¿Otra Iglesia es posible? Venid y ved: Comunidad Santo Tomás de Aquino

Rafael Díaz-Salazar

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: Rafael Díaz-Salazar –
 
¿Hay indicios de un posible deshielo del invierno eclesial padecido durante los últimos decenios? ¿Estamos en el inicio de un cambio de ciclo en la Iglesia?. ¿Está ya brotando una nueva primavera eclesial? ¿Vamos a experimentar un nuevo Pentecostés?

Considero que todavía es muy pronto para poder responder a estas preguntas. Por ahora, sólo hemos presenciado un cambio de talante y de discurso y algunos gestos significativos que generan expectativas esperanzadoras. Aun así, creo que sigue siendo penoso que el cambio en la Iglesia –tan diversa y plural– dependa de la orientación de su vértice jerárquico. No obstante, son muy importantes los cambios en la cúspide de instituciones como la Iglesia católica que se caracterizan sociológicamente por tener una estructura jerárquica y piramidal, un fuerte clericalismo, un estilo cuasi militar de cadena de mando y una correlación de fuerzas internas antagónicas que pugnan por la hegemonía.

El posible inicio y desarrollo de un nuevo ciclo de cambio en la Iglesia, que quizá el nuevo Papa se atreva a impulsar, serviría para que salieran de la exclusión múltiples iniciativas comunitarias –fruto del Concilio Vaticano II– que han sostenido la vida de fe, esperanza y caridad de millones de cristianas y cristianos en estos largos decenios de neointegrismo católico. Y no sólo sería importante este cambio para que salieran de esa exclusión y de su exilio en los márgenes del interior de la Iglesia, sino para ser reconocidas como realizaciones de vida cristiana ejemplar. No se trata de convertir en “perfectas” comunidades cristianas de base que se consideran “malditas”, sino de acogerlas como fuentes vivas que alimentan y contribuyen a la transformación evangélica de la Iglesia y de la sociedad. Se trata de reconocer la polifonía de voces eclesiales y de acabar con el sectarismo imperante para hacer posible una sinfonía eclesial frente a la cacofonía imperante.

Afortunadamente el neointegrismo católico no ha podido suprimir la existencia de miles y miles de comunidades cristianas que nos muestran que otra Iglesia es posible… sencillamente porque existe desde hace muchos años. Esta “otra” Iglesia libre y fiel a la catolicidad tiene que difundir narrativas de su vida, siguiendo el ejemplo evangélico del “venid y ved”. Afortunadamente, tenemos algunos textos que ayudan al conocimiento de este tipo de Iglesia. Un ejemplo interesante, entre otros muchos, es la Comunidad Santo Tomás de Aquino de Madrid. Ella ha tenido el gran acierto de contribuir a la comunión de bienes mediante el libro Una experiencia comunitaria de liberación(Khaf), coordinado y, en su mayor parte, escrito por Evaristo Villar. Es una excelente narración sobre la edificación de una Iglesia formada por mujeres y varones que saben vivir el Evangelio y testimoniarlo en nuestra sociedad. Ojalá que otras comunidades, parroquias y movimientos sean capaces de imitar esta iniciativa y salgan de su estado de “Iglesia invisible”. Haría bien la editorial Khaf si iniciara una colección con relatos de realidades eclesiales renovadoras.

La experiencia del Dios de Jesús que rezuman las páginas del libro citado, el estilo de vida comunitaria, el modelo de formación cristiana inculturada en los dos grandes procesos de la Ilustración y de la Liberación, el diálogo con los no creyentes y con las personas de otras religiones, las celebraciones sacramentales y el compromiso en múltiples luchas sociales ha convertido a la Comunidad Santo Tomás de Aquino en una “Iglesia visible” de otro tipo para muchas personas e instituciones que rechazan lo que los medios de comunicación llaman “la” Iglesia. En los últimos años y ahora no todo ha sido “invierno” en la Iglesia gracias a este tipo de comunidades cristianas de base. Si se inicia un cambio de ciclo en la Iglesia se deberá, en gran medida, a la resistencia al integrismo, al disenso activo y a las propuestas de este tipo de comunidades que han impedido que el “espíritu” del Concilio Vaticano II haya sido sepultado por un olvido o una reinterpretación del mismo que lo ha ido vaciando de su profetismo. Esta Comunidad y otras semejantes han sido y siguen siendo portadoras de esperanza y utopía, algo que ninguna crisis –eclesial o extraeclesial- puede arrebatar a quienes aman y siguen a Jesús de Nazaret, el Cristo de Dios.