OTRA ESPIRITUALIDAD ES POSIBLE Y NECESARIA

Marià Corbí

Éxodo 88 (marz.-abril’07)
– Autor: Marià Corbí –
 
LA CUALIDAD ESPECÍFICA HUMANA

En las nuevas sociedades industriales las religiones resultan inviables para la mayoría de la población. El desinterés por la religión es casi completo en las generaciones más jóvenes. Para ellos la religión no es ni problema. Sin embargo, el interés por la espiritualidad no ha decaído con la decadencia de las religiones, sino que ha crecido notablemente.

Vamos a abordar este problema. El dato histórico y sociológico es que cuando aparecen en Occidente las sociedades industriales, empiezan a darse serias dificultades colectivas con las religiones. Antes las dificultades se habían dado entre religiones diferentes o entre las elites científicas y filosóficas y las religiones, pero no entre colectividades amplias y las religiones en general.

En el Occidente desarrollado, la mayoría de la población se ha alejado por completo de la religión. Nunca antes había ocurrido algo semejante.

Para comprender lo que está pasando con la religión, tendremos que volvernos a lo que son las características de nuestra condición de vivientes.

Las restantes especies animales tienen determinado genéticamente su estructura de necesidades, su mundo, lo que deben ser sus actuaciones en el medio, su relación con el entorno intraespecífica y extraespecífica, etc., con pequeños márgenes de aprendizaje.

La adaptación al medio de las restantes especies animales es lenta, puede durar millones de años. La vida inventó, en nuestra especie, un procedimiento rápido de adaptación al medio e incluso de modificación del medio. Determinó genéticamente nuestro organismo, nuestra condición sexuada, nuestra condición simbiótica y el habla. Dejó indeterminado, por el contrario, cómo tendríamos que actuar en el medio para sobrevivir, cómo organizar la sexualidad y la crianza, y cómo vivir y organizar la simbiosis; pero al mismo tiempo nos dotó de un instrumento para completar nuestra programación, insuficiente para resultar animales viables.

Con el habla completamos nuestra inacabada programación. Hablando nos autoprogramamos, según las condiciones del medio y según las formas de sobrevivir en él. Podríamos decir que gracias al invento biológico del habla, la especie humana puede adaptarse al medio, o modificarlo, tan rápido como convenga.

Esta es nuestra característica específica y nuestra ventaja.

Nos relacionamos con el medio, hablando entre nosotros. Gracias al habla podemos distinguir dos aspectos diferentes de nuestro acceso a la realidad, -un aspecto que está en relación a nuestras necesidades y que es el significado que las cosas tienen para nosotros, -y otro aspecto que no está en relación a nuestras necesidades, que es gratuito y absoluto, porque está ahí independientemente de nosotros y de la relación que pueda o no tener con nosotros. Como especie tenemos una doble experiencia de la realidad, una relativa y modelada según nuestro interés, y otra absoluta. Gracias a esta doble experiencia, podemos cambiar nuestro programa y nuestra interpretación y valoración de la realidad cuando convenga. Si tuviéramos una sola experiencia de lo real, estaríamos tan clavados a un modo de vida como el resto de los animales.

Por consiguiente, la doble experiencia de lo real es la característica esencial de nuestra especie.

A lo largo de la historia humana, ha habido varias maneras de vivir y representar esta doble dimensión de lo real; todas ellas dependientes de las diversas formas de complementar nuestra indeterminación genética, que siempre han estado en relación directa con los procedimientos que los humanos han usado para sobrevivir en el medio. Como los restantes animales, nuestras programaciones colectivas, que han sido maneras de interpretar y valorar la realidad, han tenido que ver directamente con nuestras maneras de sobrevivir en el medio.

Durante la larga etapa de la historia de la humanidad en la que se vivió en sociedades preindustriales, la socialización o programación colectiva se hizo mediante narraciones sagradas, mitos, símbolos y rituales que decían cómo habían determinado los antepasados y los dioses que había que interpretar la realidad, cómo había que valorarla, actuar, organizarse y vivir.

LA PRETENSIÓN PRIMARIA DE LAS NARRACIONES SAGRADAS, MITOS, SÍMBOLOS Y RITUALES DE LAS RELIGIONES

La pretensión primera de esas narraciones, mitos, símbolos y rituales no era describir la realidad, sino imprimir en la mente y en el sentir de las sociedades cómo había que ver la realidad, sentirla y actuar en ella en unas condiciones determinadas de vida, para sobrevivir con éxito. Desde esa lectura de lo real se vivía, concebía y cultivaba la dimensión absoluta de lo real.

Los mitos, símbolos y rituales eran sistemas de socialización y programación colectiva, propios de sociedades que vivieron durante milenios haciendo fundamentalmente lo mismo, y excluyendo el cambio. Puesto que eran sistemas de programación colectiva, debían tomarse como descripciones de la realidad, aunque no lo fueran, de lo contrario no podían cumplir con su función de programa colectivo indudable. Eso significa que imponían una epistemología que sostenía que lo que decían mitos, símbolos y rituales era como era la realidad, tanto en lo referente a la dimensión relativa de la realidad, como en lo referente a la dimensión absoluta.

Esta es la epistemología mítica. Desde esa epistemología mítica se volvían intocables los modos de vida, interpretación, valoración, acción y organización. Se sostenía que todo eso era revelado, que procedía de los antepasados sagrados y de los dioses.

Así la programación colectiva determinaba el modo de vida y, a la vez, bloqueaba el cambio.

LAS RELIGIONES Y LA ESPIRITUALIDAD RELIGIOSA

Las religiones fueron, pues, la peculiar manera de vivir y expresar la dimensión absoluta de la realidad en sociedades preindustriales, extáticas, que excluyen el cambio. En ellas había que someterse, con creencia inviolable, al programa colectivo que se imponía como voluntad y revelación divina. En virtud de la epistemología mítica, debía creerse que lo que decían los mitos, símbolos y rituales de la dimensión absoluta de la realidad, era una descripción fidedigna, y con garantía divina. El proyecto de vida, individual y colectivo, diseñado y construido por Dios mismo, era también un proyecto de vida sagrada y espiritual.

Si definimos espiritualidad como el cultivo y la vivencia de esa segunda dimensión de la realidad, la espiritualidad, en la época preindustrial, tuvo que vivirse desde la religión y, por tanto, tuvo que ir vehiculada, expresada y vivida a través de las creencias.

Cuando la industria se convirtió en el modo de vida de la colectividad, tuvo que apoyarse en las ciencias y las técnicas y, consiguientemente, se tuvo que sustituir la socialización y programación colectiva mítica, simbólica y ritual, por la programación ideológica.

Las ideologías interpretaban la realidad y creaban proyectos de vida sin apoyarse en narraciones sagradas y revelaciones divinas, sino apoyándose en teorías científicas y, sobre todo, filosóficas, que también pretendían describir la realidad. Las ideologías fueron arrinconando poco a poco a la religión, en la misma medida que se extendía la industrialización de la vida de los colectivos.

Durante la primera gran revolución industrial, que se fue implantando en Occidente a lo largo de más de siglo y medio, se vivió en una sociedad mixta. La mayoría de la sociedad, hasta los años 70 del pasado siglo, vivió todavía en sociedades preindustriales, con sus sistemas míticos, simbólicos y rituales de programación y, por tanto, con la religión tradicional. Una minoría, que fue creciendo paulatinamente, vivió de la industria y su sistema de cohesión y programación colectiva propio de la ideología.

Durante este tiempo, la espiritualidad continuó ligada a la religión y a las creencias.

La generalización de la industrialización que marginó por completo en Occidente los modos preindustriales de vida; más la aparición e implantación de la segunda gran revolución industrial, la sociedad de innovación continua, alteraron para siempre esta situación.

¿QUÉ ESTÁ OCURRIENDO EN LAS NUEVAS SOCIEDADES INDUSTRIALES? E

En las nuevas sociedades industriales se vive de la continua creación de ciencias, lo cual supone un continuo cambio de las interpretaciones de la realidad. La continua creación científica conduce a constantes creaciones tecnológicas; lo cual supone, a su vez, cambiar continuamente las formas de trabajar y, por tanto, de organizarse; todo esto empuja a la revisión continua de los sistemas de cohesión y valoración colectivos.

En las nuevas sociedades todo cambia continuamente, porque el éxito económico depende de la creatividad, la innovación y el cambio.

Estas nuevas sociedades tienen que excluir la epistemología mitológica y su prolongación en las ideologías, y tienen que estructurarse apoyándose ya no en revelaciones divinas o en descubrimientos de la naturaleza misma de las cosas desde las ciencias y las filosofías, sino apoyándose sólo en postulados axiológicos, que ellas mismas construyen, y en los proyectos colectivos diseñados a partir de esos postulados axiológicos.

En las nuevas sociedades los postulados axiológicos y los proyectos tenemos que construírnoslos nosotros mismos, a nuestro propio riesgo y contando sólo con nuestra propia calidad individual y colectiva. Los postulados y los proyectos tendrán que cambiar, cuando convenga, al ritmo que impongan nuestras innovaciones científicas y tecnológicas y las consecuencias que se deriven de ellas.

Resulta lógico y evidente que la manera de vivir la dimensión absoluta de la realidad y la espiritualidad, modeladas por las religiones y las creencias, entren en una crisis mortal, en unas condiciones culturales como éstas.

Las religiones y el modo tradicional de cultivo de la espiritualidad entran en crisis por cuatro razones principales:

1ª. Cuando los colectivos tienen que vivir del cambio continuo en todos los niveles de la vida, tienen que excluir la epistemología mítica y las creencias, porque fijan, porque bloquean y deslegitiman el cambio.

2ª. Este tipo de sociedad, a medida que se implanta y crece, crea una conciencia colectiva, explícita o implícita, de que nada nos viene de fuera, ni de Dios ni de la naturaleza misma de las cosas; que todo nos lo tenemos que hacer nosotros mismos a propio riesgo. Esta conciencia resulta incompatible con las religiones y las creencias.

Esta conciencia se difunde desde la vida cotidiana de cambios constantes, desde la globalización de las comunicaciones, desde los periódicos, la televisión, las películas, las comunicaciones por Internet, etc.

Esta mentalidad se difunde por todas partes, en los países desarrollados, en los que están en vías de desarrollo e incluso en los más atrasados

3ª. Todas las tradiciones religiosas conviven en nuestro mundo global, en nuestros países y en nuestras ciudades, con sus grandes textos al alcance de todos. Todas las tradiciones están unas junto a las otras, tanto por efecto de la mundialización de las comunicaciones, como por efecto de los grandes movimientos migratorios.

4ª. La globalización científica, tecnológica, económica, cultural, del ocio y de las comunicaciones quiebra las fronteras entre las culturas y las religiones y ponen frente a frente sus pretensiones absolutas.

La misma globalización hace patentes los riesgos que esas pretensiones absolutas comportan para la convivencia, para la economía, para la política, para la seguridad, para la paz. Las tradiciones religiosas, puestas unas al lado de las otras, se relativizan mutuamente y resbalan hacia las concepciones generales y preponderantes de que todo nos lo construimos nosotros mismos, también esas formas de vivir la dimensión absoluta de la realidad.

Estos procesos han sido muy rápidos, se han producido en menos de 30 años. Se puede decir con fundamento, que, por regla general, en el Occidente desarrollado, los que tienen menos de 45 años, en su gran mayoría, ya no quieren saber nada de la religión tradicional. Y es lógico, porque la religión es una forma de vivir la dimensión absoluta de la existencia y la espiritualidad propia de sociedades preindustriales, estáticas, patriarcales, jerárquicas y provincianas. Esas formas de vida han desaparecido o están en vías de extinción.

También las mujeres, que se han incorporado ya a la cultura y al trabajo, han abandonado la religión. Sólo las generaciones más ancianas continúan interesándose por la religión, y aún ellas también han iniciado el éxodo.

Estos cambios y transformaciones no suponen que vayamos claramente a mejor. Hemos sustituido una explotación, la propia de las sociedades de la primera industrialización, (sociedades de clases y coloniales), por otra explotación, la de las sociedades de conocimiento e innovación (creadoras de exclusión y marginación de grupos sociales y países enteros). También el medio está resultando gravemente dañado.

Las nuevas sociedades no han encontrado todavía formas económicas y políticas adecuadas a su poder científico, tecnológico, comunicativo y globalizador. Todavía estamos en manos de un capitalismo financiero sin entrañas.

Hemos sustituido una desigualdad e injusticia por otra. Pero las nuevas injusticias tendrán que combatirse con nuevas formas.

El hecho innegable es que, a causa de estos cambios, las religiones y la espiritualidad a través de creencias, han entrado en una crisis que tiene rasgos de muerte.

NECESIDAD DE UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD

No obstante esta crisis, la dimensión absoluta de la realidad y la posibilidad de espiritualidad, continúan siendo una cualidad y condición específicamente humana, irrenunciable e inevitable, por nuestra condición de vivientes que hablan, que tienen que autoprogramarse y que, a causa de ello, tienen un doble acceso a lo real.

La nueva y urgente tarea es hacer posible el cultivo de esa dimensión de nuestra estructura humana, en las nuevas condiciones culturales. Estas nuevas condiciones culturales podríamos resumirlas así: vivimos en sociedades de innovación y cambio constante, cohesionadas y programadas mediante postulados axiológicos y proyectos colectivos construidos, desde esos postulados, por nosotros mismos. Por tanto, vivimos en sociedades sin creencias (aunque con muchos supuestos acríticos) y, por tanto, sin sacralidades, ni religiones. En resumen, vivimos en sociedades dinámicas, laicas, sin creencias, ni religiones, ni dioses.

Sin embargo, muchos hombres de estas sociedades están interesados en la espiritualidad. Y ese interés crece y crece.

Una nueva espiritualidad es posible; y más que eso, es necesaria. La nueva espiritualidad no podrá apoyarse en creencias, ni estará vehiculada o expresada por medio de creencias. No será religiosa, si por religión entendemos sistemas de creencias que son sistemas de interpretación, valoración, acción y organización revelados por Dios e intocables o entendemos proyectos de vida colectiva revelados e inalterables.

La nueva espiritualidad, si no se apoya en creencias, ni es religiosa, carecerá de sacralidades, será laica.

Sin embargo, precisamente porque no es ni religiosa ni creyente, podrá heredar toda la riqueza espiritual de todas las tradiciones religiosas de la humanidad. Esa herencia universal no tiene por qué conducir a una espiritualidad sincretista o a la carta. Hemos heredado toda la música de la historia, toda la poesía, toda la pintura, escultura y arquitectura; somos capaces de apreciar y gozar la belleza de todos los tiempos y todas las culturas, y aprendemos de todas ellas. Y eso no nos lleva a crear un arte que consista en tomar un rasgo de aquí y otro de allá, sino que, aprendiendo de todos, construimos nuestro propio arte. Algo así está ya ocurriendo con la espiritualidad.

Siempre se puede hacer un mal uso del legado de nuestros antepasados, pero si ocurre, no será por culpa de la globalización y universalización de todas las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, sino por nuestra falta de calidad.

Haya riesgos o no los haya, esta es la situación en que nos encontramos y que no podremos hacer volver atrás, por más que nos empeñemos. Nos hemos tenido que alejar de una vida articulada sobre creencias, tanto religiosas como laicas; con ello, nos hemos alejado de las religiones tradicionales y sus sacralidades y hemos tenido que ir a parar a sociedades laicas.

Esta situación no es el fruto de la elección de nadie, es el fruto de la evolución de la cultura y la historia de Occidente. Llevamos muchos siglos caminando en esta dirección, con frenazos y aceleraciones. No podemos rehacer el camino hecho; no se puede volver a vivir la vida de nuestros antepasados.

Haber perdido la forma de vivir la espiritualidad propia de sociedades preindustriales, estáticas, que excluían el cambio, patriarcales, jerárquicas y provincianas, no significa que hayamos perdido la posibilidad de vivir la espiritualidad en una forma nueva y adecuada a nuestras nuevas condiciones culturales.

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