MARÍA JOSÉ ARANA

Pilar Yuste, Pepa Torres y Evaristo Villar

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Pilar Yuste, Pepa Torres y Evaristo Villar –
 
Nos imaginamos que tampoco tú tuviste la oportunidad de estar presente en Roma en aquella mañana del 11 de octubre de 1962 cuando Juan XXIII inauguró el Vaticano II, ni estuviste luego, como tantos otros y otras, durante su desarrollo en el aula conciliar. En todo caso, apelamos a tu recuerdo: ¿Cómo viviste esos tres años del Concilio? ¿Se te cayeron, como a Pablo de Tarso, “algunas escamas de los ojos”?

Mirando hacia atrás siempre pienso que nuestra generación ha sido afortunada porque nos ha tocado vivir una época palpitante de la historia de la Iglesia, y que vivimos con intensidad tanto el desarrollo del Concilio como la entusiasta puesta en marcha del post-concilio. Siempre aprendíamos cosas nuevas y vivíamos una dinámica totalmente enriquecedora… Quizás también por eso, a quienes vivimos con intensidad aquella época “gloriosa”, nos ha costado más “encajar” el involucionismo posterior.

¡Qué te parece si miramos el Vaticano II como una gran creación musical, pongamos por caso, una sinfonía! ¿Cuál sería, a tu juicio, el “tema dominante” y cuáles los que armónicamente lo acompañan u orquestan tanto hacia el interior de la Iglesia como hacia fuera, hacia el mundo?

A mí me interesa mucho leer de vez en cuando, o cuando tengo que hacer algún trabajo, además de los documentos, los diarios del Concilio1 porque desde ahí se capta muy bien lo que dijeron los Padres Conciliares, las discusiones, entresijos y líneas de fondo. Desde ahí se ve claro que los tres objetivos que propuso Juan XXIII fueron prioritarios y están muy claros en todo el trasfondo y entramado de los diálogos y en el desarrollo de las sesiones. Los objetivos eran: a) una puesta al día, una renovación gozosa del pueblo cristiano (de la Iglesia); b) el diálogo, la apertura y la evangelización del mundo contemporáneo y c) “una nueva invitación dirigida a los fieles de las comunidades cristianas separadas” en vistas “a rehacer la unidad visible de todos los cristianos”2. Yo diría que las tres cosas, pero se nota de una forma especial en lo referente al diálogo ecuménico, constituyeron algo así como el “paisaje de fondo” y líneas trasversales de todo el Concilio. Y me explico, por ejemplo en el tema ecuménico, más importantes incluso que los decretos y declaraciones sobre esta cuestión, está la preocupación y el esfuerzo que subyace en las discusiones sobre cualquier cuestión y tema, de utilizar términos, conceptos, etc… comprensibles para otras confesiones y religiones, e intentando siempre que fueran más un “lugar”, una forma de diálogo, aproximación, etc… que de distanciamiento. Se eligen las palabras, se hace un esfuerzo continuo de diálogo y eso se nota.

Como religiosa que eres, perteneciente a ese sector carismático de la Iglesia, ¿os trajo algún mensaje nuevo el Concilio? ¿Cuáles son los aportes mayores en este campo? Y como mujer, ¿qué le agradeces y qué hubieras deseado?

No cabe duda de que el Concilio impulsó la Vida Religiosa hacia una preciosa y profunda renovación y que ella se lo tomó muy en serio. Cambiaron formas, pero sobre todo se llegó a una nueva teología de fondo desde una visión más carismática, diri- giendo la mirada por una parte hacia las fuentes del Evangelio, los fundadores, etc… y por otra, hacia un mundo que casi había llegado a ser “un extraño” para la VR. La nueva teología dirigió y enriqueció el cambio. La cuestión de la clausura y la apertura al mundo, y en nuestro caso, a los pobres, fue trascendental para las congregaciones de vida activa. Lo que yo deseo -a lo menos para mi- es vivir con más profundidad y coherencia lo que vamos descubriendo en la espiritualidad en la que vamos entrando y no cejar nunca en la búsqueda.

Hay muchos que piensan que el Vaticano II llegó tarde (cuando ya la modernidad empezaba a declinar) y fue insuficiente. Como teóloga que eres, ¿qué piensas tú de esto?

Sí es posible que llegara tarde, pero llegó y eso es lo importante y llegó con un impulso y fuerza que suplía posibles “retrasos”. La pena ha sido -según mi criterio- que no se haya mantenido el ritmo de profundización, ni se hayan llegado a conclusiones que parecían consecuencias lógicas desde los documentos conciliares y el impulso primero. Creo que hemos vivido y estamos viviendo una involución que para nada ha beneficiado la revitalización esperada. Esto es especialmente claro en algunos temas. Por ejemplo, el nuevo catecismo de la Iglesia católica cita mucho al Concilio, pero su línea es distinta.

Ante los nuevos retos que la mundialización está poniendo de manifiesto (cuyas raíces debemos descubrir en la crisis que afecta tanto a la humanidad y la tierra como a las religiones), muchas personas están abogando ya por un nuevo concilio, o un proceso conciliar…

Evidentemente que hay materia y que hay muchos puntos en los que sería muy importante entrar, orientar, incidir con un nuevo concilio, sin embargo, no parece que sea éste el momento más indicado. Tenemos que agradecer la altura del episcopado, especialmente centroeuropeo y del continente americano del Norte, del tiempo conciliar, igualmente el talante y la personalidad de Juan XXIII, sin ellos el avance no hubiera sido posible, ni un Vaticano II tal y como lo recibimos entonces. Pero hoy, ¿contaríamos con una riqueza semejante?… En realidad, un concilio hoy, ¿no sería una decepción?, ¿no será más prudente por ahora dejar las cosas donde están?…

¿Qué relación se puede mantener ecuménicamente con “las Iglesias hermanas” después de la declaración “Dominus Iesus”, (“inoportuna y lamentable”, según Pedro Casaldáliga), escrita por el cardenal Ratzinger y firmada por Juan Pablo II?

Efectivamente a raíz de la declaración vaticana “Dominus Jesús”, en muchos lugares se afirmó y constató que “no puede ignorarse que el ecumenismo registra su etapa de más baja intensidad desde el Va- ticano II”. Sin embargo, cuando Benedicto XVI inauguró su pontificado señaló como prioridad precisamente la cuestión ecuménica: “trabajar por la unidad plena y visible de todos los cristianos” en diálogo ecuménico, interreligioso y con la humanidad entera, constituyó una real esperanza, y más viniendo de él la propuesta.

Conociendo como conocía él, que tanto Pablo VI como Juan Pablo II habían comprendido que la forma actual de llevar a cabo el ejercicio del ministerio de Pedro constituía una -quizás la mayor- de las dificultades en el diálogo ecuménico, afirmado que esto requería una reflexión sobre una nueva forma de ejercerlo, tarea que el Papa “no puede llevar a término solo” (Ut unum sint, n. 96)… y sabiendo como sabía todo lo que esto implicaba, esta elección de Benedicto XVI suponía una gran esperanza. Es verdad que ha tenido varios signos simbólicos importantes como la primera salida a San Pablo Extramuros, símbolo de la “gentilidad” y lugar en el que Juan XXIII anunció oficialmente la celebración del Concilio, visitas a sinagogas, discursos importantes y otros acontecimientos. Sí, todo esto sí constituía una gran esperanza. Aún no ha salido el documento definitivo después del sínodo de los obispos sobre la Eucaristía, tenemos que esperar para tener resultados más ciertos, pero ni en las intervenciones de obispos y papa, ni en las 50 proposiciones finales, el Mensaje del Sínodo de los obispos sobre la Eucaristía…, no son muy esperanzadores, no parece que pueden constituir una gran esperanza en esta línea.

“Ecclesia semper reformanda”, es verdad. Deberemos empezar limpiando nuestra casa. Pero más que una lista de las reformas que necesita la Iglesia, nos gustaría que nos dijeras los motivos y la dirección de las mismas.

Efectivamente, “Ecclesia semper reformanda” y la reforma eclesial debe de ir siempre en la línea del Evangelio, en la vivencia más profunda de los valores evangélicos y sobre todo del Señor del Evangelio. Necesitamos vivir de su presencia amorosa hoy, pero pienso que también ayudaría mirar hacia el Vaticano II y ver todo lo que quedó en “esperanza”, especialmente en lo referente a las concreciones eclesiológicas, porque la Iglesia debe reflejar y vivir en sus propias estructuras la igualdad, la comunión, la libertad que anuncia…

Sin embargo, hoy, el mundo nos espolea; en un mundo en el que el hambre constituye aún el mayor problema, nuestro Planeta está totalmente enfermo, herido y amenazado y la Humanidad sufre una absoluta desigualdad, donde el racismo, la frivolidad, la injusticia, etc., abundan… Necesitamos una espiritualidad coherente, efectiva, comprometida. Ya en los años 50, el entonces secretario general de la ONU, Dag Hammerskjöld aseguraba: “no veo esperanza alguna de una paz mundial duradera. Lo hemos intentado todo y tristemente hemos fracasado. Si el mundo no experimenta un renacimiento espiritual, la civilización estará condenada a la extinción”. El cristianismo, las Iglesias cristianas, en particular la Iglesia católica, deben aportar muy profunda y seriamente en esta línea, pero indudablemente desde la coherencia, viviéndolo en sí mismas y siendo no sólo un impulso sino una auténtica imagen y realización vivida desde el Evangelio. Esto implica una profunda conversión y “continua reforma” en todos los estamentos.

Sabemos de tu compromiso desde hace ya mucho tiempo con los movimientos emancipadores de mujeres dentro y fuera de la Iglesia. La Iglesia ha secuestrado la Buena Noticia del Evangelio a las mujeres, de manera que es un espacio identificado muchas veces más con la opresión y la subordinación que con la liberación de la mujeres ¿Qué valoración haces del Vaticano II respecto a este punto? ¿Qué aspectos ignoró en relaciòn a nosotras? ¿Cuáles siguen pendientes ¿Qué desafíos nuevos la Iglesia debe escuchar desde la realidad de las mujeres?

Ciertamente la cuestión de “la mujer en la Iglesia” es uno de los puntos más controvertidos. Evidentemente estoy de acuerdo con todo lo que afirmáis respecto a la, no sólo insuficiente, sino desafortunada interpretación que la Iglesia ha ido haciendo respecto a la cuestión de “la Mujer” y la ignorancia de una exégesis aceptable del Evangelio y de la Escritura a este respecto. Tampoco hoy se escucha con el debido respeto la exégesis y aportación teológica que las mismas mujeres han comenzado a realizar con indudable competencia y profundidad. Pero me preguntaís más respecto a esta cuestión desde la óptica del Vaticano II.

Pilar Bellosillo, una de las auditoras del Concilio con una cabeza muy clara y un espíritu inteligente decía que, durante el Concilio, las auditoras más abiertas procuraron siempre que no se redactaran cosas especiales para las mujeres porque las “especificidades” nunca han favorecido a las mujeres y no pocas veces van por la línea del “eterno femenino”; por lo tanto impulsaban todo lo que fueran fundamentos de igualdad, de justicia, de dignidad, etc, de excluir todo lo que atente a todo ello por causa de sexo, raza, etc… Es decir, que, yendo a los principios, las aplicaciones posteriores pudieran ser más fáciles y evidentes. ¡Pero eso es lo que después no se ha hecho! En la doctrina del Vaticano II hay materia más que suficiente para sacar otras conclusiones.

Hoy, la cuestión de la “mujer en la Iglesia” además de ser “asignatura pendiente” es causa de sufrimiento, de incoherencia, y de enorme empobrecimiento eclesial, etc. Por todo ello, aumenta la pérdida de credibilidad en ella.

Sueña un poco o déjate sorprender, ¿te escandalizarías si un día el Papa se declarara homosexual o lesbiana? Tú que eres teóloga, dinos por qué.

No cabe duda de que el espacio del que disponemos aquí es excesivamente exiguo como para tratar un tema complejo y, en cierta manera, nuevo ya que hasta ahora era un “tabú” del que no se hablaba. Hace falta profundizar en algo que ha sido absolutamente ignorado, pero que las estadísticas nos dicen que afecta a un número muy respetable de seres humanos que no son ni “excepciones” (el tanto por ciento es considerable y afecta a millones de seres humanos), ni “enfermos”; es una forma de ser de la humanidad (también existe la bisexualidad) más minoritaria que la heterosexual pero como tal debe ser atendida con todo el respeto que la cosa merece, teniendo en cuenta del desamparo que han sufrido durante siglos y dejándoles que hablen desde su propia experiencia. Necesitamos escuchar más, entrar en estos problemas humanos con la humildad de quien no ha atendido ni acertado demasiado en el pasado, con el interés y la ternura de quien las reconoce como cuestioneshumanas.

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1 Por ejemplo H. FRESQUET ; Diario del Concilio, Nova Terra, Barcelona, 1967, y otros.

2 25 de enero, 1959, AAS (1959), 65-69.

UNA INTERPRETACIÓN DE LA INVOLUCIÓN CONCILIAR

Benjamín Forcano

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Un hecho innegable: la involución posconciliar

Somos muchos los que podemos subrayar la esperanza y entusiasmo suscitados por el concilio Vaticano II y su progresivo declive hasta nuestros días. Han pasado 40 años. La celebración del Vaticano II fue tan importante que no se puede encontrar nada en los últimos siglos que hayan revolucionado tanto a la Iglesia católica. Esta revolución incidió principalmente en el tema de la Iglesia y el de sus nuevas relaciones con el mundo. La Iglesia era comunidad (Pueblo de Dios) y la jerarquía ministerio, puro servicio. Todos, dentro de ella, gozaban de una misma igualdad y de los derechos a la participación y responsabilidad. Con el mundo se establecía una nueva relación de colaboración y diálogo sin absolutismos ni exclusión de nadie.

Por todo esto, el concilio supuso un gran signo de credibilidad y se acogió con regocijo y esperanza. Pero, pronto comenzó la restauración. Llevamos cuarenta años en pugna, donde se dirime una simple cuestión: vuelta a Trento o fidelidad al Vaticano II. Es de justicia constatar que el período posconciliar se ha caracterizado por un repertorio amplio de involución, diseñado y protagonizado por la jerarquía y los movimientos neoconservadores. Entre otros hechos, podemos señalar: la desvirtuación de la colegialidad episcopal, de las conferencias episcopales y de los sínodos; la intromisión ejercida en la Compañía de Jesús y en otras congregaciones religiosas; el control romano del nombramiento de los obispos; la censura sobre la Conferencia de Santo Domingo y el Sínodo Africano; la prevención y acoso a la Teología de la Liberación y otras teologías modernas; la represión de muchos teólogos; la marginación de los obispos más avanzados; el control de revistas y otros medios de información; el enfoque preconciliar del nuevo catecismo, de la encíclica “Veritatis Splendor”; el fomento de un catolicismo de masas a través de los controvertidos viajes del Juan Pablo II, etc.

Las causas de la involución

Sin duda alguna, pueden encontrarse diversas causas que expliquen este estado de involución. Me limito a señalar la que, para mí, sería la causa principal: falta de democracia en la Iglesia o, si se quiere, la vuelta a un modelo jerárquico de Iglesia.

Ligeramente muchos creerán que, quienes reivindicamos fidelidad al Vaticano II, lo hacemos encubriendo intenciones de relajo y desobediencia. Nosotros más bien partimos del hecho histórico de que la configuración de la autoridad en la Iglesia se ha apartado, demasiadas veces, del espíritu del Evangelio. Una cosa es luchar contra la autoridad y otra contra el autoritarismo. Y es deber hacerlo cuando éste traspasa los límites debidos. Y los traspasa cuando actúa con procedimientos antidemocráticos, claramente opuestos a la dignidad humana y sus derechos.

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LIBROS DE ÉXODO

Rufino Velasco

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Rufino Velasco –
 
Lejos quedan ya aquellos tiempos en que, desde el cristianismo, se lanzaban aquellas palabras contra las religiones en que todo era “error e incredulidad” en sus relaciones con Dios. Baste recordar los primeros años del siglo XX en que Karl Barth trataba de deshacer aquella relación entre revelación y religión, donde ésta sería algo que corresponde al hombre, y aquélla algo que corresponde a Dios. La religión es obra del hombre que trata de salir al encuentro de Dios, mientras que la revelación es obra de Dios que trata de venir al encuentro del hombre. La religión es cosa del hombre que trata de “arrebatar a Dios”, y así pretende autojustificarse y autosantificarse, y la revelación es cosa en que Dios toma la iniciativa y, a través de Jesucristo, se autocomunica al hombre, de modo que todo es obra de Dios que se da por pura gracia a los hombres. La religión trata de atravesar la “línea de muerte” que separa al hombre de Dios, mientras que la revelación es la acción soberana de Dios en la relación con el hombre. Las cosas han cambiado muchísimo, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, hasta el punto de que ya nadie se acuerda de estas disquisiciones de principios del siglo XX.

A esta manera de considerar este asunto responde este libro de Jacques Dupuis.El autor divide en dos partes la distribución de esta obra: la primera trata de la manera de aproximarse el cristianismo a las religiones no cristianas, y la segunda trata de la convergencia de todas las religiones en la misma realidad fundamental: a) En la primera parte se trata, ante todo, de aproximarse a los textos bíblicos y patrísticos que puedan significar una postura positiva respecto a las religiones, para dar enseguida con el famoso axioma “fuera de la Iglesia no hay salvación” que expresa la posición francamente negativa sobre la posibilidad de la salvación para las restantes religiones del mundo. (Pero atención: obsérvese, entre las “actitudes positivas hacia las religiones”, lo que se añade a la actitud pesimista que inunda toda la baja Edad Media, donde aparece la actitud pacifista de Francisco de Asís, y luego la postura de Nicolás de Cusa en aquel tiempo en el concilio de Florencia volvía a recordar el desafortunado axioma). Con la aventura de América se produjo un cambio profundo en la forma de afrontar el problema de las religiones, de modo que aparecen diversos “sustitutos del Evangelio” para dar cauce al carácter positivo del pluralismo religioso. Finalmente el autor llega hasta el concilio Vaticano II, y se detiene en lo que pasa en torno al concilio, para ver cómo se da un cambio histórico en lo que se refiere a la teología de las religiones en el mundo actual.

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LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL A los 40 años del Vaticano II

Número 81 (nov.-dic.’05)
 
Han pasado 40 años desde aquella solemne y alborozada clausura del concilio del año 1965. Los padres conciliares volvían optimistas para sus casas, llevando en sus corazones la vivencia inolvidable del Vaticano II. La Iglesia entera se había puesto a examen y había sabido escuchar los clamores que le demandaban urgentemente un «agiornamento». Comenzaba un nuevo caminar. Eran ciertamente muchos los hábitos heredados,que le forzaban casi a mirar al pasado,pero el espíritu la sacudió poderosamente e impulsó a avanzar sin miedo. Fueron los años primeros,en que se planificó para todos la renovación. Y los frutos no tardaron en aparecer. La Iglesia se descentró,se salió de sí misma y realizó una gran operación de cercanía,de encarnación, de diálogo,de colaboración y de compromiso con el mundo,sobre todo con el mundo de los más pobres.

En el año 85,veinte años después,la Iglesia había hecho por reorganizar,desde su estructura y pensar milenario, inercias y habitudes aparcadas, que no muertas,en su ser. El entonces cardenal Ratzinger sentenció que esos veinte años de posconcilio fueron decisivamente desfavorables para la Iglesia. Era la alarma,el momento del freno y de la estrategia para reavivar las fuerzas conservadoras y meter en cuarentena a las renovadoras. El declive iba en aumento y los ganadores del concilio resultaban, por días,los perdedores. Y así,en un crescendo imparable hasta nuestros días.

El fenómeno de esta grave involución del posconcilio merece un largo estudio si de verdad queremos averiguar lo que está pasando en la Iglesia. Hay quienes,y para ello darán datos y argumentos,lo atribuirán a un relajo y contemporarización de la Iglesia con las fuerzas más negativas del mundo. Habrá parte de eso,pero no es la causa principal.

El concilio fue testigo de un enfrentamiento de dos concepciones o interpretaciones que enfrentaban a dos mundos distintos: el de los que pensaban que estábamos en una época nueva,con problemas,desafíos y soluciones nuevas; y el de los que se empecinaban en mantener incólumes la visión y respuestas del pasado. Este enfrentamiento creció y se ha venido agudizando en los últimos años.

Se trata en el fondo,y es la clave que ofrece este número de Exodo,de un conflicto interno cada vez más indisimulado: los cristianos,y en este caso católicos,dicen todos seguir a Jesús. Pero,la cuestión comienza a delimitarse e ilustrarse cuando se dibuja el perfil y consecuencias de ese seguimiento. No es relajo,infidelidad o indisciplina por ninguna de las dos partes,sino de una mediación o modelo de Cristología, Eclesiología , Teología,Moral,Espiritualidad, Antropología, Cosmología y Saber Humano,con el que vivimos y pretendemos presentarnos al mundo de hoy. De nuevo, pues,el mismo problema: caminar y no ponerse al margen de la historia.

VATICANO II, ¿UNO O DOS CONCILIOS? Una hipótesis interpretativa

Giulio Girardi

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Giulio Girardi –
 
Me parece una fecunda hipótesis interpretativa, contraria a la interpretación corriente, la que reconoce en el Vaticano II, desde el punto de vista teológico, dos concilios distintos, cada uno con sus protagonistas y su coherencia interna.

Esta hipótesis la sugiere una reflexión sobre la constante contraposición que se verifica al interior del Vaticano II y de sus textos finales, a pesar de su aparente convergencia, entre dos corrientes teológicas, preocupadas la una de valorar las posibilidades de innovación abiertas por el Vaticano II y la otra de salvaguardar su continuidad con “la tradición” y la “ortodoxia” de la Iglesia católica. Paradójicamente, protagonistas de la primera corriente eran los padres de la mayoría conciliar y los peritos que los acompañaban (entre .los cuales cabe recordar a Karl Rahner, a Yves Congar, a Hans Küng y a Josef Ratzinger); protagonistas de la segunda corriente eran los padres de la minoría conciliar, y sus peritos (entre ellos, en primer lugar, los miembros de la curia romana) que los inspiraban. Es importante citar, entre los miembros de esta minoría, la presencia activa de Karol Woijtila, entonces arzobispo de Cracovia, que interpretaba el Vaticano II como una movilización de la Iglesia en el combate contra el marxismo y el ateismo.

Me voy a permitir un testimonio personal. Como perito conciliar, fui miembro, con el arzobispo de Cracovia, de la subcomisión sobre el ateismo, llamada a redactar algunos párrafos del documento “la Iglesia en el mundo actual” (Gaudium et spes). En los trabajos de la subcomisión se hizo evidente el contraste entre la actitud combativa de Karol Woijtila y la voluntad de diálogo manifestada por la mayoría conciliar. Este contraste no se refería únicamente a los temas del ateismo y del marxizmo, sino más en general a la relación de la Iglesia con el mundo moderno. Ahora bien, el diálogo con el mundo moderno fue quizás la actitud característica de la mayoría conciliar y por tanto del Vaticano II. Por cierto, no era fácil en ese momento prever que este obispo llegaría a ser el intérprete “auténtico” del Vaticano II, del cual no había percibido su novedad, y que por esta razón lo interpretaba en perspectiva conservadora.

Además del tema del ateismo, algunos otros ejemplos aclaran el sentido de este conflicto teológico permanente: el tema de la libertad religiosa y el de la iglesia. La libertad religiosa había sido rechazada antes del Vaticano II por la curia romana, que defendía la obligación de subordinarla a “la verdad”, concretamente, a la doctrina católica y al magisterio de la Iglesia. Su argumento fundamental era que no se pueden poner en el mismo plano la verdad y el error. El concilio conservador mantenía la misma postura, mientras que el concilio innovador proclamaba, entre los derechos humanos fundamentales, el derecho a la libertad religiosa.

En la concepción de la Iglesia, el concilio conservador defendía como fundamental su carácter jerárquico, fundado en la infalible autoridad personal (ex sese y no ex consensu eclesiae) del Papa, mientras que el concilio innovador redescubría como fundamental el “pueblo de Dios”, y, por tanto, el carácter popular y comunitario de la Iglesia y de sus autoridades. Se contraponían así dos eclesiologías.

Estos ejemplos obligan a reconocer que los miembros de los dos concilios tenían distintas concepciones del propio Concilio. Pero, ¿cómo se explica entonces la casi unanimidad con que fueron aprobados los documentos conclusivos? El dualismo parecía excluir la posibilidad de documentos comunes entre los dos concilios. En efecto, si se analizan más de cerca estos textos, se descubre que casi todos ellos son fruto de un compromiso, se caracterizan por un cierto “sincretismo” y que, por tanto, ocupan coherentemente su lugar en cada uno de los dos concilios.

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ALGUNAS CLAVES ACTUALES DE LA CRISTOLOGÍA

Felicísimo Martínez Díez

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Felicísimo Martínez Díez –
 
1. La renovación de la cristología y la concentración cristológica

La segunda mitad del siglo XX fue un tiempo extraordinariamente fecundo para la cristología, para el tratado teológico sobre Jesucristo. En ese período se publicaron numerosos tratados sobre Jesús el Cristo, sobre Jesús el Libertador, sobre su identidad, sobre su misión reveladora y sobre su significación salvífica. La mayoría de estos tratados que mantienen hoy toda su vigencia y siguen alimentando e inspirando la mayor parte de la reflexión teológica y buena parte de la espiritualidad cristiana.

Se puede decir que en la teología ha tenido lugar en las últimas décadas una especie de “concentración cristológica”. Toda la teología cristiana, todos los tratados teológicos han vuelto su mirada hacia Jesucristo, o, como pide el autor de Hebreos, “han fijado sus ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe” (Hb 12, 2). Hoy estamos disfrutando las beneficiosas consecuencias de esa concentración cristológica. Cuando se remueve la cristología, todo se remueve o se conmueve en la vida cristiana: la reflexión teológica, la comunidad eclesial, la espiritualidad cristiana… Porque la cristología es la columna fundante o la piedra angular de todo el edificio cristiano, así como la clave de bóveda del mismo. Todos los aspectos de la vida cristiana se han beneficiado de esa renovación de la cristología, de esa concentración cristológica.

A esa concentración cristológica han contribuido numerosos factores de orden eclesial, social y cultural. Entre ellos hay que señalar los siguientes: la renovación de la exégesis y de los estudios bíblicos; el interés creciente por la persona de Jesús dentro y fuera de las Iglesias; la búsqueda de lo esencial o lo irrenunciable en la vida cristiana; la práctica del diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural; el diálogo de las Iglesias con el mundo y con la cultura moderna y postmoderna; la atención creciente de creyentes y no creyentes al clamor de las víctimas, tan fuerte, tan dramático y tan extenso en nuestro tiempo…

Renovado el rostro de Jesús, el Cristo, el rostro de Jesucristo, se han iluminado todos los artículos del credo cristiano, todos los tratados teológicos. Se ha iluminado también el rostro del Dios revelado en Jesús. Se ha revelado el rostro del Espíritu de Jesús. Se ha revelado también el rostro de la Iglesia de Jesús. Y también se ha revelado el rostro del ser humano y de toda la creación. Por eso, al compás de la concentración cristológica, se han renovado todos los tratados dogmáticos, la moral cristiana, la espiritualidad. Quienes han asumido las nuevas claves de la cristología, han podido comprobar cómo se iluminaba todo el mapa de su vida cristiana, y hasta han podido comprobar cómo se ilumina el sentido y el destino de esta humanidad.

Pero, ¿cuáles son esas nuevas claves de la cristología? ¿Qué incidencia tienen esas nuevas claves de la cristología en la vida de las Iglesias y de toda la humanidad? ¿Sólo se beneficiarán de ellas los creyentes o redundarán en bien de toda la humanidad?

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HIJOS E HIJAS DE UN CONCILIO: RENOVACIÓN, CONFLICTO Y ESPERANZA

Silvia Martínez Cano

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Silvia Martínez Cano –
 
1. Cada tiempo en su contexto

Cuarenta años nos separan del concilio y sin embargo algunos lo recuerdan como si fuera ayer. Recuerdan la sorpresa de la convocatoria de Juan XXIII de un concilio. Y no como concilio apologético, sino como un acercamiento de la Iglesia al siglo veinte después de mucho tiempo de tensiones e incertidumbres. Había detrás de la convocatoria una preocupación pastoral. Un intento de aproximación a los creyentes y a su vida diaria en este mundo que comenzaba a cambiar con más rapidez de lo acostumbrado. Por eso se tardó más en la preparación que en su resolución (44 meses de preparación, 39 el concilio). No era fácil conciliar las realidades y los movimientos que estaban surgiendo con el lento pensar y la estaticidad de una Iglesia que casi no se había modificado en dos siglos. Pablo VI era conciente de las tensiones entre conservadores, progresistas e indecisos. No era un concilio fácil, había que hacer “encaje de bolillos”.

Desde los años 40 fueron creciendo las voces de los pensadores desde dentro de la Iglesia que pedían con tenacidad un lavado de cara de nuestra madre la Iglesia. La situación mundial estaba cambiando. Se extinguía el colonialismo y se revalorizaban a la vez las culturas locales. El mundo se descentralizaba de Europa y caminaba hacia la globalización poco a poco. A esto contribuía una economía de mercado en la que ciencia, técnica e industria crecían simbióticamente de forma vertiginosa. La difusión de la Televisión y de los medios de comunicación repercutía cada vez más en la vida social. Las costumbres cambiaban. Imperaba el modelo urbano de sociedad y eso hacía cambiar las mentalidades de las personas, los modelos de familia y también el comportamiento social. La incorporación de la mujer al trabajo y la vida pública a partir de la segunda guerra mundial, así como la creación de más “necesidades” para las clases medias urbanas provocó que la concepción de la vida fuera cambiando radicalmente. La Iglesia lo sufría también en su interior, porque las masas de creyentes modificaban sus mentalidades y notaban el distanciamiento con una institución rígida, muy centrada en los grandes rituales y las normas eclesiales. Una estricta jerarquía que mantenía a los fieles fuera de las decisiones comunitarias y a las mujeres en la trastienda de las parroquias.

Y sin embargo, esas voces seguían levantándose. Volvían a discutirse temas inconclusos, como la crisis modernista, que había traído de cabeza a la Iglesia del XIX, la renovación de una teología que todavía hablaba en categorías medievales y el acercamiento al mundo moderno como único lugar de salvación del ser humano. Aquellos hombres proclamaban una Iglesia para el mundo y no cerrada al mundo. Evidentemente esto no fue un camino de rosas. H. de Lubac, Daniélou, Chenu, Congar, incluso Theilard de Chardin fueron retirados de sus trabajos, y obligados a callar y a no enseñar públicamente, retirar del ámbito eclesial sus intuiciones sobre la organización de la Iglesia y su misión1.

Al mismo tiempo se publicaba la encíclica “Humanis generis” que volvía a defender la inmutabilidad dogmática del papa, la inerrancia de la Escritura y la validez de la escolástica medieval, sin tener en cuenta la vorágine de los tiempos modernos y manteniendo su postura inflexible ante los descubrimientos de la ciencia en materia de evolucionismo. Mantener esta postura aún a mitad del siglo XX (1950) era demostrar que era evidente la necesidad de un cambio profundo en el modo de mirar y comportarse de la Iglesia en este mundo.

En este tira y afloja constante, el Espíritu iba a soplar por otro lado.

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LA IRRELIGIONACIÓN COMO MODO DE ENCUENTRO ENTRE LAS RELIGIONES

Andrés Torres-Queiruga

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Andrés Torres-Queiruga –
 
Diálogo interreligioso e inculturación

¿Cómo se realiza el encuentro entre las religiones? Ante todo, es evidente que, por diferentes que sean las posturas, en general todas participan de un nuevo clima común, más abierto, más flexible, más dialogante y por tanto más arriesgado, pero también más prometedor para el futuro. El fenómeno mismo de que se haya hecho corriente hablar de diálogo interreligioso (o incluso intrarreligioso, como hace sobre todo Raimon Panikkar), supone una ganancia apreciable. Paul Ricoeur lo ha expresado con una bella metáfora, hablando de una “hospitalidad interconfesional, comparable a la hospitalidad lingüística (langagière) que preside a la traducción de una lengua en otra”.

De modo significativo, lo reconocía hace ya tiempo incluso el documento Diálogo y anuncio del Consejo Pontificio para el Diálogo entre las Religiones; reconocimiento que dentro de la Iglesia católica le confería un notable carácter oficial y que desde entonces se ha ido afirmando con insistencia (acaso con el bache importante de la Dominus Jesus, en 2000). “Una valoración justa de las otras tradiciones religiosas, afirma, supone normalmente un contacto estrecho con ellas. (…) Hay que acercarse a estas tradiciones con gran sensibilidad, puesto que contienen valores espirituales y humanos. Exigen nuestro respeto, dado que en el curso de los siglos han dado testimonio de los esfuerzos llevados a cabo para encontrar las respuestas ‘a los enigmas recónditos de la condición humana’ (Nostra Aetate,1) y han sido el lugar de expresión de la experiencia religiosa y de las más profundas aspiraciones de millones de sus adeptos, algo que aún hoy siguen haciendo.” (nº 14).

Se ha hablado también de otras categorías. El brasileño Afonso Soares, pensando sobre todo en las religiones afro-americanas, ha insistido en la de sincretismo, por parecerle que reconoce mejor la legitimidad y la presencia distinta y actuante de las distintas tradiciones en un mismo sujeto o comunidad. A ella alude también Aloysius Pieris, que la prefiere a la de síntesis, que también cita, y añade la de simbiosis, en la que todas las religiones “estimuladas por la postura propia de cada cual con respecto a las aspiraciones liberacionistas de los pobres (…), se redescubren y se reformulan en su especificidad como respuesta a las posturas de las demás”.

Pero es indudable que el avance de más hondo calado se ha producido con la casi unánime acogida del concepto de inculturación, que, aparte de ser reconocido oficialmente como “un hermoso neologismo”, ha representado uno de los avances teóricos más importantes en este campo. El principio radical ha sido expresado con energía por Juan Pablo II en 1982: “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, ni enteramente pensada, ni enteramente vivida”.

En efecto, dado que la fe, como toda experiencia, no puede existir en “estado puro”, sino ya siempre interpretada en una cultura concreta, su propia expansión cultural la obliga al diálogo y al intercambio.

Sea cual sea la postura que se tome al respecto, en definitiva esto hizo comprender que es preciso aplicar a todo encuentro cultural lo que Ambroise Gardeil dijera más en concreto: “No pedimos a aquel que quiera convertirse una doble conversión: la primera al catolicismo, la segunda a la escolástica”. El no haber comprendido esto a tiempo ha llevado a consecuencias nefastas, como lo muestra el triste recuerdo de las polémicas acerca de los intentos de Mateo Ricci en China y Roberto De Nobili en la India. En esta perspectiva, la categoría de inculturación debe ser recibida con los brazos abiertos. Sin embargo, eso no puede disimular sus límites. Raul Fornet Betancourt, entre otros críticos, está ya pidiendo una aguda revisión.

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¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN LA IGLESIA CON LA MORAL?

Marciano Vidal

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Marciano Vidal –
 
Hace algunos años publiqué un artículo con un título casi igual a éste. Entonces me refería a la crisis por la que pasó la teología moral a finales de los años 80 y comienzos de los 90 del siglo pasado. Fue aquélla, ante todo, una “crisis interna”, aparentemente centrada en las afirmaciones sobre la moralidad del control de natalidad, pero en el fondo reveladora de las “nuevas fuerzas” ascendentes de los movimientos eclesiales que querían ocupar el centro del poder en la Iglesia (M. Vidal, 1989).

En la reflexión presente me propongo repensar la situación de la moral en la Iglesia abriendo más el horizonte y tratando de abarcar todo el período postconciliar hasta el momento actual. Me pregunto: ¿Qué nos ha pasado, y qué nos está pasando todavía, para que exista una “insatisfacción” de los mismos católicos ante los planteamientos de la moral oficial y para que esta moral eclesial sea “contestada”, en muchas de sus afirmaciones, por la sociedad actual?

La respuesta más satisfactoria podría expresarse en estas dos afirmaciones complementarias: por una parte, en la “cuestión moral” la Iglesia todavía no ha realizado una auténtica renovación interna, tal como fue propiciada por el concilio Vaticano II; por otra parte, hecha esa renovación interna, la Iglesia necesita adaptarse a la nueva situación para comunicar su mensaje de valores genuinamente evangélicos. En el fondo, de lo que se trata es de responder a dos retos: al reto de la “modernidad”, que se expresa en las exigencias ineludibles de la racionalidad crítica y de la autonomía personal, y al reto de la “laicidad”, que está pidiendo una presencia de los valores cristianos en una sociedad plural y plenamente autosuficiente en el campo de su quehacer público.

Desarrollo en tres momentos el planteamiento que acabo de proponer: 1) recordando algunos hechos o fenómenos acaecidos en la etapa postconciliar; 2) optando por una determinada explicación o interpretación de lo que ha acaecido; 3) ofreciendo una propuesta de solución para que el fermento evangélico pueda seguir ayudando a formar un pan humano, rico en sabor, saludable y compartido por todos.

Los hechos

“Al principio” de muchas esperanzas estuvo -y sigue estando- el concilio Vaticano II. Los documentos oficiales también lo reconocen: “máxima gracia del siglo” (Sínodo extraordinario de 1985); “este gran don del Espíritu a la Iglesia al final del segundo milenio” (Tertio millennio ad- veniente, n. 36); “una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Tertio millennio ineunte, n. 57).

Esta conciencia de “novedad” que aportaba el concilio se tuvo también en la reflexión cristiana acerca de los problemas morales. Se pensó que, así como en la interpretación de la Sagrada Escritura, en la formulación de las confesiones de fe y en la celebración de los misterios cristianos se estaba verificando un profundo “aggiornamento”, eso mismo tendría que suceder en las orientaciones morales. Ése fue el sentido del deseo formulado por el concilio: “póngase especial cuidado en renovar la teología moral” (OT, 16).

El trabajo de renovación moral ha sido intenso y sostenido a lo largo de todo el período postconciliar, hasta el presente. Sobre todo en el inmediato postconcilio fue grande la euforia en la adaptación del edificio moral dentro la Iglesia. Pero, bien pronto también, llegaron las “dificultades”. Anoto las más relevantes.

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LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. A los 40 años del Vaticano II

Número 81 (nov.-dic. ’05)
 
Han pasado 40 años desde aquella solemne y alborozada clausura del concilio del año 1965. Los padres conciliares volvían optimismtas para sus casas, llevando en sus corazones la vivencia inolvidable del vaticano II. La Iglesia entera se había puestoa examen y había sabido escuchar los clamores que le demandaban ungentemente un “agiornamento”. Comenzaba un nuevo caminar.

EDITORIAL

PUNTO DE MIRA

- Vaticano II, ¿uno o dos concilios?, Giulio Girardi

ENTREVISTA

- María José Arana, Pilar Yuste, Pepa Torres, Evaristo Villar

AFONDO

- Algunas claves actuales de la cristología, Felicísimo Martínez – Hijos e hijas de un concilio: renovación, conflicto y esperanza, Silvia Martínez – La “irreligionación” como modo de encuentro entre las religiones, Andrés Torres-Queiruga – ¿Qué está pasando en la Iglesia con la moral?, Marciano Vidal

EN LA BRECHA

- A los 40 años del vaticano II, ¿un nuevo concilio?, Consejo de Redacción de Éxodo

ACTUALIDAD

- Una interpretación de la involución posconciliar, Benjamín Forcano

LIBROS

- Despuis, Jacques, Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso, Rufino VELASCO – Varios autores, Vamos a recuperar la alegría, Evaristo VILLAR