin embargo, o muy probablemente por eso mismo, Juan y yo quisimos bautizarla. Somos de los que siempre han admirado una Iglesia comprometida en la que el bautismo era una opción adulta y radical, y de los que arrugan la nariz al oír fundamentar este sacramento para “lavar el pecado original del bebé”. Lo cierto es que la diversificación en el tiempo de este único sacramento de inicio que hacemos en la tradición católica permite con el Bautismo una celebración de bienvenida eclesial, de fiesta y de iniciación (especialmente para la familia que educará en la fe), hace de la Primera Comunión un rito de incorporación ya consciente a la mesa eucarística, y nos ofrece con la Confirmación un rito final caso de que haya una asunción libre y adulta (sin duda lo preferimos así) de la Fe y la Comunidad por parte de la personita ha sido educada en ellas.

Y llegó el bautizo. Elegimos como padrinos a Javier, dos metros de orgulloso tío biológico, y a una cristiana comprometida, Pepa, amiga del alma, religiosa en los límites de nuestra sociedad. Fue un lujo que acompañara la formación, preparación y celebración, Evaristo, hombre de bien, sencillo, coherente y valiente, la más sincera sonrisa presbiteral. La ceremonia fue compartida con la comunidad del lugar, el pueblo donde nació mi padre, que está enterrado con su familia a pocos metros de su iglesia. Todo fue decidido y consensuado, salvo lo más importante, el motivo último. Y éste era confrontado por quienes desde el escepticismo nos cuestionaban incluso por “abocar a un bebé a un destino de represión”, a quienes nos criticaban por no retomar la citada primitiva tradición del bautismo de adultos. Pero lo dimos por hecho. Volvíamos a la raíz de nuestra fe, a la tradición secular que ofrece a los recién llegados lo que consideramos nuestra herencia más valiosa, hermanarnos con Jesucristo y su Buena Noticia. ¿Por qué no? Y la magia de la celebración acabó llenándolo todo de sentido. Es la Gracia del Sacramento. Y se nos hizo tangible especialmente a través del calor de la comunidad y de la fuerza de sus símbolos.

Los símbolos del bautismo son en sí maravillosos. Les fuimos dando acentos, notas de color con otros símbolos menores pero que aterrizaban ésos en nuestro rinconcito de realidad.

La LUZ… la VIDA. Elegimos una vela naranja (el color de Ana, síntesis de lo divino y lo humano en la tradición romana), una vela que encenderemos en oración cada año rememorando su bautismo.

El ÓLEO, la UNCIÓN que le confiere su identidad en Cristo, el Ungido (Marcos 14). Lo hicimos con los óleos sacramentales y el aroma del nardo, la mirra y el áloe, los perfumes del Resucitado.

ÉFFETA, la Palabra que despierta sus sentidos y su conciencia, a través de los textos bíblicos y de canciones significativas para nosotros y para la peque, melodías que la serenan ya desde el embarazo.

Pero sobre todo el AGUA. Agua que mata y agua que da vida. Agua que limpia y agua que nos constituye y nos sostiene. Agua necesaria y placentera. Somos agua. Y el bautismo en Agua de Vida nos sumerge en el río de la Vida, recrea nuestro nacimiento a una vida que quiere ir más allá de la supervivencia material de las cosas, que quiere rozar infinitos sin dejar de sentir la tierra a nuestros pies. Por eso el bautismo de inmersión: una bebita desnuda pero arropada por el cariño de las mujeres del pueblo y de una familia que la protege, y bañada en agua del Jordán, el río que atraviesa una tierra palestina que fue y es testigo de opresión y liberación personales y colectivas. Y por eso el traje blanco de una familia que “cristianó” a sus pequeños en una cultura donde esa agua significaba cosecha, como blanco también el pañuelo saharaui de un pueblo hermano que agoniza lentamente en un feroz desierto donde esa agua significa la justicia que nunca llega ni del cielo ni de los gobiernos que se lucran con esa injusticia. No en vano la Jerusalén celestial, la Ítaca de la Justicia mesiánica, es un manantial de agua para todos (Apoc 21, 6; Za 14), y habrá que dejar que esta agua fluya (Let the river run).

Gestos y palabras que confieren identidad, como su nombre. Ana María Isabel, para que en ella se recree la fe, el valor y la gracia de esas mujeres fecundas. Aunando Antiguo y Nuevo Testamento (I Samuel 2 y Lucas 1), con las madres de Samuel, de Jesús, y de Juan, aunque este último nombre añadido al original, Ana María, se lo deba a Santa Isabel de Hungría, la santa del pan y las rosas. Y ojalá Ana se sume a la tradición de apóstolas de esa justicia evangélica.

Lo cierto es que Ana quedaba así inserta en una familia extensa en la que encontrará sombras terribles (como en todas), pero luces maravillosas, empezando por el propio Jesús, que decidió vivir este gesto en primera persona, poniéndose –desde su magna humildad- a la cola de los bautizandos, y nos invitó a repetirlo en quienes dieran ese mismo paso.

Ella, desnuda, risueña, pocos meses de vida ante siglos de tradiciones e historia bíblica y familiar, fue la absoluta protagonista de esta fiesta, como lo irá siendo de su vida. Y tendrá tiempo de rechazar o de hacer suya esta fe, de nadar por otras corrientes, o incluso de abandonarlas. No encontramos una forma más hermosa de incorporarla a ese caudal de vida que brotó con Jesús, sabiendo que Él mismo la llamará a beber también de otros pozos como hizo con la mujer de Samaria (como nos ayuda a ver su madrina y A. Potente)

El deseo de preservar a un hijo o hija de cualquier futuro problema o necesidad es casi universal. Muchas noches, al bañarla, cuando chapotea divertida y vital, no puedo evitar recordar a tantos niños y niñas del mundo para los que el agua (incluso de boca) es un lujo inalcanzable. Puede, así es la vida, que en un futuro llegue a serlo también para ella. No estamos a salvo de ningún destino, sobre todo ahora, pero al menos a través de su bautismo hay otra sed que hemos saciado; le hemos llevado hasta una “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 14b), y le dejamos en buena compañía navegando por el río de la vida. No hay modo mejor de paliar esa sed para siempre (Jn 4, 14a), y de hacer no ya de Jesús (seno de agua viva, Jn 7, 37 s) sino de ella misma desde ese caudal, un manantial inagotable:

Te guiará Yahveh de continuo, hartará en los sequedales tu alma, dará vigor a tus huesos, y serás como huerto regado, o como manantial cuyas aguas nunca faltan. Is 58, 11