Recrear la política

Recrear la política. ¿Lo estamos diciendo en serio? ¿Se trata de una tarea necesaria, urgente?

La realidad no miente. Y la realidad machaconamente está diciendo que cada día somos más pobres, más desiguales, menos libres. Ya hemos alcanzado el triste honor de ser el país más desigual en la (des)UE; hemos conseguido el segundo lugar en pobreza infantil; y, por su parte, el big brother acrecienta el control sobre nuestras vidas y libertades.

Si la política es el mejor medio para organizar razonable y justamente la convivencia en la ciudadanía, es innegable que estamos en las antípodas de lo que podría y debería ser la política. La que estamos soportando no es ni razonable ni justa. Se trata de una forma de política que no evita la corrupción, ese darwinismo tramposo y usurero que está atravesando los tres poderes del Estado (legislativo, administrativo y judicial) y que no se para ni ante sus más altas magistraturas (el Gobierno y la Monarquía); es una forma de política que, contra su misma esencia, está abiertamente sometida a los poderes económico-financieros de la troika y del capital transnacional; es una política, en fin, que no se despierta mirando a las necesidades e intereses de la ciudadanía sino a la evolución de los mercados, a la prima de riesgo y a los movimientos de la bolsa.

Para este estilo de política los movimientos sociales que surgen del malestar social son objeto de sospecha y la democracia, mero formalismo. Aquí sobran las personas y cuentan los mercados. Lo decía de otro modo más rotundo el filósofo y economista austriaco Karl Polanyi a mediados del pasado siglo: “El capitalismo y la democracia han llegado a ser incompatibles entre sí… Básicamente hay dos soluciones: la extensión del principio democrático de la política a la economía o la completa abolición de la esfera política democrática”. Y las élites del capitalismo han optado por la segunda solución. Han decidido acabar con la democracia para salvar el capitalismo. Carlos Fernández Liria ve en esta elección un gesto revolucionario. Porque la revolución de hoy ya no es la de los esclavos contra los señores, la de los sometidos contra los colonizadores. La revolución de hoy es la que han emprendido los ricos contra los pobres, los de arriba contra los de abajo.

Pero esta revolución insólita está levantando verdaderos tsunamis entre los pobres. La indignación va in crescendo. ¿Cómo seguir apoyando un sistema que nos excluye? Y contra la engañosa propaganda del Gobierno (“vamos por el buen camino”; “estamos saliendo de la crisis”), las mareas humanas, que reivindican algo tan básico y de sentido común como el trabajo y la casa, la salud y la educación…, ¡la libertad!, llenan las ciudades. Difícil encontrar hoy una calle importante o una plaza donde no se oiga el clamoroso grito de la dignidad: “no nos representan”, “fuera el Gobierno de la troika”.

Desde Éxodo pensamos que, para mantener la paz social y la democracia, es urgente y necesario recrear la política. Y ante la creciente movida ciudadana hemos sentido la necesidad de su articulación política, hemos explorado la propuesta de algunos de los partidos emergentes y nos hemos preguntado si ha de ir por ahí la alternativa política que estamos necesitando.