DIEGO GRACIA

Benjamín Forcano

Número 80 (sept.-octub.’05)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Tras el franquismo, los españoles nos embarcamos en la llamada transición democrática, al parecer con bastante buen éxito y como referencia loable para el cambio en otros países. -¿No le parece paradójico que, después de más 25 años, surga ahora en una España moderna con una Iglesia posconciliar el tema de la laicidad?

El hecho de que las fuerzas políticas y sociales, tanto de derechas como de izquierdas, coincidieran en la transición, no significa que renunciaran a sus propios puntos de vista, e incluso a sus sesgos más pronunciados. La derecha española ha seguido siendo muy clerical y bastante fundamentalista, y la izquierda muy anticlerical y también fundamentalista, aunque quizá algo menos. Mi opinión es que la política española se está radicalizando de un modo muy peligroso. Y esto tanto por la derecha como por la izquierda. De tal modo que cuando cualquiera de ellas está en el poder, intenta imponer a la sociedad sus propios valores, a pesar de que ese punto de vista no represente a la mayoría de la sociedad. Esto permite entender los bandazos legislativos que se producen cada cuatro años. Mi opiniónes que la mayoría de la sociedad española no se siente hoy representada por sus políticos. Es una pena, porque esto lo único que demuestra es que son malos políticos.

¿Cuáles serían las razones de fondo que marcarían la aparición del debate en el momento actual?

Supongo que se refiere al debate del laicismo. Que yo sepa, ese debate lo ha iniciado, desde que el partido socialista está en el poder, la derecha, y más en concreto ciertos grupos eclesiásticos que se consideran perseguidos y maltratados. Ven en las decisiones que está tomando el gobierno un deseo de exterminar cualquier vestigio de religión. Ni que decir tiene que esta queja es exagerada. La Iglesia ha gozado de enormes privilegios historicamente, no sólo en tiempo de Franco, y en cuanto ve que peligran, protesta. Las preguntas serían dos: primera, si debe tener esos privilegios; y segunda, si es verdad que quieren acabar con ella. Mi opinión es que la respuesta a ambas preguntas debe ser negativa.

¿Vd. cree que el tema tiene que ver algo con el hecho histórico de las dos Españas?

Pues claro que tiene que ver. El tema de las dos Españas surgió en el siglo XIX, en el contexto de las guerras carlistas, que eran guerras de religión. Como lo fue también la Guerra Civil. El enfrentamiento entre las dos Españas ha sido tradicionalmente unenfrentamiento religioso y azuzado por los líderes religiosos. Esa es una de sus enormes responsabilidades históricas, de las que, obviamente, prefieren no acordarse. Es otro error. Hoy nos parece alucinante que en el Medio Oriente se estén produciendo auténticas guerras de religión, pero éstas se han dado en nuestro suelo hasta hace medio siglo. Y algunos piensan que deberían seguirse dando.

¿Cuál sería su concepto de la laicidad?

El término es malo, como tantos otros del lenguaje eclesiástico. Yo siempre digo que no sé cómo se atreven a hablar tanto de «pastoral», término que, por mucho que se le decore, hace referencia a la relación de los pastores, que naturalmente son ellos, con las ovejas, que somos todos los demás. Me parece un término infame. El de “laicidad” es algo mejor, pero poco. Procede del latín laicus, que significa del común, del pueblo, pero también iletrado, analfabeto, ignorante. En la Edad Media lego era el no letrado, que venía a identificarse con quien no era clérigo. Había clérigos y había legos. En la época de las revoluciones liberales apareció otro término, el de “laicismo”, con el significado de teoría política que no aceptaba la unión de Iglesia y Estado, y que, por tanto, defendía la no confesionalidad del Estado. A eso se lo llamó “Estado laico”.El Estado, la institución “pública” por antonomasia, ha de ser aconfesional, y, por tanto, las iglesias tienen que verse como instituciones exclusivamente “privadas”. Ese es el laicismo político. Junto a él se desarrolló otro laicismo el sociocultural, más ilustrado, más intelectual, que durante el siglo XIX se caracterizó por ser estrictamente antieclesiástico y anticlerical.

Cuando ahora se vuelve a sacar el tema del laicismo suele hacerse en este sentido de lucha contra todo lo que pueda significar clero o institución eclesiástica. Mi opinión es que hoy, a diferencia del siglo XIX, cada vez hay más gente que distingue entre religión e iglesias, y que está a favor de la vivencia religiosa, pero no tanto de las instituciones eclesiásticas. Hay que tener en cuenta que esas instituciones eclesiásticas son poderes sociales, políticos y culturales, incluso Estados, cosa con la que gran parte de la sociedad no está de acuerdo. Para muchos las instituciones eclesiásticas no fomentan la vivencia religiosa, sino que a veces se convierten en un verdadero obstáculo para ella.

El Vaticano II reconoció como valorindiscutible la autonomía de los valores humanos y terrenos. ¿Es un mal la secularización o es una meta irreversible en toda sociedad democrática?

Ahora aparece otrotérmino, el de secularización. Procede, como el anterior, de la jerga eclesiástica medieval. Secular viene de saeculum, siglo, y se opone a “regular”. Están los monjes y frailes, quienes se someten a una regla monástica o eclesiástica, y están los que viven en el siglo. Por extensión, secular se opone a eclesiástico. El orden secular es el orden civil como orden autónomo, no subordinado a la teología o a la autoridad eclesiástica. En el orden político, esto es lo que lograron las revoluciones liberales, liberar la actividad política del yugo de la teología. En el de la gestión del cuerpo y de la sexualidad, de la vida y de la muerte, el proceso de secularización se ha iniciado en estos últimos años, a partir de la década de los sesenta del pasado siglo. Hasta ahora mismo, la gestión del espacio corporal ha estado en manos de sacerdotes, jueces y médicos, no en manos de los ciudadanos. Lo que se está produciendo ahora es una revolución de dimensión no menor a la revolución francesa.

¿La laicidad tiene implicaciones con la Política y la Religión? ¿Cuál sería la relación correcta con una y otra?

Supongo que todos somos hoy conscientes, a la vista de lo que está sucediendo en el Medio Oriente, de la importancia de distinguir política de religión. Son cosas distintas, y confundirlas suele ser trágico. Hay que tener en cuenta que, como ya dijera Kant, las iglesias quieren todas ser universales, y además creen que tienen que trabajar por serlo, razón por la cual acaban considerando lícita la utilización de la fuerza para imponer sus propios puntos de vista, que ellos confunden con redimir a los demás del error y la ignorancia. Religión y política son cosas distintas, pero las religiones no suelen verlo así. La tentación política de las religiones no puede verse como un mero episodio coyuntural y pasado, sino como una tentación permanente, como un problema estructural de todas o casi todas las religiones. A la religión cristiana, por ejemplo, le resulta casi imposible abandonar el constantinismo. Y mi opinión es que ese constantinismo es hoy el mayor argumento en contra de una sincera vivencia de la religiosidad cristiana.

¿Le parece justa la posición de una parte de la cúpula política y eclesial que afirma de España estar sufriendo hoy una ola laicista agresiva, con intento de desterrar o marginar a la religión?

Mi opinión es que los políticos que hoy tenemos en España no representan las posiciones de la sociedad española. Tanto los de un lado como los de otro están tomando posturas ideológicas muy radicales, que desde luego no son las mayoritarias en nuestro medio. Creo que los partidos políticos mayoritarios están dominados ideológicamente por verdaderos grupos fundamentalistas, que quieren a cualquier precio imponer su propia ideología. Esto es lo que está haciendo que la sociedad cada vez se considere más alejada de la vida política. Es una pena.

¿Un Estado laico, a la hora de legislar, tiene un fundamento ético mínimo desde el que atender al bien de todos los ciudadanos?

Esta pregunta es interesante. La tesis que defienden muchos grupos eclesiásticos es que sin la ayuda de la religión, que para cada uno es la suya propia, la vida moral de los ciudadanos y, concretamente, la vida política irán a la deriva. Esto surge de una enorme confusión, la de identificar ética con religión. Mi tesis es que no sólo son distintas, sino en buena medida contrapuestas. La religión nace de la vivencia del don, de la gracia, de lo gratuito en nuestra existencia. Pero no todo es don. Hay también lo no gratuito, lo merecido. Y ese es el espacio de la ética. De hecho, el Estado laico tiene un fundamento ético mínimo, que son los derechos humanos. Todas las constituciones políticas los recogen. Por cierto, que esas tablas de derechos humanos no han sido posibles más que en el interior de la revolución liberal. Y otra cosa: no parece que cuando las iglesias han dominado el espacio político las cosas hayan ido mejor que cuando no. Más aún, cabe pensar lo contrario.

¿El tratar de ordenar jurídicamente temas como el divorcio, el aborto, la eutanasia, la unión de parejas homosexuales, etc., corresponde al Estado o a las Iglesias? ¿Cuál sería el papel de éstas?

No me cabe duda de que la regulación de todas esas actividades es competencia del Estado. Las Iglesias pueden tener sus propias opiniones sobre esas materias, pero nada más. Por otra parte, los Estados no deberían legislar tanto sobre estas materias. Parece como si legislando se arreglaran las cosas, y no es verdad. Cuando las opiniones de la sociedad están muy divididas, como sucede en muchos de estos temas, el Estado debería dejar libertad a sus ciudadanos a que actuaran en conciencia. Sólo se debería legislar en los casos en que el consenso es muy mayoritario. Si no, pasa lo que de hecho está sucediendo en nuestro país, que cada cuatro años cambian las leyes.

La educación de los hijos, entre ellas la educación religiosa, es un derecho de los padres. ¿Cuál sería la solución en una sociedad mayoritariamente católica como la nuestra?

La educación religiosa me parece absolutamente fundamental. Pienso que la dimensión religiosa es importantísima en toda persona, y que un buen programa de formación de los jóvenes debería incluirla. Pero no debemos confundir lo que es la vivencia religiosa con la adscripción a una iglesia determinada. Hay la misma diferencia que entre la dimensión política de los seres humanos y formar parte de un partido político. Una cosa es la política y otra muy distinta los partidos políticos. Pues bien, algo similar sucede en el tema de la religión, aunque en él, como en el de la política, las instituciones se encargan de oscurecer todo lo posible esa diferencia, siempre en beneficio de inventario. En este sentido, creo que habría que organizar la enseñanza religiosa de un modo bastante distinto al tradicional. Pero la confusión es tan grande que lo primero que no habría sería gente preparada para enseñar estas asignaturas. Es, de nuevo, una tragedia.

¿Ve ajustados, dentro del Estado laico de nuestra Constitución, los acuerdos entre España y la Santa Sede de 1979? Los propios acuerdos califican de provisional la contribución tributaria del Estado, previendo que la Iglesia se busque su propia suficiencia financiera.

En principio, las iglesias las tienen que financiar sus propios miembros. Es cierto que la Iglesia católica realiza en nuestro medio y en otros una enorme cantidad de actividades sociales con los enfermos y desfavorecidos, y que eso requiere un apoyo social y económico, ya que es la sociedad la que se beneficia de ello. Yo creo que la sociedad española, cada vez más recelosa con la institución eclesiástica y con lo que suele llamarse “política eclesiástica”, es, sin embargo, muy sensible a esta otra actividad social a favor de los más pobres. Ahí es donde aparece el rostro más evangélico de la Iglesia. Yo creo que la sociedad es sensible a ello. Y no me cabe duda que si las aportaciones privadas no son suficientes para financiar estas actividades, el Estado debe suplir esa deficiencia. Pero nada más.

Una educación laica para la ciudadanía -para una convivencia libre, plural y tolerante desde los derechos y libertades fundamentales- debiera tener en el curriculum escolar un espacio obligatorio?

Por supuesto. La laicidad es educable y debe educarse. Eso no es laicismo, ni tiene nada de peyorativo. Me parece que no acabamos de convencernos que eso de la laicidad no es una excepción, una especie de concesión graciosa no sé de quién, sino el modo normal, libre y autónomo de vivir en sociedad. La laicidad hay que educarla. Lo cual no tiene por qué ser incompatible con una educación religiosa, en los términos antes expuestos.

¿Cree compatible la laicidad y los nacionalismos?

Son cosas distintas. El nacionalismo es una opción política y la laicidad es un modo de vivir las relaciones del orden religioso y el civil. Mi opinión sobre el nacionalismo político (no sobre el cultural) es muy negativa. En general, tengo una opinión muy negativa de la actividad política tal como se desarrolla en los momentos actuales. Y la política nacionalista no se libra de ello. La mayoría de los políticos son gente muy mediocre, de formación muy escasa y con miras bastante estrechas, por no decir otra cosa. Max Weber dividía a los políticos en dos tipos: los que vivían “para” la política y los que vivían “de” la política. Creo que hay más de lo segundo que de lo primero. En el nacionalismo hay mucho de esto.

¿Qué piensa de la presencia pública de los símbolos religiosos en una sociedad y cultura laicas? No hay duda que la religión no puede quedar reducida al ámbito “privado”, y que, por tanto, puede y debe tener presencia “pública”. Pero aquí también se comete un error, que en la mayor parte de los casos creo que es intencionado. Consiste en confundir los dos sentidos que tiene el término “público”, el sociológico y el jurídico. En este segundo sentido, público es sólo lo relativo al Estado. Los símbolos religiosos pueden y deben tener presencia pública, en el sentido sociológico de la palabra, pero no en el jurídico. No es que el Estado no haya de tener valores. Es absurdo pensar que el Estado puede ser neutral en todo. Pero no hay que confundir la neutralidad axiológica con la neutralidad religiosa. Vuelvo a la comparación de las iglesias con los partidos políticos. El Estado tiene que permitir la pluralidad de partidos políticos, sin asumir como propio ninguno de ellos. Pues bien, algo similar tiene que hacer con las iglesias. Lo contrario llevaría al totalitarismo en el orden político, y al constantinismo o a la cristiandad, en el religioso.

¿Cómo interpretar la presencia de las autoridades civiles en las ceremonias religiosas, y viceversa?

Es algo a lo que no puedo acostumbrarme. Me parece que el respeto debido a las creencias y ritos religiosos debería llevar a que no se profanaran las ceremonias, convirtiéndolas en actos sociales. Me refiero sobre todo a las bodas, etc. Esto no hay duda que lo fomenta la propia Iglesia, o que al menos no lo impide. En cuanto a la presencia de autoridades civiles en actos eclesiásticos creo que es otra irregularidad que sólo resulta aceptable por el uso y la costumbre. En el fondo, cada uno intenta utilizar al otro en beneficio propio. Es casi exclusivamente un juego de intereses.

¿Finalmente, Vd. considera que la oposición a la laicidad tiene más razones religiosas que políticas, o al contrario?

No me cabe duda que las raíces históricas son religiosas. Y las actuales, también. En cualquier caso, sigo pensando que en la actualidad es muy difícil diferenciar con claridad el orden religioso del político. Los partidos políticos están dominados por grupos ideológicos muy radicales, que desde luego no representan la opinión de la mayoría. Hoy las guerras de religión son guerras políticas. Sin eso, no se entiende casi nada de lo que está pasando.

LAICIDAD Y RELIGIÓN: del conflicto a la convergencia

Número 80 (sept.-octub. ’05)
 
TE asomas, querido lector, a un tema de enorme actualidad. Vas a tener la satisfacción de manejar un material consistente,valioso y esclarecedor. Es lo que se precisa. Porque en todas estas cuestiones estamos necesitados de poner en cuarentena nuestras propias reacciones, a veces poco cribadas por la historia, el razonamiento y el sosiego. Hay mucha polémica azorada, con escaso fundamento. Y esto vale sobre todo para muchos hermanos en la fe, que a priori descartan y menosprecian a cuantos no se alinean con ellos. Es, sin duda, una peligrosa hostilidad.

Sería loable que todos conociéramos a fondo los temas, pero al no ser posible recurrimos con gozo a quienes pueden aportarnos datos, luces y claridad. Creemos que, en este número, los colaboradores recibirán espontáneo nuestro agradecimiento: dominan las fuentes, cultivan el estudio y la reflexión esmerada.

El tema laicidad y religión es un tema viejo y que, para sorpresa nuestra, veremos que tiene honda raíz y significado en el Evangelio. Sólo que, a lo largo de la historia, fue asumido desde situaciones y factores muy peculiares que lo fueron velando y olvidando y, como consecuencia, distorsionando.

Sin adentrarse en esa trayectoria histórica resulta difícil conocer los intereses y factores que lo guiaron, la impronta que dejaron en la sociedad y en la cristiandad, la manera como fue afrontado en la modernidad y los efectos profundos que quedaron y aparecen hoy en la crucial cuestión de relacionar laicidad y religión.

Hay que admitir como algo elemental que la evolución histórica alcanza en todos los niveles a la sociedad, las religiones y las iglesias y que esa evolución conlleva cambios, revisiones, conflictos, resistencias, nuevas propuestas. El tema laicidad y religión nos demanda a todos dejar los prejuicios y extremismos,el enfrentamiento del doble fundamentalismo laicista y religioso y avanzar hacia la autocrítica, el diálogo, la colaboración y la convergencia.

Por debajo de nuestras parciales visiones o concepciones, está el tema simple de la laicidad que reclama volver a aceptar nuestra fundamental condición de seres humanos, y desde ella, respetando diferencias de una y otra parte, unirnos en el universal consenso de la dignidad humana, para comprometernos en la lucha por una mayor justicia, solidaridad, emancipación,libertad y paz humanas.

LAICIDAD Y RELIGIÓN EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA

Juan A. Estrada

Número 80 (sept.-octub.’05)
– Autor: Juan A. Estrada –
 
Las múltiples tensiones políticas y socioculturales de la Iglesia tienen como trasfondo un cambio sociocultural que ha cambiado España. En las sociedades tradicionales, como la española hasta la década de los sesenta, lo religioso era determinante de la vida en todos los aspectos. No había acontecimientos personales ni regulaciones colectivas que no estuvieran impregnadas de elementos religiosos (fiestas, costumbres, leyes, valores). Dios era omnipresente en la vida de los ciudadanos, ya que todo se veía desde la perspectiva de la voluntad de Dios, asumiendo los acontecimientos en relación con su providencia. De ahí el enorme poder social de la Iglesia y sus representantes. El Nacional catolicismo no era sólo el resultante de una victoria militar, sino que correspondía a una manera de concebir la sociedad y estaba avalado por una tradición milenaria. El concordato entre el Vaticano y el régimen de Franco consagraba políticamente una alianza del trono y el altar, avalada por siglos de historia. Se trataba de que colaboraran los dos representantes de Dios, el César y el Papa, en la vieja línea del agustinismo político.

Esta situación comenzó a cambiar en la década de los sesenta. El cambio sociocultural se caracterizó por la triple dinámica de la secularización social, la racionalización de la cultura y la laicidad del Estado. El cambio económico y político, poniendo fin a la autarquía y el aislamiento internacional, favoreció la progresiva transformación del estilo de vida, de la mentalidad ciudadana y de la cultura. Y en este contexto, el Concilio Vaticano II marcó el final de una época, la de cristiandad, y el inicio de otra, el de la misión de las viejas cristiandades europeas. A partir de ahí cambió el panorama español, tanto a nivel político como eclesial.

1. LA LIBERTAD RELIGIOSA EN EL CONCILIO VATICANO II

El texto conciliar sobre libertad religiosa es, junto a la Constitución sobre la Iglesia en el mundo, el que transformó la relación de la Iglesia con la sociedad política . Es un texto muy controvertido, el que generó más rechazos de la minoría conservadora junto al capítulo tercero sobre la Iglesia. Hasta el final luchó la minoría tradicional, con un gran protagonismo de algunos obispos españoles, contra el texto propuesto, contra los miembros de la comisión redactora y finalmente contra su votación, intentando aplazarla primero y luego evitarla. Finalmente, por decisión expresa de Pablo VI, que quería una votación indicativa antes de su viaje a las Naciones Unidas y contra la opinión de 165 obispos que la rechazaban, se sometióa una primera votación el 21 de octubre de 1965 con 1.997 votos a favor y 224 negativos. Tras sucesivas modificaciones fue aprobado el 7 de diciembre, la víspera del fin del Concilio, con sólo 70 votos negativos.

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NACIONALISMO Y DEMOCRACIA: LA DIFÍCIL CONQUISTA DE LA LAICIDAD

Joseba Arregi

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Joseba Arregi –
 
NADA hay más peligroso que creer haber llegado al lugar designado con un nombre de connotaciones positivas, o creerse poseedor de una virtud especialmente valorada en una determinada cultura: es casi seguro que en esos casos se está muy lejos del lugar al que se quiere llegar, muy falto de la virtud que se proclama poseer. La democracia es menos democracia cuanto más se afirma estar en ella, el progresismo lo es menos cuanto más se ufana alguien de él, la laicidad no llega de verdad a serlo cuanto más se reclaman algunos de ella. Los dioses expulsados del escenario por la crítica de la Ilustración vuelven a aparecer en el proscenio -Adorno y Horkheimer-, sólo que bajo máscaras nuevas y con la agravante de creer que han sido expulsados para siempre.

La modernidad, heredera de la Ilustración, afirma la autonomía humana sobre el fundamento inequívoco de la razón humana, frente a la cambiante histórica, y por ello contingente, heteronomía de las revelaciones religiosas. La forma de organizar el poder de la modernidad se articula sobre el eje básico de la separación de Iglesia y Estado, sobre la aconfesionalidad del Estado: éste existe precisamente como espacio público porque las creencias religiosas, divisivas de la sociedad si pretenden validación pública exclusiva, se particularizan y se limitan, se reducen al ámbito privado, por muy social que sea en sus manifestaciones.

Pero la modernidad heredera de la Ilustración también se enfrenta a la gestión del vacío dejado por la obligada ausencia de lo absoluto del espacio público, una gestión que se ha manifestado como extremadamente complicada. El concepto de soberanía, que siendo un concepto previo a la modernidad no por ello ha dejado de ser otro de los ejes fundamentales de la articulación de lo político en la cultura moderna, otro de los elementos que ha dotado de significación a la organización del poder en la modernidad, es ejemplo palpable de esa complejidad. Un concepto premoderno convertido en imprescindible para la política moderna. Un concepto absoluto, pensado para legitimar el poder de la monarquía absoluta, convertido en eje de la organización democrática de los Estados. Se podría decir que en buena medida la soberanía es el intento de gestionar la ausencia de Dios en la esfera pública, condición imprescindible de la legitimidad del poder en la cultura moderna, con instrumentos contingentes, pero sin renunciar a la pretensión de absoluto.

Sin entrar a debatir la corrección de la tesis que interpreta la modernidad desde la óptica de la secularización de la previa cultura religiosa, o suscribir la tesis de Blumemberg tratando de devolver a la cultura moderna su propio copyright, y sin entrar a comentar la tesis de la transferencia religiosa que explicaría la fuerza de los nacionalismos, sí es posible afirmar que también en la cultura moderna permanece la necesidad cuya satisfacción alguna sociología -Niklas Luhmann- proclama como función primordial de la religión: reducción de complejidad.

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SÍMBOLOS RELIGIOSOS EN UNA SOCIEDAD SECULAR/LAICA

Xabier Pikaza

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Xabier Pikaza –
 
HACE cuarenta años escribió Harvey Cox una obra de gran impacto, titulada The secular city (MacMillan, New York 1965; trad. castellana: La ciudad secular, Península, Barcelona 1968), donde defendía el ascenso imparable de una sociedad donde la religión dejaba de ser el factor determinante de la vida pública, abriéndonos una ventana de libertad a los que somos ya un poco mayores. Hace dos meses (julio del 2005) he pasado con él unos días inolvidables en un foro de teología dedicado al cuerpo y a la copa, en Mendes R. J, Brasil. El cuerpo es carne de gozo y sufrimiento, la copa es fiesta y entrega por otros. Son símbolos sagrados siendo seculares.

Cox (que nació el 1929) sigue siendo profesor en Harvard, lugar emblemático de la cultura de Occidente, y conserva una gran lucidez. Estaba impresionado por el avance del laicismo español, con ribetes de anticlericalismo, en la línea de la mejor (o peor) Ilustración francesa. Pero estaba todavía más impresionado (¡consternado!) por el crecimiento de un tipo de religiosidad secular americana, fundada en la mentira política y económica de su presidente y equipo gobernante. Pocas veces he visto a un profesor más dolorido y crítico ante el derrumbamiento de su nación, una nación que, si sigue el camino actual, no tendrá más símbolos culturales que la comida del MacDonald y las fantasías de religión secular puesta al servicio de la propia idiotez y del dinero, aunque destruya con eso el mundo entero (¡fueron palabras suyas!).

Significativamente, hablamos con cierta extensión de los símbolos religiosos y comenzamos analizando las diferencias entre el secularismo americano (representado por el profesor ignorante del Codigo de Vinci, supuesto especialista en símbolos religiosos, vergüenza de la Universidad de Harvard, donde le ubica el autor de la novela) y el laicismo europeo, más inteligente, pero quizá menos tolerante (y menos interesado) ante los símbolos religiosos. Es sintomático el hecho de que uno de los libros más vendidos se ocupe (¡y se ocupe mal!) de los símbolos religiosos. H. Cox me dijo que le parecía raro que los “laicistas cultos de Europa” no hubieran reaccionado ante el hecho, pues ellos deben conocer mejor los temas. En ese contexto me regaló su último libro (When Jesus came to Harvard. Making moral choices today, Houghton, Boston 2004), que elabora el mensaje de Jesús en línea simbólica y, partiendo de alguna de sus páginas, pudimos esbozar los argumentos, con ciertas divergencias, pero también con muchas convergencias.

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LAICISMO Y LAICIDAD EN EL PENSAMIENTO BUDISTA

Antonio Mínguez Reguera

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Antonio Mínguez Reguera –
 
“Mi reino no es de este mundo”.Esta frase evangélica, que la tradición pone en labios del propio Jesús y se convierte en lema del auténtico sentir del cristiano, puede servir, igualmente, como paradigma del espíritu budista. No en vano, según la historia o la leyenda -poco importa la diferencia enesta ocasión- Shidarta Gautama Sakyamuni, después Él, Buda, fue un príncipe heredero de un reino, que abandonó su palacio para seguir la vida de un asceta; estableciendo, con este gesto de desapego al poder terrenal, la renuncia como una premisa parael desarrollo del espíritu. Sihubiera considerado conveniente imponer sus enseñanzas mediante la influencia, protección o la autoridad del Estado no hubiese desdeñado su privilegiada situación como un medio para hacer llegar su palabra a un mayor número de seres. Sin embargo, eligió la vida errante y sencilla de un monje para transmitir sus Cuatro Verdades Nobles, y sólo a aquellos que, “no estando completamente ciegos”, estuvieran en disposición de escucharlas por su propia voluntad.

Desde sus orígenes en la India han transcurrido veinticinco siglos de budismo o, mejor, de “budismos”, un espacio de tiempo inmenso (considerado desde el cómputo humano). En este período se extendió por la vasta geografía de Asia, soportando los avatares históricos de formación y caída de naciones, imperios, gobiernos y culturas. Nació y se desarrolló en la India de los brahmanes. Se fundió con el pragmatismo de Confucio y la sutil metafísica de Laotse en la China. Convivió, sin rivalizar, con el sintoísmo de Amaterasu y el culto al emperador en el Japón hasta el extremo de dar origen al dicho de que “los japoneses nacen sintoístas y mueren budistas”. Y convirtió al Dharma a las misteriosas y terribles “potencias y energías” de las religiones animistas en los países delcentro y el sureste. Y, también, como no podía dejar de suceder,se produjo su reciente llegada e incorporación al sentir religioso y espiritual de ciertos sectores en las sociedades occidentales.

Dado su conocido carácter tolerante y apenas dogmático (aunque nunca perdió el sentido esencial de su doctrina), se fue imbricando en cada una de las sociedades y culturas a las que llegó, adaptándose, en las formas externas, a los esquemas y paradigmas imperantes. Por esta razón no es de extrañar que, a lo largo de su variada y compleja historia, no se librara del efecto transformador que los acontecimientos políticos y culturales ejercen sobre cualquier manifestación del pensamiento humano, incluido el hecho religioso.

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LA CONQUISTA DE LA LAICIDAD EN LA IGLESIA

Antonio Zugasti

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Antonio Zugasti –
 
LLEVAMOS muchos siglos inmersos en una Iglesia claramente clerical. ¿Con qué resultados? Salta a la vista que estamos hoy asistiendo a un declive vertiginoso de la presencia cristiana en la vida de la sociedad. Otra cosa es precisar las causas. Cada uno buscará las que más cuadren a su forma de pensar. A mí continuamente me viene al pensamiento la advertencia de Jesús en el sermón del Monte: Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se vuelve insípida ¿con qué se la salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pise la gente. Esta Iglesia se ha vuelto insípida ante los grandes temas que angustian a la humanidad: la pobreza, la violencia, el afán de riqueza, la desigualdad creciente…Y al mundo no interesa una enorme montaña de sal convertida en arena.

Muchos y muchas cristianos y cristianas se están dejando la piel en la lucha junto a las víctimas de la Tierra, pero la Jerarquía, a pesar de sus solemnes declaraciones, da la impresión de que sólo se moviliza con todas sus fuerzas cuando se trata de su propio estatus. No se siente apremiada por las causas que hacen sufrir y morir a millones de seres humanos. Y los seres humanos responden volviendo la espalda al mensaje que esta Iglesia proclama.

Para volcarse en los problemas de la gente corriente hace falta que la gente corriente tome el protagonismo. Ya tenemos bastante con que una colección de célibes profesionales nos dé lecciones sobre la vida familiar. Es necesario conseguir la laicidad en la Iglesia. Me refiero a una laicidad entendida como contraposición al clericalismo tradicional. Y esa laicidad, como la libertad, no se otorga, sino que se conquista. La laicidad sería el primer paso de la libertad dentro de este modelo de Iglesia que hoy tenemos. Ya sé que el hablar de libertad en esta Iglesia levanta muchos recelos. Pero cuando Pablo nos dice que para ser libres nos libertó Cristo.Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud, la aparición de esos recelos es precisamente señal de que algo no va bien, de que un poder de carácter muy humano ha hecho su presencia dentro de la Iglesia.

Sería una tontería pensar que con una estructura más laica tendríamos resueltos todos los problemas que afectan a la comunidad de creyentes en Jesús. Entre los laicos se puede dar un fundamentalismo feroz, lo mismo que hay clérigos que son apóstoles de la libertad. Y ningún tipo de organización garantiza la fidelidadal espíritu del Evangelio. Pero no cabe duda de que la estructura marca mucho, y un examen muy somero de la realidad actual de nuestra Iglesia nos está apremiando a intentar un cambio hacia una mayor laicidad.

Yo no dudo de que la mayor parte de los obispos y demás jerarcas en el fondo son buenas personas. Ahora bien, esta estructura eclesial jerárquica es evidente que no viene de Jesús. Se consolida en la Edad Media, cuando, según lo que nos cuenta la Historia, sería muy arriesgado decir que la mayoría de los papas y los obispos eran buenas personas. Y nosotros hemos heredado la organización que ellos nos legaron. Seguramente influyó la necesidad de defenderse del podersecular, pero la forma en que lo hicieron estaba demasiado contaminada por el poder al que querían oponerse. Está claro que ya vasiendo hora de cambiar.

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LIBROS DE ÉXODO

Juanjo Sánchez

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Juanjo Sánchez –
 
Hace tiempo que esperaba su presentación en la revista el último libro de uno de sus colaboradores asiduos, MANUEL FRAIJÓ, Dios, el mal y otros ensayos. No aparecía el número oportuno donde hallar su lugar. Pero al fin lo encuentra de pleno en éste, dedicado a la tensión entre religión y laicidad. Porque Fraijó es, como pocos, un teólogo de y para la laicidad. Un autor de frontera entre fe y razón, entre teología y filosofía, entre… religión y laicidad. Y en este último libro vuelve a confirmarlo con fascinante lucidez y sutileza.

En efecto, Fraijó es un “teólogo laico”. Teólogo, ciertamente, que no se anda por las ramas, sino que aborda, en este como en la mayoría de sus libros, las cuestiones centrales del cristianismo: Dios, el sentido y el mal; Jesús, la resurrección y la esperanza posible. Pero, a la vez, teólogo “laico” donde los haya: situado en la frontera, incluso en la “otra orilla”, lejos de todo dogmatismo, abierto a la crítica histórica, a la búsqueda honrada de las fuentes y del argumento limpio y convincente, a la verdad sobria que no elude la duda ni, en más de un momento, el silencio. Y un teólogo, al mismo tiempo, interpelado siempre hondamente por el clamor de la tierra, por los interrogantes que se elevan desde el sufrimiento y la desesperanza de los hombres excluidos y abatidos, desde el mundo de las víctimas, la otra cara de la laicidad.

Por eso Dios, que es tema central de todos sus libros, nuncaaparece en ellos, tampoco en éste que presentamos, desligado de esos interrogantes que atormentan a los seres humanos. Sobre todo del mal, del sufrimiento y la muerte que truncan la esperanza de las víctimas. Algún pensador del ágora le colgará el sambenito del victimismo, pero lejos de él semejante talante. Lo que para él está en juego en esa conexión no es la causa propia, sino la esperanza “de los otros”. Y ahí, como afirma con toda razón, nadie está legitimado a acallar su incansable anhelo de “otra” justicia ni tampoco a renunciar, en su nombre, “a un posible escenario futuro donde se haga justicia a su causa.” (p. 88).

En una apasionante “conversación epistolar” -que abre el libro- con su amigo Javier Muguerza, filósofo increyente pero defensor, como él, de causas perdidas, se arriesga por eso a “estirar” la pregunta por la realización de aquel anhelo “más allá de lo que una razonable filosofía permite” (p. 71). Lo achaca él a su “condición de teólogo”, pero más bien, creo yo, se debe a la misma razón que llevó ya a Kant a postular, más allá de la ilustrada razón, laexistencia de Dios, a saber: la imposibilidad, que diría Adorno, de “pensar la desesperación”, de que ese anhelo termine al fin en … la nada. Con ello, sin embargo, no traspasa Fraijó la “frontera” para hablar como teólogo. Desde luego, no como teólogo afirmativo, dogmático. A lo sumo, de nuevo, como teólogo “de frontera”, única posibilidad aceptable para él. La realidad de Dios, si existe, es misterio, realidad “problemática”, sostiene de nuevo aquí como lo ha hecho en sus escritos anteriores.

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CATOLICISMO VERSUS LAICISMO

Fernando Velasco

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Fernando Velasco –
 
Pocas cuestiones están próximas de las necesidades humanas como ésta de la religión, que es capaz de causar discusiones tan acaloradas. Las cuestiones religiosas no sólo preocupan, sino que aún dominan los ánimos, siguen encendiendo las pasiones y continúan llamando a las armas; los problemas que se consideraban viejos, aparentemente resueltos, se imponen nuevamente demostrando que todas las transformaciones y progresos que se han dado en la vida de la Humanidad no han quebrantado su poder.

La religión sigue siendo una dimensión del espíritu que le propone al hombre unas perspectivas, como la perfección, lograr un mundo mejor, conseguir un sentido entre tanta miseria y mezquindad; la religión siembra en el hombre agitación, anhelo e inquietud. El ser humano se sigue preguntando si la religión no podría venir en su ayuda y dar a su vida contenido y significación, fuerza y elevación. A pesar de todo ello ésta (la religión) es una de las dimensiones humanas más conocidas y a la vez de las menos conocidas.

El hombre a lo largo de su historia se ha colocado con diferentes actitudes frente a la religión; pero sobre todo ha predominado en él su ansia de verdad. Quizá las respuestas dadas ya no le satisfacen, pero las preguntas persisten. Hoy como ayer nos seguimos planteando: “¿Es necesaria la religión? ¿Qué hace la religión por la sociedad? ¿Qué beneficios a favor de los intereses sociales surgen de las creencias religiosas? ¿Qué influencia tiene en la mejora y ennoblecimiento de la naturaleza humana individual y socialmente?” (Mill, 1986:42) ¿Son las religiones elementos para la paz?

Seguro que sin la religión la historia del hombre sería más oscura de lo que es. Sin embargo, todo ello no puede impedir el que nos preguntemos si aquello que pasó por verdad en un momento determinado sigue siendo de hecho indispensable; todo ello no nos imposibilita para que veamos en la historia una poderosa acción de la religión, pero no menos una abundante y tremenda reacción.

Hoy asistimos a todo un intento de vuelta de lo religioso en la sociedad actual cuando, para muchos analistas, el fenómeno de la secularización le estaba ganando la partida a la religión. Si, por un lado, nuestra época evidencia una fuerte discriminación en la pertenencia a las religiones establecidas, por otro lado, el surgimiento, por doquier, de nuevas formas de experiencia religiosa es una realidadconstatable. Formas de experiencia religiosa que van desde las simplemente independientes de las ortodoxas, aunque sin romper con ellas, hasta las “supersticiosas” y las fundamentalistas. Parece indudable,como diría José Luis Aranguren, que asistimos al retroceso de las “iglesias” y al avance de las “religiones”; vuelta de lo religioso, no sólo comofenómeno social y como experiencia de sentido, como ya hemos dicho, sino también como tema de investigación por parte de intelectuales y escritores.

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LAICIDAD Y ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN EN LA ESCUELA PÚBLICA

Luis Gómez Llorente

Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Luis Gómez Llorente –
 
1. LO QUE DEBIERA SER

Aceptada la laicidad del Estado,y, por tanto, su neutralidad o estricta aconfesionalidad, lo más coherente sería que en la escuela pública no se impartiera ningún tipo de religión confesional, sin perjuicio de que hubiera una materia común para todos los alumnos sobre el Hecho Religioso, basada epistemológicamente en disciplinas tales como la Historia de las Religiones, la Fenomenología de la Religión, la Filosofia de la Religión, etc.

Una tal enseñanza, de carácter estrictamente académico, debiera ser impartida por personal especialista,proceda de cualesquiera Universidades, que acredite simplemente su altura científica y pedagógica como el resto del profesorado, gozando, por tanto, de idéntico estatus profesional a todos los efectos.

La extraordinaria importancia del hecho religioso no sólo en la historia de la humanidad, sino en el presente de nuestras sociedades, lo justificarían ampliamente, logrando así el grado de sistematismo y atención que resultan inalcanzables con la hipotética “transversalidad” de estas enseñanzas.

Nos consta que muchosteólogos y no pocos profesores de religión comparten este planteamiento. Sin embargo, no podemos profundizar aquí en su desarrollo porque, como es bien sabido, la postura de la Jerarquía de la Iglesia católica lo descarta categóricamente. Ellos quieren una enseñanza de la religión para los católicos basada en la Sagrada Teología, doctrinalmente diseñada y controlada por la Jerarquía, a cargo de un profesorado cuya “missio” dependa de la autoridad eclesiástica. Ellos sólo aceptan y proponen un conocimiento del Hecho Religioso de carácter estrictamente académico para los paganos, para los que rehúsen las clases de religión confesional, a los que, por cierto, pretenden imponérselo obligatoriamente como alternativa.

2. LO QUE PUDIERA SER

La Jerarquía católica exige -y está desde luego en su derecho- el cumplimiento estricto del artículo 27,3 de la Constitución, y el artículo IIº del Acuerdo sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, suscrito entre el Estado español y la S. Sede. Por tanto, dejando aparte otras especulaciones, tal es el marco en el que han de producirse por ahora las propuestas viables.

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