ANTIFEMINISMO ECLESIAL

Mª Luisa Paret

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Mª Luisa Paret –
 
La palabra feminismo, en medios eclesiales, suele producir cierto malestar cuando no rechazo. Históricamente las religiones y las iglesias surgen en sociedades fuertemente patriarcales y machistas. El feminismo es, pues, un movimiento que les llega tarde, aun cuando muchas de las actitudes y comportamientos que forman parte de sus enseñanzas, hablan de la igualdad y son genuinamente feministas (Gal 3, 27-28).

Podríamos preguntarnos por qué en esos ámbitos son tan poco receptivos a este movimiento de auténtica liberación y que integra a mujeres y hombres por igual (1 Pe 2,9). Se asocia, con demasiada frecuencia, y hasta por eminentes teólogos, que el feminismo es sinónimo de machismo pero referido a las mujeres. Y nada más lejos de ese concepto.

Las teólogas y las mujeres que estamos interesadas en la teología, cuando hablamos en comunidades parroquiales, colegios, universidades y en cuantos ámbitos hay un sincero interés por saber de estos temas, sugerimos, como premisa básica, buscar en cualquier diccionario las palabras “feminismo” y “feminista”; y, así de fácil se comprueba, que no hay ningún matiz despectivo en ambos conceptos, y, no digamos nada de asociarlo al “machismo”, término en sí mismo de opresión, que genera ideas, actitudes y comportamientos indignos y, por desgracia, brutales.

En la iglesia todo lo relacionado con la teología feminista produce miedo y, de todos es sabido, que donde hay miedo no hay fe. Hay más bien, desconfianza, sospecha, rechazo, como apuntaba al principio, o simplemente se ignora la labor que desde hace décadas lleva realizando la mujer en la iglesia. Y no me refiero, claro está, a las tareas y responsabilidades adquiridas que son muchas y muy variadas, y todos los varones nos alaban, sino a la discriminación que sufrimos las mujeres en los órganos de gestión y dirección de la iglesia. Porque si valemos para lo primero, también para lo segundo; no somos menores de edad. Y, cuestionar el tema de los ministerios, o cómo se rea-liza hoy día la pastoral de los sacramentos, y, no digamos, el espinoso asunto del sacerdocio femenino y el diaconado de larga tradición en la vida de la iglesia, la reinterpretación de textos en la Biblia, revisar los dogmas adaptándolos al lenguaje y comprensión de los creyentes de hoy, la renovación litúrgica, siempre pendiente o, el irresuelto tema de la financiación de la iglesia católica, son, entre otros, claros ejemplos de la inoperancia e ineficacia de los actuales responsables de la iglesia.

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SEXUALIDAD E IGLESIA CATÓLICA

Número 82 (ener.-febr.’06)
 
Hace tiempo que el equipo de Éxodo tenía intención de entrar a tratar el tema de “Sexualidad e Iglesia Católica”. No faltaban razones: la persistencia del tema en las enseñanzas de la jerarquía, el enfoque severo e inmutable de las mismas, la convicción de que también en este punto el Vaticano II había requerido una renovación.

Partimos del hecho grave y manifiesto de la disonancia entre la teoría oficial y la práctica real del pueblo. Las nuevas ideas y planteamientos, con todo el impacto de la revolución sexual, penetraron hace tiempo en la conciencia eclesial que, inevitablemente, demandaban adaptación. Tal demanda fue formulándose justificadamente en escritos de no pocos y notables moralistas católicos, los cuales hubieron de sufrir de un modo especial los efectos de la “restauración”. (Caso último el del jesuita Juan Masiá).

El cambio no era de suponer efecto de una relajación, de una indisciplina o de una arbitrariedad en el saber. Para entender el presente eclesial, era necesario presentar el pasado heredado, con los presupuestos culturales que lo han formado y que explican las normas vigentes y que tanto han influido y siguen influyendo, para pasar luego a registrar las exigencias de un nuevo modelo de sexualidad, sus incidencias positivas y negativas y el ángulo de vista del Evangelio a partir sobre todo de las enseñazas y el mismo comportamiento de Jesús.

El nuevo modelo supone un replanteamiento en muchas cuestiones de viva actualidad y que, desde el viejo paradigma, no reciben respuesta satisfactoria. A algunas de ellas, Éxodo intenta ofrecer respuesta concreta con respeto a la tradición y a las nuevas aportaciones de la ciencia y de la teología.

ASPECTOS SOCIO-CULTURALES DE LA CONDUCTA SEXUAL

Santiago Frago Vals

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Santiago Frago Vals –
 
I. SITUÁNDONOS DESDE LA SEXOLOGÍA

Entendemos por sexología la disciplina que estudia y trata de hacer inteligible el hecho sexual humano y sus manifestaciones. La sexología no es una moral sino una disciplina. La sexología ha conseguido que se haya pasado de “hablar de sexo” al “estudio de los sexos”; o lo que es lo mismo, se haya pasado de la morbosidad al conocimiento. _ Los profesionales de la sexología hablamos de los sexos, no del sexo como genital, reproducción, placer, enfermedad, delito, vicio o pecado. Hablamos del sexo como valor, como diferenciación. _ La sexología, en definitiva, es la ciencia que estudia el HECHO SEXUAL HUMANO Y NO EL DERECHO SEXUAL HUMANO. _ Esta realidad nos lleva a definir tres conceptos fundamentales en la ciencia sexológica: sexo, sexualidad y erótica. _ 1. SEXO (proceso y creación de las estructuras): De un modo simple diríamos que el “sexo se es”. El sexo constituye un proceso, una cadena de niveles (genéticos, gonadales, genitales, hormonales y biográficos) que nos hace seres únicos e irrepetibles. _ 2. SEXUALIDAD (vivencias): La sexualidad sería lo que “se vive”. La sexualidad, o mejor expresado, sexualidades, constituye la manera de vivir nuestro sexo, nuestro lenguaje interno. Modos de sexualidad masculino y femenino de cuyos encuentros o desencuentros derivan en homosexualidades o heterosexualidades. _ 3. ERÓTICA/AMATORIA (deseos y conductas)1: O lo que “se hace”, la conducta sexual que se expresa, el “habla sexual”. Erótica que plasmamos a través de deseos, gestos o fantasías. La consecuencia es clara: hay muchas lenguas, muchos dialectos…., infinitas eróticas.

II. ¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE RELACIONES SEXUALES?

La sexualidad humana ofrece un privilegiado espacio de encuentros teñidos y tejidos de modo tridimensional: _ 1. Dimensión lúdica / recreativa o de placer. Relacionado con todo aquello que la sexualidad tiene de gratificante, placentero, divertido y saludable. _ 2. Dimensión convivencial / relacional. Relacionado con la magia del encuentro, con la comunicación de amores, sentimientos, afectos y emociones. _ 3. Dimensión reproductiva. Relacionado con el hecho procreativo, con el hecho de ser padres por decisión responsable y compartida. Términos y frases como “hacer el amor”, “tener relaciones sexuales”, “hacerlo”, “la 1ª vez”…., nos adentran en un mundo sexual lleno de equívocos, de restricciones, de limitaciones. ¿Por qué se confunden las relaciones sexuales con las relaciones genitales?; ¿por qué la 1ª vez hace referencia a la 1º vez coital?; ¿por qué mi 1ª vez tiene que ser la misma 1ª vez que la de los demás?; ¿por qué jerarquizamos los juegos eróticos?; ¿por qué existen juegos preliminares de 3ª división y juegos coitales de 1ª división?; ¿por qué un beso íntimo es menos “importante” que un coito, o no es así?. _ Las relaciones sexuales, entendidas, no como relaciones genitales sino como relaciones entre sexos, no sólo son algo que “se hace”, son fundamentalmente algo que “se vive”. En cualquier encuentro erótico (sexual) entre dos personas se dan o pueden dar cita no sólo dos labios, dos genitales, dos manos, dos pieles…, se mezclan sexos, sexualidades, eróticas…, en definitiva, dos biografías. Creo que lo trascendente no es sólo lo que los jóvenes hacen, sino fundamentalmente como da cual lo vive, qué significados le otorgan y qué valores, sentimientos y emociones se ponen en juego. _ A nivel social acontece una falsa jerarquización del “juego erótico”; se considera al primer coito como un acto de especial relevancia y cargado de mucho significado en la vida de una persona. El hecho de que la “primera vez” nos haga pensar en el primer coito y no en otra primera actividad sexual, pone de manifiesto que el resto de actividades sexuales son consideradas como conductas menores o sucedáneos. Y, además, se considera al coito como la frontera que separa la sexualidad completa de la sexualidad inmadura o incompleta.

III. DE LA EDUCACIÓN SEXUAL AL COMPORTAMIENTO SEXUAL

Mi trabajo habitual de campo, impregnado de dinámicas anárquicas, inevitables en mi trabajo diario con gente joven,… me ha permitido y permite estar en contacto con sus emociones, complicidades, expectativas, desasosiegos y deseos. _ Con todo, el radiografiar la erótica o comportamiento sexual de los jóvenes españoles excede de las posibilidades de este artículo que no tiene pretensiones de estudio de investigación sociológica. Por ello intentaré apuntar claves, indicar tendencias, comentar variables comparativas, señalar inquietudes y anotar sus diversas formas de amar más significativas. _ Dentro de los tres registros que dan cuerpo teórico a la sexología, nos centraremos en este Punto de Mira en la erótica o comportamiento sexual. _ Antes de adentrarme en lo relevante de la erótica de los jóvenes en los últimos 30 años deseo teorizar brevemente sobre el amor y la erótica, describiendo la cronología secuencial de ambos valores.

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LA MORAL DEL NUEVO ORDEN SEXUAL DE OCCIDENTE

Ester Pérez Opi y Joserra Landarroita Jauregi

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Ester Pérez Opi y Joserra Landarroita Jauregi –
 
Toda moral sexual deviene al menos de cuatro fuentes de autoridad: la Costumbre, la Ley, la Verdad y el Bien; o si se prefiere: los usos, las normas, el conocimiento y los valores. Como la primera de estas fuentes es la Costumbre, todo hecho moral asentado en la Cultura tiende a ser inercial y resistente al cambio. Incluso llegado el caso, reaccionario. Así mismo todo cambio pretende ser perfectivo y progresista. Incluso llegado el caso, revolucionario. A todos nos convendría evitar la ingenuidad de creer que todo cambio es -de sí- benéfico; o que toda conservación es -de sí- pérfida. O al revés, que toda conservación es valor y toda transformación, amenaza. Esta tensión entre cambio y costumbre puede ser conflictiva, pero es benéfica siempre que no sea paralizante.

Desde finales del s. XVIII se vienen produciendo hechos de transformación de la moral sexual (esto es: cambios en las costumbres, en las leyes, en los conocimientos y en los valores sexuales) que resultan ser una ruptura de Paradigma moral. Muchos de estos hechos han eclosionado ya en el conocimiento, los valores y las leyes del s. XX y marcarán ya ineludiblemente las costumbres del s. XXI. Se trata de la construcción de un nuevo Orden Sexual que sustituye al Antiguo Orden Sexual. Precisamente sobre este tránsito versa este artículo, escrito en un tiempo en el cual el paradigma antiguo se hunde y el nuevo, aún no flota.

Tránsitos matrimoniales

Por ejemplo el año pasado fuimos testigos de un encendido debate político en torno al matrimonio homosexual. El asunto tenía múltiples prismas, pero uno subyacía a todos: se trataba de una cuestión de moral sexual. Básicamente litigaban progres frente a regres, la regulación estatal frente a la eclesial, el contrato civil frente al sacramento religioso,… pero también el matrimonio erótico (casarse por amor) frente al matrimonio proletario o progenitor (casarse para producir progenie). Con apoyos y detracciones finalmente la ley se hizo y hoy pueden contraer matrimonio civil las personas que aman a personas de su mismo sexo. Con esta modificación legislativa la institución matrimonial civil resulta ahora un contracto legal, convivencial, cooperativo, patrimonial y erótico de ciudadanos con iguales derechos y obligaciones al margen de su condición sexual. En términos legales ha prevalecido el principio de igualdad jurídica y en términos morales ha prevalecido el matrimonio erótico (“si se aman, pueden casarse; y si se casan, pueden amarse”).

El asunto parece novedoso, pero se asienta en un lecho moral bicentenario. Pues aunque suela creerse que casarse por, y con, amor es costumbre ancestral, lo cierto es que se trata de un invento del s. XVIII que sólo ha triunfado en los códices, valores y costumbres del s. XX. E matrimonio erótico fue durante mucho tiempo un fenómeno desacostumbrado, heterodoxo y desaconsejable; incluso, inmoral. Flandrin informa de la existencia de abundante literatura polémica en torno al matrimonio en la Francia del siglo XVI que ponía en tela de juicio la institución matrimonial misma y desde luego ridiculizaba a los casados. Así mismo señala que a los moralistas medievales y renacentistas les inquietaba muy poco si los esposos sentían amor el uno por el otro, pues sólo les era exigido el cumplimiento de sus deberes conyugales (producción de prole). O así mismo apunta que en los dieciocho catecismos publicados en Francia entre el Concilio de Trento (1542) y el final del siglo XVIII, sólo encontró uno que prescribiese el amor entre los cónyuges3 y que esto ocurría ya muy avanzado el s. XVIII. Fue precisamente en aquel tiempo prerrevolucionario francés que este cambio comenzó a fraguarse e impregnó los tratados de moral. Por ejemplo el anónimo autor del Catéchisme de 1785 escribiría: “Sólo de las manos del Amor deberían recibirse los dones del Himeneo”. Hasta entonces Amor y Matrimonio caminaban tan separados que la unión amorosa era fundamentalmente extraconyugal.

Hoy nos parece ortodoxia moral afirmar que el Amor es la razón y el sostén matrimonial. Incluso en el marco eclesial el matrimonio es: “comunidad de amor y vida”. Sin embargo el matrimonio de los enamorados fue una revolución ilustrada de la moral sexual. Fruto de aquello, y parafraseando aquel catecismo dieciochesco, podríamos afirmar: “Sólo de las manos del Amor deberían recibirse los dones del Matrimonio”. Y de este consenso participarían hoy: hombres y mujeres, progres y regres, religiosos y laicos, homos y heteros del mundo occidental.

Aquel tiempo ilustrado también propuso otra reforma de moral sexual: el matrimonio igualitario (esposos iguales en derechos y obligaciones). Sin embargo tras la Revolución Burguesa los valores de igualdad, fraternidad y libertad germinaron más entre los ciudadanos que entre las ciudadanas. La mujer posrevolucionaria siguió siendo más un objeto patrimonial que un sujeto político, así que la costumbre dictase que la esposa fuese una especie de menor que pasaba de la tutela del padre a la tutela del marido. Esto definía la relación conyugal en términos de jerarquía y de educación (el esposo tenía para sí el deber y el derecho de educar a la esposa; incluso castigándola). La máxima medieval “mulieres subjectae sint viris suis” siguió regulando el matrimonio hasta bien entrado el siglo XX. Incluso sigue haciéndolo hoy: inequívocamente en buena parte del mundo; e implícitamente en buena parte de nuestro rincón occidental.

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JESÚS Y LA SEXUALIDAD

Fernando Camacho

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Fernando Camacho –
 
Jesús de Nazaret fue una figura escandalosa para su época. Su conducta poca ascética le granjeó fama de comilón y bebedor (Mt 11,18-19 par); su libertad frente a la Ley (Mc 2,23-28 pars; 3,1-6 pars; Lc 13,10-17; Jn 5,1-18), las prácticas religiosas tradicionales (Mc 2,18 pars; 7,5 par) y los usos y costumbres de su sociedad (Mc 2,15-17 pars; Lc 7,36-50; 8,1-3; Jn 4,4-9.27) le enemistaron con los observantes religiosos; los maestros de la Ley (escribas o letrados) tacharon de blasfema su pretensión de perdonar los pecados (Mc 2,6-7 pars) y atribuyeron su actividad liberadora al poder de Belcebú (Mc 3,22 pars); su propia familia pensaba que no estaba en sus cabales (Mc 3,21); sus conciudadanos, escandalizados de sus pretensiones y de su actuación, cuestionaron el origen de su saber y de su fuerza de vida y sanación (Mc 6,2-3 pars); los fariseos y los letrados consideraron su trato con publicanos y pecadores como la prueba de que él mismo era un indeseable (Lc 15,1-2); los representantes del Sanedrín se negaron a reconocer el origen divino de su autoridad (Mc 11,27-28 pars), y el Sumo Sacerdote y el Sanedrín en pleno acabaron condenándolo a muerte por blasfemo (Mc 14,63-64 pars); Herodes lo consideró tan peligroso que quería matarlo (Lc 13,31) y, cuando por fin lo tuvo ante él, lo trató como a un loco (Lc 23,8- 12); y Pilato lo mandó crucificar como un rebelde frente al poder romano (Mc 15,15 pars). Por lo que atañe directamente a la cuestión de la sexualidad de Jesús, en los Apócrifos del NT, que para algunos autores modernos constituyen una valiosa fuente de información silenciada por la Iglesia oficial, la postura de Jesús con respecto a las mujeres y al sexo en general es ambigua y, sin duda alguna, contradictoria.

En varios textos gnósticos aparece la imagen de un Jesús encratita, enemigo -o poco amigo- del sexo y que desprecia por completo el matrimonio. Como, para los gnósticos, el sexo, unido conceptualmente con la mujer, es algo secundario, provisorio e imperfecto, en estos textos se refleja el ideal gnóstico de traspasar a la vida terrena lo que luego ocurrirá en la celestial, en la que el sexo no desempeña ningún papel.

En un pasaje de El Evangelio secreto de Marcos, en el que se relata la resurrección por Jesús de un joven en Betania, la relación que, a continuación, se establece entre ambos y que culmina en una escena nocturna en la que el joven va al aposento de Jesús -que se ha hospedado en su casa- vestido únicamente con una túnica sobre el cuerpo desnudo y permanece toda la noche con él, oyendo su enseñanza sobre los misterios del Reino de Dios, fue interpretada por los carpocracianos con un tenor claramente homosexual, cuando, sin duda, lo que pretende el relato es describir la iniciación del muchacho en la doctrina esotérica del Reino de Dios.

Finalmente, otros textos apócrifos dejan entrever que la relación de Jesús con alguna mujer en concreto pudo haber sido íntima, aunque sin indicar nunca con total claridad que estuviera casado. Este es el caso del Evangelio de María y la Pistis Sophia, que insinúan una especial relación de Jesús con María Magdalena, y también del Evangelio de Felipe (dichos 32 y 55), que la presenta como “compañera” o “consorte” de Jesús. En opinión de Antonio Piñero, aunque estos textos puedan entenderse en un sentido espiritual y gnóstico, es decir, no necesariamente como indicadores de una auténtica relación sentimental, incluido su aspecto carnal, esta interpretación, no debe excluirse, porque el Evangelio de Felipe pertenece al cuerpo de escritos valentinianos que se distinguen del grupo general gnóstico por su positivo aprecio del matrimonio, como signo y prefiguración de los conyugios celestes. De hecho, Epifanio de Salamina en su Panarion o Refutación de las herejías, al mencionar otro escrito gnóstico, titulado Preguntas de María, indica que ciertos gnósticos consideraban a María Magdalena amante o esposa de Jesús en un sentido carnal estricto.

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CELIBATO IMPUESTO.UNA EXPERIENCIA

Ramón Alario

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Ramón Alario –
 
Evidentemente, es el mío un testimonio mediatizado por unas opciones vitales concretas. Pero, una experiencia, tan legítima y tan significante como cualquier otra.

Soy cura casado. En ejercicio oficial del ministerio presbiteral durante trece años: 1967-80. Y en profesión civil desde 1980. Toda mi vida activa ha estado prioritariamente dedicada a tareas educativas y docentes: maestro idóneo sustituto en un pueblo de la sierra madrileña, profesor ayudante en el seminario menor de Las Rozas, director y profesor del seminario de Madrid, profesor de Filosofía en Usera-Orcasitas y profesor titular de Geografía e Historia en un instituto público de Guadalajara. Con tareas parroquiales en varios pueblos de Madrid y en el barrio de Moratalaz. Consiliario de grupos juveniles del JUNIOR. Militante declarado y uno de los fundadores de ese primitivo grupo organizado (hacia 1977), que se denomina movimiento pro celibato opcional (MOCEOP).

Como puede verse, una experiencia muy condicionada por una trayectoria vital determinada. Pero a tener en cuenta -como cualquier otra- para poder hacerse una idea aproximada de esa realidad compleja y variopinta que representa el celibato impuesto en la historia de nuestra iglesia. Mi reflexión actual me lleva a marcar tres periodos en lo que ha constituido mi vida de célibe (incluyendo en ella, además de los trece años de ejercicio ministerial, los últimos cursos del periodo de formación y estudio teológico). Y puede representar significativos rasgos más o menos comunes a muchos de los que nos hicimos curas en la segunda parte de la década de los sesenta.

1ª.- Etapa de formación y de ordenación

Se trata, para mí, de unos años marcados por un complejo proceso de discernimiento y clarificación, sometido a influencias cambiantes y aun enfrentadas.

Inicialmente, fuimos reclutados mayoritariamente en parroquias de entornos rurales. El clima familiar y el atractivo generado por ciertos curas o el banderín de enganche de ciertos predicadores (misiones, campañas vocacionales…) nos hizo sentirnos “llamados al sacerdocio”. Esta “vocación” supuso durante un cierto número de años algo incuestionable y potenciado como tal por los formadores de los seminarios. Ser creyentes, entonces, nos era presentado como se- 45 guir la vocación y la carrera sacerdotal; decisión en que iba incluido como intocable el celibato, sin más matices. Ser fiel a Dios se identificaba con ser cura y, por supuesto, ser célibe: ser diferente, distinto, separado del común de los mortales. Yo, al menos, así lo viví. Y durante bastantes años (periodo de formación en el seminario menor) este planteamiento que se me repetía en meditaciones, pláticas y ejercicios espirituales (todo un ambiente difícilmente cuestionable a edades tempranas), me hizo vivir con relativa tranquilidad mis estudios de bachillerato.

Diferentes fueron, para mí, los años de estudio de Filosofía y Teología en la universidad de Comillas. Sobre todo, los últimos (1960-1967), que coincidieron con el desarrollo y clausura del Concilio Vaticano II. Las lecturas, el estudio y el ambiente vivido en aquellos años nos hicieron entrar en un auténtico “proceso conciliar”: de alguna manera, nuestra formación, nuestra vida espiritual y nuestras expectativas como curas fueron remodeladas y replanteadas desde la raíz. En mi caso, además, debo estar muy agradecido a algunos profesores que apoyaron con las aportaciones de sus clases esa transformación interna que se estaba produciendo.

En esta perspectiva eclesial y personal -conciliar-, el celibato empezó a cobrar otra significación: se trataba de una condición indispensable, puesta por las autoridades eclesiásticas en nombre de una tradición de bastantes siglos, para “ser sacerdote”: todo iba en el mismo lote. Si te sentías llamado y decidido a ser cura debías aceptar vivir como célibe. Mucha gente -creo que ésta es la experiencia mía y de otros muchos compañerosnos sentimos decididos a ser curas y a apostar por una renovación de la Iglesia y un servicio a las comunidades parroquiales desde unos planteamientos atractivos y de puesta al día como los que representaba el Concilio. No sentíamos ni abrazábamos con claridad y como algo separado el “carisma” o la llamada a vivir el celibato; sino que lo veíamos como condición imprescindible para ser curas: tarea ésta que sí nos atraía. Aceptábamos el celibato impuesto. Aunque empezábamos a vislumbrar que se trataba de dos realidades que no se identificaban y podían separarse.

2ª.- Primeros años de ejercicio ministerial

Es ésta una etapa en que parece que “vas a comerte el mundo”. La juventud, la posibilidad de trabajar y encontrarte con la gente, el rol social…

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EFIGENIO AMEZUA

Benjamín Forcano

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Tras abandonar el gran público se dedicó por entero a la investigación y la docencia en los Estudios de Posgrado de Sexología, de los que es director y que desde 1993 realizan en convenio con la Universidad de Alcalá. Es también director de la Revista Española de Sexología. _ Son bien conocidas sus obras: Ciclos de educación sexual (Fontanella, 1973), La erótica española en sus comienzos (Enlace, 1974), Para hacer el amor como personas (Sedmay, 1975), Guía de los anticonceptivos (1977), País en pubertad, pareja en crisis (Personas, 1979), Amor, sexo y ternura (Adra, 1978). _ Como especialista, cabe señalar algunas de sus obras, las más recientes por lo menos, publicadas en Publicaciones de la Española de Sexología: «La letra pequeña de la sexología» (1999); «La letra pequeña de la educación sexual » (2000); «La letra pequeña del asesoramiento sexológico» (2002); «El libro de los sexos: libros de texto de educación sexual y guía del profesorado» (2005) _ Desde sus treinta años de actividad científica y profesional responde a nuestras preguntas para ÉXODO.

Me llama la atención que, cuando en España apenas se escribía abiertamente sobre la sexualidad, te decidieras a cultivar y renovar este campo. ¿Por qué razones? _ Yo lo atribuyo a pura casualidad. Acabé la carrera de Sexología en la Universidad de Lovaina en 1971, y cuando llegué aquí lo lógico era trabajar. Muchos me decían que iba a ser difícil, pero era lo lógico. A pesar de las dificultades del principio, siempre ha habido mucho trabajo en este campo. Recuerdo aquellos primeros años como una gran ilusión. Como todos yo viví las censuras y condenas al estilo de los últimos coletazos del franquismo. Tú lo recuerdas también, puesto que nos conocimos en aquellas páginas de la revista Convivencia sexual que fue objeto de secuestros y procesos diversos; pero, sobre todo, fue una forma de iniciar una gran divulgación sexual.

Y así has seguido desde entonces. _ Pero en los años ochenta fue otra aventura. Me aburría cada vez más el discurso de la represión y la permisividad que se extendía. Explicar todo por la vía de la represión me parecía y me parece muy empobrecedor, muy reductor. No es que no haya habido represión. Eso está muy claro. Pero no se puede explicar todo por ella. Por eso dejé de escribir durante una serie de años que aproveché para profundizar en algo que me parecía más aportador.

¿Puedes desarrollar esto un poco más? _ Desde que acabé mi tesis doctoral tenía una intriga personal pendiente que era entrar a fondo en el legado de las dos generaciones de sexólogos anteriores. Me refiero a las ideas de los autores de las primeras décadas del siglo XX (Havelock Ellis, Magnus Hirschfeld, Iván Bloch, etc.) y los de los años 50 y 60, más conocidos de todos, como eran Kinsey y Masters y Johnson. Esto pude hacerlo al haberme dedicado a la investigación y la docencia en el marco de los Estudios de Posgrado de Sexología que, como sabes, hacemos desde hace muchos años en convenio con la Universidad de Alcalá. Profundizar en estas aportaciones fue para mí algo crucial porque son un auténtico foco de innovación. Creo que las polémicas sobre la represión o no represión -o, como a veces se dice, entre lo prohibido y lo permitido- han desviado la atención de estas aportaciones que yo creo que son de un enorme interés.

¿Podrías indicar, aunque sea de forma muy general, en qué consisten estas aportaciones? _ El punto central, por decirlo muy rápidamente, puede ser el axioma de que el sexo es un valor. No en el sentido ético o moral del término -que también-, sino, sobre todo, en su sentido epistemológico. Lo que hicieron de esta forma fue abrir un planteamiento teórico del sexo en términos modernos. El sexo en términos modernos se empezó a plantear tras la Ilustración para indicar la gran cuestión moderna del continuo de los sexos: sus identidades en el mismo plano y, sin embargo, diferenciadas. Y lo que hicieron estas dos generaciones de sexólogos es tomar el sexo en serio. _ Esto tiene muy poco que ver con lo que se ha divulgado sobre el sexo. A veces, de una manera simple, hablamos de tres conceptos y no dos: sexo, reproducción y placer son tres conceptos. Y no dos. Con frecuencia, cuando se habla de sexo, de lo que se habla es de reproducción o de placer. El valor del sexo reside en la sexuación. A partir de ahí todo se ve de otra manera. Y las consecuencias son muy grandes.

Como dices, esto es algo muy distinto de la idea que se suele tener del sexo. _ Tomar el sexo en términos modernos y en serio es partir de su concepto. Y desde él establecer la lógica de su desarrollo que no son sino las manifestaciones de los distintos modos, matices y peculiaridades de los sujetos sexuados. Seguir este cuerpo teórico es apasionante. Lo primero a lo que nos conduce no es a normativizar el sexo, sino a conocerlo y considerarlo. Los sexólogos de la primera generación crearon un gran número de nociones, como la del continuo de los sexos, la de intersexualidad -todos somos de uno y otro sexo, aunque con dosis distintas de rasgos o caracteres- o la de equilibrio entre los sexos. _ De ahí que el principal objetivo del sexo sea sexuar a los sujetos: hacerlos sujetos sexuados. Y de ahí también su aportación principal: que los sujetos se atraen y se comparten, crean relaciones. Los sexos están estructurados para compartirse. Su diferenciación es justamente la clave de sus posibles encuentros. Es este cuerpo teórico el que a mí me parece de un gran interés. Desde él pueden plantearse de forma muy distinta los otros conceptos de placer o reproducción. Pero estas claves explicativas se pierden cuando se va directamente a los planteamientos del sexo como sinónimo de placer, antes para prohibirlo y hoy para permitirlo con unas u otras normas.

Has dicho que te aburría el discurso de la represión y la permisividad. ¿No fue ese discurso de la represión el que produjo la revolución sexual? _ Exactamente. Resulta muy curioso lo mucho que se ha hablado de la revolución sexual, tanto en los años treinta como en los sesenta del siglo XX. El discurso de la represión y de la permisividad ha preferido seguir con autores como Freud o Reich (sobre todo este último) de la revolución sexual. _ A mí no me ha interesado tanto la revolución sexual. Es más, pienso que ésta no fue sino una excrecencia de la Reforma sexual, que es la que a mí me parece interesante. La Reforma sexual es una cadena de acciones iniciadas en los años veinte por la primera generación de sexólogos. Y fue un movimiento organizado para llevar a la sociedad la obra que se había gestado en estos núcleos de sexólogos.

Se conoce poco de esta Reforma sexual de los sexólogos. _ Cuando se estudian las primeras décadas del siglo XX el gran movimiento de interés es éste. Y sólo como una forma de neutralizar a éste aparece ese otro de la revolución sexual animado por la extrema izquierda, a cuyo trapo entrarán las extremas derechas con el tradicionalismo. Lo interesante de la Reforma sexual ha sido su moderación razonable, su carácter dialogante y desde otros contenidos y conceptos. Estos contenidos y conceptos es lo más interesante. _ La sección española de la Reforma sexual es un buen ejemplo de ello con líderes bien conocidos como Marañón, en plena producción o la jovencísima Hildegart, que fue el alma de la organización. Lo mismo que Saldana, Juarros, Lucenay, etc., que han dejado una gran cantidad de obras de temática sexológica. Desgraciadamente la guerra civil acabó con todo, lo mismo que unos años antes la subida de Hitler al poder fue liquidando este foco de la Reforma sexual como tantas otras cosas razonables. Cuando se radicalizan las posturas se cierran los debates y la posibilidad de matizar.

Tienes alguna clave que explique la especial severidad del Cristianismo con relación al placer sexual y el pertinaz inmovilismo de la jerarquía católica? _ Sobre la severidad del Cristianismo la perspectiva histórica ofrece pistas explicativas fáciles de comprender. Por ejemplo, los griegos planteaban el valor de la Erótica. Junto a este valor no les preocupó de forma especial lo que ellos llamaban porneia (la actual porno), que es lo que el cristianismo de los primeros siglos (sobre todo del IV en adelante) empiezan a tomar como tema especial de preocupación para condenarla bajo la noción de fornicatio o vicio de la lujuria. Tengo la impresión de que hay un estancamiento de ideas impresionante. Las sociedades modernas necesitan hoy otras ideas. No se trata de lo de siempre. Ha habido cambios sustanciales. Y a ellos no creo que se pueda responder con unas ideas periclitadas.

¿Dispone hoy la juventud de un bagaje cultural que le asegure una mejor comprensión y vivencia de la sexualidad o le llegan otros enfoques negativos perturbadores? ¿Qué mojones les pondrías en el camino para prevenirles y orientarles? _ Las ideas antiguas tienen hoy un riesgo que es el de quedarse anclado en ellas pensando que el sexo es una cuestión de follar o no follar como en otro tiempo lo fue de fornicación o no fornicación. Muchos, desde esa idea antigua, se conforman con la prevención de enfermedades o de embarazos no deseados. A mí me parece imprescindible la educación sexual, pero no sólo para la prevención, sino para la promoción de una idea moderna del sexo como valor.

¿Qué piensas de la preocupación por el tema de los abusos? _ Este tema, hoy muy en candelero, es un ejemplo de cómo la educación sexual ha ido convirtiéndose en una asistencia o prevención en lugar de una promoción del sexo como valor. Esa reducción ha hecho que se refuerce más y más la vieja idea de la división entre lo normal y lo anormal de forma que todo lo que se salga de lo normal sea considerado enfermizo y desviado. O, por definición, peligroso. Es el camino de la criminalización del sexo. Lo que el sexo necesita es un horizonte nuevo: otra mirada, otra consideración. _ Havelock Ellis escribió en los primeros años del siglo XX: Entre los sexos se dan más valores cultivables que problemas tratables. Pero nos empeñamos en crear más y más problemas en lugar de explorar los valores del sexo. A falta de una idea moderna de sexo estamos entrando al trapo de un puritanismo importado con una serie de persecuciones de conductas estigmatizadas por este mismo puritanismo cada vez más fomentado. Es una forma de envenenar las relaciones y de desconfiar unos de otros. Si un enfoque del sexo como valor ofrece poder conocerlo y cultivarlo, la desidia y el poco interés por una buena educación sexual constituye un riesgo que en nuestros días lleva el nombre de criminalización.

¿Cómo ves el fenómeno de la violencia sexual? _ Recuerdo la conferencia del viejo Profesor John Money en el X Congreso Mundial de Sexología celebrado en Amsterdam en 1991. Se dirigió a los europeos para que no siguiéramos la senda norteamericana de lo que él llamó «industria de los abusos y agresiones sexuales». Yo soy, por definición, contrario a toda clase de guerra o violencia. Me repugna. Y tal vez por eso sea muy crítico con el gran montaje que se ha hecho en torno a esta clase de violencia. Hay dos nociones que no casan: una es el sexo y otra es la violencia. Mi hipótesis es que mientras no se entienda este montaje que se ha pretendido hacer con la fusión de esos dos conceptos incasables no entenderemos lo que sucede. Lo más indicador de la advertencia del Profesor Money es el término «industria». La misma que se usa para la guerra. La violencia entre los sexos es un asunto más organizado de lo que ingenuamente suele pensarse cuando se alude al machismo.

¿Qué impacto ves que puede significar internet sobre el sexo en nuestros días? _ Uno muy bueno de comunicación a todos los niveles: de conocimientos, de contactos, etc. Y otro que aún no ha sido evaluado. Me refiero al fenómeno de la pornografización del sexo. Cuando digo pornografización no me refiero a la pornografía, sino a la forma pornográfica de acercarse al sexo a través de sus representaciones parciales. Es lo que a veces solemos decir con la fórmula de que los genitales no dejan ver el sexo. Es bien sabido que la pornografía se nutre de un exceso de presencia de los genitales sobre el sexo, de la excitación comercial sobre el deseo de encuentro. Pero el fenómeno no es exclusivo de internet aunque en este parezca más visible. Para todo esto es importante una buena educación sexual.

En el momento actual ¿ves que la Iglesia Católica y la Sociedad caminan en paralelo (distantes y contrapuestas) o en diálogo y convergencia? _ Yo recuerdo, como todos, el fenómeno que representó el Concilio Vaticano II en la sociedad española, especialmente por la necesidad de cambios y de renovaciones. Y, sobre todo, de diálogo y debate. De esto han pasado muchos años. Y hoy la Iglesia se ha quedado muy atrás, muy atrapada en viejos planteamientos, reacia a dar pasos de diálogo con la sociedad, y por eso la veo muy separada de lo que se entiende por sexo en una sociedad avanzada. Lo sucedido en España con motivo de la aprobación del matrimonio civil entre personas del mismo sexo puede ser una muestra de esa divergencia.

A propósito, ¿cómo ves tú el matrimonio entre personas del mismo sexo? _ La ampliación de los derechos para todos en una sociedad avanzada ha sido la pieza más importante que se ha planteado. Pero para mí, como sexólogo y, sobre todo, como historiador de la Sexología, el punto más interesante de ese reto es que la sociedad pide y acepta un nuevo concepto de sexo. O por decirlo más claro, de sujetos sexuados como fuente de variedad y diversidad. La sexuación de los sujetos no se rige ya por las reglas de la naturaleza, sino por la lógica de las biografías y sus historias. O, por decirlo de forma más clara, por sus deseos y posibilidades. Este punto me parece de un gran interés para poder replantear y desatascar una gran lista de fenómenos considerados tradicionalmente como anormales y que no son sino formas distintas de esa variedad de los mismos sujetos por razón de sexo. Este punto constituye en Sexología un puntal lleno de sorpresas sobre nociones teóricas nuevas que es preciso plantear si se quiere no quedarse anclado en el pasado. Dicho de otra forma, lo que más me ha interesado es cómo la sociedad hoy ha aceptado que los homosexuales sean pareja con todas las consecuencias y, además, constituyan matrimonios con toda la fuerza de la ley. Es evidente que la sociedad no se plantea conceptos intrincados como nos planteamos los sexólogos, pero la sensibilidad moderna busca una coherencia nueva. Y este caso es un ejemplo de ello.

Te has referido en varias ocasiones a la Educación sexual. ¿Cuál es tu planteamiento hoy sobre ella? _ Yo participé en una forma nueva de hacer educación sexual a través del formato conocido como «ciclos de educación sexual». Lo que se logró entre los años setenta y ochenta fue cortar el sistema de charlas e iniciar el de ciclos o series de coloquios abiertos, luego los han dado el nombre de talleres, etc. En los últimos años hemos elaborado un plan que llaman idealista e imposible. Pero también decían lo mismo, en su día, del formato de los ciclos. Se trata de la asignatura optativa de educación de los sexos. La asignatura optativa se basa en las ideas y conceptos y no sólo en las actitudes y, desde luego, no en la prevención. No quiero decir que no sirva para la prevención de riesgos. Al revés, incluso son más eficaces. Pero sucede que en los últimos años lo que se ha hecho ha sido cada vez más prevención; y eso, bajo el chantaje de la urgencia, deja fuera lo más importante que es la educación de los sexos como un valor. _ Lo que plantea la asignatura optativa de la educación de los sexos como novedad es un gran cuadro teórico de contenidos que no son objeto de información, sino de estudio y de debate. Y es una apuesta por una idea de sexo pensando en el futuro más que en el pasado. Por eso se trata de una gran apuesta.

¿Podrías expresar a modo de flash algunos puntos que te parezcan de interés? _ En nuestros medios hablamos a veces de sexologemas para indicar una serie de axiomas básicos de la sexología de esta primera y segunda generación. Expresados con un poco más de amplitud he aquí algunos. _ La antigua concepción del sexo se basó en el locus genitalis y en la cópula; el moderno paradigma de los sexos ofrece un nuevo ars amandi y formas nuevas de relación. _ Frente al sexo que se ha divulgado, hecho de miserias, de miedos y peligros, el sexo que plantean los sexólogos de la primera y segunda generación es un campo de riqueza. Y por eso nos invitan a conocerlo y cultivarlo. _ Se ha reducido el sexo a una práctica, una conducta. Lo que el sexo necesita es más teoría, más estudio y más conocimiento. Estamos en un momento apasionante para dar un paso hacia una forma distinta de ver el sexo, pero esto requiere un planteamiento teórico nuevo. _ Frente a un sexo de miseria, hecho de moral y de fisiología, lo que se plantea hoy con más interés es una epistemología de los sexos. Y lo mismo que sucede cuando los árboles no dejan ver el bosque, la obsesión por los genitalia no deja ver el sexo. _ La educación sexual necesita una sacudida para que no se reduzca a una prevención de riesgos y peligros sociales o sanitarios. Como toda educación, ésta tiene por objetivo principal ofrecer ideas y pistas para comprender el hecho de ser sujetos sexuados; conocerlo lleva a valorarlo.

EVANGELIO Y EVOLUCIÓN DE MODELOS DE LA MORAL SEXUAL

Benjamín Forcano

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
1. ¿Por qué la jerarquía eclesiástica se opone al cambio de la moral sexual?

La pregunta es pertinente. Llevamos décadas esperando el cambio. El concilio Vaticano II dio razones para el cambio. Investigaciones y publicaciones de muchos téologos formularon exigencias y aplicaciones de ese cambio. El pueblo (los simples fieles) ha contemplado con impaciencia ese cambio y, al final, ha visto con casancio y hasta con decepción cómo se reafirmaban las normas de siempre. _ La pregunta, ciertamente, apunta a la jerarquía eclesiástica, porque es ella la que sella, al parecer como inmutables, las normas recibidas, se empeña en hacerlas cumplir y vela para que no se altere el depósito de la ortodoxia católica. Crece así la opinión de una jerarquía dogmática, insensible, poco menos que incompetente para abordar temas que requieren una respuesta actualizada. _ No habría mayor dificultad en admitir que la jerarquía procede así, llevada de su celo por conservar la verdad, ya que lo contrario significaría para ella apartarse de la tradición y ser infiel al Evangelio. Pero, con no menos seguridad se puede afirmar que su posicionamiento es, en buena parte, infundado y desfasado. _ En cuestiones morales importantes, de poco sirve empeñarse en caminar ciega o impositivamente. Vivimos, es cierto, en un mundo contradictorio y mil veces incoherente, pero al que no se le puede argumentar con tópicos, abstracciones o recomendaciones. Necesita razones. _ La realidad empuja a no zafarse sino a dar la cara y comprobar la consistencia de las propuestas morales. _ Las encuestas nos dicen que en un porcentaje, que va del 60 al 75 %, las acciones y conducta de los cristianos de a pie, -el pueblo fiel- no se acomoda a la normativa oficial. En relación con el control de la natalidad, las relaciones sexuales prematrimoniales, la indisolubibilidad matrimonial, la masturbación, la homosexualidad, el uso del preservativo en el caso del sida, la valoración del placer se- xual, el estatuto de inferioridad de la mujer, etc., por una parte va la normativa oficial y por otra la vida. Hay una disociación.

2. Heredar el pasado no equivale a seguirlo ciegamente

Este hecho delata un desajuste, una disfunción grave, que no es razonable desatender. Cuando una persona muestra síntomas de desarreglo, su salud cae bajo sospecha y enseguida inicia estudios sobre esos síntomas para poder establecer el diagnóstico y luego el tratamiento. _ La Iglesia es como un organismo vivo, en el que los órganos dirigentes forman parte de él y a los que no les puede resultar indiferente el estado de su funcionamiento. Lo dice el mismo concilio Vaticano II: “Hay instituciones, mentalidades, normas y costumbres heredadas del pasado que no se adaptan bien al mundo de hoy. De ahí la perturbación en el comportamiento y aún en las mismas normas reguladoras de éste” (GS, Nº 7). _ ¿Se puede sostener, hoy en día, científica, antropológica, filosófica, teológica y bíblicamente que el matrimonio es un contrato exclusivamente para procrear; que el goce sexual es, por sí mismo, antinatural e ilícito; que la relación sexual cobra razón de ser sólo en su subordinación a la procreación; que el grado de acercamiento a Dios depende del grado de apartamiento y renuncia de la sexualidad; que la masturbación es objetivamente pecado grave; que la homosexualdiad es una desviación y que su actuación es una perversión; que la indisolubilidad del matrimonio es un valor absoluto, que nunca y por ningún motivo se puede derogar; que todo bautizado casado, que se recasa civilmente, vive en un estado de concubinato y de pecado público; que el condón no puede usarse ni siquiera en caso de sida, etc.? _ Frente a esta disociación entre la normativa oficial y la vida real, se dan dos posiciones: una más dura, conservadora y pegada al pasado; y otra, más flexible, progresista y abierta al futuro. _ La tensión existe y, lejos de disminuir, parece aumentar, decantándose hacia la derecha en escalada progresiva. Dos posturas, de externa y aparente tolerancia, pero de activa y secreta intransigencia.

3. O se admite el hecho del cambio o no habrá renovación

¿Es imposible una solución? Como otros muchos, pienso que sí hay solución, pero a condición de que se quiera reconocer el hecho del cambio. O se admite el cambio y entonces habrá renovación; o no se lo admite, y entonces las cosas seguirán como siempre. _ Y me apresuro a decir que es aquí donde está la cuestión. Porque nos encontramos en el siglo XXI, cuya situación no podemos parangonar con la de siglos anteriores. Este siglo viene precedido de un hecho que marca la civilización occidental: la modernidad. Y la modernidad significa igualdad, democracia y pluralismo. _ Pero la Iglesia se atrincheró en la Edad Media y se puso a la defensiva contra la modernidad. Por lo que la Iglesia se opuso a la ciencia, la libertad, los derechos humanos y el progreso. Todo un corte, que distanciaba y contraponía, y que hacía que al cristianismo se lo considerara como sinónimo de reaccionario, integrista y antirrevolucionario.

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SEXUALIDAD E IGLESIA CATÓLICA

Número 82 (ener.-febr.’06)
 
Partimos del hecho grave y manifiesto de la disonancia entre la teoría oficial y la práctica real del pueblo. Las nuevas ideas y planteamientos, con todo el impacto de la revolución sexual, penetraron hace tiempo en la conciencia eclesial que, inevitablemente, demandaban adaptación.

EDITORIAL

PUNTO DE MIRA

- Aspectos socio-culturales de la conducta sexual, Santiago Frago Valls

ENTREVISTA

- Efigenio Amezúa, Benjamín Forcano

A FONDO

- Evangelio y evangelización de los modelos de moral sexual, Benjamín Forcano – La moral del nuevo orden sexual de Occidente, Esther Pérez y Joserra Landarroita – ¿Qué tiene de “cristiana” la moral sexual cristiana?, Marciano Vidal – Jesús y la sexualidad, Fernando Camacho

EN LA BRECHA

- Celibato impuesto. Una experiencia, Ramón Alario – Antifeminismo eclesial, Mª Luisa Paret – Los homosexuales y la Iglesia, Francez Xavier Martí i Juan Felgt – Por amor a los niños, Agustín Malón Marco – Sida, preservativo y moral católica, Benjamín Forcano

LIBROS

- Brown, Peter, El cuerpo y la sociedad, Benjamín Forcano – Boswell, John, Las bodas de las semejanzas, Benjamín Forcano

¿QUÉ TIENE DE “CRISTIANA” LA MORAL SEXUAL CRISTIANA?

Marciano Vidal

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Marciano Vidal –
 
La crisis por la que atraviesa la llamada “moral sexual cristiana” es tan amplia en sectores (de edad, de cultura, de estado: soltería, celibato, matrimonio, etc.) y tan profunda en significado (comportamientos individuales, relaciones interpersonales, convivencias afectivas, vinculaciones jurídicas, cosmovisiones religiosas, etc.) que está pidiendo un replanteamiento a fondo. Sobre la formulación complexiva de la ética sexual cristiana se cierne una notable crisis de credibilidad. Se puede pensar que en ningún terreno de la vida humana hay tanta discrepancia (al menos teórica) entre magisterio eclesiástico y creyentes (no digamos nada de los no creyentes).

Para iluminar y, en la medida de lo posible, solucionar esta situación crítica se precisa lo que, en lenguaje más técnico, llamaríamos una “de-construcción” y una nueva “re-construcción” de la propuesta ética cristiana. Para llevar a buen término esa doble función hermenéutica es imprescindible conocer el contenido exacto del adjetivo “cristiana” cuando se aplica a la moral sexual. ¿Qué es lo que tiene de “cristiana” la llamada moral sexual cristiana? Ofrezco a continuación un conjunto de perspectivas teóricas que pretenden analizar el significado de “lo cristiano” cuando se lo articula con la dimensión axiológica y normativa de la praxis sexual humana. ¿Qué ofrece el cristianismo en el orden de lo valioso o axiológico (valores) y en la dimensión de lo normativo o exigitivo (normas), referidos ambos aspectos a la realidad de la sexualidad humana?

Advierto que las aproximaciones que presento: 1) Desde el punto de vista metodológico, tienen una función tanto “deconstructivista” como “constructivista”, es decir, sirven indistintamente para someter a “crítica” la moral sexual construida al interior del cristianismo y para “reconstuir” una nueva forma de propuesta en este ámbito de lo humano. 2) Desde el punto de vista del contenido, las aproximaciones no son más que enunciados de afirmaciones que precisan un desarrollo más amplio y más matizado que aquí no se explicita, aunque se sabe que existe.

1. La función hermenéutica de un “constructo teórico”

Aceptando todos los matices que precise esta afirmación, en el estado actual de la reflexión teológico-moral es difícil no dejar de reconocer la validez de la clave hermenéutica que distingue en toda propuesta ética, también en la cristiana, la doble dimensión de lo “trascendental” y de lo “categorial”. “Distinguir” dimensiones (de una misma realidad) no es lo mismo que “separar” realidades autónomas. En una única y misma afirmación moral cristiana coexisten y mutuamente se funcionalizan: _ • la dimensión trascendental, es decir, la cosmovisión (y la intencionalidad básica del sujeto) en que una realidad (en nuestro caso, una praxis sexual) es comprendida y es vivida; y _ • la dimensión categorial, es decir, la concreción axiológica y normativa que orienta al comportamiento humano (en nuestro caso, un comportamiento sexual), que por necesidad ha de ser histórico- cultural y biográfica.

Todo intento de “de-construir” y de “reconstruir” lo cristiano en la moral sexual utiliza esta herramienta hermenéutica. Sirve para descubrir y conocer lo “genuinamente cristiano” de una afirmación moral en el ámbito de la sexualidad y aquello que depende de una determinada inculturación histórico-cultural (y biográfica). Así, por ejemplo, es normal que determinadas afirmaciones de la tradición teológico-moral cristiana hayan inculturado la “genuina cosmovisión cristiana” del amor y de la sexualidad en formulaciones categoriales que dependen de “desconocimientos” o de “errores” científicos acerca de la sexualidad humana. La historia de la moral sexual cristiana aporta muchos datos en este sentido, al no existir “ciencia” de la sexualidad hasta siglos recientes.

2. La cosmovisión cristiana de la sexualidad

En lenguaje axiomático, se suele decir que no se puede “hacer ética” cristiana si previamente no se “hace teología” cristiana. Es lo mismo que afirmar la necesaria articulación entre comovisión cristiana y normativa moral cristiana. Esta orientación epistemológica no puede ser olvidada al pretender entender el significado de “lo cristiano” en la moral sexual.

Desde hace algunos años se vienen proponiendo análisis y sistematizaciones acerca de la relación entre religión y sexualidad y ello no sólo en la vertiente de los hechos sino también en un intento de correlación teórica. No faltan tampoco análisis y sistematizaciones de lo que se ha dado en llamar teología de la sexualidad. Objeto de esta teología es ofrecer una visión crítica y razonada de la cosmovisión cristiana acerca de la sexualidad humana.

Esa cosmovisión cristiana asume los datos bíblicos, entre los que hay que subrayar: _ • la visión creatural (y, consiguientemente, positiva) de la sexualidad; _ • el carácter relacional (etiológicamente expuesto en el relato de la pareja inaugural) y de diálogo interhumano (poéticamente cantado en el libro del “Cantar de los cantares”) de la pulsión erótica y del afecto agápico; _ • la capacidad de expresar y de realizar el sentido religiosa de la “alianza” en su forma esponsalicia; _ • la función de signo escatológico de la presencia del Reino de toda vivencia plena de la sexualidad, sobre todo en la forma celibataria “por el Reino”.

Estos datos bíblicos son asumidos y enriquecidos por la Tradición eclesial y por las distintas tradiciones teológicas y espirituales.

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