¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN LA IGLESIA CON LA MORAL?

Marciano Vidal

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Marciano Vidal –
 
Hace algunos años publiqué un artículo con un título casi igual a éste. Entonces me refería a la crisis por la que pasó la teología moral a finales de los años 80 y comienzos de los 90 del siglo pasado. Fue aquélla, ante todo, una “crisis interna”, aparentemente centrada en las afirmaciones sobre la moralidad del control de natalidad, pero en el fondo reveladora de las “nuevas fuerzas” ascendentes de los movimientos eclesiales que querían ocupar el centro del poder en la Iglesia (M. Vidal, 1989).

En la reflexión presente me propongo repensar la situación de la moral en la Iglesia abriendo más el horizonte y tratando de abarcar todo el período postconciliar hasta el momento actual. Me pregunto: ¿Qué nos ha pasado, y qué nos está pasando todavía, para que exista una “insatisfacción” de los mismos católicos ante los planteamientos de la moral oficial y para que esta moral eclesial sea “contestada”, en muchas de sus afirmaciones, por la sociedad actual?

La respuesta más satisfactoria podría expresarse en estas dos afirmaciones complementarias: por una parte, en la “cuestión moral” la Iglesia todavía no ha realizado una auténtica renovación interna, tal como fue propiciada por el concilio Vaticano II; por otra parte, hecha esa renovación interna, la Iglesia necesita adaptarse a la nueva situación para comunicar su mensaje de valores genuinamente evangélicos. En el fondo, de lo que se trata es de responder a dos retos: al reto de la “modernidad”, que se expresa en las exigencias ineludibles de la racionalidad crítica y de la autonomía personal, y al reto de la “laicidad”, que está pidiendo una presencia de los valores cristianos en una sociedad plural y plenamente autosuficiente en el campo de su quehacer público.

Desarrollo en tres momentos el planteamiento que acabo de proponer: 1) recordando algunos hechos o fenómenos acaecidos en la etapa postconciliar; 2) optando por una determinada explicación o interpretación de lo que ha acaecido; 3) ofreciendo una propuesta de solución para que el fermento evangélico pueda seguir ayudando a formar un pan humano, rico en sabor, saludable y compartido por todos.

Los hechos

“Al principio” de muchas esperanzas estuvo -y sigue estando- el concilio Vaticano II. Los documentos oficiales también lo reconocen: “máxima gracia del siglo” (Sínodo extraordinario de 1985); “este gran don del Espíritu a la Iglesia al final del segundo milenio” (Tertio millennio ad- veniente, n. 36); “una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Tertio millennio ineunte, n. 57).

Esta conciencia de “novedad” que aportaba el concilio se tuvo también en la reflexión cristiana acerca de los problemas morales. Se pensó que, así como en la interpretación de la Sagrada Escritura, en la formulación de las confesiones de fe y en la celebración de los misterios cristianos se estaba verificando un profundo “aggiornamento”, eso mismo tendría que suceder en las orientaciones morales. Ése fue el sentido del deseo formulado por el concilio: “póngase especial cuidado en renovar la teología moral” (OT, 16).

El trabajo de renovación moral ha sido intenso y sostenido a lo largo de todo el período postconciliar, hasta el presente. Sobre todo en el inmediato postconcilio fue grande la euforia en la adaptación del edificio moral dentro la Iglesia. Pero, bien pronto también, llegaron las “dificultades”. Anoto las más relevantes.

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