OJOS DE MARTA, CORAZÓN DE MARÍA

Silvia Martínez Cano

Éxodo 99 (mayo-jun.´09)
– Autor: Silvia Martínez Cano –
 
Introducción

Para los cristianos y cristianas la lectura constante de la Biblia es una fuente de riqueza personal y comunitaria que nos acerca al corazón mismo de Dios. La Revelación, semilla de Gracia en nosotros y nosotras, hace crecer en nuestras vidas la posibilidad de un encuentro directo e íntimo con Él. Sin embargo los textos bíblicos están ligados profundamente a la condición humana y del mismo modo a las distintas culturas que los gestaron y a las personas que intervinieron en su redacción. Porque la “humanidad” que reside en el interior de la persona y se muestra en la Biblia, también proviene de Dios. Por eso recoge todas las facetas del ser humano, desde el odio, la envidia, el sacrificio, la amistad, hasta la pasión e inevitablemente el Amor (con mayúscula), que no es otro que el reflejo del Amor de Dios.

La Biblia, biblioteca del Amor de Dios, puede recoger en sí misma historias terribles de la realidad de los seres humanos, comportamientos e incluso justificaciones de desigualdades o injusticias que a nuestros ojos nos descolocan y nos hacen protestar. En la cuestión de relaciones entre hombres y mujeres encontraremos en los textos multitud de concepciones, restricciones e imposiciones, fruto de sociedades regidas por los varones, donde la mujer es una propiedad más: “No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca” (Éxodo 20,17). Este ejemplo de un texto tan central como es el decálogo, nos permite ver que la mujer no sólo tiene dependencia directa del hombre, sino que además no es sujeto social, ya que ni siquiera la ley está dirigida a ella, es sólo para los varones. Las mujeres no son las protagonistas de las historias bíblicas, aparecen ausentes o como figuras pasivas sobre las que sucede una historia. Incluso representan el ejemplo de lo que no es correcto ante los ojos de Dios: Sara se burla de Dios al no confiar en su capacidad de fecundidad. Sara se convierte así en instrumento para el cumplimiento, pese a su no disposición, de la promesa de Dios a Abraham. Las mujeres han resistido este anonimato normalizado, pocas veces han logrado imponerse. En algunas ocasiones encontraremos mujeres que consiguieron romper este cerco de indiferencia en el ámbito religioso: Débora es juez y Barac proclama que no actuará de ninguna manera sin ella, reconociéndola como portadora de Dios.

En la actualidad nos resulta inaceptable el considerar a otra persona como esclava o posesión de otro, por eso cuando leemos la Biblia, comprendemos el contexto e interpretamos esta realidad desde su contexto cultural, evaluándola desde la propuesta subversiva de inclusión de Jesús con los esclavos (por ejemplo el siervo del centurión Lc 7,1-10) y las no-personas en general. Lo vivimos como parte de la salvación de Jesucristo. En cuestión de género todavía nos falta un proceso largo de reflexión e interpretación. Nos preguntamos por qué:

Primero, el proceso de descubrimiento de pleno derecho e igualdad de las mujeres es todavía corto e incipiente. Además, lucha contra un modelo social que hunde sus raíces en el sometimiento y sumisión de unos sobre otras en razón de su sexo, raza, clase o geografía. Es un modelo puramente androcéntrico, con larga herencia de los siglos, donde las mujeres han sido individuos de segunda categoría sin capacidad moral o jurídica para ser autónomas en sus decisiones vitales. Este modelo se ha roto en el siglo XX, ante la diversidad y la pluralidad de las culturas y las experiencias personales que apuestan por la posmodernidad. La realidad personal de los individuos ha permitido sacar de lo profundo la experiencia, vida y perspectiva vital de las mujeres, permitiendo la reivindicación de la visión que con ello aportan a la humanidad. Pero el cambio de mentalidad es lento y difícil, sobre todo cuando se mezclan cuestiones de poder y sometimiento.

Por otro lado, los estudios bíblicos se han ampliado y permitido leer comprendiendo el contexto en el que se escribió cada texto. Pero muchos de los relatos en los cuales la mujer aparece tanto oprimida como en situación de autonomía alojan en ellos cierta ambigüedad. Esto permite que se pueda manipular el mensaje. En función de quién lo estudie o interprete, más desde sus intereses y su conciencia de género que por el análisis objetivo en sí, pueden justificar la situación de sometimiento de las mujeres o reivindicar su causa. La cuestión del velo en las cartas de Pablo puede ser entendida de muchas maneras: como conflicto entre miembros de la comunidad, como sometimiento de las mujeres de la comunidad, como miedo a la opinión pública con respecto a las mujeres de la comunidad, etc. No cabe duda de que los textos bíblicos surgieron en sociedades patriarcales y que reflejan costumbres y modos de pensar de tipo androcéntrico. En un análisis contextual nunca se puede olvidar esta perspectiva de género. La realidad nos confirma que normalmente no se utiliza como instrumento de análisis, porque no se siente la necesidad de hablar de las mujeres en relación a Dios y a la comunidad. Y de nuevo volvemos al primer aspecto que hemos comentado antes, la necesidad de un giro radical en relaciones entre géneros, en nuestras sociedades, todavía patriarcales.

Por último, a veces no hay propósito de un cambio significativo en la manera de acercarse a los textos. En nuestras propias comunidades se aloja el miedo al cambio de relaciones. Miedo de los hombres a perder poder, prestigio o espacio, miedo al tener que redefinir su espacio eclesial, experiencial y personal. Miedo de las mujeres a no ser comprendidas, agredidas o culpabilizadas, miedo a fracasar en su intento de redefinirse como cristianas, o a no sentirse capaces. Todavía en la liturgia de la Iglesia se leen textos que chocan con nuestra sensibilidad, especialmente la de las mujeres, como por ejemplo: “… guarden las mujeres silencio en el culto de la iglesia, pues no les está permitido hablar” (1 Co 14,34). O en el sacramento del matrimonio otros como “Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos…” (Ef 5, 21-33). Estos textos no son susceptibles de interpretar de forma inocente, son el reflejo del mismo conflicto entre sexos y roles de las primeras comunidades, que perdura hasta nuestros días. Seguir utilizando estos textos en momentos celebrativos importantes hace daño a las mujeres creyentes y sigue contribuyendo al malestar y rechazo de la liturgia tradicional, y con ello de la Iglesia.

Para leer la Biblia en perspectiva de género, hemos de acceder a los textos desde la conciencia de que están atravesados por el Amor de Dios hacia sus criaturas, y por ello será necesario discriminar aquellos elementos que nos hablan de la salvación de Dios para las personas. Una lectura crítica de la Biblia nos permite entender mejor la experiencia que hay detrás de los textos y descubrir las limitaciones de los mismos1 a la vez que su riqueza.

Hemos de eliminar por tanto la lectura literal, o lo que es más grave, aquellas lecturas que son justificativas de nuestra realidad propia actual. Es decir, leer desde nuestra mentalidad, para encontrar en los textos un mensaje que no hubiera sido posible en la época en que se escribió. Entender a Marta y María como vida comprometida y vida contemplativa es inviable en una sociedad estructurada religiosamente. No existe tal separación. Pero sí es escandaloso que una mujer se siente a charlar con hombres en la sala principal de una casa. Ese es el giro liberador de Jesucristo.

Deberíamos además evitar un riesgo constante en nuestra lectura bíblica, como es el aislamiento de algunos pasajes con respecto al resto del texto. Tendemos a reducir el texto a una lectura cerrada, olvidándonos del hilo argumental en el que está insertada. El texto de Marta y María se coloca detrás del mandamiento del Amor (Lc 10), una llamada a una nueva relación con Dios y con las personas. A continuación Jesús explica la parábola del Buen samaritano y entran en escena después las dos mujeres. Sin duda son la prolongación de la explicación del mandamiento del Amor: estamos llamados a implicarnos con el desvalido y con aquellas que nunca fueron iguales, los pobres y las mujeres. El tercer texto después de Marta y María es la enseñanza del Padre Nuestro a los discípulos y discípulas. El broche del discurso: la oferta de una nueva relación de cercanía con Dios.

La lectura feminista de la Biblia propone una lectura abierta, posmoderna, teniendo en cuenta las pequeñas historias de amor de las personas con Dios, que se entrelazan tejiendo la gran historia de salvación de la humanidad.

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