Santiago Agrelo, posada y lumbre en la frontera

Luis Pernía Ibáñez

Cuando le conocí, aquella noche, venía de la Autovía TangerMed-Ceuta, zona de Beliones, mojado por la lluvia y con la preocupación de que las mantas que había llevado con su compañero camerunés no fueran suficientes para aquellos inmigrantes arrancados de la vista por miedo a la policía, perdidos en la neblina del bosque y en la noche.

Una y otra vez nos decía: “Se han ido ateridos, empapados, envueltos en la niebla…”. Eran grupos de jóvenes inmigrantes escondidos como si fueran los excluidos, los ilegales, los irregulares, los condenados a la soledad y a la intemperie… los leprosos  para los que no hay lugar en nuestro campamento.

Tánger es un lugar de tránsito de inmigrantes camino de Europa. Un punto donde confluyen varias rutas y desde donde es posible encontrar la patera deseada para cruzar el Estrecho. Es por excelencia una ciudad de paso y de alguna manera también un punto de encuentro entre el Norte opulento y el Sur empobrecido.

Aunque su origen se pierde en la mitología grecorromana y bereber donde se narra que Tánger fue construida por un hijo de Tingis, llamado Syfax, donde Tingis sería la esposa del héroe bereber Anteo, rey líbico, hijo de Poseidón y Gea, hoy es especialmente una ciudad de tránsito para muchos ciudadanos africanos que esperan cruzar el Estrecho hacia la Europa.

Por otra parte, la diócesis de Tánger, de la que es Arzobispo Agrelo, desde 2007, cuando Benedicto XVI le llamó siendo párroco en la diócesis de Astorga y profesor en el Instituto Teológico de Compostela, es grande en extensión, pero pequeña en cuanto número de fieles, que no pasarán de 2.000 los católicos. Las seis parroquias que la componen están muy enraizadas en la sociedad marroquí, con una particular simbiosis. Muchos de sus servicios sociales van orientados a las personas migrantes en tránsito: asesoramiento jurídico, atención psicológica, atención sanitaria, talleres de reciclaje o de artes plásticas, ropa y ducha.

En este escenario se mueve Santiago Agrelo, que de alguna manera se puede entender como un obispo en la frontera entre un mundo maltratado y otro que se ofrece en la distancia rico y poderoso. Y mientras hacía alguna consideración de este complejo escenario, Agrelo nos hacía entender que la frontera no es la valla, ni las cuchillas, ni la Guardia Civil. Él piensa que es mucho más. ¿Pero quién soy yo para impermeabilizar esa frontera? ¿Tengo yo más derecho que el que tiene el pobre a traspasarla? Cuando se trata de legislar respecto a los pobres lo hacemos siempre los ricos, y siempre desde nuestra perspectiva. En ese sentido, las fronteras son racionales para los ricos, pero son irracionales, absurdas, opresoras y discriminatorias para los pobres.

Cuando nosotros le hablamos de nuestro proyecto de un Observatorio en la Frontera Sur, nos anima a seguir en esa línea y en el compromiso con la gente desfavorecida y reitera que la cercanía con la que vives la pobreza te cambia tu visión de la realidad. Poniendo su propio ejemplo: En 2005, yo era párroco en la Diócesis de Astorga. Hubo un intento de salto a la valla de Ceuta y murieron cinco inmigrantes. Recuerdo que pensé: “qué vienen a hacer, quién les manda subirse a la valla, la Guardia Civil tiene que rechazarlos”. Ése era mi pensamiento. Luego llego a Marruecos y me encuentro con ellos. Y mi pensamiento ha cambiado. Porque una cosa es hablar de la pobreza y otra cosa es encontrarte con el pobre. Ahora ya sé por qué suben a esa valla. Mil cosas empujan a esas personas a una valla a la que nunca hubieran querido acercarse si hubieran tenido otra posibilidad.

En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. No sé cuántos son. Sé que son seres humanos. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre. Sé que no están autorizados a estar donde están, pero tienen derecho a buscarse un futuro para sí y para sus familias. Sé que las autoridades los consideran una amenaza, aunque la realidad es que las autoridades son una amenaza para ellos.

En aquella conversación, en la habitación de su convento, hablábamos también del problema de encontrar viviendas para las personas inmigrantes en Málaga y él sentía en sus propias carnes el que hubiera tantas casas y conventos religiosos prácticamente vacíos y nos abrió su corazón: “Quiero una iglesia que sea percibida como pobre entre los pobres que comparte lo que tiene”.

El 10 de junio cumplió 75 años y pidió, como está establecido, la dimisión al papa Francisco. Mientras llega la aceptación, su mirada mística a la frontera seguirá sacudiendo a un Occidente “voluntariamente ciego”. Recordándonos que los pobres han venido desde lejos para salvarnos. Si no hay futuro para los pobres en la Iglesia tampoco lo hay para una Iglesia sin pobres.

Cuando dejamos la casa de Agrelo de la calle Sidi Bouabid, 35, y la suave brisa del mar inundaba los aledaños de la Medina que se abría a nuestros pies, nos preguntábamos sobre la figura de este obispo franciscano; alguien del grupo recordaba la respuesta que le dio a un periodista a una pregunta sobre Dios. “Sí… No sé si se entenderá si digo que Dios es de izquierdas. Con lo cual no digo que sea del PSOE o de Izquierda Unida. Dios sería de derechas si se preocupara de Dios, pero es de izquierdas porque se preocupa de ti y de mí. La Iglesia ha de mostrar que no se preocupa de sí misma ni de Dios, sino del otro”.

Mientras acudíamos a la Librairie des Colonnes, ya tarde, para comparar Le pain nu, de Mohamed Choukri, ciudadano de Tánger en su infancia, a quien trajimos a Málaga hace algunos años para recordarnos aquello del hambre como paisaje moral, nos sentimos como los protagonistas de The Sheltering Sky (El cielo protector ), que también pisaron Tánger, pero en nuestro caso atraídos y conmocionados por ese algo especial de este hombre de fe, transeúnte de fronteras, que invitaba a todos, de aquí y de allá, a “convertirse a los pobres”.