Para que otra democracia sea posible. Tú decides

“La llaman democracia y no lo es” gritaba la gente indignada del 15 M mirando al Parlamento —que se dice sede de la soberanía del pueblo—. Era la manifestación pública de un sentimiento muy hondo que está arraigado en la conciencia colectiva: ¡No, no es eso, no es eso!

El sueño colectivo de una convivencia en paz, articulada en base a criterios de equidad, libertad y solidaridad, explotó ante las muchas y muy graves trabas que están impidiendo su realización. Y el primero y principal impedimento, que impregna todas las relaciones y actividades interhumanas y que está impidiendo ese sueño democrático, es la imposición del dinero, de la economía, de la especulación.

Cual nuevo dios del siempre creativo panteón humano, la necesaria pero endiosada economía está sometiendo todas nuestras instituciones y valores bajo su omnímodo poder: somete el Estado a la mano invisible del mercado, los valores humanos al dinero, el planeta tierra a la explotación y el agotamiento, la participación en la gestión de los intereses colectivos a la delegación de lobbies políticos al servicio del capital, la legitimidad y la justicia a la legalidad injusta y partidista.

El resultado de este cambalache salta a la vista: la especulación, la mentira, la corrupción están sumiendo a esta sociedad, dormida y a veces cómplice, en el sometimiento, en la pérdida de la propiedad, uso y gestión de recursos y bienes comunes, en el empobrecimiento general y hasta en el hambre.

Puesta ante el espejo de lo que el presidente Abraham Lincoln consideró como democracia —“Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”—, lo que llamamos democracia, evidentemente, no lo es en ninguno de sus planos: ni en el económico, ni en el político, ni en el jurídico, ni siquiera en el cultural y mucho menos en el religioso.

Pero en la larga historia del proceso humano y de las sociedades no todo está perdido definitivamente, ni nunca es tarde para cambiar de rumbo. En estos momentos críticos, no podemos perder el sentido de la orientación ni dejar por más tiempo la gestión de nuestras vidas en la fría privacidad de esa pandilla del 1% de usureros y ciegos traficantes sin escrúpulo. Necesitamos someter seriamente lo público colectivo, liberado de la intoxicación diaria de la política oficial y los medios generalistas, a un juicio muy crítico. No podemos seguir aceptando la necesidad de tener que ser héroes en este mundo para ser buenas personas, ni herejes o heterodoxos para ser buenos cristianos.

El vuelco, como es lógico, no vendrá por el simple cambio de personas, aunque es necesario expulsar del poder a los corruptos y malos gestores. El vuelco vendrá por la presión colectiva y transformadora de la calle que asume su responsabilidad y decide no delegar irresponsablemente la gestión de las cosas comunes en cualquier mano.

… Si esto no es democracia, de ti y de mí depende, como se dirá a lo largo de este texto, no solo cambiar las reglas sino el tablero mismo de juego.