Por una democracia participativa en las instituciones y en los movimientos sociales

Ángel Calle Collado

Atravesamos un momento especial para que el municipalismo transformador, el que sustenta territorios en democracia, se abra camino, tanto en los procesos electorales como en la acción directa de los espacios y movimientos de la ciudadanía. Tenemos por delante cinco años que van a trascender este 2015, recorrido suficiente para confirmar la profundidad de la crisis, evaluar respuestas y seguir ensayando formas de movilización colectiva. El sistema productivo-especulativo que propone la Unión Europea, basado en países centrales y élites bancarias que recogen beneficios frente a mayorías excluidas, agrandará los agravios y reforzará un descontento cada vez más organizado.

Lo que no quiere decir que el descontento se canalice hacia la contestación del modelo: el auge de la extrema derecha que insiste en «morir matando» y generar identidad frente a los «invasores bárbaros», la apatía de sofá, de televisión con Facebook y centro comercial, o la venta de ilusiones en torno al regreso del Estado de bienestar de los años noventa, son también salidas posibles. Existe el peligro de volver a formas reduccionistas de entender la política, retomando miradas unívocas y lineales. La Modernidad nos ha dejado al menos tres siglos en los que, desde diferentes ideologías, se ha consolidado la idea de democracia como conjunto de reglas (orden instituido, procedimiento) y no como un proceso de expansión (instituyente, no acotable). En 1976 el informe de la Trilateral «La gobernabilidad de las democracias» dio una vuelta de tuerca a este planteamiento, identificando el poder político con el poder electoral (la representación vía competencia por votos). Los movimientos sociales estarían ahí, desde esta perspectiva, no para localizar y visibilizar conflictos (como han hecho feminismos, movimientos obreros y ahora la reclamación de democracias participativas), sino para aportar cargos y buenos técnicos y técnicas en participación. Punto. De un plumazo se habrían borrado los procesos políticos que parten desde abajo y se consolidan en interacción directa con la ciudadanía.

Pero las innovaciones políticas desde abajo ganarán fuerza. Este abajo emergente crecerá como consecuencia del conflicto que se va haciendo más palpable y visible con las élites «de arriba»: desde el poder financiero a las administraciones que intentan arrebatar poder local, o los impedimentos para articular economías sociales que primen criterios de proximidad, cooperativismo, democracia o inclusión como referentes de su actividad.

Revuelo de candidaturas

Desde el protagonismo de los nuevos movimientos globales (democracia radical, sustentabilidad socioambiental, dignidad), se puede colaborar activamente en la experimentación de democracias de alta intensidad: participativas y deliberativas en las instituciones; capaces de apoyar y acompañar procesos autónomos de radicalización democrática de nuestras economías, de contestación del patriarcado, de creación de un nuevo o renovado tejido vecinal. En definitiva, de apuestas que nos otorguen el derecho y la práctica de decidir sobre nuestra vida (individual y colectivamente) con miras a sostenerla, no a controlarla o construirla de forma suicida ante los límites ambientales.

En este contexto se sitúa el revuelo de candidaturas iniciado en 2015, cuyas derivas habrán de repensarse en los siguientes años a través de un municipalismo transformador. Un revuelo que viene marcado no por coyunturas, sino por dinámicas iniciadas en los noventa y que tendrán su recorrido bajo nuevos ciclos de protesta, reinvención de partidos y sindicatos o propuestas de tejer economías desde territorios en democracia. Yo diría que estamos en un ciclo de movilización social largo, ya consolidado alrededor de la práctica del protagonismo social y de las demandas de dignidad y derechos.

El revuelo por las candidaturas municipalistas, aparte de una crisis civilizatoria y una ciudadanía que busca nuevas referencias políticas, tiene hitos territoriales y vecinales muy concretos y visibles: la aparición de Guanyem, Podemos o el desarrollo de iniciativas municipalistas y de economía social en varias comunidades autónomas; las protestas vecinales de resonancia estatal como Gamonal o Can Vies; o también el crecimiento de candidaturas independientes como agrupación de electores en muchos pueblos.

En el plano de partidos políticos de diseño más clásico se evidencia el cierre de oportunidades como acicate de dicho revuelo. Por ejemplo, las dificultades de Izquierda Unida (IU) para renovarse (organizativa, discursiva y horizontalmente) y por acoger las ansias renovadas de protagonismo social y demanda de bienestar. Alberto Garzón, nuevo líder de la formación y valedor de esa renovación, encuentra una gran oposición interna: «muchos puñales vienen de dentro», ha llegado a afirmar. ICV-EUIA por su parte quiere entrar en esa dinámica, pero resguardar a la vez su electorado y capitalizar sus votos (visibilidad y acceso a recursos institucionales), y lo mismo ocurre con otras estructuras organizativas asentadas en el juego político. Por su parte, las CUP retoman en Cataluña su propuesta para una Trobada Popular Municipalista.

También contamos con la búsqueda de espacios propios que apoyen esas dinámicas de participación en organizaciones de diferente perfil sociopolítico como Equo (ecologismo político institucional), Frente Cívico-Somos Mayoría (familia crítica al interior de IU), Municipalia (proceso iniciado en Madrid como reflexión hacia un municipalismo transformador) o Movimiento por la Democracia, con presencia en algunas ciudades y en círculos provenientes de la tradición de la autonomía política.

Como dice la canción, ahí llegó el comandante y mandó parar. Desde el círculo de Pablo Iglesias en Podemos, en parte también conectando con un sentir de construir el municipalismo no desde el partido sino desde la confluencia, se aplaza la inserción de Podemos en la contienda electoral municipal. La razón fundamental ya se conoce: evitar que sea un coladero de malas prácticas que faciliten munición al enemigo, de cara a las próximas generales. Queda situada, por tanto, como pieza angular de la contienda por el poder político por parte de las élites de Podemos, el acceso al poder electoral por arriba. Una agrupación que se inserta en las estrategias que surgen y surgirán de la mano de los nuevos movimientos globales, que facilitan (con sus discursos, redes de confianza, metodologías de participación y organización territorial) herramientas que abran la puerta al poder social en su acoso al poder político, en este caso a través de la vía electoral. De este modo, aunque todavía es pronto para establecer juicios más asentados, Podemos se sitúa a caballo entre los partidos-ciudadanía y las formas clásicas de partidos de masa. Pero, decididamente, la apuesta de Podemos ha abierto una brecha no sólo de ilusión, sino también de trabajo para construir otras estrategias políticas.

Miedo de las élites ante la organización del descontento

Los de arriba, enrocados en el bipartidismo o complacientes con el acceso puntual a las instituciones, se sienten tocados, incomodados o, cuando menos, importunados. El cortijo se les llena de voces discordantes que se contagian de un lugar a otro, vía medios clásicos o a través de las llamadas redes sociales. Los de abajo se atreven incluso a organizar su propio descontento mediante iniciativas concretas que desafían lo institucional, para airearlo; y a la vez tratan de sentar bases sociales (redes territoriales, círculos, apoyos de luchas sociales, metodologías que buscan la participación, ampliándola con mayor o menor éxito a la ciudadanía desafecta, etc.) que no circunscriban el poder político al mero engranaje del poder electoral. Estas inercias refuerzan la importancia del municipalismo transformador como eje de trabajo: una movilización desde el protagonismo ciudadano que facilita encuentros y confluencias en redes/territorios reales y activa procesos sociales «desde abajo» para reclamar derechos y democratizar la economía.

Puestas estas semillas en torno a la necesidad de buscar y reconstruir el poder electoral desde lo local, las diferentes formas de entender la política pasan a reclamar paternidades en un intento de recoger los frutos de estas innovaciones. Guanyem hizo despegar a los Ganemos. Los llamados «momentos de locura» donde todo parece abierto, hasta la democratización de las instituciones o de los viejos paradigmas y formas de hacer política, son consustanciales a estas bifurcaciones históricas. Y basta una chispa para que, como ocurrió con la acampada iniciada en Sol el 15 de mayo de 2011, se pongan en marcha innovaciones y redes políticas de nuevo cuño cuya frescura no será eterna, pero durará unos años. Lo que sí pervivirá de todo este ciclo es un gran aprendizaje de potencialidades y retos para trabajar desde esta política del «y» (de la articulación, del protagonismo y el pensamiento colectivos) frente a una política del «o» (excluyente, de bandos). Y también será una escuela social para nuevos activistas.

No obstante, junto a las innovaciones se producen diversas formas de recuperación y cooptación. El tiempo dirá qué iniciativas acaban insertándose en uno u otro camino. En muchos lugares, Izquierda Unida entra en estos Ganemos como forma de sostener y ampliar su papel de interlocutor en el nuevo ciclo de movilización. En otros casos, sin embargo, la perseverancia en retener el control de la marca genera amplios rechazos. Entre las desavenencias iniciales más ilustrativas cabe citar el Ganemos de la región de Murcia (donde la marca apunta a quedar en manos de IU, Equo, CLI-AS y Republicanos); o la división en Málaga (con IU por un lado, y Podemos, Movimiento por la Democracia, Equo y Frente Cívico por otro). Y, finalmente, la aparición de Somos Asturias (con el apoyo de Podemos) como alternativa de referencia que irá cuajando en diferentes Somos en el Estado español, o la agrupación electoral Ahora Madrid, cuajada recientemente como fusión entre Ganemos y Podemos en la capital del país.

Dilemas estratégicos: transformar o reformar el sistema social vigente

¿Se puede decir que estas candidaturas están planteando un municipalismo transformador? ¿O es la vieja estrategia de ganar capilaridad local, utilizada por las élites de cualquier signo ideológico, para favorecer proyectos estatales centrados en el poder electoral? La cosa, así la veo yo, va de grises y de procesos. De grises, porque creo que hay una diferencia entre candidaturas por un municipalismo transformador y aquellas que se insertan en nuevas lógicas de poder electoral local-estatal. Entre los mayores claros de esa propuesta de municipalismo citaría ejemplos como el de la Marea Atlántica, surgida en A Coruña. Como afirman en su página web (mareatlantica.org) no están por elegir entre «Pokémons» o «Pikachus», en alusión a los enfrentamientos dualistas-electoralistas antes descritos y, al presentarse como «proceso ciudadano», apuntan al aireamiento de un municipalismo transformador. Sus cinco principios son:

«Garantir unha vida digna para todas as persoas, construír unha economía xusta e sustentábel, forxar democracia e participación cidadá e selar un compromiso ético».

Desde mi observación como participante en Ganemos de Córdoba, compruebo que se ha forjado una coalición amplia de trabajo entre: ciudadanía descontenta y ávida de participación, Frente Cívico, Equo, Podemos y algún y alguna representante del movimiento vecinal o integrante de la PAH. Decididamente a favor de una agrupación de electores bajo el paraguas de Ganemos, las asambleas apelan a la generosidad y al reconocimiento de la diversidad, a la par que el programa se entiende como un instrumento para el protagonismo social y se estructura hacia líneas semejantes a las expuestas por Marea Atlántica.

Y entre los grises tirando a color oscuro tendremos la confirmación de que las innovaciones necesitan, en primer lugar, de otra cultura política, otra paideia como se decía en los diálogos entre activistas. Si no, esfuerzos como los emprendidos desde Guanyem o los Ganemos aperturistas pueden acabar apuntando en demasía a las candidaturas (poder electoral en el corto plazo) y sembrar poco en las instituciones gestadas desde un poder social, más definitorio en el medio y largo plazo. No se trataría de «ganar» en el juego establecido, pues el margen de «ganancia» es pequeño ante la ausencia de poder político real para hacer «grandes cambios»; sino, más bien, de alimentar el caldo de cultivo para otros juegos, para otros actores y actrices, de mayor protagonismo social y más ligados a necesidades sentidas y ya enfrentadas en luchas concretas. Lo que requiere desplazar egos, apuntalar generosidades, crear escenarios que rehúyan la dialéctica binaria de entender la política, no confundir diversidad con enfrentamiento.

En definitiva, hay que entender que el juego social transformador es más grande que los juegos particulares, por muy emancipadores que se (auto)presenten. De lo contrario muchas localidades verán la emergencia de Ganemos, de Somos, de Ahoras o de «partidos-ciudadanía» que, en realidad, son una marca para proyectos grupales y no ciudadanos. O cuyo programa insista en el marco procedimental (orden, formas de participación) sin apuntar a dinámicas procesuales y reales de emancipación: impugnar las medidas neoliberales como el pago de la deuda, cambiar el modelo productivo hacia formas de economía social y sustentable, democratizar las instituciones (gestionar lo transversal y general al municipio, cogestionar lo que pueda ser accesible con la ciudadanía), pero también ayudar a sembrar autogestión fuera de las instituciones (en defensa de derechos, mediante espacios reclamados y resultantes del poder social, desarrollando tejido cultural y económico comunitario, etc.).

Asistimos, pues, a los necesarios «momentos de locura», que yo diría que son «momentos de sensatez», dada la instalación en nuestras vidas y en nuestras instituciones de pautas propias de una sociedad enferma, que no cuida sus lazos y su bienestar, que pierde su instinto de autorreproducción. Momentos donde se pone en tela de juicio y se contesta desde la práctica una obsoleta forma de concebir la política. Algo que aún persistirá y será patente en el medio plazo, esa ventana abierta de los próximos cinco años que llevará a refundar toda práctica, sean partidos, sindicatos, municipalismo, nuevas formas de economía, etc., a fin de hacerles encajar con la radicalización de la democracia y la búsqueda de bienestar y justicia social. Unas resistencias que pueden venir también de algunas élites de la izquierda cuando insisten en los sacrificios que ha de hacer lo social y lo diverso en aras de lo eficiente y unitario para alcanzar un poder electoral que, por otro lado, apenas contiene poder político si no se ve impulsado de un poder social.

Asimismo, ese poder emergente que innova y se articula desde abajo y hacia los lados no es sinónimo, no necesariamente, de «fragmentación». En este país se dan culturas políticas que priman el hacer local: los nacionalismos periféricos, lo libertario, antaño lo anarquista y el ser cada uno y cada una de su pueblo y de su territorio. Cuidado, claro está, con regresar a un «tiempo de tribus». Pero es cuando menos irreal seguir pretendiendo que la construcción de monocultivos (contaminados y contaminantes) sea una respuesta universal y lineal, válida para cualquier situación y cualquier cultura. Aquí no: ni en estos momentos de recomposición desde el protagonismo social, ni en el histórico hacer vinculado o anclado (que no refugiado en islitas) a prácticas de proximidad.

El tiempo dirá si estos grises se clarifican. Y si las apuestas coyunturales se transforman en procesos por un municipalismo transformador. La ventana de oportunidad para construir territorios en democracia ha sido abierta y será difícil cerrarla sin dar muchas explicaciones o imponer muchos cerrojos. Algo que, no tan paradójicamente, serviría para alimentar aún más las demandas de protagonismo social, derechos y dignidad