UNA REFLEXIÓN DE “INSPIRACIÓN CRISTIANA” SOBRE LA CRISIS ECONÓMICA

Luis de Sebastián

Éxodo 96 (nov.-dic.’08)
– Autor: Luis de Sebastián –
 
La crisis económica en la que estamos inmersos no es más que la consecuencia lógica y previsible del funcionamiento de un sistema económico muy poderoso dejado a la dirección y albur de unos cuantos financieros que se afanaban con tanta técnica como ahínco en ganar la mayor cantidad de dinero posible, sin ninguna consideración de las consecuencias no intencionadas de su proceder (“daños colaterales”), ni miramiento alguno a posibles perjuicios a otras personas, instituciones y la sociedad en general.

La explicación más sencilla, la de la mayoría de la gente, incluyendo a muchos académicos, políticos y defensores del sistema, echa la culpa del problema que desencadenó la crisis (la siembra de riesgo excesivo en los sistemas financieros del mundo) al egoísmo y codicia de unos cuantos profesionales —directivos y ejecutivos— de algunas empresas financieras. De esa manera se identifica a los “culpables” y su codicia ha sido puesta en la picota. También se han expuesto a la vergüenza e indignación públicas los fabulosos premios monetarios que consiguieron con su actividad. Para simplificar, el problema lo han causado unos sinvergüenzas. No hay más que buscar. En el futuro habrá que tener más cuidado con la actuación de estas y semejantes personas.

Sin embargo, desde un punto de vista ético, que coincidirá mucho con un análisis de la situación desde el Evangelio, habrá que hacerse algunas preguntas adicionales. Por ejemplo:

¿Cómo ha sido posible que unas cuantas personas, digamos unas 20.000, para no quedarnos cortos, hayan causado unas pérdidas tan enormes a la economía (que por ahora se estiman en tres billones de euros) y hayan afectado de una manera tan salvaje a la producción y al empleo en todos los países del mundo? Y además: ¿Qué poder tenían en sus manos esas personas para causar semejantes destrozos?

¿Qué han hecho las autoridades y las instituciones encargadas de vigilar la estabilidad de las monedas, el empleo y el desarrollo de los países pobres, mientras se sembraban de riesgos inmanejables las economías de todo el mundo?

Y si nos responden que las autoridades e instituciones encargadas de vigilar y advertir de los riesgos internacionales no hicieron nada porque no veían nada malo en la actuación de los financieros, y porque creían que éstos actuaban según las reglas del juego de la innovación y la competencia financiera, entonces se nos traslada la atención a esas reglas del juego, al juego mismo y al sistema que lo hace posible Y así acabamos cuestionando el sistema mismo que permite, como cosa normal, que se generen y se esparzan por el mundo unos riesgos mortales, unos activos tóxicos que han perjudicado primero a las propias instituciones financieras que los crearon, luego a los bancos y otras instituciones que los adquirieron, para acabar creando enormes problemas a todas las economías del mundo —por eso es la primera gran crisis de la globalización— y sobre todo, como pasa siempre, a los “condenados de la tierra”.

ORIGEN DE LA CRISIS

Para explicar a los lectores de ÉXODO, muchos de los cuales no estarán familiarizados con la economía, el origen de la crisis, voy a emplear un cuento o parábola que ya he usado otras veces para explicar qué son y cómo se han extendido por el mundo esos “activos tóxicos” (un neologismo de este verano) que envenenan lo que tocan.

Una persona recibió de un amigo en pago de un favor una lata de conservas sin etiqueta alguna, la cual, sin embargo, llevaba sobre el desnudo metal tres A marcadas con tinta china. Esa triple A, le dijo el primero, indica que el contenido es de primera calidad, y que puedes vender la lata por lo que le puedas sacar. La persona, que no podía desconfiar de su amigo, creyó que tenía algo valioso en sus manos. Cuando más tarde necesitó comprarse un traje, fue al sastre y le convenció de que su lata de conservas valía tanto como el traje porque tenía tres A, y le instó a que se lo aceptara a cambio del traje. El sastre, que no podía dudar de la palabra de su cliente, le aceptó encantado la lata. Éste a su vez se la dio en pago al dentista y el dentista al economista que le había hecho un estudio de factibilidad para una consulta nueva. El economista, hombre desconfiado por naturaleza, decidió abrir la lata de conservas y averiguar si su contenido era tan valioso como decían. Para su sorpresa se encontró que la lata contenía un canto rodado, un trozo de papel de estraza y una raspa de sardina. Era una lata de basura. El economista pidió al dentista que le pagara el estudio, el dentista al sastre que le pagara el empaste, el sastre al amigo que le pagara el traje y el amigo a su amigo que le pagara el favor. La lata había servido para pagar bienes y servicios por un valor de unos cinco mil euros. La persona que puso en circulación la lata no los tenía, y cuando se lo reclamaron, tuvo que ser declarada en quiebra.

Esta historieta nos explica muy simplificadamente la historia verdadera de las hipotecas “subprime” (de clase inferior, o basura). Bancos y agentes hipotecarios empaquetaron en un producto financiero, que llamaron “cédulas de inversión hipotecaria”, participaciones en los ingresos de hipotecas, deudas comerciales y otros activos, que daban un rendimiento superior al normal, porque su riesgo (el riesgo de que no se pagaran las deudas) también era superior al normal. De esta manera los “empaquetadores” se cubrieron del riesgo, consiguieron de las mejores agencias de rating las notas más altas, triples A, y se dedicaron a vender el paquete a otros bancos, compañías de seguros, fondos de inversión, fondos de pensiones, empresas y otros inversores institucionales. Todos contaron estos paquetes como activos de calidad. Muchos de los que compraron el paquete no sabían lo que contenía, ni cuál era el grado de riesgo de esos activos. Rendían algo más que la media, así que los compradores estaban encantados.

Cuando fallaron las hipotecas (que equivale al momento de abrir la lata de conservas), se vio que los paquetes contenían basura, que en realidad eran “activos tóxicos” que intoxicaban (quitaban valor) a los balances de las instituciones financieras que los poseían. De ahí nació la desconfianza. Ya nadie quería esos paquetes, porque no sabían lo que contenían. Peor aún, los bancos dejaron de fiarse unos de otros. Así comienza el credit crunch (el racionamiento de crédito, podríamos traducir) en que estamos, al que los gobiernos están dedicando enormes cantidades de dinero para que no se pare del todo el flujo de dinero a las empresas. Habrá que ver si el dinero que ofrecen los gobiernos irá realmente a las empresas en forma de créditos, o más bien se quedarán en los bancos para acumular reservas para días peores. El problema es que este flujo de dinero a las empresas es tan vital para la economía como el de la sangre al cuerpo humano, porque sin circulación no hay vida. Esa es la trampa ética que contienen las medidas de rescate de los bancos. Se argumenta que, si no se ayuda a los bancos con dinero público (el Estado no tiene otro), los daños que se seguirían a la sociedad en general de la quiebra de los bancos resultarían mayores. Esto puede ser verdad en algunas circunstancias. De ahí el dilema ético: ¿cuál de las dos alternativas seria peor: socializar las pérdidas de unos bancos codiciosos e imprudentes o dejar que se “seque” la economía y se produzca un desempleo enorme? Lógicamente, el dilema, que es muy real, delata lo ilógico, irracional e inhumano que ha llegado a ser el funcionamiento del sistema económico que tenemos. Pero, ¿es sólo el funcionamiento y no el sistema mismo? Más adelante enfrentamos esta cuestión.

LOS RESPONSABLES SON LAS AUTORIDADES

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JOSÉ SARAMAGO

Redacción de Éxodo

Éxodo 96 (nov.-dic.’08)
– Autor: Redacción de Éxodo –
 
Escrita diez años después de la concesión del Premio Nobel de literatura de 1998, El viaje del elefante es la última novela que acaba de publicar este extraordinario escritor portugués, tan conocido y apreciado en España. No se ajusta esta novela a los rígidos criterios de la historia sino a la inventiva de la gran literatura. En ella se aúnan, con ironía y humor, realidad y ficción para hacernos sentir, una vez más, los que quizá sean los dos empeños mayores del autor, la comprensión profunda del ser humano y la necesaria compasión por el mismo.

Ya en el impresionante Ensayo sobre la ceguera del 96 nos situaba en esta doble perspectiva al declarar enfáticamente que “hay en nosotros una cosa que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”, y elevarla luego a imperativo ético al enfrentarnos a “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron”.

En La Caverna del 2000, finalmente, nos asoma a un mundo, el nuestro, que crece y se multiplica con tan extraordinaria rapidez que no parece “tener límites para la ilusión y el engaño”. ¡Qué buena referencia al momento que estamos viviendo! Por aquí orientamos nuestras cuestiones a la sabiduría acumulada del maestro.

Saramago está presentando en estos días El viaje del elefante por medio mundo. Pero entre viaje y viaje ha tenido esta deferencia con Éxodo que agradecemos profundamente. Es más, nos consta que ha tenido que superar en esta ocasión la gran debilidad que le ha dejado una reciente enfermedad, felizmente superada. A este propósito, es enternecedora la dedicatoria que hace de esta novela a Pilar del Río, su esposa (a quien dedica todas sus obras): “A Pilar, que no dejó que yo muriera”. Ella es también la traductora de esta última obra. Gracias, Pilar, porque sin tu empeño no hubiera sido posible contar hoy con las palabras tan certeras de José Saramago.

¿Se trata de una crisis sólo bancaria o de la quiebra del sistema económico mundial? ¿Cómo saldrán de esta crisis el mercado y los Estados en la regulación económica?

Soy solamente un escritor. Mis conocimientos sobre lo que está pasando son más que limitados. En todo caso me parece obvio que no se trata sólo de una crisis bancaria, aunque tampoco creo que el sistema económico mundial haya quebrado. Las medidas que se están aplicando no tienen otro objetivo que salvar el sistema. Sería un error pensar que el capitalismo se ha suicidado.

¿Quiénes van a pagar principalmente la factura que ha generado el neoliberalismo? Los pobres después de esta crisis, ¿serán más pobres?

Como siempre, la factura será pagada por los pobres. Al igual que la religión no puede vivir sin la muerte, el capitalismo no sólo vive de la pobreza sino que la multiplica.

¿Cómo va a afectar esta crisis al futuro de la Unión Europea? ¿Seguirá en su pedestal el Banco Central Europeo?

No leo en el futuro, pero admito que la crisis pueda contribuir a reforzar lo que hasta ahora ha sido la escasísima solidaridad europea. A condición de que los políticos no abdiquen de la inteligencia como tantas veces ha ocurrido.

¿Quiénes deben enjuiciar el verdadero sentido de la crisis, los pueblos del Primer Mundo, explotadores de las riquezas mundiales y causantes de la crisis, o los pueblos del Tercer Mundo, proveedores de riqueza y pasivos sufridores?

El concepto de Tercer Mundo ha cambiado mucho desde los años setenta. Algunos países que integraban el grupo que llamábamos Tercer Mundo ya se desligaron de él. En cuanto a los que se quedarán rezagados y a los que mejor les sentaría el nombre de Cuarto Mundo, no parece que tengan presencia política suficiente para hacerse escuchar.

Las salidas a la crisis que han propuesto USA y la UE, ¿plantean una alternativa o se trata de los mismos perros con distintos collares?

Supongo que, en lo esencial, acabarán por llegar a una posición más o menos común. No tienen otra salida.

¿Cuál debería ser la cuestión de fondo: apuntalar un sistema en crisis o resolver las desigualdades y miserias de las mayorías populares (Tercer Mundo) mediante la creación de un nuevo sistema?

No será posible crear un nuevo sistema si no tenemos una alternativa política, y la verdad manda que reconozcamos que no la hay. Los partidos de izquierda, que en realidad no lo son, que llevan años haciendo políticas neoliberales, son la cara moderna de la derecha. La izquierda, con alguna rara excepción sin demasiado peso en el conjunto, se ha hecho el regalo de una operación cosmética que más o menos le mantiene la fachada, pero nada más que eso.

Si la economía está globalizada y la crisis tiene repercusiones negativas globales, ¿cómo es posible que, a la hora de las soluciones, sólo cuenten los países más poderosos y no los que más injustamente sufren sus consecuencias?

Buena pregunta, tan buena que todos nosotros conocemos la respuesta…

¿Cuál sería, a su juicio, una “alternativa verdaderamente de izquierdas”? ¿Dónde está esa izquierda hoy? ¿Y qué poder de transformación tiene?

Eso vengo preguntando, dónde está la izquierda, pero hasta ahora nadie me ha contestado. De ahí que haya dicho que la izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive. Ahora se está tratando de resucitar a Marx, pero dudo que tengamos gente capaz de una nueva comprensión de las ideas marxianas al tenor de lo que está pasando. No consuela nada decir que Marx no ha tenido nunca tanta razón como hoy…

¿Qué puede aportar a la resolución de la crisis el movimiento antiglobalización o altermundialista que Ud. tan bien conoce?

Ya me gustaría conocerlo bien… El problema está en que las diversas y a veces opuestas facciones que constituyen el movimiento no han sabido o no han querido, en todos estos años, ponerse de acuerdo con vistas a una plataforma común de acción capaz de movilizar la opinión pública. Y sin ella no vamos a ninguna parte.

Cree que los cristianos de base pueden aportar desde la perspectiva del Evangelio una inspiración y un empuje a la necesaria praxis de transformación del sistema: por ejemplo, ruptura de la lógica del capitalismo y del consumo, compromiso con los excluidos…?

Quizá lo puedan, si lo intentan, aunque, con este papa, no creo que se les permita hacer gran cosa.

¿Se puede esperar razonablemente que la crisis pueda conducir finalmente a una “transformación” tan profunda del capitalismo como para que tenga “rostro humano”?

El capitalismo ya tiene la piel dura y además aprendió a gestionar sus propias crisis, sobre todo ahora, cuando no se enfrenta a ninguna alternativa política viable. Ha tenido la suprema habilidad de hacer creer que fuera del sistema no hay salvación…

CRÓNICA FILOSÓFICO-POLÍTICA DE UNA CRISIS DEL CAPITALISMO GLOBAL

José Antonio Pérez Tapias

Éxodo 96 (nov.-dic.’08)
– Autor: José Antonio Pérez Tapias –
 
1. PALABRAS SOBRE LA CRISIS: NI FETICHES NI TABÚES

La tozuda realidad nos ha metido de hoz y coz en esa crisis económica en la que no queríamos vernos inmersos. Algunos se resistían a mirarla de frente en su venir acelerado. Asomarse a un torbellino como el que se estaba aproximando producía tanto vértigo que mejor hacer profesiones de fe acerca de la solidez de nuestra economía. Los problemas eran de otros.

Aquella renuencia a utilizar la palabra “crisis” desde la órbita del gobierno, explicable quizá cuando los datos económicos no eran tan apabullantes, se convirtió en un obstáculo para una comunicación exitosa de la política que se diseñaba para hacer frente a tan crítica situación. Ésta no quedaba mejor afrontada recurriendo a términos técnicos de la economía académica para concluir que no era pertinente hablar en rigor de crisis en el discurso político. A pesar de ello, la percepción subjetiva de crisis ganaba la partida al empeño bienintencionado de no utilizar un lenguaje pesimista que acentuara los factores psicológicos reforzadores de aquello que se quería evitar. Mas lo cierto es que, pasado cierto umbral, quedó bloqueada una comunicación eficaz con la ciudadanía para trasladarle confianza y credibilidad, por más vueltas que se diera para calificar y recalificar la desaceleración en curso —haciendo de camino un uso fetichista del término “desaceleración” queriendo ahuyentar la crisis que anunciaba—. Así hasta que el Presidente del Gobierno se decidió a hablar de crisis, para defender de inmediato que había que estar junto a quienes la iban a sufrir con más fuerza. Ciertamente es lo que había que hacer.

Un trance como el descrito me trajo a la memoria un libro del filósofo británico John L. Austin, publicado allá por los setenta del pasado siglo y entonces novedosamente titulado Cómo hacer cosas con palabras. En dicha obra, su autor trataba de clarificar, desde la pragmática del lenguaje, lo que hacemos cuando nos comunicamos unos con otros profiriendo algún tipo de enunciado. Al mostrar lo que conseguimos al hablar, a través de la fuerza con que operan las palabras y frases que utilizamos, ponía de relieve aquello que venimos haciendo desde siempre los hablantes sin ser conscientes de ello. Hizo recordar aquel famoso epigrama de Moratín que narra cómo se admiró un portugués al ver que todos los niños de Francia sabían hablar francés, aunque refiriendo esta vez el asombro a nosotros mismos. Siempre sorprende el descubrir alguna variante de lo que señalaba Marx con su conocida fórmula “no lo saben, pero lo hacen”, lo cual conlleva en el caso que nos ocupa la satisfacción interna de comprobar que no hace falta que seamos gramáticos para hablar correctamente en nuestra lengua.

Lo que ya no es para asombrarse positivamente en este siglo XXI, cuando se ha escrito mucho de filosofía del lenguaje y se ha teorizado aún más sobre comunicación, amén del saber que siglos atrás acumuló la antigua retórica, es la manera con que a veces se hacen cosas con palabras en el ámbito político. Al final —siempre final provisional— se ha reconocido que fue un error el titubeo sobre usar o no la palabra “crisis” ante la situación que se echaba encima. En medio de una confrontación política en torno a la definición de “crisis”, lo que se dejó ver fue un uso del lenguaje poco menos que mágico, como si las palabras por sí mismas produjeran efectos sobre la realidad que nombran por el mero hecho de desear que así sea. Pero nada ocurre de buenas a primeras: esa magia de las palabras se nutre desde concepciones ideológicas que acaban encubriendo la realidad, en vez de favorecer el acercamiento crítico a la misma. Así, los mecanismos ideológicos tanto promueven la utilización de ciertas palabras como fetiches cuanto la consideración de otras como tabúes. Situaciones de ese tipo se dan con frecuencia y el fracaso de tales mágicas pretensiones es indicio de buena salud lingüística de la comunidad de hablantes, así como de buena salud democrática. De una forma u otra queda refutado el cinismo de Humpty Dumpty en A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado, de Carroll, al declarar que no importa qué significan las palabras, dado que lo relevante es quién manda. Parece evidenciarse un vínculo profundo entre comunicación lingüística y democracia, que después de todo son ámbitos de soberanía del pueblo.

El constatar durante los pasados meses una resistencia a la palabra “crisis” que hacía de ésta un tabú innombrable, hasta que nos hemos visto liberados de la proscripción que parecía recaer sobre su uso, no es algo relativo a un fenómeno único. Por uno y otro lado del espectro político hallamos palabras que obran como los mencionados fetiches, como si su invocación produjera poco menos que efectos sobrenaturales, y palabras tratadas como tabúes, cuya pronunciación es para algunos, como si violaran alguna prohibición, poco menos que causante de una contaminación de la que hubiera que librarse ritualmente. Este último caso es el que ha representado la misma palabra “capitalismo” durante mucho tiempo, cabe decir las últimas décadas. Costaba trabajo pronunciarla en público para referirse con ella al sistema económico en el que nos movemos, lo cual puede entenderse como parte de la rotunda victoria de la ideología neoliberal que ha sido imperante y que pretendió erigirse en pensamiento único. Ahora, cuando el capitalismo se ve en una crisis sin precedente por sus mismas dimensiones globales, nos atrevemos de nuevo a usar la palabra. Es tan bueno llamar a las cosas por su nombre como sumarnos a aquel niño del tan citado cuento de Ibsen que saltaba gritando lo que nadie decía por no querer ver la realidad como es: “¡El emperador está desnudo!”.

Ante tantos fetiches y tabúes que distorsionan la comunicación veraz que nos debemos, bien puede repararse en lo que dice uno de los personajes del escritor gallego Manuel Rivas, en su obra Los libros arden mal, acerca de “lo endemoniadas que son las palabras”, tan codiciadas por lo demás para mandar a través de ellas. Por eso es necesario utilizarlas con precisión —añade—, a la vez que se logra que “las palabras vean que no les tenemos miedo”, pues cuando eso sucede acaban dominándonos. Ninguno de nosotros es Adán para nombrar las cosas inauguralmente y si, por una parte, no tenemos que dejarnos atrapar por determinados usos lingüísticos que son como ídolos que en la plaza pública producen falsos encantamientos —ya Francis Bacon lo denunciaba en el siglo XVII—, por otra no podemos hacer con el lenguaje lo que arbitrariamente queramos –como decía enfáticamente Wittgenstein, no cabe “un lenguaje privado”—. Es el lenguaje herencia común para comunicarnos y eso es lo que debemos promover también en el debate político si queremos vivir en una democracia que dé pasos hacia objetivos de libertad y justicia como hitos del progreso que cabe perseguir. Por cierto, “progreso” es otra palabra que fácilmente se ve convertida en fetiche y frente a ello también hay que vacunarse para no repetir como farsa la trágica historia de tantos hechos escandalosos justificados en aras del progreso invocado. No cabe duda de que han crecido las dudas en torno a mucho de lo que hemos considerado progreso en los últimos tiempos. ¿Fue progreso vernos arrastrados a los enredos especulativos del capitalismo financiero propiciado por la revolución de la informática y la telemática? Cierto que no, a pesar del progreso tecnológico comportado por las llamadas nuevas tecnologías.

2. “¡ES EL CAPITALISMO!”

En la novela Los demonios, de Dostoievski, el gobernador Lembke gritaba perplejo “¡Es el nihilismo!”, cuando se percató de que ésa era la raíz de la violencia que asolaba Rusia hacia la mitad del siglo XIX. En nuestros días, cualquier persona que repare en lo que supone la crisis económica en que estamos inmersos puede acabar gritando “¡Es el capitalismo!”

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LA CRISIS, ¿MÁS ALLÁ DEL CAPITALISMO?

Varios Autores

Éxodo 96 (nov.-dic.’08)
– Autor: Varios Autores –
 
TAMBIÉN ésta fue una crisis anunciada, pero solo por una minoría crítica, la de los sin poder. Los del poder, los señores del sistema, los que viven de él y exprimen su jugo, dando rienda suelta a la ambición y la codicia, la negaron o la mantuvieron oculta hasta que estalló a los ojos de todos y… peligró el mismísimo sistema. Solo entonces saltó la alarma.

Para entonces ya se habían encendido muchas luces rojas que indicaban que el sistema fallaba, que el capitalismo no era el “fin de la historia”, como anunciaba el ideólogo del poder, sino más bien la historia del fin: del fin de muchos seres humanos condenados al hambre, la miseria, el abandono, la enfermedad sin vacuna, la sed o el paro sin remedio. Y el fin, también, como amenaza del planeta, de la sostenibilidad y la vida, el cambio climático, el agujero de ozono, de la deforestación… Pero estas luces de alarma no inquietaron a dirigentes y especuladores. Algunos se atrevieron incluso a bagatelizar las llamadas de atención sobre las mismas.

Y ahora, cuando se agrieta el sistema y peligra el negocio, esos mismos dirigentes y especuladores, ultraliberales defensores del mercado sin cortapisas, reclaman y promueven, sin pestañear y sin vergüenza, la intervención del Estado, del dinero público. Es decir, piden que sean los de siempre, los de abajo, los trabajadores, los que arrimen el hombro y paguen los platos rotos. En la Europa del siglo XXI se quería volver poco menos que al horario laboral del siglo XIX y, bien cerca entre nosotros, los ultraliberales reclaman como salida a la crisis el recorte… no de ganancias, sino de gastos sociales.

De este modo, si los mismos responsables y beneficiarios del sistema son los que proponen y dictan las medidas para salir de la crisis, ¿puede acaso ésta conducir más allá del origen del desastre, más allá del capitalismo sin control, sin razón ética ni social? Difícilmente. Se harán los cambios suficientes para que no cambie nada sustancial. Ya es todo un síntoma de ello el que, tras de la que está cayendo, nadie haya reconocido públicamente responsabilidad o culpa alguna.

Como decía Jesús de Nazaret, no se puede servir al dinero y a la vez a Dios, es decir, a la dignidad, a la humanidad, a la fraternidad. Pero, ¿quién cree –aúnen este mensaje, en esta advertencia evangélica? ÉXODO, nuestra revista, está convencida de su verdad.